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Dago el Cruel LIBRO SEXTO - XVI - Las azucenas. El amor y las lágrimas. Noche de fantasmas. La muerte de She. El Generalísimo Almirante. La cólera de Julia Lúcida. El manifiesto de los pobres. La despedida del planeta negro. El pacto de las naciones. ¡Atrapad a la hetaira! El aniquilamiento de Uter. |
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El cadáver de Jumo Abubos fue recogido por la piadosa Xirina, y tras embalsamarlo lo embarcaron en la Lestai. Al extenderse la noticia acudieron las gentes al muelle portando flores que arrojaron en brazadas sobre el féretro, donde su cabeza reposaba entre las manos. Cuando la Lestai alcanzara el océano estelar, Sheratán, como capitán improvisado de la Lestai, oficiaría el funeral pirata. Xirina corrió a la casa de Jumo y recogió sus objetos personales, los que más cariño tenía el guerrero, metiéndolos en el ataúd para que fueran a diluirse con él en el espíritu del Uno. Después, ordené apilar todos los trastos que Jumo había reunido a lo largo de su vida y mandé quemarlos. Las armaduras y los laúdes, sus uniformes y sus ropas extravagantes, sus poesías y sus folletines tresdé, las holografías de su tierra natal y su colección de espadas. Nada que le hubiera pertenecido se salvó de la quema, hasta la vieja máquina viva fue arrojada al fuego, y sus borboteos y espasmos fueron el final de aquélla contemplación solitaria en que las llamas, transparentes como agua cristalina, sirvieron de ágora del futuro y acercamiento a un pasado, a mi destino pronosticado y hasta profetizado. Y cuando nada más que las paredes quedaban como recuerdo de su casa, entró Azrael y aplicando cargas a los pilares y a los muros la dinamitó sin apenas estruendo ni polvo, para no escandalizar las miradas escondidas de los piratas. Al cabo, la Lestai despegó para no volver jamás, y el fuego de sus toberas lamió el duro muelle, abrasando las azucenas que las mujeres habían traído a Jumo, y ni las cenizas quedaron para el viento cuando el navío sólo fue un punto encendido en el cielo. —Inicia el juicio —le dije a Simón—. Partiré de Noor cuanto antes, voy a batir al Reino de una vez por todas. No quiero oír más llantos ni encontrarme con rostros desaprobadores. —Tampoco creo que nadie vuelva a reír en este planeta en mucho tiempo —respondió con el cinismo de que a veces hacia gala. Y cogiéndome del brazo de Julia Lúcida me retiré a mi nueva casa, donde encendido el fuego de la chimenea, me senté para contemplar las llamas. Y aunque no era el frío lo que me hacía permanecer postrado, el fuego me vivificó, pues una frigidez de muerte se había colado dentro de mí y a cada estremecimiento sentía surgir de las llamas el grito estertóreo de Jumo y cuando así era, debía sujetarme la frente y cerrar los ojos para no ver la escena repetida en el fuego: todavía de pie su cuerpo y ya la cabeza rodando por el suelo con un grito en su boca inundada de sangre. Julia Lúcida apagó todas las luces y dejando sólo el resplandor de la chimenea, trajo opión y licores, para que me embriagara hasta el desmayo, y cuando los estuvimos, me desnudó y a horcajadas sobre mí, bañado su rostro de espanto, me amó gemebunda, sobre el suelo, sentada en mis ingles y mascullando Gea sabe qué. Maldijo el mundo y rechinó los dientes, mientras su placer se hacía llanto y las lágrimas rodaban por sus pechos hasta mi vientre. Súpome la boca a sangre y horror, y el gozo que sentí semejaba la pasión de un loco ungido en el humor acuoso de la complicidad, sangre que se me escapaba de mi erección, en un nuevo asesinato para toda la vida. Y si le decía: ¡déjame!, ella me miraba rabiosa y contestaba: ¡Te arrancaré este día! Pues quería sellar un pacto de intimidad del que nunca pudiera librarme. Cayó la noche, larga de gritos y escalofríos, y las sombras vivas hablaban a cada momento recitando:
Embriagada, Julia Lúcida caminaba encorvada por los pasillos con una fina copa de cristal en la mano, derramando a ratos su contenido y a veces presa de vómitos sincopados. ¡Mar-tin Da-go! —musitaba. Y lo repetía entre risas, dando a cada sílaba de mi nombre un tono. Y su paso, vacilante, sombrío, caído su pelo por la frente, era el reflejo esperpéntico de lo que yo imaginaba su alma, y la aborrecí y la insulté: —Has sido mi espía, pero tus servicios me han abrasado. —¡Mar-tin Da-go! —canturreó. —¿Sabías que tenías que matar a mi primo Hamal Dabih? ¿lo sabías? — y le sacudí del brazo. —Los hubiera matado a los dos. ¡Alana muerta!, ¡Alana muerta!... Me enfurecí, desgarré sus ropas y tomando mi trenza la azoté. Y a cada latigazo enseñaba los dientes gritando¡ ¡Dago el Cruel! ¡Dago el Cruel! Tiré la trenza, cogí su cabeza y le mordí en los labios hasta que le hice sangre. Chilló, la empujé con fuerza y siguió llorando en el suelo. Salí huyendo... |
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Pandemónium estaba vacío de vida y luces. Mis tacones resonaban por las empedradas calles del barrio viejo. El agua circulaba por los canalillos de los desagües reflejando en plata las pocas estrellas de la quieta noche noor. A unos pocos pasos, un nutrido grupo de gatos se disputaba las basuras. Los espanté a manotazos y entre los maullidos de su fuga reconocí a la gata She. ¡Xirina la había olvidado! Y la gata habituada al plato bien servido, estaba delgada y su pelo azabache gris de suciedad, una oreja le colgaba desgarrada. —¡She! —la llamé—, ¡She! —pero la gata no reconoció mi voz y sin prestarme atención siguió con sus afanes, rebuscando algún trozo de comida por las aceras. Quise atraerla con suaves palabras, ella volvió la cabeza muy digna y me ignoró. ¡Mala gata! y vinieron a mi boca estos versos que musité casi sin darme cuenta:
—Ven, She —insistí—, te llevaré conmigo al puente de la Sultán Onü y comerás caliente todos los días. Y al tratar de agarrarla por el rabo, el animal se revolvió con presteza y sacando sus garras afiladas me arañó la mano haciéndome profundas heridas. Instintivamente la golpeé tras las orejas, pero la gata no reconoció mi autoridad, se retorció con las uñas al aire y la piel erizada, maulló salvajemente y me desgarró la manga de la blusa haciéndome sangre de nuevo. Inundado de rabia, la alcé del rabo, y antes de que pudiera agitar una vez más sus peligrosas zarpas, la degollé con mi daga vibratoria, y su sangre me salpicó, y en ese instante me contemplé sosteniendo los restos del felino y la daga sangrienta en la otra mano, creyendo enloquecer de angustia y poseído de ansiedades que no reconocía. Caí de rodillas balbuciendo incoherencias, los músculos del cuello se me crisparon y gemí lágrimas y ponzoña. Me levanté, y corcovado, volví mis pasos hacia la calle. Al trasluz de un pomo se dibujaba la figura poderosa de Azrael, que con los brazos en jarras me observaba. Lo llamé para que me ayudara, las drogas ingeridas me habían convertido en una piltrafa. Ayudado por el lamiense vomité sobre la acera, y si bien no dijo nada, en su rostro se formó poco a poco el dejo del desprecio. En una fuente cercana me lavé la sangre y me refresqué, y cuando tras largo rato pude afirmar que era yo mismo, le dije: —Sé que te crees un hombre duro, un tipo capaz de cualquier cosa, pero esa es una pretensión digna de tu falta de experiencia. En una época no muy lejana, fui como tú, un hombre que deseaba ser imperturbable y del que no se transparentase una leve debilidad para contemplar la muerte con la indiferencia de los que han anestesiado su conciencia. Gran mentira es esa, porque todo lo que a tu alrededor suceda y toda la culpa que tu tengas en cada acto, se alojará en algún rincón de tu alma, y allí, como cáncer, te masticará noche tras noche, hasta que te sientas enloquecer. Te aseguro, Azrael, que si sigues mis pasos te cubrirás de gloria, pero con el tiempo tu sonrisa se borrará, y tu piel lisa y joven, se llenará de surcos reveladores del sufrimiento, entonces recordarás mis palabras. Todavía estás a tiempo de recoger tu petate y licenciarte, eres joven para iniciar cualquier empresa en otros lugares. Se sonrió sardónico y dijo con acento que quería ser grave: —Antes de que tú llegaras a Lamia, yo era guerrillero. Mi padre me había enseñado a pelear. Sabía dominar el estómago, el sueño, la cólera y el sexo. Pero no te desprecio porque seas débil y sufras por tus actos, todo lo contrario, te amo, no sé bien por qué, quizá veo en ti al hombre que necesito para mi lucha. De lo que sí puedes estar seguro, Martin Dago, es que soy tu servidor. Quiero aprender de ti y de tu carácter, y después regresar a mi planeta, donde ha tiempo anhelo construir mi propia dinastía. Y mi espada y mi arrojo levantarán al pueblo de Lamia, y Noor será un juego de niños frente a su ferocidad. Mas como estaba harto de oír siempre lo que ya me sabía de memoria, le respondí: —Me meo en tu pueblo y escupo en tu espada. Es cierto que eres un hombre de anchos hombros y de fuertes brazos, pero también eres un imbécil de estrecha mollera y presunción en demasía. ¿Acaso no has tenido tiempo de aprender que la palabrería sobra en ocasiones? Pues esta es una de ellas, cuando te estoy abriendo mi corazón. —¡Por Gea! —exclamó irritado—. ¡No es palabrería de la que tu gustas, sino verdades! Y si tú eres un príncipe exiliado, también lo soy yo y tengo los mismos derechos que tú te arrogas. —Dejémoslo. Ya veo que es imposible transmitirte nada. Quería ahorrarte algunos viajes inútiles, viajes de ida y vuelta que es mejor no emprender. ¿Cómo puedo mostrarte lo que es una herida de bala, sino disparándote? Y ahora regresemos, dejaremos atrás la miseria para bañarnos en la gloria y en la Historia, si es que ésta debe continuar. |
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¿Regresar? ¿a dónde? Era el hombre más poderoso de Pandemónium y no tenía dónde ir. No tenía hogar entre los noor, ni en ninguna otra parte. Mi destino era caminar y combatir, porque allá donde yo entrara, se derrumbaría. No era un señor de la guerra de cuarteles calientes como Dun Qarnaim, ni un rey con palacios solariegos y jardines para pasear. Un lecho en un navío y un puesto en el puente de la Sultán Onü, eso era todo. Me dirigí al Almirantazgo. En sus calabozos esperaban la sentencia de muerte Denébola Sabí, Wilimé Karin y otros. Descendí las escaleras a los sótanos carcelarios del edificio, Azrael me seguía a poca distancia, corrieron los Amenti los cerrojos y un pomo iluminó la desoladora celda. La mujer de la cola del León y su amante Wilimé, el astrónomo desahuciado, dormitaban. Abrieron los ojos y se los cubrieron deslumbrados. Nada dijeron al verme. Denébola había perdido su atractivo, sus vestidos estaban sucios, la cara demacrada y sus brazos tenían las huellas del interrogatorio de Simón. Era una mujer derrotada. Pidieron agua y ordené se la dieran, después mandé a salir a todos, quería estar solo con ellos dos. —¿Qué vienes a ofrecernos? —preguntó Wilimé Karin. —Nada. Vengo a recordarte tus palabras. En una ocasión me dijiste que el hombre que sirve a dos señores era un idiota. ¿Quién es tu señor, Wilimé, ¿ella? —y señalé a la ex reverenda. —También te dije que un hombre nunca debe confesar a quien sirve. —¿Ni aun antes de morir? —¿Morir? —repitió Denébola casi imperceptiblemente. Bajó la cabeza y la hundió en la frazada. No era la misma mujer que conocí en Koro, el aleteo de la muerte convierte a los seres humanos en polvo, sólo los soldados que mueren en la batalla lo hacen enteros. Tenía delante personas que nunca habían empujado un arma, y en mi desvarío, los desprecié. —Te diré a quien sirvo —dijo Wilimé—. Y lo hago como descargo, no para mortificarte. —¿A quién sirves pues? —Sirvo a aquellos que manejan un lado del tablero, a quiénes tú bien conoces. —¡Iblis te lleve! —exclamé—. ¿De qué tablero hablas? —Del que tú no eres jugador sino pieza. Abandoné la celda. Apretaba fuertemente mi sable Despierto. Poco quedaba de la noche, las luces del muelle me llevaron hasta la Sultán Onü, pasé a bordo, y hasta que no me senté frente al astrolabio de la sala de mando no respiré tranquilo. Cada punto luminoso del interior de la esfera era una estrella, podía meter en ella toda la Galaxia, o dejar una sola estrella y sus planetas, y ampliar éstos hasta ver sus ciudades, sus montañas y sus ríos. Este era el tablero. Una tosecita a mi espalda, me volví dispuesto a descargar mi ira, había pedido que me dejaran solo. Era Bellatrix, la cautiva de Oloy. —¿Qué haces aquí? —Vago por la nave, señor —respondió—. No tengo más donde ir. Se acercó al astrolabio y lo miró con curiosidad, tocaba con la punta de sus dedos el borde del holograma. —¿Quieres ver tu planeta? —le dije—. También está aquí dentro. —¿Aquí dentro? —se asombró—, ¿todo él?, ¿hasta sus habitantes? —¿Te gustaría regresar?... Me miró a los ojos, luego los entornó con pesadumbre. —Ya no puedo, tú mataste a los míos. La tomé de las manos, pero ella las retiró. —¿Me odias por eso? —Si. —¿Y a Azrael Balic, también le odias? —Odio a todos los que llevan armas. —Odia al mundo, no a mí. |
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Al amanecer, Denébola Sabí, Wilimé Karin, Sad Al Melik y Salm Zavijaba, fueron ejecutados, y privados de funeral, expuestos sus cuerpos a la vista pública y luego que todo Pandemónium los contempló, mande arrojarlos fuera de la ciudad, entre los géiseres, los nacimientos gorgoteantes de aceite y las basuras pestilentes y humeantes del valle de Hinom, y así estuvieron hasta que los gatos se los comieron y el vapor atravesaba sus desnudas costillas. Llegaron buenas noticias, Thalit de Mebsuta había conseguido desorientar a la poderosa flota de Axón que, perdido su rumbo original, zigzagueaba sin, acabar de adentrarse en la Gran Nube Negra. Además, Simón ganaba día a día nuevos adeptos, nombrándoles para importantes cargos en la flota y en la recompuesta Sociedad Benéfica. —Estoy triste mi buen Simón —le decía—. Sé que este tiempo está señalado por la locura de la sangre. Y queriendo abandonar el escenario de mi pesadilla, no te preguntaré que haces con los detenidos ni que testigos utilizas en los juicios, ni si sus propiedades pasan al peculio municipal o simplemente te las embolsas. Nada quiero saber. Tú eres el Eloim y tuya la potestad de ordenar la sociedad noor, únicamente, anunciarás una asamblea de notables en la que se me nombrará General Almirante de la Flota Unida Pirata. Y así hablé a los hombres del consejo: —Estamos aquí los vencedores de una horrible lucha, voluntarios a los que nada ha obligado a participar. Aquellos que me sigan que lo hagan con convicción y lealtad. No sois inocentes marineros, sino gentes comprometidas. Sabed entonces que habéis escogido bien. ¡Esta es la causa de la victoria! Guardaros los vítores y las alabanzas, es de vuestras manos de las que preciso. Y ordené embarcar a los cien Amenti de mi guardia y a Deneb Kaitos disponerlo todo para la partida, noticia que alegró el ánimo de Azrael, harto de consumir la negra cerveza pirata, demasiado fuerte para su gusto. Sólo me quedaba despedirme de Julia Lúcida, que ignorante de mi partida, se afanaba por adecuar a su gusto la casa que fue del finado Sad Al Melik. En su fuero interno, la ex ninfa confiaba en el tiempo como curalotodo y conseguir mi afecto, ya que no mi amor. ¿Pero qué podía yo decir, salvo que aquélla casa ni ninguna otra las sentía mías. Y por ello tuve la pena de su trabajo inútil. —Mañana embarco —le dije—. Inicio la campaña contra Axón. Se quedó quieta, retenida por la sorpresa, y no hubo respirado de nuevo que, palideciendo a caballo de la cólera, se le arrebató el rostro y gritó—: ¡Maldito seas! ¡Malditas todas tus palabras y actos! ¡Hombre falto de piedad y sentimientos! —Administra mi caja mientras esté fuera, otra reparación no encuentro. Y entre sus lastimas y protestas entendí que no había cumplido mi promesa, que la había engañado, que era un ser despreciable. Antes de embarcar, quise explicar al mundo las razones del Caos, lanzar un manifiesto que radiado a la Galaxia entera pusiera a los desheredados de nuestra parte, que agitara las masas de protegidos creando la inseguridad y el temor en los Reinos y Repúblicas. Leedlo con detenimiento, miles de protegidos se pasaron a nuestras filas con una copia apretada entre las manos. MANIFIESTO DE LOS POBRES "¡En el nombre del Caos, el Primevo, sombra de la contracción!" Nos, piratas del Caos, enemigos de la Ley, y reunidos al calor de la venganza, hemos levantado nuestros sables dispuestos a cortar todas las cabezas culpables del estado de miseria y pobreza moral que desde milenios ha impregnado nuestras vidas. La hora de la revancha ha sonado, no habrá perdón para reyes, ni presidentes, jueces, policías o mercenarios. Degollaremos sin piedad los cuellos de los que se encuentran en la cúspide de la injusticia. El Caos declara la guerra santa. "Como raza de Caín subiremos hasta el cielo, ¡y arrojaremos a Dios sobre la tierra!" Durante miles de años hemos aguantado y creído sus promesas, pero ha llegado el fin de todas ellas, el mundo va a cambiar y para ello es preciso teñirlo de sangre, de la sangre maldita de los eternos opresores, aquellos que arman sus brazos de la Ley mil veces asesina, para que nunca más un hombre pueda dominar a otro hombre con esta ayuda artera. ¡Pobres del mundo! ¡Alegrad vuestros corazones! El día de la venganza ha llegado, afilad vuestras espadas, aprestad las armas, colocad las bombas del terror en la entraña del enemigo, para que su fin sea tan doloroso como lenta y torturante ha sido vuestra vida. No tiemble la mano que empuña el sable, trazad una raya en vuestra mente y gritad con nosotros: ¡basta! La tropa pirata os espera. ¡Venid al Caos!, porque aquellos que queden en el campo enemigo así serán tratados, y sus llantos no ablandarán en nada nuestro ánimo, ciegos estamos para distinguir sonado el toque de muerte. Queden al frente los perros y los mercenarios, a nuestro lado y firmes las filas piratas, hombres armados de verdades y esperanzas, de eternidad. Cohortes, banderas y legiones invencibles, ejército del final, tropa de la contracción. ¡Por el Caos y por la Armonía! ¡Por la venganza y contra la Ley! Martin Dago. El que no tiembla. General Almirante de la Flota Unida Noor. |
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No hubo grandes paradas ni toques de zafarrancho, ni siquiera acudieron las multitudes a despedir a los jóvenes capitanes y a los aún más jóvenes cadetes que ocupaban el puesto de los oficiales. Inconscientemente sabía que nunca regresaría a Noor, era una despedida definitiva. No se debe regresar al lugar de la pesadilla. Durante estaciones enjugué mis recuerdos en el excitante arrobo de la guerra contra Axón, y sabiendo de la bisoñez de algunas de mis tripulaciones, me limité a hostigar, ora las vanguardias, ora las retaguardias reales, y desaparecer luego en las protectoras brumas de la Gran Nube. Y cuando formaciones enemigas se internaban en mi búsqueda, las acometía con fuerzas superiores y las destruía. Así, a lo largo de varias estaciones, la Flota Real sufrió perdidas considerables, y mientras, mis hombres adquirieron el saber de los veteranos y la confianza en mi mando, puntales, como sabréis, de cualquier campaña victoriosa. Al cabo, Marwa Iliyum, harto de escaramuzas agotadoras, se retiró de la Gran Nube, no sin antes sembrarla de artefactos en cuyo interior habitaban terribles poderes. La destrucción de estas minas, llevó algún tiempo, pero no evitó que el Caos iniciara su ofensiva. Dun Qarnaim con el apoyo de la flota de Sad Al Bari, al que no me había atrevido a destituir por su influencia entre los banif, desembarcó en Oloy y lo tomó en una serie de confrontaciones que concluyeron con la retirada de la flota destacada axonita. Por mi parte, y concentradas las fuerzas piratas en dos ágiles pinzas, obligué a Marwa Iliyum a dividir sus fuerzas, batiéndolo en varios choques que sí no fueron decisivos, me permitieron afianzar las posiciones del Caos en Lamia y preparar el cerco de Qubhah de acuerdo con el hijo del Carnero. Azrael desembarcó en su patria con el encargo de reconstruir la legión Amenti. En la periferia, los Algaibs iniciaron una masiva recluta de voluntarios para formar tripulaciones y cubrir las vacantes que la lucha y el cansancio producían en las filas piratas. Nuestras levas no eran inagotables como las de los reinos, pero a fuer de sincero reconoceré que nunca tuvimos dificultades para completar las dotaciones noor. Simón Agrippa abrió banderines de enganche en Oloy, en Lamia y hasta en Lisia. En la primera estación del 3.971 las vanguardias del Caos, al mando de Thalit de Mebsuta, alcanzaron Uter. En dirección a Koro, Almuredín Sidi con la flor de la marina noor se aprestaba a desembarcar en el planeta del comercio, con la aquiescencia de los comerciantes Zaqib, que lo habían declarado abierto. Qubhah no tardaría en caer en manos de Dun Qarnaim, y yo, a bordo de la Sultán Onü y de la mano de los acertados consejos de Deneb Kaitos, recientemente nombrado Jefe de mi Estado Mayor, navegaba suelto todo el trapo, con una veintena de fragatas pesadas en apoyo de Thalit de Mebsuta, algo falto de elementos pesados, dado que presumiblemente, Axón no abandonaría Uter sin entablar un gran combate. Había transcurrido mucho tiempo desde la muerte de Jumo Abubos, y las campañas y sus necesidades dispersaron de mi cabeza las malas evocaciones, pero mentiría si ocultase que a cada cierto tiempo me asaltaban sueños siniestros y mi faz se enturbiaba de tal modo que Bellatrix, que era una figura familiar en el puente de la fragata insignia del Caos, se asustaba al comprobar los crispados tics que desfiguraban mi rostro. Coincidió además que la cercanía de Uter trajo a mi alma hechos que sin estar olvidados encendieron el fuego de revueltas pasiones, Alana Claudia, según los agentes de Simón Agrippa se encontraba en el planeta del vicio, dirigiendo las operaciones de defensa. Se decía que había repartido armas al pueblo y comprado abundante material de guerra en los mercados libres. La Sagrada Orden estaba dispuesta a luchar hasta el fin por su querido santuario. No estaban mis almirantes preocupados por la insignificante fuerza militar de la SOHD, sino por la potente escuadra que bajo el mando personal de Hamal Dabih se aprestaba en Axón lista para zarpar a nuestro encuentro y destruirnos. El Reino no podía permitirse más retiradas, estaba en juego el prestigio de su marina, y por ende, de continuar el avance pirata, todo Axón se hundiría en la anarquía. Incluso el pequeño reino de Lisia se mostraba arrogante con el Reino facilitándonos secretamente material bélico y hasta hombres y técnicos. Los éxitos navales habían consolidado mi posición de forma que era para el pueblo pirata algo más que su comandante en jefe, teniéndome por líder indiscutible. En Pandemónium, las gentes de crédito ya se habían instalado en Lamia, Oloy y otros planetas. Los Noor, orgullosos y estirados, se paseaban por la periferia con el empaque de los pueblos conquistadores y rápidamente enriquecidos. Grandes fortunas se amasaban en Pandemónium, aunque ninguna en parangón con la de Simón Agrippa que por gracia de mi mano y obra de su habilidad en la importación de todos los productos que la periferia necesitaba estaba haciéndose con un fabuloso poder comparable al de los comerciantes Zaqib. No le iba a la zaga Julia Lúcida en los trapicheos y beneficios extras, en mi nombre atesoraba cuantioso botín, asegurándome en sus llamados que era un hombre rico, noticia que por otra parte me tenía sin cuidado. El botín y la prosperidad se hacían notar igualmente en mis almirantes y capitanes, bien repletas sus bocamangas de entorchados y prebendas que les permitían adquirir sus suministros a su gusto y manera, y si de cada diez medidas una se perdía en sus bolsillos, ¿a quién le importaba mientras su pabellón fuera victorioso? |
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Uter se encontraba al alcance de mi mano, sólo tenía que dejar caer sobre su superficie a los Amenti para hacerlo mío. Azrael esperaba impaciente esta orden y sus hombres, ansiosos de retornar al combate, afilaban sus sables aserrados dispuestos a desatar sobre la perla entre dos soles, la tempestad de muerte que representaban. Empero, mis almirantes dudaban, ¿qué razones tenía Axón para continuar inmóvil dejando Uter indefenso? En verdad que yo no se lo reproché, sospechaba que Hamal Dabih tejía alguna maniobra sorpresiva, un golpe definitivo que cerrara toda escapatoria a mi escuadra. Este era también el pensamiento de Deneb Kaitos, que aconsejó olvidarnos del planeta del vicio y preparar una defensa en profundidad. Pero contra toda precaución, ordené el desembarco. —Desciende con tus hombres —le ordené a Azrael—, y toma Dionysos, pero hazlo tuyo sin apenas daños. —Espero que tengas buenas razones —respondió—. No es mi gusto dar cuartel al enemigo. —Lo harás como digo, respetando sus ciudades y monumentos. Y además te encomiendo la personal misión de capturar viva a su Dominante: la Reverenda Ondina Alana Claudia. —Capturaré a esa hetaira, si eso es lo que quieres, pero no me pidas que frene a los hombres, cualquiera de ellos tiene más valor que toda la feria del vicio junta y hasta que todo el planeta. Son lamienses y escasamente hay un millón en toda la Galaxia, mientras que planetas como este se cuentan por billones en todo el universo. —Si todos tus hombres mueren en el empeño, los daré por bien empleados, ninguno es forzoso, sino que combaten por un diezmo. Y hombres así tengo miles por doquier. —¡De acuerdo! —consintió—, tomaré este planeta degenerado como si de una porcelana exquisita se tratara, pero lo haré porque eres tú quién eres. Y como al marcharse hiciera intención de llevarse consigo a Bellatrix, y ésta corriera a mis brazos, dijo: —¡Te la regalo! ¡Ahí abajo encontraré otras como ella y de mejor calidad. Y se fue sonriente. La guerra le divertía. Los uterianos se defendieron con el valor y la tenacidad de las gentes amantes de su tierra. La legión hubo de disputar cada palmo de terreno, cada medida, cobrándose gran tributo de sangre en ambos bandos ante la pasividad de Axón. La Galaxia contempló el envite asustada, los reporteros enviaban insólitas crónicas de combates cuerpo a cuerpo, aparentemente olvidados en los anales bélicos contemporáneos. La Sagrada Orden se movilizó pidiendo ayuda de las fuerzas libres, ¡el santuario feminista estaba en peligro! Y el Caos que, hasta el momento, había sido para el centro el empuje de una banda de forajidos místicos de la lejana periferia, tomó para los gobernantes republicanos y los estados Alt la forma de una amenaza muy seria. Los Amenti progresaban lentamente y Azrael se desesperaba incapaz de terminar la campaña sin medios pesados, decidí encabezar las operaciones terrestres con la secreta esperanza de capturar a Alana. ¡Alana Claudia! Como sentía el peso de los recuerdos contemplando desde las trincheras los tejadillos y las terrazas de la cercana Dionysos. Me la imaginaba vestida de soldado, con el fusil de asalto a la espalda y embravecida, agitar a sus paisanos contra mí, contra Dago el Cruel. La visión de la hetaira rabiosa me regocijaba. —No entiendo la razón de esta batalla —decía Azrael entre los estampidos de los cañones LXR—, pero menos entiendo por qué no atacamos sus posiciones desde el aire. Sólo mi autoridad contenía al impetuoso lamiense disgustado por tener que soportar una guerra de posiciones, y algunos oficiales murmuraban diciendo que si la hetaira se escondía en Uter, ellos no tenían la culpa, y que había reconstruido la Amenti para volver a destrozarla. Pero yo reuní a la tropa y les hablé: —Ahí está la capital enemiga, llevan semanas resistiendo a los mejores soldados del mundo, y sólo son una chusma de paisanos, autómatas y máquinas vivas. Debéis saber que quienes les animan a combatir son las monjas de la Sagrada Orden, las hetairas más bellas del mundo. ¡Tomad la ciudad y serán vuestras! Y ellos, veteranos de mis campanas y aun bisoños que sabían como gustaba del trato familiar, se rieron diciendo: ¡Acaba ya tus eternos discursos y vamos a por ellas! Barrio a barrio, los Amenti avanzaron, ametrallando las calles pero respetando los edificios, y Azrael que dirigía la operación hizo levantar en mí oleadas de admiración, viéndole por un momento como un digno sucesor. La dureza con que trataba a sus hombres y la facilidad que tenía para deshacerse del enemigo alegraban los humores de guerra que siempre he llevado en mi interior. Reunieron los Amenti a algunos prisioneros y los interrogaron y no hallando respuestas de interés, seleccionó Azrael a las hembras más bellas y se las entregó a los soldados distinguidos, y al resto los deportó a otros lugares. Deneb Kaitos me anunció su intención de volver al puente de la Sultán Onü, no le gustaba lo que veía. No hay inocentes en esta guerra —le dije—, todos son enemigos, debajo de las faldas de las mujeres se esconden las cintas de las ametralladoras y en las canastas donde llevan a sus bebes, ocultan también las bombas de mano. |
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—Lo sé —respondió—, no te censuro. Son mis ojos los que quiero cerrar. Entre las ruinas de los suburbios de Dionysos, los Amenti se jugaban a los dados sus botines de carne y hueso. Azrael los contemplaba indiferente. —¿Y tú, no te diviertes con las hembras del enemigo? —le pregunté. Me miró, y aspirando por la nariz, pues la noche uteríana estaba fría, contestó: —Yo, Dago, soy como tú, amo en silencio y espero. —Me gustaría saber a quién... A todos nuestros llamamientos de rendición, los uterianos respondieron con desdén. Y cuando les amenacé con destruir su capital, me preguntaron por qué no lo había hecho todavía. Esta respuesta me enfureció de tal grado, veía en ella el desprecio de Alana, que ordené un nuevo ataque a la infantería. Repartimos granadas antipersonales y ligeros subfusiles automáticos. Pelotones enteros fueron provistos de lanzacohetes de pequeño calibre y cañones ametralladores que, con su tiro endiablado, eran capaces de derribar un edificio en segundos. Los saltamontes barrieron la ciudad con bombas sónicas, ondas psi y vientos venenosos, y terminada esta labor los infantes se adosaron las máscaras de protección y a una orden se internaron entre las ruinas. Un silencio inquietante los acompañaba. Entonces salieron los uterianos de sus refugios y sacudiéndose el polvo abrieron fuego nutrido sobre la vanguardia. Corrieron los Amenti en busca de protección y se entabló un duro tiroteo en que inmóviles todos los combatientes amenazaba con eternizarse. —¡Arrasémoslos! —me pedía Azrael—, ordena a la flota que bombardeé la ciudad. —No. Hay una persona que no quiero dañar. Un aerovehículo descendió, era Deneb Kaitos y traía terribles noticias. —He querido venir personalmente —dijo—. Un gran cuerpo expedicionario compuesto de unidades Alt y republicanas se encuentra en Enoch. Hamal Dabih, que no había estado esperando otra cosa, navega ya en orden de batalla. ¡Embarquemos con rapidez! He advertido a todos los capitanes. También tengo noticias de Dun Qarnaim, éstas son mejores, Qubhah está siendo evacuada por la flota axonita, supongo que a Axón no le importa perder este enclave a cambio de barrernos en una gran batalla. —Ordenaré la retirada —dijo Azrael. —¿Y Dionysos? —me pregunté a mí mismo. —¿Qué importa este planeta? —señaló Deneb Kaitos—, tenemos Koro, donde se centran nuestros intereses, ese es el planeta que hemos de defender. —Alana Claudia se salió con la suya —dijo Azrael. —No quería decírtelo, Dago —añadió Deneb Kaitos—, pero hombres de Simón Agrippa la han detectado en Axón. —¡Imposible! No ha podido burlar el bloqueo. —Nunca ha estado aquí. Te ha tenido inmovilizado en Uter dando tiempo a concentrar la flota combinada enemiga. —Pareja trampa que en Oloy —dijo Azrael. —Pero esta vez nadie volverá a poner los pies en Uter. —¿Qué vas a hacer? —Arrasarlo como me pedías. Lo abrasaré —rugí. —No veo la utilidad de esa acción —intervino Deneb Kaitos—. Las gentes que puedan tenernos cierta simpatía, temblarán como juncos al oír tu nombre. —Será la primera lección que le voy a enseñar a la Galaxia. —Ellos también pueden tomar represalias, cualquiera de nuestros planeta Lamia, Oloy, Koro y hasta Noor correrán la misma suerte. —No les daré esa oportunidad, les dejaré reunirse para caer sobre ellos y hacerles pedazos. —Estaremos tres a uno —advirtió Deneb Kaitos—, no hay genio que pueda superar eso. —Ellos mismos me están ofreciendo la victoria. Se van a concentrar en un punto mientras creen que nosotros permaneceremos desperdigados, así lo hemos hecho hasta ahora. Pues bien, convergeremos en Koro y les batiremos en una gran batalla. Y ahora cumplid mis órdenes, quiero ver las llamas de Uter desde las lumbreras de la Sultán Onü, no voy a dejarles una base a mis espaldas y además, nadie de este planeta me importa un adarme. La flota de Thalit de Mebsuta entró en acción. El espectáculo fue inenarrable. La perla entre dos soles se convirtió en un río de lava, su corteza se abrió como un absceso y el núcleo del planeta inundó de fuego rojo los valles desiertos, las ciudades, montes y canales. Y donde antes hubo vida, sólo magma caliente, brasas incandescentes iluminando nuestras faces absortas. Aquel horror agarrotó las manos de los pilotos y se atenazó a los pies de la marinería impidiéndola moverse. Nadie se atrevió a hacer ningún comentario, pero sus caras eran como espejos, los noor estábamos aniquilando un planeta entero. Yo estaba enloquecido, la realidad se me mostraba deformada por mi propia burla, la furia que llevaba conmigo se me hacía tan justa que el aniquilamiento de Uter representaba a mi entender el castigo de un Dios. —Hecho está! —fue el epitafio de Azrael—. Partamos a nuestros puntos de concentración, porque Axón de seguro se mueve ya. Y sus palabras, ¡oh bellaquería humana!, me consolaron. |