Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO QUINTO

- XIV -

La batalla de Lamia.  El regreso de los héroes.  Las sospechas de Simón. El talle de Xírina.  Escaramuza en Oloy.  Las tribulaciones de Jumo Abubos.  El hijo del Carnero.  El desastre.  La dimisión del Almirantazgo.

La escuadra axonita abrió fuego. Como una traca que corriera por toda su formación, soltó sobre el Caos toda la parafernalia de su poder. Rasgáronse en mil pedazos las telas del espíritu del Uno, abrasadas de ira robada a las estrellas, crujió la Galaxia herida en sus vísceras y los planetas temblaron de gritos y muertes atronadas. Los capitanes tensaron las riendas de sus dragones metálicos, los artilleros oprimieron cientos de veces los disparadores de sus mísiles, las pantallas sangraron éter y las cintas de municionamiento gimieron agotadas. El espacio se incendió y los soles se ocultaron mientras los rayos cruzaban el escenario deteniendo torpedos, desintegrando navíos, ahogando aullidos quemados. Nubes de cazadores despegaron de los cruceros de Axón esparciéndose como flechas, querían atravesar las naves piratas, pero el Caos se abrió, y las flechas perdieron fuerza y fueron destruidas. Volvieron a juntarse los veleros piratas en las formaciones acordadas y avanzaron valerosamente sin detenerse a lamer sus heridas. Buscaron sus proas cruceros orgullosos, bien llenos de nobleza, pero ¡ay!, creídos de su fuerza, que pidieron a voces la vuelta de sus cazadores y destructores de escolta. Pero éstos jamás llegaron, el Caos tenía un golpe para cada enemigo. Y los pesados cruceros Tomii-Arón hubieron de acelerar sus motores y huir, rota la formación y perdiendo sangre por las escotillas.

En la Lestai, las órdenes volaban en todas direcciones, teníamos los ojos pegados a los instrumentos para adivinar las maniobras enemigas. El almirante axonita cometió un nuevo error, asustado por las perdidas, se decidió por desplegar sus destructores en un amplio abanico. Entonces ordené a Thalit de Mebsuta que se pegara a ellos en un duelo a corta distancia del que éramos consumados expertos, sus patrulleros, poco pudieron hacer, luchaban privados de dirección y uno a uno fueron cayendo víctimas de nuestra retaguardia. Se ocultaba Lamia por la amura de estribor cuando el almirante axonita, sin esperanzas de rehacer sus flancos, ordenó la retirada. ¡En el nombre del Caos! —gritó Jumo—. ¡Hemos derrotado al Reino!

Y ordenó radiar en todas direcciones el pabellón victorioso: los veintiún centímetros. Era una magnífica hazaña, un crucero pesado, cinco destructores y más de veinte patrulleros Uhud, contra dos navíos piratas perdidos y cinco tocados, entre los que afortunadamente no se encontraba la Lestai. La flota enemiga se retiró a Qubhah, su base más cercana. Lamia era definitivamente nuestra.

Thalit de Mebsuta aterrizó con su flota en Lamia. Por primera vez en su historia los Noor tenían una base naval fuera de la Gran Nube. La Lestai regresó a Pandemónium escoltando los navíos averiados, con nosotros Azrael y sus cien, que, a modo de embajada, mostrarían al pueblo pirata, la forma y el talante de nuestros nuevos aliados. Jumo recuperó la calma y su proverbial alegría. Explicaba una y otra vez como habíamos caído sobre ellos y como a pesar del nutrido fuego, la pericia pirata puso en fuga el orgullo axonita. Y en sus palabras también hubo un hueco para mi buena mano y estrategia, llegando incluso a concederme los honores de la jornada, y así lo dijo a todos los que quisieron escucharle en el muelle de Pandemónium. Y siendo Lamia un planeta relativamente cercano, los noor suspiraron por la pronta consolidación de este dominio, y en poco tiempo iniciar el camino, la mudanza. Lo lamiense se puso de moda y los Amenti fueron tratados con el respeto y la admiración que si bien se merecían, era rara en el carácter pirata y su trato con extranjeros, es decir gentes kafir. Azrael Balic levantó los suspiros de las jovencitas y de las no tanto. Todos estaban contentos de las buenas relaciones entre los capitanes, y de que Jumo hubiera sido capaz de conducir la flota sin roces ni rivalidades. El nombre de Thalit de Mebsuta, el mío y el de otros capitanes, pasaron a formar parte de las discusiones en las tabernas y de las canciones de los niños.

—Es alegre y compensa la fatiga ser un héroe de guerra, sin embargo, es algo, ¿cómo te diría, Martin?.—me decía Jumo camino de casa—, es algo para fuera, por dentro me siento igual que antes.

Y habiendo visto y revisto todos los mensajes recibidos de Alana, me habló de Uter, donde también se hacía sentir la presencia axonita, pues tropas de ocupación habían desembarcado en Dionysos.

—Me pregunto —añadió—, si no deberíamos iniciar otra campaña y conquistar Uter y hasta Koro, donde tengo buenos amigos. Podríamos instalarnos en Uter y firmar la paz con Axón. Dionysos es un buen lugar para vivir.

—A veces me sorprendes después de tantos años —le respondí—. Esta guerra terminará sólo con la rendición de uno de ambos bandos, será larga y exigirá muchos sacrificios. Axón nos triplica en efectivos. Por eso necesitamos de alianzas, en especial con el hijo del Carnero.

—Lo sé, era un sueño nada más.

—En ocasiones miras el espacio como un mar de posibilidades mágicas, otras como un gran demonio amenazador —le reproché.

Se retorció las guías del bigote. Le sorprendía que lo tratara así.

—¿Y tú, nunca sueñas? —dijo.

—Yo deseo hacer mis sueños realidades.

—Entonces serán sueños mezquinos y privados de fantasía, nada que sea enteramente real tiene cabida en un buen sueño. Soñar es ser a la vez presenté y futuro, alegre y triste, héroe y cobarde, genio y estúpido.

—Te creo, te creo —le contesté—, no obstante me alegro de estar detrás de ti en este asunto.

—¡Humm! —refunfuñó, pero no entendí su gesto.

Por cuanto Simón Agrippa era mi consejero en cualquier asunto, fui a verle e invité a acompañarme a Azrael Balic, y este príncipe, mal visto por Jumo, siendo en realidad mutuo este sentimiento, necesitaba un alojamiento más decente que los cuarteles del almirantazgo. Simón lo arreglaría, además tenía mis planes para el lamiense.

—¡Bien venido seas, Capitán Dago, el que no tiembla! —dijo Simón abrazándome.

Le presenté a Azrael y gustoso le besó en las mejillas, regalándole con su hospitalidad e invitándonos a comer en su cocina que era estupenda, como supondréis en un mago alquimista. Y mientras lo hacíamos, Simón que rabiaba por contarme sus informaciones e intrigas, me preguntó abiertamente por el lamiense, si era un hombre de confianza.

—Aspira a ser rey de Lamia —le contesté.

—¡Ah!...

—No, no —corrigió el aludido—. Aspiro a una causa...

—Quizá quieras unirla a la nuestra —le interrumpí.

—¿Cuál es vuestra causa?

—Es muy simple —respondió Simón—. El y yo, la causa de Martin Dago y la de Simón Agrippa — y primero me señaló a mí y después se llevó el pulgar al pecho.

—Entiendo —dijo Azrael—, una conspiración.

—¡Ja, ja! —se rió el mago.

—Una carrera en común —le aclaré—. Sé que eres ambicioso, que has soñado con liberar a tu planeta del yugo de Axón y que ahora que eso ha sucedido, te encuentras siendo un simple capitán de mi escolta. Pero amigo mío, ese es el mejor puesto para alcanzar lo que te propones.

—Quiero la legión Amenti —respondió el lamiense.

—Eso no puedo dártelo, la legión es una obra de Jumo Abubos.

—A mi parecer —dijo Simón—, es justo lo que pide. ¿Qué más deseable que la tropa sea mandada por un hombre de su propia sangre? Jumo Abubos tiene bastante con ser el Comandante en Jefe, ¿no te parece?

—No puedo hacer eso, levantaríamos sospechas, quizá más adelante...

—¿Sospechas? —exclamó Simón—. Este planeta está lleno de eso, y lo comprenderás cuando te hable de los últimos acontecimientos, mis informaciones...

—Adelante.

—Axón prepara la coronación de Hamal Dabih.

—Era de esperar.

—Eso no es todo. Tu noble primo se encuentra actualmente en Uter.

—¿Y qué hace allí?

—Da las gracias a Julia Lúcida, por ella estamos bien informados. Hamal Dabih y Alana Claudia, recién nombrada Dominante de Uter en sustitución de Denébola Sabí, a la que tenemos el disgusto de tener entre nosotros, han mantenido algunas entrevistas secretas. El Reino ha ofrecido a la Sagrada Orden un pacto, un pacto contra el Caos.

—¡Imposible! Alana no haría tal cosa.

—¡Infeliz! Tengo noticias de que el Concilio Dominante de la S0HD reunido en Thubán estudia la propuesta, alianza que de llegar a producirse se mantendría naturalmente en secreto, permaneciendo así infiltrados en nuestras filas. Afortunadamente he podido crear en este tiempo un servicio paralelo y ajeno a la Sagrada Orden. No haremos público lo que sabemos, será una estupenda manera de adivinar sus movimientos.

—Tendrás vigilada a Denébola...

—¡Por supuesto! y no sólo a ella, también a su amante Wilimé Karin, un hombre aparentemente honrado pero pérfido de corazón. Y en general debo decirte que vigilo a todos aquellos que expresan críticas contra nosotros.

—¿No estarás excediendo tu medida?

—¿Qué hay de malo en vigilarles? Te critican en las plazas y en los mercados, y si han levantado la hoja de palma a tu paso y celebrado la victoria que acredita al Almirantazgo, en su intimidad proponen otros almirantes, y debo informarte que las censuras no provienen de la Banif, como era de esperar, sino de la Sirk y algunos Chahil.

—¿Pues qué quieren? He llenado sus cajas y les he regalado un planeta, ¿qué quieren de mí?

—Nos temen —dijo Simón, y hacía bien en incluirse.

—¿Está enterado Jumo?—le pregunté.

—No, nadie excepto nosotros sabe que Hamal Dabih se revuelca en el lecho de la Orden.

Había un tono en sus palabras que me asustó:

—¿Qué dices?

—Que Alana Claudia y tu primo son amantes, Julia Lúcida fue testigo.

—¡No mientas!

—Nunca lo he hecho contigo.

—¡No puedo creerlo! Y debo pediros que nada digáis de ello.

—Seremos silenciosos.

Apenas podía imaginar a la hetaira en brazos de Hamal Dabih, y si lo hacía era más por despecho que porque mi corazón lo admitiera, pero la duda puesta en juego es como un gusano devorando la llaga. ¡Y qué poco importa la victoria, cuando un hombre se encuentra solo! Atrapado por la soledad de mis cuitas deseé el cálido regazo de la bella Xírina, su afectuoso vientre y sus palabras de consuelo. Y habiéndole enviado secreta cita de la mano de Azrael, tuvo la dama el pláceme de reunirse conmigo en la casa que Jumo y yo compráramos un día, y que seguía deshabitada. Y lo que esperaba encontrar vacío estaba lleno de muebles, cojines, adornos, y mobiliario de todo tipo, notándose la disposición de una mano refinada. Xirina me recibió sentada en una silla mecedora, un pomo la iluminaba y las sombras componían sobre su figura una melodía de formas incitantes. Recogió una sonrisa de los labios, sus ojos se abrieron y se levantó para abrazarme con los anhelos reprimidos de la ausencia.

—¿Te gusta? —dijo señalando la decoración—. Lo he hecho mientras estuviste fuera, ya ves, Martin, en eso me he entretenido.

Estaba también la gata She que, varias veces madre, trataba de poner orden en su camada, y cuando quise acariciarla, resopló arisca. Xirina me preguntó por la campaña y alabó mis éxitos, aunque no le habían sorprendido, sabía muy bien de mi valía. Y ahora —dijo—, dime qué te preocupa, pues algo adivino al mirarte.

—La guerra ha sido una fuente de placer y distracciones que no sospechaba. En algunos reinos llaman a los Amenti, "los crueles" y eso hasta me divierte, pero al pisar este planeta he recibido tan malas noticias, que la templanza que me dieron los combates se ha disipado.

Y le conté las informaciones de Simón aderezadas con mis propias penas. También me sentí solidario con Jumo y dije:

—El ignora este estado de cosas, y no sé que hacer, si decírselo o callar y aguantar la rabia.

Buscó Xirina palabras de consuelo, pero no quiso alargar mucho el tema, en sus ojos nacía el humor del deseo. Y desnudándonos, nos amamos lentamente, como ella gustaba. Le susurré obscenas cosquillas al oído pues así se encelaba más que de otra manera. Y luego que el placer nos inundaba y sus piernas me atraparon, reí y ella conmigo, hasta que fui derrotado por su dulzura.

Cuando se levantó me comentó frente al espejo sus esfuerzos por mantener la figura.

—Aún tengo el talle estrecho, si no como una jovencita, al menos si proporcionado, y más de un marinero me piropea en el mercado.

—Tu talle es estrecho y firme, y tus caderas hermosas y tus pechos maravillosos, pero en cualquier caso me daría igual, es el aliento que me prestas lo que amo de ti.

Sin embargo, estas palabras eran el fruto de mi soledad, no de sentimientos de cariño, pero así es el hombre de egoísta, fácil para las falsas palabras de amor. Y mientras preparaba la cena, abundantemente copiosa, era de las mujeres que creían que la salud estribaba en hartarse, dijo al recordar mi pobreza:

—Tu caja sigue vacía, me pregunto que va a ser de tu futuro, en la vida el crédito es tan necesario como otras cosas.

Tumbado sobre el lecho, desnudo y contemplando los músculos alistados de mis piernas, contesté medio en broma:

—¡Hablas como un protegido! Los noor aboliremos el crédito, implantaremos un sistema donde el hombre pueda vivir sin esa preocupación.

—¡No digas tonterías! —fue su respuesta mientras olisqueaba sobre las cazuelas.

Todo Pandemónium murmuraba escandalizado por este amor, y Sheratán, el hombre que había hecho temblar en su día a la periferia, callaba, aceptando que su amante regresara anochecido. Este silencio del viejo capitán, venía a significar que Xirina era una mujer que tenía su propia idea de la vida.

Llegaron noticias de Oloy, donde Sad Al Bari había perdido dos navíos y se retiraba con otros dos muy averiados. Para ser una escaramuza, al capitán bizco mal le habían ido las cosas. Si la línea Qubhah-Oloy quedaba limpia de piratas, Axón podría concentrar sus fuerzas y replantearse de nuevo la lucha por Lamia. Perderíamos asimismo el enlace con el Estado Libre del Carnero, y los substanciosos beneficios de la importación de resina del Armistán, cuyos comerciantes se apresuraron a solicitar nuestra ayuda. Era el momento de pactar con Dun Qarnaim y sus carneros espaciales, y así lo expuse en el almirantazgo. Aconsejé esperar la terminación de los nuevos navíos y con éste importante refuerzo y la ayuda de Karneios librar batalla en igualdad de fuerzas.

Viejas voces se alzaron contra mí, voces que por veteranas parecían tener las razones de la experiencia. Los notables de la SBHAC se negaron a ninguna componenda con el hijo del Carnero. No es de fiar, dijeron. Se sacaron de la manga un plan distinto. La legión Amenti sería prontamente embarcada en los cargueros de apoyo de Thalit de Mebsuta. Yo mismo partiría con la Flota de Proximidad de Deneb Kaitos, y conjuntadas ambas fuerzas tomaría Oloy. En ese lapso se reunirían fuerzas navales suficientes para presentar batalla a la II Flota Real de Axón y batirla. Oloy serviría de base de apoyo, no debía escatimar medios en su captura. En todo estuve de acuerdo menos en sacar a la Amenti de Lamia, sí la legión abandonaba su patria, aparte de que ignorábamos su comportamiento en tierras lejanas, Axón tendría una excelente oportunidad para desembarcar cualquiera de sus tres divisiones de infantería de marina. Lamia nos era mucho más vital que Oloy, Las naves de Almuredín que operaban en corso entre Uter y Koro, ya habían iniciado allí sus reparaciones.

En vano me esforcé en convencer a Jumo. Las decisiones ya estaban tomadas. Únicamente los capitanes jóvenes, los hombres de la Ansar que yo había ascendido, me prestaron su apoyo, y aunque de nada valió, contribuyó a crear un clima de animosidad entre la flota y los notables de la Sociedad Benéfica, que apoyados en Jumo Abubos se resistían a soltar las riendas de las decisiones. A bordo de la Sultán Onü, nave capitana de Deneb Kaitos partí pues para Oloy con las prisas que los llamados de Sad Al Bari requerían. Llevaba conmigo a Azrael y sus cien y la navegación fue muy pesada y sin anécdotas dignas de unas líneas, salvo que hube de arrestar a dos de mis legionarios porque violentaron a unas cantineras y lo que es peor no las pagaron, Y Deneb Kaitos, capitán de recta vara, así me lo exigió.

Cuando las fuerzas a mi mando se concentraron en el punto convenido, Axón ya había reforzado la guarnición de Oloy. Thalit de Mebsuta renegaba por haber tenido que abandonar Lamia

—¡Abandonar Lamia después de lo que nos costó su toma! Tendrías que haber visto las caras de los lamienses cuando la legión embarcó, ¡temblaban de miedo!

—Imagino que estás al corriente de lo que pasa, no quieren aliarse con las fuerzas de Karneios, pero con Dun Qarnaim a nuestro lado nos hubiéramos evitado distraer a la legión de Lamia.

—¿Y piensas obedecerles? —preguntó Thalit.

—¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Decías que Jumo Abubos era tu hombre —me recordó el mods.

—Ahora tiene otros que le aconsejan.

—Bien nos han engañado... —se dolía Deneb Kaitos—. Han unificado la flota pirata, pero siguen siendo ellos quienes dan las órdenes, flaco favor nos está haciendo Jumo Abubos.

—La flota de Jumo Abubos todavía se encuentra lejos, aún hay tiempo —dije pensativo.

—¿Qué te propones?

—Desembarcad en Oloy sin mí. Voy a reunirme con Dun Qarnaim.

—Ten cuidado con lo que haces —dijo Deneb Kaitos—, hay mucha gente en Pandemónium deseando tu cabeza, y si esto se interpreta como una desobediencia a las órdenes del comandante, no te arriendo la ganancia.

—¡Corramos el riesgo! —exclamó Thalit de Mebsuta—. Dun Qarnaim nos cubrirá las espaldas si algo sale mal, no confío en la pericia de Jumo Abubos. Esta campaña no va a ser como la de Lamia, Axón nos dobla en efectivos.

—Te llevaré en la Sultán Onü —dijo Deneb Kaitos—, es la fragata más veloz de toda la flota —y se sonrió con orgullo.

Pegada a la nube de Sothis, la Sultán Onü navegó a todo trapo, hasta que al cabo de un tiempo que se me hizo interminable, cazadores Kfir con la insignia del Carnero, nos conminaron a identificarnos, escoltándonos rumbo a Karneios, el planetoide enmascarado.

Karneios, construido tiempo atrás por los grandes arquitectos autómatas groor, conservaba el diseño que el Imperio daba siempre a todas sus obras. Una bruma lo envolvía impidiendo la visión de su plateada superficie, precisos mecanismos regulaban su albedo para impedir que se convirtiera en un horno, tenía además la opción de cambiar la órbita planetaria en torno a su débil estrella sin que sus moradores sintieran un ligero temblor. Dun Qarnaim lo mantenía limpio, rutilante como metal pulido, al igual que todos sus navíos de combate. A mi arribada, comprobé complacido que la flota del general almirante se encontraba concentrada y lista para entrar en acción. El hijo del Carnero tenía oidos en todas partes, me esperaba con la espada bien afilada.

En sus cuarteles, los carneros espaciales empacaban sus efectos con envidiable minuciosidad, a un lado las armas y la munición, al otro, el equipo de supervivencia. Sus mujeres les ayudaban, lo que también tenía sus inconvenientes, pues no hay ningún reglamento militar en el mundo que haya previsto tantas latas de comida, o fruta deshidratada, o..., en fin, todo lo que la mujer de un soldado presiente le va a ser más útil a su consorte que los arneses, los cargadores o las máscaras de guerra. Algunos críos correteaban momentáneamente desatendidos con el culo al aire y los calzones en los tobillos, y los sargentos mayores, siempre aficionados a los gritos, se veían en el dilema de rebajar su dignidad y poner a los chicos a satisfacer sus necesidades. Porque aquellos guerreros de cuernos blanquinegros formaban una gran familia, cuyo padre, que en muchos casos era físicamente cierto, era Dun Qarnaim el señor de la guerra de Karneios.

—¡Bien, bien! —me recibió—, eres un hombre de suerte, me tienes entre tus amigos, Martin Dago.

Y terminó de embutirse su uniforme de campaña, tan repleto de condecoraciones que se me escapó una sonrisa.

—Vengo a ofrecerte un pacto —le dije—. No soy el jefe de los noor, sólo tengo un puesto influyente, las graduaciones poco valen entre los piratas, así ha sido desde tiempos inmemoriales, pero puedo ofrecerte parte de mi diezmo si me ayudas en la batalla que se avecina.

—Se acarició la complicada barba.

—¿Estás en dificultades, eh?

—¡A qué contarte nada!, supongo que conoces cada uno de mis pasos.

—Sí, tenemos un amigo común en Pandemónium, no tengas cuidado de mi discreción. En cuanto a ti, me basta con este pacto, no quiero aliarme al Caos, sino a Dago, en quien tengo más esperanzas. Iré contigo y tomaremos Oloy. Hace tiempo que necesito un poco de acción, Oloy será un buen bocado para mis carneros y a los comerciantes armistaní les encantará meter sus narices en los asuntos del Caos.

—Sabrás que es Jumo Abubos quien lleva el peso de las operaciones. Mi misión es desembarcar en Oloy con los Amenti, que son excelentes soldados, pero el beneficio no lo es todo cuanto se está lejos de la patria.

—¿Pero amigo mío? —dijo mientras se ajustaba el sable—, un soldado no tiene patria, se curte en campanas lejanas, en países exóticos y contra enemigos desconocidos y a veces horripilantes. Y si sabes ser para ellos algo más que un sargento te seguirán donde los lleves.

—Tienes la cualidad de levantarme la moral, hijo del Carnero.

—Bien, bien, partamos entonces, tengo ganas de verle la cara al enemigo y siento en las venas la fogosidad que sólo da el gran padre de la guerra.

—Hoy es un buen día —dije emocionado—. Uniremos nuestras fuerzas y en el futuro te garantizo el mando que un militar como tú se merece.

Mientras tanto, el astuto almirante axonita Marwa Iliyum se apresuró a cortar las líneas de abastecimiento entre la flota mandada por Jumo Abubos y las fuerzas piratas que ya combatían en Oloy. A esta maniobra respondió el guerrero con una carga frontal que solamente sirvió para debilitar sus unidades. Marwa Iliyum decidió entonces entablar batalla y la flota del Caos se vio en apuros no teniendo más remedio Jumo, que requerir la ayuda de los navíos que protegían la lucha de la Amenti en Oloy. La legión quedó  abandonada a su suerte. En la sala de mando del crucero insignia de Dun Qarnaim me desesperaba por no poder intervenir en la confrontación.

—Tranquilízate —me rogaba el General Almirante—. Nosotros cumpliremos la parte que nos corresponde, te desembarcaré en Oloy y tomarás la capital con la ayuda de mi flota. No seremos nosotros quienes dejemos huecos en los planes estratégicos de Jumo Abubos.

Muy cerca de la pequeña capital, tras unas lomas protegidas de la enfilada enemiga, la legión Amenti había establecido su puesto de mando. El desconcierto reinaba entre sus oficiales. El frente estaba en calma, pero sabiéndose privados de apoyo aéreo los lamienses no daban mucho por su futuro. Azrael Balic me acogió  con críticas.

—¿Así cumplen los noor sus promesas? ¿Dejándonos abandonados?

—¡Todos los hombres a sus puestos! —fue mi rabiosa respuesta.

Dun Qarnaim abrió fuego contra la guarnición axonita. Desde las alturas veíamos las explosiones sacudir el valle. Oloy no es un lugar inhóspito o tétrico como abundan los planetas en la Galaxia, sino que radia luz y verdor. La vegetación, domesticada desde su colonización, ofrece el asombro de las líneas ordenadas de olivos, las cuadrículas inmensas de este cultivo. Había también viñedos altos y gruesos, limitados con fértiles huertas blanqueadas de casas de campo. Pero ahora todo estaba envuelto en polvo y llamas, los cazadores Kfir descendían como el rayo, soltaban su carga y remontaban el vuelo burlando las defensas antiaéreas. La legión avanzó, el enemigo nos recibió  con todo el fuego de sus armas, misiles, cohetes y granada químicas, y utilizando vientos venenosos y ondas de choque Psi. Pero los saltamontes estaban bien blindados y rugiendo las sirenas de los motores, caímos sobre los arrabales silenciando sus baterías de vanguardia. La tropa tomó posiciones entre los escombros. ¡Adelante!, gritaba Azrael que encabezaba la acometida de la infantería. Y si en algún momento flaqueaban, les gritaba y les insultaba y hasta les amenazaba con su pistola LXR, porque estaba dispuesto a ganarse los galones que le había prometido. También yo participé en el combate, y mi grito de guerra recogió en un atado el arrojo de los Amenti y lo aventó sobre el enemigo que huyó acobardado. Los carros aéreos pulverizaron barrios enteros abriendo paso a los transportes de tropas. A veces, un simple zumbido en los sistemas de comunicaciones indicaba que un saltamontes se había volatilizado con su dotación víctima del tiro enemigo. Escaso ruido para una deflagración que podía dejar ciego a un soldado no protegido.

Al atardecer, la capital era una inmensa hoguera. Merodeando entre las ruinas pululaban los Amenti buscando algún botín, hombre mujer a máquina viva. Desaparecido el enemigo como fuerza organizada los hombres descansaban mientras esperábamos noticias de Dun Qarnaim. Sentados en los asientos reclinables del AVAC, Azrael y yo fumábamos para contener los nervios. Un poco más lejos los Amenti se repartían las raciones y se embriagaban concienzudamente. La plaza que nos acogía olía a combustible derramado, algunos Amenti incendiaban entre risas los jardines. Los arbolillos ardían en segundos como teas.

—¿Por qué lo harán? —le pregunté a Azrael.

Un grupo de cautivos, con las manos sobre la cabeza, pasó escoltado por un pelotón, había mujeres y niños, y los Amenti largaban sus manos en pos de la carne o golpeaban a los campesinos por capricho.

—Ve a poner orden —le ordené a Azrael.

Pero el príncipe Balic lo que hizo fue repartir las mujeres entre sus soldados y encerrar al resto. Y al escuchar los lamentos de las campesinas nada dije, ¿quién puede medir los actos de la tropa después de haber soportado el fuego de las mil máquinas de destrucción que el hombre ha inventado para matarse?

Se iluminó entonces la pantalla con el rostro del general almirante Dun Qarnaim.

—¡La batalla ha empezado! —anunció .

—Daría algo por estar con Jumo Abubos —le contesté.

—Tengo un mensaje para ti, es de Simón Agrippa, me ha llegado por un canal secreto.

—Adelante...

—Es confidencial y dice textualmente: Sal de Oloy. Es una trampa para ti y la legión Amenti. Hay un complot en Pandemónium.

—¿Cuál es la trampa?

—Lo ignoro, pero mejor no esperes a saberlo en tu propia carne, creo que deberíamos preparar la evacuación.

—He sido un tonto, podía haber detenido a Jumo en la forma que fuera y cancelar las operaciones. Presiento una gran derrota del Caos.

—Es pronto para aventurar una hipótesis. Te mantendré informado —y cortó la comunicación.

Llamé a Azrael, que se presentó con una muchacha, casi una niña. Forcejeaba entre los fuertes brazos del lamiense.

—¡Qué demonios haces! —le recriminé.

—¡Ésta es para mí! —respondió.

La arrojé al fondo del saltamontes con brusquedad.

—¡Olvídate de ella! ¡Hemos sido traicionados!

—Cómo es eso?

Y le conté lo que sabía.

—Nunca debiste confiar en Jumo Abubos, a veces se comporta como un protegido —y escupió.

—La guerra no va con su afán aventurero, este oficio exige la templanza de los hombres indiferentes a ciertas delicadezas.

—¡Es un héroe de opereta! Y ésta es una tragedia reservada a aquellos que como tú y como yo han nacido para conducir soldados.

—No te falta razón. Hoy presiento que es un día de amargura, traición y derrota, pero no es mi intención sufrir más felonías ni angosturas. Si sigues a mi lado te recompensaré, la legión Amenti será tuya.

—Hace tiempo que los Amenti sólo me obedecen a mí. Los noor, en vuestra soberbia, habéis creído que Lamia os pertenece. Pero los clanes me han elegido secretamente como príncipe del planeta de la muerte. Todos los oficiales de esta legión están bajo mis órdenes desde hace tiempo.

—Es una pena entonces, porque vas a presenciar la destrucción de tu ejército.

Azrael dudaba. Mi rostro se había hecho impenetrable. A la popa del vehículo se oían los sollozos de la cautiva.

—La legión es tuya —concedió el lamiense—, ¡sálvala!

—Un día te ofrecí un lugar en nuestras causas, éramos entonces dos hombres nada más, ahora hay otro más: Dun Qarnaim. Te corresponde la última plaza.

—La acepto.

Asentí con la cabeza, estuvimos un rato en silencio hasta que Dun Qarnaim lo rompió desde la pantalla:

—¡Todo se ha perdido! La Flota Noor se repliega con grandes bajas. El comandante ha dimitido y los capitanes con mando en flota se encuentran reunidos en la Lestai tratando de salvar lo que se pueda del desastre. La I Flota Real ha arribado a Uter y Almuredín Sidi se ha refugiado en Lamia, el Caos se encuentra entre dos fuegos. Por lo demás, tu amigo Jumo Abubos te ha dejado en la estacada. Ya me dirás como voy a sacarte de Oloy sin medios adecuados, además, media escuadra enemiga me pisa los talones. Una división de infantes de marina se apresta a desembarcar no muy lejos de tus posiciones, la habían mantenido oculta todo este tiempo. ¡Van por ti! Tenía razón Simón Agrippa, esto ha sido una trampa magníficamente tramada. Pero basta de charla, cubriré tu retirada, tengo algunos mercantes en camino y así pueda consignarte un punto para la evacuación te sacaré de Oloy. Mientras tanto creo que tendrás un poco de baile, y por todo lo que ames, sal de la ciudad, ¡te tienen en sus instrumentos!

Tuve que animar a los legionarios con palmadas y gritos, y no queriendo revelarles el peligro que corríamos, la tarea de integrarles a sus puestos se hizo difícil. Azrael la emprendió a empujones asegurando estar dispuesto a mandar al reino de Iblis al primer remolón. Y cuando pusimos buenas medidas por medio, respiré aliviado.

Fue una horrible galopada. Patrulleros Uhud descendieron en picado y sus andanadas se cobraron el tributo que ofrece aquél que da la espalda al enemigo. Estábamos a merced de sus poderosas armas, y a cada zumbido, representación sonora del fin de muchos Amenti, Azrael blasfemaba por la indefensión. Y para completar la orgía de sangre, unidades acorazadas de la infantería de marina axonita nos cortaron el paso. Empero, eran enemigos providenciales, pues los cazas se retiraron temerosos de herir a sus propios hombres. Entablamos un duro combate. Los Amenti, prieta la mandíbula y tenso el pulgar en el disparador, esperaron la orden de fuego en la carga que semejando la furia de la barbarie, emprendimos contra los carros enemigos.

Volaron en mil pedazos hombres y máquinas, ardieron por los cuatro costados pertrechos y transportes, aullaron los quemados durante el escaso tiempo de su consunción, chisporroteaban los saltamontes heridos de fuerzas y choques invisibles, y en la vorágine, mi voz, preñada de crueldad, animaba a los valientes lamienses a no ceder.

La muchacha de Oloy daba tumbos entre los asientos derribando brújulas y reglas de cálculo. Gritaba completamente histérica.

—¡Qué hace aquí! —rugí.

—¡Es para mí! —contestó Azrael entre dientes para que sus palabras no se confundieran con las ordenes cifradas que daba a las unidades.

El conductor y el artillero se rieron, se contaban el uno al otro lo que harían con la asustada campesina, a la par que sorteaban misiles y replicaban con la misma medida.

Atravesamos las filas enemigas como un cuchillo el queso fresco, pero ¡ah!, perdíamos el filo por momentos. Unidades de refresco acudían en auxilio de los axonitas. Concentré la legión alrededor de una colina. Abrí la escotilla y contemplé el triste panorama: decenas de saltamontes destruidos sembraban las vaguadas de humo y metal retorcido. Estábamos cercados, previsiblemente volverían patrulleros Uhud para rematarnos. Los aerovehículos axonitas se habían posado en tierra y sus tripulaciones, casi ligeras motas en el visor, descansaban al lado de sus artefactos. Salía humo de sus toberas. Todo estaba en calma en ese momento, los Amenti, secos los rostros y tiznados de humo y gases se pasaban botellas de licor en silencio.

—¿Dónde estás Dun Qarnaim? —me preguntaba en voz alta.

—¡Ahí viene! —gritó Azrael señalando la inconfundible silueta de los cazadores del Carnero.

Sobre nuestras cabezas se entabló la lucha, los Kfir, aun siendo menores en número, pusieron en fuga a los patrulleros axonitas. Grandes barcazas descendieron del cielo. Ordené destruir todos nuestros vehículos, allí quedaron los saltamontes, los aljibes, los carros aéreos y los autómatas guerreros. Los legionarios embarcaron con celeridad en las vetustas gabarras, pero la otrora orgullosa Amenti ya no existía, un puñado de hombres, menos de la mitad de su dotación, y sin nada entre las manos.

Dun Qarnaim había perdido muchos hombres y valioso material por salvarnos de la muerte segura. Así se lo reconocí en la sala de mando de su crucero de línea. En sus ojos dilatados adiviné las emociones que había vivido durante la triste jornada. Me rogó calma, tenía que afrontar malas noticias: todo el frente desde Lamia a Oloy se ha derrumbado, solamente Almuredín Sidi y por su cuenta ha dispuesto un sistema defensivo en Lamia, pero de no recibir rápidos refuerzos tendrá que replegarse, y entonces bien podrá considerarse el Caos completamente derrotado. Y lo peor es que no hay un mando firme para restablecer el orden, Jumo Abubos ha puesto su cargo a disposición de la SBHAC que no ha permitido la constitución de una Junta de Capitanes, y nadie se atreve a dar la más mínima orden. Están paralizados, los noor han encontrado la horma de su zapato. En verdad te digo que de no poner remedio a esta situación más nos valiera huir de la periferia, Axón no concederá cuartel.

—¿Y el complot?

—Una operación en profundidad con ramificaciones en todas las fuerzas aliadas del Caos. ¡Por Gea! buen servicio de espionaje debe tener el Reino. Primero consiguieron sacar a la legión Amenti de Lamia y enviarla a Oloy, donde se preparaba la trampa. Te aislaron de Jumo Abubos, haciendo más fácil su derrota, y finalmente, dispersada la escuadra Noor, quedaste indefenso. No contaron conmigo, pero ¡por todos los universos! el plan era estupendo. Ya ves, las batallas se ganan a veces lejos del campo de Marte. A mi entender aquí está la mano de tu primo Hamal Dabih, un hombre que sigue tus pasos con especial atención.

—Hay otras manos... —confesé. He de regresar a Noor.

—Te diré lo que tienes que hacer. Alcanzarás la Lestai en cuanto uno de mis destructores pueda abrirse camino, y tomarás las riendas de toda la flota, al fin y al cabo tienes mucho prestigio entre los capitanes jóvenes, unos cuantos cadáveres colgando de la antena no deben amedrentarte. Nada de dudas a partir de ahora, sé de tus sentimientos por Jumo Abubos, pero es llegado el momento de que los sentimientos sean cuestionados. Nada importa que sea tu amigo, ni a quien debes algo y quien te lo debe a ti. ¡Castigarás a los culpables, y a los traidores, a esos, los expondrás a la ira popular, y cuando las madres noor pregunten por sus hijos muertos, se los mostrarás amordazados.

—Simón Agrippa los tiene bien apuntados —dije.

—En cuanto a Lamia —siguió—, hay que socorrerla. Enviaré a los Amenti tan pronto como sea posible, aunque tenga que arañar mis pañoles para armarles con algo, y así te ganarás a Almuredín Sidi, único capitán lo suficientemente sólido en quien confiar. Mira, Dago, no voy a dudar de nuestra guerra, sería como ponerme en duda a mí mismo, pero este oficio exige victorias o dejar el puesto libre. Medrar en el Almirantazgo es labor de corruptos, de incompetentes y de futuros traidores. Con esa canalla debes acabar.

—¡Qué fácil te resulta aconsejarme, amigo mío —le respondí—. ¿Crees que no sospechaba este final? Tendré que enfrentarme con algo más que traiciones.

—No te atormentes. No veo otro que tú, capaz de atenazar el miedo y convertirlo en furia victoriosa, o actúas, o tu bonito Caos se hunde en la Gehena, de la que a veces pienso no debería haber salido. Los hombres te dirán que están cansados, pero los soldados siempre están cansados, les obligarás a mantener las líneas a cualquier costo.

—De acuerdo —le contesté más animado—. Mantén tus posiciones, trataré de crear un frente que sea el jalón que marque nuestra próxima embestida.

El destructor de Karneios consiguió burlar la vigilancia axonita, Azrael y los cien hombres de mi escolta me acompañaban. La muchacha de Oloy no había perdido del todo su miedo pero ya estaba más tranquila, el príncipe lamiense la trataba tan despreciativamente que me irrité:

—¿Qué juego te traes? ¿no ves que es una chiquilla?

—¡Es botín de guerra! —respondió con cierta insolencia.

Tenía el cuerpo menudo y la piel sonrosada de los campesinos.

—¿Cómo te llamas?

—Bellatrix, señor.

—¿Bellatrix? —repetí—. Si alguna vez te hace daño —y señalé al lamiense. Házmelo saber.

Inclinó  la cabeza con sumisión. Azrael le ordenó salir del puente.

—No es más que una protegida —murmuró con despecho.

Abordamos la Lestai. Fui recibido por los capitanes con el asombro de los que no esperaban volver a verme. Deneb Kaitos se dolía, excusándose en las órdenes, Thalit de Mebsuta, en cambio, se sintió aliviado, Sad Al Bari me dio de lado, el resto esperaba el estallido de mi cólera.

—¿Dónde está el comandante? —pregunté.

—Sígueme —dijo Thalit de Mebsuta, encantado de presenciar tan buena escena.

En el puente, Jumo, sentado frente a una consola instrumental, fumaba con la mirada extraviada en el humo. No se sobresaltó, simplemente abrió los ojos.

—¡Aquí estoy! —le dije—. Has perdido una batalla gracias a tus oídos sordos y las estúpidas ideas de quienes te aconsejaron. Querías ser un buen almirante. Habrás observado que saquear navíos comerciales no es lo mismo que enfrentarse a la marina real. La flota se encuentra diezmada y dispersa, y entre tanto galón dorado, nadie ha entendido que es preciso mantener las líneas. Menos mal que Axón no tiene prisa...

Jumo, que había bajado los ojos durante mis palabras, se levantó. Me pareció más viejo. Profundas arrugas corrían desde el vértice de sus párpados hasta las mejillas.

—No somos tan fuertes como creíamos. He dimitido y conmigo este Almirantazgo, evítate los gritos, ya no tienes ningún cargo.

Apreté los puños, cuanto más me contenía más difícil me era razonar:

—No fuiste tú quien nombró a los capitanes, no se te olvide. El Almirantazgo no dimite, ¿de dónde ha salido esa idea?

—Pronto estaremos en Noor —respondió el guerrero—. Allí te será explicado y podrás hacer acusaciones. En la Lestai sigo siendo el capitán.

—¡Salid todos! —exclamé dirigiéndome a los capitanes. Y no conforme con eso los expulsé de la sala y también a los oficiales de navegación.

—Muchas sospechas inundan mi corazón —añadí—, soy tu amigo y te concedo el beneficio de la duda. Quiero que me expliques tu comportamiento, no eres un imbécil y menos un pusilánime. ¿Quién está detrás de todo esto?

Retrocedió unos pasos y se sentó fuera del alcance de mi vista bajo la penumbra de las luces del tablero de señales.

—Comprendo tu ira, a punto has estado de perder la vida por mi negligencia, pero no hay nada más. Quería ganar esta batalla yo sólo, para que todos supieran que no soy tu comparsa.

—¿Y quién te ha dicho que lo eres?

—Alana me previno contra ti. Tiene pruebas de tus tramas particulares con Simón Agrippa, dice que empujas al Caos en tu propio beneficio, de hecho has pactado con fuerzas ajenas sin el consentimiento de la SBHAC

—Estoy vivo gracias a Dun Qarnaim, y si todos los piratas Noor se hubieran comportado en Oloy como él, ahora no estaríamos en retirada. Pero eso no importa, eres un ingenuo, Jumo, has confiado en gentes extrañas al Caos. Has preferido el consejo de los notables de la Sociedad Benéfica al mío y te han llevado, ignorante de ti, por el sendero de la traición y de la conjura. A tu alrededor se ha tejido una trampa que tenía por finalidad derrotar a la Flota Unida Noor, aniquilar la legión Amenti y acabar con mi vida. Una campaña tramada desde el mismo trono axonita. Llegados a Noor, Simón te ofrecerá las pruebas irrefutables.

—No creo nada que venga de ese nigromante...

—Prefieres creer en Alana o en Denébola, ¿verdad? Pues te diré algo: Alana duerme en el mismo lecho que mi primo Hamal Dabih. Sí, Jumo, la Sagrada Orden coquetea con el Cetro de Hierro.

—¡Iblis te confunda! —gritó—. ¡Cállate!

—Nunca fuimos nada para ella... —agregué.

—¡Por todos los djinns! ¡No te creo!

—¡Haz lo que quieras!

Se mesaba los cabellos, mordía la pipa con rabia.

—Por lo que a mi respecta —dije—, voy a reorganizar la flota, no hemos perdido todo. Mandaré a la Gehena a la Sociedad Benéfica y sus politiqueos y limpiaré Pandemónium de espías y traidores.

—No harás nada de eso —dijo con determinación—. Mi dimisión es irrevocable y con la mía va la tuya y la del resto —y señaló la puerta por donde habían salido—. He dado mi palabra, entregaré el mando en Noor, después quizá me retire de la navegación activa, hasta es posible que regrese a Golius.

—¡De qué huyes?

No respondió,

—Estás loco... —le dije—, ¿no comprendes que así haces el juego a nuestros enemigos? Axón va a caer sobre nosotros. Dame el mando y yo lo impediré.

—Quizá esta no sea la buena causa —murmuró despacito, masticando cada palabra.

—¡Mi causa aún no ha sido derrotada! ¡Jumo!, reúne a todos los Capitanes y hazles saber que me entregas el mando.

—¿Para qué? Todos te obedecen como corderitos.

—Me atrevo a maldecirte —grité—. Me obligarás a hacer lo que no quiero.

—¡Adelante! —respondió teatral—. Eso sólo confirmaría lo que pienso.

Abandoné el puente.

Los capitanes me esperaban en la crujía. Fuimos a la cantina. Azrael y sus Amenti se solazaban con agrios tragos de cerveza. Al ver la expresión de mi rostro palideció la conversación. Fue entonces al alzar la vista que vi un rótulo, uno de esos títulos artísticamente pretenciosos que suelen adornar las cantinas militares con lemas y alegorías patrióticas. Y en este caso decía:

"El prestigio, honor de un hombre, es intocable y digno de vida o muerte. La expresión vital de prestigio es el duelo".

Frase sacada de la filosofía pirata y que en aquellos momentos se me ofreció como una burla. Di un brinco rabioso y lancé lejos mi jarra que se estrelló contra el mamparo.

—¡Eso es! —grite—. ¡Quiero un mundo sin hipocresías ni tapujos! Un mundo consciente de que los que tomamos las armas, no somos asesinos especialmente dañinos, sino aquellos que sabemos qué lleva el hombre en sus adentros, y en consecuencia nos armamos, ¡y eso es el Caos!

Thalit de Mebsuta se volvió y, harto de mi palabrería, dijo:

—¡Iblis se lleve al Caos! Nunca he creído en él, creo en la lucha.

—¿Y qué es la lucha , sino practicar el Caos? ¡Markov tiene razón!, ¡el presenté es el sistema! ¡Hay lo que hay! Y hemos de vivir en ese acuerdo.

—Si tú no pruebas tus verdades, no probaré yo mis mentiras —respondió Thalit de Mebsuta—. Cada momento es una interpretación de instante que vives. Somos seres que sentimos y siempre distinto. Hoy te crees esto, mañana te crees lo otro, y si siempre crees lo mismo, es que eres un perfecto idiota. ¡Y ahora vive así si puedes!

Y se bebió su cerveza de un trago entre la aprobación de la tropa, luego se ajustó los arneses y haciendo intención de marcharse, añadió:

—Si alguien tiene los suficientes redaños para detener el desastre que me avise, de lo contrario partiré hacia mi nave, donde duermo mejor que en ésta.

—¿Acaso estáis todos de acuerdo? —les pregunté.

—Te estábamos esperando. Yo al menos —respondió Thalit con un brillo en los ojos.

—Es necesaria una mano firme en la flota —dijeron.

—¿Qué te detiene? —insistía Thalit de Mebsuta.

—Ya nada —contesté—. Seguidme todos.

Entramos en la sala de navegación. Jumo y sus oficiales reposaban envueltos en el humo de sus skatt. Ante nuestra decidida actitud sintieron erizarse el vello de su piel.

—¡Jumo Abubos! —exclamé—. En el nombre del Caos este Almirantazgo te retira todas tus atribuciones. Quedas arrestado hasta la arribada a Noor y la Sociedad Benéfica elija otro Comandante en Jefe. Mientras tanto, un consejo de capitanes se hará cargo de las operaciones. Entrega tu trenza de mando.

—¿Te has atrevido? —musitó  aturdido y tratando de esbozar una mueca.

Pero no estaba dispuesto a escucharle.

—¡Azrael! —ordené—. Arréstale, recoge sus armas y quede encerrado en su camarote.

—Con gusto haré ese trabajo —aseguró el lamiense, que odiaba a Jumo. Y le apunto con su pistola LXR.

—¡La SBHAC tendrá conocimiento de esto!, —dijo Sad Al Bari que no aprobaba la acción.

—Preocúpate de tu piel —le advirtió Thalit de Mebsuta.

Algunos de los oficiales de la Lestai se adelantaron con las manos en las empuñaduras de sus armas, mas Jumo para evitar violencias se quitó el tafetán de comandante y la trenza dorada y dijo:

—He sentido un cierto alivio al despojarme de esta chatarra, quizá tú, Martin Dago, me has devuelto a la cordura y a la vida, y no temas, estoy solo, nadie se levantará para vengar mi honor —y volviéndose a Azrael—: En cuanto a ti, nos volveremos a encontrar.

—¡Camina! —respondió éste.