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Dago el Cruel LIBRO SEPTIMO Y ULTIMO - XIX - El cerco de Thubán. Las palabras de Giován Bruno. Las revelaciones de Bellatrix. Retrato de unos lobos. El reparto. |
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Emprendía mi última campaña. La recta final de una larga ascensión, desde que como niño expósito había abandonado Puppis, enfrentándome a la muerte en el abismo de hielo, pasando por mis aventuras piratas, mis desvariadas derrotas mentales y mi ulterior coronación como rey de los Tomii-Arón. Iba ahora en busca de mi imperio, para el que había sido educado y por el que inconscientemente luchaba desde que Giován Bruno me sacó de Axón. Quizá sea este el momento de confesar que ya de niño intuía quién era yo y para qué había nacido. Innatas en mí se encontraban esas cualidades. Y en estas precoces sensaciones se incluía la sombra de mi sobrenombre. El futuro se me confesaba lleno de grandes hechos, muertes y desatinos. Hay un viejo dicho médico que asegura que los caracteres etiológicos que no son innatos son por fuerza ambientales. Yo os digo que las circunstancias, los educadores, los amigos, jamás hicieron mella en este albur fatídico, al contrario, como tales, las circunstancias siempre lo negaron, tendiendo a ocultar que había otro hombre en mí aparte del que era. Paso a paso, según mi sable Despierto se abrió camino, reafirmé mis sueños proféticos, los hice realidades, realidades fantásticas. En la primera estación del año 3.975, la Sultán Onü alcanzó el planetoide Blue, importante centro de comunicaciones y base naval de la república thubaní. A la sazón, Dun Qarnaim aterrizaba en Kasbeel después de batir a las fuerzas Alt. A mi espalda, Azrael Balic acampaba con seis legiones en Metatrón. En el flanco de Axón, Almuredín Sidi surcaba los espacios próximos al reino de Bhenesa, lugar de exilio de la nobleza Tomii-Arón. Thalit de Mebsuta permanecía mientras tanto en Gea protegiendo la retaguardia, y Deneb Kaitos, que había conseguido el mando de la flota que Sad Al Bari dejara vacante, navegaba en dirección a Sagitarius para asestar un golpe de mano a la retaguardia Alt. La República se había apresurado a alistar gran cantidad de voluntarios para completar las dotaciones de sus navíos, tropa no faltó, la población, pletórica de fervor republicano, corrió a detener la barbarie. Pero el problema era muy otro. La oficialidad, compuesta en su mayoría de antiguos legionarios mods —mercenarios y veteranos de las escuadras imperiales—, no era de talante liberal, sino amante de la disciplina mas tradicional. Ciertamente que estos militares consideraban al Caos una fuerza a destruir, pero más como un servicio a sus intereses que a la joven República. Entre las ingentes fuerzas navales que dormían su sueño centenario en los silos imperiales, se encontraban cinco gigantescos acorazados, especie de grandes navíos elefancíacos, recuerdo de glorias pasadas. Su presencia, suponían los thubaní, ya era un arma decisiva. Sin embargo, yo sabía que este gigantismo, final acorazado de una técnica que en otros antepasados más ligeros había conquistado el mundo, tenía sus días contados. Cuando mis rápidos y versátiles veleros los despellejaran andanada tras andanada, quizá el viejo Jaso Kuma enrojeciera de vergüenza en su tumba. Disponían también de enorme cantidad de otros artefactos, como cruceros de batalla y destructores estelares, aunque sabiendo del uso que habían hecho en la batalla del fantasma alado, no les temíamos, al revés, se nos aparecían como suculentos bocados. Además, este arsenal no podía suplir su falta de experiencia y lo escaso de su entrenamiento, eran hombres de tierra embarcados en monstruos artillados y comandados por mercenarios de relumbrantes uniformes que tenían las ideas detenidas en la nostalgia de las victorias de la era dorada: estúpidos gladiadores armados de pesadas armaduras y grandes azagayas, pero con los músculos reblandecidos para soportar el escudo. El pueblo escualo afiló sus dientes, iba a ser una presa sustanciosa. Más peligrosas eran sin duda las marinas de los estados Alt, formadas por modernos buques de combate y dirigidas por militares profesionales, que si bien no disponían de efectivos muy numerosos, usaban sus naves con gran acierto y prudencia. Añadiré que entre los blancos se había resucitado el viejo tema de las bombas estelares, ¿era llegado el momento de convertir algunos planetas en estrellas y detener mi carrera?, ¿no era Uter un precedente que servía de excusa? Podían aniquilar a millones de inocentes, convertir a Axón en una bola de fuego, pero nunca inutilizar mis navíos, no se pueden cazar moscardones con granadas de mano. Transcurrieron largas y tediosas estaciones, sólo rotas por los partes de bajas y los nombres de los planetas conquistados al enemigo, o los de aquellos que nos arrebataban de nuevo. El mundo, dividido en dos bloques, se exprimía para que el jugo de su juventud alimentara aquella suicida aventura militarista que yo representaba, la guerra corría el peligro de convertirse en un desastre sin precedentes. La Galaxia, falta de espíritu creador, se estaban quedando seca, momificada de valores y saberes, las fábricas automáticas se repetían año tras año sin nuevas creaciones, la tecnología, herencia toda ella de estados universales anteriores prestaba ridículos servicios, comparada con la variedad de funciones de otrora. Armas de guerra de todo tipo y calibre eran desempolvadas en sus antiguos depósitos por la necesidad de cubrir todos los frentes, y así, según el hombre malgastaba sus energías, la humanidad se hundía en un pozo que venía desde la astronave atemporal hasta el hacha de silex. Era la obra del Caos, la agonía del hombre que cual moribundo, vivía el pasado, acelerado y marcha atrás, confirmando que no hay más vuelta al tiempo perdido que la muerte. De boca en boca corrían los rumores milenaristas. Pronto se lanzarán bombas estelares, se decían las gentes, y hasta había quien proponía a la República sacar de los arsenales la bomba MAD o de mutua destrucción asegurada. Todo antes que caer presos del Caos. Y los soldados, cansados sus ojos frente a las pantallas, se estremecían a cada señal, rogando interiormente a todos los dioses conocidos que aquello sólo fuera un parpadeo más de los tantos que siempre produce el océano estelar. Volvieron las voces del final, los profetas y los chamanes, los agoreros y los magos, anunciando que en el cielo estaban claras todas las señales profetizadas. El fin del mundo se acercaba a lomos de veleros cuyo mascarón de proa representaba la risa de la muerte. Y en las cubiertas de los navíos, en los campamentos de las legiones, en los asteroides fortificados, en los refugios subterráneos, en todas partes, el hombre olvidó todo aquello que le sujetó durante milenios, comenzando a comportarse como una bestia. Creció el sabotaje y el terror, hubo hambre donde esta palabra se consideraba olvidada, regresaron enfermedades de las simas en que la ciencia las tenía encerradas, el hijo mató al padre, la mujer cometió incesto y prostitución, los poderosos se armaron de artefactos y los arrojaron contra las multitudes desesperadas, y el Caos brilló en todo su esplendor. |
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No obstante, también pagamos nuestro precio, en la lejana Geón, la escuadra de Deneb Kaitos, atrapada por fuerzas combinadas enemigas, fue completamente destruida. Diez mil hombres murieron con el almirante de la cola de la Ballena. El buen Deneb, fiel, cauto, noble y callado. Thalit de Mebsuta que había sido su mejor amigo, exigió una respuesta, ignoro si por arrebato o venganza, pero le complací. Todo estaba dispuesto para que atacáramos directamente Thubán. Dun Qarnaim inmovilizó a los Alt en sus fuertes planetarios, las legiones desembarcaron en Blue sin que la escuadra republicana pudiera evitarlo, Almuredín Sidi cayó sobre Bhenesa que se rindió, y Thalit de Mebsuta completó el cerco amenazando Milta. Nada ni nadie escapó, miles de millones de hombres atrapados como corderos listos para el sacrificio. La periferia cantó con gozo la buena nueva iluminando la noche de fuegos de artificio. Después de tres largos años de campaña, Dago el Cruel tenía la Roma imperial al alcance de su sable Despierto, dueño y señor del centro galáctico. Las legiones avanzaron arrasando las defensas thubaní, la escuadra republicana fue batida y dispersa, y un día avisté Thubán desde las lumbreras de la Sultán Onü. Aparecía como un gran queso salpicado de agujeros: edificios bajo las nubes, traídos a mis pantallas por la buena resolución de los artefactos espías. Me emocioné contemplándolo, Alana estaba allí, inmersa entre las multitudes, elevando la moral de la resistencia. Thubán era el final de la persecución, más allá todo perdía su sentido, ¿a quién le importaban planetas de nombre insignificante? La idea de un reencuentro aceleraba mis nervios, tenía prisa por pisar el acero de la superficie thubaní. Anillos defensivos rodeaban el planeta impidiendo su penetración. La República movilizó todos sus recursos. De nada sirvieron nuestras llamadas a la rendición, las ignoraron. Y comenzó la matanza, el asalto sistemático de sus defensas. Miles y miles de torpedos y cohetes fueron lanzados contra sus deflectores, y aquéllos que consiguieron atravesar el escudo, causaron tales daños que yo mismo me asusté. Giován Bruno asistía apenado a la destrucción de su patria adoptiva, no le quedaban palabras de reproche que dirigirme. Y a cada misil que caía sobre Thubán el reportero blanco envejecía un poco, porque siendo el planeta una masa completamente edificada, cada impacto costaba centenares de miles de muertos y terribles incendios que como fuego en un papel de fumar se extendían imparables. En vano contraatacaba su escuadra tratando de romper el cerco, inevitablemente, sus cargas sólo servían para debilitar sus ya exiguas fuerzas. Azrael, armado de su rictus sardónico y dueño por completo del teatro de operaciones, descargaba sus golpes sin mirar si deshacía de una andanada una reliquia de los tiempos Groor o una reserva de vida animal insustituible. Los thubaní supieron entonces que, siendo el sanguinario lamiense quien encabezaba el asalto, no habría cuartel, y por ello respondían con ataques suicidas, buscando blancos importantes que descabezaran al Caos, pero el príncipe Balic les contestaba con ráfagas de ondas Psi que idiotizaban a miles de personas, bañando el planeta de horror, locura y destrucción. Fue entonces cuando Giován Bruno decidió enfrentarse conmigo, conjurarme en lo más profundo de mi ser y buscar un lugar en mi mente todavía sensible a los ruegos. Se arrastró ante mí, lloró lágrimas de paz, palabras que salían de su boca faltas de oratoria y argumentos, pero que labradas en sus finas arrugas me conmovieron. —¿Paz? —repetí. Y la palabra me supo a vida. —¡Sí! —gimió—. Paz antes de que la bestia se adueñe completamente de ti. —Es demasiado tarde... —Nunca es tarde para la paz, ¡nunca! —¿Y por qué me haces este ruego ahora, cuando llevo docenas de planetas a mis espaldas y todo va a ser mío? —Por ti y por mí, dejemos a un lado las causas y las razones, deja vivir a Thubán, déjame vivir a mí y sálvate de la locura que ya mancha tu piel. Declara la paz... ¡y yo te traeré a Alana Claudia! —¡Alana! —dije entornando los ojos—. ¡Oscura y a la vez luminosa! —Yo la pondré a tus pies sólo a cambio de una tregua, ¿cuáles son tus condiciones? —Ya no puedo detener a mis almirantes. —A una orden tuya lo harán. Todos tiemblan a tu paso. —¿Incluso tú? —¡Yo también! Y Thubán y toda la Galaxia, ya lo has conseguido, pero en tu mano está detener el fin del mundo. No hay duda de que puedes conquistar el universo entero, pero detente ahora o te hundirás en el infierno más espantoso. |
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—He alimentado cachorros de León, no esperes que se comporten como perros amaestrados —repuse. —Entonces te devorarán y después lo harán entre ellos, y Thubán será la víctima propiciatoria. Y vi en su cara tanta pena y dolor que desvié la vista. Bellatrix había escuchado la conversación. La muchacha de Oloy se movía en la Sultán Onü como un gato silencioso. Era ya una mujer y lucía en el puente los galones de navegante, la única mujer oficial de toda la flota del Caos. Un capricho mío decían algunos. —¿Qué opinas tú? —le pregunté—. ¿Crees que la flota aceptaría la paz ahora que estamos a punto de conseguir la más grande de nuestras victorias? Se sentó a mí pies sobre la alfombra del camarote, llevaba el pelo en una coleta, cosa que pocos noor aún conservábamos, no portaba ningún arma y el respeto que le tenía la tripulación era más por afecto que por su grado. —Señor —dijo con suave voz—, hace años que comparto tus viajes y que esta nave es mi hogar, me sacasteis de mi tierra a viva fuerza y por eso os odié a todos los noor. Pero eso queda lejos y el tiempo ha hecho cambiar mis sentimientos. Has sido bueno conmigo, todo lo bueno que puede ser un carcelero, aunque tampoco eso me importa. He sufrido y he gozado en cada uno de tus pasos pese a que todos ellos me parecían abominables y nunca me preguntaste mi opinión. De haberlo hecho hubieras recibido siempre la misma respuesta, la que ahora te voy a dar: entierra las armas y devuelve a los hombres a sus pacíficas ocupaciones. Me admiré de su sinceridad. —No has respondido a mi pregunta. Bellatrix parecía inquieta, bajó los ojos y repasó el cuero de mis botas con sus dedos. —Supongo que no sabrías responder —agregué. —Conozco la respuesta —contestó muy bajo—. Los almirantes han celebrado reuniones secretas, en ellas se han repartido todos los espacios conquistados e incluso los que todavía son libres. —¿Qué dices?, ¿cómo sabes eso? —Oí una conversación... —¿De qué te extrañas? —terció Giován Bruno—. Tus almirantes son prácticamente dueños de los espacios que conquistan, administrándolos a su antojo. ¿Qué es lo que ha quedado del código pirata?, palabras, sólo palabras. Reinos bárbaros donde crece la miseria. No le has hecho ningún favor a la humanidad, todo lo contrario, pero algún día el mundo te lo demandará. —¡Oh, Gea! —me quejé—. Camino por una senda oscura, a ambos lados de la cuneta encuentro asesinos y muertos que no reconozco aunque gritan mi nombre. No puedo renegar del pasado, aunque bien quisiera escribir otro. Sospecho que las razones que me asistían hace tres años, cuando la República atentó contra mi vida, se han disipado frente a Thubán. Sé que a veces la verdad te asiste, Giován Bruno, y que tus palabras encierran lamentos a los que no debo hacer oídos sordos. ¡Iblis me asista! Convocaré a mis almirantes y generales, a los ministros y gobernadores de todos mis estados y de ser cierto lo que decís, ¡los empalaré! —¿Y la paz?, la paz... —preguntó Giován Bruno. —¡La tendrás! Pero Thubán tendrá que rendirse sin condiciones. Y no temas, nadie pondrá un pie en el planeta. Te haré portador de mi propuesta, les ofrecerás una tregua a cambio de Alana. Si así fuere, retiraré mis ejércitos y Thubán podrá reconstruirse. —Thubán aceptará esa tregua, pero lo importante es firmar una paz duradera, debes pensar en ella antes de que la sangre alcance tus talones. —¿Sangre? —repetí ensimismado—. Hace muchos años que zarpé de Noor dejando manchado el muelle de Pandemónium de la sangre de mi mejor amigo. Y aunque el tiempo ha ido cerrando la llaga, no por ello en la fría y eterna noche de este navío dejo de escuchar su grito de agonía mezclado con la risa de Alana Claudia, siéndome imposible distinguir uno de otro en mi desesperación. Estas migrañas me crispan y siento en mi nuca un dolor que vesánico me recuerda toda la amargura de mi vida, la soledad de mi tabla de dormir y el complot que se teje permanentemente a mi alrededor. Temo que mi brazo sea el instrumento de quienes aguardan el final de los tiempos. Y ella forma parte de esto, pues cada vez que extiendo mi mano para atraparla pueblos enteros son puestos en pie de guerra, y los sicari afilan sus alfanjes esperando un descuido de mi guardia. Mi fin, Giován Bruno, no se encuentra en Thubán, ahora empiezo a entenderlo, y la paz que me ruegas, es oportuna pues deberé abandonarlo todo y partir a lugares que no vienen en ninguna carta-astrolabio. Y este viaje debo hacerlo con Alana. |
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—No sé muy bien de qué hablas —respondió Giován—, dices que eres infeliz y lo achacas al destino y los hilos que lo tejen, o lo que es peor crees llevar en ti la semilla de esa infelicidad, nada más lejos de la realidad, eres infeliz porque eres perverso, porque nunca miraste a tu alrededor con intenciones de justicia sino de soberbia. Escogiste la ira, el robo y la muerte, y a eso le llamaste aventuras, ¿crees que todo eso puede dar la felicidad? Te diré una cosa, hay causas que no siendo para la felicidad, la conllevan, no diré que la mía lo sea, pero sí te haré notar, que el bien, fuera de toda disquisición política o filosófica, el amor, la justicia —lejos de los jueces corruptos—, el bienestar de los pueblos, te hubieran acercado a la templanza que necesitas. Apréndete dos cosas, la libertad de los pueblos no es un estado natural de la sociedad, es un logro del progreso. La otra es hacerte saber que todos los tiranos se creen elegidos por fuerzas superiores, sobrenaturales. Pero además, si la Galaxia sufre es por tu culpa, tus mercenarios andan sueltos y Thubán y todos los pueblos tienen derecho a defender sus propios proyectos de vida sin necesidad de salvadores. Es cierto que la República está plagada de errores y hasta de injusticias como otros sistemas políticos, pero es el único que a largo plazo nos librará de los atavismos de barbarie. No creas que estamos agonizando, aunque nuestra presencia sea de nuevo borrada de la faz del mundo, el germen que nos alimenta no muere nunca, sus genes son una doble hélice de amor y tolerancia, ¡tan fácil de entender y tan contagioso! Y a cada época renace agrupando a las gentes de buena voluntad. Lo de menos es como se llame a quién lo traiga, es siempre la ola de libertad que hace avanzar a la humanidad por los caminos de progreso para impedir que los seres como tú puedan salir del destierro a que la historia os condena. Podrás destruirnos en las batallas, pero no derrotamos, sólo debes mirar en tu interior para advertirlo, notarás al paso, que el mayor derrotado eres tú mismo. —Es sencillo culparme a mí —le contesté—, pero hay millones de hombres que me siguen de grado incitados por el recuerdo de los latigazos que recibieron de los que como tú predican ahora la libertad. —Los pecados del pasado no me atañen, responderé solamente de los actos de mis contemporáneos, y a éstos, a la República no se le ha dado una oportunidad, porque gentes como tú y otros, la odian sin saber por qué, defendiendo su propio sufrimiento, su inmadurez y la vergonzosa realidad que les hace embadurnarse de medallas para camuflar su esterilidad y prenderse en el corazón precisamente lo que no tienen. —¡Acabemos! Suspenderé todas las operaciones para demostrar mi buena voluntad, eso facilitará tu misión. Puedes tomarte el tiempo que necesites, pero no lo derroches, estoy lleno de premoniciones y barrunto penosos sucesos. Mientras, devolveré la cordura a mis pensamientos y sujetaré el bozal de mi jauría. Y ahora déjame. Y como Bellatrix también hiciera mención de irse la tomé del brazo y la retuve. —La gente cree que eres mi amante —le dije—, sin embargo nunca te puse una mano encima. —¿Vas a hacerlo ahora? Tal respuesta me dejó frío. La solté. —¿Por qué sigues a mi lado entonces? —Fui traída aquí contra mi voluntad. —¡Eso ya lo has dicho antes! —exclamé irritado. —No te enfades, Martin Dago —contestó. Y besándome ligeramente en los labios abandonó el camarote. Milta es un planeta que tiene el esplendor que le dieron aquellos que viniendo de lo magnífico, quisieron traerse un poquito del recuerdo en sus valijas, por ello es amplio y espacioso, lleno de palacios y quintas de recreo. Sus habitantes levantaron monumentos que les evocaran el gran planeta de donde venían. Milta era el lugar de retiro de la aristocracia Babit-Groor. Cuando Thubán se hizo demasiado popular para sus gustos, los descendientes de los fundadores del Imperio cambiaron sus lujosos palacios thubaní por casitas de campo y palacetes a la orilla de lagos artificiales. No obstante de trecho en trecho uno podía creerse que se encontraba en Thubán. Reuní a mis huestes en uno de los palacios de verano de la capital de Milta, almirantes que conocéis, generales que os nombro a menudo, ministros sin importancia pero dueños de grandes fortunas, y hasta aristócratas Asarya vendidos al Caos. Y todos ellos, como sacados de un retrato colectivo, rodeados de mujeres de extraordinaria belleza, que sólo eran eso, bellezas, beldades que escasamente podían ser algo más que prostitutas de lujo. Quizá de haber profundizado en alguna hubiera tenido que cambiar este concepto, pero no era el caso, en mi presencia ninguna de ellas se sentía segura, como hembras adelantadas, advertían que yo era de otra pasta, que necesitaba cerrar los ojos para admitir una caricia. Y cuando todos se hubieron acomodado para la recepción, llamé al capitán de la guardia Amenti y le ordené rodear el palacio y prevenirse. Repentinamente abrí las puertas de la sala y entré, y en ese instante en que los tuve tal como eran ante mis ojos, supe que Giován Bruno, que me seguía a pocos pasos, tenía razón. Sus caras expresaban la satisfacción que les producía la inminente caída de Thubán, se retorcían las manos sopesando el beneficio, cuchicheaban entre sí, cerca los labios de las orejas ajenas, y como un murmullo de avaricia, el rumor del reparto se convertía en imágenes de rapiña, de ambición y expolio. Julia Lúcida se me acercó cariñosa, no le arredraron los aires que traía, y me besó las mejillas. Tanto tiempo hacía, dijo. Se inclinaron levemente y callaron, eran mi corte, venían de lejanos reinos y lugares distantes tras años de campañas victoriosas. Viajaban con gran fasto, se cubrían de ricos adornos y llevaban el pelo recortado despreciando la coleta noor. Escondían sus manos en guantes de piel fina y muchos habían cambiado sus amarillas dentaduras piratas por postizos de oro puro. |
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Dun Qarnaim estaba más viejo aunque no había perdido su carácter animoso y su porte de hombrón. Thalit de Mebsuta, por el contrario, ya no tenía el tipo apuesto y musculoso de sus años mozos, cada día que pasaba engordaba más, llevaba recortados sus bigotes al vanidoso modo geano y nada marinero recordaba su pasado pirata. Se preciaba de ser el hombre más poderoso de mis almirantes, y en verdad que administraba los recursos de un imperio. Almuredín Sidi era ahora un almirante prudente y respetado, aún pilotaba personalmente su briosa Athanatos. Con él navegaba lo más selecto de lo que fue la sociedad noor. Y finalmente Azrael Balic, mi seguro delfín, ambicioso y cruel hasta la repugnancia, odiaba a mis almirantes y conspiraba contra ellos. Y siendo un Napoleón, no un Nelson, se encontraba discriminado en el reparto. Cuando terminaron los discursos y las explicaciones tácticas de las campañas pasadas, cuando los hombres hubieron expuesto sus hazañas, harta mi mano de estrechar las ajenas y congelada mi sonrisa en los labios de tanta espera, descendí del lugar que me habían reservado y buscando la proximidad de Giován Bruno, dije: —No voy a pronunciar ningún discurso, únicamente anunciaros la paz, no penséis por tanto que vuestros soldados hollarán Thubán, y que regresaréis con las sentinas repletas de botín y de obras de arte a las que tanto os habéis aficionado. Voy a ofrecer la paz a la República. Gran revuelo levantó esta confesión. ¡Ahora que la República estaba doblegada! Era lo último que podían esperar de Dago el Cruel. —Bien es cierto que necesitamos la paz —afirmó Dun Qarnaim—, pero no habrá paz posible hasta que uno de los contendientes desaparezca. Esta tregua beneficia al enemigo poniendo en peligro todos nuestros planes. ¡A santo de qué la paz! No habrá mas planes, no habrá más guerras, no podréis repartiros más planetas ni espacios sin mi consentimiento. Un señalado silencio cayó sobre la sala, los hombres, incómodos, respiraron sofocados. —Vosotros mis fieles ayudantes —añadí—, os habéis repartido mi imperio. ¡Lo que yo he conquistado con la sangre de pueblos enteros! ¡Lo que yo he unido con gran esfuerzo, lo habéis troceado como un pastel! ¡Un trozo para cada uno! Y súbitamente abrasado por la ira, alcé mi voz, mientras crispado, accionaba las manos como garras. —¿Acaso os imagináis donde estáis de no haber sido por mí? ¿Tendríais vuestros inmensos beneficios si otro hubiera conducido a los Noor? ¡Ah, tú —gemí dirigiéndome a Dun Qarnaim—. ¿Cómo has podido aceptar un trozo, no siendo mi mano quien te lo ofreciera? ¿Y tú, Thalit de Mebsuta?, ¿te parece poco el gobierno de medio mundo? —y luego que tomé aire continué—: ¿Qué deseáis entonces? ¡Respondedme! ¿Separaros del tronco de los Noor?, ¿del Caos? ¿Ignoráis que todos los grupos que se separan de una misma nación se declaran la guerra automáticamente? Los hombres se encogieron sobre sí mismos y como estatuas callaban. Thalit de Mebsuta dio un paso al frente, estaba furioso y su mano repiqueteaba, sobre el cinturón. —¡Estás loco, Martin Dago! Hora es de que alguien te lo diga. Vives en el pasado creyendo que hay un pueblo pirata sin saber que tú mismo lo has destruido. No existe ya el pueblo escualo, ni siquiera la Marina Noor. Pandemónium está abandonado, solamente viejos, mutilados y vagabundos deambulan por sus calles. ¡El Caos no es nada! Los mundos son reales, y quieras que no hay que gobernarles de acuerdo con lo que son. Mi flota es una máquina militar, no una banda de fumadores de resina del Armistán, y en ella no hay más señor que yo, su almirante. Tanto atrevimiento me cegó, desenfundé el sable y fui hacía él blandiendo su filo, temblaba, y los nervios, agarrotados, porfiaban por salir de mi cuerpo y agredirle, pero Thalit de Mebsuta, osado como nadie, me miró despectivamente desde sus cejas inclinadas mientras sus dedos acariciaban la repujada funda de su pistola LXR. —¿Me ves viejo? —aullé—, ¿decrépito o tarado? ¡Puedo arrojarte ahora mismo a las calderas de la Sultán Onü! Y a todos vosotros torturaros hasta que confeséis, puedo aniquilaros cerebralmente, convertiros en guiñapos humanos, privaros hasta de vuestra existencia molecular. ¡Tengo rodeado este palacio por mi guardia personal! Pensaron que habían llegado a su final y trémulos de terror buscaban una salida. Gritaron unos su fidelidad. ¡Qué me amaban!, dijeron. ¡Qué yo era el emperador del Caos! Almuredín entornó los ojos asustado pero conservando la calma. Thalit de Mebsuta esperaba el instante en que los Amenti iniciaran la carnicería para asesinarme. Pasaron los segundos tensos, entró el capitán de la guardia y situó estratégicamente a sus hombres, algunas mujeres sollozaban, fueron callando las voces hasta que Azrael Balic rompió a reír, Gea sabrá de qué. Dun Qarnaim lo miró colérico y saliendo de su mutismo, dijo: |
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—Nadie se ha repartido nada, todo es tuyo, aquí nos tienes como siempre y hasta puedes matarnos y acabar tu personal tragedia asesinando a quienes te han servido, a los instrumentos de tu ascensión. Yo por mi parte acepto esa paz, aunque deseaba una más honrosa, que todo lo que hemos hecho hasta ahora tuviera una razón, que algún día la Historia y mis descendientes pudieran decir que los hombres de abajo se asomaron arriba y vieron otras luces, otros mundos. Pero ya veo que tendré que regresar a Karneios doblado el espinazo por el oprobio y el fracaso, recontaré en las tardes largas y solitarias los hombres que mandé a la muerte, sólo porque un chiquillo enloquecido me engañó una noche haciéndome creer que de sus manos saldría un nuevo orden más adecuado para la periferia, un hombre que haría la guerra al centro opresor, que devolvería su independencia y su dignidad a los planetas olvidados. Y este chiquillo, es ahora el señor del Caos —de lo que nadie sabe qué es—, y desea acabar, obnubilado por consejas de espías y mercenarios, con el resto de sus fieles. Ordena a tu guardia que nos degüelle a todos, que se ensañen especialmente con quienes más fieles te hemos sido, los que verdaderamente hemos construido el imperio de que hablas... —¿Fidelidad? —dijo Azrael a continuación—. ¡Qué palabra más exótica! ¡Aquí no hay más fidelidad que el reparto del botín! Y encontrándose Thubán a punto de caer, los hombres de la armada han dividido la Galaxia en tantas partes y proporción como fuerza disponen. Eso es verdad y debes saberlo Dago. —¿Cómo te atreves? Tú, precisamente tú —le inquirió Dun Qarnaim. —¿Qué quieres decir? —le pregunté al hijo del Carnero. —Responda él a esa pregunta —repuso. —¡Sí! —añadió Thalit de Mebsuta—. Que el delfín nos hable de su fidelidad, de sus correrías nocturnas por los dormitorios de la Medina Real. —¿Qué dicen, Azrael? —Lo ignoro sire, tratan de desviar las acusaciones. —¿Acusaciones? —gritó Thalit de Mebsuta. Y acercándose a Julia Lúcida, la tomó bruscamente del brazo y la arrojó sobre Azrael diciendo— ¡Son amantes desde hace mucho tiempo, lo sabe hasta el último de mis fogoneros. —¿Qué?... —musité desconcertado. Julia Lúcida se volvió de espaldas. Azrael Balic llevó su puño al sable gritando que todo era una calumnia. Dun Qarnaim se interpuso entre los dos, y los Amenti de la guardia quitaron los seguros de sus fusiles de asalto. —¡Oh, Giován! —dije— , ¿de qué estoy rodeado? —De lobos... —¿Tanto te duele? —exclamó Julia Lúcida volviéndose. —¡Por Gea! —estallé—. ¡No me duele! ¿Cómo va a dolerme? Mi compromiso contigo nació del engaño y siempre fuiste más un estorbo que una compañía. Únicamente me daña el ridículo de esta comedia. —¡Iblis se lleve tu palabrería! —gritó Azrael con el rostro desencajado. ¡Y se lleve también tus aires teatrales! Es lo que te faltaba para completar tu drama. ¡Pues ahí lo tienes! Soy su amante desde el mismo día en que la arrojaste al lodo. Pero aun así siempre te he sido fiel. —¡No le creas! —intervino Thalit de Mebsuta—. Ambos aprueban el reparto, pero no se conforman con Axón, desean que nos elimines para quedarse con todo. —¡Nadie diga una palabra más! —chillé. —Nada te han quitado, Martin —dijo Giován Bruno con voz calmada—, no pueden robarte lo que no poses. Tu reino es sólo una profecía, tu imperio se encuentra en el falso espíritu que te guía. ¿Qué tienes que puedan quitarte? Tu sable nada más. —Es cierto, querido Giován. ¿Cómo van a quitarme lo que no es mío? Visto como el más humilde de mis marineros, como las sopas porteñas desde hace años, tengo por catre un camarote sin lujos en la Sultán Onü, y fumo la resina del Armistán como cualquier jubilado noor. Una vez, ya sabes, tuve un gato, y un amigo... También tengo recuerdos y pesadillas. Ni una sola medida de los planetas conquistados me pertenece, es gloria y horror lo que llena mis bolsillos. La congoja y el estremecimiento de los hombres al oír mi nombre. Quedaros con lo que es vuestro. Tú Dun Qarnaim, que sabes tañer el alma de los hombres como nadie, quédate con Gea y haz de él un reino próspero. En cuanto Thubán pida la paz, licencia a tus soldados y regresa a Karneios, y si no hemos alcanzado la victoria, no fue por culpa tuya. Y tú, Thalit de Mebsuta, no es preciso que te disculpes, siempre me has servido con eficacia, y no voy a medir ahora si tu beneficio supera el diezmo que te corresponde. Administra los espacios conquistados pero no los exprimas demasiado. ¡Almuredín Sidi! Discreto, meticuloso y obediente, has sido más que un puntal en horas difíciles, un auténtico militar y un buen marino, pero ignoro que te corresponde en este reparto. —El reino de Bhenesa —respondió. —Pues bien, funda allí una dinastía noor, lleva contigo los restos del pueblo pirata y líbralos de la miseria que se avecina. Sé que tu flota es la más fiel a los principios que un día nos impulsaron. —Así lo haré, sire —aseguró. —En cuanto a vosotros dos —dije dirigiéndome a Azrael y Julia Lúcida—, Axón será vuestro, a ti Azrael te nombraré heredero del trono ya que nunca tuve hijos, podrás hacerla tu amante legalmente y reconstruir el gran reino de los Tomii-Arón. Y ahora salid todos, deseo sentarme aquí mismo, sobre esta alfombra de lana, y meditar. |