Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO SEGUNDO

- VI -

  Alana Claudia. Los celos. Fiesta pirata. El beso. El ataque de Axón. El funeral pirata. ¡Náufragos! El amor de Jumo Abubos. La trampa cazamoscas.

Cuando escapamos a todo trapo del lugar de los hechos y cargados de botín, al capitán Sheratán se le planteó un problema. Primeramente habíamos perdido dos hombres, la maniobra, excesivamente larga, había puesto en peligro la fragata y no era aventurado que destructores axonitas rastreasen la zona. Finalmente embarcábamos la mayor complicación que hubiera podido imaginar: una bella hetaira. Sheratán la contempló impresionado, paseó a su alrededor y se llevó las manos a las caderas fulminándonos con la mirada, pedía explicaciones por el desaguisado.

—Puede ser una espía —me atreví a decir.

—¡Silencio! —gritó Sheratán.

—No soy ninguna espía —dijo la mujer—, sino la Reverenda Náyade Alana Claudia de la Sagrada Orden de Hermanas Dominantes.

La noticia corrió como la pólvora. ¡Una hetaira a bordo! —se decía la marinería asomando la cabeza por las compuertas.

—¿Qué tiene que decirme de esto? —la inquirió Sheratán señalando la arqueta.

—El Reino esta introduciendo grandes cantidades de polvo de cristal en Lamia —contesto la Reverenda—. Es una forma de ablandar la resistencia. Mi misión era destruirla.

Tenía una voz fuerte, el tono decidido. Todo en ella respiraba decisión.

Los hombros anchos, los brazos bien formados, el pelo largo y negro y los ojos profundos y valientes de las mujeres Groor de raza irania.

—De acuerdo con la alianza entre nuestras respectivas fuerzas —reconoció Sheratán—, le corresponde la mitad de la arqueta. Pediré instrucciones a Noor, y podrá transbordar a un navío de regreso a Uter, entretanto tendrá que aceptar nuestra hospitalidad.

—Será un placer —respondió la hetaira. Y al entreabrir los ojos se dibujaron sus largas pestañas.

Me pregunto por qué Sheratán ordenó a Jumo Abubos el cuidado y alojamiento de la monja. Fue esta decisión la que acrecentó entre todos nosotros las diferencias con el contramaestre. Primero la paseó por la cubierta principal para que escogiera un camarote. Y Simón también se unió al grupo, pues como sanador higienista tenía derecho a inspeccionar la elección y bendecirla. Pero Jumo afirmó que no necesitaba la opinión autorizada de nadie y que más valdría que despejásemos los alrededores porque sentía nuestra presencia como el zumbido de los moscones. Alana Claudia, que era una mujer tallada en el arte de la indiferencia, no se asustó de las caras patibularias que a su paso encontraba entre la tripulación, al revés, sonreía complacida cuando la marinería le cedía el paso, y ni las mismas cantineras se atrevieron a levantar la voz cuando con gran despliegue decidió instalarse en la sala de oficiales. Mandó sacar todos los trastos que la molestaban, fregar y refregar los suelos para borrar las huellas de ceniza y cerveza, y exigió alfombras de la lana para sus pies y cortinajes suaves y entonados para las paredes. Tampoco le gustó el color de la madera pirata. Hubo que buscar una cama de su agrado por todos los rincones del navío, y después pidió un poco de calma y nos echó sin contemplaciones. Jumo se recostó sobre los conductos del aire, sacó su pipa y con una mano nos alejó. Vigilaría el sueño de la Reverenda.

Los días en la fragata tomaron relieves cómicos, pues si Alana salía de su camarote con intenciones de pasear, la tripulación libre de servicio la seguía con fingida indiferencia. Jumo se volvía y nos miraba furioso, y si alguno se ponía a tiro, era la víctima de sus iras y lo arrestaba a leoninas penas. Y si el capitán o alguno de los oficiales nos acercábamos con alguna excusa, en seguida buscaba un pretexto para apartarnos, porque Alana era deseable desde el extremo de sus cabellos morenos hasta sus dorados tobillos. Y sabiéndolo ella, no disimulaba sus atractivos, de modo y manera que la oficialidad andaba recelosa de turnos y guardias. Y una guardia en horas de paseo de la náyade, suponía la mayor desgracia que a uno podía ocurrirle. ¿No era totalmente injusto que el guerrero hubiera acaparado a la monja de esa forma?, aunque a decir verdad, comprendía que Jumo era el único capaz de mantener a raya a la tripulación. Este monopolio pronto dio sus frutos y Alana hubo de escuchar los malos versos del poeta y las canciones acompañadas por un desafinado laúd. Amparados en las sombras, los oficiales apenas podíamos contener la risa, pero Jumo, que carecía de sentido del ridículo, apartaba el instrumento y nos espantaba con amenazas de inhumanos castigos y guardias de refuerzo, y lo cumplía. Por ello, cuando cargados de turnos y duermevelas, maldecíamos al gitano poeta, el único consuelo que nos quedaba, estaba en saber que permanentemente la pareja sufría la vigilancia de la tripulación. Algunos habían registrado la imagen de la monja a escondidas, colocándola a la cabecera de sus catres, de tal suerte que los suspiros impregnaban los sueños piratas.

El mismo Sheratán se trastornó por la presencia de la hetaira, en toda su larga historia de capitán pirata no le había ocurrido nada parecido. Rogaba a los dioses para que el Eloim le instruyese al respecto. Temía por la cordura de la Antlia, temor que crecía a medida que el guerrero perdía su aspecto calmo, convirtiéndose en la típica estampa del enamorado que no ve más allá de sus narices.

A mi pesar no dejaba de reconocer la buena pareja que hacían: una hetaira y un espadachín pirata. Y todo se complicó cuando Sad Al Bari, haciendo uso de su cargo, se acercó a la monja para presentarle sus respetos, a la vez que le entregaba un obsequio, un skatt pirata en boj que Gea sabe a quien habría robado. Y al hacerlo de improviso rompió el tácito concordato que la oficialidad había establecido. Para nuestro asombro, Alana lo recibió con muestras de agrado y hasta le besó las mejillas mientras nos mirábamos atónitos por no habérsenos ocurrido antes.

Reunidos en un apartado rincón de la cantina, Deneb Kaitos, Thalit de Mebsuta y yo, cavilábamos intranquilos en torno a unas jarras de cerveza dando vueltas a lo que considerábamos una enojosa situación. Y dije alzando la voz:

—El primer navegante se ha extralimitado en sus agasajos. Ella, desconociendo quién es este sujeto, le correspondió con la inocencia de la ignorancia. En esto precisamente reside el quid de la cuestión. Alana debe saber quién es cada quien, y para tal, nada mejor que proponerle a Sheratán la celebración de una reunión, una especie de fiesta en la que tengamos la oportunidad de presentarnos. Una fiesta de bienvenida o de cualquier otra cosa, ¿qué más da?

Simón entró en ese momento y habiéndonos oído, se rió diciendo:

—Resultará divertido presenciar una fiesta de sociedad en un navío pirata. ¿Me concede este baile señor bucanero? —le espetó a Deneb Kaitos.

—Nada de bailes —exclamó Thalit de Mebsuta—, cerveza y carne asada, salchichas y aguardiente para el final, música de fondo y algunas imágenes psicodélicas tresdé.

—Quizá Jumo no esté de acuerdo —se dijo Deneb—, siendo el más favorecido por la hetaira, pondrá dificultades.

—Eso no tiene importancia —aseguré—, se trata del prestigio de los oficiales de la Antlia.

—Es una mala excusa —agregó Simón—, aunque me divertirán vuestras tribulaciones. La marinería beberá en exceso y algunos se abrirán la cabeza contra los mamparos. ¿Pero qué es la vida sin estas pequeñeces? Restañaré sus heridas y suturaré sus brechas con la habilidad que me caracteriza, y por unos escasos adarmes ni sus madres encontraran sus rostros cambiados.

Cuando Sheratán escuchó tan disparatada propuesta, primero abrió los ojos incrédulo y luego, viendo que realmente pretendíamos organizar una fiesta en la Antlia, estalló indignado preguntando si habíamos tomado su navío por un burdel. Se encaró con Deneb Kaitos, al que consideraba un hombre de provecho, no como yo, que era un jovenzuelo que se divertía jugando a los piratas. Con pocas palabras echó por tierra nuestra argumentación. ¿Pero dónde demonios creíamos que estábamos? Y nos mandó salir de su camarote antes de que se le agotara la paciencia.

Sucedió, sin embargo, que advertida la tripulación de lo que tramábamos, la idea se hizo popular y en la cantina no se hablaba de otra cosa. Tanta saliva se gastó que los murmullos llegaron a oidos de Jumo que inmediatamente aprobó la fiesta. Se fue a ver al capitán y lo convenció a cambio únicamente de doblar todas las guardias mientras durase el festejo. Vinieron pues las cantineras e instalaron sus mesas y sus cucharones en la cubierta principal, y, procaces, se sonreían entre sí, suspirando por el beneficio y la diversión. Colgaron cordeles engalanados con gallardetes de los que siempre hay buena provisión en un navío. Sacaron a la luz sus trajes mas exóticos y sus mejores afeites, trajeron máquinas de azar y de música, cocinaron platos sabrosos y fuertes, ensaladas lúbricas y helados afrodisíacos, pusieron holografías eróticas en derredor esperando los pingües beneficios que obtendrían. Y en el centro de la sala armaron una barra circular que a modo de parapeto les sirviera de cuartel general.

Acudió la tripulación y los skatt humearon sin deseando, a babor se agruparon los Banif comandados por el primer navegante Sad Al Bari. Daban voces y exigían cerveza porque son piratas que gustan de modales viriles, pero en la Antlia estaban en minoría, y por ello no nos arredramos. Sad Al Bari era el blanco de nuestras iras y contra él se había preparado todo esto. En realidad era un buen marino, algo bravucón pero sencillo en el fondo, que escondía la mirada bajo sus párpados achinados. De pequeño tuvo una enfermedad, y decían que un tirón de luz lo dejó bizco. A estribor se habían dispuesto los Chahil que tampoco eran muy numerosos, Salm Zavijaba, segundo de a bordo era su cabeza. Apoyado contra el mamparo, se acariciaba la rapada cabeza con sus manos sarmentosas. Era de raza dao y fino de carnes. Se tenía por un hombre astuto, y de tanto tenerse lo era. Pero carecía de la inteligencia que reside en el hecho de hacer precisamente aquello que se desea. Corrían rumores de que había dejado su puesto en la Escuela Naval para vigilar a Sheratán por cuenta de Sad Al Melik el armador, alcalde de Pandemónium y líder de los Chahil. Ocupando el centro nos hallábamos los sirk, tranquilos y esperando acontecimientos. Entró entonces el capitán y chasqueó la lengua desaprobador. Sólo esperaba la presencia de la hetaira para desaparecer con algún pretexto hacia el puente de mando, donde seguramente permanecería despierto fumando y recordando el pasado o su amante Xirina. Simón Agrippa le observaba no muy lejano, no simpatizaba con Sheratán y en cierto modo era lógico, ambos se encontraban en la Antlia, luchaban por la misma causa, pero sus vidas, y hasta sus cuerpos, representaban cosas tan distintas como la noche y el día. Como sanador, Simón había tenido poco trabajo hasta la presente, salvo oficiar el funeral de los muertos en el abordaje a la carguera. El mago amaba pasiones secretas de las que se resentía, pero para mí, a pesar de las habladurías, era un hombre alegre y bondadoso. Nadie acertaba a explicarse que había empujado al mago mods a enrolarse en la dotación de la Antlia cuando su considerable fortuna le permitía vivir sin premuras. Entre sus inmensas manos negras, blancas al vaivén, sostenía el skatt más bonito de todos los habidos en la fragata, procedía de un pasado ya remoto del que no hacía mención. y jamás se separaba de él, aunque en una ocasión, adivinando el futuro que nos uniría, me lo ofreció.

Del brazo de Jumo apareció Alana, y venían ambos emperifollados de tal guisa, que se nos escaparon los ¡oh!, como soplos. La bella monja había escogido un vestido que dejaba su espalda al descubierto, y su pecho estaba sujeto con fortuna por un delantero exiguo pero justo. Caminaba con gracia, y los brazos, redondos y jugosos, llevaban aire y gestos armónicos. Había maquillado su rostro y alargado las cejas para resaltar su faz sensual. Tintineaban sus dientes al hablar sin otra intención que la risa, porque era una mujer que sabía comportarse sacando partido a cada momento. Jumo, repeinado y con su traje de gala, me guiñó un ojo al entrar, pero yo me hice el disimulado. Se adelantó Sheratán y alzando la mano ordenó silencio, saludó a la hetaira levemente y cuando todos esperábamos un discurso, dijo: ¡a su salud señorita!, y excusándose salió seguido de algunos piratas que privados de la fortuna, debían realizar sus turnos de guardia. Y se inició la fiesta, una fiesta en que todas las mujeres y los hombres, tenían por parejas, el mismo oficio.

Como habíamos acordado Deneb, Thalit y yo, nos presentamos a la hetaira, pero Sad Al Bari se adelantó muy seguro de su grado superior e insinuó una inclinación ante Alana que no pudo culminar, pues Thalit de Mebsuta le propinó un fuerte codazo que casi le hizo perder el equilibrio. El banif se revolvió iracundo presta su mano sobre la empuñadura de la daga, momento que yo aproveché para presentar a la monja mis respetos, que sonreía divertida. Alana me dio un beso en la mejilla. Jumo, advirtiendo el tejemaneje que nos traíamos, arqueó una ceja y alargó el cuello, dudando si poner orden o esperar acontecimientos. Sad Al Bari y Thalit de Mebsuta, luego de observarse fieramente, decidieron aplazar la contienda, y simulando cortesía se cedieron el puesto el uno al otro para saludar a la hetaira, que también les correspondió gentil. Y pasó que si Alana movía un pie, lo dábamos todos, y si se detenía, enseñábamos los dientes en embobadas sonrisas de circunstancias, mientras los temas de conversación variaban del espectáculo a la decoración y del ambiente a la cerveza. La escena resultaba cada vez más insólita, y Jumo, inquieto, empezaba a echar chispas por los ojos. La marinería, absuelta del protocolo, atacaba sin pudor la comida y la bebida, concertaban lances de fuerza o ajustaban el precio del amor, entre la solidez de sus gritos y lo desafinado de sus cánticos, en tanto que la oficialidad se mantenía sobria a base de un bocado aquí y un vasito allá. Adivinando esta circunstancia, Simón se abrió camino y rescató a la dama de sus guardianes, llevándosela a un lado donde entablaron animada conversación. Y esto fue posible, porque todo el mundo sabía que Simón no era rival en esta lid ni parecida. Con la ansiedad del ayuno nos lanzamos sobre los refrigerios y los tentempiés. En la barra me encontré al lado de Jumo.

—¡Ah Martin! —dijo—, estoy enamorado de esa mujer.

Y lo dijo tan de improviso que sentí como las entrañas se me agarrotaban. No podía soportar que la acaparase así. Yo también sentía deseos de abrazarla, Alana me encelaba extrañamente.

—Es hermosa —balbucí.

—¿Hermosa? —respondió evocador—, es la belleza de la razas, ¡es Gea!

—¿Y ella, te corresponde?

—Sí —repuso emocionado, Y Para celebrarlo se echó un trago de cerveza que casi se le escapó por los ojos.

—Parece increíble —le contesté—, tú, un simple pirata...

—¿Por qué no? —y acercándoseme al oído dijo muy quedo—. ¡Todas las mujeres van completamente desnudas debajo de sus ropas! —Y con esto quería indicar sus habilidades.

Alana, no siendo bebedora ni fumadora, y habituada a diversiones más refinadas, se aburría en la fiesta pirata, ora procaz ora ruidosa. Al contrario, Jumo se encontraba cariñoso en extremo y sus manos se deslizaban impertinentes bajo las ropas de la hetaira. Comprendiendo la verdad de la situación, y ciertamente desencantados de que Alana le concediera en exclusiva sus favores, los oficiales nos hicimos a un lado. La fiesta languidecía, los marineros roncaban ebrios y las cantineras refugiadas tras la barra, se jugaban su beneficio al bat-birú, y otras se solazaban a crédito con piratas, salpicándonos de sus jadeos. Esta visión no fue grata a los ojos de la monja, que al poco anunció su retirada. Saludó con un gesto encantador y salió seguida del guerrero, que previsor se llevaba una jarra de cerveza en la mano.

Responsables de tan manifiesto fracasos contemplamos la decadente orgía en que se había convertido la fiesta y agarrando grandes jarros de cerveza, gritamos, no sin cierto resquemor:

—¡Por la hembra!

—Y nos dispusimos a emborracharnos, como lo mejor que pueden hacer quienes tengan penas de amor.

Sad Al Bari y sus allegados abandonaron también la sala, sólo algunos piratas bebidos y las risas de las cantineras jugándose el crédito e incluso amándose entre ellas, quedaron entre las copas vacías, el suelo cuajado de confeti y los gorros de fiesta caídos en el piso. Al compás de nuestra borrachera, las cintas de colorines, prendidas de las botas, se arrastraron camino de los catres. Y eran culebras salidas de nuestra fantasía y pisoteadas por la realidad.

Caminaba en la oscuridad de la crujía, envuelto en la bruma entre dos luces, y si aún mantenía las ideas, no así las piernas, que libres, se desplazaban a su entero albedrío. Los reflejos de las lámparas de noche artificial, proyectaban mi figura contra los mamparos y contemplando embotado mi sombra, descubrí que me hallaba frente al camarote de Alana. Me detuve. No recordaba cómo había llegado allí, ni tampoco me importaba. Nadie en la puerta, ¿dónde estaba Jumo entonces? Un mal presentimiento me hizo echar mano al picaporte y abrir.

Iluminados por mi acción, volvieron sus caras. Ella estaba desnuda de cintura para arriba y los labios del guerrero besaban sus hermosos senos. Alana se separó cubriéndose con el vestido. Jumo me miró sorprendido:

—¡Iblis te maldiga! —exclamó—. ¿Qué te pasa?

No supe que decir, y por un segundo así permanecimos los tres. Luego, huí sin pronunciar palabra dando un portazo cuyo eco persistente me persiguió por los pasillos. En mi camarote aparté de un manotazo a la gata She Y caí sobre el lecho sin desnudarme. Había ingerido una píldora contra los perniciosos efectos del alcohol, quería dormir sin agonías. Pero así y todo, el infierno se desató en mis sueños alucinando escenas en que ella y Jumo se alejaban de mí. El fuego acompañaba mis delirios y a intervalos muy cortos cesaba la luz y volvían las tinieblas. A caballo entre la inconsciencia y la realidad, abrí los ojos comprobando horrorizado como el fuego rojo continuaba encendiéndose y apagándose. Un sonido continuo me taladró los tímpanos. ¡Madre Gea! ¡Era la sirena de alarma! Unos segundos de vacilación antes de comprender que debía levantarme con rapidez. Al abrir la puerta del camarote, el agitado bullicio de la marinería me asustó, corrían a sus puestos, el capitán había ordenado zafarrancho de combate. Me encontraba mareado pero hube de reponerme. She maullaba intranquila, no sabía si esconderse debajo de la cama o salir corriendo desbocada por los pasillos. Me imaginé la fragata ardiendo, y a la pobre gata chamuscada por las cubiertas. La cogí del cogote y me la introduje en el pecho. Recogí también mi sable Despierto y el skatt, y de un salto me zambullí en el conducto neumático que me arrojó al pañol, donde Jumo ya se encontraba organizando a la marinería. Estaba desnudo de cintura para arriba y tenía impresas en el rostro las huellas de una noche en blanco, pero gritaba las ordenes con la precisión del excelente contramaestre que era. Atrapé al vuelo el equipo de combate y me deslicé de nuevo hasta el puente. Corrí luego el trecho que me separaba de mi puesto gritando mi nombre y grado para que se supiera que estaba allí. Sad Al Bari masculló algunas imprecaciones por mi tardanza, y cuando me ponía el casco, asomó She su cabeza entre dos botones de mi casaca y maulló, y al verlo Sad Al Bari, soltó una carcajada sincera, porque sólo un maldito sirk puede preocuparse antes de su gato que de su piel. El puente vibraba de actividad, se comprobaba cada nivel de combate, las reservas, los deflectores...

Se habían detectado tres masas a cuarenta grados de la banda de babor. Al entender de veterano de Salm Zavijaba, eran tres inconfundibles destructores estelares en rumbo de aproximación. Debían andar tras nuestra pista desde el ataque a la carguera.

—Vienen a toda —dijo Sheratán sin perder la calma—. Nos tienen en sus pantallas, y si esos tres están ahí, no muy lejos algún crucero de batalla navega en su apoyo. Conozco a estos marinos reales, cuando atrapan a una presa lo hacen a conciencia —y ordenó—: ¡Puente a máquinas! Encended los motores y ponedlos a toda.

—Las velas sufrirán daños —le advirtió su segundo.

Mas Sheratán, enfrascado en otros pensamientos y agarrándose para evitar el choque acelerador, musitó:

—Sólo son velas...

—¡Aceleración! —gritaban los altavoces—. ¡Prepárense para aceleración!

Un impulso gigantesco me arrastró contra la pared, pegándome las ropas al pecho, She maulló, todos los objetos sueltos que había en el puente golpearon contra los mamparos. Las velas se rasgaron y algunos de sus sables golpearon el casco.

—¡Bien! —se dijo el capitán—. Ahora se dividirán para cerrarnos el camino pero lo único que van a encontrar son los restos del velamen.

Y ordenó soltarlo y a Sad Al Bari que cambiara el rumbo en algunos pocos grados de forma que sin perder velocidad nos alejáramos cada vez más de los navíos enemigos. La maniobra resultaba arriesgada, porque toda variación de la trayectoria es perder distancia, pero Sheratán había salido vivo de centenares de combates y en su pericia confiábamos. En efecto, los destructores rompieron su formación para encontrase conque la fragata escapaba poco a poco de sus instrumentos. Sad Al Bari anunció finalmente que estábamos fuera de su campo, Sheratán se sonrió y sin inmutarse dejo que el navío ganara terreno.

¡Qué emoción me embargaba! Mi primer combate naval de importancia, incluso más, tres a uno contra la estupenda Antlia, ¡y aunque fueran cien! Éramos piratas, no marineros de leva. Hombres hechos para navegar a cañonazos. Sin embargo nuestra alegría duró poco, Sad Al Bari, que no quitaba ojo al astrogator, advirtió de nuevo la presencia enemiga. Sheratán apretó los dientes, remarcándose en sus mandíbulas la ira que le acometía.

—Todas las baterías listas para hacer fuego —gritó por el tubo acústico. Y qué Gea nos asista! Parecen conocer nuestras maniobras al momento.

—¡Torpedos! —exclamó Sal Zavijaba—. Seis vectores multidireccionales se acercan en rumbo de colisión.

Se hizo el silencio en el puente, el sudor nos corría por la frente, en la pantalla chispeaban los artefactos enemigos cada vez que atravesaban los círculos de nuestra seguridad. Sheratán tenía apoyadas las manos sobre la consola, su silencio me crispaba, los torpedos se acercaban, se acercaban...

—¡Abrir deflectores! —Ordenó con un hilo de voz.

Y el campo lanzado a gran distancia, detuvo e hizo explotar los ingenios enemigos. Al punto, las unidades de misiles-torpedo "Crótalo" de la Antlia contestaron sin titubeos. Pero los destructores axonitas ya lo esperaban y la andanada resultó igualmente inútil. Ahora se trataba de aguantar sin perder distancias que nos pusieran al alcance de su triple fuego. Y aunque cada destructor era con mucho inferior a la potencia y prestaciones de la fragata, sus reservas de energías contabilizadas en conjunto, nos superaban.

Podían arriesgar dos navíos y reservarse otro para cuando nuestro campo se hubiera debilitado. Como así fue. Dos destructores, visibles en los telescopios de los artilleros como dos puntitos fugaces, largaron descargas de largo alcance que hicieron temblar a la Antlia. Los hombres de Thalit de Mebsuta esperaron pacientes un blanco preciso, entonces todas nuestras baterías entraron en acción. La Antlia se estremeció, algo muy fuerte se nos iba de las manos. La puntería Noor no era cosa de broma y un destructor resultó tocado. Fuertes explosiones sacudieron también nuestro casco, afortunadamente sin consecuencias. Sheratán decidió presentar batalla cara a cara. La Antlia giró sobre sí misma y en un fantástico rizo puso proa al enemigo, por donde éramos más fuertes. Agitada por la rabia de su capitán, la fragata aceleraba, frenaba, poniendo uno y otro destructor en la mira de los artilleros. Al cabo de éstas hábiles maniobras ambos enemigos sufrían impactos en sus estructuras. Viéndolo el tercero, se dirigió avante toda contra nosotros cubriendo el repliegue de sus camaradas. Sheratán sin rehuir el combate, le largó una andanada de aviso. Y todavía gozábamos del navío intacto, cuando un disparo de fortuna nos alcanzó en una de las esclusas de estribor, declarándose un fuego al que Jumo acudió a controlar con un retén. Nuevos impactos en las naves enemigas nos hicieron creer por un momento que la valentía de Sheratán podría decidir el combate a nuestro favor, sin embargo, el tercer destructor se nos colocó a popa y sus cañones nos acertaron dos veces. No pudo compensar esto el que un destructor, alcanzado de lleno, estallase en el éter como una bengala. Los otros, temerosos, se retiraron esperando mejor ocasión.

Las comunicaciones fallaban, el campo, atenuado, hacía nuestro andar más incierto. El sistema de ventilación esparcía el humo por todo el navío, obligando a cerrarlo. La Antlia dio media vuelta y con la potencia restante se alejó. Era el momento de recontar las bajas y reparar en lo posible las averías. Teníamos incendios en distintos puntos y problemas en los motores, algunos tanques perdían combustible y se estaba procediendo a licuar las reservas sólidas. Por lo demás, la moral era alta pese a las bajas, y nadie daba a la Antlia por perdida. Los marinos axonitas se guardarían muy mucho de volver al ataque, probablemente se limitarían a seguir nuestro rumbo a la espera de refuerzos.

En el puente todo estaba silencioso, Sheratán descansaba, estaba tranquilo, era todo un capitán. Su segundo, Salm Zavijaba, estudiaba en una maqueta de la Antlia los compartimentos a estancar, no se podía perder nada de campo, un navío de combate no sirve para nada privado de deflectores, todo lo mas se convierte en un ataúd flotante. Como Jumo pidiera refuerzos para controlar el fuego, Sad Al Bari, viéndome inútil en el puente me ordenó formar un grupo de auxilio. En la segunda cubierta me encontré con Jumo, tenía el rostro ennegrecido y sus rubias melenas estaban chamuscadas por las llamas. Me rogó que corriera en busca de Alana. La cubierta principal también estaba amenazada por el fuego y temía por su vida.

—¡Ponla a salvo! —gritó—, nos reuniremos aquí.

La cubierta principal ardía por proa, algunos marineros armados de material contra incendios trataban de aislarlo. El camarote de Alana estaba cercado por las llamas.

—¡La mujer! —les pregunté—, ¿dónde está?

Pero llevaban allí poco tiempo y nada sabían. De un salto alcancé el camarote, al poner la mano sobre la puerta me abrasé. Lancé un juramento y pateé la puerta con furia, pero no pude entrar, un denso humo gris lo llenaba. No había nadie.

En la sala de motores, Jumo trataba de darles toda la potencia, hacía un calor insoportable y un ruido no menos.

—¡Esa maldita monja, me temo que ha intentado huir!

—¿Y qué? Nosotros también lo hacemos —respondió a voces.

—¡Pero es que no lo entiendes! ¡nos ha vendido!

Asustado, puso su mano grasienta en mi hombro y me ordenó callar. Dejamos la responsabilidad de los motores a Deneb Kaitos y abandonamos la sala de máquinas.

—Escucha —dijo—, tienes que ayudarme, hemos de encontrarla.

Fuimos uno para cada banda, atravesando incendios, entre los gritos de los heridos y sobre los cadáveres de los caídos. La Antlia estaba muy herida, pero aún tenía un formidable poder en sus entrañas. Los equipos de reparación aislaron los incendios y sellaron las zonas peligrosas. Simón se ocupaba de los heridos y Deneb Kaitos consiguió poner los motores a tres cuartos. Me imaginé donde podía estar la monja y acerté. Trataba de ordenar un programa de huida en la esclusa principal, lo que era del todo imposible, porque mientras el puente no diese las órdenes, ningún bote podría salir al espacio. Tecleaba afanosa sobre los controles, a sus pies tenía la arqueta.

—Déjalo, no puedes escapar.

—¡Tú! —chilló—, tú otra vez.

Y como al hacer intención de asirla se me resistiera, la abofeteé. No dijo una palabra pero me miró con odio. Jumo apareció por la compuerta, había tenido la misma sospecha.

—Quería irse —le expliqué y le señalé la arqueta.

Pero el guerrero, al ver que de sus labios se escapaba un tenue hilo de sangre, la abrazó mirándome con enojo.

—¡Al diablo! —grité—, quería largarse con todo.

—Bueno, bueno —me calmó Jumo—, debemos esconderla. Ya sé, hay un pequeño bote de maniobra por aquí, en caso de abandonar el navío podremos utilizarlo.

—¿Abandonar la Antlia? —balbucí.

—Si nos han tendido una trampa, esto sólo es el principio —aseguró fatídico.

Dejamos a la hetaira en el botecillo y Jumo la advirtió, a mi parecer escasamente, que no se moviera pues pronto volveríamos a recogerla.

—No sé si estamos haciendo bien —le confesé.

—Cálmate —repuso—, la amo como bien sabes —y después de una pausa añadió: también lo haría por ti.

La fragata estaba iluminada por los débiles parpadeos de los pomos de emergencia, las sombras derramaban gemidos y los conductos chispas. El enemigo, tenaz, insistía en la persecución. Sheratán, rompiendo el tradicional silencio pirata, envió llamadas de auxilio, pudiera ser que algún navío Noor navegara no muy lejos de la zona. Las cantineras repartieron raciones de combate y píldoras contra la fatiga. Jumo me llamó y nos dirigimos a la esclusa donde nos esperaba Alana. La tripulación descansaba al borde sus puestos. Thalit de Mebsuta había desarmado un cañón LXR y tenía todas sus piezas extendidas en torno suyo. Volverás a funcionar, pequeñín —le decía al arma—. En la esclusa solté a la gata She que, harta de estar recogida, correteó a su gusto. Compartimos las raciones con la monja. No hablábamos, y en este callar abundaban reproches y malentendidos.

—Es mala suerte acabar así en mi primera singladura —dije con pena.

—He salido de peores que esta —aseguró el guerrero con ánimo—. Confía en mi buena estrella.

Y había en su voz un intento de aproximación, un gesto de cariño para que me fiara de él.

—Creeré en tu buena estrella —le respondí—, la mía aún no ha nacido. En el mismo momento que salí al mundo, la tierra se abrió a mis pies, después quisieron robarme...

—¡Pero luego llegué yo! —exclamó Jumo—, y todo fueron parabienes, ¿o no? —y lo dijo como si sonaran las campanas.

—Espero que tu estrella —intervino Alana—, sea lo suficientemente grande también para mí, me va a hacer falta.

—¡Eso es el colmo de la desfachatez! —grité.

—¿Qué quieres decir?...

—Sheratán sospecha de una traición —repuse—. Ella es la única ajena a la tripulación.

Alana no se inmutó, me tenía por su enemigo.

—¡Calla! —pidió Jumo—. Se trata de salvar el pellejo los tres, dejaos de sospechas y tened confianza en mí.

—¿Y la Antlia, no cuenta?

—Sheratán sabe muy bien lo que se hace desde mucho antes a que tú te hubieras atrevido a poner una pata delante de la otra. No te calientes los cascos, saldremos de esta, y si hubiera que abandonar la Antlia, yo me ocuparé de conduciros sanos y salvos a un puerto amigo.

—Así lo espero —murmuró Alana—. Y se sonrió enseñando lo adorable de sus dientes.

—Descansemos ahora —añadió el guerrero—, Alana permanecerá escondida. Hay una posibilidad de burlar a esos destructores, en caso contrario este bote nos servirá para abandonar el navío, es manejable y dispone de buenas velas.

Entretanto la Antlia restañó sus heridas, los muertos fueron encerrados en sacas funerarias para ser lanzados al espacio y la tripulación dio una cabezada. En el puente, Salm Zavijaba especulaba con las maniobras del capitán.

—No podremos mantener este ritmo mucho tiempo estando desarbolados, quizá fue un error...

Había un reproche en sus palabras y Sheratán lo captó. No era el momento de iniciar una discusión, pero si alguna vez volvíamos a Noor, Sad Al Melik podía elevar una demanda por imprudencia, el testimonio de Salm Zavijaba le bastaría. Sin embargo, para asombro general, Sad Al Bari salió en defensa del capitán:

—Fue una buena maniobra. Sólo un hombre interesado o malicioso puede interpretarlo de otra forma —y estas palabras del banif más intransigente de la fragata tenían la virtud de la imparcialidad. Era de quien menos se podía esperar clemencia para Sheratán.

Poco después, el enemigo acortó distancias, cargaban dispuestos a entablar el combate definitivo.

—¡Ahí vienen! —dijo el navegante—, eso significa que sus refuerzos están lejos, de lo contrario no se arriesgarían.

—¡Doblad toda la caña! —gritó Sheratán.

La Antlia se enfrentó con los dos destructores. En los puestos de combate, firmes en el gesto, repletos los pañoles de munición, atentos los sirvientes de las piezas, y a toda potencia para evitar sus torpedos de largo alcance, abrimos fuego de reunión. ¡Impacto! ¡Un destructor al garete! La marinería aulló de alegría y ya nos disponíamos a mandarlo definitivamente al infierno, cuando el segundo destructor, armado de un envidiable espíritu, se revolvió haciendo fuego nutrido y una terrible andanada atravesó el puente de la fragata a pocas medidas de donde me encontraba. Fue una deflagración pavorosa, se trataba de proyectiles de trazo incendiario capaces de fundir la chapa más sólida, y siendo además gran parte de los interiores de la Antlia de madera, su acción resultó abrasadora. Todos los sistemas fueron heridos de muerte: aire, campo y comunicaciones. El capitán ordenó la rápida presencia de auxilios. Y en esta desgracia, mientras el humo y los lamentos llenaban la sala de mando, los artilleros volatilizaron al destructor herido. ¡Avante!, pidió Sheratán a la sala de máquinas. Debíamos seguir navegando o el navío enemigo superviviente nos destruiría. Todo fue en vano, acertó dos veces más en las bodegas. Aunque no se fue de vacío, un impacto le obligó a retirarse.

Se decidió evacuar el puente, allí quedaron carbonizados el piloto y otros hombres. Astrogator, giróscopo y gobernalle eran una masa de hierros retorcidos, muy mal lo teníamos. En las cubiertas, Jumo Abubos malamente contenía el fuego. Para mayor desgracia, un disparo había arrasado la dotación de la tropa de asalto. Simón corría de un lugar a otro aliviando la agonía de los quemados y mutilados, les rociaba de espuma anestésica, cesando entonces en sus gritos. Los equipos de reparación se encontraron en apuros cuando las llamas, alcanzando un pañol, hicieron detonar los explosivos acumulados, maldijeron los hombres su suerte y gimieron pidiendo venganza y ayuda divina. Los oficiales informaron al capitán: ¡no había esperanza, el navío podía saltar en mil pedazos!

—Prepárense para abandonarlo —dijo Sheratán con pesadumbre, aunque en su rostro no se traslucía.

Las cantineras ocuparon sus puestos en los botes salvavidas. La tripulación se reunió, los muertos fueron alineados. Metieron en sacos sus pertenencias y luego, Simón Agrippa entonó una salmodia de un viejo libro, donde recitando con voz grave, recordaba a los presentes que el fin de un pirata es morir en combate naval y diluirse en el espíritu del Uno. Y aquella invocación, sacada quién sabe de qué ancestro humano, me trastornó contagiándome la tragedia que vivíamos: el escenario dantesco de una fragata pirata ardiendo después de un heroico duelo con tres destructores reales. Escena fúnebre en que los piratas nos despedíamos de los hermanos muertos, introduciendo en las sacas funerarias explosivos que los desintegrarían en el espacio, para hacer más posible la fusión con el Kosha del Uno. Funeral pirata, letanía triste que oprimía la garganta.

Y vi a Jumo Abubos a mi lado, nervioso por Alana y deseando comprobar que su amante se encontraba sana y salva, y a Simón el mago terminando su recitación, y al capitán Sheratán herido en la cabeza y con cuajarones de sangre mezclada con tizne manchando sus ropas. Parecía algo ajeno al momento y sus ojos abatidos expresaban el sentir de un capitán que ha perdido su navío, una fragata tan bella y cargada de futuro como había sido la Antlia. La marinería arrojó al vacío los cuerpos de los caídos, un piquete se alineó y despidió a los muertos con los agudos silbidos de ordenanza. Simón recogió los skatt de los supervivientes y los introdujo en una bolsa para realizar un sorteo, que determinara quiénes se quedaban junto al capitán hasta el último instante. Los Noor jamás abandonan una nave mientras se mantenga el casco. Revolvió Simón las pipas, y sacándolas una a una, se las devolvía a sus dueños que, con la fortuna en las manos, se dirigieron a los botes salvavidas. El guerrero, enervado por la tensión miraba y miraba la bolsa esperando su skatt. Volvió sus ojos a mí y en ellos pude entrever una súplica, una esotérica ayuda. Al cabo, la pipa de Jumo salió, y ya iba a marcharse cuando se detuvo un segundo. No hay palabras para expresarlo, incliné la cabeza ligeramente, un gesto de despedida, de adiós final. Un hombre adivina el peligro, lo siente, pero nunca puede calibrar el justo momento en que todo se acaba, esa prerrogativa se la guarda para sí el destino. Jumo desapareció. Un sorteo pirata no admite palabra o añadido alguno. Los skatt seguían saliendo. Angustiado, veía el mío en cada extracción de Simón. Pocos quedaban por aparecer y ya mi alma buscaba el consuelo de la gloria de acompañar a Sheratán, cuando Simón me lo entregó sonriente. Su sonrisa se me hizo magnífica, ni un gesto de pena, nada que denotase la separación. Corre —musitó—, ¡y buena suerte! Allí quedaron el capitán Sheratán y Sad Al Bari, Simón Agrippa y algunos más. Era virtualmente piratas muertos.


Sujetándome el pecho donde desde hacía rato tenía apresada a la gata She, alcancé la esclusa. El botecillo de maniobra me pareció la visión más reconfortante del mundo. Jumo revolvía en un estante buscando los efectos que un náufrago necesita para sobrevivir.

—¡Tu buena estrella! —le grité. Y me abrazó.

She fue a refugiarse bajo las faldas de Alana, arrojé mi sable Despierto y me ajusté el casco escafandra. El guerrero manipuló la catapulta y cerrando la portilla, se sentó en el puesto del piloto. La esclusa se abrió y los grandes botes de asalto, ahora llenos de náufragos, salieron despedidos al espacio. Acabado el primer impulso, desplegamos las velas estelares y una vez que la botavara adquirió la dirección precisa, notamos como la fuerza del universo nos impelía, navegando al galope de su aliento. La vela, inmensa para las proporciones del bote, apantallaba toda la proa, y sujetos por sus aceradas riostras flotábamos como una espora de vida, una mota de existencia en el océano galáctico. Nada.

Discutimos la conveniencia de radiar un May Day permanente, pues dada nuestra doble condición de náufragos y proscritos, enemigos de la Ley tal acción tenía sus ventajas y sus inconvenientes. Alana insistía en su necesidad, pero nosotros dudábamos: en caso de ser recogidos por un navío real ipso facto seríamos ajusticiados. Y decía Alana:

—Este bote no tiene autonomía para llegar a un puerto, dependemos de ser encontrados por alguna nave, pero las naves comerciales tienen sus rutas fijadas de antemano, sólo una señal de ayuda puede hacerles interesarse por nosotros.

—No estoy de acuerdo —dije—, la SBHAC habrá enviado auxilio y es muy posible que seamos rescatados. Aconsejo poner rumbo a Lamia y navegar en silencio como verdaderos piratas.

—Creo que tienes razón —asintió Jumo. Pero ella se enfureció:

—Eso es condenarnos a una muerte segura. Bien sabéis que hay un navío pirata por cada billón de medidas luz. ¡Es imposible que nos encuentren sin un batido o señal! Además no confió en la SBHAC, ¿qué es para ellos un navío menos? ¡saldo y haber, esa es la moral de la Sociedad Benéfica!

—No nos vas a dar tú lecciones de moral —exclamé enfadado—, lo único que te preocupa es esa arqueta que llevas a los pies, de la que por cierto la mitad nos pertenece.

—¡Por todos los cometas! —gritó Jumo—, ¡somos ricos! Llegaremos a puertos venderemos ese polvo, y seremos ricos...

—¿Pretendes llegar a Lamia con este botecillo? —se lamentó Alana—, por que si es así, ¡oh Reverenda Ella! —gimió invocando a su particular divinidad— me encomiendo a tu protección.

—¡Cállate! —rugí—. Deja de hacer teatro, llegaremos a un puerto seguro o al mismo cubil de Iblis, pero cesa tus gritos de arpía de la Sagrada Orden.

—¡Orgulloso Tomii-Arón!... —me espetó Alana, dolida de mis gritos.

—¡Dejadlo ya! —pidió Jumo—. Al cuerno el Caos y la Orden. Somos náufragos. ¡Náufragos! Es muy posible que muramos de sed, de hambre o de asco, con o sin May Day. Acabamos de causar baja en nuestras gloriosas hermandades, órdenes, partidos o parroquias. ¡Iblis me asista!, callad o mandaré este trasto a la deriva de un puñetazo —y amenazó al diminuto astrogator.

Un poco más sosegados, y mientras Jumo computaba órbitas, planos, azimuts y espirales de caída libre, me consultó sobre la posibilidad de poner rumbo a Lisia en vez de a Lamia.

—Allí no estaríamos fuera de la Ley. Axón no tiene jurisdicción argumentó.

—Pon el rumbo que te apetezca, ¿qué importan un par de años luz?

—Tengo una corazonada —respondió—, recuerda mi buena estrella.

Su salida me hizo gracia, hasta yo mismo deseaba creer en su suerte.

—Bien, ya está —dijo—. Primero nos pondremos los trajes espaciales, hay que ahorrar energía, luego descansaremos por turnos.

Y conforme el tiempo pasaba, algunas preguntas venían a mi cabeza. Eran cuestiones sin respuesta, ideas que el estrecho universo que nos contenía hacía brotar de mí magín. ¿Qué era el tiempo? ¿qué ocurría en la Galaxia mientras nosotros, aislados de todo suceso, navegábamos con rumbo perdido? Los cronómetros miden lo que desconocen, ¡ignorantes aparatos! ¿Podía medirse la ansiedad que me recomía? Nuestro tiempo era muy lento y no homogéneo, nuestros actos eran rápidos, pero los intervalos entre ellos, se dilataban insufribles. Nuestro universo se limitaba a un par de medidas cúbicas, las distancias no existían. Éramos un punto con energía para una decena de días. Días negros, eternamente negros. Días de naufragio.

—Fumemos un poco —aconsejó Jumo sacando su inevitable skatt—, nos levantará el ánimo.

—Llenaréis el bote de humo —le reprochó Alana.

—Claro —observé malicioso—, las hetairas sólo consumen polvo de cristal. La resina es demasiado basta para sus paladares.

—¡Oh, cállate ya! —contestó Alana—, dadme esa pipa.


Como era la primera vez, tosió desaforadamente. Jumo palmeó su espalda mientras me miraba cómplice como dos veteranos fumadores delante de un neófito. Olvidamos quienes éramos y hasta donde estábamos.

Y Alana, una vez que se embriagó, se puso melosa con Jumo y se arrulló a su lado con la gata She subida en su regazo y ronroneando de satisfacción. Estaba dudoso de mis preferencias hacia ellos, si sobrios o fumando. Transcurrieron las horas, largas y pausadas, y dormitando a ratos o conversando, la realidad fue haciendo verdadera mella en nuestra voluntad una vez que el humo se disipó en nuestros pensamientos. Jumo, sentado en los controles y embutido en su traje espacial, reflexionaba perdidos sus ojos en el infinito. Tenía el rostro demacrado y ofrecía un aspecto penoso después de varios días de naufragio. Alana también había perdido fuerzas y las ojeras circundaban sus ojos negros. La situación adquiría tonos dramáticos, porque al analizar la luz de las estrellas cercanas no encontrábamos relación con la ruta marcada. El cansancio nos venció al rato y acunados por la presencia implacable del destino, nos dormimos.

Al despertar, Alana había mojado su falda y limpiaba el rostro de Jumo de los restos de la batalla. El guerrero se dejaba hacer, había amor en ese gesto y no queriendo interrumpirles, fingí dormir.

—Hemos cambiado de rumbo —dijo Jumo.

—¿Por qué? —pensé que era cosa de otra de sus corazonadas.

—Y estamos acelerando —respondió.

No di importancia a sus palabras, me daba igual cien grados a babor que a estribor.

—Algo nos está atrayendo —añadió.

Alana terminó de limpiarle y le besó. Cuando vi las líneas de equivalencia gravitatoria dibujarse insólitas en la pantalla, entendí que lo que nos atraía tenía que ser una masa inmensa, su poder, aunque infinitesimalmente, estaba deformando el casco. Incluso los movimientos parecían más difíciles.

—¡Perdemos excentricidad! —dijo Jumo—. No me atrevo a decir los que pienso de esto.

—¿Qué? —le preguntamos.

—¡Una trampa cazamoscas!

Había oído hablar de estas supersticiones en las charlas de marineros, pero las consideraba cosas de ignorantes.

—Lo que nos atrae es un campo gravitatorio —expliqué—, no veo por ningún sitio la masa que lo produce, aunque apostaría por una singularidad espacio-temporal desconocida.

Jumo no me escuchó, para él no cabía duda:

—Los Skargami ponen estas trampas para capturar navíos.

Ante tamaño desatino y en presencia de lo que consideraba nuestra inmediata muerte por aplastamiento, tuve el valor de preguntarle con cierta sorna:

—¿Y qué nos van a hacer?

—No lo sé —respondió—, nadie ha vuelto para contarlo.

—¡Reverenda Ella! —exclamó Alana.

Era un mal momento para irritarse por esta faceta crédula del carácter del guerrero, pero me sorprendió que un hombre que había corrido mundo, que no era un estúpido protegido, creyera en fantasmas siderales nacidos en la imaginación de astronautas borrachos de estrellas. Estaba convencido de que se trataba de un roto en la tela sideral por el que se escapa la luz y la existencia. Un costurón en el espíritu del Uno. Los instrumentos vibraban dislocados por la poderosa fuerza que los barría.

¡Vamos a morir! —dije—. Lo sé. Quizá en cualquier momento mientras hablo. Un ligero "pop" y borrados de la contabilidad general de materia del universo. Y al oírme, Alana se abrazó al guerrero.

Ten confianza Martin, los skargami no tienen motivo para matarnos, sé que son proclives a molestar a los humanos, pero nada debemos temer.

Preferiría un gran Kra-ken o algo así, pero esto Jumo —y señalé al frente con sorprendente dificultad—, es un hueco negro. Una singularidad donde el espacio-tiempo es destruido sin remisión, y que el azar ha puesto en nuestro camino, Iblis sabrá por qué, pero a veces pasan estas cosas.

Entramos en órbita alrededor de la gigantesca e invisible masa. No era un fenómeno como los que se estudian en las escuelas, no había materia ni polvo ni luz girando lentamente. Nada, sólo su pesada fuerza y tinieblas.

—Estamos atrapados —aseveré—, el campo gravitatorio autosostenido nos empujará hacía la singularidad y antes de que termine de hablar habremos cruzado el horizonte de acontecimientos absolutos, el límite entre la existencia y la nada.

—Cada instante que pasamos aquí son eones en la Galaxia —añadí a modo de epitafio.

 Puesto que íbamos a morir, me relajé sobre el asiento dejando que mis pensamientos volaran hacia la linde entre el momento en que el Uno concede la vida o pide la muerte. Y era yo, no otra persona. No una visión o una fugaz mirada a un drama, sino yo mismo. Insensible el cuerpo, no podíamos movernos, una bruma envolvía el bote como un sudario, un paquete, "quanta" de vida, facturado sin ruidos, en la paz del colapso gravitatorio en la oscuridad más fuerte que la luz naciente, en la caída sin fin hasta el sumidero de todos los sueños, por donde el Uno equilibra sus universos. Y repiquetearon en mis oidos las suaves notas con las que imaginaba a la muerte llamando a sus favorecidos, las oía claras y arrullantes: una nana funeraria.

—¡Qué bonita música! —musitó Alana convertida casi en una bolita.

 De súbito, Jumo lo vio:

—¡Mirad! ¡La trampa skargami!

Repentinamente apareció un enorme artefacto esférico llenando el espacio de luz roja. Una grandísima bola de fuego rodeada de un enrejado en el cual se sostenía una turbulencia continua de gases rojos muy vivos. Como un halo, los destellos surgían del cuerpo y tras escasa existencia, se disipaban dejando círculos, ondas de tibios naranjas, luego amarillos, luego negros. El gas, plasma, o cualquier cosa que fuera, conformaba estructuras acordes con el enrejado que lo contenía. Y según nos acercábamos y la luz nos envolvía desaparecieron milagrosamente los efectos de opresión gravitacional.

—¿Estáis bien?

—¡Fantástico!, ni siquiera ha variado un grado la temperatura. Ya te lo dije, es una trampa skargami —contestó Jumo.

El botecillo no era más que un diminuto punto contra el gran disco rojo que llenaba las lumbreras. La vela se había relajado y flameaba entre dos vientos, no servía para nada y la arriamos. Pudimos ver con detalle como el plasma, libre para formar remolinos, idas y venidas, pero cautivo para escapar del enrejado, estaba separado en secciones regulares, prismas entre los que había espacios vacíos, diques invisibles que lo contenían para formar pasillos, pisos, conductos, pozos y chimeneas. Un laberinto de energía soportado por una fuerza superior que no éramos capaces de entrever. La nada sostenía la turbulencia la aislaba y la domesticaba.

—Tiene que ser campo puro —deduje.

—Es mucho más grande que una estrella plasmoide —aseguró Alana.

—Quien quiera que lo haya construido tiene todos mis respetos, Skargami o lo que sean —añadí.

Oleadas de campo atravesaban los instrumentos, chispeaban sus luces embriagadas, las agujas se volvieron locas y se anudaron sobre sí, los dígitos se metamorfosearon hasta el infinito en una pizca de segundo, las tarjetas salieron despedidas y cubrieron a la gata She que las arañó.

—¡Vamos a chocar! —gritó Jumo y cruzó las manos sobre el casco.

Pero los tabiques se desplazaron y el bote se adentró en la abertura. La luz nos hizo fantasmas de rostros extasiados. Cesaron todas las nociones a que estábamos acostumbrados desde nuestro nacimiento. Diría que la cenestesia que comporta vivir, fue cambiada por otra sensación, la ausencia de todo excepto de la vida misma. La paz se nos metió en el cuerpo y en las ideas apartando el miedo y la representación de uno mismo. Alana se despojó del traje espacial, entornó los ojos y sacudió los brazos, se sentía acariciada en cada molécula. Corrían amantes entre los intersticios de sus venas. ¡La energía de los dioses! Y afuera..., inmensos mares de olas y remolinos contenidos por paredes inexistentes. Abrí la portilla y saqué la cabeza, ¡fuera el casco!, el vello se me erizó. ¡Qué delicia respirar aquellas cosquillas. Alana saltó del bote, dio una vuelta a la botavara y estalló en carcajadas, pegó un brinco y se fue flotando.

—¡Espérame! —grité—, ¡espérame!

Nos dejamos caer hasta el fondo del conducto, allí la sensación era más notable. Alana puso la mano contra el límite del plasma, era un tapiz blando y mullido que hizo que mil sensaciones subieran por su brazo. Se revolcó contra el, exhalando grititos de placer. Y al contemplar sus formas, sus caderas y el cabello esparcido, la excitación nació de mis entrañas, de tal suerte que viéndolo ella, se rió sin poder contenerse, porque también era presa del mismo morbo.