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Dago el Cruel LIBRO SEGUNDO - V - La Antlia. El adiós. En el puente de mando. ¡Al abordaje! |
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La Antlia reposaba en uno de los hangares del astropuerto, su casco, recién pintado, plateaba al contraluz como el dorso de un tiburón. A su alrededor, entre el olor a fardos polvorientos y combustible volátil, los marineros se afanaban dando los toques de última hora, subidos en los pajariteros, con sus buzos sucios y los pañuelos en los bolsillos traseros a modo de escarapela de la grasa consistente. A primera vista y para una mente práctica, la Antlia era un navío de extraordinario diseño, pero poco menos que inútil frente a los poderosos cruceros de batalla axonitas, sin embargo, qué cantidad de virtudes tenía. La maniobrabilidad era la más destacada, podía planear en zonas de alta densidad, desacelerar en un tiempo insignificante y volver a acelerar gracias al empuje de sus motores de plasma sin que crujiera uno solo de sus pernos. Además, le habían sido envergadas velas más grandes que las normales, que según su prestación constituirían el patrón para las próximas generaciones de veleros Noor. Su artillería estaba engrosada con baterías de misiles-torpedo de reciente adquisición, amén de la tradicional arma pirata; los cañones gamma-laser y las armas menores LXR. Contaba también con un nuevo tipo de aparato "ojo-alerta" con un radio de acción de varios años luz y un procesamiento de información excepcional. Y si bien estas cualidades no proporcionan por si solas el arrojo que un navío pirata necesita, no eran hombres de valor los que iban a faltarle. Sheratán había escogido lo mejorcito de Pandemónium: Salm Zavijaba, primer oficial. Jumo Abubos, contramaestre. Sad Al Bari, primer navegante. Deneb Kaitos, oficial de máquinas. Thalit de Mebsuta, alférez, de artillería. Simón Agrippa, sanador y oficiante. Y yo, Martin Dago, tercer navegante como aprendiz en prácticas. Completaba la dotación un plantel de experimentados astrogadores, radioastrónomos, artilleros, maquinistas, marineros de clase, cantineras, pinches y tropa de asalto, hasta un número de trescientos. Y el día esperado llegó, largábamos amarras. La gente salió de sus casas y se acercó a los muelles entre los músicos y los vendedores de refrescos. Se agitaron los pañuelos y algunas lágrimas furtivas se escaparon de las cuencas sensibles. Los niños correteaban bajo el tren de aterrizaje ajenos al dolor de las despedidas. Un pirata retirado tocaba un acordeón poniendo algo de viento en el muelle. Banderines coloreados flameaban en los obenques. Se inflamaron nuestros pechos y se nos apretó la garganta mientras los equipajes se alinearon al pie de la tripulación. Escasas ropas portaba, algunos útiles de aseo, mi buen sable Despierto, y por supuesto, la gata She. Los gatos son los únicos animales capaces de sobrevivir a una travesía en el espacio sin enloquecer, los gatos y los hombres. Xirina se despidió de Sheratán, tenía el rostro apenado pero la barbilla alta. Nos estuvo observando a Jumo y a mí durante un tiempo, sacó de sus bolsillos un skatt en el que había mandado grabar mi nombre pirata y me lo regaló, luego me abrazó. Hubiera deseado besarla, sentir su cuerpo muy prieto junto al mío. —Martin —dijo, y este nombre tenía notas musicales desconocidas—. Espero verte regresar convertido en un buen oficial Noor. Acepta el skatt y que te de buena suerte. Y a Jumo le recomendó: —Cuídalo bien y a ver si entre los dos regresáis enriquecidos, me han contado cosas horribles de vuestro crédito, y no es decente que hombres como vosotros se encuentren en la indigencia. —Descuida —nos apresuramos a responder. Pero a la vez que nos decía esto, bien alto para que todos lo oyesen, nos guiñó un ojo de complicidad. Se retiraron las gentes lejos del fuego de los motores y entonaron cánticos de adiós. Distinguí entonces a proa del casco, bajo el cráneo y las dos tibias, la divisa en oro que la mano irónica de Jumo había rotulado: SI.NON.PERCVSSERO.TERREBO. Lo que significa textualmente "Si no alcanzo a nadie al menos aterrorizaré". Y cantaron: Adiós, adiós Antlia. Te llevas nuestros corazones hasta tu regreso triunfal. Tomó Jumo el registro de a bordo y fue leyendo religiosamente los nombres de los inscritos y sus empleos, y cuando la tripulación estuvo en sus puestos lista para zarpar, el capitán Sheratán saludó airosamente y pasando a bordo, mandó cerrar compuertas y despegar. Los motores rugieron y los mil dragones encadenados en su interior escupieron fuego, humo y gases, que hicieron pedazos las cadenas gravitatorias del planeta. La Antlia se estabilizó y Noor desapareció poco después entre la bruma. Sheratán cogió el tubo acústico y habló a toda la tripulación: —Se que nunca he tenido bajo mis ordenes mejores hombres y que todos ardéis en deseos de entrar en acción. Debo advertimos, sin embargo, que esta no va a ser una singladura corriente. La Sociedad Benéfica nos ha encomendado la apertura de una nueva zona de saqueo. Iniciaremos el expolio de las rutas entre Axón y Lamia. El Reino ha ocupado manu-militari este planeta y por eso hostigaremos los convoyes y cargos reales, apoyando asimismo las operaciones de los rebeldes lamienses con los que el Caos ha firmado un pacto de ayuda. Es posible que además de encuentros con cargueras artilladas tengamos que enfrentarnos a destructores estelares y que nos persigan cruceros pesados, pero mediré el peligro con fino calibre, os aseguro que libraré a la Antlia de trampas y encerronas, va en ello mi honor de marino. Tenemos una misión que va más lejos que llenar la sentina, hemos de esparcir la simiente del Caos en Lamia y a su tiempo recoger los frutos. Mantendremos firme el ánimo, no doblegarán nuestra moral las soledades espaciales, y si ésta hace a veces del ser humano una bestia irracional, la Antlia será ejemplo de todo lo contrario. Este es un buque pirata, tenedlo presente. El Caos no es una teoría para salvar multitudes, todo lo contrario, utilizar las multitudes para salvar individuos. |
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Desplegamos pues las velas estelares y firmemente ceñidos a los vientos de luz, nos adentramos en los espacios protegidos por el reino de Axón. Como marino novato, encontraba misterios en todos los detalles, en cada dial o dígito. Entendí que un navío de combate no es nunca un grupo de amigos, sino una máquina terrible manejada por hombres que deben afinar en sus maniobras como en ninguna otra actividad. Jumo y yo dormíamos en el mismo camarote, pero ocupado en su empleo apenas lo veía salvo cuando entraba en el puente, donde yo oficiaba mis guardias bajo la férula del antipático Sad Al Bari. En absoluto congeniaba con el banif, no había olvidado sus golpes y menos la humillación, además, me tenía prohibido llevar al puente a la gata She, excentricidad inofensiva por otra parte, pero el reglamento es siempre el reglamento, y She pasaba gran parte de la jornada dormida sobre mi lecho. La tenía mal acostumbrada y ahora se encontraba en inferioridad frente a los gatazos que pululaban por la cantina. Secretamente la alimentaba en el camarote, no quería ser motivo de burla de las cantineras, que manejaban la lengua con la misma habilidad que sus cucharones espantamanos. En las horas libres acudía a la cantina, donde la tripulación se solazaba jugando al bat-birú con naipes magnéticos. Y este pasatiempo me estaba vedado, era lento en descifrar mi juego y perdía las señas eléctricas de mis compañeros, entre el disgusto de éstos y la taimada alegría de los que se embolsaban mi crédito. Tampoco las cantineras me atraían, y aunque la necesidad es a veces más fuerte que los criterios, eran hembras ordinarias de aliento aguardentoso. Los oficiales solíamos reunirnos en una cámara desocupada que a modo de club servía para alejarnos de la algarabía de la tripulación. Deneb Kaitos hablaba de política, su tema preferido, comentaba la importancia de nuestra misión: —Con Lamia en poder de Axón, el pequeño reino de Lisia pronto perderá su independencia, Oloy será reforzado y entonces Noor quedará cercado. Los cruceros pesados reales abrirán rutas en la bruma y tendremos la soga al cuello. —Sí, necesitamos ese pacto con los lamienses —confirmó Thalit de Mebsuta que nunca contradecía a su amigo. Y siguieron largo rato proponiendo campañas y rápidos asaltos en los que hacían fortuna. Pero yo estaba harto de sus discusiones políticas y de que un sirk valiera más que un estúpido banif o viceversa. —Dejad de darle vueltas a Lamia —dije—, lo importante es saber por qué estamos aquí, no para qué. —¿Y bien? —preguntó Deneb Kaitos— ¿por qué estamos aquí? —Sí —dijeron los oficiales—, explícanos por qué estamos aquí, o que Iblis te confunda por interrumpir las conversaciones provechosas. —Antes de revelaros tan importante secreto —confesé—, debo aclararos quién soy yo. Callaron un instante al recordar mi pasado, pensaron que iba a hacer revelaciones escondidas. Jumo se rió, pero su risa trataba de evitar que diera un traspié: —¿Os he contado alguna vez quién soy yo realmente? —dijo Jumo. —¡Oh, calla! —exclamó Simón interesado—, déjale seguir. —No creo que nadie se sonroje ante las impúdicas razones que me guían —dije—. Pueden incluso compararse a una declaración de principios. Yo soy el joven insensato que sabe lo que quiere y que desconoce el frío color que despide la ambición castrada por los años. Ese soy yo y por eso estoy, aquí, —Beberé por él entonces —afirmó Thalit de Mebsuta—, beberé por todo el que ponga algo de vida en esta orinienta reunión. —Oscuras palabras... —dijo Deneb Kaitos, pero Simón no le dejó terminar. —Sigue, Martin, ya sabemos quien eres y eso me ha conmovido —y se rieron maliciosos—, pero ¿por qué estamos aquí? —No era mi intención conmovemos. Pretendía daros a conocer mi verdadero oficio. No es el beneficioso arte de la piratería, la menestral razón que me hace encontrarme entre vosotros. No, mi dedicación, mi identidad, fue definida por la Historia hace miles de años. Y según mi discurso avanzaba, iba tomando un cariz más extraño, tanto por lo que decía como por los pensamientos de los oyentes. Pues si en su interior repudiaban mis palabras por presuntuosas, también había algo que les hacía tener esperanzas, y ese algo era una mezcla de respeto a mi pasado y deseos de ser conducidos a la gloria. —Soy un salvador por la espada —continué, un hombre que camina delante de la rueda con el sable desenvainado, cada uno de mis actos lleva el sello de la predestinación —y para reforzarlo, extraje mi sable Despierto de su funda, en un gesto rápido y silbante del arte Kem. —Es verdad que tu espada es bella —anunció Salm Zavijaba, el primer oficial, entrando en la sala—, pero tus palmas no poseen los callos que precisa. |
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Callaron todos los oficiales, unos confundidos, otros intimidados por el seco Salm Zavijaba. Y Simón para romper lo que tenía de esperpéntico una declaración así en boca de un aprendiz naval, dijo: —Voy a celebrar tu sinceridad Martin, y lo haré con todo aquel que sepa reconocer este mérito —y repartió copas rebosando vino negro y espeso mientras sus palabras caían sobre nuestras testas, aturdiéndonos, porque se trataba de un ritual de camaradería. —¡Por el destino! —dijo alzando la copa—, ¡por el Caos! —¡Por la vida y la aventura! —añadió Jumo Y luego de beber nos contemplamos interiormente soliviantados, unidos por la magia y el ardor de las arengas, el conjuro que los ánimos necesitan para emprender algo en común. Una empresa tan grande como la periferia. —Me han gustado tus palabras, Martin —dijo Thalit de Mebsuta que odiaba al primer oficial por lo duro que había sido con él en su último año de aprendiz—, hay en ellas un ardor que sólo poseen los líderes aunque estén en ciernes, conserva ese don, en la guerra tiene un valor inapreciable. —Es grato escucharle —anunció Salm Zavijaba—, pero más por la fuerza que pone en sus labios que por la que parecen tener sus brazos. —Mis brazos son tan fuertes como los de cualquier oficial de la Antlia —le contesté iracundo. —No lo dudo, pero cuando hablabas temblaban —dijo irónico. —¡Yo no tiemblo jamás! —grité. —¡Calma! —observó con la distancia de su graduación—. Pareces afectado todavía por tu Juramento Pirata, ya se te pasara, aunque quizá Simón debiera recetarte alguna de las pócimas de sus grimorios. En esta nave puedes caminar de proa a popa, nada más, ese es tu límite hoy por hoy. Esta vez fue Simón quien salió en mi defensa, en nada temía a Salm Zavijaba, de haber algún temor entre ellos sería al contrario. —¿Por quién me tomas? —le reprochó—. Soy un viejo, negro del hollín de las calderas —y todos reímos—, estropeé mis dientes mascando triz en los sumideros imperiales. Hoy navego a vela y tengo un sabroso décimo. ¿Crees que estoy aquí para cuidar piratas atacados de aburrimiento? —¿Para qué, entonces? —Para ser la sombra de aquellos que tienen luz propia —le contestó Simón. —Iblis se lleve tus misterios! —exclamó el primer oficial—, ¡Vuelvan a sus puestos! —y salió bufando. Muy bien, Martin Dago, el que no tiembla —dijo Jumo chistoso—, el puente te espera, pero recuerda que lo más difícil entre hombres de armas es saber cuando hablar y cuando callar. Es cierto —reconoció Thalit de Mebsuta—, el primer oficial es de los que nunca debieran hablar, sus pensamientos son siempre ofensivos para el resto de la tripulación. Y me palmeó la espalda entre las sonrisas de Deneb Kaitos, porque éramos tres jóvenes llenos de ambiciones y atrevimiento. La navegación transcurría tranquila, y en la vigilancia en el puente, en el asueto, y en los juegos de azar y de fuerza, la Antlia se introdujo en mi corazón. ¡Gea! ¿cómo se puede llegar a querer a un navío en tan poco tiempo? Un navío es un ser vivo, se le puede maltratar o acariciar, pero nunca ignorarlo, late segundo a segundo. Y los piratas lo saben y hablan de ello cuando deshacen en sus palmas la prieta resina del Armistán. Y un día, alcanzada la zona marcada por la SBHAC para nuestras razzias, el capitán Sheratán ordenó doblar los puestos y la marinería redujo sus conversaciones cuando se cruzaban por la crujía. Había llegado el momento esperado. ¡El combate, el valor! Palabras que nunca se pueden acercar a la sensación que se anida en el estómago del hombre próximo a luchar. Los hombres están hechos de carne y voluntad, más aún el soldado, y eso es el valor, una coraza de voluntad que contiene el temor de la carne. También hay locos y predestinados, pero carecen de este mérito. No pasó mucho tiempo cuando Sad Al Bari dio la alerta: ¡un navío en las pantallas! Consultado el Indice Naval resultó ser una nave comercial con matrícula de Axón y en ruta Uter-Lamia. Navegaba confiada por la astropista sin sospechar que, cerca, una fragata pirata acechaba lista para devorarla. ¡Zafarrancho de combate!, ordenó Sheratán, y mientras las luces de a bordo parpadeaban, sentí como el sudor me bajaba por la espalda. La marinería corrió a sus puestos, los artilleros se encasquetaron sus gorras acolchadas, la tropa de asalto ocupó los botes de abordaje y las cintas de municionamiento repostaron las piezas entre el activo frenesí de las casamatas. La Antlia arrió velas, y navegando llena de energía despues del banquete de luz, planeó silenciosa e invisible como un nadador tras la zambullida. Sheratán enfiló la presa y decelerando suavemente se emparejó con el navío axonita. Su capitán no se hizo rogar al requerimiento de cerrar instrumentos, seguramente conocedor de la ferocidad Noor, quitó toda y se detuvo flotando como una gran ballena gris. Sheratán que estaba a mi lado, me preguntó si quería abordarla. |
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—¡Por Gea! ¡Claro que sí! —Pues corre, así sabrás de una vez si tiemblas o no —se chanceó. Alcancé el tubo neumático de conducción y segundos después, transportado por el colchón de aire, emergí en las esclusas, donde Jumo se apresuraba a cerrar la escotilla del bote de asalto. —¡Espera! —le grité—. ¡Yo también voy! —¡De acuerdo! —contestó—, ¡vía libre para el Caos! La Antlia expulsó el bote. Agarrado al pasamanos y mientras Jumo maldecía en su idioma natal para echar el demonio del miedo, revisé mi equipo. El pelotón se aprestaba los cascos de combate, y su color, añil brillante, contrastaba con el blanco vapor condensado de la respiración. El piloto navegó con limpieza hacia una de las esclusas de la carguera y se pegó al casco de la presa. Cedieron los topes-muelles de proa amortiguando el choque. ¡Aire fuera! —Gritó Jumo—. Y conectamos nuestros cascos al cordón de oxígeno, pues entretanto el rayo antimecanismos no abriera las compuertas del navío, estábamos a merced del espacio vacío y frío, En la Antlia, Sheratán observaba la maniobra, las baterías de la fragata barrían el espacio vigilantes, un segundo bote de asalto se aprestaba para el abordaje. El capitán de la carguera había cerrado su pabellón de emisión y se había rendido. Nada podía hacer, una falsa maniobra y el ataque se convertiría en una tragedia. Las instrucciones para estos casos estaban bien claras: nunca resistir, y confiar en una pronta llegada de los patrulleros de la astropista, que no tardarían en descubrir en sus balizas de control que una nave comercial había sido detenida en plena ruta. Al besar nuestro bote las ingles de la carguera, se abrió el portón de la esclusa, cayó la compuerta de proa y Jumo ordenó el asalto. La esclusa estaba vacía, corrimos por los pescantes hasta que llegamos a una cámara que disponiendo de varias entradas las tenía todas cerradas. El rayo antimecanismos resultó inútil, previsiblemente, detrás, nos esperaban hombres armados. Jumo mandó volar las escotillas mediante granadas de carga limitada. Alguien dio la voz de alarma, por los conductos enrejados de la ventilación surgía un espeso humo amarillo. —¡Gas! —gritó Jumo—. ¡destruye la proteína en segundos! ¡Alejaos! Arrojé las granadas, la explosión retumbó de pared a pared abrasándonos las gargantas. El miedo fue un acicate para huir de allí. A nuestras espaldas el gas amarillo se coló en el bote de asalto, y antes de que pudiéramos dar aviso al piloto y al artillero, perecieron horriblemente quemados. Enfurecidos, nos internamos en la nave disparando contra todo lo que se movía, algunos marineros cayeron muertos antes de que les diera tiempo a rendirse. Mediante señas del alfabeto mudo de combate, Jumo dividió el pelotón con la idea de tomar al enemigo entre dos fuegos. Caminaba detrás del guerrero, atento a todos los ruidos, las manos se me deshacían en agua al agarrar el fusil de asalto. Inesperadamente, dispararon sobre nuestras cabezas. Nos pegamos a los mamparos. A unas decenas de medidas, guardias armados nos esperaban parapetados. No nos atrevíamos a movernos. El guerrero, frente a mí, con el fuego enemigo entremedias, aconsejó conectar granadas, de manera que sus efectos se extendieran horizontalmente. Tenía un gesto divertido, como si el apuro le regocijara. No diré que yo tuviera un miedo notorio, pero os engañaría si comparase mi estado con el del gitano pirata. ¡Por Gea! qué envidia mantener la calma de semejante modo mientras los proyectiles silbaban a una palma del corazón. Lanzamos las granadas y cesó el tiroteo. Tres guardias ardían levemente sobre el suelo. Al pronto, surgieron más por la derecha obligándonos a tirarnos sobre los cadáveres humeantes. Vi entonces que estábamos aislados del resto de la tropa pirata. Una granada de aire comprimido estalló encima de nuestras cabezas, le siguieron ráfagas de proyectiles explosivos, saltaron esquirlas de los mamparos: hacían un ruido metálico al chocar contra nuestros cascos. Sentí un golpe en la espalda, algo caliente me bañó las piernas. ¡Estoy herido!, pensé. Y tuve miedo, creí llegado el final de mi carrera pirata. Jumo hizo la seña del muerto. Fingiríamos estarlo y cuando se acercaran los eliminaríamos. La táctica me pareció suicida. Sin embargo nadie se movió. Los disparos de ambos bandos se cruzaban sobre nuestras cabezas. Una granada rebotó en un mamparo explotando a muy pocas medidas. Era una granada pirata. Me acometió una rabia insensata, furor que a veces me posee cuando me encuentro en peligro y que no definiría como valor, ignoro de donde me viene. En una pausa del tiroteo e impulsado por un grito, me alcé y poniéndome el fusil de asalto en la cadera regué el parapeto de los guardias con mis ráfagas. Mi acción coincidió con el ataque que refuerzos piratas realizaron por un flanco del enemigo. Los guardias se rindieron, y mi gesto, aunque notable, fue casi inútil. No obstante Jumo me lo reconoció. —Nunca dudé de tu valor —dijo. —Yo sí —fue mi seca respuesta. |
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Superados estos obstáculos nos adueñamos de la carguera. La tripulación y el resto de los pasajeros se habían reunido en una de las salas de la cubierta principal. El capitán imploró misericordia. La resistencia provenía de soldados axonitas que transportaban un importante cargamento secreto. ¡Buen golpe para ser el primero de la hermosa Antlia! Jumo me ordenó registrar las bodegas, aún se oían disparos en las cubiertas inferiores. Con un pelotón de piratas descendimos al vientre de la nave. Íbamos por un estrecho pasillo que comunicaba con la sentina, cuando oímos un ruido sospechoso. Nos detuvimos e hice una seña a mis hombres para que se previnieran. Y quien hacia el ruido, ignorando nuestra presencia, salió de la bodega llevando en sus manos una arqueta de madera. Se nos quedo mirando con gran susto. Era una mujer, una mujer hermosa como un sueño. Llevaba un vestido escotado e iba adornada como para una fiesta. Sostenía la arqueta para sí y nos miraba con ojos de cuchillo. Me acerqué sujetándola del brazo: —No se resista. Dudó un instante. Se zafó de la presa aunque sin apartarse. Ordené al pelotón registrar las bodegas. La mujer entornó los ojos. Respiraba muy despacito. ¡Gea, qué bella era! Terminado el registro regresamos con la prisionera a la cubierta principal. Los pasajeros estaban siendo despojados, había sollozos y lamentos, algunos piratas transvasaban mercancías y sacas a los botes de abordaje. Jumo blasfemaba, el importante cargamento no aparecía por ninguna parte, tenía agarrado a un soldado axonita y le increpaba. El capitán de la carguera estaba caído, alguien le había golpeado y un chorro de sangre le salía de la nariz. Cuando los soldados axonitas nos vieron llegar señalaron la arqueta que traía la mujer. Jumo se acercó y la admiró largamente, ella hizo lo propio de su situación, le ignoró. Le requirió entonces el guerrero la arqueta, y al abrirla vimos que estaba llena de polvo de cristal, droga cuyo valor ascendía a varios miles de créditos. A todas las preguntas que Jumo le hizo, la mujer permaneció muda, casi despectiva. De la Antlia llegaron mensajes de apremio, la marina de Axón estaría ya alertada. Jumo me miró no sin cierta picardía, buscaba algo en mí, y al devolverle la mirada, nos entendimos. —Quedas presa en el nombre del Caos —le dijo a la mujer. Había ironía en el rostro de Jumo, un gesto de complicidad y travesura que me contagió sus pensamientos. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, recitamos al unísono:
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