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Dago el Cruel LIBRO QUINTO - XIII - La soledad y el amor. ¡Zafarrancho de combate! Rumbo a Lamia. En el lugar de la muerte. El blocao. La legión Amenti. El violinista. Los Saltamontes. La momia dentro de la armadura. Azrael Balic, príncipe de Lamia. |
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Las voces de los marineros, envueltos siempre en sus discusiones, y el griterío de la chiquillería animaban la mañana en Pandemónium. Los cachivaches y achiperres que desde cientos de años atrás enmascaraban las fachadas de las casas piratas, oscilaban a mi paso. Algunas jovencitas de mirada tontuela y pava se sonreían entre sí. En los dinteles de las casas, la niñas accionaban sus pelotas sube y baja, y otras, agarradas de la mano, jugaban al corro cantando:
Un evocador acordeón, en manos de un pirata retirado, encendía las risa de los niños, mientras que otros, ajenos a los acordes, discutían entre ellos la fortuna de un mal pincho que, jugando al "hinque", clavaban sobre el barro terso de los jardines. Caminando sin rumbo, fui a dar con el barrio rico de la ciudad. ¿No era un buen momento para visitar a Xirina? El aroma de su fino chocolate y el recuerdo de la gata She aligeraron mis pasos. Xirina me recibió sonriente, conduciéndome a una larga galería acristalada, lugar de su reposo al calor de los débiles rayos de la primavera noor. —Gracias por tu visita, Martin —dijo—, has adivinado la soledad que me embarga esta mañana. —Tampoco tengo yo mucha alegría en el cuerpo. —Algo de eso me han contado, y debo decirte que no es bueno hacer de las penas de amor una mortificación. Aunque supongo que estarás harto de oír consejos. Aquí me tienes, sola, mientras Sheratán pasa las horas en el Almirantazgo, componiendo y recomponiendo la Galaxia. Tu gata es quien me hace compañía. Por eso me alegra que me hayas visitado, en mí tienes una buena amiga. Se excusó y salió para la cocina, asomando en ese momento la gata She asomó la cabeza por el marco de la puerta. La acaricié y ella me lamió el dorso de la mano con su áspera lengua. Al rato volvió Xirina con el desayuno, y en ese tiempo había cambiado su atuendo, realzando su figura, y aunque nada dije, presentí que así se había dispuesto para mí. En las preguntas que me hizo, se escondía la preocupación que algunas de mis amistades le producían, el pasado de Simón y la expresión habitual de su semblante, le preocupaban. Alabó luego a la Sirk, ideales que me hicieron sonreír, asegurándola con tono muy cínico que las causas justas existen nada más, en la imaginación de los tontos y en la propaganda de los estados. ¡Ay de los bienintencionados! —exclamé—, acabarán sus días arrinconados en los trasteros de la filosofía, si no los devora el sistema o las revoluciones, como a Sheratán. Pero ella no acogió bien esta mención. —Sheratán es un hombre que ha luchado toda su vida por un ideal, y si el Caos no ha cumplido en su vida este papel enteramente, sí es lo que más se aproxima. El es un idealista a pesar de que no desprecia el beneficio, hay que vivir y nada malo encuentro en hacerlo con decencia. Martin, lo que me asusta de quienes te rodean es su personal ambición, ese odioso deseo de mandar y dar órdenes, y que en ti, junto con tu desazón, componen el pretexto de tus actos fríos y calculados. Me asusta también tu desinterés por el crédito, porque habiendo gozado de una educación selecta y conociendo la ética de la buena sangre, te dejas arrastrar por la fantasía y las consejas de otros no tan desprendidos como tú. —¿Eso se dice—de mí? —Unos sí. Y otros no. Pandemónium se divide en torno a ti. —¿Y tú a quién crees? Bebió antes de contestar. —Yo soy tu amiga, Martin. En mí puedes confiar. |
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—Te diré que no les falta razón. Estoy vacío de sentimientos bondadosos. Puedes creer en lo que Denébola propaga de nosotros: regresaré a Axón empuñando un sable pirata. —¿Y piensas que regresando vas a apagar tu desasosiego? Nunca volverás a ser el inocente muchacho que vivía entre la nieve ajeno al envilecido mundo. Puedes conquistar el Cetro de Hierro y empeñar en ello tu vida, pero eso no te redimirá de nada. El ser humano busca algo que permanentemente se le niega. Yo misma, sin ir más lejos, he sacrificado mi vida por Sheratán, lo he seguido por tierras y mundos diversos, únicamente porque creía en él ¿Qué valor tiene ahora todo eso? ¿Crees que no siento la nostalgia de mi tierra? Y ya ves, aquí sigo a su lado. He hecho de mi vida una parte de la suya. Hubiera deseado vivir en paz, criar el hijo que no he tenido, y gozar de bienes que abandoné hace mucho. Todo por él, no por su causa. Nada malo encuentro en la ambición bien medida ni en el triunfo, pero no hagas de ello la compensación de tu miseria, o la venganza de supuestas humillaciones, porque fenecerás ahogado en el propio sufrimiento. El poder es mala cosa, los que hoy son tus amigos, terminarán siendo mortales enemigos, y las causas primeras por las que empujaste el sable juvenil, se perderán en la noche de tu vida. Y sus palabras me parecieron tan ciertas y amargas, que bajé la cabeza y mis ojos se poblaron de humores silenciosos. Luego ella se levantó y acarició mis cabellos, y así pasaron unos minutos, hasta que sentí que su vientre era de carne y sus palmas amorosas. Y levantando la vista y viendo su complacencia cogí sus manos con cautela. —¡Consiente! —supliqué. —Sí —contestó—, ámame despacio, como tantra. La multitud se había reunido alrededor de las naves de combate. Estaban las madres ojerosas y sus amantes piratas entrados en años, las novias, tiesas en sus composturas, y los jóvenes adolescentes envidiosos de la partida de sus hermanos mayores. Estaba, en fin, toda la ciudad, las buenas gentes y los notables, los ricos armadores y los capitanes jubilados,, las meretrices y sus patronos, los taberneros, los vendedores y mercachifles, el pueblo y la chusma. Se gritaban los piratas sus nombres unos a otros, comunicándose el navío en que embarcaban, y unos alababan la elección y otros la reprobaban, pero nadie se hacía cábalas tristes en esta singladura de la Flota Unida Noor. La banda de música de la ciudad, plantó sus atriles cerca del muelle y desenfundando los instrumentos interpretaron marchas militares en honor de la multitud. Los oficiales de escuela, de la mano de sus amantes, paseaban nerviosos cerca de las escalerillas de sus navíos, listos para pasar a bordo en cuanto el capitán así lo ordenara, y sus novias los miraban con orgullo, secretamente esperanzadas en un abundante botín, que permitiera dar a sus hijos un mundo mejor. Todos suspiraban por el ascenso olvidando la posibilidad de ser volatilizados en las confrontaciones que se avecinaban. ¿Pero quién piensa en la muerte, el día que las banderas flamean con orgullo, y la música eleva convenientemente el espíritu, mientras brillan los uniformes limpios como patenas y relucen los entorchados dorados, y los sueños de gloria bullen entre la tropa de cabeza en cabeza, y a cuál plan más descabellado y heroico? Llegó luego el comandante en jefe: Jumo Abubos, y venía elegante, con el pelo recortado y el bigote engominado, pero su rostro estaba pálido, y sus ojos claros, enturbiados por la responsabilidad, y a cada paso volvía la vista atrás para comprobar si el Almirantazgo le seguía. Subió al estrado y pronunció unas palabras, y por efecto de la megafonía, su voz amplificada, asemejaba llevar en su seno un eco de divino poder. Y así habló: —En el nombre del Caos, el Primevo, sombra de la contracción. En el día de hoy, habiendo sido delegado por la Sociedad Benéfica para tomar el mando de la Flota Unida Noor, dispongo el toque de zafarrancho de combate para toda nave pirata, capitán afiliado a la SBHAC y tripulaciones bajo su mando. Y ordenó al capitán Almuredín Sidi que se dirija a Uter con diez navíos e intercepte el tráfico de Axón en el flanco de Puppis. Y al capitán Sad Al Bari, que navegue hacia Oloy con otros diez navíos y hostigue las comunicaciones Reales en esa zona. Ordeno también al capitán Deneb Kaitos que patrulle las proximidades de la Gran Nube Negra para que ninguna nave que no pertenezca a la alianza contra el Reino traspase los límites de nuestra seguridad. Finalmente, junto al capitán Thalit de Mebsuta, zarparé con veinte navíos rumbo a Lamia, donde libraremos batalla a favor de los rebeldes. Y queden el resto de los capitanes a mis órdenes y cumplan todos con su deber o conocerán la ira de mi trenza dorada. Entonces los trompetas entonaron el toque de zafarrancho de combate, y sus notas, desgarradas y agresivas, fueron por unos minutos dueñas del aire y del tiempo, como si toda la multitud se hubiera fosilizado, hombres y máquinas, mientras las trompetas bañaran al conjunto de inmovilidad y hasta los músicos fueran de piedra mientras tocaban. Y en el final de la cadencia hizo acto de presencia la muerte en huidizos y metálicos acordes. ¡Un toque de arrebato, lucha y muerte! Subieron los capitanes a los navíos, ordenando a sus dotaciones ocupar sus puestos. La multitud irrumpió en hurras, a la vez que las mujeres hicieron flamear sus pañuelos verdes y los niños sonar sus silbos. Y no hubo la Lestai despegado que toda la flota nos siguió, buscando con sus proas el infinito, las estrellas y la gloria. |
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Lamia no es un buen lugar para vivir, quizá sólo es un buen sitio para encontrar una muerte rápida. Su paisaje más típico es la llanura salpicada de piedra y rocas, entremedias de las cuales a veces verdean los cultivos. El cielo, persistentemente coloreado por microorganismos, es la fuente de vida y agua que los granjeros necesitan. Mediante globos cautivos anclados en pequeñas vagonetas móviles sobre vías férreas, consiguen los lamienses atrapar la energía que sus cielos de nubes gruesas poseen, desde que la Exo fue capaz de domesticarlas hace muchos años. Los globos, plateados y azules, motean como digo el firmamento del planeta, y siempre, debajo de cada uno de ellos, una granja. Hay un mar en Lamia, es un mar extraño y no apto para la vida, sustancias perjudiciales se encuentran diluidas en grandes proporciones. Algunos dicen que son el residuo del enérgico tratamiento a que la Exo sometió al planeta. Además, este mar está conectado directamente con un núcleo helado y sus profundidades, completamente sólidas, forman un zócalo de hielo VI que nada puede atravesar. Los habitantes lo llaman Mar de Piedra. Las ciudades son escasas, apenas media docena, en ellas viven los notables Balic, descendientes de los colonizadores de raza Tomii-Arón, y en lucha con sus antiguos parientes. Con la guerra, las ciudades están ocupadas por la infantería de marina axonita, pero las llanura agrestes e inmensas, pertenecen a los rebeldes que, también es cierto, poco uso pueden hacer de ellas. La armada real ha sembrado el cielo de detectores de vida, sondas-minas que acaban en instantes con cualquier movimiento humano después del toque de queda. La mayoría de los lamienses están en contra de los invasores, aunque hasta el momento, pocos clanes se habían alzado en armas. Nuestra ayuda les procuraría los elementos precisos para organizar unidades capaces de enfrentarse al poderoso ejército de Axón. En épocas pasadas, Lamia había sido base de la octava flota imperial. Tiempo después de su destrucción a cargo de la armada axonita, las grandes fortificaciones subterráneas que el Imperio construyera para sus cruceros, quedaron abandonadas. Miles de medidas de túneles, salas, astilleros y depósitos, un extenso mundo bajo tierra apto para una defensa contra todo tipo de armas. Durante años permanecieron ignorados y misteriosos, hasta que los clanes lamienses, huyendo de los infantes axonitas, consiguieron abrir las gigantescas compuertas y desde allí, iniciar la resistencia. Una resistencia marcada por un odio y una ferocidad desconocidas hasta la fecha. Los soldados de Axón, asqueados de la matanza, odiaban Lamia, ansiando volver a sus cuarteles, porque, "nada —decían— se nos ha perdido en este lugar de muerte. Este pueblo lleva miles de años combatiendo, primero contra el Imperio, luego entre ellos, y ahora contra Axón". Sabiendo que el Reino había destacado un fuerte cuerpo expedicionario y que la flota de protección barría el espacio buscando naves piratas, concentró Thalit de Mebsuta sus navíos en una de las puntas de la Gran Nube, esperando una oportunidad, y la Lestai, silenciosa como un buque de papel atracó en la antecámara móvil y ocultable de las fortificaciones ex-imperiales. Aquellas deterioradas construcciones expresaban a voces el poder que un día los Groor habían sabido manejar. La pista, blanca y lisa, se movió sobre una gran corredera, y hombres y nave fuimos ocultados como una lengua en la boca del túnel. Pero antes pudimos admirar la arquitectura militar que rodeaba la entrada al blocao. Era un castillo, seguramente viviendas de los oficiales Groor, y se alzaba la edificación airosa sobre grandes muros de piedra y apuntalada en fuertes y nervudas torres de observación de las que surgían troneras. El alcázar estaba rematado por tejados piramidales, casi góticos, sostenidos por contrafuertes que, uniendo torre con torre servían de puentes y cerchas a la monumental fortificación. Protegiendo la entrada, un castillete cuadrangular aparecía iluminado por los destellos de un farol, dando a las antenas de los desvencijados detectores lamienses, un aspecto irreal, casi diría que tétrico. —Los groor sabían hacer bien las cosas —le hice notar a Jumo. El interior de los túneles no era menos impresionante, las galerías, largas hasta perderse, altas y sombrías, y mal iluminadas por los pomos de luz, se extendían fantasmales en todas direcciones, enseñando al paso enormes robots cuyos brazos y grúas puentes descansaban inertes y faltas de energía. Algunas gavias se balanceaban todavía con materiales prendidos de sus garfios. Encima y debajo se nos cruzaban conductos, nervios de acero y aleaciones. —Hay un mundo aquí enterrado —musitó Jumo. Los jefes lamienses, animados por tener el apoyo del Caos, nos acomodaron en un vehículo sobre aire, conduciéndonos a su cuartel general, que se encontraba en otros niveles. Apenas utilizaban una pequeña parte del gran blocao y no era difícil perderse. Algunas patrullas de exploración enviadas cuando se ocupó el lugar, no habían vuelto jamás. Se trazaron planos mediante ultrasonidos y otras técnicas, pero los fuertes estaba protegidos y se hacían opacos a las señales. Se desconocía igualmente el funcionamiento de la maquinaria automática, conformándose con abrir y cerrar la compuerta principal. Pero se decía que, siguiendo los túneles, un ejército podría salir tras la líneas enemigas. Empero, parecía como si toda la fortificación hubiera sido asolada por una fuerza anticibernética. |
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—¡Qué interesante misterio! —dijo Jumo—. ¡Un castillo encantado! Los oficiales lamienses no entendieron el chiste, eran hombres duros que habían perdido la sonrisa guiñando el ojo que apunta en los fusiles de asalto. De pronto oímos un aullido, y al levantar la vista al techo, vimos un extraño animal que, como una rapaz, garras por delante y un horrible grito en el pico, descendió atrapando entre sus afiladas uñas una gorda rata, remontando el vuelo con elegancia entre los chillidos del múrido. Se trataba del dragón negro lamiense: el Basilisco, de cuya existencia no teníamos noticias los piratas, creación especial de la Exo para combatir algunas exageraciones biológicas que a la poderosa compañía se le habían escapado de las manos. Los lamienses los consideraban sagrados y representación viva de su símbolo. Limpiaban el planeta de roedores mutados, de los que había especiales cantidades en el blocao. No acabaron aquí las sorpresas, según nos adentramos en el túnel notamos un olor muy peculiar que inmediatamente no reconocimos, hasta que poco después: —¡Setas! Hay millares tapizando las paredes y el suelo —advirtió Jumo. —Crecen por todos los sitios —aclaró uno de los lamienses—, son alucinógenas. —¿Te gusta este sitio, Martin?, ¿no sientes el calorcito de la cueva protectora? En el campamento hubimos de discutir largamente con los jefes de los clanes, no sólo por los planes que traíamos, sino por la dejadez que reinaba entre la tropa. La disciplina les era desconocida. Y en sus modales y formulismos, se regían más por la ley del más fuerte y por vínculos de tipo familiar, que por cuestiones militares. Sus jefes, casi tribales, tenían el aspecto feroz que concede la rebeldía, pero no por eso nosotros, piratas del Caos, les considerábamos buenos combatientes, y antes de que Jumo tomara la palabra, les dije: —No hemos venido aquí para que nos crezcan las barbas, queremos libraros del yugo axonita, pero tan cierto como ellos están ahí arriba esperando que salgáis para aplastaros como cucarachas, que de no poner fin a esta desidia, nada podremos hacer. Esta es la oferta Noor: dadnos diez mil hombres y los convertiremos en los soldados más aguerridos del mundo. Sorprendidos por la dureza de mis palabras recelaron: —Llevamos años peleando y nadie va a enseñarnos a hacerlo y menos nos quitará el mando de la lucha por la libertad de Lamia. —¡Basta! —gritó Jumo—. He recorrido millones de medidas y no será para nada. Nos daréis esos soldados y quedarán bajo mi responsabilidad militar, el resto de las tropas no me interesan. Y a cambio os ofrezco la victoria. —De acuerdo —dijeron a regañadientes—, tendrás lo que pides aunque sea por el gusto de ver como se mean nuestros hombres en tu entrenamiento. Y si un lamiense tiene algo que aprender del Caos en cuestión de combates, entonces amigo pirata, vosotros sois la fuerza que espera esta maldita Galaxia desde hace siglos. Y se rieron fuertemente, ocultos sus dientes por las tupidas barbas. —Lamia tendrá que aprender a callar, sudar el equipo y morder en ocasiones la tabla de los artilleros —sentenció Jumo. El planeta de la muerte se exprimió para darle al Caos sus mejores hijos. Jóvenes combatientes dispuestos a formar la primera legión bajo pabellón pirata. Se presentaron con sus armas y uniformes varios, y a medida que se concentraban en el campamento, comprendí que la virtud que les había permitido sobrevivir a la infantería de marina axonita, su individualismo, iba a ser el principal adversario de su instrucción. Reunidos los voluntarios en tropel, Jumo y yo convinimos en despojarles de sus armas, maniobra que necesitó de grandes discusiones, alegando los lamienses que nunca se separaban de ellas, que no eran armas cualesquiera, sino que las habían heredado de sus antepasados. Y Jumo, respetuoso con las tradiciones, ya se ablandaba, pero yo, viendo la inconveniencia de tan dispar armamento, dije: —He oído grandes cosas de vosotros, ya veo que siempre vais armados hasta los dientes. Pero ahora se trata de convertiros en verdaderos soldados, hombres disciplinados que sepan obedecer una orden y ganar en consecuencia batallas. Para ello, necesitaréis otros materiales ya en camino. No dudo de vuestra puntería y habilidad, pero me temo que sois incapaces de marcar juntos el paso, lo que os convierte a mis ojos en reclutas. —No queremos desfilar —contestaron algunos. Jumo perdía la paciencia por momentos, ordenó a la dotación de la Lestai que se apostara en prevengan y así les gritó: |
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—Ni siquiera sabéis ordenamos de manera que se os pueda contar y ver la cara. Queremos transformaros en una legión especialmente entrenada, y sólo aquellos que lo superen formarán parte de ella. Necesito hombres que además de combatir, obedezcan exactamente las órdenes recibidas, soldados que puedan ser conducidos a cualquier parte de la Galaxia, capaces de adaptarse a distintos equipos de combate, que sepan marchar, caminar, escalar, nadar, esconderse, correr grandes distancias, andar días sin comer y luego desfilar como el más perfecto de los mecanismos. Soldados en definitiva que respondan a un único estimulo: la voz de su oficial. Sin gestos ni preguntas. Dejad pues las armas en el suelo antes de que pierda la paciencia, que en mi caso no es mucha. Por lo demás, hoy no comeréis, he visto grasa en vuestras cinturas y algunos vientres cuelgan fofos, y los buenos soldados siempre deben tener hambre. Jumo se revelaba como un estupendo sargento mayor, la voz gruesa y las manos en la cintura. Pero los lamienses eran hombres duros y de insólitas procedencias y uno de ellos le dijo a la cara: —Bonito discurso, aunque inútil, el tiempo de las legiones ya está muerto. —¡Silencio! —gritó Jumo. —Tú eres aquí el que más habla —le respondió el atrevido lamiense. Era un hombre joven, fuerte y de buena apariencia. Debía tener además relevancia sobre sus compañeros, porque toda la formación rió complaciente a sus palabras. Jumo le mandó salir de la fila. ¡Un paso al frente! Y el lamiense, sin miedo, lo dio, y una vez que estuvieron frente a frente, el indisciplinado guerrillero dominaba a Jumo con su altura, quien sin embargo era más corpulento, y de pronto, en un arranque típico del guerrero lo abofeteó y le recriminó: —Nunca contestes a un superior El lamiense, oyendo los murmullos de protesta que surgían detrás de él y ofendido por la bofetada, lanzó un fuerte golpe de puño buscando el mentón de Jumo, pero éste, esquivando y a la contra, le propinó un excelente directo, de los que siempre tenía provisión, derribándole al suelo con facilidad. A continuación extrajo de su funda la pistola LXR y le apuntó a la cabeza. Durante unos segundos lo mantuvo bajo la mira de su arma mientras los presentes temblábamos. Temeroso de que cometiera un desatino le agarré del brazo. —¡Es suficiente! —le rogué—, ¡qué se marche! —Está bien —consintió Jumo guardándose el arma. Cuando el— guerrillero se levantó, vi que tenía un callo de piel bajo la mandíbula, en el lado izquierdo de su cuello. —¿Dónde está tu violín? —le pregunté. —No lo he traído —respondió ceñudo—, pensé que esto era una guerra. —¿Cómo te llamas? —Azrael Balic. —¿Balic? ¿Eres por ventura de sangre noble? —Soy príncipe de Lamia — y lo dijo en alta voz para que Jumo lo oyera. —¿Y qué demonios haces aquí? —le inquirió éste. —Soy un lamiense —fue su lacónica respuesta pero llena de orgullo. —Dejémosle volver a la fila —le pedí a Jumo—, aprenderá a callarse. —Como quieras —accedió, y volviéndose al noble Balic, añadió—: Sepa señor príncipe que entre los piratas no hay tales, medimos a los hombres por su brazo y por su boca, dos cualidades que no parecéis poseer. Al día siguiente, mandó Jumo traer sacos y llenarlos de piedras y arena y a cada voluntario le entregó uno diciéndoles: Realizaremos una marcha y al final de ella, recibirán una ración de alimentos de igual peso a lo que hayan sido capaces de transportar. Durante horas caminamos por las galerías, atravesando campos de setas y líquenes. Al pisarlos sentíamos bajo nuestras botas un crujido substancioso y hambrientos, algunos hombres las comieron, cayendo presos de horribles delirios, habiendo que evacuarlos y sufriendo las primeras bajas. También la sed hizo acto de presencia, y los lamienses inquietos, no viendo por ninguna parte sus aljibes de marcha, acudieron al guerrero y cómo éste no les hiciera caso, comenzaron a maldecirnos desde las filas, amenazando con rompernos la crisma. Y finalmente les dijo Jumo: |
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—Un soldado sabe que para resistir la sed debe evitar las palabras vanas y los gestos sudorosos, conoce también la forma de recuperar parte del agua que pierde, pero vosotros sólo sois unos estúpidos parlanchines. Y como le preguntaran la manera de protegerse de la evaporación o cómo recuperar el agua, sacó el guerrero su vaso de campaña y orinó en el, y mostrándolo bebió. Y sabiendo para mí lo desagradable del remedio, colegí que lo que Jumo deseaba era hacerles insensibles a todo asco. Y la tropa, a pesar de la sed, lo tomó por loco no atreviéndose nadie a imitarlo. No obstante, cuando ya llevábamos un día entero de marcha, se dijeron unos a otros: —En verdad que este tipo está loco. Bebamos pues nuestra orina y nuestra sangre si es preciso, hemos de sobrevivir para hacerle comer sus criadillas. Y los piratas, conscientes de la humillación de la tropa, secretamente nos reímos, pues al parecer lo único que pretendía Jumo era tomarles el pelo. Habíamos alcanzado una amplia sala, probablemente un silo de aprovisionamiento, y de los tanques oxidados manaba agua de no muy mal aspecto. —Bebed y refrescamos —les dijo Jumo—, y no tiréis vuestros sacos, todavía queda camino hasta la comida. Y como muchos cayeran desmayados no habiendo manera de reanimarlos, le aconsejé a Jumo pedir ayuda. —¿Ayuda? —respondió irónico—. Nos los llevaremos a cuestas. Que busquen materiales y que improvisen angarillas. Cuando les di estas órdenes, gritaron indignados y alzaron sus puños hacía el guerrero. —Tiene razón —les expliqué—, no podemos dejarlos a merced de las ratas, la marcha debe continuar. Se acercó Azrael Balic, el príncipe lamiense y dijo: —Haremos camillas y nos los llevaremos, ningún pirata va a dejar en mal lugar al pueblo de Lamia. Se dispusieron a buscar tubos y listones que junto con sus casacas sirvieran para transportar a los exhaustos. Y terminado el descanso, se levantó Jumo y les gritó: —La comida no vendrá jamás aquí. Sé que vuestras piernas se doblan como goma y que tenéis el estómago anudado a la cintura, que vuestra vista se ha desenfocado y carecéis de aliento, pero eso también me ocurre a mí, al capitán Dago y a la dotación pirata. ¡Vamos! —aulló—. ¡En pie! No sé de dónde sacaron las fuerzas para levantarse, pero lo hicieron. Luego, los hombres más enteros cargaron con sus compañeros exánimes y reemprendimos la marcha. Aunque en mis adentros maldecía los inventos de Jumo, no dejaba de reconocer lo definitivo del entrenamiento. Aquella marcha, prueba inhumana a todas luces, serviría de cedazo para la criba que los voluntarios precisaban si realmente queríamos hacer una legión terrestre en algo parecida a la eficacia naval noor. En este estado de cosas, llegamos al punto convenido donde nos esperaban los vehículos con las provisiones. Ya los hombres se relamían pensando en jugosos trozos de carne asada bien regada con cerveza, cuando Jumo, tal como había dicho, cambió cada saco por su mismo peso en triz, sal y aceite de oliva. Pero muchos lo habían aligerado substancialmente y se encontraron con un puñado de cereal híbrido entre las manos, Esta jugarreta superaba sus argumentos y muchos gemían balbucientes, como cuando un hombre ha perdido toda esperanza. —Buscad madera y haced fuego —explicó Jumo—, moled el triz entre dos gruesas piedras y mezclarlo con agua y sal hasta formar una masa homogénea que enterraréis en las brasas, cuando esté bien cocida, ponedla a enfriar, Deberéis comerla untada de aceite, y si os sobra de éste, aplicáoslo en las escoceduras y las llagas, no muy tarde iniciaremos la vuelta. Y la mayoría, aprendida la lección, así lo hicieron, juntándose en grupos para mayor comodidad. Otros, hambrientos, no pudieron esperar tanto y se comieron el triz masticándolo, siendo víctimas de grandes dolores, porque con el agua que habían bebido, se les formó una masa de imposible digestión. Y visto el panorama, evacué a los más graves en los vehículos, diciendo Jumo como adiós: —En la legión que vamos a formar, no hay lugar para débiles y enfermos, y si un hombre se encuentra mal y puede sostenerse sobre sus piernas, más vale que lo disimule. —Tus métodos son estupendos —le respondí—, pero podría caer aquí mismo y dormir una estación entera. |
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—También quiero que nos endurezcamos nosotros, las fiestas han reblandecido nuestros músculos y si vamos a pelear, mejor será que lo hagamos sin fatigarnos. —Diría que te has equivocado de guerra —le repliqué—, un soldado lo que necesita es aprender a manejar bien sus armas, a nadie se le ocurre correr el maratón antes de la batalla. —No hay mentes duras y dispuestas a luchar con fiereza si antes no han sido capaces de luchar contra ellas mismas, contra su cuerpo. Es por eso que, durante semanas, los haré sufrir y renegar y los llevaré tantas veces al límite de sus fuerzas, que pronto ignorarán donde se encuentra, prefiriendo antes al enemigo que a mí. Así lo hizo el guerrero, y al cabo, nuestro aspecto era desolador, perdida gran cantidad de peso, se señalaban nuestras costillas como cuerdas de guitarra. Y cuando un lamiense caía agotado, lo evacuaba sin más, y éstos a su regreso a los clanes, entre el escozor del fracaso, contaban hazañas y proezas que asombraban al pueblo de Lamia. Una vez que Jumo consideró que la tropa se encontraba en buena forma física y moral, les entregó el uniforme de maniobra y un fusil de asalto a cada uno, y los dividió en banderas, listos para convertirlos en máquinas autómatas. Había conseguido enseñarles la primera lección del buen combatiente: "Un hombre es un pozo de fuerza sin límites". Pero ahora quería disolver sus personalidades, sus restos de individualismo, en una masa sin fisuras y dispuesta a saltar al vacío a una orden. Les cortó el pelo al cero para que no pudieran reconocerse, y uniformados por igual se dispuso a explicarles los ciento veinticinco movimientos sincopados de la instrucción con armas. Y si al pasar cerca de un pelotón, oía un golpe fuera de los tiempos, les hacía repetirlo hasta el colapso, con más saña, si cabía, que nunca. Los lamienses le odiaban tanto, que a veces creía oír el gemido y la ira silenciosa de una sección cuando Jumo se encontraba en su presencia. Por el contrario, hubiera podido pedirles que degollaran a sus padres sin vacilación. Les adiestró en la maniobra en formación, en el tiro y en las máquinas que manejarían, con el hábito preciso para luchar sin inmutarse bajo cualquier circunstancia, aunque les cayera encima el fuego de las estrellas. Y un día, les reunió y haciéndoles entrega del recién llegado equipo, les dijo: —Es hora, de que seáis soldados, poneos el uniforme de esta legión y las botas, tomad la gorra y el chip procesador de cálculo, la unidad de comunicación y los arneses, y espero verlo siempre bien limpio. En verdad que me parecieron los soldados más gallardos del mundo con su vistoso uniforme de aires románticos. ¿Acaso no debe encontrarse un soldado a gusto frente al espejo? Navíos korianos hicieron entrega del material pesado que la SBHAC adquirió, destacando un buen número de "Saltamontes", tal como yo le había rogado a Simón Agrippa, entre otros artefactos como deflectores, carros aéreos y aerovehículos ultraligeros de desembarco. Diez mil hombres desfilaron bajo las banderas lamienses, y un basilisco, capturado por algunos de ellos, sirvió de mascota viva, lanzando agudos chillidos mientras Jumo Abubos les hizo jurar fidelidad al Caos. El guerrero nombró a su gusto oficiales y suboficiales y entre ellos no estaba el príncipe Balic, al que tenía mucha inquina, pero yo le rescaté del odioso puesto de proveedor de cañón ametrallador, llevándomelo como ordenanza a mi saltamontes de mando. Entretanto, recibimos noticias de las primeros encuentros contra Axón en el flanco de Oloy, donde operaba con éxito el capitán Sad Al Bari. Y escuchando las peticiones de Thalit de Mebsuta, que no quería verse desplazado de la fama por el estrábico banif, decidimos llegada la hora de entra en acción. El plan era muy simple. La legión buscaría una salida al blocao por detrás de las líneas axonitas, las fuerzas lamienses desatarían una ofensiva frontal, y así entre dos fuegos, los infantes de marina reales necesitarían el apoyo de la flota destacada, momento que aprovecharía Thalit de Mebsuta para caer sobre ella y aplastarla. Y nos pusimos en marcha. Azrael Balic empacaba en silencio mis escasas pertenencias, y su dura mirada expresaba que se sentía ofendido por servir de ordenanza a un pirata. —No sufras —le dije—, en la milicia cualquiera puede llegar a general, mírame a mí, soy un hombre importante en el Caos y empecé de nada. —No me mientas —respondió—, sé quién eres y qué haces aquí. Eso no puedes disimularlo. Tú y yo somos distintos que el comandante. —¿Por qué somos distintos? —¡El es escoria, un pirata! —También yo soy un pirata, Azrael Balic, pero te consentiré estas palabras a cambio de que busques un par de violines, el mío se quedó en la Lestai. Y no me preguntes cómo, ¡apáñate! |
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En hilera, como una larga lombriz en el interior de un intestino, la legión surcaba los túneles navegando según los poco fiables planos de que disponíamos. Había muchas medidas entre la vanguardia y el último aerovehículo de transporte. Aburrido por la lenta marcha, sentado frente a las cartas estereográficas, contemplaba el monótono deslizar de los techos y paredes por las abiertas escotillas. Azrael tomaba té con los cinco hombres de la dotación, a fin de entretener el estómago y las ideas. Dentro del saltamontes la habitabilidad era aceptable, tenía las piernas estiradas sobre la mesa de planos y suspiraba deseando un poco de conversación. —¡Vamos a la guerra, muchachos! —les dije—. ¿Algunas vez habéis sentido a vuestro lado el estampido de algo más fuerte que el tiro de los fusiles de caza? —¿Por qué estáis aquí los noor? —preguntó Azrael. —Necesitábamos una base de operaciones antes de iniciar la ofensiva contra el Reino. —¿No veníais a liberar Lamia? —Eso también, pero no te pongas triste, nuestra bota es más suave que la de Axón. —Lamia será libre —aseveró—. ¡Mi vida está en ello! —¿Y tú quieres ser el libertador? —y me reí a carcajadas—, pues estás en buen camino, porque frente a ti tienes al opresor, así que puedes empezar a liquidarme —y de pronto exclamé—: ¡saca esos violines, maldición de Iblis! Quiero recordar tiempos pasados y nada como la música para la nostalgia. Y una vez que los afinamos nos miramos a los ojos para ponernos de acuerdo, pero yo le dije: empieza por donde quieras. Tocó aires de su tierra, duros y rápidos, y al hacerlo los músculos de su cuello y antebrazos se pusieron tensos, porque interpretaba el himno lamiense y lo hacía con rabia. Se escaparon las notas por la escotilla e inundaron el túnel de emociones que incontenibles extrajeron de los pechos lamienses gritos patrióticos. —¡Ahora me toca a mí! —dije cuando terminó—. ¡Escucha! Y le toqué lo que entendía era el momento: Albinoni. —¡Está bien! —reconoció—. Quizá ensayando hagamos algo bueno. —Naturalmente, hace tiempo que deseaba encontrar alguien capaz de diferenciar una fusa de una corchea, y ese eres tú. Mucho después, la vanguardia alcanzó una rotonda circular circunscrita por túneles tangenciales de menor sección y por los que apenas podían circular los saltamontes. Indecisos, la legión se había detenido, y rodeados de los oficiales, Jumo y yo nos preguntábamos si toda la misión fracasaría perdidos en tan gigantesco laberinto. Algunas voces hablaban de regresar, cuando, inesperadamente, un disparo sacudió la paz de los túneles. Inmediatamente nos arrojamos al suelo mientras los focos de los vehículos buscaban al presunto enemigo. Jumo destacó una sección por los alrededores, y luego de algunos disparos más consiguieron localizar al franco-tirador, pues de uno sólo se trataba, al que apresaron. ¡Gea nos asistiera! Podría haber pasado por un troglodita, de tan desaliñado y salvaje aspecto. Las barbas crecidísimas y blancas, el pelo sucio y greñudo, las ropas destrozadas, y su faz completamente extraviada. Era un lamiense sin duda, y muy ufano, nos sacaba la lengua entre sus estropeados dientes, burlándose, ya que no podía matarnos por invadir su territorio. —Está loco, ¿pero de dónde habrá salido? —se preguntaba Jumo. Azrael lo interrogó en uno de los dialectos locales. —Dice —tradujo el Balic— que toda su vida ha vivido por aquí, pero a mi entender debe ser un superviviente de los hombres perdidos cuando se inició la exploración del blocao. —Posiblemente conozca la forma de salir. De nuevo le preguntó Azrael, y la conversación agitada por las imprevistas carcajadas del enloquecido cavernícola, hizo aflojarse nuestras sonrisas, hasta que volviéndose Azrael con cara de haberle arrancado un gran secreto, susurró: —No puede marcharse porque está obligado a cuidar de los hombres de las armaduras, eso dice al menos. Ignoro quienes pueden ser, pero está dispuesto a guiarnos a su presencia a cambio de municiones. —Dadle unos cargadores —ordenó Jumo. |
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Y dejando al resto de la legión nos adentramos en una de las galerias escoltados por un pelotón de tiradores escogidos. No anduvimos mucho, y después de haber cambiado de dirección varias veces, atravesamos un conducto cilíndrico que en su día sirvió para algún tipo de transporte neumático. El loco, muy seguro de sí mismo, llegó a una pared completamente cubierta de olorosos hongos y nos invitó a traspasarla. A una señal del alfabeto mudo de combate, el pelotón se aprestó para cualquier contingencia. —Pasad, pasad —decía el habitante de los túneles—, ellos se encuentran al otro lado. —¡Qué diablos! —maldije—, ¿por dónde pasamos? Pero el loco se acercó a la pared y levantando un gran trozo de líquenes que como tela la tapizaba, descubrió un teclado en el que manipuló unos instantes, entonces el muro se abrió en dos. Dentro reinaban las sombras. Alumbramos el interior. —¡Cuidado! —gritó alguien—. ¡Hay soldados armados! Sentado sobre una silla giratoria, dando la espalda a la consola de instrumentos, se encontraba un hombre, tenía puesto el casco de combate y la máscara ABQ Y se sostenía la cabeza con las manos, apoyados sus codos sobre los brazos de la silla. Llevaba el uniforme de la marina groor. No se movió. Bamboleándose nuestras linternas y prestos los fusiles de asalto, permanecimos sin decidirnos a penetrar, hasta que Azrael avanzó recto hacía el groor y le iluminó la pantalla del casco. —Lo que me temía —dijo—. ¡Es una momia! Debe llevar aquí cientos de años. Tenía el rostro seco y se reía forzadamente por efecto de la muerte, y esta risa tenía el rictus irónico que la parca, siniestra ella, concede como última expresión a los muertos, sean héroes, canallas, o grandes místicos. La risa descarnada, eterna y estremecedora de los cráneos. Había muchos más, cientos de momias, todas en sus puestos, esperando quizá la orden de volver a casa. Muertos sin duda por el efecto de algún artefacto ultrasónico mortal. El silo era inmenso y sin duda centro de toda la maquinaria del blocao. En uno de los paneles encontramos el plano completo de la fortificación. —¡Bien! —masculló Jumo—. Axón puede empezar a temblar, se puede decir que estamos fuera. —¿Cómo encontraría este hombre el lugar? —le pregunté a Azrael. Pero fue el mismo loco quien me respondió¡ —Ellos me lo enseñaron —dijo señalando los cadáveres—, sus sombras vagan por los corredores cuchicheándome todos los secretos del túnel. —¡Espera! —le atajó Azrael—. ¿De qué has sobrevivido hasta el momento? —De ratas —respondió enseñando sus negros dientes—, de ratas, y de..., ¡setas! —¡Hongos alucinógenos! Eso es lo que te hace ver visiones. —No, no, ellos están aquí, junto a nosotros, esperan el regreso de los groor, pero han abandonado sus inútiles cuerpos. —Salgamos —ordenó Jumo, que era muy respetuoso con los locos, con los hombres tocados por el don de los dioses. —Ven con nosotros —le ofrecí—. Desearás ver la luz después de tanto tiempo. —¿Luz? —musitó—, yo no necesito linternas. Pero os acompañaré, sin mí no saldríais jamás de aquí. Y era verdad, sus ojos veían a través de los muros y en el centro de la tinieblas. Bajo la superficie de Lamia, el planeta de la muerte, guiados por un loco y acompañados por los espíritus de soldados muertos en soledad y dejando atrás un mundo oscuro y fósil, nos lanzamos al combate. Los autómatas antiminas abrieron una cobertura, esferas contracarro sembraron el pánico en sus formaciones acorazadas, y carros aéreos profundizaron en la brecha seguidos por saltamontes repletos de legionarios. Los infantes axonitas, tomados por sorpresa, hubieron de replegarse a la capital, requiriendo la ayuda de sus patrulleros Uhud, que nunca llegaron. Thalit de Mebsuta esparció los restos de la Real Flota Expedicionaria como los hombres arrojan la sementera. Durante semanas fuimos dueños del espacio y de la tierra, la legión tan pronto atacaba los reductos enemigos practicando túneles por debajo de sus líneas, como delta-transportados caíamos sobre ellos cual langosta mortífera. Empero, fueron los saltamontes quienes nos dieron la victoria. Volando en formación hasta muy cerca del fuego, repentinamente se dispersaban silenciando las armas axonitas de mayor calibre para enrasar el terreno y soltar luego la tropa de asalto armada de lanzallamas, artefactos depresores de aire y ametralladores LXR. Privada de apoyo aéreo, la guarnición se rindió al Caos. Aquella victoria no tenía parangón en los últimos años, es cierto que sólo se trataba de una pequeña fuerza, apenas una división de infantes de marina y media docena de destructores, nada si hacíamos caso a las reservas que Axón podía movilizar, pero amén del efecto moral, las unidades más cercanas de cierta importancia se encontraban en la base naval axonita de Qubhah. |
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Lamia estaba libre. La entrada de la legión en la capital fue celebrada por la población con viva alegría, y Jumo que en un tiempo fue considerado como un sanguinario, era ahora un héroe, y los propios legionarios formaban escudos a su alrededor en cualquier sitio que fuéramos, porque todavía quedaban gran cantidad de colaboracionistas por apresar y temían un atentado. Y como siempre, la población se vengó duramente de los vencidos, pasando estas crueldades al patrimonio de los nuevos adeptos del Caos, pero yo os digo que nada tuvieron que ver los hombres bajo nuestro mando, al contrario, más de un axonita se libró del linchamiento por mi propia intervención y la de mi escolta. Elegí un gobierno provisional cuyo primer decreto fue declarar la guerra a Axón y sellar la alianza con el Caos. Lamia había saltado a los noticiarios tresdé de toda la Galaxia, Jumo, héroe del pueblo, recibió los laureles y los regalos del caso, y los legionarios, por unos días, tuvieron todas las puertas abiertas. Y sucedió que, habiendo sido la formación de la legión un secreto, las gentes les preguntaban de dónde habían salido, a lo que siempre respondían nuestros hombres, con un invariable: "del infierno", lo que motivó que se comenzara a llamarles los Amenti, por el lugar de que decían provenir. No duró mucho este estado de euforia, desde Noor nos anunciaron que una fuerte escuadra axonita, de cinco a seis cruceros pesados y más de quince destructores estelares, y una importante dotación de patrulleros Uhud, ya se encontraba a pocas unidades astronómicas de los confines del reino de Lisia. Se trataba del grueso de la II flota real. Los lamienses se asustaron, ya se veían otra vez perdidos. Acompañado de Azrael Balic, al que había ascendido a capitán de mi escolta: cien hombres valerosos, visité al jovencísimo gobierno de Lamia, y les dije: —No es norma del Caos hacer las cosas a medias, nada hay de sorprendente en la reacción del Reino. Estad tranquilos, he alertado a todos los navíos piratas desde aquí a Koro, y puedo aseguramos que reuniremos más de treinta veleros de combate. En realidad sólo pudimos reunir a tiempo veintitrés, amén de la Lestai y otras naves auxiliares lamienses. Estaba tan convencido de la victoria que embarqué conmigo a Azrael y sus cien "Amenti", para que una vez terminada la batalla, pudiéramos partir hacia Noor, donde recibiríamos nuevos navíos, honras y beneficios. Jumo, en el puente de la Lestai, buque insignia del Caos, daba vueltas y más vueltas alrededor de la pantalla del astrogator. Lamia apenas era un punto brillante desde nuestra posición. La calma reinaba en la Lestai mientras esperábamos noticias de la aproximación de la escuadra real. De acuerdo con los cálculos ya deberíamos haber tomado contacto con sus avanzadilla, pero no hay que fiarse enteramente de los instrumentos, los hombres tienen la facultad de sentir emociones, o como en el caso de Jumo, corazonadas, y cambiar los planes preparados con ayuda de precisas máquinas. —Deberíamos salir a su encuentro —opinó Jumo—, puede que hayan cambiado el rumbo, no quisiera tenerlos a mi espalda. —Tenemos varias corbetas rápidas de Thalit de Mebsuta, navegando al límite de sus instrumentos, si varían la derrota lo sabremos en seguida. —Estoy nervioso —confesó Jumo—, dependen tantas cosas de esta batalla. —Ellos atacan —dije—, tienen que dar el primer paso, la primera maniobra delatora, disponen de impresionantes máquinas de guerra y sofisticados artefactos, pero nosotros contamos con un tiempo extra de acercamiento, nuestros proyectiles llegarán antes... Pero no pude terminar la frase, los exploradores anunciaron el contacto. Teníamos escasos segundos para cambiar de táctica o permanecer emboscados, repartidos los navíos piratas en un área de varias unidades astronómicas. En las pantallas nacieron las decenas de puntitos que representaban a las naves de Axón. —Nos acaban de captar — y en todos los navíos piratas se iniciaron los programas de alerta. —Veamos qué hacen... La flota axonita, poderosa y confiada, mantuvo la formación, algunos patrulleros despegaron de sus nodrizas, listos para iniciar el fuego. —Es el momento de ponerles el cebo —aconsejé. Las corbetas de Thalit de Mebsuta iniciaron un aparente rumbo de confrontación. Inmediatamente, enjambres de patrulleros Uhud cargaron contra ellas. Los navíos piratas doblaron la caña, y cumplida su misión engañosa, a toda máquina se alejaron. El almirante enemigo avanzó en perfecta línea. —¡Vamos a por ellos! —ordené. |