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Dago el Cruel

LIBRO SEXTO

- XVII -

El ejército del Caos. Antes de la batalla. El fantasma alado. La batalla de las naciones. Contra Axón. Los soldados mostrencos. La Medina Real. Los Durmientes. El Reino del Caos. La última misión de Simón Agrippa. El artículo único.

Llegaron mis almirantes a Koro al frente de sus navíos insignia, y vinieron los notables de la Sociedad Benéfica y de Pandemónium arribó una nave con Simón Agrippa y Eva Julia Lúcida a los que casi tenía olvidados. Pero de entre todos ellos quien más alegró mi corazón fue el hijo del Carnero.

—¡Ah, Dago! —exclamó sonriente—. Ganas tenía de saludarte, he oído tantas cosas de ti, que pensaba encontrarme con otro hombre, pero ya veo que eres el mismo aunque un poco más cansado.

Y traía con él los aires marciales de su escolta y sus relucientes uniformes, y por ello, mis labios se abrieron por primera vez en mucho tiempo. —Qué buen aspecto tenía! Las campañas le sentaban bien, decía. Había aumentado las medallas que se prendía al pecho, se las concedía él mismo a cada victoria, y aunque no me salió la cuenta, ¿a quién le importaba eso? Saludó a mis allegados, a la mayoría de los cuales no conocía personalmente. Bien fuerte tomó entre sus manos las de Simón Agrippa, ¡qué magnífica pareja hacían! Y si uno era mi mano izquierda el otro bien podía ser mi mano derecha, comparación que además confirmaba lo bien que se llevaban, pues una mano nunca estorba a la otra.

Al serle presentada Julia Lúcida alabó su belleza, pero viejo zorro como era, al poco de oír su cháchara, la rehuyó, adivinando la militara, de armas tomar en que la ex ninfa se había convertido. Sí, el tiempo había agriado su carácter. Era muy dada a ordenar en mi nombre a todo aquel que se pusiera a tiro. Decían las gentes de Pandemónium que su vida no era un ejemplo de virtud como correspondía a una matrona tan importante, pero estas cosas no me importaban, y si se consolaba de mi ausencia con mancebos o con veteranos, escasamente podía esto arrebatarme un pensamiento de celos y menos de ira. En Koro, Julia Lúcida tomó a mis hombres como a sus criados particulares, y lo mismo le daba un almirante que un simple marinero, siendo de mi ejército lo tenía a su servicio. No obstante, con Bellatrix fue amable, la muchacha de Oloy era tan sencilla y tímida que a Julia Lúcida le recordaba su humilde origen. Quiso incluso llevársela con ella, pero Bellatrix no aceptó, el puente de la Sultán Onü era ahora su hogar, los oficiales de navegación le tenían gran afecto, y el mismo piloto, que era un fogueado pirata, le enseñaba las artes astronáuticas. También los noor se habían refinado, en vez de sus prendas todo uso, vestían uniformes de mucho realce aunque algo variopintos. Pandemónium se les había quedado pequeño, y el notable que no disponía de una villa en Lamia, la tenía en Oloy u otros lugares más salubres que el planeta negro. Pocos noor servían en la flota de marineros, sino que eran oficiales o navegantes y pilotos, cuando no mandaban su propio navío, quedando las duras tareas para aquéllos recién llegados al Caos. La mejor de todas mis flotas era sin duda la de Almuredín Sidi, compuesta en su totalidad por piratas provenientes de la Banif. El capitán de la Athanatos imponía una rígida disciplina en la línea de las mejores tradiciones Noor. Simón Agrippa le concedía toda suerte de privilegios en los pertrechos, y si una partida de nuevas fragatas tenía destino, estad seguros que reforzarían la flota de Almuredín. Así le pagaba el apoyo que en los momentos difíciles de Pandemónium me había procurado, por lo demás, el banif era un misterio para mí, carecía de aparentes ambiciones y su declarada inexpresividad, quizá fuera el fruto de una personalidad mediocre pero profundamente marinera.

No sucedía igual con otros almirantes, Thalit de Mebsuta por ejemplo, era el más abigarrado de mis comandantes, bravo, amante del peligro y ambicioso, nunca discutía una orden, pero eso sí, tenía el placer de interpretarlas a su manera. Sus capitanes le seguían donde fuera preciso y no dudaba en castigar ejemplarmente a los timoratos. En su flota era obligatorio el saludo naval y la disciplina militar sustituía en cierto modo las tradiciones piratas. En cuanto a Deneb Kaitos, ha tiempo que suspiraba por el mando de una escuadra, no estaba hecho para presenciar los enredos de un estado mayor. Finalmente se encontraba Sad Al Bari, el estrábico banif que a las órdenes de Dun Qarnaim mandaba la peor de mis flotas, situación que no era casual, pues así penaba sus dudas contra mi persona. Mal porvenir tenía en el Caos, además Thalit de Mebsuta y Azrael, sus más fervientes enemigos, sólo esperaban una oportunidad para obligarme a retirarle del mando. Por ello, "el bizco" se encontraba ciertamente desplazado en aquella reunión, y apoyado tímidamente en un rincón fumaba de su skatt tratando de aparentar indiferencia, cosa imposible rodeado de tiburones y siendo él simplemente un marrajo.

Azrael Balic, el príncipe lamiense, y su meteórica ascensión —acababa de ser nombrado gobernador de Lamia por Simón—, eran el centro de todos los comentarios, se mostraba éste menos distante que en otras ocasiones pues no cabía en sí de gozo, tenía el encargo de formar nuevas legiones de infantes de marina.

—Voy a crear unidades de gran potencia de fuego —decía—, reformaré primeramente la veterana Amenti, que quedará exclusivamente constituida por lamienses, después formaré una segunda a la que llamaré Fulgur, o sea rayo y la compondrán lamienses y hombres de Oloy. Pero todavía organizaré otra tercera de nombre Iuana Inferni, es decir: puerta del infierno, compuesta por voluntarios de toda la Galaxia. Llevarán el pabellón en la espalda para evitar que puedan ofrecer esa parte al enemigo.

—¡Eso es lo que necesito! —asintió Dun Qarnaim con energía—. ¡Tropa de desembarco! Tenemos el reino de Gea al alcance de la mano, y es un reino cuajado de planetas y planetoides, con zonas de gran densidad de astros donde podría atrincherarse un ejército, y en lugares así es la vieja infantería la única que puede tener éxito. Porque hemos de conquistar los planetas sin arrasarlos.

Esta velada crítica del hijo del Carnero fue seguida por un cierto silencio embarazoso al que no hice caso, los planes para la batalla que se avecinaba acaparaban todos mis pensamientos. Frente a un gran astrolabio les expuse la táctica que íbamos a seguir:

—Una flota tan poderosa como la enemiga, seguirá la inercia de su aparente poder, navegarán agrupados en divisiones navales, bien cubiertos sus flancos por unidades ligeras y protegidos por pantallas deflectoras. Resultará extremadamente arriesgado acercarse a tiro de misil, condición necesaria para nuestra ventaja y de nada nos servirán nuestros torpedos de larga distancia. Por ello, el primer objetivo es no perder nunca la línea, pues eso es lo que ellos esperan de nosotros, que ataquemos desde todas direcciones y en pequeños grupos para deshacernos con sus columnas. No protegeremos ningún planeta, eso sería un error, para vencer hemos de tenerlos siempre a sotavento, así podremos maniobrar como queramos. Son superiores, es cierto, pero carecen de la experiencia para combatir contra navíos piratas, su moral es la del bisoño, buena hasta antes de oír el primer tiro.

Dun Qarnaim será mi segundo y mandará la Vanguardia, Thalit de Mebsuta el centro, Almuredín las unidades de retaguardia y yo conduciré la reserva. Pero aquí no acaba mi plan, toda nuestra infantería permanecerá concentrada cerca de Axón, pues a la mínima oportunidad, Azrael desembarcará en el planeta Real. Hamal Dabih se encontrará en la disyuntiva de defender su tierra y abandonar la batalla, o dejar la Medina Real a nuestra fogosidad, lo que indudablemente le pondrá nervioso.

—El desembarco será muy peligroso —dijeron—, Axón se defenderá con uñas y dientes y los Amenti caerán como moscas sin haber puesto un pie en el planeta.

—El plan es bueno —confirmó Azrael—. Axón estará desguarnecido, dos divisiones de infantes y el regimiento de la guardia, algunos patrulleros Uhud y las defensas estáticas, nada que no pueda batir la legión Amenti.

—Entonces al combate —dijo Thalit de Mebsuta—. La suerte del Reino está echada.

Antes de salir, Simón me agarró del brazo.

—Has echado toda la carne en el asador, ¿no te asusta su superioridad?

—Si se tratara de un solo ejército no tendría valor para enfrentarme a ellos, pero son dos, y hasta hace muy poco se miraban con hostilidad. Navegan próximos, sin embargo yo se que en la realidad se ignorarán.

—Hay algo en ese ataque sorpresivo a Axón... —añadió—, alguien que se encuentra en la Medina Real, ¿no es cierto?

—Te refieres a Alana.

—Todos tus movimientos han estado siempre condicionados por la cercana presencia de la hetaira.

—Es ella la que se me enfrenta.

—Pero tu siempre aceptas el reto —dijo cansino—. Bien, Martin, estás a punto de pisar la tierra del planeta de los vientos, el final de tu lucha. Estoy sorprendido de tu eficacia.

—¿Qué te ocurre, Simón? ¿No es este también tu viaje?

—Lo era en un principio, aunque cada vez te veo más lejos de mí. Estos últimos años te han cambiado. Pandemónium sólo es un recuerdo para ti y la tropa que mandas en nada se parece a los hombres que despegaron de Noor.

—No te preocupes —le respondí—, la victoria aclarará tus dudas.

La flota embarcó y los almirantes se alinearon según los planes concebidos, ninguno de ellos tenía la mas pequeña incertidumbre sobre el resultado de la confrontación. Se veían como grandes Césares, llegados a la cima del poder y dominando todo el paisaje estelar. Eran señores de la guerra, bárbaros venidos de la oscura periferia cabalgando en fulminantes navíos de insuperables prestaciones. Y yo era su rey.

La escuadra de las naciones convergió no muy lejos de Axón. Potentes naves artilladas de la república de Thubán, maniobremos destructores de los estados Alt, cruceros pesados de la marina axonita, tres veces los efectivos del Caos. La Galaxia contuvo la respiración, sus brazos espirales dejaron de girar, su núcleo luminoso se apagó imperceptiblemente, y en todos los años galácticos de su existencia sintió por primera vez que el fruto de sus senos de leche se encontraba al borde de la locura, y ella, como madre, y las estrellas sus miembros temblaron un poquito, nada notable, quizá sólo para un sabio observador. Los hombres hablaban del final de los tiempos y de las profecías que los hierofantes de las colinas sagradas de Gea hicieran a su hora, y mi nombre repetido mil veces se convirtió en la figura del ángel exterminador, aunque en secreto debo deciros que Simón Agrippa alimentaba estos rumores en beneficio del Caos, porque no hay enemigo más débil que el atrapado en su propio miedo. Pero lo cierto es que aquel año muchas madres abortaron para no tener hijos nacidos con tan malas señales.

Como había prometido, la Galaxia se encontraba dividida por una línea, a un lado, el centro y los poderosos estados Alt: la cultura, la civilización y la tradición de la Ley. En el otro, la periferia, los piratas, los marginados, los protegidos que deseaban dejar de serlo, los rebeldes y los ambiciosos: el proletariado externo contra un centro que vivía por encima de sus posibilidades agostando la periferia. En Axón, las noticias corrían de la mano de gentes llegadas de todas partes: reporteros blancos, aventureros, espías, comerciantes, monjas de la Sagrada Orden salvadas de la quema, sabios y Vigilantes del Gran Anillo. Toda clase de humanidad reunida para contemplar lo que creían la destrucción de la última horda bárbara. La multitud se concentró en las plazas y al ruego de los piadosos elevaron sus cánticos a las estrellas, a la misma Gea, y emocionadas sus garganta, en las salves, para rogar al Uno mi destrucción.

La flota del Caos avanzó en una larga línea, el enemigo, en dos columnas, navegaba decidido a cortar la formación pirata. Primeramente lo hacía la escuadra de Axón bajo el mando directo de Hamal Dabih, y más retrasado el cuerpo expedicionario de las naciones al mando del almirante thubaní Muzda Tubba, unas horas de navegación les separaban. Puede decirse que las posiciones iniciales para la gran batalla estaban definidas. Sin detenerse a más trámites, Hamal Dabih, desoyendo el consejo de sus almirantes se lanzó al ataque. Pocas unidades astronómicas nos separaban. ¡La batalla iba a iniciarse! ordené entonces conectar todas las comunicaciones de la flota pirata, para que mi imagen y mi voz, llegando a todos los navíos presentes, tanto amigos como enemigos, sirviera de prolegómenos a las hostilidades. De pie, vestido de generalísimo noor, dando la espalda al astrolabio galáctico, con una aureola de refulgente luz, un casco de combate orlado en plata, descansando ambas manos en la empuñadura de mi sable Despierto y en el peto el nuevo símbolo de la flota unida: el cráneo de polvo y estrellas. Y el rostro fieramente demudado. Buscando la apostura mas imponente, la voz suavemente endiosada con el eco grave de los escenarios de inmensidad. Así, yo, Martin Dago, conocido por el Cruel, hablé a las tropas, despacio, enfatizando cada palabra y cada gesto:

—¡Piratas del Caos! ¡Marineros y soldados de las fuerzas Noor! ¿Alguna vez se os ocurrió pensar que nada es imposible para el ser humano?, ¿que la inmortalidad se puede aprehender con el pensamiento?, ¿que podéis ser tan altos como las grandes montañas?, ¿tan bajos como la más oscura de las simas? Es entonces señal clara de que me comprenderéis, pues en estos pensamientos se encuentra todo aquello que nos hace vivir, todo lo que deseamos y que inexorablemente se nos ha estado negando. Nuestra grandeza es ahora nuestra individualidad compartida, nuestra miseria queda escondida en el pasado, cuando estábamos presos, lejos de la gloria que hoy le robaremos al Uno, la gloria de ser hombres endiosados, hombres que saliendo del reino de Iblis derriben las puertas del cielo. No tembléis al acariciar vuestras espadas, confiad ciegamente en mí, en mis hados y en mis signos, y a mi voz, atacad dejando a un lado el bagaje inútil, la impedimenta civilizadora de la inconsciente aceptación del estado de las cosas, del sistema y la Ley. ¡Deshaceros del pasado porque es contrarrevolucionario! Vosotros, mis crueles chacales, sois el futuro, la revolución del final de los tiempos, presta para asfixiar al sistema: el presente. ¡Abrid los instrumentos de comunicación, y gritad tan alto que los que nos oyen sepan que habéis tomado partido por vosotros mismos, que la cultura, la filosofía, el arte, el amor y el perdón, son sólo botín y no causa. Y al templar el acero pirata, imaginaos vencedores, pisoteando los cadáveres del enemigo, de todos aquellos que a lo largo de vuestras vidas hubierais deseado matar y no lo habéis hecho. Imaginad que sois dioses, que sois la cólera de dios y la risa del diablo. Y disfrutad, mis bravos guerreros disfrutad al caminar por el sendero rojo de sangre que dibuja sobre el universo la sombra del Caos cuando se acerca el fin.

Y terminadas mis palabras cayó un pesado silencio sobre la flota hasta que de las entrañas de todos los navíos piratas nació la respuesta creciente de miles de gargantas pidiendo al unísono:

—¡Guerra! ¡Guerra!

Como réplica a mi arenga, Hamal Dabih hizo sonar el himno de los Tomii-Arón, pero nadie llegó a escucharlo, porque un ruido lacerante, ajeno a toda máquina y humanidad, un sonido que brotaba del mismo espíritu del Uno, se introdujo en nuestros tímpanos, inmovilizándonos. ¡Era un jadeo estremecedor! ¡No! ¡Un aleteo rítmico!... ¡Alas moviéndose en el éter. Alas inmensas, grandiosas y ectoplásmicas, de un ser que naciendo de la nada surcaba el espacio entremedias de las dos flotas, lento, pausado, como si viniera de un largo viaje. Un gran pájaro de muerte, el ave madre de los espacios buscando sus polluelos que a punto estaban de romper la cáscara de sus errantes huevos, convocado por un millón de combatientes arrebatados de destrucción. Acudía fiel a su leyenda y a su oficio profético, esperando la carnaza, con su enorme pico aserrado, azul y transparente, de fantasma sideral. Alucinación colectiva de hombres prontos a morir. Y en la visión, hipnóticos del trance, los soldados recitaron:

El pájaro que rompe la cáscara del huevo.
El huevo es el mundo.
Para nacer hay que destruir primero el mundo.
Y que el pájaro vuele hacia Dios.

Axón inició el fuego. La flota del Caos viró en redondo para tener al enemigo bajo el viento estelar. El Royal, buque insignia axonita, se lanzó contra la reserva pirata, que por efecto de la maniobra ocupaba ahora las posiciones de vanguardia. Las fragatas piratas se abrieron dejando pasar los destructores de escolta de los cruceros pesados axonitas, volvieron a cerrarse las líneas del Caos y una gran formación enemiga quedó atrapada y a merced del fuego de la flota de Almuredín. Privados de sus escoltas, los cruceros de Axón soltaron sus patrulleros Uhud que en compactos enjambres aproaron sus andanadas contra el grueso de la maniobra pirata encabezada por la Sultán Onü. Allí vino a entablarse un duro combate de incierto resultado, pues si nuestro ardor era insuperable, también la maestría de los cazadores axonitas era digna de elogio, causándonos las primeras bajas. Afortunadamente teníamos en viento a favor y Thalit de Mebsuta pudo venir en nuestro auxilio desbaratando las formaciones de cazadores enemigos y haciéndolas replegarse.

La Sultán Onü tenía algunos impactos en la arboladura, lo que nos restaba prestaciones, pero lo importante era recomponer la formación antes de que el cuerpo mandado por Muzda Tubba nos tuviera a tiro. Entonces Hamal Dabih cargó con el grueso de sus fuerzas, valiente maniobra pero muy temeraria, Dun Qarnaim se adelantó de la formación y les cayó por un flanco castigándoles con sus torpedos de largo alcance, los cruceros de Axón se vieron imposibilitados para cubrir con sus deflectores todos los frentes y varios de ellos sufrieron importantes daños antes de que recibieran la orden de replegarse. Volvimos ambos contendientes a rehacer las líneas y pasar rápida revista a las bajas que eran escasas en los dos bandos. Pero esta primera escaramuza me indicó lo dificultoso de infligir golpes decisivos. Era preciso desbaratar la flota real antes de enfrentarnos a la ya cercana flota de las naciones. Hamal Dabih dudaba entre abrir sus alas o avanzar manteniendo el cuadro. Finalmente se decidió por lo primero, sus divisiones navales variaron el rumbo en algunos grados y se acercaron en un amplio frente exigiendo un combate cuerpo a cuerpo que a la larga nos perjudicaba, dada su superioridad. Se entabló  entonces la lucha a todo lo largo de la flota pirata. Las explosiones sacudían los cascos de las naves. La Sultán Onü que navegaba algo adelantada se batió con desesperación, dos destructores se nos pegaron a la cola empujándonos directamente contra el fuego del crucero pesado Royal, decenas de impactos sacudían el escudo deflector, un patrullero Uhud cargó con ánimo suicida decidido a embestirnos, corrieron las órdenes del puente a las casamatas y los nervios contuvieron las respiraciones hasta que un disparo afortunado lo pulverizó, vinieron en nuestra ayuda dos fragatas piratas y en el intercambio de fuego un destructor fue abatido y el otro obligado a huir.

—¡Avante en línea! —ordené a mis almirantes.

Había que pasar entre los cruceros de Axón haciendo caso omiso a sus escoltas, de lo contrario acabarían por dispersarnos. Fue Thalit de Mebsuta quien mejor lo entendió. A toda máquina se metió en cuña en el grueso de las fuerzas enemigas causando tal desconcierto que los cruceros perdieron la calma creyéndose rodeados por enemigos superiores, dieron media vuelta y dejando a sus escoltas abandonados retrocedieron para toparse entonces con el cuerpo expedicionario de las naciones que en ese momento hacía acto de presencia en el campo de batalla. El almirante thubaní se encontró con la desagradable sorpresa de tener sus navíos operando entremedias de los de Axón y castigados por el fuego de Dun Qarnaim que se había adelantado de la formación pirata. Tan ingente masa de naves enemigas fue un fácil blanco. Almuredín completó el cerco aliviando la presión que mis fragatas sufrían, y lo que podía haber sido la derrota del Caos se convirtió  en una aparatosa confusión donde la torpeza enemiga fue nuestra mejor aliada. Todas las armas piratas fueron disparadas hasta la extenuación, estallaron algunos cruceros llevándose consigo otros navíos cercanos, la flota de las naciones, perdida toda esperanza de rehacer la formación, emprendió la retirada. La escuadra axonita quedó a nuestra merced.

Fue una gran victoria, no por el daño causado al enemigo, sino por haber sido capaz el Caos de enfrentarse en desventaja a la mayor flota de la Galaxia. Hamal Dabih, completamente derrotado, siguió los pasos de sus aliados, pero tal como había previsto, mis almirantes le cortaron el paso. Entregué el mando a Dun Qarnaim y la Sultán Onü puso rumbo al planeta de los vientos hacia donde Azrael ya volaba como un rayo. Thalit de Mebsuta me seguía a cierta distancia con sus fragatas ligeras. Muchas y dolorosas bajas habíamos tenido, pero no era el momento de sumar muertos, el éxito de la batalla estaba en tener a Axón al alcance de mis legiones.

Veinte años habían transcurrido desde que como muchacho abandonara Puppis para correr aventuras que me prometía sin cuento. No habían sido tales, y el regreso tenía en los presentes momentos un regusto de venganza y desagravio. Era un vencedor, un Asarya tenaz e incansable que deshacía el nudo de fuerzas que intereses ocultos tejieron para mí. Que nadie me hablara ahora de profecías y pronósticos. ¡Yo, con mis manos!, con mi pensamiento, había construido mi destino. Y si por ventura estaba escrito, nada desmerecía mi esfuerzo. ¡Al diablo con todos! Yo era el más fuerte.

Las defensas de Axón abrieron fuego. Zarparon los pocos navíos de combate que les quedaban. Eran naves de toda clase, de guerra, sacadas de los arsenales del pasado, y yates deportivos apresuradamente armados por sus dueños. Elevando sus pabellones sin sopesar el fuego pirata que derretiría tan brillantes catafractas. Los destrocé sin piedad, me ensañé con ellos hasta que hubieron de huir dejando el espacio humeante, ionizado de sus partículas fulminadas. Burlando sus defensas orbitales, los autómatas suicidas y sus rayos de muerte, Azrael cayó sobre la capital del reino, la Medina Real. Lugar sagrado, templo de los Tomii-Arón, cenotafio de las intenciones imperiales de Axón. Allí nos esperaba la guardia real, los soldados mostrencos, huérfanos de Axón e hijos del estado convertidos en tropa fanática, mostrencos que nada temían excepto perder el trono que les amamantaba, especie de mamelucos contra el Caos.

Azrael, en el puesto de mando de su saltamontes, sonreía sin enseñar los dientes, dichoso por enfrentarse con hombres de tan renombrado valor. No quise perderme el espectáculo, la sangre se me subió a la cabeza y embriagado de la gloria de mis soldados ordené a Deneb Kaitos aterrizar. Ardía en deseos de pisar la tierra roja y arcillosa de Axón, sentir en la cara la brisa y hasta el viento huracanado con que el espíritu del planeta nos recibiría. Tenía que estar presente en el duelo porque yo era quien lo había provocado.

—De acuerdo —dijo Deneb Kaitos—, pero espera al menos que tenga espacio suficiente para hacerlo sin que nos tiroteen desde todos los lados, y no es por ti, ya lo sabes, es por el navío al que tengo mucho cariño —pero al decir esto enrojecía, porque no sabía mentir.

La flota de Thalit de Mebsuta redujo a cenizas las balizas repetidoras que importaban la energía para Axón. Con el pequeño recurso de sus centrales locales poco pudieron resistir, al décimo día todas las ciudades se rindieron sin condiciones después de haber agotado los mensajes de socorro a su lejana y derrotada escuadra. Los Hamal les habían abandonado. Azrael vino a mí con el planeta entre las manos, radiante su cara de brillos victoriosos y cruel como yo mismo. "Iblis Azrael" lo llamaban sus soldados. La Sultán Onü aterrizó en el astropuerto real y puse mi pie en el suelo de Axón sintiendo el cosquilleo de los vientos ancestrales. El campo estaba sembrado de artefactos destruidos y de cuerpos carbonizados, una escena difícil de olvidar. Desprecié el AVAC que Azrael, temeroso de mi seguridad, pues aún quedaban franco-tiradores escondidos, me ofrecía. Estaba la ciudad casi en ruinas y los incendios surgían aquí y allá entre las detonaciones de los fusiles de asalto y las sirenas de los saltamontes acabando con los reductos de resistencia. Y decidido a llegar al Palacio Real a pie marchamos por las calles y las plazas entre los escombros y los cadáveres. Y en esta andadura, los legionarios que encontraba a mi paso llenaron mi garganta de emociones. Tenían en sus caras las huellas de la fatiga del combate y ennegrecidos por el humo se les resaltaba el blanco de los dientes, y sus arrugas veteranas eran los surcos que Marte tallaba, cincelando cada batalla, cada muerto. Algunos fumaban sentados sobre cascotes y ni los cercanos disparos podían turbar su calma. Leí sus nombres en el pecho y las campañas en que habían participado, y les abracé, y a uno le entregué mi casco, a otro la trenza dorada y también les di mi chip astrolabio, el cinturón de astrogación y las hombreras de mando. Y cuando nada tuve les hablé tomándoles de las manos, porque ellos y yo estábamos unidos por una guerra terrible y mil secretos personales.

Por la avenida de los Durmientes, la serpiente del Caos avanzaba a la sombra de las imponentes masas pétreas de los gigantes eternos que representaban a los reyes Tomii-Arón. Eran estatuas altísimas que en actitud vigilante guardaban los accesos a la Medina Real, encerrando en su interior el espíritu de un rey axonita. A sus flancos se extendían los jardines reales y los edificios menores revestidos de azulejos coloreados. Al fondo se encontraba el palacio y, pese a que ardía en algunos puntos, me impresionó. ¡Era magnífico! Construido cúpula sobre cúpula como un gran castillo fortaleza, las torres laterales apretaban con fuerza las bóvedas centrales, que a modo de terrazas se sucedían unas sobre otras hasta coronar una aguja piramidal que casi atrapaba las nubes. El acceso, una escalera de gran anchura y número de escalones tenía impactos de la artillería ligera, cadáveres de soldados de la guardia real salpicaban las troneras y garitas y hasta las puertas estaban manchadas de sangre.

El dramatismo de aquel acto nos hizo permanecer silenciosos. Alcé los ojos y vi los hieráticos rostros de los Durmientes censurándome por la matanza y la humillación. Veía la ciudad tendida a mis pies, blanca y sembrada de tejados como copas vueltas del revés, trazada de rectas calles y amplias plazas adornadas de jardines alimentados por canalillos y acueductos. Pero de trecho en trecho se elevaban columnas de humo para recordarme quiénes éramos los que hollábamos su belleza con nuestras botas aún sin sacudir del polvo cósmico. Entramos en el palacio, en sus grandes salones, y a los ornamentos se sumaban las esculturas, cuadros y tapices, y arañas de cristal que hacían de todo él una obra de arte. Empero, esparcidos al igual que la belleza, había también desgarrones, muertos, horror y sangre mezclados con soldados bárbaros pisoteando los delicados suelos del santuario Tomii-Arón, sancta sanctorum de aquéllos avezados marineros que después de derrotar al Imperio Groor quisieron alzar sus banderas al rango de pabellones imperiales, creyendo que los ejércitos pueden facturar a su patrón las guerras. Y allí estaban aplastados por una fuerza pirata que sabía muy bien que son las guerras las que dan forma a los ejércitos victoriosos. Hombres renegados de toda Ley, silenciosos, contemplando el último bastión de Axón: la sala del trono.

Oculto estaba éste por los restos de sus desesperados defensores, tiznado de hollín, tenido de sangre mostrenca y también de otras más nobles. Amontonados los muertos en inútil sacrificio, mezcladas todas las sangres para formar un túmulo que impidiera profanarlo. Los Amenti se detuvieron dejando que me adelantara, respiré hondamente y apoyando mi sable Despierto en el suelo leí el lema que grabado en oro coronaba el escudo axonita: El creciente sobre el libro sagrado abierto. Y decía el lema: IN.TE.OMNIS.DOMINATA.RECVMBIT. Lo que quiere decir, "En mí reside todo poder'. Y debajo justo del libro abierto, símbolo de la Ley:

Sacratissimo
Potentissimo et invictissimo
Rex Axoni
Benignissimi.

Durante considerable tiempo permanecí ensimismado, reflexionando sobre los símbolos que los hombres ponen en su vidas y que cual talismanes mágicos deben suplir las deficiencias de su propio carácter. Hoy y cercanos mis últimos momentos, puedo asegurar que existe la magia y la fantasía. ¿No es fantástico el sólo pensamiento de la idea de Dios? ¿No resulta igualmente mágico que un hombre, o una camarilla, gobiernen estados y naciones y aun conduzcan ejércitos, impecablemente formados a la matanza, sin mas razón que la ciega obediencia de los que los siguen? Símbolos y talismanes nos rodean para sostener y entablillar espiritualmente lo que no tiene más excusa que la fuerza. Ciertamente que no conozco magia más poderosa que aquélla que mantiene a las gentes sumisas a leyes y códigos morales, a explotaciones descaradas, a espadas que cuelgan sobre sus cabezas y a vidas llenas de humillaciones e injusticias. Pero la vida como juego y teatro que es, no resultaría sin tales símbolos: fetiches y esperanzas para seguir soñando. Dejen soñar los gobernantes si quieren permanecer en sus poltronas. Cuando las únicas reglas de la vida son el miedo al castigo y los intereses creados, los gobiernos deben inundar al hombre de magia, de ensueños, de símbolos talismánicos. Deben grabar bajo sus tronos las palabras y cábalas que pronunciadas ante el peligro, lo alejen, ¡Gea sabrá por qué! Y porque el Caos no representaba nada de lo anterior, o quizá, siendo sincero, ofreciera la mejor de todas las mágicas ilusiones: "el Cargo". No el trabajo ni la Ley, sino la aparición de la abundancia tomada de las manos del enemigo. Es por esto como digo que nos encontrábamos vencedores por la espada y representando, ingenuos de nosotros la imagen especular, isómera, de lo que creíamos combatir. Pero no debo adelantaros mi pensamiento. Si os soy franco, otras fueron las sensaciones de aquel estremecedor momento.

Azrael se adelantó, y apartando de su propia mano los muertos que estorbaban mi ascensión al trono, dijo:

—Siéntate Martin Dago, Señor del Caos, Generalísimo almirante de la Flota Unida Noor, Príncipe de Lamia, Gran patrón de Koro, Exterminador de Uter, Regente de Oloy, Gobernador de Qubhah...

Y al hacerlo como me pedía, desenfundó  su sable de filo aserrado y rindiéndome honores gritó:

—¡Viva el rey de Axón!

La tropa, único testigo de mi entronamiento, me vitoreó alegremente, contentos de hacerme rey, pues si acaso, ellos también podrían ser príncipes en el reparto.

Al observar la escena en su totalidad, tanto muertos como vivos, se me antojaron fantasmas del pasado, gentes, cadáveres, palacio y trono, que ya había tenido en otro tiempo, no os diré cual pues lo ignoro, pero aseguro que no fue ésta la primera vez que mi alma se sobrecogió por aquel acto. Y aspirando el desolado aire que impregnaba el salón, me alcé como por un siniestro encantamiento recordando el horóscopo que Ella me hiciera:

"A tu alrededor se derrumbarán las construcciones, los hombres desatarán sus bajas pasiones, y tu paso será el mismo andar de la muerte".

La flota axonita se rindió cerca de Procyon, las naciones libres se retiraron tras sus fronteras, Lisia solicitó una alianza con el Caos, y Hamal Dabih y todo su Estado Mayor fueron prendidos. Sin embargo, Alana Claudia no apareció por ningún rincón del planeta. De nuevo, la hetaira se me escurría entre los dedos. No así Julia Lúcida que, dispuesta a seguirme donde hiciere falta, arribó  al Reino en compañía de Simón Agrippa, y llegados al palacio real no se asustaron de los destrozos Y trayendo máquinas vivas e ingenieros los pusieron a trabajar por todos los rincones, limpiando las huellas de la batalla. Y así que terminaron esta labor se vino Julia Lúcida al campamento militar donde dormía y me obligó a trasladarme a la Medina Real. La presencia continua de gentes y el deslizar de las máquinas vivas por los salones me ponía nervioso, no sabiendo con seguridad si quien vivía allí eran ellos o yo. Por otro lado mis pensamientos eran ajenos a todo lujo desusado, encontrándome más a gusto en la parquedad de un cuartel. El único consuelo fue la compañía de Simón Agrippa. Había envejecido el nigromante y sus brazos antaño hercúleos colgaban más flojos, pero todos envejecíamos en esta lucha.

—Simón, Simón —le dije—. ¡Qué sutil es la victoria! En nada se parece a lo que suponíamos, ¿verdad?

—Sí —respondió deteniéndose en uno de lo setos del jardín—. Estamos obligados a edificar un estado sobre las ruinas de un reino derribado, por eso no hay mucha alegría en Axón. Pero no me has mandado llamar para que divaguemos como dos jubilados al Sol.

—¿Y por qué no? Te he mandado llamar porque eres mi amigo y deseo compartir contigo mis penas y soledades.

—Tus soledades, Martin, son siempre las mismas y tus penas se centran desde hace años en la misma persona. No entiendo que novedades dislocan tu pensamiento, Axón es tuyo.

—¡Axón! Parece más un sitio para penar que para disfrutar. Imagina, un hombre se empeña en servirme la comida, otro me aconseja la ropa que debo llevar, y estúpidos senescales tratan de refinar mis modales piratas, pero todo es obra de esa ninfa que se atreve a compartir mi nombre y mi beneficio.

—Es una mujer de valor —ironizó Simón.

—No me agradan tus chanzas —le advertí.

—¿Qué quieres entonces? Si ocupas el trono tendrás que hacerte cargo también de sus obligaciones, toda esa pantomima forma parte de la distancia que un rey pone entre sus súbditos y su persona.

—¡Bah! Soy un rey armado de una espada, y me río y me cisco en la corona y en el mismo trono. Hace unos días sobrevolé las ruinas del monasterio de Puppis, allí hubiera muerto de no haberme salvado un hombre del que ignoro su paradero. También he reflexionado sobre el cofre que contiene las cenizas de mi padre, sintiendo en la piel el frío que despiden todos los recuerdos de mi niñez. Quería llegar aquí cuando estaba en Noor, pero este planeta me deprime, estoy solo e inapetente y no se qué hacer fuera del puente de mando de la Sultán Onü... ¡Te diré lo que quiero! ¡Necesito verla!

—No entiendo para qué. No puedo entenderlo con todo lo que os separa. Amas a una sombra, una imagen de lo que es ella en realidad, una enemiga en definitiva. ¡Pero qué te falta! He oído decir que tienes una nueva amante, los ejércitos se humillan ante ti. Los hombres te adoran, los soldados mueren con tu nombre en los labios y posees el poder más absoluto de la historia de la periferia. Déjala huir, ¿no la has humillado bastante? Ella tiene su vida, y ciertamente contraria a la tuya.

—No lo entiendes, pero la amo.

—No. Tú no amas a nadie, ese es tu mal. Y si tanto sufres, ¡ama maldición!, ama a esa muchacha de Oloy o a Julia Lúcida. ¡Orina de un djinn! ¿No encuentras a tu lado a quien amar?

—¿Lo has encontrado tú? ¿No has terminado tu vida aferrado a una conspiración, al poder de los tejes y manejes? ¿Cómo puedes ahora reprochármelo? ¡Maldito sea el tiempo y las distancias que separan a los hombres sin remisión! ¡Los que hoy son amigos, mañana son extraños hasta en sus olores!

—No es eso, Martin, es otra cosa lo que nos separa. Has llegado al final de una etapa que yo te marqué, y como presentí antes de la batalla que nos ha dado la victoria, tú no puedes detenerte, no puedes descansar porque estás destinado a errar detrás de un fantasma, un fantasma que también empieza a rondarme a mí, pero yo estoy decidido a terminar, no moveré mas hilos a la sombra, ni pasaré las noches tratando de adivinar los movimientos del contrario. Axón será un buen lugar para meditar en paz.

—¿De qué fantasma hablas? —y temblé.

—De todos aquellos que hemos dejado atrás y de los que aún quedan por apartar. ¿Recuerdas la encuesta de Pandemónium? Todas las acusaciones que nos hicieron eran ciertas...

—¡También lo eran las nuestras! —le interrumpí.

—Algunas, sólo algunas...

—¿Por qué me dices eso ahora? —y me sentí vivamente enfadado con él.

—Porque es el momento de pedir la paz, los hombres deben regresar a sus hogares, y contribuir a levantar la periferia. Además, mi misión ha terminado, las fuerzas que empujaban al Caos se pierden aquí, este es fin de los piratas noor, tu flota es ahora la Marina de Axón.

—Todavía queda fuego en mí para emprender otras campañas, y más incluso en quienes me siguen. Pero si lo que quieres es licenciarte, hazlo, aunque antes deberás cumplir una última misión.

—¿Qué quieres de mí?

—Busca a Alana y tráemela. Ella es la paz de mi espíritu y no aventuro mucho si te digo que también la paz de la Galaxia.

—¿Dónde la busco? —preguntó desanimado—. Pertenece a una Orden de innumerables recursos. Puede encontrarse en cualquier lugar del mundo, habitar momentáneamente un alter ego o permanecer escondida mientras buscamos un doble.

—¡Excusas! Posees el mejor servicio de Inteligencia de la Galaxia. Toma todo lo que necesites. Mi primo Hamal Dabih, que fue su amante, ha caído en nuestras manos, interrógalo sin piedad, no me importa. Pero no me digas que es imposible, porque más imposible era sentarme en el trono axonita, y lo he hecho. Y si por ventura ha buscado refugio en Thubán, quiero saberlo, aún deberán mis legiones caminar por las aceras de la capital del mundo. He ordenado a mis armadores la construcción de cien navíos veleros. Azrael Balic está reclutando voluntarios para formar cinco legiones más, y con este ejército nada ni nadie podrá escapárseme. El Caos no acaba aquí, mi querido Simón, el Caos está en mí.

—¡Iblis se lleve al Caos! —respondió agitando sus manos sarmentosas—. El Caos iba a cambiar el mundo pero ha sido éste el que ha hecho del Caos su juguete. En verdad, Martin, que a veces dudo de tu cordura, te ruego que desistas de esta misión. ¿Cómo puedes esperar que te ame después de los años que llevas retorciendo lentamente su cuello?

—¡Y eres tú, quien me dice esto! ¡Llevaré el Caos a toda la Galaxia, a todos los rincones! No encuentro razones para detenerme aquí. Implantaré el código pirata en todos los planetas del mundo, acabaré con la economía de la mercancía y de la venta, el hombre volverá a trabajar con sus manos y la tecnología y la ciencia serán aliados, no carceleros. Los hombres nadarán en la abundancia porque sus necesidades de subsistencia disminuirán radicalmente, y todo lo accesorio y esclavizante desaparecerá como por ensalmo, aboliré la esclavitud de los espíritus, esa trama odiosa será enterrada para siempre. Y si me comprendieras realmente en vez de horrorizarte, correrías a encontrarla y no me abandonarías ahora cuando más te necesito.

—Dudo que hayas necesitado nunca a nadie. Qué ciegos hemos estado todos los que te observábamos. Preparé para ti los mejores planes, te hice estudiar, navegar con los capitanes, más probados, te aparté de las trampas, pero nunca pude prever que ella tuviera más poder que nadie sobre ti. A cada uno de sus movimientos reaccionas aplastando mundos enteros, de sus emboscadas haces victorias, de sus fugas nuevas campañas. Tienes razón, Martin, la buscaré, sé que es ella la única que puede detenerte, evitar que la Galaxia se hunda en la más espantosa anarquía en beneficio de aquéllos que juegan con el futuro de la humanidad. Y lo haré también porque así me redimiré del mal que he podido causarte.

—Simón...

Pero dio media vuelta y se alejó dejándome lleno de dislocados pensamientos, quien había sido mi hombre de confianza era en realidad un desconocido

Con su partida y sabiendo que no descansaría hasta hallarla, subió a mí la alegría de la esperanza y reconfortado me atreví a pasear por el palacio y asomarme a los balcones y terrazas para admirar los días soleados y las brisas y vientos del Sur. Había vuelto la paz al planeta y las gentes aunque tímidas circulaban por las calles comprobando con alborozo que sus casas no eran objeto de saqueo y que la ciudad estaba limpia de soldados. El nuevo orden en nada se hacía notar, lo que era así por mi propio gusto. Y esta falta de disposiciones, de nuevas leyes o impuestos molestaba a los pronombres de la SBHAC que ya se habían instalado en el planeta. Por ello vinieron a visitarme de la mano de Julia Lúcida, para rogarme un gesto de paz con el que iniciar mi reinado.

—¿Qué gesto? —les pregunté.

—Un gobierno nacional —respondieron—, un gobierno que incluya notables Tomii-Arón —y de estos últimos traían algunos supervivientes Asarya dispuestos a colaborar con el Caos.

—¿Un gobierno nacional? —grité—. ¡Un gobierno de los mismos para que todo siga igual!. ¿Acaso me tomáis por un idiota? ¡El Caos es el gobierno y yo soy su pontífice. No habrá más leyes ni contratos que obliguen, salvo los que un brazo o una lengua sean capaces de arrancar.

—Pero Dago... —dijeron temerosos—, esto no es Pandemónium, aquí es necesaria una línea de comportamiento social.

—Es cierto —reconocí mientras me sonreía con cinismo—. He aquí el primero y único artículo del Gobierno del Caos: Toda persona que por acción u omisión, palabra o gestos atente contra el nuevo poder establecido, será pasada por las armas, sin previo aviso ni identificación. Y eso empieza por concerniros a vosotros, mis queridos y enriquecidos Noor.

Y viendo mis ojos desorbitados salieron perseguidos por las carcajadas de Azrael que se reía, no de mis palabras, sino de sus carreras.

Me acerqué a Bellatrix que al igual que yo se aburría entre tanto decorado y servidores reverenciosos.

 —¿No empiezas a echar de menos las luces del puente de la Sultán Onü?

—Donde vaya la Sultana —así llamaba a mi fragata insignia—, iré yo —respondió .

Mas Julia Lúcida, que había permanecido callada, se plantó ante mí como quien regaña a un niño, diciendo:

—¡Martin Dago! Rey del Caos o emperador de las tinieblas, como quieras. Has conquistado este planeta, y ahora cuando los vientos de paz soplan para su pueblo, quieres continuar la guerra. Pero por todo lo que llevo en mi corazón que no será así. No habrá más barbarie mientras yo esté a tu lado. Formarás ese gobierno para que este planeta prospere como se merece.

—¿En qué me diferencio entonces de los anteriores? Yo represento al Caos.

—¡Estás loco si te has creído ese papel!

—¿Loco? —gemí—. Los Noor hemos conquistado esta parte del mundo y no necesitamos más código que el caótico, y cuando ni uno solo de los planetas de la Galaxia desconozca su significado podremos descansar, habremos batido la civilización de la Ley, y los supervivientes serán hombres libres y dispondrán de inmensas praderas de libertad donde convertirse en dioses.

Y volviéndome hacia Azrael que asistía a la escena en silencio, le dije:

—¡Díselo tú!, explica que es necesario llegar hasta el final para que nunca el hombre reinicie esta equivocada andadura que hemos padecido durante milenios.

—Nada entiendo de leyes —respondió el lamiense—, ¿mas, qué importancia tiene eso? Forma un gobierno adicto, un gobierno que sea el instrumento de nuestros deseos, y dediquémonos a cosas más acuciantes. Los Alt se rearman a toda máquina. Muzda Tubba repara su flota en las cercanías de Metatrón. Es necesario relevar a las tripulaciones de muchos navíos, o se volverán espontáneamente a sus puertos. Y para todo eso se necesita de los hombres que manejan el crédito. ¿Para qué derogar leyes o crearlas nuevas? ¿Acaso no se pagaba en Axón, la traición y la conspiración, con la muerte?, ¿no estaba penado con la cárcel el robo, la rapiña y el desmán? Dejemos pues el país como está y si acaso aumentemos los impuestos de guerra.

—¡Por los seres planos! —contesté llevándome las manos a la cabeza—. ¡No habéis entendido nada! ¿Creéis que se puede conquistar un reino para dejarlo como está? ¡Yo soy un revolucionario! ¡Un hombre armado de una verdad! Deseo destruir el sistema cualquiera que sea su forma de estado, aniquilar la civilización, la raíz misma del hombre galáctico desde el día en que la realidad se interpuso entre mis anhelos y los hechos. ¡Los hombres pueden vivir sin leyes! Lo sé, aquí en mi corazón está enterrada esa garantía, vivir basados en el respeto, en el honor y el prestigio de su verdadera identidad, en lo que cada uno es y realiza sin tabúes ni prejuicios, sin nada que les obligue a odiarse.

—¡Pues entonces, Martin Dago! —dijo Julia Lúcida cansada ya de la discusión—. Has escogido mal tu carrera. Quien lleva la muerte a su paso nada puede construir salvo pilas de cadáveres. Tus palabras son el delirio de un megalómano que debe justificarse.

—Comprendo —repuse irónico—, encuentras mejor que haya llevado a la Galaxia a la guerra para vaciarle los bolsillos y disfrutar del botín.

Y en estas palabras la lengua de Julia Lúcida se anudó sobre sí misma, bajando sus ojos al suelo forrado de blanca lana.

—¡Oh! —gemí—, desearía no haber pronunciado ninguna palabra en mi vida. Todo mi pasado se deshace ante mí como barro seco. ¿qué voy a decirles a mis soldados? ¿cómo mandarles al combate si estoy lleno de dudas? Vosotros sois mis cómplices, ¿no os enturbia el sueño la sangre derramada?

—Soy un soldado —respondió Azrael sin inmutarse—, y un buen soldado no debe hacerse preguntas de ese tipo.

Su respuesta me pareció  tan cínica que le ordené salir.

—¡Fuera! ¡Maldito lamiense sanguinario! ¡Márchate con ellos!

Y luego que se hubo ido, caí sobre la alfombra atravesado por debilidades que no era capaz de entender. Julia Lúcida puso sus manos sobre mis hombros y acariciando mi pelo me habló  suave, relajante:

—¿Qué buscas Martin?, ¿todavía sueñas con ella?, lejana, imposible... Ámame a mí que siempre he estado a tu lado.

Y pasando mi brazo por su cintura caminamos enlazados hacia los dormitorios, ella apoyaba su cabeza en mi pecho y sonreía. En la oscuridad y teniendo sus manos bien apretadas entre las mías musité:

—Forma un gobierno, sólo te pido que no sea gravoso para el pueblo.