Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO SEGUNDO

- IV -

El velero pirata. La cantina de, la Athanatos. El planeta negro. La ciudad de todos los demonios. El jardín de Xirina. La Sociedad Benéfica de Hermanos Armónicos y Caóticos. El pueblo escualo. Simón Agrippa el nigromante. La escuela naval. Artes armónicos y artes caóticos. El Juramento.

El viaje a Noor duró varias semanas, y por ello Nicéforo, que entre los piratas tenía el nombre de Jumo Abubos, me aconsejó realizar algún tipo de actividad provechosa, porque, dijo, el tiempo pasado en una nave estelar jamás vuelve. Lo que primero vino a mi magín, fue recorrer con parsimonia la Athanatos y familiarizarme con la tripulación. Era el navío un producto artesanal de la técnica naval Noor, enteramente construido en las atarazanas de Pandemónium, capital del planeta pirata. En sí misma, la nave era una fragata ligera, casi una corbeta, con un solo puente y tres baterías corridas de cubierta a cubierta, armamento inusual en este tipo de buques, pero no olvidemos que era pirata. En nada se parecía a un navío de guerra convencional, como los de la armada axonita por ejemplo, Era mas grande que un destructor, tendría unas doscientas medidas de eslora por otras cincuenta de manga, y su sección era prácticamente circular, salvo a popa, pues se estrechaba ligeramente en las aletas. Contemplando la maqueta —exacta reproducción que tenía además otros usos que el simple adorno—, su perfil me recordó el de algún pájaro marino. A proa llevaba un largo colector de absorción de materia interestelar, que visto con cierta imaginación semejaba un falso pico, o quizá un aguijón, pues la antena se prolongaba un par de medidas. Bajo el puente y como mascarón, un cráneo y dos tibias cruzadas con un lema engarzado: "Mihi.Mori.Lvcrvm —La muerte es lucro para mí—. A ambas bandas corrían las baterías gamma-laser desde las amuras hasta casi las aletas, salteadas arriba y abajo por unidades de mísiles-torpedo "Crótalo". De los costados y a la altura de la primera cubierta, nacían dos grandes mástiles de metal, casi mejor diría cuchillas, a los que iban aferradas las largas velas estelares, cruzadas por finos sables que servían también para recogerlas. Todo a popa, casi ocultos por un castillo artillado, dos motores de fusión capaces de elevar varios miles de kilotones en un medio grave, motores que constituían el obligado complemento a las prestaciones del velero pirata, pues navegar impulsados por los vientos estelares eran de hecho su normal propulsión. Una vieja técnica naval en desuso que remozada por los Noor no sólo competía con los rápidos destructores estelares de las marinas reales sino que incluso los superaba. En el interior, la distribución era acertadísima, pañoles, sollados, depósitos, camarotes y enfermería ocupaban su lugar y no más. Las cubiertas, mamparos, quita-miedos y pasamanos tanto de madera como de metal, relumbraban por el continuo entretenimiento a que la autoridad del capitán Almuredín Sidi obligaba. La sala de navegación, anexa al puente de mando, era un autentico museo de recuerdos navales, retratos de famosos capitanes Noor, armas de abordaje pasadas de uso, símbolos marineros y otros adornos colgaban de sus paredes reforzando el ambiente que acompañaba a toda su tripulación. Un aire de misterio, de ferocidad y a la vez de camaradería, ora silenciosa ora ruidosa, según la faena, impregnaba cada escotilla, conducto o tragaluz. Aquel navío era extraordinario y su diseño, factura y posibilidades, la consecuencia del mimo y esmero con que había sido armado en los astilleros piratas de Pandemónium. Almuredín Sidi, veterano capitán, lo conducía con el pulso suave pero firme de los marinos que han calado en el alma de su barco.

Adentrándose en tormentas siderales en las que ningún destructor axonita tendría arrestos para navegar en solitario, la Athanatos, experta en vientos y remolinos. en nubes de polvo caliente, y afinados sus oídos en la tenue pulsación de los faros naturales o estrellas pulsantes nos conducía a Noor, el planeta negro. No atacó Almuredín ninguna embarcación, sus bodegas se encontraban repletas de botín y era difícil hallar un sitio libre en la sentina. Pero no por ello, la marinería descuidaba sus labores de vigilancia, en cualquier momento un fortuito radar podía registrar la presencia pirata. Los noor navegaban siempre sin pabellón, siendo la falta de emisión su más fiel peculiaridad. Y estas cualidades: la falta de pabellón, la no utilización de las balizas imperiales, el desprecio por los radiofaros y astropistas rápidas, junto con el conocimiento que palmo a palmo tenían del espacio periférico, hacían de los noor el pueblo pirata más versátil y peligroso. En la Athanatos estaban representadas todas las razas de la Galaxia, excelentes marineros, profesionales de la navegación, bien nacidos en Noor, y piratas por tanto desde su nacimiento, o bien gentes marineras huidas de las justicias de los reinos.

La tripulación me acogió con la habitual indiferencia de los hombres del espacio. Estaban acostumbrados a ignorar las novedades, si no por lo largo de sus singladuras, sí por la especial filosofía del marino, que les hace callar delante de un extraño aunque no pierdan ojo a cada uno de sus gestos y palabras. Nicéforo, o sea Jumo Abubos, me había procurado ropas mas aptas, un cómodo buzo de artillero que me daba un aire belicoso. Solía acompañarle a la cantina que se encontraba en la tercera cubierta. Era éste un lugar limpio y espacioso, reino sin duda de las pocas mujeres embarcadas: las cantineras, que raras veces lo abandonaban. Apenas sobrepasaban la docena, pero allí tenían tanta autoridad como el capitán. Sus labores se centraban en el rancho y el despacho de cerveza a la dotación libre de servicio, pero también hacían otras cosas. Eran hembras bastas y ya no muy jóvenes, provenían de Uter y otros planetas, pues las verdaderas mujeres Noor repudiaban este oficio. Manejaban unos enormes cucharones llamados "espantamanos" y con ellos a más de servir, mantenían a raya a los marineros ávidos de comida extra o de lo que fuera. No me agradaron, pero reconozco que un navío pirata no sería lo mismo sin ellas.

En la cantina a ratos se gozaba de calma y otros de estrepitosos lances, pero en cualquier situación se respiraba el ambiente de los sitios donde descansan gentes que realizan duros trabajos. Curiosamente, alrededor de las mesas pululaban gatos, único animal embarcado, que habituados al buen trato y atrevidos de por sí, se rozaban a las perneras, lastimeros, pidiendo una buena tajada. Otros hasta se subían a las mesas para comer en el plato abandonado, a lo que nadie hacía el menor asco. Algunos tenían un aspecto muy fiero, gatos machos de ancha cabeza y afiladas garras. Había uno, casi un cachorrillo, que sentado sobre sus cuartos traseros me miraba con ojos no exentos de inteligencia. Era negro y me recordó al pobre Fino. Lo agarré del cogote y lo subí a la mesa.

—Hola gatito —le dije mientras lo acariciaba.

—Es gata y se llama She —me informó una de las cantineras mientras me servía y me salpicaba a la par. Le pregunté si era suya, y ante la indiferencia de sus gestos y el asentimiento de Jumo, me la apropié allí mismo. She era una gata preciosa, negra como un tizón y con unos bigotazos tan grandes como su cuerpecín de cachorro. Pronto hicimos buenas migas.

Disfrutábamos del té tranquilamente cuando entró un joven, moreno y compacto, que llevaba colgado del cuello el astrogador, aunque en realidad sólo era un aprendiz naval. Se llamaba Sad Al Bari y oficiaba de tercer navegante. No me gustó, era rudo y de malos modales y encima tenía una mirada perdidamente estrábica. Había nacido en Noor de padres piratas Gehen, es decir, descendientes de los primeros fundadores de la SBHAC, y esto, que entre los piratas semejaba a la pureza de la sangre en otros pueblos, causaba en el aprendiz una excesiva carga a juzgar por su comportamiento. Sad Al Bari sabía quién era yo, porque un barco es como un convento, donde una palabra corre de boca en boca sin detenerse jamás. Saludó a Jumo con cortesía, había sido su maestro en el difícil arte de la esgrima Kem, pero a éste tampoco le era simpático. A mí me miró como si fuera un perro kafir, es decir, un infiel. Se sentó en nuestra mesa y como obedeciendo a una señal otros piratas también lo hicieron. Me fueron presentados muchos, aunque ahora no recuerdo sus nombres.

Entre ellos no eran discretos y mostraban sus malas dentaduras sin pudor con la alegría de la confianza. Destacaba un gigante negro que respondía por el nombre de Simón Agrippa, y que como todos los piratas ocultaba en este seudónimo su verdadero nombre. Tenía la cabeza rapada como un preso, y sin embargo era el sanador de la Athanatos, cargo que pese a lo qué pueda parecer no era muy remunerador. Desde hacía un rato me observaba muy misterioso, en verdad que todo en él lo era. Al estrecharme la mano, y pese a sus brazos enormes, su aprieto fue cálido y sensitivo. Congeniamos rápidamente, con esa facilidad que a veces une a las gentes en un instante. Simón Agrippa había sufrido durante su juventud grandes pruebas y sufrimientos. Preso muchos años en un planetoide sumidero, sobrevivió gracias a su fortaleza física y moral. Tenía el rostro duro y cuarteado de arrugas profundas que casi relataban por sí mismas un pasado torturante, como si el tiempo hubiera tallado en su faz parte de su historia. No era un hombre desagradable, pero sus ojos entornados parecían rejas que contuvieran el ayer y la tortura de un hombre injustamente encarcelado.

Pronto se desarrolló una ágil conversación alrededor de la mesa, y versaba sobre la próxima asamblea en que la Sociedad Benéfica decidirla las nuevas pautas a seguir en su lucha contra la Ley. Pronosticaban muchos cambios en la periferia y en ellos se velan a sí mismos beneficiados. Habían sacado sus skatt y fumaban complacidos resina del Armistán. Simón Agrippa, al observar que yo carecía de pipa, me ofreció la suya, lo que era un honor, y así se lo agradecí.

Axón era el punto más árido de sus discusiones, pues mientras para unos el Reino estaba al caer, otros lo veían como el más peligroso enemigo del Caos. Había otros y como tercera opción. que alertaban sobre la amenaza republicana, la nueva ley thubaní. Pero Jumo, sonriente, les aseguró qué habiendo llegado de Axón, estaba en condiciones de afirmar que el verdadero peligro estaba en las ideas de expansión de la nobleza Tomii-Arón. Oído esto, Sad Al Bari negó con la cabeza, y dijo satisfecho de haber encontrado una excusa para zaherirme:

—Todo el mundo conoce la debilidad de los Tomii-Arón. ¿Acaso no es él la prueba de ello? —y me señaló con el dedo.

La mayoría obvió esta impertinente observación, Jumo me hizo un gesto para que lo ignorara y Simón Agrippa abrió los ojos divertido. Y sin pensarlo le contesté:

—No está en mí la fuerza de los Tomii-Arón, porque no la necesito, pero sólo un estúpido o un ciego dudaría de ella.

Los presentes admiraron mis agallas y hasta hubo quienes se rieron. Mira el pajarito... —dijeron. Jumo, previniendo el enfrentamiento y para evitarme problemas, se levantó y poniendo sus manos sobre mis hombros cantó atronador:

"Aquí un capitán vino a yacer
pues su derecho al paso quiso mantener.
Tenía preferencia, ello es bien cierto
mas, como si no la tuviera, aquí está muerto".

Y esta vieja canción marinera alivió la tensión haciendo que los concurrentes se animaran a sacar sus armónicas y cantasen el estribillo una y otra vez. Sad Al Bari me miraba serio como una estatua, su semblante no presagiaba nada bueno para mi futuro, pero Simón Agrippa meneaba la cabeza con aprobación.

Dejamos atrás nubes de hidro-helio y otras perversidades espaciales, para adentrarnos en una densa bruma en que, ineficaces los instrumentos, sólo los capitanes piratas se atrevían a navegar: la Gran Nube Negra de polvo sideral que envuelve Noor en un diámetro de varios parsecs. El planeta negro emergió ante nuestra vista como un pedazo de roca bituminoso rodeada de nubes aceitosas. Los noor habían conseguido hacer exudar a aquel astro de solitaria estrella, una atmósfera viscosa en la que apenas podían vivir los hombres. La gravedad, equilibrada a la medida humana, era su única virtud. Una ciudad, Pandemónium —literalmente, la ciudad de todos los demonios—, y su astropuerto, se repartían la escasa tierra habitable. La ciudad pirata era pequeña y oscura y se refugiaba bajo una cúpula acristalada unida al astropuerto por un largo corredor. Un río canalizado surcaba sus romas laderas, y la existencia y conservación de este río, era uno de los milagros del planeta. Desde hacía cuatrocientos años, los noor mantenían y renovaban la vida en tan inhóspito lugar con la esperanza de salir algún día hacia otros más idóneos para la vida humana. En la supervivencia de las pocas personas que en toda la Galaxia se habían declarado enemigas de la ley, la constante agresividad ambiental del planeta negro era el acicate y la garantía de que en un no lejano tiempo los noor encontrarían hogares más saludables, aunque para ello tuvieran que arrasarlos primero. La localización de Noor era el secreto mejor guardado por los piratas, les iba la vida en ello, nadie podía llegar a él como no fuera embarcado en uno de sus navíos. Ni siquiera los avispados comerciantes zaqib tenían acceso.

La Athanatos descendió sobre la estéril superficie y cuando estuvo en posición, quitó toda y como un avión se deslizó sobre el muelle. Un grupo de familiares y amigos aguardaba su llegada. Jumo Abubos se había lavado y repeinado. Le pregunté si acaso le esperaba una amante o amiga íntima, y respondió presuroso, que eran bien conocidos sus deseos entre las jóvenes noor de dejar una caja en buenas manos para guardar el botín, así llamaban los piratas a la pareja, pero ninguna que aspirase a algo, quería saber nada del guerrero, que al parecer derrochaba sus ganancias sin ningún tino, de manera que a cada viaje aumentaban sus deudas en vez de sus beneficios. Almuredín concedió permiso a la tripulación para desembarcar y descendimos ordenadamente. Después de un año de ausencia, los marineros volvían a reunirse con sus gentes, y esto, incluso para el más duro de los hombres, es siempre motivo de placer. Bien arropado, pues según Jumo los días eran fríos en Noor, y con la gata She entre mis ropas sacando al aire la punta de sus bigotes pisé el suelo del astropuerto.

La atmósfera era agria, densa y hedionda, y me hizo boquear y ensalivarme. El aire parecía enranciado y tuve que detenerme porque la sensación era tan profunda que me impedía respirar. La lengua se rebozaba de una película dulzona y los dientes rasgaban el gas a jirones, los pulmones se llenaban en el acto y una inspiración profunda resultaba aplastante.

Cuando por fin pude habituarme, vi a las gentes apretarse alrededor de sus queridos. Reían, se abrazaban, y preguntaban las incidencias y la cuantía del botín. El astropuerto pirata era plano como la palma, limitábase su construcción a una explanada bien hormigonada en la que alguna boyas de luz, remarcaban los pasillos de circulación y las pistas de aterrizaje y despegue. Ni torres de control, ni señalizadores "sígame", sólo cemento y luces, pero suficiente para un capitán pirata. A un costado se encontraban los almacenes para el botín, un poco más lejos la dársena y las atarazanas, y despuntando solitario en un cruce de los muelles, el Almirantazgo. Tratábase de un edificio de factura imaginativa, con un frontispicio barroco —como todo lo pirata— de escenas navales, pero la atmósfera del planeta había dado a la fachada un desagradable color negruzco que borraba cualquier impresión favorable. El estrecho cordón cementado que unía la ciudad acristalada con las dependencias portuarias atravesaba una depresión de tierra gris, viscosa y blanda, de la que a cada cierto tiempo, y como un géiser de aire, una pompa de gas fétido salía a la superficie. Aquél paisaje impresionaba, no había señales de vida ni vegetación. Lo llamaban Valle de Hinom. Estaba seguro que la Compañía Exobiológica, la famosa "Exo", no hubiera incluido el lugar como bionizable.

En el interior de la cúpula de Pandemónium, pude respirar hondo, y si bien el aire no era de mi entero agrado, sí más fresco y saludable. Pandemónium me gustó. Una pequeña ciudad de abigarradas formas, donde apenas vivían diez mil familias. Sus calles, estrechas, estaban empedradas con pizarra gris, algo resbaladiza por efecto de las aguas que siempre vertían los canalones de acondicionamiento. Las plazas solían ser redondas y casi cerradas, como cosos, y tenían los únicos motivos florales que la ciudad se permitía, porque el espacio era el problema más importante de la arquitectura Noor. Empero, jamás hubiera imaginado casas y fachadas tales. Cada una, aparentemente construida por su propietario, presentaba la mayor disparidad de criterios con las vecinas, sólo se ajustaban a una normas: ocupar el mínimo terreno posible y jugar luego con las formas aéreas. Por ello, las fachadas salían al aire atrevidas, o cabalgaban unas sobre otras cerrando la luz a los callejones. Arriesgados balcones se descolgaban buscando la pirueta y el hueco libre que el vecino dejaba, de tal forma, que el cielo de Pandemónium era un tejido de arquitecturas, dando a la luz la posibilidad de ensombrecer la ciudad en vez de aclararla. Tan pronto se llegaba a una plaza iluminada como se adentraba uno en una calleja tenebrosa. Los piratas se sentaban a la puerta de sus porches, fumando sus inevitables skatt, tanto hombres como mujeres, y si las casas eran amazacotadas y barrocas, los portales por el contrario gustaban de ser amplios y ventilados dentro de lo que cabía. Describir Pandemónium es definir la teoría del hueco y del recoveco. Sin embargo, no he hablado todavía de la característica más original de la ciudad: los habitantes colgaban de sus ventanas y balcones los objetos que provenientes del reparto del botín, creían que les significaban y les anunciaban al vecindario. Y así se podía encontrar cosas de toda suerte, que a manera de exposición se bamboleaban impelidas por el aire del acondicionamiento, o por el simple paso de los viandantes. Y había escudos, estatuillas, collares, platos de exquisitas vajillas gozando de soledad, bolas de cristal caliente, de las que usan los niños en sus juegos, zapatos de contacto para escalar fachadas y visitar a una amante, arpas de cuerda de tripa para la serenata, astrolabios cuyas estrellas yacían caídas por falta de cuerda, pianos de cola que probablemente nadie había tocado en su vida, embarcaciones de recreo con tragaluces de cortinillas, globos de aerostación para aventureros pasados de moda, y otras muchas cosas insólitas, variadas y originales, todas ellas colgadas como anuncio público de la menestral dedicación de los noor. Jumo me explicó que esta costumbre provenía de la primera época pirata, cuando los comerciantes korianos, compraban y vendían directamente el género. Y por eso, las familias, una vez repartido el botín, lo exponían en sus fachadas para facilitar su labor. Y esta tradición, inútil entonces, pues las transacciones se hacían por otros canales más adecuados, se mantenía como condición del buen hacer de la marina Noor.

Algunos transeúntes se detenían en sus paseos y saludaban al guerrero con calor, pues era muy popular, y al verme a mí, decían:

—Es un buen botín, el chico, pero deberás disculparme que no puje, mi amante perdió su diezmo al bat-birú y estoy seco.

0 bien añadían pícaros:

—¿Quién puede querer hoy un emperador sin trono? —y Jumo me hacía señas para que siguiera la broma, devolviéndoles la sonrisa pero sin entusiasmo, porque me era difícil aceptar este sentido del humor.

En su ciudad, los noor son descarados y no respetan la cortesía del desconocimiento. Me tocaban y palmeaban con tanta confianza, que a veces temía por mi integridad física. Todos querían ver con sus ojos al Asarya. Y más miedo me daba cuando quienes lo hacían eran mujeres piratas entradas en kilos que se reían por un roce o por un pellizco, y luego pedían disculpas con palabras irónicas y dando gritos gorgoteantes. Y ni el mismo Jumo se atrevía a reprenderlas, porque manejaban la lengua con el arte de las víboras y la soltura de los korianos. Aguanté sus bromas y los gritos agudos y ululantes que las caracterizan, pero aún hube de soportar virtudes, más singulares, pues las hembras noor, poco dispuestas al baño, utilizaban cantidades ingentes de perfumes muy fuertes y exóticos que olían a gran distancia, y no sé que era peor, si la sobaquera de sus amantes o la fortaleza de aquellos perfumes animales. Finalmente llegamos a la casa de Jumo, de triste y desnuda fachada, que ocupaba un trozo de otra edificación más grande. El espadachín cantante y poeta, vivía de alquiler con derecho a patio, patio que le era muy útil como luego explicaré. Jumo no tenía ningún adorno colgando de sus ventanas, y no porque no tuviera recuerdos de sus viajes, es que no tenía tiempo cuando llegaba a puerto, eso dijo por lo menos. La casa, pequeña y mal cuidada, tenía varias habitaciones y un par de salas para servicios y cocina, era, sin embargo, fresca y tranquila, efecto conseguido por el arquitecto y no por los cuidados de Jumo, que había hecho de ella un muestrario inconsciente de su personalidad y aventuras. Por todos los rincones había artilugios diversos esparcidos sin ningún orden, difícilmente se podía andar por los pasillos sin tropezar con sables marineros, máscaras de combate, escudos de campo o laúdes polvorientos. Una vieja máquina viva se deslizaba cabizbaja con el cerebro probablemente deteriorado, llegaba a un objeto y lo sopesaba un rato, luego lo depositaba con mucho cuidado donde lo había cogido y repetía la misma operación con otros.

—¿Qué hace? —le pregunté.

Jumo le dio un manotazo suave, casi cariñoso, y la detuvo en sus afanes, —Anda por aquí —dijo, y lo decía con la confianza que da el saber que aquella máquina loca, andaba ciertamente por allí.

La gata She correteaba nerviosa husmeando por todas las habitaciones, hasta que encontrando un lugar adecuado se alivió.

—Ya lo tuvo que hacer... —exclamó el guerrero—, pero seguro que luego no es capaz de atrapar ni uno solo de los malditos ratones que rondan por las noches.

No sólo había ratones, también vi cucarachas, hormigas, moscones y hasta avispas se colaban por la abertura del techo, por donde entraba el aire fresco. No miento si digo que toda la fauna de Noor estaba representada en la casa de Jumo. Sobre las camas y escasos muebles se acumulaba la ropa y los efectos personales del guerrero sin orden ni concierto. En la cocina y completamente petrificados, como escena muerta del pasado, se veían los restos de una comida sucedida hacía más de un año. Las hormigas, estúpidas al fin y al cabo, habían pagado su tributo con el tarro de la miel y centenares de ellas sufrían un baño eterno y por ende dulce. Salimos luego al patio comunal que estaba cruzado en todas direcciones por cables y riostras, materiales navales en desuso, que servían para colgar la ropa lavada. Y acercándoseme al oído, dijo Jumo:

—Cuando no tengas ropa limpia, vienes y la coges de aquí. Ellas no se dan cuenta —y se refería a las vecinas. Por este procedimiento se evitaba lavar su ropa con regularidad.

Un poco más tarde, descansando en el salón, y rodeado Jumo de lo que era en objetos su vida entera, dijo:

—¿No es muy acogedora verdad?

Lo decía disculpándose. Para él, llegar a puerto, aparte de la alegría del reencuentro con los amigos, tenía también cierta tristeza. Resultaba evidente la falta de una mano diligente, por ello, cada poco tiempo, Jumo hacía un hatillo con sus pertenencias y partía rumbo a lugares y aventuras sin cuento. Llevaba en su sangre la desdicha gitana.

—¿Y si le diéramos unos toques? —propuse con valentía.

—¡Uff! —Y se le hundieron los hombros en el sillón.

No podía con ella que era el desván de su existencia. Entristeció y su mirada siempre bella y alegre se escapó de sus ojos rumbo a una tierra desconocida para mí. Cogió un laúd, y soplando para desempolvarle, tocó lentamente cantando en su lengua materna. Y fue como escuchar a los valles y a los ríos llorar por alguna desventura, sollozo de un gitano, notas salvajes que me emocionaron.

Luego cambiamos nuestras ropas de navegación por otras más propias y tardé un tiempo en habituarme a su raro olor y a un picor ilocalizable que me acometió.

Pero más animados, y con las manos en los bolsillos y masticando una ramita en flor de uno de los tiestos de las vecinas, salimos a la calle. Pandemónium se me hacía una ciudad de cuento. Atardecía, y en el monocromo crepúsculo, sus habitantes acudían al paseo como en cualquier otro lugar. Grupos parlanchines bajo los plátanos, niños corriendo tras los gatos, sus madres fumando resina, olor de guisado por los callejones. Piratas discutiendo por una mala jugada al bat-birú sucedida tiempo ha. Y el zoco, el antiguo centro de transacciones convertido en monumental parlamento de la talasocracia Noor. No creo que haya nada comparable en toda la Galaxia.

Una escalinata de piedra negra ascendiendo en espiral, sustentada por columnas retorcidas y basamentos grises y micas. Una barandilla pasamanos sobre una balaustrada de miles de elementos cada cual de su forma y color, y cada uno un hombre, un gesto, una alegoría; La Ley, como no, el crédito también, la avaricia, la lujuria, la gula, la burla, la simpleza, la morbosidad, la... Dientes en sus risas, manos de tres dedos, pies descomunales, senos sin pezón, colas de lagartija entre las piernas, un puñal en las espaldas, un falo ridículo, una mano toquetona...

Lo llamaban "la Furqan", los criterios, y tenía un secreto escondido, cogía cada palabra la hacía subir hasta la cúpula de Pandemónium y la dejaba caer sobre su dueño convertida en guiñapos, si era pedante como tal, si era falsa, transparente, si era honrada la adornaba, y si era colérica la amansaba. La Furqan desnudaba las palabras, sólo estando allí podía creerse.

Paseábamos sin rumbo fijo por los alrededores ajardinados de la plaza, cuando divisó Jumo un grupo de gentes, e iluminándosele la vista, corrió hacía ellos. Gritaron alborozados y se besaron entre los saltitos que daban algunas mujeres y los carraspeos de los venerables. Bueno, bueno... —decían—, ¿ya has vuelto, eh?

Venían en nuestra búsqueda, y aunque no lo dijeron, el motivo principal aparte del reencuentro con Jumo, era la curiosidad por conocer al Asarya. Me fue presentada toda la plana mayor de la Sociedad Benéfica, su Eloim, es decir el presidente de este sindicato de capitanes piratas. El alcalde de Pandemónium, que además era un rico armador y una influyente voz en Noor, y notables capitanes de mucha valía, amén de sus respectivas amantes. Todos ellos denotaban un refinamiento y una moderación en sus gestos que contrastaba con las gentes que hasta ahora había visto. Así ocurre en todas partes. Una de las mujeres, la amante de un famoso capitán, anunció que estaba todo preparado para que fuésemos a cenar a su casa. Se llamaba Xirina y me recordó a una matrona Groor: elegante, discreta y altiva. Su casa, donde pasaba los largos meses de soledad a que las singladuras de su amante la obligaban, estaba en un barrio algo distinto del resto de la ciudad. Los edificios gozaban de espacios más desahogados y hasta podían permitirse el lujo de pequeños jardines, con setos y emparrados. Pero era más un intento que una realidad, el agua era escasa en Pandemónium, y las plantas amarilleaban y sus hojas estaban enfermas y los tallos pelados. El césped tenía rebeldes claros y las flores, colores apagados. Noor no era un buen lugar para los jardines. Habían colocado mesas bajas y luego de lavarnos discretamente, trajeron la comida y nos arrodillamos en torno a los alimentos, y en esta disposición echaba de menos alguien que me procurara el sitio adecuado pues ignoraba sus modos y cortesías, y Jumo, que hubiera debido ser tal persona, hablaba y hablaba sin acordarse de mí. Por ello, me fue especialmente grata la deferencia de Xirina, que me sentó a su lado, aduciendo que siendo yo natural de Axón, planeta que ella no conocía y del que había oído cosas maravillosas, tendría el gusto de escucharme,

La comida era sencilla, comparada con la koriana o la axonita, sencillez que radicaba en la difícil provisión que sufrían los noor. Sazonada en manera diversas —pero siempre picante—, la carne preprocesada era la base de su alimentación, a la que acompañaban generosamente de triz, el cereal híbrido, alimento de los protegidos. La cerveza sin embargo, negra y de fuerte sabor, me agradó, corría sin tasa como gustan los piratas.

Xirina, interesada en mi persona, me llevó por los caminos de la geografía galáctica, hablándome de los lugares que conocía, de sus viajes y aventuras al lado de su amante cuando aún no estaban con el Caos. Y al principio la escuché gentil, aunque con cierto desinterés, pero a medida que su correcta expresión se adentraba en paisajes y planetas, fue absorbiendo mi atención, pues había estado en Thubán, Evodi, Bhenesa y la mismísima Gea, amén de Hone, donde había nacido. Su voz, sus maneras y sus ojos bellos y plácidos sirvieron de puente entre mi orilla de muchacho ingenuo y recién llegado a Pandemónium, y su lado de mujer de mundo, animadora de la escasa vida de Noor.

Jumo, sosteniendo, mejor, agarrado a un cáliz de plata, reía entre trago y trago los chismes de la última en la ciudad, que el capitán Sheratán —el amante de Xirina— le contaba. Era éste último un tipo formidable. Su azarosa historia podría llenar las páginas de este libro. Nacido como Xirina en el lejano Hone de muy noble familia Groor, habían unido sus vidas desde muy jóvenes prefiriendo los viajes a la tediosa vida nobiliaria. Además, Sheratán siempre fue un hombre inquieto y sensible ante la injusticia, por eso sus periplos no eran del todo placenteros, a veces tenían que huir apresurados de los lugares que visitaban pues irremediablemente tomaban partido por causas que no estaban bien vistas. Pero Sheratán tenía las espaldas anchas para soportar el peso del infortunio, y la bella y aristocrática Xirina poseía la fuerza del amor que supera cualquier dificultad cuando es auténtico. Y de planeta en planeta, haciendo amistades no tan nobles, como era el caso de Jumo Abubos, y abrazando causas más populares, abocaron al Caos. El tiempo convirtió al príncipe Hone en uno de los más famosos capitanes Noor y a su amante en el alma de la noche de Pandemónium. Sheratán era un hombre que respiraba fortaleza por todos sus poros, y aunque había adoptado los modos piratas cada uno de sus gestos recordaba un pasado refinado.

Contra toda lógica, me sentía estupendamente en compañía de los sin Ley. Nadie se interesó por mí más allá de lo permitido por la cortesía, condición que como ya he dicho no era la norma entre los estamentos piratas más populares. Empero, el Eloim —que había nacido en Thubán—, el alcalde, que presumía de haber estudiado en la universidad imperial de Evodi y tener el título de arquitecto de estrellas, los otros armadores, y ciertos capitanes, pertenecían a clases de mejor educación y cultura, a los que el correr de la vida condujo a las filas Noor, y que en consecuencia de sus aptitudes ostentaban cargos de relevancia en el Caos. No deja de ser curioso este detalle, pues salvo contadas excepciones, encontraréis siempre en la cúspide de cualquier movimiento el mismo tipo de gentes, personas bien instruidas que en su origen gozaron de privilegios aparentemente en contradicción con sus prédicas sociales. No voy por eso a desautorizar las voces que en todos los tiempos se alzaron contra el poder constituido, pero sí constataré este fenómeno paradójico: que desertores del privilegio enarbolen a veces las banderas de los pobres y desesperados. Esta fue una de las razones que hicieron que mi entrada en la sociedad pirata fuera mucho más fácil de lo que hubiera esperado.

Estaba adentrada la noche cuando dejamos el jardín de Xirina, ebrios de cerveza, ahítos de comida y palabras, pero deseosos de amor. Sentados sobre una repisa y bajo un pomo chispeante al que se le escapaban las centellas como a una gotera, Jumo y yo charlábamos.

—Aramiel —decía Jumo—, echo de menos unas manos de mujer. Esta noche hubiera preferido ser cualquiera de esos honorables salteadores de caminos, pues si grandes han sido las risas y saludables los eructos, ahora ellos fornican sin tajo y yo me encuentro sentado sin nada que hacer y solo —e hizo un gesto que me incluía en su soledad.

—Tienes razón, a mí me pasa lo mismo.

—Debería poner una caja al cuidado de una joven —siguió sin oírme—, al menos alguien calentaría mi ánimo después de las juergas, porque no hay nada más triste, muchacho, que una resaca solitaria, eso si que es triste, injusto y odioso.

—¿Y qué podemos hacer?

—Es esta vida tan rápida —se quejó—, no puedes detenerte a reflexionar ni un segundo. En fin, Aramiel, estoy en la ruina, tengo más deudas que crédito, y el diezmo que la SBHAC había dispuesto por mis últimos servicios como Algaib ya se lo han embolsado mis acreedores sin que ni siquiera lo haya sopesado entre las manos.

—¡Un abuso! —argüí tratando de consolarle—. ¡Tienes derecho a endeudarte hasta la coronilla y vivir decentemente! ¿Acaso no son más los que siempre pagan sus deudas que los que no?

—Vámonos a la cama —dijo finalmente, mientras acariciaba a la gata She, que ya había llenado la casa con su olor.

Quise preguntarle a Jumo sobre su vida, sus amores y convicciones, temas que siempre agobian al hombre bien bebido. El guerrero se había desnudado y estirándose cuan largo era en el lecho, alcanzó la tabaquera y el skatt y mientras suspiraba chasqueando la lengua, dijo:

—No soy un personaje con fortuna como verás, y de la vida sólo te diré que más vale vivir bien que no en la miseria, eso cae por lo simple del razonamiento, el problema estriba en lo que busques, quizá mi fallo está en haber deseado demasiadas cosas intranscendentes.

—Te creía más feliz —le respondí.

—¡Feliz! —exclamó exhalando con vigor el humo blanco—. ¡No soy feliz! Soy un hombre alegre por naturaleza, me gustan las mujeres, pero ninguna de buen criterio está dispuesta a seguirme. Tengo suerte en el combate, soy hábil y adivino el peligro. Mis amigos se extienden por toda la Galaxia y tengo crédito en todas las tabernas de mala nota de aquí a Axón. ¿Pero soy feliz? Esta es mi casa desde hace muchos años, le he cedido parte de mí y para aquellos que me conocen posee mi personalidad. Hay gentes a las que repele y gentes a las que atrae, y sin embargo, en mi interior la odio, odio su inmovilidad de ratonera. Cuando regreso después de estaciones de navegar, la encuentro vacía, polvorienta como mi propia alma. Más tarde, al partir, noto que algo mío se queda en ella esperándome eternamente.

—Sí. Siento como tú, que busco algo a tientas, no es un lugar para vivir, tampoco una amante ni un oficio beneficioso, percibo el acicate de la imaginación, la presencia de algo que me contiene haciéndose notar a cada segundo de mi vida, unido a mí y ajeno al mismo tiempo, otro ser, ambicioso y cobarde, audaz y reprimido, alegre y depresivo, y en esa lucha que desde infante mantengo, se ha pergeñado mi carácter. Eso creo.

—Está muy bien —respondió algo escéptico.

—Y hablando de la vida —añadí—, ¿qué soy yo aquí? ¿huésped o preso?

—¡Por Gea! —gritó—. ¡Ni huésped ni preso! ¡Eres mi amigo! Puedes hacer lo que quieras, ir donde te apetezca y hasta buscar pelea, siempre y cuando no mates a nadie. Pero lo mejor que podrías hacer es entrar de aprendiz en la Escuela Naval. De momento aquí eres lo que llaman un Chaham, o sea, un tipo llegado de fuera. Mientras estés conmigo nadie podrá murmurar porque yo acaparo lo mismo todas las alabanzas que las críticas. Te quedas conmigo, adecentamos esto y para cuando quieras darte cuenta, estarás embarcado en alguna bonita fragata dispuesto a tirar las redes y sacarlas repletas de jugoso botín. ¡En un buen pirata, es eso te voy a convertir, por Gea!

—¡De acuerdo! Hagamos entonces cuentas redondas, mi crédito será tan tuyo como mío y viceversa.

—De acuerdo —respondió—. Y además, vendrás conmigo a las casas de mis conocidos, lo que me servirá de excusa para que me franqueen la entrada. Tengo demasiado usados todos los trucos, y tú serás un buen argumento para acercarnos a sus substanciosas cenas. Después, partiré hacia alguna singladura que beneficie nuestros bolsillos entretanto tú aprendes el oficio. ¿Qué te parece?

—¿De verdad pretendes utilizar mi novedad para que nos inviten a cenar?

—Claro, ¿qué tiene de malo? —contestó.

Me reí, me reí a carcajadas tirando la ceniza por la cama y asustando a She que corrió a esconderse debajo del armario. Eran días felices.

Hablaré ahora de la Sociedad Benéfica de Hermanos Armónicos y Caóticos, singular sindicato pirata creado con la intención de agrupar a aquellos capitanes que aceptando el pabellón del Caos, se declarasen enemigos irreconciliables de la Ley. Era en realidad una sociedad secreta fuertemente imbuida de las ideas del filósofo I. Markov, anatematizado por la ciencia imperial. La SBHAC se había propuesto acumular un enorme beneficio que con el paso del tiempo permitiera la facturación de muchos navíos de combate que a su vez abrieran espacios libres de la odiosa presencia Groor. Si en un principio esta idea fue el motor de la avalancha pirata, con el tiempo, estabilizada la flota y el área de sus razzias, el beneficio se había acumulado en manos concretas, naciendo así las primeras desigualdades entre los estamentos Noor. La proximidad de la Gran Asamblea de la Sociedad Benéfica había hecho calar en sus mentes que algo tenía que cambiar. Llevaban cuatrocientos años agazapados en Noor y este era un momento en la historia de la periferia que no se podía soslayar.

Pertenecían a la SBHAC todos los capitanes de navío, incluso los retirados, los oficiales, pilotos, navegantes, contramaestres, Otacustas —mensajeros correveidiles—, y Algaibs —agentes secretos destacados—. El Eloim, el presidente de la Sociedad, administraba las finanzas y convocaba al consejo cuando las decisiones a tomar superaban sus prerrogativas, que no eran muchas en una organización tan agitada. La Sociedad Benéfica era naturalmente ilegal y perseguida en todos los reinos y repúblicas, pero su peso social e influencia en determinadas capas del pensamiento galáctico, al igual que otras sectas secretas, muy considerable. Entre sus aliados más fuertes se encontraba la Sagrada Orden de Hermanas Dominantes, las feministas de Uter, los clanes de comerciantes Zaqib, y también los contrabandistas de resina del Armistán, precisamente de la mano de estos últimos había abocado al Caos el Eloim —Crispo Crum era su nombre verdadero—.

La talasocracia Noor no era muy complicada en sus formas. Cualquiera podía armar su propia nave si tenía suficientes recursos. No existían astilleros públicos, y las atarazanas eran propiedad de hombres como Sad Al Melik, el alcalde de Pandemónium y más importante armador, que sin necesidad de embarcar obtenían los beneficios más altos. Terminado el navío, el armador sacaba a subasta pública cada uno de los puestos de la dotación, lo que servía para financiar la expedición y posibilitar la factura de nuevas naves. El botín se repartía de acuerdo a diezmos muy precisos: uno para la SBHAC, otro para el armador, otro para el capitán, uno más para la oficialidad, otro para la marinería y el resto para el entretenimiento del navío. Naturalmente, el diezmo más importante era el de los armadores, y el más pobre el de la marinería, siéndole a ésta muy difícil alcanzar puestos de mando, porque aparte de los necesarios conocimientos y de que la Sociedad Benéfica podía ejercer el derecho de veto contra un oficial, en la realidad eran los armadores quienes escogían a sus capitanes y estos a la tripulación. Como complemento existía en Pandemónium una escuela naval donde los jóvenes aprendían las artes de la piratería, condición que también requería el pago de una cuota.

Fuera de estos diezmos, en Pandemónium no existían impuestos ni, por así decirlo, autoridades públicas. La alcaldía era un cargo moral y las más de las veces sus atribuciones se limitaban a imponer paz entre vecinos o a requerir a un capitán de prestigio para que pusiera orden en las peleas entre marineros que a veces estallaban en las tabernas anexas al astropuerto. La vida en Pandemónium era simple, la industria giraba en torno a la construcción y puesta a punto de los navíos de combate y los aljibes de transporte. Las naves varadas o averiadas eran remolcadas a puerto para su reparación. La economía pirata no se permitía el lujo de despreciar una sola pieza útil. Los jóvenes noor podían escoger entre dos oficios, trabajar en los astilleros o enrolarse en un navío, fuera de esto no había nada que hacer salvo ingresar en la escuela naval y convertirse en un buen oficial. Una peculiaridad de la sociedad pirata era que la tecnología de la guerra pertenecía por entero al sexo masculino, lo que relegaba a la mujer al papel de madre y educadora de la prole. Las parejas solían ser duraderas, casi siempre de acuerdo a una crianza. Las jóvenes estaban educadas a este fin, siendo raras las que al alcanzar su mayoría abandonaban el planeta para correr su propia vida. En la navegación, el reglamento pirata sólo aceptaba mujeres como cantineras, oficio muy mal considerado y que realizaban hembras venidas de otros planetas, pues entre sus funciones no sólo estaba cuidar de la cocina de a bordo sino muy otras.

La virtud por excelencia entre los piratas era el trabajo manual. No existían por ello, terminales de datos, agencias de noticias, emisoras tresdé, o centros de diversión, y mucho menos culturales. Pocas máquinas vivas circulaban por las calles y aquellas que lo hicieran corrían el peligro de ser apedreadas por la salvaje chiquillería, una de cuyas diversiones preferidas consistía precisamente en el lanzamiento generalizado de piedras. La vida, lenta y apacible, transcurría centrada en la captura del botín, los nuevos navíos y los perdidos, y también en las discusiones políticas, a las que eran terriblemente aficionados. Las cualidades más admiradas aquellas que más beneficios produjeran. El arrojo, la valentía y la astucia se inculcaban con machaconería a las jóvenes generaciones o a los recién llegados. Aparentemente, la sociedad noor podía parecer puritana, pero en realidad, si bien las parejas solían ser fieles, las mujeres se consolaban en ausencia de sus amantes con quienes apetecían, pues siendo interesadas y calculadoras, no guardaban fidelidad, excepto cuando el beneficio era considerable. Es así que no era raro ver a marineros jubilados, vagando por las calles en la más completa indigencia a merced de la caridad pública. Pero este mecanismo tenía una virtud, obligar a los marineros y jóvenes sin fortuna a triunfar al precio que fuere. La desesperada búsqueda del beneficio fue siempre la mejor fuerza pirata.

En Pandemónium había tres tendencias políticas: aquellos que nacidos en el planeta y de padres piratas, representaban a la estirpe que un día fundara la SBHAC, eran los Gehen, y su fracción se llamaba la Banif, la inflexible, y eran la mayoría de la población. Luego estaban todos los incorporados al Caos que no habían nacido en el planeta negro, eran los Chaham, organizados alrededor del grupo Sirk: la organización. Finalmente había una tercera fracción de gentes que independientemente de su nacimiento, se consideraban a sí mismos, los amantes del beneficio, eran los Chahil, cuya pretensión consistía en marcharse cuanto antes del planeta a otros lugares más habitables, para ello propugnaban el enriquecimiento general. La tendencia mas agresiva y defensora de las tradiciones era sin duda la Banif, cuya cabeza visible ocupaba el fiero capitán Almuredín Sidi. Los moderados de la Sirk velan con buenos ojos reformas paulatinas que llevasen al pueblo Noor a dejar la permanente situación de enfrentamiento con los Reinos, dando así a los piratas una identidad más pacífica. Dirigía esta idea el capitán Sheratán y contaba entre sus filas al Eloim. Y para terminar, entre los Chahil, era el influyente Sad Al Melik quien pregonaba la necesidad de enriquecerse a cualquier costo.

Jumo y yo, según habíamos acordado, realizamos una gastronómica peregrinación alrededor de sus conocidos. Una buena forma de cenar decentemente y también de introducirse en la efervescente política pirata. Un momento propicio para medrar entre sus contradicciones. Otras veces deambulábamos por las callejas del barrio porteño, piropeando con poco éxito a las jóvenes, porque aunque Jumo tenía fama entre las casadas, poco podía contar de sus hazañas con las solteras. Y en una de estas correrías, nos encontrábamos en la parte más oscura de Pandemónium: el barrio de los sanadores, tuvimos la suerte de toparnos con el gran Simón Agrippa, con quien tan bien había congeniado en la Athanatos. No llevamos rumbo fijo —le dijimos—, y Simón, alborozado, nos invitó a pasar a su casa. Era ésta una construcción inusual, pues siendo la afición noor edificar hacia el cielo, Simón había enterrado sus estancias en la roca bituminosa, dejando un piso al aire, y sobre éste, una amplia terraza donde decenas de artefactos de vidrio humeaban sus misterios. La fachada tenía manchas negruzcas como si algún fluido la hubiera quemado. Al atravesar la puerta, el olor de los hogares distintos nos evocó la magia de su dedicación, porque olía a beleño, a la mandrágora y a los bulbos malditos. Entre los pasillos y tras los revoloteos del manto del gigante negro, podíamos casi palpar los espíritus sólidos que mantenían la casa en su sitio, y si me apuráis, algunos djinns, salidos del regazo del mismo Iblis.

—Cenaremos en el salón de fumar —dijo Simón.

Y este salón, muestra palpable de la misteriosa vida del sanador, ofrecía a nuestra vista los aditamentos y adornos que todo médico debe poseer si quiere que su conocimiento sea respetado y admirado por sus confiados, pero no tontos, pacientes. En los anaqueles se alineaban los grimorios y recetarios aparentemente en desorden, pero bien a mano para cualquier contingencia. Frascos de cristal aquí y allá, sellados y en los que nadando en soluciones turbulentas había seres impuros, atrapados de seguro en alguna correría por los mundos de la Gehena. Un hermoso caduceo plateado, ya mate por el tiempo, reposaba ligeramente inclinado sobre el escritorio dónde el sanador negro estudiaba. Grandes dibujos anatómicos, pegados a las paredes, explicaban al curioso las diferencias entre el hombre y la máquina viva, o la anatomía de los gatos, toda vez que por alguna extraña razón perdieron su piel aterciopelada. Sobre los aparadores, cálices, en otro tiempo seguramente sagrados, conteniendo gemas, joyas y talismanes contra todo mal. Amatista contra la embriaguez, ágatas para el corazón, berilo para la suerte, topacios para el sueño y aguamarinas para la piel. Y coronando el gran mueble e inmóvil, no sabiendo excepto por su dueño, si se trataba de un ser vivo o disecado, un gran búho nos contemplaba con cierto escepticismo.

Terminada la cena dijo Simón Agrippa:

—En verdad, Aramiel, que hace tiempo que esperaba tu visita, ¿pues no fui yo quien primero te visitó en la Athanatos cuando estabas inconsciente? Y siendo además el responsable de tu salud, debo reconocerte, ahora que estás bien cenado, por si acaso tus tripas protestan o tu hígado gime extenuado, quizá pudieran tus riñones estar atascados del espíritu de tus orgías juveniles. Es por eso que debes desnudarte si lo deseas. Sabrás que la enfermedad no es la invasión en sí misma, sino la debilidad que llama a la infección.

Pero Jumo se adelantó diciendo: es bueno venir a verte, porque tengo un dolor aquí..., y se señalaba la nuca. A lo que Simón contestó

—Cómo no ha de dolerte, si no te sueltas de tus "pesares", eres el mejor espadachín de la Galaxia, ¿no es ese el síntoma más claro de tu dolor? Piensa que nadie te persigue, que no hay un sicario esperándote en cada esquina, que todas no pueden ser tuyas..., y descansa, hombre, descansa.

Y de un manotazo lo apartó disponiéndose a examinarme. Me palpó de arriba abajo, presionó sobre mis costillas y sobre mis reflejos, metió sus dedos en mis huecos, descabezó mis intimidades, olió mis alientos y mis flatos, arrancó alguno de mis cabellos, probó mi orina, tentó mi lomo, midió mi pecho, raspó mis dientes, tiñó mí lengua, contó mis latidos, gravó mis efluvios, extrajo algo de mi sangre y la centrifugó en sus máquinas sombrías, y después de otras operaciones, dijo:

—Estás muy sano, y aunque soy un médico que sólo cobra cuando sus clientes gozan de buena salud, haré una excepción contigo, nada me debes salvo quizá tu amistad.

Y como Jumo insistiera en su dolor, pidiendo la pócima milagrosa que le librara de su mal, Simón abrió el aparador y extrayendo una botella de bella factura y tres copas, sirvió el ambarino elíxir, que claro como aceite y limpio como agua, atravesó nuestras gargantas a sangre y fuego, dejando a su paso aromas de lejanos campos y cantarinas vendimiadoras.

—Esto sí que nos va a librar de todo mal —dijo.

Jumo, que había perdido todo interés por el sanador, se descalzó, y estirándose sobre los cojines, se dispuso a dormir una beatífica siesta. Simón me ofreció bombones rellenos de licor y también una de las boquillas de su múltiple narguile, de las que se escapaba al menor esfuerzo el humo fresco, recién bañado, de la resina del Armistán.

Simón había nacido en Purna, planeta raíz de los mods, colonizado por hombres negros del planeta primigenio. Su juventud fue azarosa, disfrutó de viajes y buena educación, interesándose siempre por el cuerpo humano, por lo que se graduó prontamente en medicina. Sin embargó encontraba más su hacer en las facultades ocultas del hombre, en lo que no se ve, por eso, buscó maestros y magos, alquimistas escondidos, y astrónomos chalados, ciegos de buscar naves no humanas. Pronto aprendió que esta vía además de dar cabida a grandes charlatanes, era contemplada con aprensión por la Ley. Fue denunciado a la Biopol, porque según decían había tratado de infundir razón a una máquina viva, y este era un crimen detestable que atentaba contra el hombre y contra el Uno, y lo que es peor, contra la Ley Universal Imperial. Fue a dar con los huesos en el planetoide prisión sumidero Faetón, donde los años, eternos y mortales, fueron mellando su voluntad y la radiación ahuecando sus huesos. Pero había algo más que fuerza en el esqueleto de Simón. Una voluntad tal que, capaz de levantar los ánimos de los condenados, pudiera amotinar las almas y liberarías. Simón fue el cabecilla de más horrible levantamiento registrado en la Galaxia. Faetón fue cercado por los destructores geanos y los infantes de marina desembarcaron dispuestos a silenciar sus aullidos salvajes. Los supervivientes huyeron por la superficie metálica del planetoide, entre desiertos de orín y lagos de aceite. Para sobrevivir los más fuertes devoraron a los débiles. Luego de varias estaciones de campaña, el Almirante en Jefe anunció que toda resistencia había cesado, pero no era cierto, algunos hombres resistían viviendo como topos en cavernas de metal. Nadie sabe como consiguieron traspasar el cerco naval geano, pero un puñado lo consiguió, entre ellos estaba Simón. Era lógico que dirigiesen sus pasos al Caos, éste es la última esperanza del hombre perseguido. Después de tales tribulaciones, ¿qué podía atraer a este gigante saciado del bien como del mal, de lo perverso, lo erótico y lo mortal? ¿Qué le quedaba sino la ambición y el anhelo de la venganza de volver la Galaxia del revés?

—Simón —le dije—, sé que eres el sanador más reconocido de Pandemónium y que entre tus pacientes se encuentran los hombres que manejan los hilos secretos de la vida pirata, es por eso que a ti debo hacerte esta preguntas: ¿Por qué estoy aquí?, ¿qué quieren los Noor de mí?

—Yo no soy quien te imaginas —respondió enigmático—, ni tampoco creas conocerme lo suficiente para confiar en mí. Pero ya que lo preguntas responderé en la justa medida de lo que hasta el momento debes saber. Estás aquí simplemente para que no estés en otro sitio.

—¿Eso es todo?...

—Hay más. De mí salió la idea de traerte a Noor, te confesaré que había otras propuestas más radicales, pero fui yo quien inclinó, en la SBHAC la balanza a tu favor.

—¿Debo agradecértelo? —musité desconcertado.

—No.

—¿Y qué voy a hacer aquí? ¿prosperar entre piratas?

—No menosprecies a los Noor, nadie desea que tu vida sufra perturbaciones innecesarias, salvo las imponderables. Si quieres una recomendación para ingresar en la Escuela Naval, te contestaré que hace tiempo la tengo preparada, aunque no será fácil, son tus compañeros aprendices quienes decidirán tu presencia en las aulas, y si ellos no te aceptan, nada ni nadie podrá cambiarlo, así funcionan las cosas en Pandemónium.

—¿Quién les da ese derecho?

—¿Cuál es el derecho de la mayoría, Aramiel?

—¡Qué son más —respondí.

Y Simón se rió tan fuerte de mi sinceridad que despertó al guerrero, y éste, escandalizado, murmuraba sobre los derechos de los durmientes.

—¿Qué te parecería comprar el puesto de contramaestre en la Antlia, la nueva nave del capitán Sheratán —le ofreció Simón a Jumo.

—Más de lo que podría soñar —respondió— pero alguien deberá prestarme el crédito necesario.

—Yo lo haré —afirmé—, te daré todo lo que me queda a cambio de que consigas que me admitan en la Escuela Naval.

Simón estuvo de acuerdo, porque así mí crédito serviría para que el arruinado Jumo pudiera navegar en un puesto de su categoría y para que sus influencias abrieran las puertas necesarias.

—No es el "bizco" —refiriéndose a Sad Al Bari—, quien me preocupa —dijo—, sino Salm Zavijaba, Preboste Mayor de la escuela, que la dirige en un puño, Pero no te preocupes —añadió sopesando la bolsa—, con esto, y con mi espada si hace falta, puedo garantizarte que serás un buen oficial Noor. Yo mismo seré tu padrino el día de tu Juramento Pirata.

Jumo lo consiguió, no me preguntéis cómo, sé que hubo cerveza y apuestas por medio, que alguien recibió un desafio y que Salm Zavijaba, personaje siniestro donde los haya, tuvo que ceder ante el ímpetu del guerrero. Hubo las murmuraciones de costumbre, ¿cómo un recién llegado quitaba el puesto a otros con más méritos? ¿Pero qué acción humana no levanta el polvo del camino salpicando a los que permanecen sentados en las cunetas?

Y días después, amanecido sobre Pandemónium, recorría al trote la distancia que me separaba de la escuela. Las luces del alba apenas iluminaban la ciudad y los pomos ingrávidos me seguían fieles por las callejas y los silenciosos pasadizos. Iba feliz aun esperando las novatadas de mis compañeros. Jumo me había aleccionado y sabía qué hacer y qué decir. La escuela era un monumento levantado con desgana, como sucede en los países no amantes de la cultura, aunque el tiempo le había dado la venerabilidad que los hombres no pueden comunicar a sus obras y que únicamente los acontecimientos, trágicos o alegres, consiguen. El edificio estaba dividido en secciones y a cada una correspondía un arte de la astrogación y un viejo maestro. Eran antipáticos y cascarrabias, estos maestros, y sus artes, casi milenarias, áridas al principiante. Los aprendices no tenían ninguna obligación excepto aprobar los cursos, podían asistir a las conferencias o rondar las tabernas portuarias si aquéllas se presentaban tediosa

Se enseñaban seis artes armónicos y tres caóticos. De ellos señalaré por su importancia el arte Baraq —los artes llevaban los nombres de los maestros que los compilaron— o de la astrogación, que enseñaba a navegar sin más ayuda que una pequeña maquina de astrogación. Obligaba necesariamente a aprenderse de memoria todas las estrellas próximas, tanto del Catálogo Imperial como del Nuevo. Su nombre, código y magnitud. si estaban asociadas o solas, sus planetas naturales y los artificiales si los tenían, el tipo espectroscópico, los radiofaros asociados, y las líneas isógonas del tiempo estelar. Un preciso saber basado en una tradición centenaria y por ende tranquilizadora, cualquiera que aprendiese este arte, jamás se perdería en un espacio conocido. Y de este arte fue la primera conferencia a que asistí. Los aprendices me miraron interesados al entrar, pero el maestro no interrumpió su charla y me ignoró. Por el rabillo del ojo vi a Sad Al Bari y su grupo cuchicheando a espaldas del maestro, me supuse que tramaban algo. Pero terminadas las explicaciones y como nada ocurriera me fui con todos los aprendices a la siguiente conferencia, que como era del arte Kem, se celebraba en el gimnasio. El aprendizaje se hacía por grados, y me fue adjudicado el grado inferior. Alumnos veteranos dirigían el entrenamiento de los novatos. Sad Al Bari se las arregló para que fuera a parar al grupo que él adiestraba, y algunas risitas disimuladas me hicieron temer lo peor: el enfrentamiento. Se utilizaban ropas muy fuertes y acolchadas que permitían la total libertad de movimientos. El calentamiento no se diferenciaba mucho de cualquier deporte marcial, quizá señalar que el ritmo y las pausas estaban marcadas casi ritualmente. El arte tenía dos etapas, una primera en la que se aprendía a defenderse de cualquier tipo de ataque sin más armas que las naturales, es decir, manos, pies, codos, rodillas, etc. Y otra final en que el aprendiz entraba de lleno en la verdadera esgrima Kem, la lucha con sable, bastones, y armas de fuego. No daba Sad Al Bari muchas explicaciones, había que estar atento a cada uno de sus pies, a las presas de sus manos, e incluso a su respiración. Se aprendía fundamentalmente por mimetismo, procedimiento con el que nunca estuve de acuerdo, pues el neófito se encuentra con misterios que mediatizaran su progreso, cuando unas pocas palabras aclaran más que días de observación. Pero así son muchas veces los maestros, celosos de su saber y parcos en enseñar. Sad Al Bari era un combatiente temible, podía deshacerse de varios atacantes en un solo grito salido de su vientre, y aun cuando sus golpes eran controlados, sus oponentes caían redondos como fardos. De pronto, se me acercó, todo el grupo se encontraba sudoroso y sin aliento, pues el estrábico banif había aumentado el ritmo, quizá para mortificarme. Se plantó en jarras y sin mirarme a los ojos dijo:

—Veamos que sabe hacer el Asarya —y me ordenó salir al círculo de los combates.

Como a una señal, los aprendices dejaron sus actividades rodeándonos. El maestro miraba condescendiente desde la distancia.

—Para nosotros aún eres un kafir —dijo Sad Al Bari mientras se empolvaba las manos sudorosas—, y no te admitiremos en la escuela a menos que demuestres que eres algo más que un renegado Tomii-Arón.

Pero Jumo me había advertido contra estas provocaciones y hacía tiempo tenía preparada la respuesta.

—No siento necesidad de mostrar nada y menos aquí, guardo mis energías para el enemigo verdadero, y si soy o no un buen noor lo dirá el beneficio del futuro.

A mi espalda se oyeron voces de aprobación que provenían de aquellos aprendices pertenecientes a la Sirk, que aunque más escasos tenían su voz en la escuela. Y uno de ellos se adelanto y me estrechó la mano:

—¡Toma mi mano! Yo soy Deneb Kaitos, líder del círculo Sirk, y me han gustado tus palabras, no todos los días se oyen cosas así frente a este saco de músculos sin una pizca de seso.

Algunos aprendices se rieron, la rivalidad entre las tendencias también era patente en la escuela. Sin embargo, Sad Al Bari se sintió aún más encendido y adoptando una guardia baja y flexible, gritó:

—"¡En el nombre del Caos, el Primevo, Sombra de la Contracción!" ¡Te reto por tu honor!

Y esta formula tenía el conjuro de hacer inevitable la lucha, ritual que parecía excesivo en boca de tan afamado matón. Nunca en mi vida había peleado contra nadie salvo en entrenamientos fingidos que poco tienen que ver con una pelea real. Conocía el arte del boxeo de pies y manos y por ello escogí su guardia que es alta y necesita de menores distancias.

—Lucharé por mi honor y mi dignidad —dije.

Entonces oí un grito que me paralizó, Sad Al Bari avanzó un paso, su pie golpeó como un látigo mis costillas y su puño se estrelló terrible contra mi rostro, derribándome al suelo y perdido el conocimiento.

El llamado Deneb Kaitos y otro aprendiz me trasladaron a la casa de Jumo, que al verme llegar en tal estado, no pudo contener la risa. Pero yo le miré con ira y le dije:

—¡Hasta la risa debe tener un límite frente a la miseria! Y esta miseria, derrotado como estoy, es la que te exige que en el futuro deberás enseñarme el arte Kem con la dedicación de la venganza.

—Sí —afirmó—, nadie se va a reír de un amigo mío, está también en juego mi honor. Pero cenemos, he preparado alguna comida.

Invitó también a los dos aprendices que, admiradores del guerrero, aceptaron gustosos. Hablaban de política con la intención de tirarle de la lengua a su anfitrión, pues el caso es que codeándose Jumo con gentes de mucha prosapia, los aprendices le tenían por un oficial de palabras atinadas, aunque en la realidad esto no era del todo cierto. Y viendo el guerrero como le doraban la píldora, se engalló, discurseando de cosas que había oído a otros más preparados.

—En mi opinión —decía muy serio—, en la situación actual hay tres alternativas para la Galaxia: que se retorne a las fuentes originales de la tradición Solar, pudiendo superar en esta filosofía el vacío dejado por el Imperio. Otra opción, es que el Caos para salvarla la asimile de grado o por fuerza, siendo así la fuerza del Caos el motor del nuevo salto. Y finalmente puede ocurrir que la Galaxia desaparezca sumida en la peor barbarie.

—Pero también puede cumplirse la profecía —advirtió Deneb Kaitos.

—¿Qué profecía? —pregunté—, conozco decenas.

—La profecía que todo proceso lleva inherente —respondió el otro aprendiz que era un mods de fuertes brazos—, es decir, la simetría deseada por el Anima Mundi.

—¿Te refieres a las hechas por los profetas geanos para el final de este milenio, claro? —le espeté con ironía.

—Me refiero a lo que me refiero.

Tenía mucho carácter este aprendiz negro. Se hacía llamar por el pomposo nombre de Thalit de Mebsuta, quizá para disimular que era el hijo de un pirata Anaquim recién llegado al Caos. Por el contrario, su compañero Deneb Kaitos, pertenecía a una familia de mucha tradición pirata. Eran muy amigos y si el mods era ambicioso y recomido, Deneb era alegre, educado y comedido en el trato. Ambos eran partidarios de la Sirk.

Después nos visitaron el capitán Sheratán y su amante Xirina, que oídos rumores del incidente venían interesados por mi estado y también un poco por el cotilleo. Todos estuvieron de acuerdo en dar una lección al "bizco". Xirina se ocupó de mi ojo afirmando tener un remedio infalible para estos casos, puso sus manos húmedas sobre mi rostro y aunque sus cuidados en nada rebajaron la hinchazón, su cercano aliento y el roce de su cuerpo, elevaron mi espíritu como un aire que trepara por su perfume de mujer, y por ello la deseé en secreto.

Aquella noche, contemplando mi ojo herido, le aseguré a Jumo que aprendería el arte Kem y todos los malditos artes que necesitase para hacer de mí un oficial respetado. Pero el guerrero se había dormido hacía rato y su skatt humeaba sobre la alfombra, únicamente la gata She me escuchaba.

No hubo más incidentes en la escuela, y no porque Sad Al Bari no estuviese dispuesto, sino por mi habilidad en evitarlos. Por una causa o por otra fui aceptado entre los aprendices. Sospecho que Jumo tuvo algo que ver en esto, otra explicación no tenía el que Sad Al Bari se presentara un día con un largo tajo en un brazo, una inconfundible herida de sable Kem. Arte al que por otra parte dedicaba horas extras con Jumo como maestro. Anochecido, nos endosábamos los trajes acolchados y armados de sables, bastones y pistolas LXR partíamos a los solitarios muelles, donde bajo los fieles pomos, Jumo me fue revelando los secretos del arte Kem, aunque en verdad os aseguro que no había ninguno. Se trataba de matar, simplemente aprender que para matar es necesario que la muerte viaje en el puño, pie o arma, que anide en un grito paralizante y que el gesto sea asimismo su imagen. Un hombre debe llevar la muerte entre los dedos si quiere salvar su vida. Esta fue la primera enseñanza del pueblo pirata: el poco valor que tiene la vida cuando se vive fuera de la Ley.

De los otros artes que aprendí, quizá el arte Bhusi fuera el saber marinero por excelencia. Enseñaba las técnicas de abordaje, las maniobras de asalto, las formaciones navales, las huidas simuladas, las emboscadas y otros trucos. Había un arte, el Bhak o de la meditación, que era muy querido por los maestros. De él decían intrigantes: Es el mismo arte de la astrogación tomado microscópicamente, la navegación interior. El hombre, aseguraban, posee varios ritmos de pensamiento para cualquiera de los tres ancestros genéticos que lo conforman: el ancestro del poder sobre el clan, el ancestro de la posesión del entorno y el ancestro del sexo dominante. El primero regula el crédito social que nos permite escalar puestos en la jerarquía humana. El segundo determina el prestigio necesario para la propia identidad. Y el ancestro del sexo dominante es la ambición de satisfacer las pasiones ocultas —entiéndase sexo como erótica—. Si un hombre se adueña del control de sus ritmos, es dueño de sí mismo, pero no su tutor, sus actos siguen siendo oscuros aunque crea saber lo que hace: un tirano de sí mismo. En cambio, un hombre claro, transparente como el universo, vacío de sí mismo para poder trascender de sus actos y realizar en cada momento las acciones que frente al destino y los acontecimientos le deparen el mayor beneficio y el mínimo sufrimiento, es el tipo de hombre buscado. Los maestros terminaban siempre sus conferencias con esta frase: "Cualquiera que desee algo, necesita una prueba que le demuestre si es verdadero su deseo". Como veréis se trataba más de una filosofía propia de un clan docente que de una receta de felicidad, suponiendo que existan éstas. Del arte Dhau o de la salud nada diré, era optativo y preferí dejárselo a los hombres de vocación. Había un último arte armónico llamado Markov, que era la peculiar interpretación pirata de la Historia, a la que consideraban una ciencia falsa, arbitraria e interesada, que ejemplarizando los hechos se muestra incapaz de corregirlos. La Historia, decían, está siempre al servicio —consciente o no— del estado universal. También estudié los tres artes caóticos, de los que os diré que el primero era llamado arte Eka, o arte de los asesinos, y enseñaba el conocimiento de los venenos y tóxicos y su adecuado uso. El segundo, el arte Dwi o arte de los indiferentes, preparaba al adepto contra las torturas e interrogatorios, y es éste un conocimiento difícilmente explicable pues se aprende mediante trances hipnóticos. Y para terminar el arte Trika o arte de los locos, conclusión de los anteriores, convertía la mente de un individuo en un bloque indescifrable, cerrado a todo agente externo —una especie de suicidio mental de por vida—, al que sólo encefalópatas especializados podían volver a la realidad. Estos tres artes eran especialmente útiles para aquellos piratas que como agentes infiltrados —Algaibs—, correveidiles y Otacustas, pudieran sufrir grandes pruebas frente a la Ley.

Tan inmerso estaba en estos estudios, que cuando Jumo, siempre deseoso de vida, me hablaba de las meretrices recién llegadas y de la cerveza negra y agria de los piratas, yo le esquivaba recluyéndome en una habitación. Lo que a veces desataba sus burlas:

—¿Esperas aprenderlo todo en esa escuela? ¿No te han enseñado que además de la sabiduría también son necesarias para el cuerpo las bellas mujeres y la diversión?

No quería escucharle, Jumo era un solterón aficionado a enterrar sus penas entre las piernas de las meretrices que en todos los casos dicen encontrarte dulce y sabio en el amor, y no un zafio que sólo sabe jadear. Pero a la larga, el guerrero se hacía con mi voluntad, tenía un medio infalible, se sentaba tras la puerta de mi habitación. Y cantaba atrevidas piezas tabernarias, hasta que dejaba a un lado el estudio completamente convencido de que la sabiduría no lo es todo.

—¡Venga, vamos! —decía—, aún podemos coger una buena mesa.

Y se atusaba el coleto con una sonrisa tan pícara que yo me reía, a la par que mandaba a su lugar correspondiente los artes armónicos y los caóticos.

La Antlia, el nuevo navío del capitán Sheratán, retrasó su partida, no se acababan de afinar sus instrumentos, y Jumo, que tenía el puesto de contramaestre, refunfuñaba agotado de tan larga estancia en Pandemónium. El curso terminó, y en las pruebas fui el mejor calificado de los aprendices de primer año. ¡Qué satisfacción, coser un galón a mi tafetán de escolar! Ya podía embarcarme como navegante de tercera. Algunos capitanes me ofrecieron sus puentes para mis practicas, eran navíos próximos a despegar, pero yo los rehusé, sólo navegaría en la espléndida Antlia.

—Eso está bien —dijo Jumo—, doblaremos nuestro beneficio navegando juntos. ¡Imagina! Compraremos una máquina viva para que friegue los platos, ¿eh?

Al comprobar como la superioridad que en mi fuero interno siempre intuí había salido a relucir elevándome por encima de los espabilados jóvenes piratas, el recuerdo de la humillación que me infirió Sad Al Bari, se disipó como nada. Mi mayor victoria era haber conseguido un galón en el puente de la Antlia. No era todavía un experto en el arte Kem, pero ya volaban mis pies, y mis manos cortaban el aire como filos y pronto mi sable podría ser rival de cualquiera, excepto de Jumo.

Como todas las promociones, la SBHAC, publicó la fecha para la ceremonia del Juramento al Código Noor, tras el cual los cadetes podríamos ejercer nuestro derecho a ingresar en la Sociedad Benéfica. Toda mi vida recordaré ese día. Aquella mañana Jumo se despertó temprano. ¡Arriba! —gritó—. ¡Hay mucho que hacer! Pero ya hacía rato que desvelado por los nervios jugaba con la gata She entre las sábanas. Jumo rebuscó en uno de sus arcones y luego de polvorientos afanes, sacó un traje de espadachín. Lo gané en un combate en la corte de Lisia —dijo ufano. Se trataba de un atavío muy hermoso, pero no de mi gusto, lo encontraba pretencioso. Y el guerrero, que nunca había sentido el menor ridículo allá donde otra persona hubiera deseado morirse, se puso a frotar los jaheles y adornos de metal, mientras yo me bañaba y perfumaba. Me recogí el pelo en una coleta, y ceñí a mis flancos un corto faldín interior. Una clámide sobre los hombros y sobre ella un cinturón de flexible piel. Entonces entró Jumo con su reluciente armadura: un peto de cuero endurecido, una gola con arabescos de hilo y plata. El casco, que superaba todo lo imaginable, con un par de halcones de metal en él lugar de las alas. Y las canilleras, negras y con remaches. Ante tal despliegue de adornos innecesarios, protesté, no saldría a la calle de esa facha. Jumo se retorció el bigote, espantó a She que husmeaba en mis sandalias y dijo:

—Con esta "facha" juré yo el código Noor. Nadie podrá decir que no he sido un buen pirata. Es cierto que estoy en la ruina, pero fui honrado con mis acreedores y deudores y fiel a mis capitanes. Y hoy que tenemos nuestros puestos en la Antlia, es el momento de recordarles a todos quien soy yo y quien eres tú. Por ello, voy a hacerte entrega del sable que un día me salvó la vida, venciendo en un combate que entablé con un noble que pretendía a una de mis amantes. Un sable que salvó mi vida es el indicado para salvar la tuya. Se llama "Despierto", y si lo sopesas verás que lo es.

Me ofreció el famoso sable, típica arma de abordaje, en el que Jumo había grabado sus victorias, y al cogerlo, ciertamente que noté su equilibrio y buena factura, mi mano apresaba la empuñadura con gran facilidad, pues los años de contacto con la palma de Jumo habían hecho un asiento. Y viendo éste que me ponía sentimental, carraspeó:

—Salgamos fuera y caminemos. Desde aquí a la Furqan, todo Pandemónium tiene que admirarte y saber quien apadrina tan buen aprendiz.

Al hacerlo se disipó mi timidez, alzando poco a poco el pecho, tan ufano como Jumo, que ya saludaba a las vecinas que, afortunadamente, no reconocieron su propiedad en los recién lavados calzones del guerrero. La multitud, abigarrada y festiva, se dirigía al parlamento pirata, muchos jóvenes juraban hoy, para orgullo de sus familias y esperanza de sus bolsillos. Ninguno pudo compararse a nosotros en prestancia, y pese a mis temores, las mujeres nos admiraron y los hombres nos envidiaron. Y dijo Jumo:

—Si un hombre gasta su beneficio en adornos, estará falto de crédito pero nunca de elegancia y buenas maneras.

Alrededor de los aprendices y sus padrinos, se alinearon las gentes, encabezadas por el Eloim y los notables de la Sociedad Benéfica. Y estaba el alcalde Sad Al Melik, y el capitán Sheratán de gala principesca, armado de una terrible espada, y su amante, la bella Xirina. Y otros, banif, sirk y chahil igualmente acicalados y compuestos. Y un poco más lejos, inexpresivo el rostro, pero atento, Simón Agrippa el nigromante, que al verme me sonrió. Ascendió entonces el Eloim al puesto de honor de la Furqan y según lo hacía, Salm Zavijaba, a las teclas de su máquina musical, interpretó un himno pirata, vivo y espiritual, que hizo que mi piel se erizara. Después, los padrinos recitaron los auspicios de sus ahijados, que llevaban escritos en un papel, acta de fe pirata, donde también se encontraba escrito el nuevo nombre del adepto. Fue entonces cuando supe que Jumo, en uso de sus prerrogativas, había cambiado el mío por el de Martin Dago, que habiendo pertenecido a uno de sus antepasados, le significaba, toda vez que el recordado figuraba como héroe en su genealogía gitana. Ninguna importancia di a este cambio de nombre, cuando uno se convierte en enemigo de la Ley, se hace preciso un nuevo bautizo, además me complació que el guerrero hubiera escogido uno de gentes y lugares tan distintos de los míos.

Mis pensamientos, excitados por el carácter de la ceremonia, volaron libres, heroicos y trágicos. Regresaría a Axón, volvería como gran comandante de los piratas para doblegar a los Tomii-Arón a mi poder. El Caos sería mi fiel pasión y las estrellas, las eternas guías, espejo de mi anhelos. Ellas alumbrarían la dura lucha que debía afrontar para reconstruir mi identidad. De este ayuntamiento, entendí que nacería la raza valerosa capaz de dominar la Galaxia. Sí, los Noor eran mi verdadero pueblo, Jumo Abubos el hermano que nunca tuve, Simón Agrippa mi confidente, y Sheratán un capitán a quien servir y de quien aprender. La Antlia, el trampolín acerado que necesitaba, Pandemónium el puerto sin Ley, abrigo y descanso de mi ascensión. Y en esta carrera había cosas que me sobraban, tanto mías como de los Noor, pero a la par que yo me purificaba los convertiría en banderas invencibles, en elite consumidora del elíxir del poder, cambiaría su deseo de beneficio por el hambre de gloria, les enseñaría a escupir en el rostro del vencido, porque para un pirata no hay más lección que ésta: vencer o morir.

Finalmente el Eloim extrajo un viejo pliego y con voz grave y pausada leyó el Juramento de los Noor y el decálogo pirata que más o menos reza así: