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Dago el Cruel LIBRO PRIMERO - II - El abismo. Salvado. La cantina. El gigante y el guerrero. La Bisonte. |
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Nadie me reproche el haber corrido, no podía quedarme quieto después de oír sus gritos exaltados. Fuera lo que fuera lo que me empujó hacía la noche salvadora, todavía hoy se encuentra escondido entre los hechos que provocó. Era un niño expósito, un muchacho que se enfrentaba al mundo sin posibilidades de volverse atrás. Se acababa mi orfandad de púrpura, ya era libre. El aire que respiraba y la nieve que pisaba ponían cómplices alas en mis pies. Volví la cabeza, quise retener en un instante la última visión de Puppis, mi cárcel entrañable, pero lo que vi fue el revuelo de mis perseguidores: ¡Aramiel, vuelve! Crucé la pequeña explanada donde reposaban los vehículos aéreos. Mis botas claveteadas se agarraban con seguridad, les ganaba terreno. Un esfuerzo más y estaría en el puente. En uno de mis brincos, el gato Fino, asustado, consiguió sacar la cabeza por el bolsillo y maullando aterrorizado saltó fuera creyéndose más seguro lejos de los zarandeos de mis piernas. —¡Espera —le grité—. ¡Te matarás! Un grito de horror, y el gato aun intentando clavar sus uñas en el hielo, resbaló al abismo desapareciendo tras una roca. Me abalancé hacia un costado. ¡Fino!, grité. Y en esta lid también resbalé yo perdiendo el equilibrio y cayendo al vació. Vi el rostro de la muerte mientras soplaba sobre mí su aliento suave y esquivo, un tirón que dio marcha atrás a las imágenes almacenadas en mi corta vida. Algunos arbustos parcialmente enterrados por la nieve amortiguaron mi caída, conseguí agarrarme a uno. No sé cuanto tiempo transcurrió hasta que recuperé la sensación de vivir. No me atrevía a moverme por miedo a perder el agarre y caer, y esta vez sin remedio, al gran abismo que rodeaba el pico en que se asentaba Puppis. El pobre Fino había desaparecido y lloré desconsoladamente, con alivio, olvidando el orgullo de los Tomii-Arón, la aventura y la huida. Fino, un gato negro, el primero de todos mis símbolos se había hecho trizas cuando apenas daba unos pasos por cuenta propia. Yo mismo estaba en peligro de muerte. La libertad tenía un precio muy alto. En la oscuridad se desencadenaron el viento y la lluvia. Agua, aire, noche, gritos y bestias en la tempestad. Solamente la luz faltaba en el escenario y como escuchándome, los relámpagos rasgando el firmamento me tentaron con su efímero poder. Grité pidiendo auxilio. No era capaz de moverme, ni siquiera intentarlo. Todo parecía condenarme, iba a morir apenas iniciada mi aventura, en la misma puerta de salida. Supliqué, aullé de miedo, de terror, de odio hacia algo ignoto pero que hubiera destrozado entre mis manos. Los elementos impedían la búsqueda a los aeromóviles del monasterio, y lo que antes me favorecía, dibujaba ahora un ataúd de miles de medidas. El destino se reía de mí, era un bufón en manos del azar. Risas en el escenario de la locura y muerte, mi propia risa histérica entre el llanto frío y húmedo del final. Y mientras las horas pasaban dolorosas y reflexionaba amargo contra el injusto albur, abajo, en las tinieblas, algo se movía, animales de fábula, seguramente. Seres maléficos reptando por las paredes de roca helada para atraparme con sus manos afiladas y sus miradas relucientes. Como un halo surgía el vapor blanco de la evaporación, pero a mí se me hizo la respiración del mismo Iblis. Y los ruidos que la acompañaban, los pasos crujientes de los monstruos del abismo, impávidos, crueles, irónicos. El agua había empapado mis ropas y se me adherían al cuerpo, lo que unido al frío acabaría por aniquilarme. ¿Qué era mejor, morir congelado al ceder la lluvia o estamparme contra las rocas que remozaban los precipicios? A tientas inspeccioné la pared. estaba muy escurridiza. Un saliente a poca distancia de la cabeza, más arriba una repisa estrecha. La lluvia amainó aunque sin ceder del todo, la noche aclaró y las sombras sedimentaron. Era el momento, tenía bien situado el saliente, pero primero debía ponerme en pie sobre la mata, y esta operación de seguro sencilla en otras circunstancias, allí resultaba heroica. Tenía los músculos entumecidos y las manos moradas e insensibles, les di calor con la boca mientras tensaba el cuerpo. Alargué el brazo y cuando me sentí seguro, me alcé sobre la mata, las piernas me temblaban de miedo. Sostenido por la mano derecha y apalancando con la otra, ascendí los pies a pulso en un equilibrio ciertamente arriesgado que me llevó hasta la repisa que había considerado primera etapa de salvación. Casi me encontraba en peor sitio que antes, pero ascender era vivir. Sobre mi cabeza un pequeño matorral chorreaba agua, a la izquierda una gran roca sin aristas a la que difícilmente podría agarrarme, el resto de la pared era inescalable, lisa y húmeda. Desde aquella posición se divisaba el borde superior del precipicio, pero por más que buscaba algún accidente para seguir trepando, no lo hallaba. Me senté sacudiéndome el agua de las manos. El cinturón de supervivencia traía entre su equipo un fino cable acerado al que se enganchaba un pequeño garfio. Esta tarea la realicé con rapidez. Sentía en los huesos el profundo frío que descendía sobre la tierra perdida y que en pocos minutos acabaría por helarlo todo. Arrojé el garfio hacia la altura esperando clavarlo en un resalte, pero una y otra vez resbalaba volviendo a mis manos. Rabioso, lance el garfio sin mirar, a izquierda y derecha, hasta que en una de las veces, quedó tenso. ¡No!, era que alguien tiraba del cable. ¡Aquí, aquí! —grité—. |
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—¡Chist! ¡Calla! —dijo una voz—, ¿Quieres que se presente aquí todo Puppis? Era el Buhonero, su bendita voz. Descendía ayudado por un cordel de alpinista, llevaba gafas para la noche y pinchos en las botas. —Vaya, te costaría mucho llegar ahí. —¡Buhonero!, ¿cómo sabías?... —Dejémonos de discursos. Taladró la roca y fijó un amarre para la cuerda, su intención era descolgarse. —El camino está ahí arriba —le dije. —Muchacho, si quieres llegar a Thubán sígueme. Se movía con una agilidad asombrosa, inaudita para su rollizo cuerpo. —¡Vamos!, tengo el aeromóvil ahí abajo —y señaló el abismo. El descenso no fue fácil, pero ahora era todo distinto, él iba delante abriendo camino, se detenía en los pasos arriesgados, me sujetaba cuando mis piernas flaqueaban, me señalaba cada agarre, cada presa de mano. Dejamos arriba grietas y chimeneas de hielo, sorteamos hendiduras que parecía tentarnos con su facilidad, pero que eran trampas mortales. Alguna vez resbalé pero el Buhonero me tenía bien asegurado y todo quedaba en el susto. Resoplaba por el esfuerzo pero no se rendía, calculaba cada medida, clavaba los pies en el hielo y cuando se sentía firme me mandaba bajar el nuevo trecho, éramos orugas encordadas, insectos de nieve. Horas después llegamos a una terraza que coronaba un nevero, la pendiente se suavizaba por el curso de un gran glaciar. Hacía un frío insoportable. La nieve estaba dura como la piedra. No quise hacerle preguntas, ponía las botas en las huellas de las suyas, eran como tajos de hacha. —¡Ahí lo tienes! —dijo señalando el aeromóvil. Apenas lo distinguí, había aterrizado sobre la lengua del glaciar, un batido luminoso en la proa extendía rayos fantasmales. La atmósfera era pesada, estaba muy cansado y deseaba tumbarme en el asiento al abrigo de la calefacción del vehículo. Nos cambiamos de ropas, el Buhonero extrajo un frasco y me lo dio a beber con un guiño, era brandy y estaba caliente. —Este ha sido el día más instructivo de mi vida —dije cuando me encontré más repuesto—. El aire, la lluvia, el hielo y la roca me han enseñado mas que toda mi infancia en Puppis. La muerte se ha llevado el único amigo que tenía, el gato Fino. Estoy solo y desamparado pero dispuesto a seguir aprendiendo. El Buhonero se sonrió con cierta complicidad. —En verdad que eres un muchacho raro, lo que no quita para que te vea con simpatía. No estás solo, yo soy ahora tu amigo. —Gracias, no lo olvidaré. —Así es —respondió—, pero aleja la tristeza, es mala compañía para la aventura. Vamos a salir de aquí, tu senescal no dará aviso al Gran Gurdja hasta el amanecer, se juega el cuello y espera encontrarte antes. Ese es el tiempo que nos salvará. —¡Huyamos! —fue mi respuesta. El aerovehículo despegó agitando la nieve como si fuera polvo, después se puso vertical y ascendió como una flecha entre las peligrosas paredes y los cortantes rocosos, saliendo disparado al cielo de aquel frío infierno. —Te preguntarás cómo te he hallado —dijo el Buhonero cuando aproamos hacia el astropuerto. —Alguno de tus trucos. Se debía a una casualidad. Al llegar la hora convenida y viendo el jaleo organizado por mi fuga, se acercó al monasterio y cuando ya había perdido toda esperanza, vio mi garfio resbalando en las rocas. —En cuanto a tu primo Hamal Dabih, sólo a un tonto sin dos dedos de frente se le ocurriría pedirle ayuda. La casa Hamal te estará muy agradecida. —¡Al diablo con todo! —gruñí. El Buhonero se rió. |
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—Sé que tocas el violín con cierto arte, detrás de ti, entre los trastos de mi oficio, hay uno, puedes tocar si te place. Era muy bonito y de esmerada factura. Desde el tragaluz veía las estrellas que cantaban los fantásticos sucesos de las horas anteriores, y por ello, hubiera interpretado a Sibelius, que triste pero enérgico lo expresaba muy bien. Y aquellas notas, canto de despedida, tristes para un adiós hubieran sido la estela en que navegar a la aventura, y también algo a lo que aferrarse para no gritar. Pero nada de eso pude hacer dado mi pobre estado de ánimo Llevaríamos un buen rato sin novedad, cuando a nuestras espaldas se iluminó todo el cielo y un gigantesco estruendo nos alcanzó momentos después. Fue una explosión lejana, pero sentimos su poder en la fuerte onda de choque. —¡Una bomba! —musitó el Buhonero afianzándose en los mandos. Volví la cabeza a popa dejando el violín a un lado. El Buhonero dio toda la potencia. Alguien atacaba Puppis, dijo. —¿Y quién puede atacar la tierra perdida? —le inquirí—. —No lo sé aún. —¡Es la guerra! —gemí asustado—. ¡Le han declarado la guerra a Axón! Nuevas explosiones blanco-azuladas iluminaron el interior del vehículo. Podíamos ver nuestras venas en el resplandor. Al poco y por la amura de babor nos cruzamos con una formación de patrulleros de la armada axonita. Eran máquinas impresionantes, en curiosa forma de cabeza de pez o quizá de mantarraya, pero tenían una estructura muy aerodinámica y aguerrida. Se llamaban patrulleros Uhud, que quiere decir tormenta. Y sin poder evitarlo, me levanté del asiento y lancé el grito de guerra de los Asarya. El Ololuyé fiero y agudo de los hombres Tomii-Arón. El Buhonero se contagió y también dio algunos gritos belicosos, íbamos a toda máquina volábamos bajo y los campos quedaban atrás como una exhalación. —Toma —dijo El Buhonero a la par que daba un pequeño chip criden—, insértalo en el tuyo. Máquinas criden estarán rastreándote por toda la región. Desde la torre de control del astropuerto de Puppis nos pidieron referencias, y luego que las transmitimos, recibimos permiso para aterrizar en una de las redondas pistas que como hojas de una gran seta bordeaban el largo tallo plateado del astropuerto. Quise saber como podía haber radiado mi nuevo criden sin levantar sospechas, mas él se sonrió misterioso y dijo: —Cuando hago una cosa la hago bien, sin cabos sueltos. No soy un advenedizo, Aramiel, he recorrido toda la Galaxia y no van a detenernos ahora unos estúpidos policías. Una pareja de la Cridenpol nos esperaba en los muelles. Dijeron que se había declarado el estado de guerra en la zona y que viniendo de Puppis deseaban hacernos algunas preguntas, que el Buhonero respondió con facilidad diciendo que éramos un mago y su ayudante, que habiendo salido de la fiesta dada por los Asarya, nos encontrábamos ignorando que sucedía en realidad, siendo esto último cierto. Para mi sorpresa el mago se había registrado con un ayudante a su llegada para la fiesta. Los Cridenpol hablaron de un misterioso ataque Anaquim. Una banda de piratas, agentes probablemente de la República. Y este ataque a la tierra perdida, me estremeció. Nos advirtieron de la prohibición de abandonar el astropuerto hasta que la armada axonita levantara él bloqueo. Cuando salimos del muelle, le pregunté al Buhonero si creía posible que el senescal hubiera dado la alarma. Pero el dijo muy bajito: —Muchacho, me temo que tu monasterio es pasto de las llamas. —¿Cómo puedes saberlo? —Sé lo que buscan los Anaquim —respondió— y si no encontramos pronto una nave tendremos— dificultades. —¿Qué buscan los Anaquim? —insistí. —¡A ti, mozalbete! —exclamó con una carcajada. Pero yo le rogué razones más simples, pues se me hacía difícil tomar en serio sus palabras. —¿Qué es lo que buscan los guerreros? —dijo finalmente—. ¡Perturbar el destino de sus víctimas! ¡Adquirir el corazón y la bolsa de los vencidos! ¡Eso es lo que buscan! —¡No habrá quedado nadie vivo! Las explosiones eran impresionantes. Habíamos llegado a un entrada sobre la que bailaban luces del colores. Era una taberna, salía de dentro una música muy animada. —Entremos —dijo—, tengo hambre después de tanta agitación. |
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Los parroquianos se reconfortaban a su manera del bloqueo. Infantes, pilotos, navegantes y rudos marineros, gritaban, cantaban en grupos o perseguían a las meretrices que ofrecían su cuerpo a un módico precio. Oímos rumores que hablaban de que toda una bandera Anaquim, proveniente de Lisia, se había lanzado sobre una secreta base axonita. Aseguraron que la reacción de la armada no se haría esperar. Una división de infantes de marina, los mejores soldados de Axón, estaba en camino. Para nosotros, cualquiera de estas posibilidades era inquietante. —Comeremos algo y después buscaré un navío que se atreva a romper el bloqueo —me dijo el Buhonero al oído. Nos sentamos en una mesa y aunque los menús eran malos y la comida artificial, la devoramos con placer mientras escanciábamos sendas jarras de cerveza, que siendo de poca calidad se me subió a la cabeza. Y a pesar del peligro, hablábamos con calor rodeados de la neblina blanca de la resina del Armistán que inevitablemente fuman todos los marineros y que les hace dar grandes risotadas y relatar chistes maliciosos. —Vamos a presenciar el cambio más importante de la Galaxia —decía el Buhonero admirando la concurrencia—, desde que Jaso Kuma promulgó la Ley Universal Imperial. Cada país recuperará su identidad, cada ciudadano sabrá realmente quién es y qué debe hacer. —Entiendo —mentí. —Sí —insistía, como si le hubiera contradicho—, ya sé que los artistas y los piratas como de costumbre permanecerán fuera de todo cambio, pero viven una vida irreal como tú sabes. El resto, Aramiel, debe encontrar la pauta de la cordura. Se acabaron los notables y los privilegios. Thubán está dispuesto a acabar con esta laya. —¡Esas son ideas republicanas! —le reprobé. —¡Yo soy republicano! —dijo señalándose con el pulgar. Pero al momento bajó la voz mirando temeroso a su alrededor. —Bueno... —le dije—, a mí me da igual Imperio que República. Soy tu amigo y no me importa lo que pienses. Sólo deseo que salgamos a bien de Axón. Nada más. Sin embargo, el Buhonero amaba la discusión y no aceptaba rendiciones de ningún tipo. Adelantó el cuello hacia mí y con gesto de enfado me reprochó: —Cometes un error. No puedes preocuparse de ti solamente. Si quieres conservar esa cabezota sana fuera de las garras de un encefalópata, debes buscar algo a lo que dedicarte, algo que sea más fuerte que tú mismo y más importante. —Y se echó otro trago al coleto mientras la cifra roja de la mesa crecía y crecía. Yo no quería discutir, las discusiones me apartaban de él y lo necesitaba como amigo. —Tengo mi propia preocupación, y mi propia importancia. Mi clasificación personal de las cosas, y no voy a compararlas con las tuyas que eres zorro viejo en estas artes. Soy un notable educado para destacar, no para discutir. —Tienes razón —musitó más calmo—. Ahora saldré en busca de alguien que sea lo bastante loco para dejarse comprar y romper el bloqueo. Espérame aquí, no tardaré. Salió dejándome con el vapor que se había apoderado de mi cabeza. Los parroquianos no eran precisamente tipos tranquilizadores. Iban vestidos al gusto marinero y en general su aspecto me inquietaba. Recordaba las palabras del Buhonero "La aventura estaba con ellos". Esa era una espina que llevaba clavada en el corazón. No consistía en mi altura o en la anchura de los hombros, era una simple cuestión de catadura. Si la imaginación es el pensamiento del alma y la cara el espejo de ésta, aquellos personajes respiraban acción por todos sus poros, y en contraste, yo debía ofrecer el aspecto suave y virginal de un niño. Me levanté con la intención de inspeccionar el local, amén de abandonar el posible centro de todas las miradas. Y cuál sería mi sorpresa, cuando aquella mesa encantada, lanzó un bocinazo que me sobresaltó. La miré sin entender que sucedía. Lo comprendí enseguida: no había abonado el gasto. Para hacerlo tenía que posar la palma abierta sobre el panel al uso que a un lado ofrecía el artefacto. La mesa que disponía de un mecanismo criden, realizaba el resto. Pero no sabía si mi nuevo crédito estaba registrado en algún banco y tampoco contaba con los trucos del Buhonero. El encargado del local se acercó y entre el estruendo de la mesa, me espetó: —Seguramente eres un estúpido provinciano que no ve más allá de sus narices y por eso tendré la consideración que no debiera. Pon tu palma sobre el control y olvidemos este asunto, no pienso estarme la eternidad escuchando la sirena. |
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Era toda una andanada irónica, y la clientela, ansiosa de algo que le entretuviera en el tedio de la espera, se rió. Algunos batían las manos sobre los muslos como es costumbre entre gentes poco educadas. Me sentí humillado, y recordando el crédito metálico que llevaba, extraje con cuidado cinco de ellos, no sabiendo la equivalencia entre los cinco adarmes que marcaba la mesa y mis monedas. Y al arrojarlos sobre la acústica mesa, dije con gesto altanero: —¡Yo siempre pago en metálico! —y el sonido de los créditos alertó a los parroquianos que volvieron sus cabezas como si fueran avestruces. —¡Oro de Quemll! —gritó el posadero—. ¡Oro en auténticos créditos thubaní! —y recogió uno para comprobar su pureza—. ¿De dónde los has sacado? Y lo enseñó en alto para que se viera mientras decía: —¡Por lo huesos de Jaso Kuma! Hacía tiempo que no veía uno. ¡Mirad como brilla! Todos se acercaron, el crédito pasaba de mano en mano y los otros cuatro permanecían sobre la mesa, que impertérrita continuaba regalándonos con sus bocinazos. —¿Cuánto es exactamente? —pregunté irritado. —¡Muchacho!, con esta fortuna podrías comprarnos a todos. ¿Cómo tienes tanto crédito?, ¿acaso lo has robado? —y mientras decía esto, puso su mano sobre la mesa acallándola. —Dime —repitió—. ¿Lo has robado? —y guiñó un ojo a los espectadores. Les vi como aves de rapiña, prestos a desgarrarme con sus zarpas, quitarme la bolsa y quizá entregarme a la Cridenpol. —Los he ganado honradamente —aseguré. —¡Escuchad, hombres libres de Axón! —gritó el posadero—. ¡Aquí hay un muchacho que ganó honradamente cinco créditos thubaní! Recogí las restantes monedas y dirigiéndome a aquel despreciable ser, le reproché sus gritos: —En verdad que tu voz me recuerda al cuervo de los bosques y que la discreción no es la norma de esta casa, pero pasaré por alto esta ofensa. Puedes quedarte con ese crédito —y ante el asombro general, caminé hacia la salida conteniendo el impetuoso deseo de salir corriendo. Mas cuando estaba a punto de conseguirlo, un gigante desaliñado me alcanzó, y poniendo su manaza sobre mi hombro me detuvo en seco. —Espera chico —dijo ladino—, has tenido suerte de encontrar gentes honradas —y me pasó un brazo por el hombro—. Seguro que otros te hubieran expoliado, ¿verdad? —dijo al resto. Todos asintieron. —Ven —añadió arrastrándome al centro del local—, cuéntanos cómo conseguiste esas monedas. Entiéndelo, hace mucho tiempo que no se ven en Axón. —¡Sí! ¡Que lo diga! —exclamaron. Caí en la cuenta de que no sabía hacer nada productivo. —Los gané tocando el violín —fue todo lo que se me ocurrió. Ellos se rieron, gritándose unos a otros, mientras la cerveza se vertía de sus jarras y chapoteaba bajo sus botas. —¿Y dónde está tu violín? —gruñó el gigante. —En el muelle. Soy el ayudante de un mago. —¿De un mago, eh? Comprendí que mi indiscreción podía traerme problemas, pero también era cierto que el Buhonero no debía haberme dejado solo. —¡Déjame marchar! —le pedí—. Debo partir hacia otros lugares para que escuchen mi arte. —No hay prisa —dijo el Posadero—. Ninguna nave despegará hoy. Te escucharemos aquí también. —Sí —dijeron—. Queremos oír esa maravilla de arte. El mesonero se fue y al poco regresó con un viejo violín. Perteneció a un músico arruinado, dijo. |
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—Está bien —anuncié—, tocaré, pero deberéis callar. El gigante ordenó silencio con su poderoso siseo de reptil. Afiné el vetusto instrumento mientras sostenía el arco con dificultad, pues aún llevaba las cuatro monedas en la mano. En estas circunstancias, no puedo deciros de donde saqué las fuerzas para interpretar aquella magistral pieza: las danzas húngaras. El tacón y la bota de cualquier gitano hubiera bailado impulsado por la magia de las notas saltarinas. ¿Pero qué sabían aquellos rufianes de la antigüedad de mi música? Y claro, más pragmático, me fui acercando con disimulo a la salida, girando sobre mí al compás de la danza y el miedo. —¡Mentiroso! —rugió el gigante—, nadie pagaría un adarme por escucharte —y me miraron amenazadores como si su manifiesta intención de robarme fuera la cosa más natural del mundo. No me detuve a discutir sobre mi arte, les arrojé los créditos y dirigiéndome veloz hacia la puerta, estampé el violín en la cresta de aquel Polifemo analfabeto, y en esta lid, avanzando más a ojo de trasero que a buena vista, fue detenida mi huida por el choque contra un recién llegado, —¡Vaya! —exclamó. Era un hombre de magnífica planta, alto y musculoso, con traje de fasto y guerra, y armado de un manifiesto sable marinero y varias dagas. Se protegía los hombros con almohadillas de espadachín. Miró a su alrededor y asumió la situación en un instante. Instintivamente, me hice a un lado, un poquito detrás de él. Pero el gigante, con los restos del violín entre las manos, se acercó de dos zancadas y me agarró del brazo con terrible fuerza. —¡Ven aquí, embustero! —ladró. Y a pesar de mis esfuerzos no pude zafarme. El guerrero, que observaba la escena interesado, se adelantó mejorando su posición respecto a los presentes. Tenía nobles las facciones aunque gastaba un bigote rubio de guías retorcidas demasiado aparente, un coleto al gusto marinero complementaba su tocado. Se adivinaban nervios de acero en su mandíbula. Los ojos eran de un fiero azul. Y una chispa de poeta cabalgaba en su nariz gitana. Habló con voz grave y hermosa; —¿No cree que debería soltarlo? —¡No te metas en esto! —intervino el posadero—. ¡Es un ladrón! Pero yo lo negué con la cabeza. —Más parece que los ladrones seáis vosotros —dijo el guerrero sin alterarse. Se hizo una tensa calma sobre aquellas palabras cuando todos nos dimos cuenta que las cosas quedaban reducidas a tres personas. A saber y por orden de importancia: yo, víctima ingenua, pero no inocente. El guerrero, caballero andante a todas luces. Y el gigante, probable saco de las bofetadas. —Seas quién seas —dijo el gigante—, apártate o vete. —¿Y tú, muchacho? —preguntó mi salvador—. ¿Tienes algo que decir? —No soy un ladrón, señor. ¡Son ellos los que quieren robarme! —Comprendo —murmuró. Y dirigiéndose a mi agresor le ordenó que me soltara. Ante tal reto, el gigante me apartó con brusquedad plantándose todo lo grande que era, aparentemente dispuesto a despedazar a mi nuevo amigo. Balanceaba las caderas a la manera de los gladiadores. El guerrero no se movió. Durante un tiempo se miraron a los ojos y pude entrever en la apostura de mi valedor, la fuerza y elasticidad de un puma. El gigante llevó la mano derecha a la empuñadura de su daga, o al menos lo intentó. Porque de pronto, y tan veloz que parecía ajeno a la escena, el guerrero cambió su tranquila expresión por un gesto de ira y con un terrible grito desenfundó el sable, colocando la mortal punta en el cuello de su enemigo. Todos los presentes quedamos paralizados. —¡Kem! —musitaron— ¡Kem! —repetían unos y otros. Había presenciado el gesto más definitivo de mi corta existencia. Nadie podría resistir aquella demostración de poderío sin sentir como la sangre se le convertía en frío e inmóvil mármol. Había tal determinación en la punta de su sable marinero, en su guardia flexible pero acerada, en la exacta disposición para matar, que no me pareció un saber de seres humanos, de demonios quizá. Acababa de apreciar la eficacia de un arte caótico. Un gesto que me hipnotizó y que precisamente había sido creado para ello. La habilidad de un guerrero, la verdad más espléndida que hasta el momento hubiera contemplado, fue el eslabón que me condujo a una cadena de hechos que determinaron mi posterior comportamiento, y éste fue el primero de todos ellos. |
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Salimos de la taberna sin volver la vista atrás. El guerrero se interesó por el percance. —Querían robarme el crédito —le confesé. Pero no creyó posible que un simple muchacho pudiera manejarlo como si de un noble se tratara, y recalcó lo de noble. —Supongo que debo darte una explicación —le dije—, has salvado mi bolsa, no obstante, quisiera saber quién eres, no deseo verme mezclado en asuntos que no entiendo, sólo soy el ayudante de un mago buhonero. Al oírme nombrar al Buhonero, enmarcó cierta mirada de curiosidad. —Sé de un mago que busca pasaje para Koro —dijo—. ¿No será ése tu dueño. —Sí. Queremos actuar allí. —Es una notable coincidencia —aseguró— precisamente iba en su búsqueda. Y entonces me explicó que habiendo oído de boca de un piloto que un mago buscaba una nave para romper el bloqueo, quería conocerle pues se encontraba en la misma circunstancia, lo que sería beneficioso para todos, y hasta una suerte siendo como era, experto navegante y valiente espadachín. Su charla era viva y desenfadada, sus maneras suaves pero viriles, su porte audaz aunque con alguna tendencia al gesto dramático y trascendente. Sólo le hallé una falta, defecto que en aquella época me resultó notable. Despedía un extraño olor. Un tufo considerable, mezcla mal lograda de sentina y fuertes perfumes. ¡Pero qué importaba eso!, me hallaba solo y asustado y él dominaba el entorno con un simple toque a sus bigotes presuntuosos. Tiempo después yo también olería así. —Me alegraré de viajar contigo —le dije. No me atreví a preguntarle los motivos que le hacían abandonar Axón bajo el bloqueo, mi pregunta podía desencadenar las suyas, pero ardía en deseos de hacerlo. Poco más tarde, apareció el Buhonero que al verme fuera de la cantina y acompañado se alarmó. Luego de explicarle el incidente se tranquilizó. El guerrero se presentó como Nicéforo de Golius, y lo dijo de manera que parecía esperar que hubiéramos oído hablar de él. El Buhonero me llevó aparte y con malas palabras me echó en cara la nueva compañía. Mas yo le contesté: —Sé que no soy un avezado aventurero como Nicéforo y menos un experto viajero como tú. Pero tengo delante de mí la imagen de quiero ser y no viviré tranquilo mientras no me acerque a ella. En ese guerrero reconozco una parte. Así que deja de reñirme y comprende que no deberías haberme dejado solo. —Tienes razón, Aramiel, no tengo verdaderas razones para recriminarte. Comprendo que te guste su persona, pero ignoras tantas cosas que ocurren a tu alrededor que alguien debe cogerte de la mano a cada paso y explicarte quién es cada quien, y por qué revolotean en torno a ti —y al decir esto, miraba con prevención a nuestro amigo. —No te entiendo —le respondí—, tus palabras son oscuras, pero voy a olvidarlas, eres mi amigo y necesito de ti. A pesar de la cortesía que se prodigaban mutuamente, mis acompañantes no hacían buena pareja. Ignoraba las causas por aquel entonces, tal era el desconocimiento de mi propia vida. El Buhonero había contratado una nave que, por un alto precio, nos sacaría de Axón corriendo el riesgo de ser atrapada por los patrulleros Uhud. Necesitaba crédito para el pago, por lo que dije: —Se trata de mi vida. Es justo entonces que sea yo quien corra con los gastos. Déjame guerrero que cargue también con tu parte, salvaste mi bolsa y eso la hace tan tuya como mía. Es mi intención que partamos juntos y como amigos en esta singladura. —Así sea —asintió Nicéforo estrechándome la mano. —Bien, seamos amigos hasta que las circunstancias nos separen —sentenció el Buhonero. Nos encaminamos al hangar donde se encontraba él navío que nos trasladaría a Koro, primera etapa de mi viaje a Thubán. El Buhonero renunció a su equipaje y Nicéforo aseguró no tener más impedimenta que la puesta. Y con una disposición tan buena alcanzamos un destartalado cobertizo al borde del muelle. Algunos marineros jugaban sobre un bidón con naipes magnéticos. En el interior se hallaba una cabeza de transporte de amazacotada figura. "La Bisonte", se llamaba. El orín de las estrellas se había adueñado de su casco y la nave expelía desconfianza por todos sus pernos. El capitán era un viejo chivo escuálido y nervioso, que nada más vernos exigió su merced, cosa que satisfice en el acto, quedando mi peculio substancialmente reducido. La Bisonte estaba matriculada en Koro y también olía de forma extraña, al menos para mí, pues mis amigos pronto se encontraron a sus anchas, especialmente Nicéforo que entendía de astrogación. No era una nave de lujo, sino un tractor espacial con unos potentes motores de antimateria capaces de elevar sin esfuerzo un par de megatones. Recorrimos algunos pasillos herrumbrosos antes de sentarnos en la sala de navegación. El capitán cogió el tubo acústico y gritando sus órdenes en rapipalabra, a las que añadió algunos denuestos, mandó zarpar.
Tarareaba Nicéforo de Golius. |