Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO TERCERO

- VII -

¡Skargami! El planeta Gnost. Kryptos. Los celos. El espomo. La bella hermética. La vida de los herméticos. La broma de Jumo. La consagración. El Dormitorio de las Conciencias. La Máquina Zeta. El candor de Alana.

Alana, recostada sobre los asientos, respiraba despacito, la boca entreabierta, los brazos cruzados sobre el pecho, acariciando el borde de sus caderas felices. Tintineaban centellas en su pelo electrizado y de las pestañas huían gozosos elementales. De su piel, dorada como bronce, nacían orlas, halos de calor amante. Vino a mí esa recitación del libro sagrado que dice: "La mujer estaba vestida de púrpura y grana, adornada de oro y piedras preciosas y perlas, y tenía en su mano una copa de oro llena de abominaciones de las impurezas de su fornicación".

Bañados en la fuerza de la vida y en el jugo de las estrellas quedamos unidos por el gozo, enderezados nuestros deseos y abiertas las complacencias, no pudimos resistirnos y como capullos mostrábamos al rojo y eterno amanecer o crepúsculo lo que teníamos dentro. La contemplaba embobado, mis dedos dieron un salto y besaron sus labios, ella sonrió. El pasado estaba olvidado.

Jumo, apoyado sobre los finados instrumentos, observaba aquel mar de la tranquilidad. Como luz a la boca de un cañón, vimos una linterna azul en el océano bermellón. Era un ojo, un ojo cósmico que nos absorbía. Palpitaba abriéndose y cerrándose como un diafragma. Y en un suspiro, traspasado este umbral, recibimos de nuevo las sensaciones olvidadas, ligero sobresalto que se llevó el deleite y nos envolvió en nubes. Nubes de algodón peinado, rebaño de estratocúmulos que atravesamos lentamente, faltos de impulso y a la deriva.

—¡Estamos dentro de algo! —advirtió Jumo—, ¡estamos dentro de una esfera!

—¡Por vida!...

En un claro de aquel mar de nubes rizadas, azules y marrones, divisamos ¿quién pudiera creerlo?, un suelo, una tierra firme, curva y cóncava. Un planeta vuelto de revés y en el que a trazos, había campos verdes, dorados y grises, surcados por ríos, ríos de plata. Enfrascados en esta visión no reparamos en que la luz se hacía más penetrante. Una estrella plasmoide de reducido tamaño, quieta, inmovilizado por sutiles mecanismos, se mantenía en el centro justo de la intraesfera. Estaba rodeada de nubes que, sirviendo de filtro, naturalizaban su luz artificiosa. No era muy distinta de las que en su día la Exo había orbitado alrededor de tantos y tantos planetoides artificiales.

—Esta caverna es..., ¡es el huevo de un mundo!

—¿De qué mundo? —preguntó Jumo.

—Imagino que alguien vendrá a sacarnos de aquí —presumió Alana.

—No veo nada, sólo nubes... ¡Esperad! —dije asustado—. ¡No! ¡No puede ser!

—¡Qué! ¿Qué has visto?

—¡Gansos!, ¡tres gansos en formación!

—¿Gansos?

—Y detrás... ¡Un hombre! Volando como si les siguiera.

—¿Qué nos depara este lugar? —murmuró Alana.

—¡Sí! Los veo —gritó Jumo—. ¡Vuelan! —¡Son seres humanos!

En torno del bote, seres de hechura similar a la nuestra planeaban con la gracia de las mismas aves que perseguían. Había hombres, mujeres y niños. Algunos sentían curiosidad y tocaban el casco pegando sus narices al cristal de los tragaluces. Alana, pálida pero animosa, movió su mano saludándoles.

Nos asomamos fuera y como nos sonriesen perdimos toda prevención. El día era cálido, el aire, puro y vivificador, traía perfumes de heno segado y de hornos de pan.

—¡Hola! —dijo Alana.

—¡Hola! —respondieron.

Y uno de los muchachos se acercó con un golpe de sus brazos y tocó el hombro de la monja. Un toque suave para comprobar su tesitura. Cuchicheaban entre sí. Aquellos seres eran hombres, pero más compactos, de anchos hombros y fornidos brazos, las piernas muy fuertes y asentadas sobre grandes pies cual colas de milano. Iban vestidos con túnicas de una pieza que, abriéndose desde la cintura, terminaban en las mangas a modo de alas o velas flameantes, de manera que, accionando los brazos, atrapaban el aire abalonándose, y sirviendo así de impulso y sustentación en su caverna de escasísima gravedad. Mas no por su corta talla y apretada figura eran desagraciados, todo lo contrario, tenían la belleza de las razas bien alimentadas durante generaciones. Los músculos brillantes y afelinados. Y se movían con la soltura y el nervio de los halcones.

—¿De dónde venís? —nos preguntaron.

—¡Por Gea!... —exclamó Jumo—. ¡Arcaico!

Hablaban una variedad rapidísima del arcaico generador de todos los idiomas galácticos que resultaba fácilmente entendible.

—¿Pero cómo es posible? ¿Qué lugar es este?

—¡Gnost! —respondieron—, estáis en Gnost. ¡Bienvenidos!

—Somos náufragos, desearíamos dejar el bote y descansar.

—Claro —dijeron—. Está al llegar un funcionario. ¡Pero salid!

Y nos tendieron sus manos grandotas y fuertes. Agarré a la gata She.

—¡Allá voy! —exclamó Alana entre risas. Y a pesar de ser una hembra muy robusta, sus brazos se perdían entre los de los jóvenes voladores.

—¡Humm!... —dudaba Jumo—. Nosotros no sabemos... ¡volar!

Había miles de medidas bajo nuestros pies, y teniendo las referencias tan lejanas, sentimos en el estómago la impresión del vacío, y más Jumo, que manoseaba agarrado al cinturón de un mocetón volador. Y viéndolo tan apurado levantó las sonrisas de nuestros anfitriones y hasta las nuestras. Lo que aumentó las iras del espadachín y el número de sus juramentos. Y si antes se reían, al oírle blasfemar abrieron los ojos sorprendidos, y hasta los niños repetían encantados las terribles palabras, por que al parecer era la primera vez que escuchaban este vocabulario. Los jóvenes voladores se le acercaron con mucho respeto y le preguntaron que clase de lenguaje era ese, y Jumo que no estaba para muchas bromas, pues se bamboleaba de aquí para allá, más a la deriva que a buen rumbo, les soltó una andanada tabernaria de tal vigor que los alejó temerosos. Los chiquillos aplaudían y sus madres gritaban excitadas por la novedad, como cuando llegan forasteros a un lugar apartado.

Ante nosotros apareció medio oculta por un cúmulo de nubes enruladas, una, ¡asombraos!, ciudad. Un ciudad distinta a todo lo que habíamos visto. Estaba construida sobre una roca de centenares de medidas cúbicas, flotando en el aire y totalmente quieta, horadada al capricho de sus habitantes, para hacerse allí sus mansiones. Dominaban los colores blancos y azules y a trazos se veían vetas negras y puntos de brillante mica. Limpias avenidas entraban y salían de su interior conduciendo a otras cavidades menores que como miradores del infinito bordeaban las paredes exteriores de la roca. El conjunto estaba salpicado de vegetación doméstica, es decir, jardines bien cuidados, setos recortados, árboles frutales y flores. En los claros había charcas de agua transparente que daban cobijo a patos y gansos que por doquier llenaban el cielo. También había multitud de palomas y de ciertas gallináceas de corto vuelo, y vi asimismo avutardas de largas patas y pavos de aspecto majestuoso. Al adentrarnos en la ciudad, se nos hizo más grande, impresionante y misteriosa. Los espacios excavados tenían la presencia de las vaciedades inmensas, y estaban cruzados de arriba abajo —por señalaros una dirección— por columnas de roca rugosa que prácticamente huecas, servían de vivienda a los habitantes de la ciudad aérea. De estas columnas y de las paredes sobresalían voladizos de largos ventanales rectangulares que, sin marcos ni cristales, hacían de entrada. Y había cientos de ellas distribuidas en caprichoso orden, como siguiendo el trazo que un niño hubiera marcado con una tiza en la pared. Posados en los alerones, palomas, loros y toda clase de pájaros. La ciudad se llamaba Kryptos, que significa oculto. Era la capital del planeta y gozaba de tal paz, de tal calma envidiable, frescor y silencio, sólo roto por el natural rumor de las aves, que sentimos la necesidad de instalarnos allí para siempre, al menos esa fue la primera impresión.

Llegados a una hermosa plaza circular, mejor diría esférica, y sobre la que, y contenida por una piedra excavada flotante, había un lago de cuajada vegetación, fuimos depositados sobre el blando césped. Se nos acercaron, curiosos, más seres voladores, dando muestras de simpatía, y los niños, juguetones, rodearon a Jumo y le pidieron que desenfundara el sable o que escupiera rayos y truenos por la boca. La gata She, fisgona, asomó la cabeza y maulló indignada y hambrienta, y divisando tanto animal volador, sintió la llamada de la sangre y daba zarpazos y cerraba las mandíbulas de golpe como si ya se estuviera comiendo alguno de aquellos apetecibles pajarillos. Y así que la vieron nuestros amigos, soltaron suspiros de admiración y todos querían acariciar su cabeza aterciopelada. También hicieron comentarios, coincidiendo la mayoría en lo desgarbados que éramos. ¡con esos cuellos de pato!, decían disimuladamente. Seguramente se encontraban a sí mismos hermosos y de acuerdo a los patrones de belleza. Y se presentó uno de ellos, vestido de blanco, a modo de elegante pantalón holgado y casaca vaporosa.

—Queridos amigos —dijo—, soy funcionario de la comunicación y recepción y me llamo Ioham Liber. En el nombre de todos los habitantes de Gnost, el pueblo Hermético, os doy la bienvenida —y se inclinó cortés, juntando las manos frente al estómago a la manera de los santones.

—Somos unos pobres náufragos —le respondía Jumo—, nuestro navío se incendió y hubimos de abandonarlo. La tripulación murió de hambre y de sed, siendo nosotros los únicos supervivientes. Luego de grandes penalidades, tropezamos con su trampa y aquí nos tienen, mas espero de su conciencia un buen trato y una pronta liberación, dado que poco podemos ofrecerles, somos simples protegidos.

El llamado Ioham Liber, que era un hombre de increíbles espaldas, no se inmutó en la más mínimo al escuchar al guerrero, y afirmando con la cabeza, anunció que funcionarios de industria estaban construyendo en esos momentos habitaciones de gravedad para que pudiéramos sentirnos como en nuestra casa. Y Alana dijo:

—Entonces señor, llevadnos allí donde quiera que se halle.

Resultó ser una amplia cavidad donde la familiar y necesaria gravedad podía regularse cual gravitostato. Alana descubrió una piscina en una de las salas, sin dudarlo se quitó la ropa y se zambulló. La seguí y algunas brazadas después nos salpicamos disfrutando de este inesperado placer. Jumo, gipso de recia alcurnia, se limitó a remojarse los pies, pero Alana se acercó maliciosa y le regó de agua. Entonces el guerrero montó en terrible cólera y nos dejó solos. Nos miramos perplejos, acabábamos de descubrir parte de la idiosincrasia gitana. Alana me rogó que la enjabonara bien, quería quitarse de la piel la pringue de náufrago que llevábamos. En eso estaba y con mucha fruición cuando tuve la mala suerte de que se me notara de nuevo la pasión que ella me producía, y hube de sumergirme para disimularlo, lo que causó sus risas y burlas.

Jumo preparaba comida que había encontrado en las alacenas, y la gata She, subida en la mesa, se zampaba las tajadas sin que éste se enterase, y luego que se hubo saciado, atrapó una muy gorda y jugando con ella la trasteó por toda la estancia. Comimos verduras y aves sabrosas y magras. El vino era ligeramente oloroso y la cerveza clara y floja. Fumamos también resina del Armistán y sabiendo que nos encontrábamos en un mundo extraño nuestras miradas coincidieron. Éramos un trío insólito de relaciones nada claras. Al guerrero no le satisfacían mis acercamientos a la hetaira y tampoco podía impedir que Alana se comportara tal como era, irradiando sensualidad por todos sus poros. Me vi a mí mismo entre Marte y Venus. Fuera, una ciudad aérea en un planeta vuelto del revés. Estaba además una gata de nombre evocador, que dormía enroscada sin saber que su nombre correspondía a una diosa inmortal.

Jumo expulsó con fuerza el humo y tras unos segundos de vacilación en los que mordió la pipa con fiereza, dijo:

—Ya sé que no es el momento de crear tensiones entre nosotros. No sabemos donde estamos ni que pretenden estas gentes, pero por la quilla de la difunta Antlia, que si no hablo reventaré hinchado como un absceso.

Alana le miró intrigada, yo temeroso. El guerrero, no encontrando palabras para expresar sus celos, daba vueltas y más vueltas por la sala.

—Apártate de ella —me dijo finalmente.

—Tendrá que desaparecer o hacerse vieja y fea repentinamente —contesté ofendido—. Yo también estoy aquí y siento y vivo como cualquier ser humano.

—Nadie tiene culpa de nada... —dijo Alana, pero no terminó.

—¡Claro! —atajó Jumo—. Ya sé que él no tiene la culpa. Si la perra no quiere el perro se aparta.

Ante tamaño insulto, Alana se alzó encolerizada y le abofeteó. El guerrero, que no había aprendido las leyes de la cortesía, la agarró y la atrajo hacia sí con colérico gesto. Mas al tenerla en los brazos, toda su ira se esfumó y la beso en la cara y en el cuello a la par que pronunciaba su nombre. Y ella le correspondió, porque con Jumo no cabían términos medios, se le amaba o se le odiaba. Saqué fuerzas para levantarme y buscar un lugar solitario donde los hombres que carecen de amor pudieran conciliar el sueño, sin que las serenatas de arrullos y jadeos, contaminen el reparador descanso que todo hombre y más náufrago necesita.

Cuando Alana me despertó tras algunos forcejeos, me levanté gruñendo y le propiné una patada a la gata She, que acudía a lamerme manchados sus bigotes de leche fresca. Alana meneó la cabeza censurándome y consoló a la gata.

—Lo siento —me excusé.

—¡Martin!, ¡Martin!

Jumo que había amanecido de buen humor, me mostró la bandeja repleta de pasteles, leche y crema que la monja había preparado para desayunar, pero yo tenía la boca seca y sólo quería aclararme los dientes con agua fresca.

Al cabo se anunció la presencia de Ioham Liber que nos traía ropas adecuadas para Gnost. Nos esperaban algunas personas y curiosos a cuya cabeza iba una jovencita muy atractiva que nos fue presentada como la joven sensual Cortoy Har Fles, campeona actual de la carrera del ganso. Ella nos enseñaría a volar. Y Jumo que tenía prevención acumulada de su anterior experiencia, dijo:

—Somos hombres de pie firme y suela gruesa, no veo la razón de aprender a volar, y menos cuando son pocas las horas que deseamos permanecer aquí. Llévenos ante las autoridades, explicaremos nuestro caso y partiremos.

A lo que el funcionario respondió:

—Comprendo su impaciencia, amigo mío. En nuestra idea estaba el mostrarles Gnost. No todos los días recibimos visitas como las suyas.

Alana, sintiendo cierta vergüenza de la desconsideración del guerrero, trató de contemporizar:

—Veamos y conozcamos este mundo antes de partir. Y nada malo encuentro en volar, no siendo sino un arte más, valedero como todos los artes en su justa ocasión.

La bella Cortoy aseguró que venía dispuesta a enseñarnos en poco tiempo pues volar era tan fácil como respirar. No tenía, la joven, la malicia de disimulo, y como el guerrero le gustaba, se colgó de su brazo de una manera tan ardiente que nos sobresaltamos. Llevaba el pelo, rubio pajizo y dotado de algún raro reflejo cosmético, verdeaba a cada giro. Sus senos eran excesivamente prominentes para su juventud y las caderas quizá menos desarrolladas que sus hermanas de raza. Su alegría era contagiosa y atrapó al guerrero que al poco de comenzar las lecciones mostró una euforia inusual.

—Ven aquí palomita... —gritaba Jumo con torpes ademanes.

Al principio chapoteábamos como nadadores inexpertos, pero luego, sintiendo el impulso en los pies y la sustentación en los brazos, el alborozo del juego nos abordó. Era tan natural como andar o nadar, y todo su secreto estriba en guardar la calma y desearlo. Cuando quisimos darnos cuenta, Cortoy y Jumo se habían alejado en sus prácticas. Explicó Ioham Liber que los jóvenes sensuales eran inconstantes y caprichosos y que él mismo continuaría la enseñanza.

—¿Qué son los jóvenes sensuales? —le preguntó Alana con inquietud.

—¡Oh, tonto de mí! —dijo Ioham Liber—, olvidaba que ignoran todo lo referente a Gnost. Reunámonos con ellos, tengo programadas algunas actividades que les pondrán al corriente de la historia del pueblo Hermético.

—Dígame, Ioham Liber, ¿quiénes son ustedes y por qué se llaman herméticos? —le inquirí.

—Hace mucho tiempo —respondió—, una astronave llamada "Athanor" navegaba por la Galaxia buscando un astro que cumpliera las necesidades de sus tripulantes, un par de centenares de familias escogidas. Encontraron este asteroide y lo llamaron Gnost. Empleando como materia prima la propia nave lo socavaron. Tardaron muchos años en terminar su proyecto, pero cuando culminó había nacido Gnost tal como lo ven.

—¿Pero de dónde venían esas familias?

—Todos los hombres descendemos del mismo filo homínido: del Homo Sapiens Sapiens.

—Sí, ¿pero de qué planeta?

—Del planeta primigenio naturalmente, el que ustedes llaman Gea.

—¡Increíble!

Y como alcanzáramos a Jumo y su bella maestra, le puse al corriente de lo que Ioham Liber nos había revelado.

—Tus Skargami están aún por descubrir —le dije en un aparte.

—¡Bienaventurados los crédulos! —se chanceó el guerrero. Para él seguían siéndolo.

—Gnost es un espomo mixto —continuó el funcionario—, una esfera Dyson modificada y diminuta en cuyo centro se encuentra nuestra mejor creación energética "Abraxas", la estrella plasmoide artificial que nos da la vida. Dos de nuestras ciudades: Kryptos, que ya conocen, y Guha, la ciudad de los jóvenes sensuales, flotan inmóviles y opuestas en los vértices del mismo diámetro. Entremedias y equidistante gira una luna: el Templo de la Fe. Su órbita alrededor de Abraxas no es cinéticamente homogénea, pues debe cumplir con una serie de sutiles eclipses que dan a las ciudades aéreas noches y días. Nubes artificiales y filtros gaseosos proporcionan estaciones y ciclos de acuerdo con el perfecto equilibrio ecológico que mantenemos, toda vez que hemos superado algunas catástrofes locales en nuestra flora y fauna. Verán que de todos los "astros" de este Cosmos en miniatura solamente, su luna: el Templo de la Fe, se mueve.

—¿Y por qué hay en Gnost tan poca gravedad? —le pregunté.

—La gravedad obliga a moverse en dos dimensiones, y no queramos renunciar a ninguna, ¿por qué conformarnos con una superficie cuando podíamos disfrutar de un volumen? Pero déjenme explicarles... Nosotros los herméticos, hemos creado una sociedad superespecializada y multidividida, donde cada individuo realizan una función específica y, en la cual, la sociedad total es la suma de las minúsculas partes programadas: cada hermético realiza un trabajo y a la vez una investigación sobre su propia labor. Hemos adecuado nuestra vida a las verdaderas necesidades y no a los intereses de nadie. Nos hemos diseñado biológica y genéticamente a nuestro gusto. El ser humano hermético sufre una metamorfosis que se determina en tres fases: La fase sensual o juvenil, la fase intelectual o madurez y la fase inmortal o espiritual. Los herméticos nacemos por gestación natural y deseada de padres en fase intelectual. Los niños son educados por tutores no progenitores y conviven con sus padres hasta que alcanzan las primeras manifestaciones de sensualidad, en cuyo momento abandonan Kryptos, instalándose en Guha, su ciudad, que en su momento visitaremos. Los jóvenes sensuales pasarán entre cincuenta y sesenta años en su ciudad autónoma, dedicados a tres ocupaciones fundamentales: El arte y la psicodelia, el deporte y el sexo, y la educación y la creación. Terminada esta fase entran de lleno, cuando así lo deciden, en la madurez. Se realizan entonces, grandes fiestas familiares, pues el regreso a Kryptos siempre produce gran alegría. En la madurez, el hermético se convierte en funcionario de cualquiera de las seis labores sociales; La cultura y el arte, la comunicación y recepción, la navegación y vigilancia, la industria y alimentación, la salud y biónica, y la fauna, flora y hábitat. Generalmente se emparejan para tener un hijo, periodo en que cesan su trabajo, para reintegrarse de lleno socialmente satisfechos de sí mismos. Mediante programas de prevención médica, el intelectual alcanza los ciento veinte o ciento cuarenta años sin grandes deterioros físicos o mentales. En el final de su vida y por propia petición, sus cerebros son vaciados en lo que llamamos el Dormitorio de las Conciencias, donde las ideas y el pensamiento que fueron sus vidas pasan a formar parte del acervo espiritual de Gnost. Esta es la fase inmortal, y en ella, los durmientes afirman encontrarse en comunicación permanente con el planeta, gozando de la inmortalidad que ofrece la inconsistencia espiritual. No hay en Gnost muertes ni cementerios, nuestro antepasados duermen el sueño reparador de los espíritus bondadosos y sus pensamientos son accesibles mediante invocación. Ni siquiera sus cuerpos se pierden, pues tenemos calculada la cantidad de materia orgánica que Gnost puede mantener en equilibrio, de manera que todo revierta al sistema en la paz y en la calma que da el saber que la carne y la mente volverán a reencontrarse en los descendientes, a modo de especial metempsicosis.

—Hay algo que falta en su relato —le pregunté—. ¿Quién mantiene tan precisos mecanismos en su sitio?

—Entiendo su pregunta —respondió el hermético—. Disponemos de una máquina ordenador a la que denominamos familiarmente Zeta, siendo en realidad una Máquina Zeta.

—¿Una máquina Zeta? —se extrañó Jumo—. ¿Qué demonios es eso?

—Zeta es un cerebro artificial creado en un principio por nuestros antepasados para facilitar la navegación de la astronave Athanor. Por supuesto que entonces no se llamaba Zeta, y ni tan siquiera podían sospechar sus creadores que llegara a serlo. Simplemente se trataba de una estupenda máquina, nada más. Con el paso del tiempo, los encargados de su cuidado consiguieron imbuirle la necesidad de autoperfeccionarse, y esta cualidad en permanente evolución llevó al primitivo ordenador a convertirse en una Máquina Zeta, una máquina de acuerdo con la clasificación que un día hiciera un sabio, dando a cada letra del alfabeto un cúmulo informativo —capacidad de posesión y utilización informativa— que creciera exponencialmente desde una sociedad o máquina de tipo A igual a 106 bits (escasas veinte preguntas) hasta Z, igual a 1030 bits, prácticamente el conocimiento íntimo del Universo.

—¿Su ordenador tiene ese poder?

—No exactamente. Zeta tiene una limitación: su radio de acción. Pero sí posee un plano temporal informativo. ¡Me explicaré¡ Zeta está capacitada para almacenar en un instante todos los acontecimientos presentes detectados dentro de su radio de acción, conoce cada acontecimiento elemental así transcurra a su alcancé. Guarda igualmente, en un Cuaderno de Bitácora o memoria de sucesos, el registro de todos estos hechos elementales.

—¿Y puede adivinar el futuro? —pregunto Jumo.

—¡Oh, no! —rió Ioham Liber—. El futuro, destino si quieren llamarlo así cuando atañe a un individuo, es adiabático por definición, impenetrable.

—¡Por Gea! —gruñó Jumo—. Me bailan en la mente todas esas palabras sin que consiga entenderlas.

—No importa —aclaró el hermético—, ya tendrán tiempo de familiarizarse con Zeta, en Gnost es muy importante. Visitaremos la Consulta y la terminal de la Fortuna Individual, donde gustamos de requerir pronósticos y horóscopos. También les mostraré el Dormitorio de las Conciencias y los funcionarios de la Fe, sus cuidadores.

—¡Vamos allá! —dije—. Quiero ver todos esos misterios.

—A fe mía que todo está muy bien —dijo Jumo—, pero ¿por qué vivir en una caverna teniendo el universo a un palmo? ¿acaso han perdido la curiosidad?

Fue la sensual Cortoy quien le respondió:

—No necesitamos salir al exterior, contemplamos todo lo que ocurre desde la curiosidad sin intenciones ni intereses. Y en este observar, la civilización galáctica sólo es para nosotros una minúscula parte de lo que los organismos racionales representan. Además, sabemos que no es bueno poner en contacto próximo civilizaciones e intelectos. Observamos pero no intervenimos, al menos físicamente. El hombre galáctico es otro sistema más sobre el que depositar nuestro afecto y comprensión, al fin y al cabo somos parientes. El universo está poblado de seres alejados y diversificados en medios y recursos, sabiamente dispuestos en planos que no tienen intersección común, planos paralelos. Nosotros, los herméticos, nos hemos elevado por encima de todos los planos y observamos con amor.

—No puedo creer lo que dice —intervino Alana.

—Mejor será que no adelantemos acontecimientos —le sugirió Ioham Liber a la bella Cortoy.

—Que me rapen si lo he entendido —apostilló Jumo—, por muchos planos que le pongas, este planeta se encuentra en algún lugar entre Lamia y Lisia, aunque no entiendo como no había sido detectado antes de ahora.

—A su tiempo —contestó el funcionario—, las personas indicadas les responderán a esta cuestión. Ahora, queridos amigos, síganme, estamos invitados a la Consagración de un joven sensual al servicio del Templo de la Fe.

Pero Jumo despreciaba las escapadas y los discursos incontestables:

—Sé bien que este es un mundo fantástico, eso se ve —y señaló a su alrededor—. Decís que nos observáis, que nos veis por un agujero, pues bien a los seres humanos nos importan un bledo vuestras miradas obscenas. ¡Miradnos! —y se atusó con un gesto cómico—, pero manteneos alejaos de nuestro alcance, porque somos seres malvados que sólo pensamos en el placer y la diversión. Nos gusta bañarnos en las estrellas gigantes y en las dobles, tentar la suerte cerca de las neutrónicas y saltar de aerolito en aerolito sin preguntarnos que vendrá después: un hueco negro o una trampa cazamoscas.

Y terminó su perorata acariciando la empuñadura de su sable como siempre que hablaba en público. Cortoy aplaudió divertida. Ioham Liber meneó la cabeza condescendiente, y si Jumo resultaba estentóreo, el funcionario componía la estampa de la flema.

Cuando se está acostumbrado al movimiento plano de los seres humanos, la presencia de hombres que volando se muevan en cualquiera de las tres dimensiones, da al conjunto la sensación de desorden. La ceremonia que vimos, aun pareciéndonos informal, no por ello era menos solemne. Se realizaba en el Templo de la Fe, en la antesala del Dormitorio de las Conciencias, y que a su vez precedía al Sancta Sanctorum o sala de la Consulta.

Para llegar allí habíamos volado durante un buen rato. A medio camino entre Guha y Kryptos y construido en cristal de roca, el templo reflejaba la luz proveniente de Abraxas o la ocultaba según sirviera de luna o no en la noche hermética (cuando era de día en Kryptos, las tinieblas envolvían Guha y viceversa). El Templo de la Fe, que era la sede del Supremo Ordenador Zeta, resplandecía a nuestra llegada, y sobre un fondo de nubes negras recortadas por reverberaciones, proyectaba su sombra sobre Guha, así permanecería muchas horas, hasta que poniéndose de nuevo en movimiento realizara la misma labor sobre la ciudad de los intelectuales. Algunos gansos cruzaron en formación perseguidos por mozalbetes, y no muy lejos, sobre los campos inmensos del cóncavo espomo, llovía con profusión,

La primera sala consistía en una esfera de adiamantadas paredes, centenares de facetas que filtraban la luz en caprichosas direcciones dejando los rayos planos, rayos de catedral de carbono puro. Rodeado de sus seres queridos un joven sensual llegó al centro de la sala y una vez allí, los rayos convergieron sobre él ensombreciendo al resto. Un hermético de vestiduras amarillas que hacía de oficiante, recitó lo siguiente con grave y hermosa voz:

"Hoy de nuevo, nosotros Herméticos, descendientes de los sabios huidos de la maldad y del miedo, consagramos a tu servicio, ¡oh Zeta, Máquina Divina!, Dormitorio de las Conciencias, Computadora Cementerio, Espíritu y Dios Universificado, a tu verdad Cuaderno de Bitácora, y a tu bien Hermetismo y Deidad, este joven sensual, para que lo protejas y bendigas. Y lo hacemos aquí, donde notamos tu presencia, lugar que te hemos consagrado Para que la Fe que preserva nuestras generaciones venideras, siga manifestándose por eones hasta la vuelta de la Era Hadrónica, fin y principio de nuestra existencia y gloria del Gran Arquitecto del Universo".

Su lenguaje era ampuloso y complicado, los herméticos, hábiles y rápidos en el hablar, disponían con certeza de sus ideas y las manifestaban con facilidad, aun complicándolas por rito o diversión. Y esto siempre tiene el mérito de su mismo arte. Luego, los parientes añadieron bonitas oraciones que no comprendí enteramente y de las que no recuerdo gran cosa, porque aquella mística era como magia de buhonero a mis oidos, pero sí puedo transcribiros la poesía o ensalmo que el joven consagrado entonó con voz meliflua cuando todos hubieron callado, y siendo ésta tan vieja como la humanidad, el valor de la composición estaba en su conservación a través de los milenios. Y según el joven inició el canto se desprendió música de la sala arrebatándonos de sensaciones misteriosas y divinas. Aquel canto era el himno hermético:

Oh! Alma ciega
Coge la antorcha
Y en la noche
Descubrirás tu doble luminoso
Tu alma celeste.

Sigue tu guía divino
Y que Él sea tu genio
Porque Él tiene la llave de tus existencias
Pasadas y futuras.

Escuchad dentro de vosotros mismos
Y mirad en el infinito
Del espacio y del tiempo.

Allí se escucha el canto de los astros
La voz de los números
La armonía de las esferas.

Cada Sol
Es un pensamiento de Dios, cada planeta
Una forma de pensamiento.

Conoced el pensamiento divino, ¡Oh Almas!
Es la razón por la cual descendéis
Y subís penosamente
El camino de los cielos.

¿Qué hacen los astros?
¿Qué dicen los números?
¿Qué trazan las esferas?
¡Oh Almas perdidas o salvadas!.

Dicen,
Cantan,
Trazan vuestros destinos.

Y terminada la reunión, las gentes entonaron loas alegres y festivas y según la ceremonia se hizo más lúdica, la joven Cortoy se tomaba más confianzas con Jumo, que encontrándola deseable, se reía con ella. En la expresión de Alana adiviné que se acercaban nubarrones en su romance con el guerrero, y en secreto me regocijé. Los herméticos nos miraban con curiosidad y los chiquillos revoloteaban en torno a Jumo del que ya habían hecho su héroe, Y algunos padres insistieron en retratar a sus hijos en los brazos del espadachín. Ioham Liber nos llevó al Dormitorio de las Conciencias, donde reposaban su sueño los inmortales, esperando que alguien los invocara, y si la Sala de la Consagración resultaba majestuosa y mística, el Dormitorio de las Conciencias atenazaba el alma, y la recogía con fervor. De factura también esférica —como todas las edificaciones de Gnost— permanecía a oscuras, excepto sus paredes de piedra que, iluminadas por miles y miles de velones olorosos, mostraban en blanco mármol los rostros de los antepasados del pueblo Hermético. Cada busto tenía su vela que los parientes se encargaban de renovar. Rostros en piedra de finísima talla tapizando la sala. Algunas gentes, recogidas y silenciosas, bisbisaban frente a ellos. La inmensa bóveda tenía la virtud de ampliar las palabras, de forma que la audición recordaba la voz de seres superiores. Había un grupo de herméticos en cuyo centro volaba un hombre de cierta edad. Ioham Liber nos advirtió que se trataba de su entrada en la fase inmortal, el sueño eterno. Ninguno de sus acompañantes parecía triste ni aún el mismo finado. Quedó el hombre tendido en el centro de la sala. Una luz se posó sobre sí y lo contuvo como un huevo que le rodeara. Otro rayo golpeó la pared en un lugar liso y vacío, y a cada golpe la luz tallaba su rostro con increíble precisión. Terminada esta labor, el huevo de luz desapareció y con él, el hermético de su interior. Los acompañantes encendieron una vela al nuevo busto. Al salir de la sala comentaban las virtudes del difunto como en cualquier entierro que se precie.

Y Jumo que no aprobaba la sencillez de la ceremonia, dijo:

—Un hombre debe morir entre lágrimas y señales, entre nubarrones y sacudidas, y las gentes deben llorar, si era bueno por tal, y si era malo por el alivio. El día de mi muerte sonarán las campanas de Golius lentas y tristes, pues soy un hombre muy conocido y escritores y guionistas de toda la Galaxia han compuesto relatos tresdé basados en mis aventuras. Pero esto último lo decía para impresionar a la joven Cortoy.

Finalmente pasamos a la sala de la Consulta, donde al contrario que en la anterior, el ruido había sido eliminado para que ni un rumor estorbara el trabajo de los funcionarios de la Fe. Vestían de túnicas rojas y se afanaban sobre aras marmóreas sobre las que imponían las manos. Estaba tan lejos aquello de la idea que teníamos de un ordenador que me vino al recuerdo las viejas escenas de iglesias y latrias que todos hemos visto en las fantasías tresdé. Se nos acercó entonces un hermético de impresionante aspecto, no por su físico, lozano como el de todos sus congéneres, sino por su porte excepcional y su mirada cargada de autoridad. Era de modales lentos y elegantes. Se llamaba Jeano Frome y era el líder de todos los herméticos. En su presencia, la joven Cortoy, otrora bulliciosa, adoptó una postura comedida. Jumo, algo harto de máquinas que no veía y de ordenadores llenos de muertos, se encaró con el recién llegado, diciéndole:

—Bien, señor, me gustaría saber dónde está esa máquina Zeta a la que tanta devoción prestan y que no veo por ningún sitio.

—He oído hablar de usted —le respondió el venerable—, su fama se ha extendido en Gnost, y su intrépida forma de entender la vida creo que ya es cantada por algunos bardos —y Jumo abrió los ojos gozoso por la lisonja. Y siguió el hermético.

—Lo que ustedes contemplan es la representación instantánea de lo que realmente es Zeta —y decía esto porque a cada cierto tiempo surgía de las aras una radiación parpadeante semejante al plasma de que estaba formada la envoltura de Gnost. Y dije:

—Estoy acostumbrado a instrumentos que se pueden tocar, a máquinas tangibles. Hasta el presente este mundo sólo me ofrece pensamientos. ¿Qué es Zeta?, ¿espíritu, conciencia?, ¿máquina oculta quizá? ¿cómo han conseguido domesticar el plasma exterior?

Jeano Frome abrió las manos y enseñó las palmas para significar su limpieza de intenciones.

—La apariencia no debe inquietarles, el poder que detenta Zeta emana de su sabiduría. Para comprender el significado de esto, les aclararé antes qué es una máquina Zeta. Consideren una esfera puntual imaginaria que contuviese la única información que en el principio de los tiempos existiera —olviden por un momento sus cosmologías—, ese punto de información sería lo único, el algo por el contrario de la nada, es decir, una pareja informativa, si admitimos que un bit es el mínimo de información necesaria para tomar una decisión entre dos alternativas igualmente probables. Esta pareja se convertiría en su dimensión espacio-temporal en una esfera de radio de información mínimo. Imaginemos que el radio (la cantidad de bits) aumenta progresivamente a modo de los puntos contenidos en esferas concéntricas finitas. En teoría, una máquina computadora podría almacenar todas las parejas de estas esferas hasta alcanzar un radio que contuviera el Universo entero. Desde una máquina de esfera A, B.., hasta una Máquina Zeta. Nuestro ordenador no posee esa cantidad de información, digamos que no tiene una antena lo suficientemente poderosa para contener una esfera Z, pero sí está diseñado para tenerla, y además, operando en su radio de acción, especula con el resto, creando una carta temporal del universo observable, realizando un antiguo sueño del ser humano: "articular la ardua complejidad del universo en un sistema de símbolos comprensibles para el hombre, tal que las combinaciones de éstos transparenten la estructura esencial de cualquier cuestión material o inmaterial". Zeta no tiene ninguna incógnita por definición, pero sí una imposibilidad, imposibilidad que le hace compatible con el universo que aprehende: la imposibilidad de otear más allá del Horizonte Absoluto de Sucesos, o si prefiere, de la línea de penetración particular de cada universo en el tiempo, la línea que separa unos universos de otros.

—Sin embargo —argüí—, hay partículas que atraviesan esta línea, partículas con tiempo negativo, es decir provenientes del futuro. Se han lanzado sondas subatómicas al pasado.

—¿Y eso qué le demuestra?... Qué la única existencia fundamental es el futuro. Imaginen un bosque incendiado, las cenizas nada importan, representan el pasado. El fuego en línea devorando el bosque, es el presente, la línea de penetración local en el futuro, el horizonte de acontecimientos. Y el futuro, es el bosque aún sin consumir. Eso es lo que nos interesa a los herméticos y para lo que Zeta está especialmente dotado. Por decirlo de otra forma, su juego vital es el pronóstico. Extrapolar más allá de la línea de fuego. Tenemos en el Cuaderno de Bitácora lo que fue el pasado, Zeta nos compone segundo a segundo la carta espacio-temporal y nosotros armados de pronósticos y azares hacemos las cábalas, la universografía de cada momento.

—¿Y todo eso por qué? —preguntó Alana.

—¿Para qué usa usted un mapa? —fue la respuesta de Jeano Frome.

—Para encontrar el sitio buscado.

—Usted misma se ha respondido.

—¿Viajan ustedes en el tiempo? —pregunté.

—Viajan las sondas, los azares.

—Pero el azar es una fuerza libre, un elemento casual.

—De acuerdo —aseguró—, pero en ningún modo indefinible. Si un fenómeno elemental depende del azar, es imposible formular un pronóstico certero, empero, los fenómenos que comprenden gran número de acontecimientos aleatorios, pueden ser predichos con una precisión extraordinaria. No adivinamos pues el futuro, extrapolamos y pronosticamos. Zeta cumple un papel clarificador, posee el molde invariante de nuestros deseos sociales, estando dotada de un programa que hace de sí misma una máquina menos importante que el propio pronóstico.

Recordé algunas de las lecciones aprendidas en mis días de la tierra perdida:

—Nuestras máquinas vivas también están dotadas de esas dos cualidades, la invariancia y la teleonomía.

—¡No compare una creación biocibernética con Zeta! —y pareció algo ofendido.

—Me resisto a creer que pronostiquen sin otra razón que el pronostico en sí mismo —insistió Alana—, ¿Qué hay detrás de todo ello?

—A su tiempo lo sabrán.

Y como Jumo nunca aceptaba este tipo de respuestas, le inquirió:

—Oigo hablar continuamente de Zeta. No sé si es un Dios u otra cosa. En cualquier caso, a mi entender, su pretensión de reducir el futuro a una simpleza manejable, la considero desastrosa y ruin.

—Usted cree que el mundo es un conjunto de cosas dotadas de propiedades y poderes —respondió el hermético sin inmutarse—. Le atribuye a la sustancia las propiedades que parecen innatas, y adquiere así su personal conocimiento de las cosas. Pero no son las cosas y sus propiedades las que nos acercan al suceso, sino las relaciones entre ellas y el inaprensible azar.

—No sé si pienso algo de eso —confesó Jumo—, lo que si creo es qué, si deseara conocer el futuro, acudiría a una vieja gitana, que seguramente me diría lo que quiero oír.

Y nos sonreímos, incluidos los herméticos. Jeano Frome añadió:

—Quizá le interese entonces conocer su horóscopo, ya que habla de vieja gitanas. Zeta los realiza con una fiabilidad enorme. Puede hacerle cualquier pregunta. ¡Adelante! —y señaló a los funcionarios que trabajaban sobre las aras.

Sintiéndose retado, avanzó Jumo hacia el centro de la sala y no sabiendo a quien dirigirse, comenzó a dar terribles voces.

—¡Zeta! —gritaba— ¡Zeta! ¡Yo te conjuro para que te muestres! ¡Zeta! —repetía una y otra vez.

Los funcionarios se indignaron por los gritos. Jeano Frome alzó los brazos al cielo y le ordenó callar. No sabría decir si estaba escandalizado o por el contrario le divertían los aspavientos de Jumo, que dijo:

—En verdad que no estoy acostumbrado a tratar con dioses y menos como éste, indicadme pues la manera, porque soy un ignorante de la mística y de las religiones, y tampoco voy a aprender ahora, deseo si es posible, mantenerme lejos de los hierofantes y sus cultos.

Jeano Frome dio por terminada la jornada, aplazando para mejor ocasión el horóscopo que le ofreciera. De regreso a la ciudad de Kryptos, la bella Cortoy y el guerrero se retrasaron a propósito con la aviesa intención de concertar una cita a nuestras espaldas. Alana volvía de vez en cuando la vista buscándoles. La hetaira se encontraba al borde de una crisis de celos, y los misterios, máquinas divinas, cementerios y demás maravillas herméticas, podían irse al cuerno. Pero así era Jumo, tenía una sensibilidad relativa, una percepción variable. Gustaba de las atenciones de las ninfas aunque ello le repercutiera creándole nuevos problemas enlazados con otros más. No podía detener sus instintos de macho gitano, y engallado, picoteaba tras los pasos de la pequeña Cortoy que se le ofrecía sin disimulo.

La gata She nos recibió con maullidos amistosos y con zalameros modos gatunos. Alana y yo comimos en silencio, vino a mi memoria la perdida Antlia y todos los marineros y oficiales piratas, seguramente muertos ya. Alana suspiraba por sus propias penas, era una mujer orgullosa, educada por sus hermanas monjas fuera de toda posible servidumbre al otro sexo. En su carácter estaba la cualidad de dominar las situaciones, no era la mujercita tímida y callada con que sueñan los Tomii-Arón, sino desafiante y altiva. Su belleza unida a su inteligencia constituía una barrera que sólo los instintos, como en el caso de Jumo, podían salvar. Fumábamos de mi skatt.

—Cualquier hombre sería feliz teniéndote como amante —dije envalentonado por la resina.

No respondió, se limitó a mirarme sin expresión. Me acerqué y levanté su barbilla. Clavé mis ojos en los suyos pero hube de cerrarlos, era más fuerte que yo. Se separó y sentándose sobre un cojín, se abrazó las rodillas dejando caer su negra melena por encima de la nuca. Pidió luego el skatt y en su precipitación, tosió asfixiándose. Se encendió entonces su rostro con la belleza seductora de los ojos brillantes y dilatados.

—¡Qué mundo más raro vivimos! —dijo—, no este aerolito lleno de aire como un globo, sino nuestra vida misma. Deja, Martin que entre en mí la alegría y el buen humor y nada me digas de lo que piensas. ¿No tiene cada día bastante con una pena? Cantemos y bailemos buscando el placer, porque los celos me han atravesado y deseo hallar ahora refugio en estas volutas insignificantes.

Y dicho esto, se levantó y dio vueltas y giros armoniosos alzando los brazos y repiqueteando los pies. Y como su danza tenía mucho del arte Tomii-Arón, recordé los cánticos, lentos y gimientes de mi raza, y entoné forzando la garganta y desde dentro de mi pecho, un canto a su baile. Se desprendió de la túnica, temblaron sus senos liberados, cogió la punta de la tela y la hizo revolotear por mi rostro, sonriéndome. Y el olor de su pubis me hipnotizó.

—¡Alana! —susurré,

—Calla, Martin, calla...

Y premió mi amor con su cuerpo, ya que no podía hacerlo con su corazón.