Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO SEXTO

- XV -

Susurros en la taberna. Las disculpas de Xirina. El filo de un sable. La historia de un gitano. Las callejas de Pandemónium. El testigo. La sentencia. Sombras en la ciudad de todos los demonios. La señal de la traición. El rictus de Alana. La escena de la muerte.

Regresaba a Noor, el consejo de la SBHAC, reunido en sesión extraordinaria, había recusado nuestra junta y conminado al Almirantazgo a presentarse en Pandemónium. Y esta exigencia terminó por humillarnos pero no nos doblegó. Enviamos a Almuredín Sidi los refuerzos que precisaba y dispuse una línea de cobertura lo suficientemente amplia para disuadir al Reino de un ataque por sorpresa. La flota, salvo escasas excepciones, como el capitán Sad Al Bari, aceptó mis decisiones. Eran marinos veteranos que sabían qué comportamiento merecía elogios y cual repudio, y siendo hombres del espacio de pies a cabeza acataron lo que consideraban la autoridad más deseable. No salió nadie en defensa de Jumo Abubos, sus imprudencias en Oloy y los muchos muertos que sus errores habían costado, empañaban la popularidad que otrora tuvo en la Marina Noor.

Apenas la escalerilla de la Lestai rozó el firme de las pistas del astropuerto de Pandemónium, el Eloim subió a bordo de la ex-nave insignia, y puso en libertad al guerrero. Los muelles estaban vacíos y oscuros, Nadie nos esperaba, ni una luz para iluminar el camino a la ciudad. Algunas naves de carga reposaban sus panzas en los malecones cercanos al Almirantazgo. El negro de la noche se acumulaba en sus lomos y también rebozaba los fardos y mercancías depositadas a su lado. La noche extendía su abrazo sobre los muelles y nuestra soledad.

—Así son los pueblos —masculló Thalit de Mebsuta—, no ha mucho que nos acogieron con la rama del olivo silvestre, y ahora ya veis...

—Nada tengas en cuenta al pueblo —dijo Deneb Kaitos—. ¿Pues qué saben ellos de lo que ocurre, salvo que un padre, un hermano o un hijo, no volverá de esta singladura?

Prohibí a Azrael Balic y sus hombres desembarcar y al resto de los capitanes los despedí hasta la encuesta que una comisión de la Sociedad Benéfica iba a realizar. Y cuando solo, cavilaba cómo y dónde iba a alojarme, dudando entre la casa de Simón y la casa que compartía con Xirina, me vino a la mente un pensamiento extraño. Me pareció ver mil ojos inquisidores, uno en cada luz de la cercana Pandemónium. El pecho se me hundió y la fuerza del miedo secó mi garganta. La ciudad se erguía amenazadora. Sus recovecos y costanillas, las plazuelas y los pasadizos, los agostados jardines y las terrazas empinadas elevaban hacia la cúpula de cristal un gemido, un llanto en favor del hombre que mejor se llevaba con ella, del gitano calavera que tantas noches había acariciado sus aceras. Una ráfaga de viento, del aceitoso viento plagado de aromas tábidos, trajo consigo el ruido del bullicio porteño, de las tabernas y lupanares que sin entrar en la ciudad rodeaban los muelles. Recordando la vieja taberna, el Codo, conseguí que aflorase a mis labios una sonrisa.

Pero las lenguas corren más deprisa que los navíos. Las meretrices me contemplaron distantes y los parroquianos desviaron sus miradas al borde de las mesas, mientras hundían las uñas de sus pulgares en la blanda madera. Busqué un sitio discreto, con la compañía de la buena cerveza negra y tibia. Y no hube manchado mis labios de espuma, cuando sentí el siseo de alguien que me llamaba con precaución desde las sombras. Apenas distinguí unos ojos encendidos bajo el capuchón que cubría sus facciones. Sus enormes pies, enfundados en sandalias de buen cuero, sobresalían por debajo de la mesa, y las manos, sosteniendo una la jarra y otra la barbilla, se volvían de leche a cada gesto. Era Simón Agrippa, mi buen mago. Le llamé.

—¡Chist! —pidió—. Los espías y los enemigos andan reuniendo pruebas. Seamos comedidos. Saben mucho de mí, aunque no tanto como yo de ellos —y se frotó las manos inquietante.

—Ganas tenía de saludarte —le dije—, pero apenas hay tiempo para formalidades. ¡Quiero saber todo lo que ha pasado!

—Hay una conspiración en Noor!

—Eso lo dices siempre.

—Escucha —dijo quedo—. Las naciones que se llaman a sí mismas libres se han unido al pacto secreto contra el Caos, que en su momento se hará público. Forman esta alianza: Axón, los estados Alt y la República. La idea de esta unión proviene de gentes que habían estado calladas hasta la presente y cuya pista sigo. Pero la amalgama precisa para unir tan dispares fuerzas asómbrate, no ha sido otra que la Sagrada Orden de Hermanas Dominantes. Mientras nosotros pensábamos que las monjas se conformarían con pasear del brazo de los almirantes Tomii-Arón, resultaba que en Thubán, la Reverenda Ondina Addai Ana Behari Etalphata, Papisa de la SOHD, era admitida como miembro de derecho entre los Vigilantes del Gran Anillo, los sabios defensores de la Ley. Dos personas se han distinguido en la consecución de este pacto, tu primo Hamal Dabih, actual rey de Axón, y tu querida Alana Claudia, Dominante de Uter.

—¿Y qué tiene que ver todo eso con la trampa de Oloy?

—Muy sencillo. Conociendo Alana a la perfección los planes de Jumo Abubos por vía de Denébola Sabí, es decir de Wilimé Karin, se inició una campaña de veladas críticas contra tu persona, y que en reuniones privadas en Pandemónium culminaron en la creación de un grupo dispuesto a terminar con tu influencia sobre los capitanes. Lo forman Salm Zavijaba, un hombre humillado y descontento, y Sad Al Melik y otros armadores a los que tu ascensión intranquiliza. Cuentan además, con Sheratán, herido en su orgullo por tus escarceos con Xirina, y el Eloim cuyas ideas pasan por el mando civil de la flota. No es de extrañar que el Estado Mayor de la Marina de Axón, haya preparado los movimientos de ambas flotas, los suyos por derecho propio y los nuestros por vía de la Sagrada Orden. Afortunadamente no contaban con Karneios.

—¡Ingenuos y traidores! —susurré—, esa es la laya de nuestros enemigos. El pueblo sabrá pronto la verdad.

—No es tan fácil, Martin. Nuestra única prueba estriba en traer a Pandemónium a Julia Lúcida, lo que es del todo imposible en estos momentos, descubriríamos su doble condición de espía.

—¿Y qué propones?

—Esperar. La intención de la Sociedad Benéfica es aceptar la dimisión de Jumo Abubos y su Almirantazgo y formar bajo la presidencia de Salm Zavijaba y capitanes desafectos otro más dócil.

—Hay algo que flota en el aire y no acabo de entender, ¿qué ha ofrecido Denébola Sabí a los conspiradores?

—Lamia. La paz y Lamia a cambió de ti. Ya ves, Axón ofrece un millón de lamienses por tu persona. Hamal Dabih está dispuesto a liquidar el último resto Asarya. El Gran Gurdja ha muerto, y los pocos Asaryas sobrevivientes se encuentran encerrados en una fortaleza del planeta Enoch.

—¡Los notables se conforman con Lamia! ¡Eso es todo lo que vale el Caos para ellos! ¡Gea me asista! ¿Cómo puede un hombre caminar por la vida rodeado de traidores, espías, confidentes, sicari y prostitutas ambiciosas? ¡He sido un necio!

—No hay necesidad de dramatizar —dijo—, nos toca mover a nosotros, y estate seguro que no será un gámbito, iremos directamente por el rey. Voy a poner fin a los días de Hamal Dabih.

—¿Hamal Dabih?

—Sí, aunque tenga que sacrificar a Julia Lúcida. Muerto el Hamal los notables de la SBHAC no podrán aceptar el pacto, y de paso tú serás el único pretendiente legítimo.

—Sí, que muera por haberse atrevido a tocar a Alana.

—Y ahora —terminó—, divirtámonos y enterremos las penas entre las piernas de quienes tienen por oficio el consuelo y el placer.

Cuando la estrella de los noor levantó el día y las brumas dieron paso a la luz, quise hablar con Xirina. Era una mañana destemplada. Las matronas oreaban sus casas, las máquinas cocinaban los desayunos, y en las atarazanas, los armadores daban los últimos toques a los cascos de los nuevos veleros. Por las calles de Pandemónium, los gatos se acercaban zalameros a sus dueñas, rogando un trozo de carne o un poquito de leche en el plato, y las mujeres piratas, que tenían en mucho aprecio su gracia y compañía, acariciaban las cabezotas anchas de los machos y las más graciosas de las hembras y sus chiquitines. Y viendo esta escena, apresuré mi paso porque añoraba la tesitura de la piel de mi gata She. Visitar a Xirina antes de comparecer en el Almirantazgo, donde a buen seguro ya se rifaban mi pellejo, regocijó mi corazón con el morbo envidiable de los niños traviesos y desobedientes.

Xirina tenía en su rostro huellas de una noche desvelada, pero se alegró al verme.

—Debías estar en el consejo —dijo—, Sheratán partió hace un rato.

—Por eso —respondí—. Por lo que a mí respecta pueden esperarme hasta el día del Gran Ruido.

—¿Dónde has pasado la noche, Martin? Te estuve esperando.

—Soy un hombre desdichado —declamé con voz herida—, y no por culpa de mis escasos vicios, aunque venga de un lupanar. Fumo moderadamente, bebo sólo en ocasiones, no gusto de los efebos ni de nínfulas de suave piel, tampoco soy aficionado al polvo de cristal, el zumo de adormidera me produce sueño, y las meretrices son escasamente el refugio de una noche tempestuosa. Y si tu vida, Xirina, se encuentra vacía, la mía está plagada de traiciones y conjuras. Te confesaré que desearía hallar un lugar pacífico en el que moren gentes calmas y mansas de corazón, y donde los campesinos, ricos siempre tras la cosecha, le canten a la bondad, a la sencillez, al horizonte prometedor y a todos los animales que, libres, corretean por las llanuras de los buenos sueños. Pero ya ves, tengo un oficio que procura todo lo contrario, me encuentro en un planeta fétido, cuyas únicas montañas son los géiseres de vapor venenoso, y entre los que discurre un río, no de esmeraldas, sino de aceite.

—Me conmueves —confesó Xirina—, sin embargo, se dicen cosas de ti...

—Han encerrado mi verdad en una pelota de lodo mentiroso. No les creas.

—¡Como voy a creer lo que dicen! Tengo algo muy tuyo que me impediría dar crédito a las murmuraciones. A veces contemplo con tristeza a las gentes enzarzarse en tontas discusiones y siento por ellos pena y desprecio, pero contigo, Martin, las sensaciones que me produces anulan mi juicio. Cuando te veo llegar, me abro como un capullo a la mañana. Sospecho que tu brazo es duro con la tropa e implacable con los vencidos, sé que no pestañeas cuando ordenas ataques, y que si alguien chilla de miedo a tu lado, tus ojos se vuelven crueles y tiemblan aquellos que te miran. Y sé todas estas cosas porque anoche estuvo Jumo aquí y hablamos de ti largo rato. Te diré que el guerrero te disculpaba, aunque los demás decidieron poner coto a tu deseo de poder. También sé que tu lucha tiene algo de fuga, y no pudiendo hacerlo yo como quisiera, admiro tus actos con la benevolencia del que espera ser liberado.

—¡Pobre Jumo! —dije al recordar—. Vejado, vendido, engañado...

—Ahora es más libre...

—Gracias Xirina, tus palabras han sido el aliento que necesitaba esta mañana —y besándola partí rumbo al Almirantazgo dispuesto a enfrentarme con mis enemigos.

Se celebraba la audiencia en la sala de las Constelaciones, donde solían reunirse los notables piratas para sus cónclaves. Adornada de motivos marineros, exhalaba por todos sus rincones aires de navegación. Colgaban de los techos escarapelas y tafetanes de famosos capitanes ya muertos, trenzas doradas, cinturones de gloria y rapiña. Se disponían los presentes en un gran círculo, en cuyo centro, una tarima elevada, significaba al tribunal que presidía el Eloim. Y se encontraban allí todos aquellos que por su rango y condición tenían algo que decir o escuchar de las tristes jornadas que se iban a juzgar. Los hombres, sentados sobre sus talones, cruzados sus sables sobre los muslos, miraban el suelo mientras Salm Zavijaba, fiscal en funciones, se ejercitaba en el arte de la calumnia. Y el suelo que acaparaba las miradas de sus oyentes poseía una virtud escondida que reseñaré: un pavimento de cientos de azulejos que como un firmamento transplantado, recomponía a la manera alegórica el universo y sus constelaciones, allí estaba la Ballena en cuya cola se sentaba Deneb Kaitos, serio y reposado. A su lado Sagitario, bien armado de sus flechas, y Acuario, y Capricornio y el pérfido Escorpión, casi cubierto por el taimado Wilimé Karin, y no muy lejos la Paloma, Eridano y la Brújula. Y ocupando el lugar de la Hidra, Denébola, circunspecta y decidida, ocultando la traición de la Cola del León en un pliegue de sus ropas bien cuidadas. Y en el otro círculo estaban los perros, brillante el ojo de Sirio, y el Cochero y el Toro y la Jirafa, y el Cangrejo oculto por el sable de Thalit de Mebsuta, y Simón tapando al Lince, y más allá, Andrómeda, Casiopea, el Lagarto y el Cisne..., que atraía la mirada de Jumo.

No hice de mi entrada una bandera de nada, ni modelo de paso digno, soy por naturaleza de ademanes elegantes, y me acomodé sobre la Balanza al lado de la Virgen y del Escorpión. Y en el silencio de mi irrupción pude escuchar cada uno de los frufrúes que los pliegues de mi túnica producían. Luego alcé la cabeza lentamente y escuché a Salm Zavijaba que retornando la palabra, dijo:

—Nadie se eche las manos a la cabeza, lamentándose, nadie tiemble de miedo pensando que Noor se encuentra en peligro, ¿no tenemos entre nosotros: un rey? —y me señaló entre el escándalo que sus palabras desataron—. ¡Un hombre venido del enemigo para hacer de los noor el brazo de sus ambiciones personales! Mirad al Asarya!

—¡Cíñete a los hechos! —le espetó Simón.

—No estamos aquí para juzgar los hechos —siguió el preboste—, sino para en todo caso juzgar los comportamientos, ¿pues qué demuestran los hechos a la luz de la observación? Para el capitán Jumo Abubos, simplemente un suspenso en estrategia. Lo ocurrido en Oloy le descalifica como comandante de la Flota Unida Noor. Mas si pasáramos los comportamientos de los capitanes de la mayoría del Almirantazgo por el tamiz de la investigación, ¿qué encontraríamos? Es mi deber advertir a este consejo, que, el extracto, el residuo de tales, es una conspiración contra la SBHAC, una conjura contra el pueblo pirata en las cabezas de Martin Dago, Simón Agrippa y otros que a su tiempo determinaremos. Aquellos que superen la criba, sean loados y los que no, teñidos por el oprobio y la vergüenza, y si procede el castigo.

Algunos capitanes se levantaron agitando sus trenzas y perdida la compostura al presentarse sus servicios a la Sociedad Benéfica como una conjura, y decían:

—Rompamos nuestra unidad, y que cada cual surque el espacio con su propio pabellón como antes de la Gran Asamblea. ¿Hemos de aguantar la desconfianza de los notables a más de llenar sus arcas?

—Soy respetuoso del honor —respondió Salm Zavijaba una vez que las voces se acallaron—, conozco el derecho de las gentes a exigir una reparación frente a una calumnia. Aquí existe ese derecho. Pero cuando la verdad resplandezca en sus pruebas indiscutibles, el culpable sólo puede pedir reparación moral, y esa es sin duda el cumplimiento del castigo. Así lo entendemos los piratas. Puedo entonces afirmar que obran en mi poder suficientes razones para hacer esta acusación: Qué Martin Dago nos ha traicionado en conveniencia con fuerzas ajenas al Caos y con la benevolencia de algunos capitanes.

Habían decidido hacerme daño de verdad, querían ver mi cuerpo balancearse de la antena de la Lestai. Simón Agrippa, colérico el rostro, vacilaba si hablar o callar, no teníamos previsto que atacaran tan a fondo. No puedo explicar por qué mis ojos se fueron hacia Jumo Abubos. Miraba al suelo el guerrero y por primera vez no supe adentrarme en sus pensamientos. Me alcé y sujetando mi sable Despierto por la vaina así hablé:

—Amigos y notables, capitanes y acusadores. Os confieso mi sorpresa. Nunca hubiera sospechado que tanta bajeza anidara en mi persona. ¡Yo soy el primer sorprendido! Y no siendo un idiota al que engañar para reírse luego, imagino que se trata de un juego del que desconozco las reglas. Y sabiendo que seré obligado a jugar, aun en contra de mi voluntad, tengo a bien haceros saber una regla a la que estaréis sujetos. Pienso demostrar mi inocencia, capitán Salm Zavijaba, demostraré que los culpables son otros y bien conocidos por vos. Y así que lo haga, no sólo exigiré vuestro cuello por felón, sino que lo cortaré con mi sable Despierto.

Y desenvainándolo y con gran fuerza lo clavé en el atril de los parlamentos diciendo:

—Sea mi sable testigo de todo lo que aquí se diga, y sea también verdugo de traidores. Y si tanto amáis la verdad que sea tan afilada y cortante como esta espada. Jueguen después a verdades y mentiras, a conspiraciones y tramas. ¡Jueguen señores notables, jueguen!

Atronó esta vez la protesta de mis enemigos, acalorose el Eloim, apretó sus puños Sheratán. Empero, Salm Zavijaba esbozó una sonrisa y dijo:

—Nada temo de una espada clavada, las espadas necesitan ser empuñadas, y las manos precisan de hombres libres, y si cuando termine la encuesta, la mano que habitualmente empuña este sable sigue libre, aceptaré con valor el riesgo.

Y fue repasando mi vida pirata con gran cinismo. La Ansar fue simplemente la plataforma de mis ambiciones, de eso dijo que era testigo de excepción. La elección del Almirantazgo, una pantomima, teníamos los nombres preparados de antemano. Lamia el primer paso de mi traición por entregar el mando de la legión Amenti a un aristócrata Balic. Oloy la consumación, junto con Dun Qarnaim nos habíamos repartido la flota y sus beneficios. Y eran tan burdas las acusaciones y las pruebas tan falsas y precarias que con sólo soplar sobre ellas las hubiera desmoronado como semilla voladora. Y llegado a este punto y sin más explicaciones, el Eloim suspendió la sesión.

—Necesitan de un testigo —me susurró Simón Agrippa—, quieren ganar tiempo, pero no acierto a comprender quién puede testificar con alguna credibilidad.

Estaba Jumo hablando con el capitán Sheratán y el Eloim en el atrio de Almirantazgo cuando nuestras miradas se encontraron. No habíamos cruzado ni una palabra desde que lo arrestara en el puente de la Lestai, y sus ojos apenados por las cosas que tenía que escuchar, hicieron que me levantara a su encuentro. A mi espalda, el silencioso Simón cubría la marcha de los capitanes.

—Quisiera que alguien detuviera esto —le dije a Jumo—, que este proceso no se inicie. Sospecho que la ruina de los noor se encuentra en el final de esta encuesta. Pero el capitán Sheratán aprovechó para zaherirme.

—¡La verdad no hace daño a nadie!

Y como no vi a santo de qué se interponía entre nosotros el veterano marino, le espeté furioso:

—Grandes tonterías se escuchan a veces de las bocas más venerables. Es de dominio público, y hasta los chiquillos lo saben, cuando hay que ocultar la verdad para no perjudicar a inocentes. Hoy parece que mi honor está en entredicho, pero también puede mancillarse la reputación de gentes honestas.

Jumo buscó su skatt, lo llenó de una mezcla de tabaco y resina, y se sentó sin mayores ceremonias en las escaleras de salida. Expulsaba el humo a soplos profundos, y su rostro, iluminado momentáneamente por la droga, se aclaró rebuscando en su pasado lo que tenía que decirme:

—No soy un hombre feliz, Martin, viendo como los tiempos deshacen mi vida, mis amigos y mi identidad. Creo que tienes razón, deberíamos dejar correr el tiempo sobre los sucesos, tender un puente entre nosotros y darnos la mano, como amigos tumbados a la orilla de un riachuelo de tragedias que pronto quedase seco. Quisiera hacerte partícipe de mis dudas. Me siento sólo, engañado y fracasado. Soy un gitano desgraciado. Alana corre por ahí del brazo de otro, de un aristócrata como tú. ¿Qué puedo ofrecer yo?, hijo de gitano, herrero de profesión y vagabundo por la sangre, espadachín por necesidad y cantante por tradición. Sí, Martin, desciendo de un pueblo también negro como éste, el pueblo kaló, y que si no tiene nombre propio, dispone de interminables apodos, pues hemos sido llamados: bohemios, egipcios, gitanos, gipsos, filistinos, faraonianos, tártaros, sarracenos, agarianos, zíngaros, spukaring, sinculi, romcali, romnicai, romos, romanís y otros muchos más. Demasiados apodos para un pueblo sin nombre, un pueblo negro, kaló. Se nos acusa de no haber cambiado con el paso de los siglos, de haber viajado a la cola del progreso, de habernos aprovechado de la civilización con la intención de ser hombres libres. Y puede que sea cierto, porque nosotros somos en cualquier parte lo mismo que fueron nuestros padres: gitanos libres, verdaderos gitanos. En todos los sitios somos rechazados, temidos y despreciados, pero allá donde vayan los payos, también iremos nosotros con nuestra maldición de nómadas, de amantes del campo abierto y de la libertad, conservando los preciosos dones que el payo ha perdido para siempre. Dones que la naturaleza nos dio en tesoro para su conservación. Buscamos para acampar los caminos y los cruces, las veredas frondosas y las fuentecillas. Amamos a los animales cuando el hombre se rodea de máquinas que se le parecen estremecedoramente. Trabajamos los metales a mano, hoy que las gentes apenas saben diferenciar el oro del cobre. Componemos danzas, ahora que los protegidos escuchan canciones hipnóticas y subliminales. Improvisamos música, música lúbrica y lasciva para expresar el violento amor de los sentidos que nos posee. Amamos al igual que marchamos, siempre para largo tiempo. Conservamos nuestra lengua arcaica y nuestra raza, poseyendo en exclusiva saberes que no pueden ser investigados y que se pierden en la Historia. Sabemos leer en las manos y en la cara, adivinar una enfermedad por el aliento y por los ojos, descubrimos los objetos robados y las cosas perdidas. Somos el único pueblo que conserva aún el puente con su origen y por ello somos humillados, maltratados y perseguidos, y esta suerte nos ha convertido en tuchali, en vagabundos sin meta. Este es mi origen, Martin, bastante distinto del tuyo. Tú naciste para mandar hombres, para meditar sobre trascendentales filosofías, para imponer dioses y leyes. Yo no. Llevo la sangre de reyes pastores que fueron dispersos por un pecado del que no podemos arrepentirnos. Nací pues para reír libre, galopando sobre estepas de libertad, para cantar en los claros de los bosquecillos al abrigo de las hogueras y al compás de los panderos. Mi vida se llena con el pequeño engaño al que más listo se cree, y con el amor, que es para el gitano su otra media vida, tan suya y tan verdadera que sólo la muerte separa lo que el amor unió. Soy poeta, cantante, espadachín y hábil en el arte de pelear, me gusta la trifulca y las mujeres de blancas carnes, amo la comida fácil y los objetos robados, soy un buen pirata y no tengo por malo a nadie que no lo demuestre. Gusto de hombres valientes y los respeto, admiro la belleza y desprecio al ruin. No soy fiel a nada salvo a mi libertad y en esa guisa he encontrado siempre mi ánimo. Sin embargo y a mi pesar, estoy enamorado de una hembra que no forma parte de mi vida, la quiere toda para sí, y mi sangre se rebela y hierve impidiéndome vivir en paz. Correría tras ella si pudiera y le arrancaría sus atributos a ese perro axonita que yace en su lecho. Estás son mis razones, como verás bien simples. He llevado al desastre a los noor y no me importaría que cayeran las sombras sobre lo pasado y lo ocultaran. Porque yo, Jumo Abubos, soy un Señor que tiene su honor y sus antepasados en mucha estima. Y por eso, partiré pronto para Golius donde aún humea el brasero de mi padre y gotea su estaño sobre las lañas mientras arregla los pucheros de las comadres.

¿Qué me impidió abrazarle?, incluso hoy, a las puertas del final, no lo sé. ¿Qué fuerza domina al hombre cuando se ha sentido herido, ofendido en su honor? Es en todo caso una fuerza innoble, estúpida y preñada de djinns o de silfos, pues como dijo el bardo: ¿qué es el honor, sino aire, nada más que aire? Podía haberle cogido del brazo y salir disparados rumbo a Uter, derribando gigantes armados y destruyendo escuadras enteras hasta alcanzar al despreciable Hamal Dabih y degollarlo. Pero no era más que un sueño, poesía tal vez, y muy otra fue mi respuesta:

—Te contestaré sin ambages, Jumo, no te deseo ningún mal, todo lo contrario, pero los odios y las barreras que día a día se establecen entre las gentes, impiden luego volver a encontrase, y tú no eres una excepción. Hemos construido un muro entre tú y yo y ahora ya no puedo salvarlo. Sólo te pido que este juicio oprobioso sea detenido. En cuanto a tu historia, bella es, romántica como tú, aunque quizá debiera advertirte que ya de antiguo las doctrinas que impiden a las gentes comprender las causas de su miseria han gozado de gran aceptación.

Y viendo sus ojos de azul eternizarse sobre mí, gritando haces de reconciliación, pero viendo asimismo las reprobadoras miradas del Eloim y de Sheratán, y proyectarse la sombra a mis espaldas de Simón Agrippa, ninguno de los cuales tenía intención de aceptar la más mínima componenda entre nosotros, me retiré sintiendo en la nuca el cosquilleo interrogante de la mirada de Jumo y sus ojos de infinita pena.

Quise pasear por las calles de Pandemónium como solía cuando estaba decaído o disgustado. Y esta costumbre sana para el cuerpo y la mente, era allí una sesión mental más agitada que de normal. Aunque desease recorrer el camino despacio, pronto alcanzaría mi casa, y en ella, en su soledad, entrevería que aquel nido de amor, no era más que una ficción de hogar, que estaba solo, horriblemente solo. Y en estos pensamientos apesadumbrados, me senté en un banco de piedra, silenciosas las calles, desiertos los bazares, solitarios los portales, vacías las ventanas. El viejo barrio, pasado el afán de gloria y zafarrancho, se encontraba encerrado sobre sí, para ocultar el dolor que las heridas de Oloy le habían producido. Las matronas tenían entornados los portillos, y los niños, sujetos por una vez, de seguro daban vueltas y más vueltas a sus gorras, esperando un momento de descuido para salir a los patios y reanudar la vida que ellos tan bien representaban. Y en la quietud, tan acorde con mi estado, aspiré el aire malsano y saludé a las casas y a las callejas, a los pomos ingrávidos y a los canalones del aire. ¡Hola barrio! —musité—, quizá mañana serás invadido por la vida, ella debe seguir su curso, pero hoy que puedes contemplarte a ti mismo, no seré yo quien te perturbe, barrio pirata...

Me sacudí la tierrilla mojada que se pega a la ropa y caminé despacio, paseando, entretanto las reflexiones que me hacía trajeron a mi recuerdo que, como dijo el poeta, hay dos almas viviendo en el pecho del hombre, y unas veces prima una y otras renace la otra enloquecida, pareciéndonos tan cuerda. A pocos pasos tras de mí, el carraspeo de Simón Agrippa me devolvió a la realidad. La Athanatos, nave del capitán Almuredín Sidi, se disponía a atracar y nuestros enemigos habían acudido a esperarla. Algo importante iba a ocurrir.

La Athanatos realizaba las últimas maniobras de aterrizaje, se abrió la portilla y extendieron la escalerilla, descendió primeramente el capitán Almuredín sin una mueca de reconocimiento para nadie, no quería comprometerse por ninguna fracción y se había limitado a obedecer las órdenes de la Sociedad Benéfica trayendo a Noor, Gea me asistiera, a Alana Claudia. El testigo de mis enemigos.

—Es un buen golpe de efecto —dijo a mi lado Simón—, pero lo que ignoran es que con ella viaja también nuestra defensa.

Y se refería a Julia Lúcida que, efectivamente, también venía con su dueña. Jumo se adelantó al encuentro de la hetaira, llevaba ésta el pelo negro suelto sobre los hombros y estaba bella como no recordaba. No hubo gritos de alegría ni aspavientos de reconocimiento. Alana y Jumo se miraron fijamente. Luego Jumo se dio la vuelta y pálida su faz retomó el camino a la ciudad sin volver la vista. Alana quedó muda, rodeada de sus gentes, algo dijo a las preguntas, pero sus ojos, detenidos en la figura distante del guerrero, no vieron otra cosa que su repudio. Denébola y Wilimé y todos los amigos que poseía en Noor callaban prudentemente. Después emprendieron el regreso pasando muy cerca de donde estábamos nosotros. Hubo de vernos por el rabillo del ojo pero no hizo mención alguna ni gesto que no fuese de abatimiento, al poco, la comitiva se perdió por la cinta que unía los muelles con Pandemónium.

¡Qué alegría la de Julia Lúcida! No tuvo reparos en mostrarla ni calibró el peligro que sus efusiones engendraban. El amor que me tenía pudo más que la conveniente discreción. Tampoco Simón encontró motivo para callar el contento que la llegada de nuestra agente le deparaba. Con ella, dijo, desarticularíamos cada una de las patrañas que Denébola nos atribuía. A alguna distancia, sentado en el tren de aterrizaje de la Sultán Onü, Azrael Balic nos miraba interesado acompañado de su cautiva Bellatrix y varios Amenti. Se fijó con más detenimiento en la ninfa Julia Lúcida, de la que había oído hablar a Simón, quizá quería adivinar de que pasta estaba hecha la amante de su señor. Aquella noche, el lecho que a veces ocupaba Xirina tuvo otros suspiros, el cuerpo de la ninfa era joven y elástico pero mi corazón se negaba a cooperar, cumplí con mi deber, eso sí, pagué el salario del cuerpo mas no pude entregar mi espíritu, la parte íntima que Julia Lúcida me exigía a cada palabra, a cada cuita. Quise cerrar los ojos y que sus brazos fueran otros, y sus jadeos muy otros y que entre sus piernas hubiera otro olor. ¿Pero qué es la oscuridad sino un tinte de discreción? Por mucho que cerréis los ojos, ¡Iblis nos asista!, el mundo sigue ahí, eternamente ahí, esperando que salgamos a la luz para fulminarnos con su atronador soplido, con su respiración infinitamente multiplicada.

Al día siguiente, Alana declaró contra mí. Lo que ya sabíamos, lo repugnante de mis pretensiones. Y ni una sola vez me dirigió la mirada, a cambio yo no se la quité de encima en ningún momento. Se había sentado en el lugar de la Lira, pero su sombra se proyectaba sobre el Dragón. No movió las manos para acompañar sus denuncias, las tenía reposadas, vueltas sus palmas hacia arriba sobre la falda blanca de encajes y volantes fruncidos. Su respiración, apenas perceptible, se adecuaba a las palabras que como perfume exquisito expulsaba de sus labios. En absoluto me ofendieron, incluso sabiendo que podían conducirme a la muerte, era tan creíble todo lo que decía, tan subyugante su apenada confesión, que admiré el meritorio trabajo de su relajada falsedad. Cuando terminara teníamos proyectado que hablara Julia Lúcida, golpe de efecto que derribaría por tierra la entera conjura de mis enemigos. ¿Pero qué podía importarme todo eso? Alana se encontraba a escasas constelaciones de mí, sentada con un candor que me arrebataba, y  ni siquiera podía saludarla, rozar su pelo con mi mano, sentir su aroma  en mis mejillas, oír su corazón cerca del mío. ¿Por qué seguir? A motivo de qué permanecer como estatuas mientras Wilimé, Denébola y otros modelaban nuestras horcas en el barro de la falsía de Alana y en la espátula de la inteligencia axonita. Cuando la náyade hubo callado y la opresiva sombra de la perdición oscureció el rostro de los capitanes rebeldes, y hasta de los neutrales como Almuredín, contemplando el fin de nuestras carreras, me acerqué a Simón y le susurré al oído:

—Sal al muelle y busca a Azrael Balic y sus cien, ármense para el combate callejero, fusiles de asalto y granadas de mano, apuesten cañones ametralladores en las plazas y en las encrucijadas, tomen el astropuerto y las centrales de energía, vigilen los mercados y los edificios públicos, detengan a los sospechosos e inmovilicen los accesos a este Almirantazgo, después, venid aquí con un pelotón de hombres escogidos. Hemos llegado al final.

—¿Estas loco? —musitó Simón sobresaltado—, dejemos las cosas seguir su curso, los hombres de Pandemónium se sentirán traicionados y habrá motines y correrá la sangre por las calles.

—¡Sal! —le ordené silbando y seco el rostro de determinación—. ¡No te atrevas a dudar de mí!

—¡Caiga la sombra del Caos sobre tu cabeza si fracasamos! —y salió como alma que lleva el diablo.

Estaban pálidos los capitanes, repletas las constelaciones de sus miradas, quietos los sables a su frente, brillante el filo de mi Despierto. Me levanté y acercándome al atril de los parlamentos, hablé:

—¡Ladrones y espías, ambiciosos armadores y despechados jubilados, reverendas infames y prebostes viciosos, se han juntado hoy aquí para destruirme! Buscan mi ruina, mi alejamiento de la flota y hasta es posible que mi muerte. Graves acusaciones se me han hecho, deshonradas han sido mis palabras, envilecidas mis cualidades de mando, enajenadas mis verdaderas intenciones, pero incluso así, no será esto lamento ni exculpación. Es cierto que hay una conspiración en Noor, una conjura contra el Caos, pero no es mi mano ni mi sable quienes la han tejido. Podría desarmar a los verdaderos traidores con la sola presentación de un testigo, un testigo que nadie espera, mas no queriendo poner en entredicho el honor de nadie y sabiendo que sólo la contemplación interesada de lo que aquí se ha dicho me condena, callaré esperando vuestra sentencia, vuestro valor e infamia, dilucid pues, no arrojaré más luz sobre este asunto.

—Si tienes un testigo a tu favor —me reprochó Almuredín—, estás obligado a traerlo, en otro caso no podrás apelar el veredicto de la Sociedad Benéfica.

—Añadiré —dije con gesto cansado—, que sin mí los noor están perdidos, podéis condenarme o exiliarme e incluso ejecutarme, os condenáis a vosotros mismos conmigo. La flota será desperdigada y la marina axonita conseguirá localizar el planeta negro y volatilizarlo, traidores no faltan dispuestos a vender al pueblo pirata. Por lo demás, así conoceré quiénes son hombres fieles al Caos y quiénes sus enemigos infiltrados. Y no habrá terrenos neutrales para la línea que separa unos de otros.

Se constituyó el jurado, hombres notables de todas las tendencias piratas, y de todos ellos, escasamente contaba con el voto en blanco de Almuredín Sidi, el enigmático banif que pese a todo admiraba mis cualidades como almirante. Y retirado el jurado a deliberar, callaron todos los asistentes y el universo en sus alegorías sorbió los pensamientos de los que se jugaban algo en mi propio destino. Denébola se abanicaba, plegaba y desplegaba el abanico contra su pecho, la ondina no dejaba traslucir sus emociones, pero yo estaba seguro que ya sabía que mi testigo no podía ser otra que Julia Lúcida. Ahora se estaría reprochando no haber concedido más importancia a mis relaciones con la ninfa, o quizá lo contrario, no haberlas utilizado a su favor. Denébola era una mujer que raramente daba un paso sin haberlo medido. No se le conocían amantes duraderos, igual que a la mayoría de sus hermanas, y en cuanto a Wilimé Karin, no me cabía duda, su señor no era otro que la mujer de la Cola del León, una hembra que mostraba generosamente su cuerpo en cualquier ocasión pero que no estaba dispuesta a entregarlo jamás. La odié, quise tenerla suplicando a mis pies, desenmascarada su virtud, expuesta a la vista pública y sumisa.

No tardó en regresar el jurado, y traía el Eloim la sentencia escrita en un blanco pergamino. Y estas sentencias, que solían ser rocambolescas y llenas de florituras, eran de normal copiadas de otras históricas y famosas, no debe extrañamos pues su lectura. Salm Zavijaba, con su voz de alambre la dio curso:

—"Una cosa amarga, deplorable, una cosa seguramente horrible de pensar, terrible de escuchar, un crimen detestable, un hecho execrable, un acto abominable, una infamia atroz, una cosa totalmente inhumana, más aún, extraña a toda humanidad, ha resonado en nuestros oídos gracias al informe de muchas personas dignas de fe, llenándonos de estupor y haciéndonos estremecer con un horror violento. Y al sopesar su gravedad, un dolor inmenso crece en nosotros, tanto más cruelmente, porque no cabe duda que la enormidad del crimen desborda hasta convertirse en una vergüenza para el Caos, un pernicioso ejemplo del mal y un escándalo para nuestros aliados. Martin Dago y Simón Agrippa, principales responsables de un intento, afortunadamente abortado, de crear en el seno pirata un poder noble, real, divino e ilegítimo y del que sois considerados culpables, os condenamos al ostracismo, os privamos de todos vuestros cargos y beneficios, y oídos los recursos y limpias nuestras conciencias de toda intencionalidad, os concedemos un leve plazo de quince días, para que resuelta toda cuestión dilatoria abandonéis el planeta negro. Todos los gastos originados por esta encuesta correrán a vuestro cargo, como es tradición. Es nuestro deseo asimismo que las palabras pronunciadas en esta sala se hagan públicas para conocimiento del pueblo, los capitanes y la marinería. En el día cuadragésimo tercero de la segunda estación del año 3.970, tiempo de la efemérides.

—¡Retira tu sable del atril! —gritó Salm Zavijaba no hubo terminado la sentencia—. ¡Su filo está romo y falto de fuerza! —y se rió y algunas gentes con él.

Mi sable Despierto, con el que un día realizara el Juramento Noor.

—¡Retíralo! —chilló de nuevo el preboste.

—¡No lo hagas! —exclamó repentinamente Jumo—. ¡Ahora hablaré yo!...

Pero antes de que Jumo pudiera terminar, se oyeron fuertes gritos y con gran revuelo apareció Simón seguido de Azrael y una veintena de Amenti. Venían pertrechados para el combate, fuertemente armados y cubiertos de sus máscaras de guerra. A una indicación de Azrael ocuparon todos los flancos de la sala, los presentes apenas podían creer lo que veían. Y Simón dijo:

—¡En el nombre del Almirantazgo suspendo esta farsa!

—¡No! —gimió Jumo.

Los capitanes tomaron sus sables, el tribunal se hizo para atrás, Alana se cogió de las manos de Denébola que no se movió. Me acerqué al atril y desclavando mi sable, lo sopesé diciendo:

—¿Quiénes son estas gentes, Simón? —y señalé a mis enemigos.

Y el mago, aspirando el aire y elevando su pecho enorme, contestó:

—¡Traidores, sire, agentes del enemigo y encubridores!

—Enciérralos entonces —le ordene—. Y que el pueblo decida qué hacer con ellos. ¡Despejad la sala!, que las gentes inocentes regresen a sus casas, porque quien circule caída la tarde por la ciudad, será considerado merodeador y sospechoso.

Thalit de Mebsuta desenfundó su sable y alzándolo al cielo arengó a los capitanes rebeldes:

—¡Es la hora de la Marina Noor!

—¡Tú das las ordenes, Martin Dago! —dijeron los más decididos.

Y seguido de mis capitanes abandoné la sala mientras Azrael tomaba cautivos a los hombres y mujeres que Simón le indicaba. Jumo permaneció silencioso, observaba lo que pasaba sin decidirse a tomar postura. Dio un salto y corriendo me alcanzó, llevaba la mano bien prieta en la empuñadura.

—¿Y ella? —me inquirió.

—Estará salvo, confía en mí.

—No confío en nadie. Y espero que así sea por el bien de todos. En cuanto a ti, nada tengo que decirte, has superado la medida de mi entendimiento.

Salió apartando a manotazos a los Amenti. Azrael, que vio cómo se escapaba la presa que más hubiera deseado, masculló:

—Ya caerás...

—¿Y Almuredín Sidi? —preguntó Thalit de Mebsuta, viendo al mencionado capitán discutiendo con Simón.

—Venid —les dije.

El veterano banif calló en mi presencia, su rostro, impenetrable, no ofrecía muestra de temor y menos de acatamiento. Y siendo un marino muy popular y teniendo bajo su mando la mejor de nuestras formaciones navales, todo el flanco de Puppis dependía de sus navíos, hube de ofrecerle lo único que le pondría de nuestro lado.

—Capitán Almuredín Sidi, esta Junta os nombra Comandante de la Flota de Lamia con rango de Teniente Almirante hacia donde partiréis con refuerzos en el más breve plazo, como delegado de la Junta de Capitanes administraréis este planeta y su beneficio, asimismo mantendréis el orden y la disciplina debida, no dudando en arrestar a todos aquellos que se opongan a las decisiones de este Almirantazgo.

Durante un lapso nada dijo, parecía calibrar el grosor del ascenso y el peso del beneficio que el nombramiento le reportaría. Finalmente saludó reglamentariamente y poniéndose la trenza de mando bajo el brazo dijo:

—Hora es que los hombres de armas dirijan esta campaña, pero espero también que puedas demostrar la culpabilidad de quienes acusas.

—No tengáis ninguna duda —le dijo Simón Agrippa—, tengo un testigo definitivo.

Así fue como me hice con el poder en Pandemónium, con escasos cien soldados y la sorpresa de lo no premeditado. Nadie alzó su voz contra mi, pues Simón tenía mil ojos y mil oídos, y Azrael patrulló las calles obligando a las gentes a despejarlas, porque se había descubierto una traición y la flota tomaba el mando hasta el total esclarecimiento de la conjura. Lanzó también Simón bulos y rumores para asustar al pueblo mientras se registraban las casas de los traidores y de sus amigos, los Amenti hicieron explotar granadas en las vacías plazas, y aquella tarde y la noche que le siguió los noor se refugiaron en el rincón más oscuro de sus casas. Fueron detenidas gentes por centenares, y de sus cabecillas, Denébola y Alana fueron acusadas de espionaje, Wilimé Karin y Salm Zavijaba de traición, Sad Al Melik de complicidad y otros muchos de soborno de corrupción. Y como Simón conocía quién era cada quién en la sociedad pirata, nadie le pudo engañar, castigando duramente al gremio de armadores y de los maestros de la Escuela Naval. A Thalit de Mebsuta le ascendí a teniente almirante entregándole el mando de la maltrecha Flota de Oloy, partiendo inmediatamente a incorporarse con una secreta lista de gentes traidoras que le entregó Simón. A Deneb Kaitos le encomendé organizar la nueva flota de veinticinco navíos con la cual pensaba levantar el pabellón pirata del oprobio sufrido en Oloy.

Por la noche Simón vino a verme, traía en sus manos los nombres de todo nuestros enemigos y teniendo controlada la ciudad, habló con la calma de los triunfadores:

—Reconozco que has sido más rápido que yo, pero también más arriesgado, aunque ese es tu oficio. Tengo aquí la lista de detenidos y los cargos que ostentaban, y si me lo permites voy a sustituirlos por gentes fieles y partidarias del nuevo régimen. He confiscado sus bienes que muy bien pueden servir para financiar las pérdidas que tuvimos en Oloy, habiendo sobrado beneficio para que te instales como mereces.

Julia Lúcida que se encontraba a mi lado, se apresuró a firmar los pagares que me servirían para poseer algunos inmuebles, sin embargo la atajé diciendo:

—No quiero nada, la gente pensará que hemos hecho esto para enriquecernos.

—Todo eso son tonterías en el corazón de un sentimental —respondió la ninfa—, no puedo volver a Uter, y si he de vivir junto a ti, no será en el lecho de otra, escogeré la mejor casa de las confiscadas y en ella nos instalaremos.

Y lo decía con tal desfachatez que me quedé mudo y con la boca abierta sin que pudiera articular ninguna protesta. Simón se sonrió pícaro, la tenía en mucha estima, y agregó:

—Es justo que sea recompensada, no podríamos condenar a nadie sin su testimonio.

Oídas estas palabras marchó la ninfa en busca de Azrael, llenas las manos de papeletas de embargo, la cara radiante de alegría y el alma gozosa y contraria a los tiempos que corrían en Noor.

—Discutamos ahora el destino de los detenidos —añadió Simón—, supongo que quieres decirme algo.

—Sí, Simón, tal como sospechas, Alana es intocable, no debe ser encarcelada, la trasladarás a la casa del Eloim, y que more allí hasta el final del juicio. Del resto, salvarás de la muerte a Sheratán, ese favor se lo debo a Xirina, los otros poco me importan.

—De acuerdo. Aunque hay un pequeño problema. El Eloim ha dimitido, ¿qué autoridad va a presidir el juicio?

—Tú eres el nuevo Eloim.

—Eso está bien —contestó—, así no tendré que molestarle a cada momento, y sea este cargo la parte de mi botín.

—No digas eso.

Un soldado Amenti anunció a Jumo Abubos, que no esperó permisos ni zarandajas para entrar.

—Quiero hablar contigo y a solas —dijo altanero.

—Demos un paseo entonces —le contesté—, andando soy más complaciente.

Estaban las calles vacías y oscuras y las sombras que regaban el empedrado y las aceras tenían cabezas extrañas y gorros de combate, y salían de sus hombros los cañones de los fusiles como cuerdas de marionetas.

—Estoy asombrado de tu tenacidad, Martin. Has barrido todo aquello que te estorbaba con la facilidad de los que se saben el camino de memoria.

—Ciertamente que lo sé —le respondí—, escrito está en mi interior.

—No te engañes. ..

—¡Es igual!, los conspiradores no me han dejado otra alternativa.

—Podías haber dejado que hablara tu amante en la encuesta, incluso yo mismo quise salir en tu favor.

—¿Crees que eso hubiera cambiado algo? Eran ellos o yo.

—He oído lo que Simón Agrippa propaga, pero tendré que ver las pruebas para creerlo.

—Las verás, aunque para ti ya es demasiado tarde, no quisiste escucharme en Oloy y esta es la consecuencia. Hamal Dabih ha estado a punto de acabar con el pueblo pirata, ellas eran sus agentes. Pero tendrás mas que pruebas, Simón vaciará el cerebro de la Reverenda Denébola Sabí como si fuera un cajón de trastos viejos.

—¿Y Sheratán? ¿qué será de él?

—Lo exiliaré.

—Partiré con él —dijo muy bajito—. Noor no volverá a ser nunca lo que fue.

—De eso puedes estar seguro —le espeté irritado—, lo convertiré en la fuerza naval más poderosa de la Galaxia. Y Axón caerá.

—¿Ese es tu destino, sentarte en el trono de los Tomii-Arón?

—Para eso nací.

—Podías haberte quedado allí y evitar un baño de sangre.

—Tú fuiste quien me trajo al Caos.

—Sí... Cómo han cambiado los tiempos desde entonces —y miró a su alrededor acariciándose el bigote. Había pena en su rostro—: Inocentes, culpables, traidores, almirantes, Amenti... ¡Cuántas palabras nuevas para esta vieja ciudad!, muchas novedades para la chiquillería. Quizá los noor necesiten un hombre como tú, que abra el horizonte y les diga: ¡adelante! A veces creo que no debería haberme enamorado nunca, entonces seríamos socios en esto aunque pensándolo bien prefiero ser de nuevo un Don Sable, y, libre, poder vagabundear de estrella en estrella, de taberna en taberna, de burdel en burdel, con el gesto del pasado, más pendenciero que nunca, más poeta, más cantante, con un amor desengañado a las espaldas, con casi un imperio entre las manos.

—¡Sí, eres un héroe legendario! ¡El gran Jumo Abubos!

—Volveré a Golius.

Pero su rostro cambió de expresión y añadió:

—¿Por qué lo haría?, ¿cómo pudo preferir al axonita?

—Así se lo ordenaron sus superiores, carece de sentimientos humanos.

—Quisiera verla antes de partir.

—Iremos ahora mismo.

Era noche cerrada cuando llegamos a la casa del Eloim. Alana se encontraba en el jardín, las estrellas del cielo pirata decoraban la sombría escena y los pomos de luz aclaraban fantasmalmente las plantas y los parterres. Alana, ensimismada, miraba el ondulado correr del agua por los canalillos de riego, tenía la mano medio sumergida y jugaba con el líquido dejando que circulara entre sus dedos y se los acariciase. Se volvió al oírnos y espontáneamente sus ojos se llenaron de humedad.

—¿Estás bien? —le preguntó Jumo.

Asintió con la cabeza y de pronto se abrazó al guerrero y ocultó el rostro en sus hombros. Así se mantuvo largo rato mientras Jumo acariciaba su pelo y le susurraba palabras de consuelo al oído.

—No quise venir a Noor —dijo Alana—, nunca quise declarar.

—Has jugado con los sentimientos —le reproché—. ¿No estábamos nosotros antes que Axón?

—¡Oh Madre Ella! Apiádate de mí, porque la locura se pasea a mi lado tomando el cuerpo de los duelos, odios y conspiraciones. ¿De qué me acusas Martin, sino de haber cumplido con mi deber? ¿No podría decir yo lo mismo? No debisteis regresar a Pandemónium, no debisteis... Trabajé para mi causa pero nadie me advirtió que nada tienen que ver con la vida real, que a cada paso hombres y mujeres me harían temblar de odio o de amor, que me encontraría en el medio de una guerra que detesto.

—¡Sí! —intervino Jumo—. ¡Qué el Uno se apiade de nosotros!, porque habiendo aprendido a hablar no sabemos entendernos y habiendo aprendido que la misericordia es el fruto que trae la paz, no queremos disfrutar de ella. Y sólo hacemos que recordarnos unos a otros, el lado, la orilla en que combatimos. ¡Pero por Gea! ¡Qué hacemos aquí parados! Marchemos! ¡Huyamos lejos de esta Galaxia podrida, larguémonos los tres! ¿Qué dices Martin, qué dices?

—Si estuviese en tu lugar, hace tiempo que lo hubiera hecho. Por lo que a mí respecta, podéis marcharos. Vete con ella, y llévate también al Eloim a Sheratán y a Xirina, porque este planeta todavía ha de ver correr mucha sangre.

—¿Podemos irnos? —preguntó Alana en un gemido.

—Sí... Y aunque hay fuerzas a mi alrededor que exigirán tu cabeza, no dejaré que seas sometida a ningún juicio. He meditado muchas veces sobre el pasado, pero sabiendo que nada va a cambiar en nuestras vidas y que el destino es más fuerte que los sentimientos, evitaré el destino ya que no puedo doblegar mi espíritu y abrazaros como debiera.

—¡Olvida toda esa palabrería mística! —me reprochó Jumo—, es más importante el afecto que el poder, abandona este planeta y huye con nosotros, deja a los noor con su pringosa ideología y sus ideas preconcebidas, los piratas han sabido sobrevivir a muchas campañas, sabrán rehacerse solitos, nadie es imprescindible aquí y menos ahora que el planeta negro ha sido maldecido un millón de veces.

—¡Idos! —exclamé—. No quiero escucharos más.

—¡Ella no puede hacerlo! —gritó Simón apareciendo repentinamente.

Venía sudoroso por la caminata.

—¡No puede hacerlo! —repitió—. Lleva una señal-batido en su cuerpo que captada por el Reino, orienta una poderosa escuadra, avistada a corta distancia por nuestros navíos de proximidad.

—¿Cómo lo sabes?... —pregunto Jumo

—Denébola lo ha confesado, el batido nace de Pandemónium —y cogiendo a Alana del brazo la sacudió sin miramientos—. ¿No es así? Esto ya no es un juego de espías, se trata de la vida de un pueblo entero. En pocas jornadas Marwa Iliyum nos tendrá en la mira de sus misiles "E", Noor estallará como una nova.

—¿Es eso verdad, Alana?

No respondió, levantó la cabeza y se mantuvo serena como había sido enseñada para estos casos.

—¿Por eso estabas tan dispuesta a partir? —añadí—. Interrumpe esa señal Alana.

Parecía haber entrado en un trance autodefensivo, y Jumo, pálido, incapaz de hablar, pensaba que todo era una maldita pesadilla, otra cosa no cabía en su cabeza. Simón Agrippa me pidió permiso para intervenirla. Mi silencio fue lo suficientemente afirmativo.

—Respetaré su vida —dijo el nigromante, y salió llevándosela.

—Jumo... —musité.

—¡Déjame! —y desapareció en la oscuridad.

Julia Lúcida me rogó que la acompañara para ver la casa que había escogido, que era nada menos la de Sad Al Melik, el rico armador. Entró en ese momento Azrael con la bella Xirina, la cual deseaba hablarme, y Julia Lúcida, sin reparar en su presencia, se explayó describiendo las máquinas vivas que tenía la mansión, y los robots domésticos que harían su trabajo tan fácil como el de una señora, y dicho así, delante de Xirina, me produjo un sonrojo innecesario, pero la ninfa era una mujer de reducido sentido del decoro y no tenía necesidad de disimular. Y viendo la sonrisa taimada del lamiense y el azoro de Xirina, mandé a Azrael que con la ninfa se fueran a otras habitaciones.

—¿Tú sabías lo que se estaba preparando —le pregunté cuando se hubieron ido.

—No, aunque eso no importa, has ganado tú y lo mismo podían haberlo hecho ellos. Me duele, Martin, que peléis en los peores momentos sin que cuenten para nada los sentimientos nacidos de la amistad y aun del amor.

—Es cierto lo que dices, pero para poder amar a unos se debe odiar a otros, el amor es como una lanza, que en su punta hiere y en el mango acomoda, nadie ama sin odiar a la vez, salvo los tontos, los falsos y los santones. Y ahora te ruego que empaquetes todas tus pertenencias y, si acaso necesitas ayuda, ordenaré te traigan algunas máquinas vivas.

—Gracias —contestó—, guardaré yo misma cada cosa, todas tienen algo muy mío que no quiero sea rozado por esas monstruosidades de ojos ambarinos.

—Como quieras, iré al muelle a despedirte.

—Así pues, ¿esto es el fin?

—Debes acompañar a Sheratán, te necesita más que yo.

—No me refería a eso —dijo—. Martín, fuiste un consuelo para mi madurez y ahora que nos separamos no quiero que tu carácter orgulloso enturbie el pasado feliz, conservaré en mi recuerdo las veces que sabiendo pulsar tu corazón lo encontré lleno de ternura.

Y quedé mirándola sin decidirme a abrazarla. Ella se alzó sobre sus pies y me besó en los labios.

—Adiós, Xirina —y abandonó la casa.

En el Almirantazgo, Simón descansaba mientras sorbía despacito una humeante taza de té. Y ya iba a explicarme como aplicando ondas Psi, había derrumbado la resistencia autohipnótica de Alana que detuve sus palabras con un gesto adusto, porque no quería saber nada de estas artes, y hasta sentí ira contra él, empero, no se puede tener un verdugo y luego llamarle asesino.

Alana estaba sentada sobre una silla de interrogatorios, tenía la cabeza caída a un lado, cubierta por su espléndida cabellera, y los hombros desmadejados. Estaba pálida y con grandes ojeras, los ojos se le perdían saltones en el suelo, y la lengua, blanquecina, le asomaba entre los labios. Simón, adivinando mi indignación aseguró que se recuperaría en una semana. Tendrán que reprogramar su chip de identidad personal —dijo—, después sanará y las pequeñas secuelas se perderán con el tiempo.

Nada respondí, cuanto más miraba el rostro de Alana más se agarrotaban los músculos de mi pecho. Alargué la mano para alzar su barbilla y la llamé tratando de volverla a la vida. Aquellos ojos vaciados de vida y su cara despersonalizada representaban el cuerpo humillado de la que había sido la hembra más hermosa de la Galaxia.

—¡Alana! —musité.

—Es inútil —me informó Simón—, tardará días en recuperar sus funciones más elementales. Era necesario créeme, no había otro modo de apagar ese batido.

—De acuerdo, pero no puedo mirarla sin que se me encoja el corazón y me sienta un hombre despreciable.

—Así es el papel que nos ha tocado en esta tragedia, amargo y desagradecido, confío en que el tiempo curará tus escrúpulos, y no creas que solamente tú tienes dudas, que las tienen todos aquellos que se lanzan a una empresa arriesgada, pero la diferencia entre los jefes y los subalternos consiste precisamente en que aquellos tienen el deber de disimular.

—¿Escrúpulos? —gemí—. ¿Qué escrúpulos puedo tener ya cuando la persona que mas me importa en la vida, yace aquí como una idiota privada de la ligazón entre sus ideas y su cuerpo? ¡Convertida en un vegetal! ¡De qué voy a tener escrúpulos! ¡Por los cuatro universos!

Luego intenté levantarla, pero no siendo Alana capaz de controlar sus músculos, únicamente abría los ojos como un gato asustado, de tal forma, que le pedí a Simón que la atendiera, y el gigante mods, la cogió cual pluma entre sus brazos hercúleos.

Horas más tarde y mientras la Lestai calentaba los motores y se embarcaba el equipaje, los exiliados se reunieron en el muelle para despedirse de aquellos amigos que abandonaban y para decir su adiós al planeta negro y a la ciudad de todos los demonios. Y estaban Sheratán y Xirina, muy serios quizá sopesando la posibilidad de regresar a Hone. Y el Eloim, decidido a alejarse de lo que había sido gran parte de su azarosa vida, y algunos notables, armadores y sus familias, y oficiales desafectos. Y entre los espectadores, todos hombres del nuevo régimen, se hacía notar por su talla Simón Agrippa, y por su apostura Azrael Balic, protegiendo a su nueva señora la ex ninfa Julia Lucida. Jumo Abubos, capitán de la Lestai revisaba las vergas y demás aparejos veleros, el viaje sería largo y de sus velas estelares dependía una arribada feliz. Dejó su trabajo y mientras se limpiaba las manos en un paño, se me acercó preguntándome:

—¿Dónde está Alana?

No tenía un aspecto gallardo, la barba descuidada ensombrecía sus facciones, y su bigote caía a los lados lacio y sin brillo. Le vi viejo, cansado. Y sin embargo, si había algún triunfador entre nosotros dos, era él, se llevaba a Alana, podían ir a cualquier parte del universo. Ese era su triunfo.

Mas cuando Jumo vio como la traían en una camilla, abrió los ojos y aspiró fuertes bocanadas de aire y yendo hacia ella, cogió sus manos y su cabeza y la llamó estrechándola contra sí y rompiendo a hablar en su idioma materno. Y al ver el triste estado en que se encontraba se mesó los cabellos gritando como un loco. Nacieron también los ayes y las lágrimas en sus compañeros de viaje, porque la escena era patética. Se levantó Jumo, apretó las mandíbulas, tensó su cuello y perdida la poca cordura que le quedaba, propinó un terrible golpe a uno de los Amenti que habían traído a la hetaira y lo derribó enviándole varias medidas hacia atrás. Le arrebató el sable y corrió hacia mí gritando:

—¡Martin Dago! Voy a matarte, eres un peligro para la humanidad y por tus labios sólo corre la vileza y la bellaquería. Nada te detiene y ni siquiera el amor de que presumes es para ti un freno.

Azrael sacó su pistola LXR y ya iba a fulminarlo cuando Simón le tomó la mano y lo apartó. Detuvo Jumo su carrera a pocos pasos, se hicieron las gentes hacia atrás y un silencio pesado cayó sobre el muelle.

—Se recuperará —le dije—. Era ella contra el planeta entero.

—¡Mientes, siempre mientes! —rugió Jumo—. Has puesto tus manos sobre ella, has entrado en su intimidad, Y voy a matarte por ello. ¡Voy a matarte! —repitió.

Y haciéndose atrás, adoptó una guardia retrasada, mientras su sable, vertical delante de mí, dividía la escena en dos mitades perfectas. De nada sirvieron los gritos de Julia Lúcida o los sollozos de Xirina. Era el fin. Jumo se había interpuesto en mi camino decidido a terminarlo. Y no siendo parte de la conspiración, era el único que finalmente se me enfrentaba a vida o muerte. Avanzó un paso preciso y tenso manteniendo su sable en posición, y ni un solo músculo le traicionó en su avance Kem. Luchaba por su honor, porque su dama yacía violentada, y él que la amaba, estaba dispuesto a morir por ella.

Atrasé también un pie, desenfundando mi sable Despierto tal como él mismo me había enseñado, gritando desde mi bajo vientre para expulsar los malos espíritus que podían adormecer mis sentidos. Durante eones nos contemplamos en la infinitud que separa a los contendientes a muerte. Veía sus ojos, uno a cada lado del sable, clavados en mí y remarcarse en su fiera mandíbula la ira que le acometía. Dio un paso adelante y yo retrocedí, iniciando un pequeño recorrido de ataques y retiradas, midiendo el terreno, la escena de la muerte. Esperé su embestida sabiendo que sólo la exacta vigilancia de sus movimientos podía salvarme. De un salto se abalanzó sobre mí cortando el aire que un segundo antes yo ocupaba.

—¡Vete! —le dije—. ¡Abandona la pelea y vete en paz! Ella es para ti.

Me miró, terrible en su gesto, y atacando de nuevo, dando sablazos que buscaban mi vida, gritó:

—¡Nací para lo que viví! ¡Alana será el bálsamo que tornará mi final en la paz que siempre busqué!

Y así fue, porque deteniendo su sable ataqué a fondo y dije:

—"¡Mejor es la buena causa que el oloroso ungüento! ¡Mejor el día de la muerte que el del nacimiento!"

Y de un solo tajo cercené su cabeza, frente al grito desgarrador que aún tuvo un instante de existencia.

—¡En el nombre del Caos! —gritó Simón.

Y el Eloim, agitando los brazos, se arrodilló junto al cadáver mientras gemía:

—Ha comenzado la era de los asesinos. El Uno nos asista.

"La felicidad de la mujer
es la muerte del que más ama,
muriendo de amor por ella".

Recitó Azrael Balic tras de mí.