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Dago el Cruel

LIBRO SEPTIMO Y ULTIMO

- XVIII -

El reportero blanco. La tregua. El síndrome del hombre armado. La coronación. El banquete. El brindis. El atentado.

Ellos, derrotados, me contemplaban asustados, trataban de mantener la dignidad de sus antiguos cargos. Hamal Dabih respiraba con cautela, alto el pecho, recta su espalda, ancho el cuello de los Hamal. No tenía miedo, su mirada era casi ofensiva, como terco enemigo que busca su final perdida la batalla. Estábamos en el astropuerto real. El viento soplaba frío y traía consigo algunas gotas de lluvia clara. Las cristaleras de la sala nos preservaban de la inclemencia. El grupo de importantes prisioneros iba escoltado por carneros espaciales, los fieros hombres de Dun Qarnaim. Venían de la vecina Gea y miraban los desperfectos no sin cierto asombro.

—¡Oh Clavis Axoni! ¡Sceptrum Domus Hamali! —dije, y esta frase que era el inicio sagrado del juramento que un día Hamal Dabih realizara para acceder a la regencia, le despertó de su altivo letargo.

—Aramiel Asarya... —musitó  para sí.

—¡Martin Dago! —repuse corrigiéndole. Durante segundos nos miramos.

—Te regalé un imperio a cambio de una pequeña ayuda —le reproché—, no me la diste sino todo lo contrario, ahora todo es mío, más incluso de lo que tu corte ambicionó. Quizá no deberías haber sobrevivido a la destrucción de Puppis, has subido muy alto pero ahora no eres nada.

—¿Cuál es mi pecado? —preguntó.

—La mala suerte. Otros lo llaman sino.

—No estás en tu sano juicio. Tu imperio es cosa de asesinos bárbaros y terroristas. No sois más que un extraño cuerpo negro que circula por la Galaxia tapando la luz de las buenas estrellas, un eclipse pasajero que pronto desaparecerá.

—Te equivocas, soy la expresión de algo tan universal que su nombre es conocido por todos: soy un salvador por la espada, un verdadero Madhi.

—¡No! —respondió con fuerza—. ¡Sólo una bestia indigna de la sangre Tomii-Arón!

Le abofeteé con vigor. Sorprendido, juntó  los tacones y alzó la barbilla. Fue un gesto digno, el de un hombre ofendido que se cree superior.

—Mucho ha crecido tu valor desde que nos despedimos en Koro —dijo desde atrás uno de los presos que acompañaban a mi primo.

Era un hombre de raza blanca. Al dirigirle la vista se sonrió y dio un paso al frente para que le distinguiera perfectamente.

—¿Quién eres tú y de qué despedida hablas?

Los soldados, bruscos como conviene a su oficio, le zarandearon. El alt cayó  al suelo y recibió  algunos golpes antes de que ordenara a la tropa aquietarse. Se trataba de un hombre flaco y nervudo, de rostro anguloso recortado por prominentes pómulos, apenas tenía mentón, y la nariz, grande y larga, corría limpiamente desde las cejas hasta el afeitado bigote. Su perfil era el de un hombre de escasa consistencia, empero, sus antebrazos surcados de fuertes tiras musculadas y sus manos construidas de poderosos tendones, desmentían esta primera impresión. Al hablar dejaba traslucir la vitalidad y el desenfado que poseen aquellos hombres que han resuelto su ecuación vital con la sencillez de su misma incógnita.

—Dime, blanco —repetí—, ¿quién eres tú?

—Mi nombre te fue revelado ya hace mucho tiempo. Entonces eras un muchacho tímido y deseoso de aventuras.

Y se levantó  limpiándose la sangre de sus labios con un pañuelo. Pero como no cayera en su acertijo comencé a impacientarme.

—¡Iblis te maldiga! ¿Hablarás de una vez?

—Mi nombre —dijo— es Giován Bruno, pero en otro tiempo fui para ti simplemente el Buhonero.

—¡El Buhonero! ¡Mi salvador!... ¿Y en tu verdadero cuerpo supongo?

—Tal como soy.

Recordé su figura rechoncha, gruesa de carnes y repleta de suaves maneras, amable y a veces ácido. ¡Giován Bruno! Mi primer amigo. Allí estaba, en el cuerpo de un blanco larguirucho, un infiel y cautivo. Se sonreía mientras le miraba. ¡Oh, Gea!, mi corazón se alborozó, había reencontrado a un amigo.

—¿Pero qué haces aquí? —le pregunté.

—Soy republicano, ya lo sabes, aunque mi verdadero oficio es el de reportero. Corría detrás de la noticia cuando fui capturado por tus hombres.

—¡Un reportero! ¡Fantástico! Un hombre ávido de sucesos, pegado a la línea del horizonte, oteando el futuro. Me alegro de haberte apresado —y me reí—, ahora servirás a mis agencias de noticias. Te daré un buen reportaje, te enseñaré mi palacio y conocerás a los hombres del Caos en persona.

—Soy tu cautivo.

—¡Tonterías! Mis amigos nos son cautivos. Puedes tener tus ideas, pero nunca serás mi prisionero, eres mi amigo.

—¿Y ellos? —preguntó señalando al resto de los vencidos.

—Sólo quiero una respuesta —y dirigiéndome al hasta hacía poco rey de Axón le inquirí:

—¿Dónde está Alana Claudia?

Levantó  su cabeza Hamal Dabih, tomó  aire y muy fijos sus ojos en los míos, dijo:

—Ella es libre, navega por el universo completamente libre. No la atraparás jamás. Su corazón pertenece a la Galaxia entera, y en él ciertamente cabe toda la humanidad. Es una mujer a la que la luz estelar baña continuamente, dándola, como a otras diosas, vida eterna. Renace en el interior de los hombres y a cada tiempo aparece para levantar la voz de las gentes. Es tu enemiga, a quien nunca podrás siquiera tocar. Pero no sufras, no te odia, siente infinita compasión por el asesino de Jumo Abubos, el hombre que templaba su mano en la naturaleza, el último humano capaz de correr de tras de un cometa, el fin de una época muerta de tu brazo, de tu locura.

—¿Qué sabrás tú? —le respondí dolido—, hablas de cosas que ignoras, y tu lengua poco vale ya en Axón.

Y ordené a los guardias que los prisioneros fueran conducidos a sus calabozos excepto Giován Bruno. El Alt se acercó un momento a Hamal Dabih y tomándole de las manos lo miró con esperanza. Confía en mí, le dijo, confía en mí.

Giován Bruno descansó durante horas, largas horas de espera en las que paseé solitario por los Jardines, y a cada trecho la impaciencia me consumía. Y así hubo Giován Bruno descansado, comido, bebido, y teniendo en su poder los instrumentos de su oficio, se sintió  más reconfortado y libre que cautivo y respondió a mi pregunta.

—¿Qué opino del Caos? —dijo—. Habéis ganado una batalla pero no la guerra, los pueblos siempre vencen a los tiranos.

Como no estaba acostumbrado a la crítica dura y sin tapujos, interiormente sus palabras me sentaron mal.

—Tengo la Galaxia en mis manos —le respondí—. Axón es la prueba de ello. Mis almirantes conquistan todos los días nuevos planetas en Gea. El pueblo blanco no posee el vigor necesario para combatirme. Cinco legiones marcan el paso en los campamentos de Lamia. Mis almirantes no tienen rivales. Los hombres de brazo templado están a mi lado. La República no es el pueblo, pues éste no es más allá de lo que representan muchos hombres juntos y sin valor. Pueblo, protegidos, chusma, plebe, masas, ¡palabras! Nada ni nadie les representa aunque todos reivindiquen está labor. Los hombres sólo son libres por las armas o por la sabiduría. Yo he dado la espada de la victoria a marineros, soldados, mercenarios, comerciantes, piratas y protegidos. Son libres porque son amos, dueños de su destinos, poseedores de identidad. La República es la espita que abren los poderosos cuando algunos hombres torturados, cierran el puño dispuestos a morir luchando.

—Ciertas son algunas cosas que dices. Ellas te han llevado donde estás. Las gentes que las creen, las ven buenas, valederas y cargadas de razón. ¿Pero qué gentes son éstas que aceptan al Caos por sistema? ¿No son acaso las más bárbaras, las más salvajes? Las verdades se pierden cuando aparece nueva luz sobre las cosas. Para mí la República es esa luz que camina en la vanguardia. El progreso que hará de los hombres más sabios y más prudentes, apartándoles de la bestia primigenia. El Caos es la noche tenebrosa, y tú, su peor y más negra luciérnaga, una vuelta atrás, otra de tantas, remozada y abrillantada de nuevos argumentos, con un líder, creído de ser el mismo diablo, el antidios.

—¿Diablo? —respondí. Y me reí con ganas, sus comparaciones eran graciosas.

—Tengo un general —añadí—, que anuncia la muerte con su nombre. En cuanto al progreso, ¿qué es eso?, ¿tener más?, ¿saber más?, ¿qué todo esté más repartido?, ¿que el hombre conozca y domine el universo en su totalidad?, ¿que el hombre sea más feliz cada día? Cuatro mil años de civilización me gritan que progreso es sólo una palabra en la boca de los poderosos, el adelanto de la sutil esclavitud.

—Te diría —contestó conservando la calma—, que progreso es identidad, tolerancia, concordia. Pero no te falta razón, cada intento de la humanidad de sacudirse la miseria y la incultura, ha sido rápidamente aprovechado por gentes sin escrúpulos, para en nombre de lo buscado, implantar su propio poder y medrar así con la categoría de los salvadores. Pero eso no quiere decir que sea imposible alcanzarlo, de hecho los pueblos avanzan pese a su gobernantes. No es válido abandonar la lucha porque el poder corrompa. Los revolucionarios no pueden rehuir este combate nunca, es oficio de hierofantes y de libertad contra todos aquellos que como tú, llamado con propiedad "el Cruel", no se diferencian en nada de la calaña de políticos y reyes que dicen combatir. Los tiranos siempre alcanzan su poder, asesinando, destruyendo, incendiando. Y para ocultarlo, hacen sonar sus ufanas fanfarrias, las marchas de guerra que creen gloriosas, así como sus arengas ampulosas y vacías. Pero es la sangre que riega las plazas la mejor señal de su condición.

Durante días medité sobre las palabras de Giován Bruno, no eran sus argumentos, más emocionales que contundentes, los que me llenaban de dudas, era una esotérica sensación del pasado, como si estuviera obligado a creerle por la ascendencia que tenía en mi ayer, y además, me resultaba grato discutir con alguien tan idealista. Lo contradictorio de esta reflexión os llevara a pensar que siendo un hombre de mis características sólo la locura podía hacerme dudar de las convicciones que animaban mi imparable ascensión. No era la vesania de mis actos ni el remordimiento. Os diré que Giován Bruno me deslumbró, ¡qué poderosa calma, qué templanza la suya! Algo muy fuerte y verdadero anidaba en la persona del reportero para tener tal fe en sí mismo. Le admiré y le envidié, queriendo tenerle siempre cerca pues sus palabras medían a veces el valor de mi infortunio. No cesaba de repetirle que era libre, que gozase de la vida, pero cuando me pedía regresar a Thubán, cerraba yo los puños, irritado de que no aceptara de grado mi compañía, y abandonaba el lugar. Entonces Giován Bruno se encerraba en sus habitaciones y escribía horas y horas, quizá de mí y del Caos.

También, Giován Bruno, aclaró algunas zonas oscuras de mi infancia, y supe, no sin cierto sobrecogimiento, que fue La República quién intentó mi muerte allá en Puppis, cuando los piratas Anaquim arrasaron el Monasterio. Y que el papel inicial del, entonces, Buhonero, hubiera consistido, de no mediar mi determinación en fugarme, en colocar una señal guiadora para los mísiles Anaquim, que garantizara el atentado. También supe que me ayudó a escapar por su propia voluntad, es decir, que habiendo llegado para asegurar mi muerte, aseguró mi vida.

En aquellos días volvió la paz a Axón, y viendo como el pueblo levantaba sus casas derruidas y los mercados abrían sus puertas y se llenaban de gentes hambrientas y deseosas de vivir, comprendí que por mil veces que se derribe a un pueblo, mil veces levantara la cabeza de la misma manera. Y en esta condición encuentro la única virtud de las masas. Julia Lúcida tenía formado un gobierno, pero en él se miraba más por el beneficio de los poderosos que por el pueblo de Axón. Y si yo decía: reducid los impuestos sobre los ciudadanos. Ella me traía gentes entendidas en economía que me daban una conferencia Criden de la que nada entendía, llevándome a pensar que sus bocas estaban compradas. Por ello, cada día que pasaba dejaba estos asuntos en manos de la ex-ninfa. Se anunció una tregua en los frentes, los Alt deseaban la paz y la República bastante tenía con fortificar sus fronteras a los asaltos del Caos. Recibí estas noticias con indiferencia, las nuevas que verdaderamente esperaba nunca acababan de llegar. Simón Agrippa alargaba el tiempo entre sus comunicados, ora desde Bhenesa, ora desde Milta u Ofiuco.

Regresó Thalit de Mebsuta terminada su campaña en Enoch. Sus navíos veleros descendieron atronando la paz de la capital, y como eran soldados que volvían de la guerra, quisieron impresionar los corazones de los humildes y agitar si era posible el pecho de las hembras, así gustan de la vida los soldados, aunque rompieron todos los vidrios de la ciudad. Thalit de Mebsuta portaba un uniforme blanco como la leche con los galones de Capitán Almirante, ganados por su valor en la batalla del Fantasma Alado. Se cuadró ante mí, en la gran explanada afín al astropuerto, calientes aún los motores de sus naves y rodeado de toda la tropa. Y luego, se inclinó con el gesto que sólo se debe a un Legis Imperator, y ante mi asombro la marinería y la tropa lanzaron sus cascos al aire y gritaron mi nombre varias veces.

—Sire —dijo Thalit—, la tropa no ignora que hemos conquistado un imperio.

Se oyeron entonces tambores y flautas en aproximación, era la legión Amenti desfilando en formación. Deslumbrantes sus uniformes y al viento el pendón del dragón negro lamiense. Llegados a la altura de los navíos, se detuvieron y me aclamaron por tres veces. Y existiendo cierta rivalidad entre la armada y los infantes, se acercaron los oficiales Amenti con Azrael Balic a la cabeza, desenfundaron sus sables aserrados y arrodillados los cruzaron sobre el suelo para formar un círculo plano de hojas aceradas al que se unieron mis capitanes Noor, instándome para que me subiera sobre las espadas, porque me iban a elevar sobre sus cabezas y convertirme en el más poderoso emperador de todos los tiempos. Y así lo hice. Alzaronme a pulso y la tropa rompió la formación y se arremolinó a mi alrededor disparando sus armas de fuego y de rayos, llenando Axón de sus gritos de hurra y de las detonaciones de sus armas. Y gritaron los capitanes: ¡En el nombre del Caos te erigimos emperador!

De esta manera, mis soldados hicieron de mí precisamente aquello contra lo que habíamos luchado, ciertamente que les complacía más ser soldados de un imperio que piratas o mercenarios. Y el gobierno de Axón buscó apresuradamente una fecha para mi coronación como rey legítimo. Los agentes de Julia Lúcida se disfrazaron de protegidos y esparcieron rumores diciendo a las gentes: ¿quién puede detener el destino de un hombre? Se han cumplido las profecías y aquél que un día huyó ha regresado para hacer el Reino más grande. Y para nada nombraban al Caos, poco a poco esta palabra era mal vista por las gentes decentes y sólo la marinería, en las noches axonitas, borrachos de nostalgia, cantaban con voces graves viejas canciones Caóticas. Y las meretrices que los consolaban se estremecían al oírlas.

Vinieron al magno acontecimiento hombres de todas las posesiones y territorios conquistados, en navíos de vela o convencionales, en rápidos ultracohetes o en cruceros comerciales. Provenientes de Koro, de Oloy, de Lamia, de Qubhah, del reino vasallo de Lisia, de Karneios, Armistán y del recientemente conquistado reino de Gea, y eran turistas curiosos, nobles arruinados dispuestos a colaborar con el nuevo orden y acaudalados Noor. Pero entremezclados llegaron también espías republicanos y agentes alt, y como no, los sicari, los hombres del puñal.

Asimismo arribó a Axón, Dun Qarnaim con sus carneros espaciales, llenando todavía más de color las calles de la capital. Me encontraba despachando asuntos concernientes a la coronación con Julia Lúcida y sus ministros y se hallaban presentes todos mis almirantes y generales, los notables Noor y otros poderosos aliados al Caos, e incluso Giován Bruno, en algún sitio, fumaba tranquilamente su tabaco thubaní.

—¡Bien venido General Almirante, vencedor y comandante de todas mis flotas! —dije a la entrada del hijo del Carnero.

—Grande es mi alegría —respondió—. Tiempo hace que la distancia se interpone entre nuestras palabras.

—¡Vengan servidores y lacayos! —exclamé—. Y fuera de mi vista asuntos y máquinas, traed comidas exquisitas y bebidas para mis almirantes. Y riamos mi buen general, riamos porque hace tiempo que mantengo mis labios pegados el uno al otro.

Y luego explicó como había conquistado el reino de Gea introduciéndose entre sus defensas orbitales y desembarcando las legiones sin apenas bajas. —Una tregua nada más —afirmó— ellos también lo saben. Necesito más crédito y más navíos si quieres mantener este reino bajo tu cetro.

—¡Ah, amigo mío! —le respondí—. Esos menesteres son cosa de mis ministros. Ahora tengo un gobierno de funcionarios que se ocupan minuciosamente de estas cosas, y a cada asunto, te aseguro, le sacan el beneficio que ni un comerciante Zaqib encontraría. Con ellos debes regatear.

El hijo del Carnero que en el fondo despreciaba todos los civiles, se enfadó.

—¿Cómo has podido dejarte hacer eso?

—Sí —afirmé—, En toda guerra hay tres clases de personas: los que las sufren, los que las hacen y los que se benefician.

Y Dun Qarnaim lanzando miradas furiosa a Julia Lúcida y sus acólitos, paseaba de lado a lado del salón. Llegado a la altura del reportero blanco que le observaba con interés, seguramente había oído hablar de él, se detuvo súbitamente y gritó:

—¡Conozco esa laya de buscones! Se cuelan en cualquier parte y los temo como a la peste, hablan y hablan de las virtudes militares, nos adulan una y otra vez hasta que consiguen sus prebendas, pero en realidad son tan peligrosos como agentes republicanos.

Giován Bruno permanecía atento a las palabras del general almirante, y aunque no se encontraba a gusto entre tanto militar, su espíritu reportero afloraba para captar cada palabra y cada gesto de la corte del Caos.

—A estas alturas parece tonto preguntarse por qué lo he consentido —dije—. Son otras cosas las que me preocupan, el sentido de esta guerra por ejemplo.

Todos me miraron como si estuviera atacado por alguna locura. Y Dun Qarnaim poco amigo de bromas respondió:

—En verdad Dago que no te entiendo, no soy un hombre que disfrute de la pláticas de salón, soy un militar, hago campana para hacer fortuna en las armas, uní mis fuerzas a las tuyas convencido de la oportunidad que ofrecíamos a la olvidada periferia. Hemos triunfado, ¿a qué viene ahora tanta pamplina?

—¿Hemos ganado, dices? —repliqué—. Yo he perdido esta guerra, luchaba creyendo que una vez en la cima, podría contemplar el mundo y mover esta pieza aquí y aquélla allá y ponerlo a mi gusto. Pero llegado tan alto como imaginé, me encuentro cansado y me falta el aire. Al mirar al suelo, las brumas cubren la tierra y los hombres se mueven a su antojo a pesar de mi ejército y de mis victorias.

—Es posible —reconoció Dun Qarnaim mientras bebía de una copa de las exquisitas piezas de la vajilla real—. Quizá tú no eres un hombre que vea colmada su medida con simples honores militares, pero eso entra dentro de las infelicidades que llenan el espíritu humano y nada tiene que ver con la guerra, con los hombres que empuñan las armas por vocación.

—¿Por vocación? —dijo Giován Bruno tomando la palabra impensadamente.

Los presentes le miraron con cautela, desconocían su verdadera influencia a mi lado y sabiendo de su procedencia le rehuían.

—¡Por vocación! —insistió el hijo del Carnero con cierto desprecio—. Hombres que toman las armas para hacer la guerra contra el enemigo opresor: el Centro, la República y los estados Alt, y que solamente terminará cuando sean aniquilados.

—¿Y cuáles son las razones que os llevan a combatirlos? —le preguntó Giován Bruno apartando la pipa de su labios y expulsando el humo con fuerza, única expresión del ardor que le recomía por dentro.

—¡Ellos son una amenaza para la periferia y para el Caos! —dijo Dun Qarnaim remarcando cada palabra.

—Siento disentir, General Almirante —proclamó Giován Bruno tratando de aparentar calma—. Pero opino que quien verdaderamente amenaza a las gentes son siempre los hombres armados. Los hombres armados de pistolas, cañones, navíos y bombas, que siempre dicen que llevamos al mundo por mal camino, un mundo que no les gusta porque no se ajusta a su medida. En realidad esto es mentira, amenazan porque están armados, porque tienen las armas con que en teoría deberían defender a los hombres indefensos, pero al recibirlas, armados ya, se convierten en una burocracia deseosa de ampliar su influencia, de implantar sus leyes. Estudian los hombres armados para matar a otros seres humanos, en grandes centros, donde el asesinato en masa, es contemplado como un arte, una honorable dedicación, pero también esto es mentira. No hay nada honorable en aprender a manejar las armas, ni siquiera alegando la defensa de la patria, ¿pues quién amenaza sino hombres armados igualmente que sólo se diferencian de sus homónimos en el color del uniforme? Los hombres armados están hoy divididos en dos grandes equipos, los que dicen defender a los pobres y los que pretender proteger la libertad contra la barbarie, pero también es mentira, lo que defienden es sus propias burocracias militares. Los hombres armados cualquiera que sea su equipo, dicen:  "Si no estás conmigo estás contra mi". Y tienen razón, un hombre armado está siempre en contra de un hombre desarmado, pues teniendo precisamente un arma le amenaza y puede matarse. Además, un hombre armado no trabaja, hay que comprarle las armas, alimentarlo y cuidarlo, con la incierta recompensa de su amenaza, pero aún hay algo peor, las guerras no se resuelven entre los hombres armados como era de esperar, sino que los estados reclutan hombres desarmados para que se maten entre sí a las órdenes de los profesionales de la matanza. Después, los hombres desarmados que fueron armados para matarse en terribles carnicerías que "honran" a los generales, son desarmados y mandados a sus casas, donde nuevamente serán amenazados por los hombres armados.

Cuando Giován Bruno calló , mis almirantes dudaban entre aceptar su desafío y responderle como se merecía, o darle manifiestamente la espalda. Finalmente buscaron en mí la pauta de su comportamiento, pero yo, sorprendido por tan duras palabras, no acertaba a articular ningún pensamiento, y cogiendo del brazo al reportero blanco, lo saqué de allí antes de que mis almirantes le causaran ningún mal.

—Ha sido un gran discurso —le dije—, no por sus verdades, de las que habría mucho que hablar, sino por su valentía, y eso en el cubil del Caos, tiene un mérito que te sobrevalora a mis ojos.

Fueron anunciadas a toda la Galaxia las ceremonias de la coronación, y el pueblo de Axón, bien como curiosos, como amigos o como enemigos, salió  a las calles para que la brisa revoloteara sobre sus cintas de fiesta y los caballos piafasen al paso chulapón. Reporteros de todos los canales instalaron sus instrumentos tresdé para transmitir los festejos. Sastres artesanos fueron requeridos con urgencia para la confección de miles de trajes y uniformes que los invitados y los notables portarían, mis hombres se negaban a llevar vulgares confecciones de factura automática. Las espadas fueron doradas, las dagas enriquecidas con piedras preciosas y aguamarinas, el cuero animal fue sustituido por las pieles caras, y los gorros marineros encerrados en los arcones dejando lugar a los cascos bronceados y empenachados. Todo Axón se lavó la cara en aquellos días, y las ruinas que aún mostraban a las gentes como habíamos llegado al poder, fueron discretamente cubiertas por toldos sobre los que Julia Lúcida ordenó esparcir flores.

Con todo, antes del día señalado hube de resolver un asunto que no admitía más espera. No podía coronarme mientras Hamal Dabih continuara preso en las mazmorras de la Medina Real. Mandé traerlo a mi presencia y también traer comida y vinos. Y mientras el Hamal se reponía de las fatigas sufridas en prisión le observé desde unas cortinas. Para mis adentros buscaba una solución justa a su infortunio, al rato hice acto de presencia y sin detenerme a más saludos le dije:

—Mientras comes debo decidir tu futuro.

Se alzó de las viandas y tragó rápido el bocado que aún tenía en la boca, abrió los ojos y esperó. Pero yo me escancié una copa de vino y le indiqué con la mano que terminara de comer.

—Sería estúpido comer para nada —dijo con entereza—, dime si queda en tu mente un plazo para mi vida.

—Mucha gente ha muerto —le respondí—, no es necesario que muera nadie más. Quizá deba exiliarte, pero, ¿dónde irías?

—Donde quiera que sea el lugar que me arrojes, no impedirá que te combata.

—Pondré entonces alguna distancia entre tu persona y los conspiradores. Serás abandonado en el más alejado planeta de los espacios privados del General Almirante Dun Qarnaim. Te daré trescientos créditos en oro y después esperaré diez años la llegada de tu ejército. Pasado este tiempo serás proscrito y cualquiera podrá cortar tu cuello para cobrar la recompensa.

Las penalidades no habían afeado su rostro, y su limpia mirada, casi todavía de cadete, se iluminó con el reflejo de la esperanza.

—Volveré, Martin Dago, volveré para reclamar lo que es mío, y si no lo hago yo lo harán mis descendientes.

—¿Tus descendientes?

—Alana espera un hijo mío. Así lo quisimos.

—¿Tuyo?

Aquella noticia que el Hamal había guardado en secreto invalidaba de un golpe todo el daño que le causaba. De nuevo, otro hombre me humillaba ante ella. Y esta vez la ofensa se me hizo burla, pues creyéndome triunfador, unas pocas palabras me convertían en derrotado. No hice de mi dolor, ira, ni ordené a los soldados que lo despellejaran vivo, como se merecía. Apreté los dientes hasta hacerlos rechinar y mandé buscar al capitán Sad Al Bari, al que también iba a alejar de mi presencia.

—Conduce a este hombre a su destierro, toma la ruta ortodrómica, y cumplida esta misión puedes descansar en Noor cuanto tiempo precises.

Sad Al Bari esbozó un gesto disimulado de las intenciones que corrían por su mente. Luego saludó  al viejo estilo pirata y dijo:

—Toda mi vida he luchado por una idea, las ideas son etéreas, en nada se plasman en la vida de sus creadores. Pero obligan mucho más que una soldada. A ellas seré fiel, mucho más que a tu botín, Martin Dago.

—¡Partid! —grité—, poco me impresionan ya las ideas, son como la vida, una cadena de hechos que nacen por un extremo y se pudren por el otro. Eslabones que se cierran alrededor de nuestra alma, borrando senderos, estrechando el destino hasta alcanzar la única meta: la muerte.

El día de la coronación amaneció brumoso, y el planeta de los vientos me prodigó sus remolinos y nubarrones. Las guirnaldas, volteadas por la tormenta, se soltaron de sus cabos y volaron como cometas sin dueño, y las flores, ajadas y secas, se arremolinaron en el suelo formando rabos de aire que ascendían al cielo. Sin embargo, ni los rayos ni la lluvia iban a cambiar un ápice mi determinación a ser coronado. Fui vestido con la pompa de la ocasión y sobre mi uniforme de Generalísimo Almirante del Caos, cruzaron las reales insignias de los Tomii-Arón y los emblemas de todos los reinos y espacios conquistados. Tomé el casco empenachado en rojo, el color de mis Amenti, y bien enfundado mi sable Despierto en su vaina de oro puro, recorrí los salones del palacio, poniendo una objeción a una lámpara o una alabanza a un bonito cuadro. Grandes salas se habían habilitado para el banquete, diez mil hombres, los mejores y más fieles del Caos, tendrían el honor de compartir con su rey el evento y la magnificencia.

Antiguos piratas portando refulgentes uniformes, marineros ascendidos a capitanes, salvajes lamienses recubiertos con doradas armaduras, perdidas sus guedejas en los subterráneos de la alucinación. Prostitutas convertidas en grandes señoras, matronas de buenas carnes enfundadas en enjoyados vestidos cual banderas de burdel. Trapos y carne, carmín en los labios, bigotes engominados, polvo de arroz en las mejillas, fasto provinciano en un palacio que todavía olía a pólvora. Dientes blancos en los notables renegados de Axón, huecos en las sonrisas piratas, oro en las militares. Resina del Armistán, humo pegado al forro de sus casacas, botones de ancla, hombreras trenzadas en oropel, estrellas talladas en carbono puro. Serio el rostro de los hierofantes, sonrisa de vencedor en los labios de mis crueles, desprecio en los ojos del lamiense, brillo en las espuelas de marinos presumidos, barbas rizadas en plata e hilo, cuernos blanquinegros de carnero por los pasillos. Aires marciales en los cordones de la guardia Amenti, fusiles de blancas correas, manoplas de titanio, cuero embetunado.

Hice mi entrada en la sala del trono, allí me esperaban ellos, de los que os hablo. Inclinaron sus cabezas, doblaron sus espinazos, ahuecaron sus vestidos de organdí, crujieron los satenes, bailaron la reverencia las cintas de color, temblaron los senos bajo el escote. Y los dientes de todos, salieron a los claros alfombrados y pegados unos a otros rieron a hurtadillas en el templado silencio de mis pasos regios. Volví la vista a todos lados, pero a nadie reconocí, el rostro se me endureció, mi ceño se hizo altivo, los labios crueles, los hombros anchos como el trono, las manos prietas sujetando el mundo. Entonces elevaron sus ásperas voces las miles de gargantas y rompiendo el tiempo detenido expulsaron de un solo golpe los años de esfuerzo, de sufrimiento, de rabia pirata. Y el himno, preñado de callejas oscuras, de brumas calientes, de aceite y pizarra, de velas estelares, de pipas piratas y risas de taberna, se convirtió en aria de majestades, en canto de nobles, en el vagido de recién nacidos al esplendor en un epinicio de libertad y marcha funeraria de la Ley. Y se aunaron las emociones en un huracán sobre las cabezas haciendo tintinear los colgantes acristalados de los pomos ingrávidos, átomos excitados del poder del Caos.

Se acercaron luego mis almirantes y tomaron el Cetro de Hierro de sus manos enguantadas, e inclinando la cabeza me coronaron por la fuerza y el sortilegio que les conferían sus espadas. Y prorrumpió la tropa en vítores y fueron dichos los gritos rituales que procuran buena suerte al nuevo rey, deseándome larga vida y justo pulso para mi brazo. Me senté en el trono y les contemplé largamente, recto mi sable entre las piernas, y la vi a ella, Julia Lúcida, derramándose de orgullo por las losas, y a mi derecha Azrael Balic, cerrando el paso a los espíritus del pasado, huyendo sus ojos de las cuencas, cargados de ambición y sueños inconfesables. Y a los otros, a mi frente, sosteniendo pasiones impuras en sus pechos y destilando codicia por sus frentes, gotas negras en la piel del Carnero, blancas palmas de la mano de un mod, enigmas y velos descubiertos en las mandíbulas banif. Créditos tintineando en los bolsillos del Caos, oro de Quemll manchado de sangre.

Vino luego la risa en las copas, pues queriendo los hombres emborrachar se hasta el vómito, nos trasladamos a la sala del banquete, donde los símbolos no atenazaban sus instintos, y los músicos abrieron el baile y las máquinas vivas sirvieron vino de clara espuma, en copas de luz y brillantes. Salieron de sus escondites los pechos de las damas, y corrió la seda por las blancas piernas, y los hombres apretaron sus flancos a las carnes y sus labios a las nucas de marfil. También mancharon sus dedos de sazones y bocados de sus gusto, de carnes y peces, de cremas y caza, de gelatinas y aromáticos manjares. Y de los vinos finos dieron buena cuenta, a tragos, contra el aire que a veces expelían, sin reparar en su color ni en los años de su hechura. Pero nada de esto me importó, porque eran hombres cuyas manos estaban cubiertas de durezas por el uso de las armas, y habían hipotecado gran parte de sus vidas en los puentes de mis navíos para que este día llegara. Y ellas, hembras de la misma condición, recordaban las promesas que un día recibieran, y por ello, levantaron los pliegues de sus ropas satisfechas y ahítas, porque el tiempo de espera tenía allí su recompensa.

Estaban sentados mis almirantes en la mesa real y Julia Lúcida pasaba su brazo por el mío. ¿Quién podía reconocer en todos ellos a los toscos capitanes de Pandemónium que un día despegaran de Noor dispuestos a devorar la hidra real? Y de las modestas barras que antaño cruzaban sus tafetanes, la alquimia de mi poder había hecho insignias de oro puro, y de sus estrellas de cerámica, auténticos brillantes. Y si sus modales no eran nobles, ¿qué importancia tiene eso cuando los verdaderos nobles han sido reducidos a cenizas? Mas entre tantas gentes victoriosas noté la falta de algunas voces que acariciaron los sueños de mi juventud. Ordené instalaran tres cubiertos justo delante de mí, e incluso sus cojines correspondientes. Y llegadas las viandas hice que sirvieran en sus fantasmales platos los mejores trozos y el vino más espirituoso, y como esto produjera cuchicheos les expliqué:

—Es difícil alimentar a quienes se encuentran sólo en el recuerdo. Nada son aquí pero no por eso menos reales que vosotros, y hasta diría que más preciados en mi corazón que algunos de los presentes. Este cubierto primero, es para mi fiel Simón Agrippa, que partió para una misión secreta y del que ha tiempo carezco de noticias —y cogiendo una de mis dagas la clavé en el lugar otorgado a mi otacusta mayor—. Este otro —continué—, es para un hombre al que muchos conocisteis, y cuyo nombre nadie se atreva a pronunciar. Para él mi sable Despierto, del que fue primer dueño —y lo deposité junto al cubierto en que imaginaba a Jumo Abubos—. Finalmente este tercero es para una mujer que consiguió mi devoción fuera de toda causa y contienda. Para Alana Claudia.

Había escuchado Azrael mis palabras con suma atención, y así callé, cogió una copa y se alzó, derramando el vino sobre los manteles por su brusquedad, diciendo:

—¡Brindaré por ellos! Y aunque su salud bien poco puede importarnos, lo haré porque tú eres el hombre que nos has traído aquí y no hay nadie en la Galaxia tan iluminado para repetirlo. ¡Gritad conmigo! ¡Por los vivos y por los muertos! ¡Larga vida a Dago el Cruel!

Levantaron sus copas y tras beber las estrellaron contra el suelo, para que nadie volviera a hacerlo.

—¡Brindaré yo también por los fantasmas! —exclamó Julia Lúcida de improviso—. Por los fantasmas que me han perseguido desde que te conocí, Martin Dago. Y lo hago sin rencor a pesar de que han amargado mi vida alejando los sueños que me prometiste. Fantasmas eran los sueños y fantasmas quienes lo han impedido, brindaré por ellos, aún tienen más poder sobre ti que nadie.

Roja de ira, y bella, se sentó  dignamente fijos sus ojos en la mesa, pero sin ver nada. Habían callado los comensales y apenas el ruido de la vajilla real molestaba al tenso silencio que se esparció por el inmenso salón. Thalit de Mebsuta soltó una estruendosa carcajada.

—¡Riamos todos ya que nada importa! ¡Por Gea, reíd! —pidió a los presentes. ¡Reíd perros!, ¡porque aún estáis vivos! Antes de que acabe la estación sonaran las trompetas y formarán las legiones y las flotas navegarán listas para arrasar el mundo y esparcir la risa del Caos. ¡Reid!

Y los capitanes y pilotos, los Amenti, las damas y los comerciantes invitados, lo hicieron con grandes aspavientos, en grupos o solos, sentados o de pie, y algunos, más atrevidos, se subieron a las mesas espada en mano, anunciando lo que harían a hombres y mujeres en próximas campañas. Dun Qarnaim, que reprobaba la algarabía de mi corte, ordenó silencio con la voz de mando que tenía:

—Todos sabemos que no estaríamos aquí sin ti, Martín Dago —dijo cuando las risas se hubieron acallado—. Y si deseas mantener la llama encendida de hombres que fueron mucho en tu pasado, no seré yo el capuchón del apaga velas, pero por todos los dioses falsos y por los verdaderos, tengamos una fiesta como se debe.

Y para quitarle hierro a la cosa mandó traer los postres. Irrumpieron las máquinas vivas portándolos y su entrada levantó oleadas de buen humor. Los hombres aplaudieron las tartas y los flanes, las mousses y budines, las natillas y el arroz con leche, la bavaroise de fresas y la de chocolate, los hojaldres y los escarchados, el soufflé dulce y los tocinitos de cielo. Y para la mesa regia traían un gran pastel de varios pisos en el que se había dibujado el escudo de Axón. Era un pastel magnífico y la máquina viva que lo llevaba lo colocó delante de mí para que simbólicamente cortara una porción. Fue al alzarme para recoger mi sable Despierto, cuando sentí en la piel la fría presencia de la muerte...

No sabría explicar de que precisa sensación arropa la parca cada partícula de su presencia, ni que instintos alertaron mi brazo, lo cierto es que retrocedí asustado entre el revuelo de los almirantes, y desenfundando el sable permanecí un instante inmóvil queriendo reconocer la causa que como un hedor me impregnaba.

Entonces lo aventé, alcé el sable con las dos manos y con la fuerza de un grito salido del vientre atravesé justamente por el medio a la máquina viva. Y entre los vidriosos conductos llenos de fluidos ambarinos, las ampollas de grasa y los viscosos tejidos que formaban la entraña de la máquina viva, apareció delator un artefacto explosivo con el que los conspiradores pensaban enviarme al reino de las sombras.

Acudieron raudos hombres y soldados Amenti, y fueron dadas voces de alarma mientras docenas de oficiales me rodeaban con sus cuerpos en prevención de algún otro ataque. Dun Qarnaim se hizo cargo de la situación ordenando que todas las máquinas vivas fueran sacrificadas allí mismo. Los soldados sacaron sus sables y las abrieron en canal entre el estruendo de las mesas derribadas, los gritos de las damas y el ruido de la loza hecha mil añicos, Y los humores, espesos como aceite, y las vísceras de estas creaciones biológicas corrieron bajo las botas de los hombres del Caos en un cuadro de sangrientos reflejos y gemidos artificiosos. Salió Azrael con su tropa a la calle y despejó a latigazos las plazas en fiesta, derribando los entarimados y los adornos y deteniendo a centenares de sospechosos. Un saltamontes aterrizó en los Jardines de palacio aplastando con sus patas los setos y los arbustos en flor, y subiendo a bordo me alejé de la Medina Real rumbo a los campamentos militares donde estaría más seguro.

—Todas las máquinas vivas han sido importadas de Thubán por comerciantes axonitas —dijo Dun Qarnaim sentado a mi lado—, comprenderás que la República se encuentra detrás de esto.

—Bien lo sabemos tú y yo, y no es ésta la primera vez. Un extraño instinto me ha salvado la vida. Ahora el mundo conocerá mi respuesta. Que las trompetas anuncien asamblea, porque al amanecer partiré hacia el reino de Gea y todos los capitanes, marineros y soldados me seguirán como uno solo. La muerte me ha sido enviada desde Thubán, ahora sé que ella se encuentra en ese planeta, y temo por Simón Agrippa.

Fueron cumplidas mis órdenes, y mientras Axón era sometido a una criba en busca de espías, la Galaxia se preguntaba qué diablo me advirtió del atentado.

—Dago el Cruel —decían—, tiene un pacto con el destino conoce el día de su muerte, y como prometió ha trazado una línea sobre la Galaxia.

Y en las plazas y en los zocos, la SBHAC abrió banderines de enganche. Azrael precisaba diez legiones y mis almirantes querían doscientos navíos y sus tripulaciones. Los hombres de la periferia vinieron en masa a la lucha. No se trataba simplemente de conquistar el mundo, sino de arrasar Thubán, la Ciudad Imperial, la Fábrica de la Ley, el Centro Opresor. Un planeta que tenía más habitantes que muchos de los estados de la periferia juntos.