|
Dago el Cruel LIBRO SEPTIMO Y ULTIMO - XX - La paz. La cabeza del nigromante. El capitán. Pecado de Simonía. El mensaje escondido. La infusión. La reina de las sombras. |
|
El aire de Milta era agradable, traía a mi recuerdo la brisa de Axón y también el perfume del azahar, la flor de los naranjos. Giován Bruno había partido ya hacía tiempo con la paz en sus valijas. Como gesto de buena voluntad, las armas callaban. Mis legiones habían puesto a Thubán al borde del colapso. Gigantescos incendios devoraban algunas partes del planeta sin que los arquitectos autómatas dieran a basto para reconstruir las zonas arrasadas y evitar las pérdidas de energía asociada. Millones de sus ciudadanos habían perecido en los combates. No quería convertirme en el asesino de Thubán y por esa razón esperaba con fervor la respuesta enemiga. Mi espíritu estaba sufriendo cambios que yo achacaba a una rara y tardía madurez. Al examinar mi pasado, lo encontraba infantil e inmaduro, y esta sensación, que imagino es parte de la reflexión de cualquier hombre, me servía de estímulo para encontrar un equilibrio entre las esperanzas y los hechos que padecía. Una transformación del pensamiento, una nueva forma de entender las cosas que en cierto modo era producto de la influencia que Giován Bruno había tenido en los últimos acontecimientos de mi vida, pero que indudablemente era además parte de un proceso mental muy personal, pues soy hombre sensible al color de los hechos y al negro de las dudas. Os diré que la paz que anhelaba —¡oh, paradoja!— me agitaba igualmente. Toda mi vida había aceptado mis impulsos como válidos, haz esto, me decía, haz aquello. Planes bien estudiados y finos análisis se me hacían ahora juegos sin sentido, y ninguno de mis actos pasados me parecían dignos de encomio, al contrario, los encontraba odiosos, su recuerdo me hacía temblar, especialmente los más trágicos. Era un hombre falto de creación, incapacitado para amar salvo a una sombra difusa, sin deseos de perpetuar mi apellido y rodeado de lobos. Al observar el comportamiento de las gentes, tanto amigos como enemigos me parecían ridículos histriones, únicamente, debo reconocerlo, salvaba a dos hombres: Simón Agrippa y Giován Bruno, del primero no tenía noticias desde hacía mucho tiempo, el otro, viajaba con mis mejores deseos. Yo sabía que el final de mi destino pasaba por un acto de heroísmo personal que a modo de sacrificio, completase no sólo el pronóstico sino la tragedia en suma. De esta manera, "Aquellos" que me observaban colmarían sus esperanzas y otros, más cercanos, se encargarían de terminar la debacle. Y siendo yo el principal culpable de la desolación que campaba en la Galaxia, se me ofrecía la oportunidad de redimirme, reencontrar mi horóscopo y a quiénes lo hicieron. Esto es lo que estaba escrito. Pero no iba a ser así. Renunciaría a todo, incluyendo el destino. Llegada la paz, y en vez de emprender el viaje en busca de los jugadores del tablero galáctico, dejaría a un lado el Caos para ocultarme en algún planeta alejado, Oloy por ejemplo. La Galaxia no volvería a oír mi nombre, jamás saldría de mi escondite ni aun para detener a mis chacales, el mundo se las compondría mejor sin mí, eso lo demostraban los hechos. Pocos días después y mientras observaba el cambio de guardia, llegó un comunicado de buenas noticias: ¡La República aceptaba iniciar las conversaciones de paz! —Anúncialo! —le dije al correveidile—. ¡Anúncialo al mundo! A las gente¡ a los soldados y oficiales, a los centinelas de los asteroides fortificados, a los pilotos de las naves y a los artilleros, a los capitanes y a los navegantes, a los hombres de edad y a las madres entristecidas. ¡Sal a las plazas y grita que hay paz! Suelta palomas por todas las ciudades, para que libres, lo anuncien con sus aleteos... Y mientras el mensajero volaba a las máquinas fototaquiónicas para dar a la Galaxia la noticia, yo mismo les grité a mis soldados: —¡He conseguido la paz! Alegraos, volveremos a casa, podréis abrazar de nuevo el talle de las mujeres amadas y acariciar las mejillas de vuestros hijos. Y corrí alocado por el palacio seguido de la guardia, que contagiada de mi ardor me vitoreó. Salieron los almirantes, y cuando conocieron la noticia quedaron mudos, en su interior deseaban otra cosa. —Tengo la paz en un puño —les dije—, ¡y por Gea! que voy a condecorarme por primera vez en mi vida con la cinta de los hombres honorables. Y tan alegre estaba que palmeé las espaldas de los Amenti, y ellos, un poco asustados del honor, se reían por lo bajo, cómplices de la deferencia, Dun Qarnaim me abrazó de corazón aunque no compartía mi alborozo, y al resto de los jefes, viendo su poco entusiasmo, les dije: —Será el gran almirante Dun Qarnaim quien lleve las negociaciones, confío en él más que en cualquier otro, por lo demás podéis hacer lo que os plazca, pero si me entero que tratáis de incumplir sus condiciones os desollaré vivos, convertiré vuestro peculio en premio a los héroes de guerra y repartiré vuestras tierras entre los veteranos. Al oírme gritar acudió Julia Lúcida. Y encontrándola bella, la cogí del brazo y me la llevé aparte. |
|
—Hoy es el día de la paz, y esta paz también nos atañe a nosotros dos. ¿Te gustaría dejarlo todo y venir conmigo a Oloy? —¿A Oloy? —repitió sorprendida. —Sí, iniciar una vida distinta, haciendo cualquier cosa menos nuestros oficios. Abrió la boca para decir algo pero la volvió a cerrar hasta que: —Me gustaría disfrutar de esta paz, pasear contigo por los campos y hacerlo bien apretados para evitar el viento frío. ¿Pero qué puedo decirte, Martin, no llega demasiado tarde? —A punto ha estado de serlo, pero afortunadamente he renunciado a todo. ¡No es tarde! La paz me ha dado nuevas fuerzas, olvidaré el pasado, lo enterraré como entierro esta guerra, volveré a ser el joven Aramiel que tú conociste, empezaré de nuevo, no quiero nada de lo que tengo, todo para ellos. Sé que te he humillado, que nunca te he dejado entrar en mi vida, pues bien, ahora quiero cumplir la promesa que un día te hiciera en Pandemónium. Ella zozobraba, se ahogaba en las dudas. No sé, repetía, no sé... —¿Amas a Azrael? —quise saber. —No, no es eso. Perdóname Martin, pero ignoro si debo confiar en ti, tantas veces me has engañado con tus palabras, tantas veces me has despreciado con tus actos, relegándome a mi papel de ninfa estúpida pegada a tu sombra, que ahora que me ofreces lo que siempre he querido, ahora no sé qué decirte. —Acepta, di que sí. Julia Lúcida nunca pudo contestar, no sé cuál hubiera sido su respuesta, y cerca de mi final, prefiero no saberlo. Y no pudo porque el arcángel de la muerte vino a mi con sus alas para traerme los restos profanados de quien había sido mi hombre más querido. Era un marino de trágico aspecto aquel capitán de navío que desde lejanas estrellas traía entre sus manos el envío de quienes queriendo maltratarme no encontraron mejor forma. El capitán, presintiendo quizá mi cólera, se arrodilló y dejó escapar de su abrazo la cabeza seccionada por el cuello de Simón Agrippa. —Apareció en una plaza de Pandemónium —dijo. Abrí los ojos incrédulo, y aspirando horrorizado las bocanadas de aire que me faltaban me derrumbé. Era él, no había duda, sus rasgos amoratados todavía revelaban la fuerza que siempre habían tenido. También Julia Lúcida se sobrecogió hundiendo el rostro en las manos. Se acercaron mis almirante y viéndolo se apesadumbraron. Grandes gritos de pesar se oyeron como lamentos de plañidera. Azrael que lo había tenido en mucha estima, gritó: —¡No puede haber paz! ¡Ellos siguen ahí! Habían separado su cabeza del cuerpo para privarle de un funeral, y también para traer a mi recuerdo otra muerte similar. Y en mi dolor, en mi desesperación, entendí qué querían decirme los asesinos. Mas no por ello levanté la voz, ni agité las manos para mesarme los cabellos como hubiera hecho en otro tiempo. Únicamente las lágrimas, libres de toda atadura, corrieron por mis mejillas a semejanza de ojos derretidos. Recibí este agua con alivio, resecas estaban las cuencas de mis ríos, de los ríos de mi faz. Y dije: —¡Armad la Sultán Onü para una larga singladura! Y sea su capitán éste que ahora me trae la desgracia, embarquen mis cien y traigan mi sable, mi armadura de combate y mi trenza dorada. Pero viendo como permanecían alelados, les recriminé: —¿Qué sois, estatuas absortas? ¡Cumplid mis órdenes! Dun Qarnaim negaba insistentemente con la cabeza: ¡No puedes hacerlo! Julia Lúcida se abrazó a Azrael rogándole que me lo impidiera. Recogí la cabeza de Simón y al hacerlo, todo el frío que la había preservado en su largo viaje me traspasó las manos llegándome hasta el interior. Estaba impregnada de una solución criógena y transparente que la conservaría para la eternidad. Su contemplación deshizo todas mis esperanzas, ¡no me libraría del destino!, el cordón de plata que me unía al postrero acto de mi vida era irrompible. Al cabo, cuando el capitán Noor aseguró que todo estaba listo para el despegue, me detuve en la escalerilla. Sollozaba Julia Lúcida y callaban los demás. Les dejaba solos y en la mayor de las dudas, dueños de un imperio pero faltos de autoridad, hambrientos pero repletos de manjares. Mas nada de eso me importaba ya como muy bien sabían los que me había enviado la cabeza del nigromante, yo acudía a su llamada, al encuentro definitivo. |
|
Correteaban los marineros alrededor de la Sultán Onü, cargaban las grúas robot los suministros, embarcaban los cien apresurados. Gritaba el capitán Noor las órdenes que aúnan las labores de partida. Blancos vapores se escapaban de las toberas del navío. Pedí al capitán que ajustara sus cálculos a la derrota ortodrómica hasta el planeta negro. Este sería el final de mi viaje. Julia Lúcida me abrazó y así se mantuvo un rato hasta que saltándose de repente se alejó corriendo. Azrael se acercó también, turbios sus ojos de emociones. ¡Te vas!..., musitó. Thalit de Mebsuta saludó al estilo militar y luego se inclinó con cortesía. Almuredín Sidi, cordial por una vez en su vida, me estrechó la mano con palabras de aliento. Algunos capitanes y hasta soldados se despidieron de mí, y unos querían tocarme las botas y otros rozar el reborde de mi capa negra. Pero Dun Qarnaim que andaba intranquilo a mi alrededor, les apartó con brusquedad. —Te vas como llegaste, creído de tus razones, pero en realidad sigues ignorándolo todo. Pues bien, corre detrás de esa sombra. Yo firmaré la paz, aunque sea una paz triste y solitaria... —Ocupa mi puesto —le respondí. Y le sonreí, mientras le abría mis brazos para que me abrazara, como hizo. Después se alejó un paso y se cuadró extrayendo su sable de mando y ordenando a todos los presentes mantenerse firmes, humilló el sable según la ordenanza y gritó: ¡Viva el emperador! —Ganada la paz, volved a vuestros cuarteles —les contesté saludándoles también militarmente. Una figura menuda corrió como una sombra entre las filas. Era Bellatrix, vestía de navegante y alcanzó la escalerilla con un jadeo. —¿Dónde vas tú? —Esta es mi nave —respondió con firmeza. Y pasó a bordo. Y en aquella mañana radiante de luz y repleta de vida, que había traído primero la paz y luego la muerte, largó amarras la Sultán Onü, llevando en su seno al hombre más poderoso de la Galaxia pero el más desgraciado. Un año duraría el viaje. La nave, armada de mi impaciencia, navegó sin desmayo, sin quejas, como un caballo bien entrenado que exhala el último suspiro en medio de un terrible galope. Mas siendo una máquina construida por artesanos, cada pieza estaba pensada con humanidad, era difícil pues que las estadísticas de averías y los azares de infaustos accidentes la afectaran, se impelía de mi ansiedad y tenía la sentina llena de nervios a flor de piel. Hicimos pocas escalas, las suficientes para repostar o para desembarcar a un marinero enfermo o un Amenti atacado de claustrofobia. A veces acudía a la sala de navegación y observaba la figura del capitán Noor que seco y misterioso manejaba el navío con la pericia de aquellos que tienen a sus espaldas escuela y experiencia. Era un tipo raro, en ocasiones le descubría mirándome absorto, y al darse cuenta, prontamente disimulaba. Mataba el tiempo charlando con Bellatrix, en sus horas libres, porque la muchacha se tenía por miembro de la tripulación y no descuidaba un momento sus deberes, que por otra parte cumplía a la perfección. Bellatrix era cálida y afectuosa, se sentaba a mis pies y dejaba que mis relatos la transportasen lejos, muy lejos, a veces apoyaba la cabeza en mis piernas y yo acariciaba sus cabellos negros. —¿Qué va a ocurrir? —me preguntó un día. —Que regresarás a Oloy —respondí, preocupado por su futuro. —¿Y tú? —Me quedaré en Noor. —Entonces yo también —dijo. Y me abrazó. Levanté su barbilla y posé mis labios en los suyos, fue un segundo, se retiró y corrida de color se marchó con la excusa de una guardia en el puente. Entretanto, en la Galaxia se declaró la paz. Los combatientes regresaron a sus cuarteles o fueron licenciados. Corrían extraños rumores sobre mi desaparición, y por ello, el mundo enterraba las armas pero bien engrasadas. En la tercera estación del 3.978 avistamos Koro, la última parada antes de adentrarnos en la Gran Nube Negra, su cercana presencia asustó a mis hombres, pero alegró la cara del capitán Noor. En Koro habíamos oído extraños rumores sobre el planeta negro, se decía que algunos capitanes piratas habían regresado a la piratería, otros aseguraban que la anarquía reinaba en Pandemónium y que el planeta se encontraba a merced de bandas de desertores del Caos, de huidos de todas las justicias, y hubo finalmente quien nos informó de la llegada de seres venidos del borde de la Galaxia. Y mis hombres temblaron cuando el capitán enfiló la Gran Nube con una sonrisa recortada en los labios. |
|
Nada podía asegurarme que en el planeta negro se encontraba el cuerpo de Simón, sin embargo, sabía que en algunas de las viejas casas de Pandemónium alguien me estaba esperando agazapado, presto para descargar sus armas contra mi persona, sabía también que detrás del asesino se encontraba ella, Alana Claudia, para terminar con la inútil persecución de toda una vida. Cuando alcanzamos el centro magnético de la Gran Nube, el capitán afirmó encontrarse imposibilitado para seguir, y sin más explicaciones, cerró los controles ordenando arriar las velas estelares. Los Amenti, alarmados, corrieron a los armeros y sacando sus fusiles de asalto, celosos como eran de mi seguridad, apuntaron al capitán. —Sácanos de aquí —le dijeron—, o eres hombre muerto. Para su sorpresa intervine diciendo: —Nadie se asuste, aquí se separan nuestras vidas, volveréis a Koro en esta misma nave. —¿Cómo es eso sire? —preguntaron—, no podemos regresar sin vos. —Tranquilizaos, nada malo me va a ocurrir, transbordaré a otra nave —y dirigiéndome al capitán añadí—: ¿No es así capitán Sad Al Bari? El susodicho se sobresaltó al saberse reconocido. —Se puede cambiar de cuerpo —le dije— pero no de personalidad y menos de alma. Seguís siendo el capitán gruñón y taciturno que conocí en Noor. Estoy a vuestra disposición. —Si es así, un bote nos abordará en segundos —respondió. Pero cuando hicieron su aparición los hombres de Sad Al Bari, la tropa me reprochó mi pasividad y hube de calmarlos para evitar un enfrentamiento. —Volved a Koro —les ordené—, el piloto os conducirá sin peligro —luego le dije a Sad Al Bari—: adelante, ardo en deseos de arribar a Noor. Hice oidos sordos a las súplicas de algunos de mis hombres que querían acompañarme, no entendían mis razones, y allí quedaron en la cubierta de la Sultán Onü, con los ojos muy abiertos y el alma encogida. El bote se despegó de la fragata que poco a poco se fue empequeñeciendo. Bellatrix apretaba mi mano un poco asustada. Durante un rato estuve contemplando la silueta de la que había sido mi nave capitana, mi hogar. De pronto explotó con gran luz. Sad Al Bari había dejado una bomba antes de partir. Airado me revolví, pero él extrajo su sable rápidamente y poniéndome la punta en el pecho, dijo—: —Ahora Dago, eres mi prisionero, así lo has querido. Calla pues como el más miserable de los cautivos. —No era necesario —le respondí señalando los restos de la Sultán Onü. —¿Qué quieres, que se presente aquí toda tu escuadra? ¡Para el mundo ya estás muerto! Bellatrix le miró con ira, una decisión que nunca había observado en ella. —¡No! —gritó. Puse mi dedo en sus labios. —Solamente es un emisario de los que me han enviado la cabeza de Simón, Un desertor de última hora, no es con él con quien debo enfrentarme. Poco después alcanzamos la Lhamayin y de madrugada en Noor arribamos a Pandemónium. El astropuerto olía a aceite. Los pomos ingrávidos, muy altos sobre nuestras cabezas, apenas iluminaban la tétrica escena de los antaño esplendorosos muelles piratas. Un par de navíos de vieja factura descansaban sobre la pista. Los hangares estaban vacíos y destartalados, el aire ya de por sí venenoso, se nos hizo aún más tóxico. Bellatrix tosió espasmódicamente. Pandemónium agonizaba, no había animación en el barrio porteño, y las tabernas, otrora bulliciosas, estaban cerradas y silenciosas, nada indicaba que tiempo atrás fueron el centro de la vida pirata, de misteriosas conspiradores y de lances alegres y otros ridículos. Las calles de la ciudad estaban mugrientas y húmedas, el agua de los canalones se filtraba por las grietas, y las aceras se cubrían de una espesa capa de fango y basuras. Muy pocas luces iluminaban las fachadas. Todo el barroquismo del viejo Pandemónium había desaparecido. —¿Qué ha ocurrido aquí? —le pregunté a Sad Al Bari. —¿Tú me lo preguntas? ¿El hombre que ha llevado a este planeta a la miseria? —La mayoría ha hecho buena fortuna —le repliqué—, aunque ahora estén lejos. —Los verdaderos Noor hemos vuelto a la piratería. —No está el cielo dispuesto para cumplir todos los deseos —le respondí haciendo uso de un viejo aforismo marinero—, por lo demás, quisiera detenerme en la que fue casa de Simón Agrippa. |
|
—Hacía allí vamos. —Entonces, no me muestres el camino, lo conozco. Alguien había intentado sin éxito quemar la casa del nigromante. La cal de la fachada, teñida de hollín, presentaba grandes claros y desconchones. En la terraza se amontonaban crisoles y redomas, unos rotos, los otros abollados. En los pasillos, los cascotes dificultaban el paso, los armarios y alacenas, los grabados, los frascos y los fetos monstruosos se encontraban esparcidos como si una mano furiosa hubiera arrasado las estancias. —Fue el mismo quien lo hizo —dijo Sad Al Bari adivinando las preguntas que me hacía. Descendimos al sótano, un obediente pomo nos iluminaba, pero las sombras escasamente se deshicieron. En una gran mesa de mármol blanco descansaba el mutilado cuerpo de Simón Agrippa. La impresión me paralizó. Su gigantesco cuerpo, congelado al igual que su cabeza, me horrorizó, hube de apoyarme en Bellatrix para no caer. El sufrimiento que expresaban sus miembros me llegaba en gemidos audibles. Posé su cabeza sobre su seno, a la altura de las manos, y éstas, crispadas, parecieron sostenerla un momento, para luego relajarse y morir definitivamente. —Quiero darle un funeral pirata —le pedí a Sad Al Bari. De la oscuridad salieron dos figuras cubiertas por sayones encapuchados. Era Crispo Crum el que fuera Eloim y otra persona desconocida, un hombre fuerte y bajo. El tiempo había hecho mella en Crispo Crum, sus movimientos eran muy pausados. —Yo me ocuparé de su funeral —dijo—, ahora está completo. —¿Cómo lo capturasteis? —pregunté. —El mismo vino aquí detrás de lo que buscaba —respondió Crispo Crum—. No fue una muerte violenta, le dimos opción a terminar sus días de forma íntima, pero antes arremetió contra todas sus pertenencias, vomitaba fuego por las manos. Cuando acudimos, le encontramos así, helado y separada la cabeza del cuerpo. Su significado se me hizo claro, por eso te fue enviada. —Fue un hombre desgraciado —dije—, bondadoso para quien supiera acercársele y terrible para sus enemigos. —Cometió un grave pecado contra sí mismo —añadió Crispo Crum—. Abandonó su alma por conocimientos peligrosos, un saber que hiere con la soledad. Quiso adentrarse en dimensiones ocultas para vigilar a sus enemigos, transformó la venganza en deseos de poder, y éste lo mató. Lo oculto concede los poderes que se solicitan, pero tan literalmente que atraviesan los hechos como un rayo mortal sin diferenciar amigos de enemigos, ese fue el precio. Hizo de ti un instrumento formidable, un poder que sobrepasó su entendimiento. Y tú fuiste una espada de doble filo para su alma, finalmente lo mataste enviándole detrás de Alana. A punto estuvisteis de terminar con la Galaxia, empero no con las ideas, ellas triunfan siempre, incluso en la misma derrota se hacen más grandes. —¿Crees qué la libertad es una idea? —le respondí—. La libertad es acción. Mi imperio no está adornado de ideas, ni de leyes o reconocimientos idealizados, el Caos ha ofrecido a los hombres una oportunidad individual de acción, para que los marginados pudieran librarse de la manipulación de la Ley, del monopolio de la administración del terror. Esto era el Caos, aunque ha fracasado. Dije a los hombres: sed libres, pero a la vez les conminé a obedecerme. La paradoja es un asunto del Caos, el mundo podía haber dado un paso adelante, pero lo ha dado atrás. El resultado era imprevisible, esa ha sido la magia del Caos, destruirse a sí mismo. Y ha terminado con la vida de Simón Agrippa y terminará con la mía. Sin embargo, no hemos sido nosotros dos los culpables de este fin, son otros, otros que permanecen escondidos. —Te engañas, Martin Dago —dijo el hombre que permanecía junto a Crispo Crum. —¿Quién sois? —Me llamo Ioham Liber y me conociste en otro lugar —y se descubrió la capucha. ¡Ioham Liber! Tan calmo, saludable y flemático como acostumbraba. Los herméticos habían acudido al último acto de mi vida. Su presencia por un lado me enfureció, pero por otro tenía tanta lógica... —¿Qué hacéis los herméticos aquí? ¿No estáis violando vuestras leyes con esta presencia? —¿Qué importan esas preguntas? —respondió—. Si estoy aquí es por la necesidad de libraros de ciertas ataduras, para saldar la cuenta que contraímos contigo. —Ciertamente que tenéis una cuenta pendiente, una vida entera me debéis! —dije colérico. |
|
—Pagaremos esa deuda, aunque no es tanta como piensas —repuso—. Y lo haremos echando luz sobre tus dudas. No fuimos nosotros quienes influimos en tus actos, fue él —y señaló el cadáver de Simón Agrippa—. Un hombre extraordinario que supo elevarse sobre el saber y sobre su tiempo para desde esa perspectiva pasar a la categoría de "jugador". Sabía que nosotros existíamos, y no porque nos conociera, sino porque vio nuestra mano en cada hecho trascendental. Ese descubrimiento le convirtió en "jugador". en alguien con capacidad para mover las piezas del tablero galáctico. Necesitaba un rey, y te hizo a ti. Te colocó en cada uno de los lugares decisivos, allá donde preveía que otros hombres representaban las piezas de otros "jugadores". Con gran facilidad te deshiciste de nuestros peones. Fuimos derrotados una y otra vez. Levantamos las naciones contra el Caos, pues si en un principio los Noor encarnaban la descomposición del final que a nosotros interesaba, con el paso del tiempo tus victorias contribuyeron a unir la Galaxia. Nada parecía detenerte, nos temimos un resultado completamente distinto a nuestros pronósticos. Pero entonces, inesperadamente, Simón Agrippa abandonó la lucha. Te dejó libre. —Explíquese. —Un elemento fortuito que fue incapaz de valorar, un azar, una emoción que tú llevabas dentro de ti: Alana Claudia. Simón Agrippa te amaba, eras su obra maestra, un compost que superaba todo entendimiento, la venganza rumiada contra la Ley durante los años pasados en los sumideros de Faetón, el rayo vengador de un hombre injustamente encarcelado. Y porque te amaba sufría al verte desequilibrado por un amor que le era imposible resolver. Trató de cambiarlo, quiso trazar un pozo entre tú y Alana, y te enfrentó con Jumo Abubos. Pero eso te hizo aún más desgraciado. Finalmente le enviaste tras ella, supo entonces que había fracasado, la misma Alana le reveló el motivo. Todo había sido inútil, pues tú, su creación, eras simplemente un ser que para alcanzar la felicidad tenías que abandonar la obra que él había construido para ti. Se quitó la vida para dártela a ti, te envió su cabeza para pagar la deuda que contrajo contigo y Jumo Abubos, consciente de que ello representaba perder la partida. Al abandonar a tus fuerzas frente a Thubán, la Galaxia se ha salvado. Ahora está lista para emprender la nueva pulsación. —¿Cuál es la revelación que le fue hecha por Alana? —le pregunté. —A su tiempo. —¡Qué sencillo resulta decirme esto ahora, cuando nada tiene remedio! —dije—. ¿Qué razón es la que os permite envenenar mis pensamientos? Decidme hermético, ¿ha respondido mi vida a vuestros pronósticos?, ¿es el destino impenetrable, los hechos de una vida conducen todos al mismo resultado? —Así ha sido en vuestro caso. —Dago —intervino Crispo Crum—. El pasado se fue, es ahora cuando las fuerzas que te observaban pueden hacer acto de presencia. Las señales surgen cuando una civilización está a punto de desaparecer. Cae el telón para esta pulsación de la humanidad y renacen otras formas que ignoran nexos anteriores, pero antes es preciso que la civilización predecesora se destruya a sí misma. Y en este ciclo eterno —una espiral evolutiva—, donde se repiten el escenario, los actores y hasta el drama, solamente cabe una salida, cambiar el decorado y los protagonistas. Y sobre las ruinas del anterior reintentar hacer del hombre imagen del contenido íntimo del universo, es decir, inteligencia racional ajena a la autodestrucción y hasta a la materia perecedera, Convertir al hombre en dios, dioses capaces de diseñar su propio universo, ¡verdaderos dioses! Una nueva pulsación va a nacer, ella lo intentará. —Y yo he sido el hombre señalado para rematar a un moribundo —musité—. Decidme, Ioham Liber, ¿como pueden confluir en un sólo hombre tantas señales? —Más difícil era que la vida prendiera en la Galaxia —miles de azares había que atar—, y así fue. No os extrañe entonces que un hombre o un pueblo sean designados por el albur. La inteligencia es anterior a las estrellas, a las galaxias e incluso a este universo, adopta muchas formas de sustentación física, pero es siempre lo mismo: inteligencia. Uno, si lo queréis así, un espíritu inteligente que habita y llena los intersticios vacíos —pero sólidos— que existen en la tela sideral. Ese es el camino de todas las razas inteligentes, fundirse con el Uno. Sad Al Bari nos condujo a una dependencia grande y cálida. Para Bellatrix habilitó una celda aparte, y aunque la muchacha se negaba a separarse de mí, la cara de Sad Al Bari no admitía réplica. Antes de que el estrábico capitán se marchara le pedí que se sentara un rato conmigo. Quería pedirle un favor. —Sé que no gozo de tu simpatía —le dije—. Pero acepta mi ruego como el último deseo de un condenado. —Habla. —Bellatrix, la muchacha que viene conmigo, quiero que te hagas cargo de ella. Puede parecerte extraño lo que te pido, más, siendo tú uno de mis enemigos, pero sé que eres un hombre honrado y que no le harás ningún daño. —¿Y si no acepto? —A nadie tiene más que a mí —y le conté cómo había ido a parar de Oloy al puente de la Sultán Onü. —¿Y ella, qué dirá? —Le hablaré. Sad Al Bari se hallaba desconcertado, sacó su skatt y fumó nerviosamente. No era hombre de muchas palabras y los minutos transcurrieron en silencio. Meditaba mi proposición. —Eres un hombre extraño, Martin Dago, muy extraño. Pero el hecho de que hayas vuelto a Pandemónium sabiendo lo que te esperaba, te redime a mis ojos. Aceptaré hacerme cargo de ella, aunque no entiendo por qué me has escogido a mí, un pirata. —Porque eres el capitán de un bello navío. Me miró pensativo, descargó la ceniza de la pipa y se la guardó. —Qué el Uno te arrope con su calor —dijo. Y salió. |
|
Una luz iluminaba el centro de la celda como un cono amarillo cruzado de chispas blancas, un capirote de fotones para mi cabeza de condenado. Había una alfombra cubriendo el suelo, me senté sobre los talones, incliné la cabeza relajando los hombros y caídas mis manos sobre los muslos, dejé que mis ideas corrieran a su gusto. ¡Qué rara era la seguridad que me calaba el alma! Retazos de mi vida se cruzaban en mi mente, algunos me hacían sonreír, los encontraba grotescos. Mil epílogos se me ocurrieron para después de mi muerte, aunque de ninguno podría participar, es lástima, pero al morir, el ser humano se pierde su propio final, siendo la ausencia lo más definitorio de la muerte. Me consolé pensando en otras existencias, algún día mis partículas volverían a formar parte de otro ser, y sería, estrella, una gigante azul, o un cometa helado de larga cabellera. Quizá un planeta poblado, y entonces pertenecería al alma de un mundo, podría terminar también como lluvia sideral, polvo de meteoro regando una ciudad o un fértil campo. Una sola cosa me quedaba por hacer, hablar con Alana, coger sus manos suaves y besárselas, después, el verdugo podría engrasar sus instrumentos. En estas reflexiones se perdían las horas. La luz recortaba mi sombra contra el pavimento. Su contemplación se me hizo ajena, pues siendo su perfil de aspecto poderoso, parecía contradecir mis pensamientos. En un instante me asaltaron deseos de vivir. ¿Por qué morir? Yo era un luchador, desafortunado en la causa, pero nunca en la batalla. Todavía conservaba mi sable Despierto, sólo tenía que extraerlo de su funda y pelear, morir combatiendo. Pudiera ser que me hiciera con la voluntad de los hombres que me condenaban. Buscaría a Alana y emprenderíamos una nueva vida. ¡Qué sueño tan delicioso! Pero un hombre no puede reencarnarse en vida, hay que morir para eso. Había gastado mi tiempo, y los humanos son seres incompletos que recorren esta dimensión en una sola dirección. La Galaxia y sus planetas quedaban atrás, muchos lugares conocía, grandes los paisajes admirados, y en ninguno de ellos eché raíces, no tuve patria, ni fortuna, ni propiedades, ¿para qué las quería un hombre como yo? quizá el único de mis soldados que no luchó por el beneficio. ¿Cuántos pensarían que lo hacían por su país? En realidad. el hombre está dispuesto a morir por cualquier excusa, y lo hace con la mirada firme, sin miedo al horrible enemigo, sin obsesiones ni críticas, armado de la ración de odio que puntualmente se le sirve. En mi meditación no reparé que la puerta se abría y una sombra entraba en la celda. Bellatrix me sacó de mis profundidades. —¡Bellatrix! —musité. Se desabrochó la casaca y sacó una pistola LXR. —¿Qué haces con eso? —La saqué de la Sultana. Huyamos de este planeta. —Es la primera vez que te veo con un arma —le reproché, —¡Es para defender nuestras vidas! —Nadie te amenaza, Bellatrix. —Pero tú estás en peligro, lo sé. Mataron a Simón Agrippa... —No, Bellatrix, ambos vinimos aquí voluntariamente. —¡No! —y pateó el suelo con furia—. Nada entiendo de lo que dices. ¿Por qué quieres quedarte aquí?, ellos te van a matar... —Es posible, pero un hombre debe ser consecuente con su vida, y este es el final de la mía. —¡Tonterías! Se acurrucó a mi lado y la acaricié el pelo. —Ahora debes volver a tu celda, he dispuesto que regreses a Oloy, un capitán noor te llevará. Negaba con la cabeza, empuñaba la pistola y los tendones de su pequeña mano se resaltaban. Se la quité y la aparté. —¿Por qué? —gimió. Y le acompañé hasta la puerta. Transcurrieron las horas, la luz perdió brillo y se hizo más pálida. Entraron gentes en la celda y se acomodaron a mi alrededor, sus respiraciones eran suspiros que no querían turbar mi paz. Se encendieron entonces algunos pomos y pude distinguirlas: Crispo Crum, a mi derecha, más viejo como ya he dicho, Ioham Liber, el hermético enviado para asistir a mi funeral. El capitán Sheratán, con la barba blanca y la espalda ligeramente hundida, y a su lado Xirina, bella todavía. Sad Al Bari, disfrutando de su nueva personalidad. Y otras gentes que apenas reconocí, renegados de mis filas. Y también vi a mi primo Hamal Dabih con un niño de pocos años, que indiferente al momento, se había dormido sobre las rodillas de su padre. |
|
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté. —He unido mis fuerzas a la resistencia. —¿Tú, convertido en un pirata? —y meneé la cabeza divertido. —¿Es tu hijo? —Sí. Luego extraje mi skatt del bolsillo secreto y llenándolo de resina, aspiré fuertemente pasándole la tabaquera a Sheratán. —¡Ah! —exclamó éste cuando su pipa humeaba—. Hacía tiempo que no fumaba algo tan bueno, desde la partida de Pandemónium —pero al recordar tan triste fecha, enmudeció un poco envarado. —Aún conservo el skatt —le dije a Xirina. Ella sonrió pero no dijo nada. Al poco, una mujer compareció en la habitación llevando una bandeja con vasos para el té. Iba cubierta con un sobretodo encapuchado que ocultaba sus facciones. Se sentó y preparó la infusión con calma. La tetera, llena de agua caliente, humeaba junto al azúcar de color moreno amazacotado en un cono, Lavó el primer té y después azucaró la tetera, añadió mas agua y esperando unos segundos chorreó el líquido sobre los vasos, después se los tendió a los presentes. Sorbimos en silencio la infusión aderezada con hierba buena y algunas gotas de agua de azahar. Tenía la mujer las manos finas y cuidadas, la figura estilizada y sus movimientos la gracia de la mansedumbre. Sólo se oía el rumor de los labios bebiendo y las bocanadas de los skatt. —Hoy es un día triste para nosotros, Martin Dago.—dijo Crispo Crum. Asentí con la cabeza. —Sin embargo hay paz en tu corazón y eso nos reconforta. Cerré los ojos un instante, después busqué el rostro de la mujer encapuchada. pero ella, percibiéndolo, bajó la cabeza y se ensombreció. Se levantó el que fuera Eloim de los Noor y al salir me rozó la cara con sus dedos, también lo hizo Sheratán, que toco mi túnica un momento, Xirina se adelantó y me besó en la mejilla mientras una lágrima se le escapaba como un diamante al trasluz. Hamal Dabih se detuvo con su pequeño en brazos, pero no quiso romper el silencio. Quedé solo con la mujer. Con un gesto muy lento retiré la capucha para descubrir su rostro. Levantó entonces Alana la vista y nos miramos durante un tiempo. —Alana... —dije—. Reina de mis sombras... Ella esbozó una sonrisa. Las luces tomaron vida, el pasado murió y el futuro se abrió hasta el infinito porque Alana me amaba. Al amanecer, Alana Claudia se retiró, pedí entonces un escritorio, quería contaros esta historia.
FlN |