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Dago el Cruel LIBRO PRIMERO - III - ¡A la aventura! Koro. El burdel. El agente de la República. La mujer de la cola del León. La Athanatos. |
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Amanecía cuando el capitán de la carguera ordenó zarpar. La luz diurna se filtraba por los tragaluces en largos trazos, iluminando caprichosamente, un trozo de mesa aquí y un retazo de suelo allá. A su través, los objetos se veían provistos de cierta magia. Nuestra maniobra era ilegal y seguramente los oficiales del control de vuelo, darían cuenta a las estaciones en órbita de la armada y seríamos perseguidos. Este era el riesgo que había que correr, y era un riesgo aceptable, igual para todos, para el capitán Rass Algedi que mandaba la Bisonte, para el Buhonero que se hallaba sentado cerca de los controles, para el guerrero que rebuscaba en sus bolsillos y para cada uno de los marineros que desde sus puestos controlaban la maquinaria. Y desde luego, para mí. Era pues, una empresa que valía su peso en oro como muy bien había exigido el enjuto capitán. La única ventaja de que disponíamos se limitaba a navegar callados por la astropista Axón-Koro. ¡Mi primera singladura! Qué alocados pensamientos me abordaron en aquel rojo amanecer que pronto se convertiría en el negro estelar, aún más evocador. Tantas emociones juntas alejaron de mi pensamiento el ánimo que sopesa el peligro y hasta la muerte. El capitán se rascaba la sotabarba picajosa y deshaciéndose de algún pelo moribundo, preguntó con su voz gruesa y añeja: —He recorrido la Galaxia de cabo a rabo, poco tengo ya que ver, no me impresionan los patrulleros Uhud y las estrellas me parecen un buen catafalco. Pero siento curiosidad por saber quiénes sois y qué trajines os lleváis a las manos. Y lo digo con la confianza que me otorga el estar embarcados en el mismo asunto. Le escuché como si fuera un personaje de ficción, con su desgarbado cuerpo a duras penas sostenido por las flacas piernas y sus ademanes de rapaz. Había pronunciado la palabra "asunto" con un tono especial, algo entre ilegal y agradable. Me imaginé que éramos contrabandistas o verdaderos piratas. El Buhonero le respondió con evasivas, no estaba dispuesto a confiar en él, más allá del pago a sus servicios. Dolido, el capitán se enfrascó en algunos cálculos con su vetusto ordenador al que de vez en cuando sacudía sonoros golpetazos. Atrapó el tubo acústico y lanzando un juramento marinero ordenó "avante toda". Era el momento de correr. El viejo lobo se movía a su gusto entre los instrumentos de navegación. Daba saltos como un caballito de mar, y a cada uno, los pelos de sus cejas pujaban por escapar de aquella cara surcada por rutilantes regatas y en la que algunos dientes alumbraban destellos de soledad. La cabina era una muestra de la transitoriedad de los hombres del espacio. Nada parecía firme o duradero. Adheridas a los mamparos, algunas imágenes de atrevidas hembras nos sonreían con sólo mirarlas, también las había que hacían más cosas. Me acerqué a la lumbrera, el panorama era magnífico pese a la distorsión de la astropista. A sotavento de la luz de Axón, se distinguía majestuosa una de las balizas de navegación rápida que desde los tiempos de Jaso Kuma guardaban las astropistas imperiales. A estribor, Axón planeta, inmenso y con su peculiar meteorología dibujando remolinos coloreados en su corteza. A proa, casi atrayéndonos como sirena gravitacional, el satélite Yermo. Fantástico espectáculo de luz y tinieblas, cuajado de lágrimas lejanas, cometas y planetas artificiales, balizas vivas y ancladas. Nadie podía poseer tan negra extensión sin límites, reino de la nada, vacío esplendoroso, espíritu del Uno. Las estrellas habían dado al hombre su capacidad Para razonar. Cuando éste se preguntó qué eran aquellas gotas brillantes, las estrellas supieron que pronto, muy pronto, serían visitadas. Ellas fabricaron en sus hornos todo cuanto se necesita, cada uno de los átomos de que estamos hechos. Sabían que su número tenía que ser de miles de millones para que de cada mil de ellas, algunas contemplaran con amorosa y cálida visión el nacimiento de la vida, el fruto galáctico, la Galaxia florecida. Y así, a veces, se desprendían de lo mejor de sí mismas para dar el material que precisa la humanidad, en un glorioso, nuevo y energético canto de luz, color y fuerzas no visibles. Y el hombre, fruto maduro, lo había comprendido desde el principio y ansió reencontrarse. Nicéforo de Golius, acomodado sin preocupaciones, cargaba su skatt con resina del Armistán disponiéndose a serenar sus pensamientos. El Buhonero vigilaba atentamente los movimientos del viejo marino, y yo les miraba como a grandes héroes. El guerrero me sonrió pícaro mientras encendía la pipa con el gesto calmo y preciso del fumador veterano. Estaba deslumbrante, debería tener unos treinta años y era un toro gitano de coleta rubia y curiosos bigotes. Me tendió la pipa humeante y aspiré el humo blanco y relajante. El capitán, al verlo, lo husmeó con codicia. —¡Ah, resina! Me encantaría fumar con vosotros, a pesar de que sois personas de escaso interés para mí. |
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Pero lo decía despechado por las palabras del Buhonero y en su mente se cruzaban sentimientos de amistad. Y para reforzar la demanda, sacó su pipa de cazoleta. Nicéforo le alargó la tabaquera y el viejo marino se frotó las manos de contento. Mas el Buhonero se llevó las manos a la cabeza y dijo: —¿Cómo podéis fumar ahora, en el riesgo de ser capturados? No es hora de relajarse sino de afinar la vista y el oído. El capitán Rass Algedi le respondió sonriente: —Bendito el Uno que proporcionó al universo esta paz —y señaló la pipa—, pues desde ella sabemos que lo que ha de suceder, sucederá. Alejad el temor porque yo soy el capitán de este navío y cargo con todo él. La buena estrella del destino, ella es la que nos va a salvar. Grande es su poder y grande su nombre. Y para nuestra sorpresa se puso a cantar este himno del libro sagrado:
A sabiendas de los peligros que advertía el Buhonero, Nicéforo y yo aplaudimos divertidos el canto desgarrado del capitán. ¡El diablo se lo lleve!, era su frase favorita. ¿De qué íbamos a tener miedo con un capitán tan decidido? Y como quedaban semanas de astropista, le rogué al guerrero que me contara alguna de sus aventuras, porque al verle, me las evocaba en cada uno de sus gestos. Reconocía en él al hombre que se ha formado a sí mismo, un actor, mezcla de pose guerrera, brillos de locura en sus ojos y poesía frívola. Un consumado actor del teatro estelar. El Buhonero, experto catador de hombres, me previno contra las fantasías que el espadachín poeta trataba de imbuirme. Sólo es un Don Sable —decía celoso—. Un gipso de una tierra ignota. Y se alejaba volviéndonos la espalda muy digno, pues sin querer le había desplazado de mi amistad. Y allí, en la sala de navegación de la Bisonte, sobre los restos de comida preparada y con el zumbido de los motores engullendo la energía de la astropista, el capitán, Nicéforo y yo, fumábamos, reíamos y nos conmovíamos con las historias que el propio guerrero relataba. Gladiador en Golius, piloto de competición en botes veleros, ladrón de abejas, poeta en concurso, atleta y tañedor de laudes. También el viejo marino contó atrevidas hazañas de su pasada juventud, y eran aún más increíbles si cabía. Y el Buhonero, viendo la porfía que mantenían los dos aventureros a mi costa y queriendo alejarme de tales pensamientos novelescos, decía irritado: —Aramiel, no debes hacer caso de esa pareja de insensatos, porque si de sus palabras se tratara, la Galaxia sería un campo sembrado de magia e ilusiones. Y sabrás que no es ésta la realidad, sino cosa distinta. La fantasía, Aramiel, es como el polvo que se desprende del espíritu del Uno. —¡Ah, Buhonero! —le respondí—, ya sé que la fantasía es el producto de nuestra imaginación, que la materia y el universo parecen más notables, según dicen, ¿pero qué diferencia hay entre los misterios filosóficos, y la imaginación popular que se cuela entre los intersticios de las naves, impregnándolas de fantasmas y alucinaciones? ¿No resulta la idea del Uno tan fantástica como la del ave madre de los espacios que recorre la Galaxia buscando su polluelo perdido, y picoteando los planetas como si de huevos se tratase? ¿No resulta fantástica y por eso entrañable la idea de Dios? Habían quedado impresionados por mis palabras, no las esperaban de un muchacho tan joven. El capitán Rass Algedi, quizá el más respetuoso con lo inmaterial, dijo: —Todo eso está muy bien, muchacho, pero no se puede ser tan certero con tan pocos años. Claro que existe el Uno, ¿acaso no se le ve por doquier? ¿No es la eternidad una de sus cualidades? ¿Cómo podría existir la Galaxia si no? Y Nicéforo añadió: —El Uno existe en nuestros corazones, eso lo sabe cualquiera. En la antigüedad era tan poderoso como débiles sus devotos. El Imperio en su soberbia, quiso despojarle de una parte que le pertenece, y lo llamó efecto y no causa, pero no es una negación, ellos mismos empezaban a creerse dioses. Estos diálogos impropios de aventureros, entretenían nuestro viaje, mientras la tripulación escupía al pasar a nuestro lado, pues consideraban estos asuntos charlas de viejas. Lo que está claro está claro, y no hay más que hablar. Lo que no quitaba para que le pidieran al guerrero un poquito de resina o le invitaran a jugar al Bat-Birú con naipes magnéticos. |
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El astropuerto de Koro, elevado al estilo clásico, disponía sin embargo de una especial estructura que facilitaba el tráfico de navíos sin interrupciones, y esto era así, por el gran volumen de su comercio. En realidad a lo que más se parecía era a un altísimo árbol que en vez de ramas tuviera hojas, y cada una podía albergar una decena de grandes y panzudas naves de carga. El aire de Koro es cálido y sus días soleados, las ciudades son amplias y muy cercanas unas de otras, agrupándose siempre alrededor de su mercado, alma y vida de todas las actividades del planeta. La capital, puerto franco y vista gorda, era el centro de los negocios más substanciosos de la Galaxia. Allí se reunían los comerciantes de Thubán o de Axón, y tampoco era raro ver entre ellos, hombre blancos Alt, consultando sus máquinas de calculo, o gentes más advenedizas, atraídas por el negocio fácil. Cuando pusimos pie a tierra y después de despedirnos del capitán Rass Algedi, Nicéforo, que conocía el planeta, preguntó: —Deberíamos preocuparnos ahora del alojamiento, ¿acaso tenéis plaza en algún lugar? De lo contrario, no pudiendo consentir que correteéis sin rumbo cuando yo conozco la ciudad palmo a palmo, os ofrezco cama, hogar y hasta diversión. A lo que el Buhonero respondió: —Agradezco tu intención, pero hemos de sacar los pasajes para Lisia, desde donde enlazaremos con las rutas thubaní. —Espera —exclamé—, pasemos unos días en Koro sin preocupaciones, visitemos la ciudad y el mercado, conozcamos sus gentes y sus modos. No hemos huido de Axón para correr detrás de los navíos comerciales. Viajemos, sí, pero contemplando el panorama. El guerrero asintió con alegría, pero una sombra cruzó el rostro del Buhonero, y en mi corazón supe que ellos dos no eran compatibles, y cavilaba por la extraña razón que se lo impedía. Las prisas del mago me resultaban incómodas y precipitadas, Axón quedaba lejos. —No eres mi guardián, Buhonero, desearía que olvidaras tu premura. Mas él musitó palabras imperceptibles que se referían a los peligros que acechan a los infantes inexpertos. Entonces busqué los ojos de Nicéforo y le pregunte: —¿Cuáles son tus planes en Koro? ¿Piensas quedarte mucho tiempo o partirás hacia otros lugares más agitados? ¿Emplearás tu espada en ganar crédito o correrás alguna aventura trepidante? Se rió, y pasándome la mano por el hombro dijo: —Tengo intención de divertirme contigo si así lo deseas, te presentará a los buenos amigos que aquí tengo y también algunas meretrices de postín—, y me guiñó un ojo. —Estupendo —anuncié batiendo palmas—. Mientras tanto el Buhonero puede sacar los pasajes para Lisia, pero sin prisas. —Sí, eso es —agregó Nicéforo—, podemos reunirnos después. El Buhonero nos miró muy serio, quizá más de lo que la escena necesitaba. Luego asintió apesadumbrado y partió en silencio. Permanecimos quietos un instante, la figura del mago se perdía entre la multitud de viajeros. Había algo triste en su marcha. Pero Nicéforo me agarró del brazo y con voz animosa me arrastró hacia la diversión y el placer prometidos. —Veamos primero el zoco —dijo. Riadas de hombres y mujeres de toda la Galaxia convergían en el mercado. Ocupaba una extensión enorme, que vista desde nuestra altura, impresionaba, Miles de toldillas, cada cual de su color, tapizaban el raso, ocultándolo a la vista, bajo ellas y como hormigas también policromas, se agitaba una afanosa muchedumbre, rebuscando entre las mercancías, deseosa de comprar, de comprar cualquier cosa, ¿qué importancia tiene eso? El zoco estaba dividido en zonas similares, de tal suerte que no era necesario recorrerlo enteramente para adquirir algo concreto, Los puestos se apiñaban alrededor de plazas y calles y las voces de los vendedores y los regateos de los compradores resultaban tan abrumadoras que no comprendía como podían llegar a un acuerdo y menos al momento de tal. Se arremolinaban en torno a la mercancía y gritaban disputándose el favor de adquirirla, mientras el vendedor, atento a las ofertas, anotaba en su chip las cifras más interesantes según la puja subiera o bajase. Nadie que no fuera él mismo podía adivinar cuales eran éstas y cuales sólo un farol de los reclamos al servicio de algunos compradores. Nicéforo me aseguró que se vendía cualquier cosa por rara que fuera. Ropa, abalorios, armas y perfumes, son en Koro, las mercancías más preciadas, ellas forman parte de la piel social de un hombre, porque las gentes sufren cuando no pueden cambiar estos aditamentos por otros nuevos. Los avispados comerciantes zaqib —el principal clan koriano—, hacen excelentes negocios trayendo a la periferia aquello que nadie quiere en el centro. Y los habitantes de ésta, lo compran en exclusiva sin saber que ya hace años ha sido desechado en Thubán. Mas también el centro viste ropas de la periferia, pues los thubaní son muy aficionados a lo nuevo, y el exotismo provinciano es un buen negocio para los exportadores zaqib. Estos ricos comerciantes se pasean orgullosos del brazo de sus amantes, profusamente adornados de joyas y brillantes, y muchos son los que pueden presumir de máquinas vivas fabricadas en exclusiva y a su gusto por artesanos biólogos, realmente podían confundirse con personas, de tan magnífica factura. |
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Algunos aseguran que las mayores fortunas de la Galaxia se encuentran en Koro, donde el criden no tiene ninguna importancia sobre la población y el crédito metálico corre de mano en mano, y que Axón no tardará en presionar sobre el planeta para que contribuya más substancialmente a los planes de expansión de los Tomii-Arón. Sabido es que los korianos poseen la mayor flota de naves de transporte y comercio, y a nadie le importa que de cada diez navíos, uno sea asaltado por los piratas, los seguros cubren todo riesgo, y hasta en estos decesos sacan beneficio los astutos zaqib, volviendo a comprar las mercancías a los piratas, pero a más bajo precio, con lo que su ganancia es doble. Todos esto me lo explicó Nicéforo, pues no era visible al extranjero y hubiera sido necesario penetrar en el secreto del mercado para comprenderlo, y siendo ello sumamente peligroso, no limitamos a adquirir unos recuerdos. Comprendí que los comerciantes mienten y roban sin más límites que su propio esfuerzo. Y le dije a Nicéforo: —He estudiado las leyes del comercio imperial y las de Axón, y a fe que todo esto debería ser declarado ilegal, sin embargo el Reino consiente el robo y el engaño en vez de imponer la rectitud y la honradez—, pero Nicéforo se sonrió con picardía y contestó: —¿Qué es la ley sino la patente del corso? La exclusiva de la corrupción y la extorsión. Aquí en el zoco, puedes observar la única ley válida entre los seres humanos: "Vales lo que tienes y cómete al pez chico si quieres tener más". —Es injusto —repuse—, hay millones de protegidos que ignoran este estado de cosas y cumplen la Ley. Por alguna extraña razón, Koro disfruta del privilegio de la vista gorda. —No seas ingenuo, los korianos disfrutan de su poder, ¿quién alimenta las vacías arcas de los reinos? ¿de dónde crees que viene el crédito que mantiene el orden? Nadie ignora estas cosas, ¿a quién le importa la Ley! —¡A los protegidos!, es su orden. Nicéforo escupió con desprecio. —¡Protegidos! —masculló—, no valen mi saliva. ¡Iblis se los lleve a todos! Si por ellos fuera, aún estaríamos comiendo triz. El mundo lo forman las fuerzas que se mueven, que pelean por el poder y el crédito. Los protegidos no manejan crédito metálico, no valen nada. No tienen trabajo ni organización. se creen libres sin saber que hacen exactamente aquello que se desea. Aramiel, no me hables de protegidos. Canalla, chusma, una millonésima de medida en algún ordenador CridenPol. Eso es lo que valen. Y ahora —siguió—, contempla el espectáculo más abigarrado de toda la Galaxia: ella misma en venta. Cientos de medidas cuadradas dedicadas al comercio, sembradas de toldillas, puestos, mercaderes, máquinas vivas y ordenadores. Animales poliploides y originales con garantía, animales de razón a precios prohibidos. Armas de fuego, blancas, de rayos, vibratorias lanzaderas. Escudos magnéticos y de campo, cinturones de vuelo y antigravitatorios. Corazas azrami y auténticos equipos de combate de la infantería de marina groor. Aerovehículos nuevos y de desecho. Artesanía a precios estremecedores y reproducciones exquisitas. ¡El mundo está en venta, Aramiel, y sin pudor! Y caminando entre las mercancías y sus dueños, entre las voces y el gentío, llegamos a un edificio de singular aspecto. Un burdel de la Sagrada Orden de Hermanas Dominantes. Una casa de prostitutas para hombres de crédito metálico, nada de meretrices para protegidos criden. —Entremos —dijo Nicéforo—, quiero saludar a una amiga. La casa estaba pintada de azul, no era muy grande y su forma, de acuerdo con la fantasía de los arquitectos korianos, semejaba una granada donde cada piedra representaba un grano de éste fruto. Una granada azul, abierta y pelada como la fruta jugosa de un postre. A su entrada, en una reluciente placa de metal, se podía leer "Hawas", y debajo las iniciales "SOHD.". Y este nombre "Hawas", tenía un significado cuya traducción me ahorro por pudor. En su interior, el burdel estaba diseñado con el propósito de asombrar. Ricos cortinajes colgaban de los techos, cojines Za a la última moda derivando ingrávidos a unos palmos del suelo. Pomos de luz multicolor y fuentecillas de agua pulverizada que nuca terminaba de derramarse. Olores, perfumes y ungüentos afloraban seductores dilatando los pulmones, De la atmósfera nacía música sensual, algunos narguiles sobre repisas flanqueaban las paredes tapizadas con motivos eróticos. Todo eso estaba allí para agradar al visitante. Un hombre de edad se nos acercó. Era seco de carnes y tenía la barba completamente gris en la que clareaba una piel muy curtida. En su cabeza las canas campaban igualmente por sus respetos. Se llamaba Wilimé Karin y era el anfitrión del Burdel, iba ricamente vestido y nos saludó sin demasiada efusión |
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—Bienvenidos... Espero que encontréis aquí el placer perdido en vuestra andanzas. Nicéforo se rió, aquel hombre apenas movía los labios al hablar, ni un solo gesto se dibujaba en su rostro. —No he recorrido media Galaxia para contemplar tus arrugas —contestó el guerrero—, quiero ver a Denébola y además me gustaría ser recibido con besos, pasteles y vino dulce, y bien lo sabes tú, viejo cutre, que más pareces un administrador que un abre puertas, —¡Gea me asista! —gimió el llamado Wilimé—, no debes gritar en la casa de la Reverenda Nereida Denébola Sabí, ya sabes que odia el escándalo. —¡Al cuerno! —insistió Nicéforo—, mi amigo y yo tenemos sed de la fragancia y los humores de todos los pubis de esta casa. A las voces, hombres y mujeres se acercaron desde estancias contiguas, y salían medio desnudos a curiosear, pues para los korianos, los tumultos y los negocios viene a ser la misma cosa. Wilimé alzó sus brazos al cielo maldiciendo —pero sin mover un músculo de su cara— a los hombres vocingleros que no respetan ningún lugar. Pero el guerrero, sin acomplejarse, siguió pidiendo a gritos la presencia de la Reverenda. —¡Nicéforo! —exclamó una de las muchachas—. ¡Has vuelto maldito espadachín! Y deshaciéndose del acompañante, corrió a su abrazo. Era una de las Jóvenes que prestaban sus servicios en el burdel, sus formas desnudas me cohibieron un poco, pero la alegre muchacha se volvió hacia mí y sin más me abrazó también, presentándose como la ninfa Eva Julia Lúcida. Con su llegada el escándalo se hizo más notorio, por lo que Wilimé dio unas palmadas, acudiendo jovencitas que nos acomodaron. Traían refrigerios y vinos dulces como pedía el guerrero, y me pregunté si de nuevo tendría que abonar aquella orgía, pues a mi entender, mi compañero nos disponía de crédito. La bella Julia Lúcida rogó al guerrero que contara algunas de sus últimas aventuras en Axón, pero éste estaba intranquilo y dijo: —¡Wilimé! Soy un hombre paciente que ha recorrido largo camino, apiádate de mí y manda anunciarme a la Reverenda Nereida antes de que recorte tu piel para hacerle un abanico a mi skatt. Y el susodicho, chascando los dedos ordenó silencio, porque descendiendo del piso superior, vimos a la que al momento identifiqué como la mujer llamada de la cola del León: Denébola Sabí. La imaginación es proclive al sexo, pero Denébola era más que eso. Casi el útero soñado en la infancia, madre y prostituta, virgen y loba. Un incesto lascivo si lo desearais, labios rojos, senos grandes y dorados, las caderas lujuriosas, la voz tomada del corazón. Nos sonrió con su embrujo y puesto que estábamos rendidos nos alzamos reverentes, abrió sus brazos y dijo dirigiéndose al guerrero: —¡Madre Ella! Mi corazón se alegra al verte. Deja que abrace tu cuerpo de nuevo. Ven... —Y le besó. Fui presentado como un amigo. Ella me miró de arriba abajo con descaro. Los amigos de Nicéforo eran también sus amigos. Ordenó entonces que nuestro cansancio fuera reparado y fui conducido a una bañera nacarada donde con jabón y toallas calientes, Julia Lúcida me lavó y refregó con energía. Era una muchacha de bonita figura, aunque tenía esa mirada vacía que suele acompañar a las mujeres parlanchinas. No muy lejos, Nicéforo cantaba:
Julia Lúcida me perfumó a conciencia y complacida de su labor, dijo: —¡Estás hecho un mocetón! Y sin mediar más, enjugó mi humor con la pasión arrebolada de su juventud y la sabiduría de su práctica. Yo era un joven malcriado y nunca había puesto el más mínimo interés en las complacencias ajenas, y por esto, su arte me sorprendió incitándome al juego y a la voluptuosidad que el amor tiene cuando se busca de verdad. Al rato bebimos cerveza y charlamos de su pelo rubio, sus senos, mi torso, su pubis teñido y mis ojos negros como un pozo, eso dijo al menos. Había nacido en Uter y pertenecía a la Sagrada Orden, como la mayor parte de las nativas de este planeta. En la congregación tenía puestas sus esperanzas de progresar. |
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—Una mujer debe saber qué hacer con su fortuna —decía—, y la Orden ofrece todas las oportunidades que pueda desear: lugares exóticos, mansiones lujosas, personalidades y poder. Y a cambio sólo tengo que cumplir con mis deberes y aceptar la jerarquía. —No tengo tú visión —respondí—. Soy joven para escoger, antes quiero mirar un poco por ahí... Deseo conocer Thubán. —¡Thubán! —repitió evocadora—, allí si que hay oportunidades para una chica. Ven conmigo, no estoy sobrado de amigos. —¿De verdad? Sería maravilloso... Thubán... Pero no tengo crédito, además, la Reverenda no me lo permitiría. —No te preocupes por el crédito, yo tengo alguno, y en cuanto a la Orden, la dejaríamos en el pasado. —No —negó—, no puedo marcharme, no soy una meretriz de fortuna, estoy embarcada en una idea, tengo mi mística y no sabría caminar sola por la Galaxia, me perdería. Sus palabras me hicieron recordar que yo había desenganchado alegremente mi nave del reino de Axón, ¿me perdería también? —He escogido la libertad —dije—, aunque ya veo que es muy solitaria —y lo decía algo dolido—, pero al menos lucharé por conseguir un futuro distinto y personal, sólo para mí. —Dichoso tú —y dejó que su mirada se perdiera—. La Orden me protege —musitó. —¡Protección! Todo eso va a cambiar —dije recordando las palabras del Buhonero. La ninfa no comprendió lo que yo expresaba y me miró intrigada, no entendía de política más allá de las consignas de la Sagrada Orden. Confiaba en ascender a napea y tomar los votos, era una ilusión que acariciaba desde hacía tiempo: abandonar los burdeles y recibir misiones más importantes, ser amante de un político o de un militar, entrar en el séquito de una Reverenda Náyade y abrir una sede en un planeta lejano... Recordé entonces a la mujer de la Cola del León y le pregunté por ella. —Es la Dominante de Uter, el planeta sede de nuestra orden, se encuentra aquí por sus intereses comerciales y políticos, su poder es comparable al de un rey, y sus beneficios se extienden por toda la periferia, no en vano administra la feria del vicio de Uter. Dicen que pronto ascenderá a ondina, pasando a formar parte del Concilio Dominante, lo que será de mucha ayuda para mí, pues formo parte de su convento. —¿Qué sois, monjas? —Tenemos nuestra propia mística. —Mis maestros decían que la mística es las más de las veces un abalorio del poder. —Nos protegemos de la agresividad del hombre, para que nuestra anatomía no sea nuestro destino —dijo con tono aprendido. —Pero hay mujeres que prefieren otra protección, la de la ley o los reinos. —Hay millones de mujeres ignorantes, ciegas, engañadas, temerosas y explotadas. Queremos un mundo distinto, justo, bello y bueno, un mundo para personas, sin anatomías que las condicionen, sin leyes castrantes. —¡Está muy bien! —respondí—, ¡de veras! Es muy bonito¡ Justicia, Belleza y Bondad. Parece que la boca se me hace agua al pensarlo —y nos reímos soñando con otra humanidad. Después me llevó por los jardines húmedos del frescor que les procuraban, y me señaló sus begonias favoritas y los pensamientos florecidos de la Reverenda. Había una máquina viva cuidándolo y su presencia, como una sombra equívoca a nuestras espaldas, daba un aire falso a los parterres. Pero incluso así, el jardín respiraba armonía y calma, adornando las caderas de la ninfa que despreocupada se rozaba con los tiestos y las cenefas con vida. Wilimé nos sorprendió arrancando una flor, no puedo decir si había censura en sus ojos o qué otra cosa. Me pidió que le siguiera, la Reverenda Nereida quería conocerme. Las habitaciones de la dama se encontraban en el último piso del edificio, pocas gentes tenían acceso a aquella cámara. Tropecé con Nicéforo que salía de allí con los ojos deslumbrantes. Ella quiere verme, le dije. —¿Y quién no? —respondió. |
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Estaba Denébola recostada sobre el lecho y llevaba un vestido negro que amparado en las sombras jugaba con la carne dibujando remolinos y curvas. La cama era de hierro forjado y su cabecero terminaba en bolas doradas. Era grande, ancha, con una realeza que sólo se explicaba sabiendo que estaba hecha a mano. Culminaban sus adornos en una barra vertical que desde la cabecera ascendía hasta convertirse en un gran planeta, en cuyo centro y como bajorrelieve se veía una mujer desnuda acariciándose el pubis, indicando claramente para lo que el lecho había sido fabricado. Almohadones y edredones de ricos tejidos colmaban el decorado a la vez que servían de descanso a la insigne monja. Un gato estaba subido en el regazo de la reverenda, tenía las patas delanteras ocultas por el pelaje, y me miraba fijamente, abrió los ojos y pegó un salto yendo a esconderse debajo de la cama. Denébola rió. Un cisne picoteaba la alfombra, iba y venía a su gusto por la estancia. —¿Te gusta la cama? ——preguntó ante mi asombro—, me la regaló un comerciante thubaní que la había sacado del mismísimo palacio imperial en los días de las revueltas. Dicen que en ella durmió el último emperador. Pero siéntate... —rogó—, comprobarás su fina calidad. Y al hacerlo, los muelles cedieron ligeramente y me sentí acomodado sobre un lecho ciertamente creado para el amor. Denébola me miraba divertida por mi timidez, tenía el pelo negro y rizado alrededor del rostro, un suave maquillaje abrillantaba sus mejillas. —Me han dicho que viajas hacia Thubán. ¿Qué buscas allí, Aramiel? —¿Qué busco...? No lo sé, quiero algo pero no sé cómo llamarlo, quizá viéndolo lo reconozca, —Yo sé lo que hay en ti —aseguró, y su voz era clara y modulada como una caricia—, algo que como mujer leo con facilidad. Lo que buscas no se encuentra en un lugar determinado, sino en el corazón de las gentes. Es tan viejo como la humanidad y tan escaso como el más raro de los metales. Nace sin razón aparente y desaparece como vino. Unos lo poseen y son felices, y otros desesperados lo buscan toda su vida llegando a los mayores crímenes por ello. Y sin embargo, asómbrate, no tiene nombre. —Bellas son tus palabras, y también oscuras, quieres intrigarme, incitarme hacía algún pensamiento ensombrecido, y no sé cuál ni cómo. Encendió entonces un pomo de luz y se iluminaron sus formas deleitables —Aramiel, lo que tú buscas no puede dártelo nadie. Sé quién eres y por qué estás aquí, sé que hay gentes a tu alrededor que no conoces suficientemente y en las que no obstante confías. Eres un joven marcado por el destino, por tu educación y tus carencias, un huérfano adoctrinado para el poder y la Ley. Has escapado de ese sino, y eso te honra, aunque a mi luz, Aramiel, no puedo asegurarte que eso baste. ¿Acaso tu huida no estaba prevista en las intenciones de las fuerzas que pretenden la Galaxia? ¿Qué esperas encontrar en Thubán? ¿No deberías quedarte una temporada con nosotras? Quizá lo que buscas está cerca de ti y no lo sabes. —Me llenas de misterios que ignoraba —respondí—, todos afirman que en Thubán se encuentra el progreso, la aventura, lo mejor del mundo, ¿puedes tú hablarme de este planeta? —Nunca estuve allí. Simplemente, conozco las fuerzas que mueven el mundo. Y debo advertirte que no es ese planeta el motor que agita hoy la Galaxia, todo eso está aquí en la periferia. Verás... Tú eras una pieza clave, ¿pero te han movido o te has movido? Y yo me pregunto ¿fue el azar lo que te impulsó a huir o fue la mano invisible de alguien más interesado en la pieza que en tú felicidad? —Soy un ser humano libre, no un protegido o una máquina viva. Nadie puede preconcebir mis pensamientos. De eso debes estar segura. —No, no..., —exclamó—. No hay seres humanos libres, hay fuerzas, confluencias, pensamientos y razones todas ellas entremezcladas en la mente del hombre. Pero una palabra, una emoción introducida a tiempo, enturbia el entendimiento. Nadie está a salvo de ello en nuestros días. Y menos un aspirante al trono de los Tomii-Arón, al imperio nuevo de Axón. ¿Qué crees que hacían cuando te educaban, suministrarte solamente información? —No, bien sé que pretendían hacerme un esclavo de la Ley, de su Ley. Pero he aquí que decidí partir por mi propia voluntad, eso demuestra que nadie me ha manipulado. —Querido Aramiel —dijo sonriente—, pueden hacerte lo que quieran, trastocar tus mas subliminales pensamientos a su gusto, aniquilarte hoy y resucitarte mañana sin que te enteres. —¡No! —grité—. No es posible hacer eso, lo prohíbe la ley. |
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—Es cierto que lo prohíbe y así debe ser. No diré que hayan manipulado tu fuga, nadie lo sabría de antemano. Empero, ten bien en cuenta esta posibilidad. —¿Pero quiénes? —Eso, mi querido joven, es algo que tendrás que averiguar tú. ¿Por qué me asustas? Me haces sospechar de todos y aún de mí mismo con la impudicia que tu presencia y tu madurez causan en mi ánimo. —Tienes razón —reconoció con amabilidad—, siento que mis palabras te hayan ofendido o trastornado, pero alguien debía advertirte antes de que emprendas tu largo viaje, tu periplo juvenil. —Lo tendré en cuenta, Denébola, me imagino que vivir es a veces, decidir en contra del deseo. Desconfiar y callar. —Un último consejo, si alguna vez escoges algo, se leal hasta la muerte. —¿Por qué? —De lo contrario no escojas nada. —Es un buen consejo. Sus advertencias me habían entristecido, pero no rebajaban en nada la impresión que su cuerpo me causaba. ¿Cómo podía mirarla y continuar sentado en su cama tranquilamente? Su mismo nombre ya era inquietante, ¿dónde ocultaba su imaginaria cola de León? Se alzó sobre el respaldo y tomando mi mano se la llevó al corazón. —¿Lo oyes latir? —dijo. —Noto algo más... Me besó, tenía los labios fríos, húmedos y perversos. —Quizá haya besado a un emperador —sentenció—. Y ahora sal y déjame, tus pensamientos corren más libres que tus actos y no es bueno que yo sea la causa de ello. Y al traspasar el umbral sentí que la odiaba por ser una mujer que ofrecía lo que no daba. Por la burla. Cuando el Buhonero, tras recorrer la ciudad creyéndonos perdidos, dio con nosotros que holgábamos desentendidos, se indignó. Dirigió una mirada llena de ira a Nicéforo, y lanzó sus coléricos sermones contra mí en un arrebato de voces y sentencias: ¡Isa me asista! ¡Qué ser tan zopenco! ¿Es que esperas que la molicie te enseñe algo? ¿Crees que sus labios destilan miel? —y señaló a Julia Lúcida, mientras hablaba remedando al poeta— ¿Que su piel es suave como aceite? Yo te diré cómo son estas mujeres de burdel: ¡amargas y punzantes como la absenta! Pero yo sabía que sus palabras eran la espita de sus celos. Y Julia Lúcida, al oír los enojos, se encrespó y levantándose le sonrió recitando con sorna estos versos anónimos:
El guerrero, animado por la poética porfía, aclaró su voz en cerveza, diciendo que recitaría también unos versos que tiempo atrás compuso:
Y se retorció las guías del bigote esperando nuestras lisonjas, pero realmente lo que estábamos es asombrados. —¿No es un salmo del libro sagrado, lo que recitas? —le pregunté. —¿Sí? —contestó con cierto disimulo—. ¡Qué coincidencia! —Y salió de la estancia. El Buhonero insistió en nuestro viaje a Thubán, en la necesidad que teníamos de acelerarlo. No estaban las rutas muy seguras y no era conveniente demorarse. —¿A qué correr tanto si no sabes que vas a hacer en Thubán? —dijo Julia Lúcida—. ¿No harás allí lo mismo que aquí. |
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El Buhonero pateó con ira el suelo, me puso la mano sobre el hombro, y muy serio manifestó su deseo de tener una conversación conmigo y a solas. Y señaló al convento con un gesto de desprecio que en realidad me divirtió. Salimos a las calles jubilosas, entre el barullo de los paseantes y el revuelo de los vehículos aéreos. En mi interior sospechaba de los motivos que impulsaban al mago a ayudarme, pero como era mi amigo y le debía la vida se lo perdoné. Las palabras de Denébola comenzaban a hacer su efecto. Llegados a un parque de gran extensión y belleza, buscamos un lugar apartado y me dijo: —Aramiel, nadie puede hablar del futuro ni hacer un pronóstico. Resultaría fatuo por mi parte tratar de aleccionarte en una dirección determinada invocando supuestas mejoras para tu porvenir. Puedes hacer lo mismo aquí que en cualquier otra parte, pero tendrás que hacer algo... —Sí. —Te ofrezco Thubán, la cultura y los ideales de la República. —Buhonero —le interrumpí—, tú viniste a por mí, ¿verdad? —Sí, no soy quién crees —confesó—. Pertenezco a un grupo que conspira contra el Reino, soy un agente de la República que hábilmente introducido en Puppis tenía la misión de raptarte y desbaratar el proyecto del regente Gurdja. ¡Qué sorpresa descubrir tus planes de fuga!, facilitaste mis propósitos con tu ingenuidad. Aunque en cierta forma también te ayudé desinteresadamente, ¡comprendía tus razones! —No me importa lo que seas, Buhonero, me has ayudado y eso me basta. Aunque me duele que todo sean tramas y que las gentes traten de seducirme con triquiñuelas. Ya no tengo ningún valor para Axón y por tanto para nadie. Soy una pieza comida, fuera del tablero, podéis los jugadores descansar y dedicar vuestros esfuerzos a otras piezas. —Entiendo, pero debes conocer el complot en su totalidad si quieres mantenerte aparte. Vivimos en un mundo en que nada se puede ocultar, ni las mismas ideas. Las fuerzas que luchan por el control, avanzan o retroceden según una lid muy precisa, no se pueden dejar detalles sueltos, ni siquiera los detalles inmateriales, los cuales algunas veces son los más importantes. Yo creo en la razón pero respeto el espíritu, y en ti hay un fuerte espíritu, tu has sido creado para conquistar, hay una semilla dentro de ti, y es una semilla peligrosa. La República quiere transplantarte a Thubán y allí... —¡Buhonero! —grité—, no has comprendido nada! Es de eso de lo que huyo! —Ellas te han hablado, ¿verdad Aramiel? Esa meretriz te ha deslumbrado y ese espadachín te ha llenado la cabeza de tonterías. Crees que son tus amigos porque te tratan como un príncipe, y yo que te he ayudado sin más interés que tú mismo te semejo un repugnante espía. ¡Pues bien ! Aramiel, no soy quien represento. No es este mi cuerpo ni me parezco en nada, Mi verdadero cuerpo duerme helado en Thubán, estado al que sirvo. Soy republicano convencido y he empeñado mi vida, no al beneficio de la causa, sino a la causa misma. Me mueven ideales de libertad y fraternidad. Los antiguos reinos Groor son ahora repúblicas ilustradas donde florecen las artes y las ciencias castradas antaño por la Ley Universal Imperial. La República restaurará en toda la Galaxia la libertad. Los pueblos se alzarán contra las tiranías y la nobleza será arrojada al infierno. El hombre contemplará las estrellas. El espíritu del mundo, el Anima Mundi es ahora republicano, y ha gritado: ¡adelante! Y eso te atañe a ti, debes acompañarme a Thubán donde vivirás todo esto de que te hablo, la revolución en las mentes y la libertad del individuo. |
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Su arenga final me había atrapado, el Buhonero ponía una pasión envidiable en cada palabra, sin embargo yo sabía que el mundo era viejo en historias como ésa, que los deseos del hombre no corren nunca parejos con sus hechos, que hay demasiados intereses inconfesables en la vida de un ser humano, y que todo junto, conforma una realidad finalmente distinta a las esperanzas. ¿No había nacido la Ley Universal Imperial para fomenta la igualdad y acabar con la corrupción? ¿Y quién no conoce los resultados? Hoy las gentes suspiraban por la libertad de ser diferentes, desiguales, alcanzar las metas de placer tanto tiempo reprimidas por el Imperio, romper todo freno y hasta pervertirse. —Buhonero —le contesté—, si cada hombre tuviera tu ilusión, la corrupción demoledora sólo sería una sombra latente. Pero me temo que la República no es como tú. Indefectiblemente se convertirá en un sistema más de orden y el lodo de la decadencia volverá a impregnar Thubán como el aire de los pantanos. Es más, no creo ya en el centro, no creo que nada bueno pueda salir de Thubán. Sois republicanos porque sois egoístas, lo tenéis todo y encima queréis la libertad. Sois infelices, buscáis emociones vitales, estáis ahítos de bienestar y os habéis vuelto subversivos, pero esa es la última de vuestras sofisticaciones. Créeme, Buhonero, la humanidad repite cada cierto tiempo las mismas tonterías. Lo demostrado vuelve a ser indemostrable y lo indemostrable se torna fácilmente evidente. El Buhonero se sorprendió, se sorprendió y se enfado. —¡Olvídate del mundo por un momento! Abstráete en el hombre solamente, en su pensamiento alimentado por tres tipos de ideas: las ideas innatas en nuestro propio espíritu —nuestro carácter—, las ideas adquiridas por las percepciones ambientales —nuestra educación—, y las ideas creadas por fantasía —nuestros sueños—. Y esta trilogía sólo puede ser satisfecha por gentes libres, ¿qué hay de malo en que sean los más adelantados quienes quieran satisfacerlas? —Únicamente que en medio se encuentran los años de explotación del centro sobre la periferia. Nos lo quitasteis todo, hasta las ideas, pero a cambio queréis hacernos libres. Cada vez que la periferia se agita, el centro tiembla preocupado por su santa paz. Lo queréis todo, hasta la paz. Pero dejémonos de palabras y discursos. Porque grandes son las promesas que hacen todos los salvadores pero más grande es la lista de muertos, heridos y desaparecidos por su culpa. No partiré a Thubán, Buhonero, yo soy de aquí y aquí están todas esas ideas de que hablas. Si me hubieras hablado de lugares, montañas, selvas o animales, quizá te hubiera seguido ensimismado. Has tenido la debilidad de ser sincero, y eso , amigo mío, siempre se paga. Ahora, con la pena que da la despedida, te anuncio mi propósito de corretear algún tiempo de la mano de Julia Lúcida, que me ofrece su pecho cálido sin ningún precio, lo cual me resulta nuevo y agradable. Quizá también acepte alguna aventura codo a codo con el apuesto Nicéforo. Porque aunque sé que es pedante y afectado, también sé que su corazón es noble y no abriga malas intenciones sobre mi persona. —Soy un hombre de fuertes convicciones —dijo el Buhonero sin rencor, aunque ligeramente apenado—, me hubiera gustado tenerte junto a mí en el camino que he escogido. Eres respetuoso con las gentes y además posees el razonamiento de la educación privilegiada. Mis convicciones son también respetuosas y mis razones desechan las trampas y el deshonor, y por ello, tras advertirte contra los que crees tus amigos, no añadiré más cizaña. Me queda desearte suerte, felicidad, porque debes saber que en este mundo tan claramente injusto, aquellos que percibiéndolo no opten por la causa de la libertad, nunca podrán ser felices, y su desgracia a la larga, incurable. Y aunque en los tiempos que corren estas palabras suenan ridículas y anticuadas, debes examinarlas en tu interior. De aquellos que presumidos te hagan participes de ideas grandilocuentes, de esos, deberás diferenciar sus opiniones de sus convicciones. Las palabras nunca derribaron a los tiranos de su pedestal. Debo confesar que no pude trascender al pensamiento del Buhonero, se trataba de un hombre iluminado por su verdad, y habiendo yo tomado la decisión de unirme a Nicéforo nada más teníamos que discutir. Aquella misma tarde, y acompañado de Julia Lúcida, lo despedimos. Me abrazó emocionado jurándome su recuerdo, quizá el destino, en sus vueltas, nos deparase otros encuentros. Y en este entendimiento quise conocer su verdadero nombre. Entonces se me acercó al oído y me susurró: Soy un hombre de raza Alt y me llamo Giován Bruno. Recuérdalo. |
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No puedo decir que el hecho de pasear de la mano de la ninfa Julia Lúcida por los muelles del astropuerto de Koro, elevase esta relación a la categoría de amantes, pero si os diré que así me sentí. El día se hizo más luminoso, las gentes amables, los alborotos más graciosos que molestos y hasta nos detuvimos a escuchar los cuentos de los trovadores que hablaban de un niño rey que raptado de su cuna por lo malvados piratas Anaquim, volvería tras muchos años para convertirse en el más grande emperador de todos los tiempos. Y como la historia era buena y las imágenes evocaban tierras de aventura, les otorgué un crédito metálico, causando asombro entre los presentes que, respetuosos, se apartaron a nuestro paso. Y Julia Lúcida se rió cantarina, gustosa de parecer alguien, y en su corazón de mujer me hizo un hueco. Mi juventud y mi porte destacaban entre la multitud aumentando mi seguridad y deseos de vivir. Y olvidando las advertencias del Buhonero, disfruté del elástico talle de mi amiga y del nervudo brazo de mi admirado espadachín. No mucho más de una estación había transcurrido desde mi marcha de Axón y sin embargo ya era otro hombre. Me encontraba tan lejos de los problemas políticos de mi patria que cada día se hacía más honda la brecha que me separaba de las tareas para las que había sido educado. Cada página del libro de mi vida, tenía el dorso completamente en blanco, por un lado leyes, saberes de probada certeza. Por el otro, ¡nada!, vacío de gestos, maneras, emociones, vivencias, amores y aventuras. Mi ignorancia llegaba a extremos preocupantes, la misma Denébola se vio en la necesidad de recomendarme prudencia en mis salidas del burdel, pues no estaba del todo lejos que Koro hirviese de sicari, que con mano rápida para la venganza, hiciesen justicia al reino Tomii-Arón. Un día que el guerrero relataba la historia de una carrera de bólidos entre los asteroides transorbitados de Golius, irrumpió Denébola para comunicarnos la celebración de una fiesta de despedida. Mis ideas estaban algo confusas porque había bebido mucha cerveza, y dije: —Noticias así alegran el ánimo, ¿quién se despide? La Reverenda aseguró misteriosa que se trataba de una sorpresa que revelaría a los postres como hacen las gentes bien educadas. Dispusieron los preparativos y trajeron un tapiz levitante en el que como alfombra voladora nos sentamos. Los pomos esparcían luz y las paredes música. Había vinos blancos para el primer bocado y vinos espesos como sangre para el siguiente. Comimos asados picantes manchándonos los dedos de sus jugos grasientos. Derramamos el vino por nuestros pechos y dimos grandes voces y carcajadas, excepto Wilimé que se limitó a sonreír por un lado de su dentadura amarillenta. También comimos pimientos rojos rellenos de arroz y mollejas de cordero, acabando con un plato espectacular: ojos de cordero lechal del Armistán en un mar de arroz blanco perfumado en agua de azahar y pétalos de rosa. Y como postre, hondos platos de natillas espesas y ambarinas. Excitado por el vino pidió Nicéforo un laúd y a pesar de nuestras protestas, afirmó estar resuelto a cantar, Y Wilimé exclamó: —¡Gea nos asista! Lo que fue para el espadachín un oprobio innecesario, pues se le erizó el vello de los antebrazos como mala señal. Pero Denébola salvó la situación anunciando ahora la sorpresa que nos tenía reunidos. Sólo que antes Julia Lucida debía volver a sus obligaciones, porque las cosas que iba a decir, no eran propias de una ninfa. Me opuse ruidosamente y hasta dije palabras que eran injustas para la Sagrada Orden, pero mi amiga selló mis labios con un beso y salió presurosa hacia sus tareas. Extrajo entonces Denébola de sus faldones una pequeña caja en cuyo interior había un polvo blanco, elíxir de Morfeo, y repartiendo curiosas conchas de plata, nos animó a aspirar por la nariz los cristales de la droga. Resultó grato embriagarse de aquella vida junto a los amigos y en el calor de la fiesta. La droga hacía abrirse los pulmones al aire fresco, y perfumado éste, viajaba hasta los lugares más recónditos del cerebro, ventilando la oscuridad y poniendo delante de los ojos las más divertidas ideas y pensamientos. Estos deleites hicieron tal mella en mí, que las tonterías salían de mi boca sin ningún freno entre el regocijo del guerrero y los sorbos de nariz que hacía Wilimé a cada rato. Y así, traté de caminar en equilibrio y con los brazos en cruz por el borde del tapiz, mientras le decía a Nicéforo: ¡mira lo que hago! Y Wilimé, que me miraba con una ceja levantada, dijo: —Bien iremos si no se mata. Lo cual resultó casi profético, pues caí sobre la alfombra, derramando carnes y vinos y perdido el conocimiento. Cuando lo recobré, el escenario era distinto. Sin ninguna duda me encontraba en el camarote de una nave, ¡Gea sabía cómo! Tumbado sobre el lecho mientras rehacía mis pensamientos, no acertaba a comprender qué me había traído allí. Despertar es a veces difícil, más si se ha caído en las redes de los somníferos, pero si además se ha ingerido buenas cantidades de comida y vino, es posible que se padezcan otros problemas. |
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Por la portezuela del camarote compareció Nicéforo acompañado de un hombre de raza Dao. Al igual que el guerrero llevaba el pelo recogido en una trenza y sobre su tafetán se cruzaban las orlas de capitán de navío. El susodicho capitán inclinó la cabeza a modo de reconocimiento, se alegraba de que me encontrara bien y me recomendaba no causar muchas dificultades, porque entonces conocería la trenza dorada de los capitanes Noor. Volvió a inclinarse y salió como había entrado. Todo en él respiraba ferocidad. Le rogué a Nicéforo que me explicara lo que había pasado. —Te encuentras en la Athanatos, cuyo capitán, Almuredín Sidi, acabas de conocer. Navegamos rumbo al planeta negro, al que arribaremos en unas semanas. —¿Pero por qué?... —Bueno, Aramiel —dijo despacio—, no ignorarás que sabemos quién eres, que conocemos las razones por las que te acompañaba el Buhonero. Tampoco tendrás dudas sobre quién soy yo y qué pretendemos de ti. —¡Iblis os lleve a todos! Explícamelo claro porque estoy empezando a perder la paciencia. ¿Quién es ese capitán y qué planeta es ése donde vamos? —No te intranquilices, no corres ningún peligro, yo estoy a tu lado. Primeramente te diré no soy un espadachín cantante, ni un poeta, aunque sí poseo esas aficiones. Soy un pirata Noor. Un Algaib de la Sociedad Benéfica de Hermanos Armónicos y Caóticos, con la misión de torpedear las intenciones republicanas. Queremos mantenerte alejado de ellos mientras se desarrollan los hechos que decidirán el destino de la periferia. Sabes que corrías peligro en Koro, por eso y de acuerdo con la Reverenda Nereida se te trasladó mientras dormías a un bote, y más tarde a la Athanatos, en la que pronto llegaremos a Noor, el planeta negro, sede de los piratas del Caos. El capitán Almuredín es un buen navegante que sabe aprovechar al máximo los vientos estelares. Naufragaba entre el enfado y la sorpresa, entre tanta orden y hermandades sólo entendí que me encontraba... ¡en un navío pirata! —¿Quieres decir que tú eres un pirata enemigo de la Ley y que ésta es una nave de vela? ¡Un navío repleto de bárbaros adoradores del Caos! —Bueno... —respondió—, se cuentan cosas de nosotros que no... —¡Fantástico! —exclamé interrumpiéndole—. ¡Es fantástico! La mayor aventura que me podía ocurrir —grité alzándome sobre el camastro y golpeándome en la cabeza contra el techo de madera. —¡Cuidado! —me advirtió echándome mano—, debes acostumbrarte a la gravedad de los navíos piratas. Me acercó las ropas y mientras me vestía no pude evitar pedirle que me contara cosas de Noor, el mítico planeta escondido entre las brumas de polvo sideral. —¿No te interesa saber cómo llegué hasta ti? —Igual que todos, imagino. ¿Falta alguien por presentarse? —ironicé—. ¿Lo hiciste por tu causa o por una recompensa? —Por las dos cosas —dijo muy serio—, pero mi mayor recompensa sería tenerte como amigo... —Lo eres —respondí después de un lapso. ¿Pero por qué no me contaste la verdad desde un principio? —No estaba seguro de tu respuesta —y se turbó un poco—, Pero en Noor... en Noor te encontrarás a gusto. Allí los hombres valen lo que pesan. —¡Sí!..." ¡Estamos curtidos por la luz estelar...!" |