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Dago el Cruel LIBRO TERCERO - VIII - Guha. La sesión mental oscura. Las confesiones de Alana. El ágape de los inmortales. El pronóstico. ¡Zeta! Jumo el héroe. El pacto con el destino. El horóscopo. Ella. |
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A la sazón, compareció Ioham Liber para anunciarnos que los jóvenes habitantes de Guha se encontraban interesados en nuestra visita, habiendo organizado a este fin algunos festejos en el informal estilo que les caracterizaba. Y la primera pregunta que le hizo Alana fue por el paradero de Jumo, ausente ya muchas horas. Pero el funcionario, indiferente a los sentimientos de la hetaira, aseguró que lo encontraríamos en Guha de la mano de la sensual Cortoy Har Fles. Al oírlo, Alana palideció. Guha es como un erizo verde flotando en el aire, una pelambrera de vegetación perdida de su dueño. No puedo decir en qué material se asentaba, era impenetrable a la vista. Árboles de diversas clases se apretaban mezclados con otras plantas. Se podían distinguir alcornoques y chaparros, como recios robles y altos chopos. Había además hayas de magia y acacias de misterio. Y entremedias de la espesura, claros de aire y de luz diáfana. No describiré un tipo de construcción o edificación característica, cada una de ellas nada tenía que ver con la siguiente. Vimos nidos rodeados de altas hierbas, frescas y húmedas, y coronados de yedras lujuriosas. Brotes tiernos de higueras los tapizaban de su perfume, y trepadoras formaban los tabiques. Y al mirar por las artísticamente recortadas ventanas, los jóvenes sensuales, descansando o jugando, nos saludaron. Había también quien hizo su casa ahuecando los gruesos troncos de los robles viejos, que son árboles que se anudan sobre sí, cerrando las copas con sus hojas peculiares y sus torcidas ramas, y sembrando el suelo de raíces nerviosas. Armados de formones y garlopas, los habitantes habían ampliado el tronco del árbol, poniendo un tabique aquí y un contrafuerte allá y añadiendo ventanas de marcos de medio punto, tras de las que se divisaban cortinitas a cuadros. Todo ello hecho de madera veteada y ambarina, bien seca y remachada de macizos clavos del siete, y los portillos de las ventanas colgaban graciosos de sus bisagras de bronce. Del mismo tronco salía hacia el aire un tejado cubriendo la parte que se prolongaba fuera del tronco. Las tejas, rojas como sangre, estaban cuidadosamente dispuestas para guarecerse de la fuerte lluvia de que gustaban los jóvenes sensuales. Un césped bien cortado bordeaba las raíces, y entre la hierba se extendía un caminito empedrado de losas desiguales y grises. Bien se podría decir que aquella casa tenía que ser la de un gnomo, de esos enanitos bondadosos y a veces traviesos que corretean por los bosques de los lugares encantados. Contemplando estas maravillas, todas tan distintas y originales, surgió a nuestra espalda un alarido fáunico y volviéndonos, vimos una fantástica máquina, ganso mecánico que utilizaban los sensuales para sus desplazamientos. Tenía las alas de plata lisa y estriada y las movía sin esfuerzo. Su plumaje recordaba el algodón de los campos y de su pico salía humo blanco. Lo tripulaban alocados jóvenes que, sentados sobre su lomo, nos hicieron señas. Despidieron con gritos a Ioham Liber, recordándole su edad y condición, pero a nosotros nos acogieron con risas, diciéndonos: mira aquí mi bonito vestido, o, ten, te regalo esta joya artesana de mi propia creación. Y otros más atrevidos, nos preguntaron; —¿Vosotros qué sois, íncubos o súcubos? Y sin esperar respuesta nos arrastraron de la mano para que subiéramos a su ganso mecánico, que se dirigía cargado de jolgorio y alegría, a la carrera del ganso. El artefacto volaba de claro en claro, y a cada aleteo se nos subía el estómago al cielo de la boca. Nos acompañaban bandadas de patos graznantes, y también cruzaban la floresta aves rapaces, como halcones, milanos y águilas. Todo en Guha era lujurioso y desvergonzado, animando la ciudad a la alegría y a la alucinación. Nadie oficiaba de autoridad sino que iban o venían a su gusto, Agasajándonos tan pronto con sus cánticos como ofreciéndonos sus drogas y libaciones. Al cabo llegamos a un claro grande y despejado, donde tenían lugar las competiciones de la carrera del ganso, y que era una especie de circuito adaptado para estos fines deportivos, y en el que se apiñaban grupos de jóvenes sensuales jaleando las carreras en curso. Volaban los participantes con inusitada rapidez tras los gansos coloreados que hacían de señuelos, y a cada carrera el triunfador era vitoreado y premiado con la rama dorada del mérito. Había distintas categorías, desde la simple persecución y captura del ave, hasta las carreras de escuadrillas de gansos enlazados por arneses, compitiendo en habilidad y compostura, siendo la acrobacia tan válida para el premio como la velocidad. Nos animaron los sensuales a participar, y aunque Alana desechó el honor, yo no me amilané, y agarrando las riendas de una de aquellas cuádrigas voladoras me dispuse en la línea de salida franqueado por media docena de competidores vocingeros. Soltaron un ánade rojo y salimos disparados en su captura. ¡Por Gea, qué fuerza la de mis gansos! El aire hacía flamear mis ropas, las aves graznaban excitadas, los gritos alborotaban la competencia y mi cuarteto volador sacaba terreno al resto, porque a más de haberme procurado los mejores, se contenían para dejarme ganar. Se me escaparon los aullidos de los Tomii-Arón a cada intento de atrapar el ánade rojo, pero en la última vuelta le eché mano del cuello —lo que era antirreglamentario— y atravesé la meta entre el delirio de los espectadores. Me fue concedida la rama del triunfo y nadie protestó por mis malas mañas. En verdad que eran gente encantadora. Alana me esperaba sonriente, y en mi euforia, la abracé y le hice dar vueltas en el aire como a una bailarina. |
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—Toma la rama —y se la puse en las manos— al fin y al cabo tu eres mi dama. Pero la monja hubiera esperado encontrar a Jumo en la carrera, y eso le entristecía. Y tanto insistió que detuve al primer joven que se me puso a mano y le inquirí por Cortoy y nuestro amigo Jumo Abubos. —¡Ah, el guerrero de la espada silbante! —respondió aquel efebo—. ¡El hombre que igual escupe truenos que modula poemas!—. Y me supuse que el gitano ya había estado haciendo de las suyas—. He oído —siguió— que se celebra en su honor una sesión oscura, ni muy lejos ni muy cerca de aquí, sino en la parte de la ciudad donde ya han caído las sombras. Para llegar deberéis seguir el rastro del terminador de la noche. Y era cierto. Guha anochecía bruscamente, una línea velaba la ciudad sensual, y este fenómeno en otros sitios natural, allí tenía visos de artificio, aunque eso no le quitaba espectacularidad, todo lo contrario, pues a medida que caían las tinieblas, nacían los reflejos que los jóvenes sensuales querían para sus crepúsculos. Y sobre el negro de la noche pero agitados por la fantasmal presencia de miles de luciérnagas humanas, entramos de lleno en la locura. La sesión metal oscura era un juego de improvisación en que, negada la visión de la realidad, la mente podía discurrir por senderos atrevidos e inusuales. Apagadas todas las luces, incluso el templo de la Fe, la ciudad se convirtió en una orgía donde los miles de habitantes, confundidos en la oscuridad y equívoco el sexo, dieron rienda suelta a todos los resorte de cordura, y libres así de inhibiciones, se hacían pasar por locos, por impunes locos. Bailaban, gritaban, danzaban en tropel, se manoseaban en masa, cantaban canciones de suspiros, de placer multiplicado por mil, iban y venían, contrayéndose, expandiéndose, rememorando el universo, en un gran estallido en que cada uno era una partícula de un todo, y el todo estaba fantásticamente loco. Alana rodeó mi cintura con sus brazos y me rogó que no la soltara, porque —dijo— estábamos cercados de dementes atacados de aburrimiento. Algunos nos tocaban, ponían sus palmas en nuestro pecho o donde les placía, despedían luz por sus bocas, y decían: Busco un incubo, ¿lo eres tú acaso?, o bien nos besaban en la piel murmurando: Busco mi revés, ¿te apetecería ayudarme? Y luego nos regalaron una redoma que aseguraron, contenía jarabe de luz. ¡Bebed! —pidieron—, y de vuestros labios surgirá la luz que precisáis para esta fiesta oscura, —¡Por todos los djinns! —exclamé—. ¡Beberé! —Y tomando un trago de aquel jarabe agrio y fuerte, le dije a Alana. —Toma la redoma y bebe, así podremos vernos las caras en esta endiablada fiesta, y que Iblis nos guíe, el maldito guerrero puede encontrarse en cualquier lugar de esta loca ciudad. Nos nació de la garganta una rara luz blanca, como leche regada sobre picón, pero al menos pude ver el contorno de los labios de la hetaira. Desaparecieron entonces nuestros temores y se nos erizó la piel del rijo, Porque en el aire estaban los mandados subliminales que los jóvenes herméticos utilizaban sobre sí mismos. Y para más tortura, una música convulsiva acalló todo sonido, mientras en los lapsos de silencio, la multitud enloquecida aullaba de placer y satisfacción. Era difícil resistirse a la tentación de aquellos faunos voladores y ninfas de pelo verde y labios de luz. Y Alana estaba harta de contestar que no era ni incubo ni súcubo, palabras que allí significaban la posición que se adopta en el amor, indistintamente del sexo. —¡Es inútil, Alana! No vamos a encontrar a Jumo. Además quiero abrazarte y sentir tu piel junto a la mía y que tus jadeos cosquilleen mis oídos, y te aseguro que en este deseo no entra la locura de estas gentes. Alana se enfadó, que encontrara a Jumo y saliéramos cuanto antes, eso es lo que me pedía. Y ocurrió, casi diría que fue un milagro, que, oímos de pronto la voz del guerrero, y no relataré cuales eran sus palabras por que superan mi propia medida. Pero allí estaba, cercano y completamente rodeado de luciérnagas sensuales. —¡Jumo —le grité—. ¿Dónde estás? Te hemos buscado durante horas. ¿Has olvidado quién eres? —¡Jumo! —chilló Alana. —Se alegra mi hígado al oíros —respondió desde la oscuridad con retumbante voz—. Debéis perdonarme, me siento joven entre estos diablillos, practicando este juego atrevido, donde un hombre no sabe de antemano si es un incubo o un súcubo. Mas como el guerrero no diera señales de reunirse con nosotros, Alana se exasperó: —¡Jumo! ¡Nos vamos a Kryptos, acompáñanos! Pero no estaba dispuesto a dejar aquel filón y apoyado en las risitas de la íncubo Cortoy, perdimos su voz, inmersa en los aullidos de sus admiradoras. |
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—Si esperabas otra cosa —le dije a Alana—, es que no lo conoces. Jumo, no es fiel a nada. —¡Calla!... —Seré mudo, es lo que siempre me pides. —Regresemos a Gnost —me rogó. —¿Y perdernos esta fiesta? ¿Qué hay de malo en su locura fingida sino nuestros pensamientos desaprobadores? Y la abracé, pero ella se apartó y tirando de mi mano volamos a Kryptos. En nuestros aposentos, silenciosos nos contemplamos sin atrevemos a suspirar siquiera. Ella veía el deseo en mis ojos y los esfuerzos que hacia por contenerme. —He bebido de ti y ahora tengo sed, ¿por qué me niegas el agua? —Enciende tu pipa —me rogó. Y fumamos. —Me gustaría saber por qué estás en la Sagrada Orden. —En ella nací, soy uteriana —y lo dijo con cierto orgullo. —Supongo que eso lo explica todo, eres de los tuyos, es lo más sencillo. —¿Qué quieres decir? —Que son muy pocos los que escogen, la mayoría ya tiene por su nacimiento la causa que servir y la patria porque morir. —¿Y tú?, ¿has escogido ser pirata? —Sí, yo soy un aventurero. Se rió a carcajadas, tenía a la gata She subida en su regazo y le acariciaba el lomo. —¡Un aventurero! ¡Tú Martin, un aventurero! Eres entrañable, pero la lastima es que te creas todas las tonterías que te ha contado Jumo. —¿Por qué tonterías? ¿Qué autoridad tienes tú para decidir lo que es serio o lo que es una tontería? —Ninguna, perdóname, es sentido común. —En nombre de ese sentido desbarra la humanidad las más de las veces. —Sí, Martin. Lo que quiero decirte es que eres un hombre que destacarás puesto en cualquier sitio, ¿por qué el Caos?, una banda de piratas... —Sencillamente porque el Caos es la única causa que no necesita de teorías políticas. Lo blanco es blanco y lo negro es negro. Se está con él o contra él. El Caos quiere hacer a los ricos esclavos y a los pobres nobles. Convertir a Dios en diablo y éste en Dios verdadero. Toda la Galaxia está advertida. El resto de las ideologías tienen mucho de falso, tú por ejemplo, ¿no deberías buscar más el placer, tan joven y bella, que la abnegada lucha feminista? Y en cuanto a la Sagrada Orden que dice luchar contra la Ley Universal Imperial, ¿no tendría que hacerlo contra los millones de protegidos que la sustentan? —Eso mismo podría decirse del Caos —respondió, —¡No! El Caos no hace distinciones, marca una línea, con la Ley o contra la Ley, fuera de ella todos serán tratados como enemigos. —Los protegidos son una masa ignorante de su condición. —¿Acaso son máquinas vivas, para ignorar lo que es su vida? ¿No será más cierto que, sabiendo el lugar que ocupan, adivinan en su interior el escaso papel que los reinos les deparan. Las multitudes nada tienen que hacer salvo bullir, muy bien saben los protegidos que no hay manera de cambiar nada desde dentro, si tiran a unos poniendo a otros, el sistema seguirá su propio camino, y si lo primeros eran bárbaros, los segundos lo serán todavía más, pues llevan en sus carnes los golpes de los anteriores. Si de verdad quieres saber lo que va a mover al mundo, yo te lo diré: la invasión pirata. El Caos hará un llamamiento a los pobres, y cuando estén bien definidas las líneas, nada ni nadie podrá detenernos. Será el final de la civilización, la vuelta del revés, desaparecerán la Ley y el Orden y todas las estructuras seculares de dominación. —¿Dónde están esos piratas, Martin? ¿Los Noor, un grupo de ladrones iluminados? —Tú lo has dicho, y la luz que les guiará la tienes delante de ti. —No digas eso... |
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Callamos. En la cara de Alana se adivinaba la turbación que mis últimas palabras le habían causado. Yo mismo me arrepentí de haberlas pronunciado. Pero eran tan mías como cualquiera de mis gestos, y a veces salían libres, demoledoras, asustantes, esperpénticas. Cuando sentí que mi sangre reposaba de nuevo en mis arterias y el cerebro ya sentado sobre algodones de buenas intenciones, quise acercarme a ella, a lo que verdaderamente representaba Alana para mi. —Te confieso, Alana, que nada de esto tiene importancia cuando estoy contigo, bien sabes que te amo, que ninguna mujer me parece tan hermosa como tú, que sin ti cualquiera de las causas de que hablamos sólo vale para sobrevivir. —Eres un hombre extraño, Martin, entrañable, pero extraño. Siento que en el fondo de tu alma reposa su sueño la grandeza de la tierra donde te criaste, no me importaría tenerte como compañero y amigo pues sé que evitarás hacerme todo daño, pero te confesaré que oyéndote te temo. Temo por mí y por Jumo. —¿Le quieres? —No es la persona con quien compartirla mi vida pero me atrae... Cerró los ojos, vino a su mente la imagen del guerrero, su risa rubia, sus antebrazos nervudos, su insolencia, su desenfado, su maravillosa forma de entender la vida. Y le envidié. Me encontraba junto a la hembra que todo mi ser había escogido en un instante para completar mi vida. Una mujer que me encelaba con sólo mirarla, que obligaba a cada una de mis células a amarla. ¡Y ah, histrión destino! ¡Qué burla! Ella amaba a un espadachín gitano, prototipo precisamente de todo lo que su Orden combatía. Mi corazón se dolía al pensarlo. Estábamos en mundo singular, lejos de la brisa y de la nieve que tanto añoraba. A un paso estaba Alana Claudia y no podía tocarla. Había imaginado que en mi huida iba a encontrar vientos más frescos y montañas más hermosas pero hasta el momento la única brisa que había sentido se limitaba al aliento de piratas borrachos. Quise salir de Gnost, algo se agitaba en mi interior, visiones y muchedumbres airadas, legiones en orden de marcha, planetas ardiendo y estrellas aniquiladas, muerte y oscuridad envolviendo mi tristeza infinita. Muchas horas pasaron hasta que Jumo regresó. Traía en su rostro las huellas de la alegría, mas al encontrarse con nuestras miradas, se enturbió su faz y habida cuenta de los mudos reproches, se excusó, tenía mucho sueño. Empero, se volvió antes de traspasar el umbral del dormitorio y dijo: —¿No merece este lugar un paréntesis en nuestras vidas? Alana se retiró también, recogí mis pocas prendas y me enterré en el sueño. Las aventuras me habían herido y soñé con torrentes rojos y surtidores de pasiones. Al despertar, Ioham Liber acudió para conducirnos a la última de las ciudades herméticas: Tora, donde estábamos invitados a participar en un ágape que los sabios de Gnost organizaban en nuestro honor. Tora era la ciudad de los inmortales: los herméticos que habiendo desechado el sueño eterno en el Dormitorio de las Conciencias, preferían seguir viviendo en gemelos idénticos sacados de sus propios registros embrionales criogénicos a los que trasvasaban su personalidad para seguir una nueva vida sin perder la anterior. Y esta operación la hacían sobre cuerpos, alter egos, de joven edad, permitiéndose así disfrutar de otras vidas desde puntos de vista muy distintos a los del resto de sus congéneres. La dedicación fundamental de los inmortales es la docencia, pues creían los herméticos que aquella opción extrañaba un fracaso del que se podían sacar enseñanzas. Tora no se encuentra anclada en el aire, como las otras ciudades herméticas, sino pegada a la superficie interna de Gnost. La gravedad es allí más alta, posibilitando vida animal terrestre y floras de cultivo más moderadas. No tenía la tranquilidad de Kryptos ni el exotismo de Guha, allí medraba una desilusión etérea. La ciudad estaba dispuesta de manera que su iluminación era muy mortecina, y en ella medraban búhos, lechuzas y mochuelos, y esto, supongo, resulta tan definitorio que evita otra descripción. Raramente la abandonaban sus habitantes, que llenaban sus días hablando y discutiendo, y su sabiduría, agria, destilaba el fracaso de que habían sido víctimas. Alrededor de los manjares, sobrios pero cuidados, se habían dispuesto los seres de que os hablo, no habría más de cien y verdaderamente era difícil diferenciarlos por su físico de los herméticos sensuales o intelectuales, aunque pronto se caía en la cuenta de la distinta actividad que desarrollaban. Mientras los jóvenes sensuales se mostraban inquietos y malamente se ataban a un lugar, los inmortales permanecían hieráticos en sus sitios, y si los maduros intelectuales tenían por norma la franqueza y la sonrisa noble, los inmortales sonreían ladinos, cuando lo hacían. Sus ojos eran afilados como navajas de afeitar y sus gestos morbosos, por ello sus espléndidos cuerpos eran una ofensa a la vista. Amaban los discursos complicados sobre ciencias irrefutables y movían pausadamente las manos al hablar, sin expresar ni una miserable duda de todo aquello que decían. Acogieron nuestra llegada con cortesía pero sin agasajos. Y viendo que comían y bebían sin protocolo alguno, iniciamos la andadura con ágil tenedor y rápida cuchara. El vino, limpio y claro, nos encendió el ánimo decaído y especialmente encandiló al guerrero, ascendiendo su sonrisa proporcionalmente al ritmo de su trasiego. |
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Curiosa manera tenían los inmortales de platicar. Es cierto que se escuchaban respetuosamente, pero debo aclararos que en realidad, mientras permanecían callados, preparaban sus argumentos sin desentrañar antes lo que sus adversarios exponían. De esta manera, para un observador neutral, aquellas discusiones no tenían ni pies ni cabeza. Los astrónomos reprochaban a los filósofos la inconsistencia de sus razones, lo espiritual de sus palabras. Los físicos reducían cualquier cosa tangible a unidades elementales y las repetían elevadas a gigantescas potencias, Y los filósofos, más hábiles con la lengua, aseguraban que el astrónomo que sólo Astronomía sabe, ni eso sabe. Finalmente y como era su costumbre hablaron de su ordenador, Zeta, a quien conferían toda clase de poderes metafísicos. En todas sus palabras se escondía el orgullo que entraña revelar a unos desconocidos que habían creado a su propio Dios. Comprendí que deseaban impresionarnos o como pronto entendió Jumo, provocarnos. ¿Es Zeta infinito? —se decían—, o ¿es finito pero ilimitado? ¿alcanza más allá del universo observable? ¿Puede Zeta trabajar por cuenta propia? ¿dónde permanece Zeta mientras calla? Y se regocijaban disfrazándose de tontos, Porque nadie mejor que ellos para responder a estas cuestiones. Supe entonces que era sabios que añoraban ignorantes. Encizañé a Jumo para que les contestará como se merecían, y éste, después de bien comido, alzó su copa y declamó: —¡Oh, señores sabios, inmortales anfitriones! Debo reconocer que su facundia me ha impresionado, su lógica es aplastante, su dialéctica clarividente. Son ustedes grandes sabios rodeados de más grandes verdades. Y así como no he puesto ningún pero a su sustanciosa olla, debo a fe confesar que les he encontrado un defecto, una carencia sin importancia. Los inmortales, que habían oído hablar del humor del guerrero, y siendo gentes que encontraban doblez en cada palabra, le inquirieron: —Dinos que defecto encuentras en Gnost, valiente espadachín, Y Jumo, sosteniendo la copa delante de sí y frunciendo el ceño porque lo que quería decir podía superar sus habilidades lingüísticas, se desató: —Han fabricado una inteligencia divina, han sido tan atrevidos como para robarle al Uno parte de su labor y le han creado un rival. —Así es —le contestaron —, esa es una explicación. —¡Pues en nombre de la especie galáctica y en el mío propio, les conmino a que lo suelten! —¿Por qué hemos de hacerlo? —Porque el Uno y su dios son enemigos y ya están combatiendo. El Uno tiene sus huestes y Zeta a ustedes. Y puedo asegurarles que su Dios será arrojado a lo más profundo del espacio y con él este planeta cóncavo. Se hizo el silencio entre los inmortales, la parábola de Jumo estalló como una tormenta en sus mentes y los hizo enmudecer. Tenían necesidad de desmenuzarla y hacerla pedacitos para comprenderla. Entonces habló Jeano Frome, su líder. —Dioses es una palabra equivocada, diga mejor inteligencias. Pero alejemos un momento este interesante tema. Quisiéramos explicarles ahora los motivos de su arribada a Gnost. —Nada nos alegraría más si ello contribuye a nuestra marcha. —Escuchen pues, voy a contarles una historia, la historia de Gnost y del pueblo Hermético. Hace muchos años había una única estrella poblada por el ser humano, era un mundo conflictivo y enfrentado a una dura alternativa: conquistar la Galaxia o enquistarse para largo tiempo. La respuesta puede parecerles obvia, conquistadores al fin y al cabo, pero para el hombre de la época, se trataba de escoger el camino más óptimo. Dar un salto al espacio de mano de las poderosas corporaciones, más interesadas en sus beneficios que en la exploración galáctica. 0 favorecer proyectos que eliminaran de una vez toda premura y necesidad de la especie, llevándola al paraíso. Después y por añadidura, vendría el salto a las estrellas. Ustedes pensarán que todos querían llegar a lo mismo: la posesión del entorno, la constante más poderosa en el ser humano, dominar el universo. Pero de la forma que se hiciera esta labor dependía en alto grado el futuro de la humanidad. Expandirse por el espacio sin ampliar al hombre tanto física como psíquicamente significaba en definitiva sembrar la Galaxia de lo que nos había hecho infelices en el planeta. No es el momento —dijeron algunos sabios—, aún tenemos demasiadas taras primigenias para atrevemos a propagar la raza. El salto debe esperar. Los sabios de que hablo presumían que era menester crear un anillo en torno al Sol, una obra que catapultase las posibilidades humanas a una nueva dimensión. |
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Desgraciadamente, en los planetoides solares y algunos satélites de los planetas joviales, habitaban generaciones ajenas a este sentir. Eran hombres habituados a dominar el medio con su gigantesca maquinaria, poseían terribles artefactos y una dura mentalidad de conquistadores. Y el hombre solar se enfrentó con el terrestre. Cundió el terror y la respiración de los hombres se hizo entrecortada. El cielo se rompió en mil pedazos, llovieron meteoros y cometas, el Sol fue nublado y el planeta madre, centro de las ideas moderadas, se rindió. La humanidad daría el salto a las estrellas, Júpiter no sería descuartizado para construir la esfera Dyson y las grandes corporaciones espaciales conservaron intacto su poder. La astronave Athanor fue el fruto de ese miedo. Un numeroso grupo de hombres de pro, en previsión de los acontecimientos que se avecinaban, había trabajado tenazmente en su factura. La nave debía ser capaz de abandonar el sistema Solar y la inevitable guerra fratricida. Eran un grupo secreto pero poderoso, tenían a su favor el ingenio de sus intelectos y la bonhomía de sus intenciones. Iban a alumbrar un futuro distinto, serían el embrión de un nuevo cuerpo social que, sabiendo de que especie provenía, evitara todo recuerdo del pasado: tiranos y monopolios arcaizantes o futuristas, filósofos disfrazados, emperadores y dioses encarnados en hombres. Sólo confiarían en su genio creador, y para ello, construyeron una memoria que abarcando todo el pasado conocido, tuviera facultades premonitorias. Así nació Zeta. Una computadora dotada al igual que el cerebro humano de millones de canales paralelos de procesamiento, que funcionando a la vez, pusieran a la máquina frente a la decisión, al criterio, al procesamiento de información interesado. —¿Y cómo distinguía el ordenador una alternativa de otra, si es que todas no resultaban iguales? —preguntó Alana. —Porque fue dotado de un programa especial, un programa de autoperfeccionamiento, una finalidad y un deseo. —Una máquina ilegal —precisé recordando la Ley Universal Imperial. —La computadora —siguió Jeano Frome—, se hizo a sí misma en permanente evolución. Dispuso de la información que necesitó, de fieles ayudantes que la preservaron de enfermedades mentales, que cuando fue necesario extirparon tumores de ideas indeseables, que saciaron su apetito de saber. Ya no pudo prescindir de estos ayudantes, eran los futuros funcionarios de la Fe. Una función hermética al servicio de Zeta, sacerdotes, si así lo queréis, de una nueva mística con verdaderas respuestas. —¿Respuestas? —Zeta puede compararse a una divinidad, lo que se entiende por tal, no voy a entrar en el tema. Una divinidad privada de irracionalidad y superstición. Una conciencia sin otros fines que responder y pronosticar. No se trata pues de un Dios enfrentado a su conceptual Uno. En su nacimiento intervinieron varios factores, pero el más revolucionario de todos ellos fue la posibilidad de cumplir adecuadamente con su propio perfeccionamiento. Un pequeño error en su funcionamiento no implicaba un cadena catastrófica de errores, para eso están los funcionarios de la Fe. Su gigantismo le ha hecho más poderoso. Su conexión con el universo, sus facultades para guardar el pensamiento de nuestros antepasados hizo de él el Anima Mundi Hermética: Zeta. Se detuvo en su parlamento, los inmortales callaban respetuosos, cogió fuerzas para seguir y se adentro en las revelaciones que harían de nuestro naufragio una cuestión inesperada. —No deben por tanto juzgarnos a la ligera, somos los descendientes de hombres bienintencionados que sólo contaban con su ingenio para hacer brotar en alguna parte el nuevo hombre deseado. Y cuando ya lejos del sistema Solar recibieron las primeras noticias de la guerra que estaba arrasando el planeta primigenio, decidieron cortar toda comunicación con la especie. De ahí viene nuestro nombre: Herméticos. Se preguntarán por qué vivimos en Gnost en vez de habitar alguno de los muchos planetas que siembran la Galaxia, incluso por qué hemos renunciado a la gravedad —tan cara a la especie humana—, y a la visión de las estrellas. Zeta fue el motivo. Quiso el destino que Zeta detectase la cáscara. —¿La cáscara? —inquirí—, ¿que cáscara? —La masa plasmoide que envuelve Gnost —contestó—. Verán... Nuestros padres habían capturado y transorbitado este asteroide. Trabajando duramente, tenían casi culminada su tarea, y en esa suerte navegaban, libres de órbitas y trayectorias determinadas, errantes como verdaderos planetas, cuando se encontraron atrapados por la cáscara. —¿Quiere usted decir, que no la han construido de sus manos? —le preguntamos. —Así es, estaba allí, casi en el borde del brazo de la espiral Carina-Cignus, esperándonos, mágica, poderosa y misteriosa. Como a ustedes, nos sedujo, y acariciante, nos envolvió como el fruto recubre la semilla. Tardamos algún tiempo en reaccionar. ¿Qué hacía aquel artefacto —no podía tratarse de otra cosa— en el borde de la Galaxia? |
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—Los Skargami! —musitó Jumo, abriendo sus ojos y ensimismado por el relato de Jeano Frome. —Al principio la contemplamos asustados, asustados y también esperanzados. ¡El primer objeto artificial no humano! Aparentemente nada cambió en Gnost, seguíamos nuestro curso, disfrutábamos de los mismos parámetros y nada maligno sucedía. Ordenamos a Zeta que la examinase. Su lacónica respuesta indicaba el tamaño y la distancia que nos separaba de aquella tecnología. Según Zeta, se trataba de una máquina que además de analizar conciencias, estaba disecada en el mismo estilo que las singularidades naturales que salpican el espacio y que suelen ser el final de determinadas estrellas masificadas: un artefacto capaz de curvar el espacio-tiempo. Es más, después supimos que en realidad era un Trasbordador Espacio-Temporal. Un hotel del tiempo para una civilización frente a la que posiblemente éramos como recién nacidos. Formidable herramienta que se nos ofrecía gratuitamente y que como Zeta averiguó era la ventana a unas inteligencias que ni siquiera podíamos imaginar. Hubo grandes discusiones entre nosotros, prevaleció el deseo de conocimiento y se ordenó a Zeta prepararlo todo para dar el salto, un salto a la eternidad. —¡Por Gea! —exclamé. —Entonces Zeta desapareció, un "pop" y se hizo intangible, invisible ante nuestros ojos. —¡Cómo! —Nos dejó. Imaginen la conmoción, piensen que la gran mayoría del pueblo hermético, dotada de canales de consulta por doquier, ni siquiera sabe manejar textos escritos. ¿Quién iba a esperar una cosa así? —¿Pero qué había pasado? —Lo averiguamos por casualidad. Todo seguía funcionando como si Zeta aún estuviera entre nosotros, llovía donde era preciso, la noche caía sobre los lugares programados y todos los mecanismos que hacían de Gnost un paraíso seguían el curso de su programa. Uno de nuestros mejores pensadores llegó a la conclusión de que Zeta, imbuida por la cáscara, había alcanzado su grado máximo de perfeccionamiento adquiriendo una nueva forma de existencia, invisible e inconsistente. Zeta se había diluido en Gnost. —¿Y cómo pudieron volver a conectar? —Le invocamos —respondió. Y su rostro dejó traslucir la emoción de este pasaje vital de la sociedad Hermética. —De ahí vienen todos sus cultos y misterios —dije—. ¿Pero dónde está Zeta ahora mismo? ¿Es una máquina subatómica? —Zeta está en todo Gnost, ¡es Gnost! —¡Un Dios! —insistió Jumo. —Una inteligencia, mejor —le corrigió el líder Hermético. Y se oyeron voces de aprobación —¿Y dónde está el cerebro de esa inteligencia? Biológica o cibernética, no concibo una inteligencia separada de la energía. —Ni lo está, pero la energía tiene formas, dimensiones, que ustedes no sospechan. —Adelante —le pedí—, explíquese. —Les pondré un ejemplo. Imaginen un cubo sólido, el material no importa, de lado dado. Saltan a la vista sus tres principales dimensiones: largo, ancho y alto. En realidad sólo hay una: una forma en el espacio, región del mismo donde cubo se ha hecho manifiesto (prescindamos de su naturaleza material). Pero supongamos que este cubo crece, se agranda, es decir realiza una actividad de crecimiento que podemos medir con nuestros cronómetros, tenemos entonces un hipercubo, y hemos aprehendido otra dimensión, la llamada cuarta dimensión: El tiempo. Y ahora, ¡oh, fantasía! imaginen que el cubo empieza a emitir señales codificadas, música por ejemplo. Señales ajenas por completo a un mecanismo, sino que el cubo de por sí, por su esencia, tiene la facultad de hacer música. Hemos alcanzado otra dimensión: la inteligencia. No es que el cubo piense o que sea un genio, pero tiene un grado de inteligencia. La vida se mueve necesariamente en esas tres dimensiones: el espacio, el tiempo y la inteligencia. Empero, éstas existen en sus distintas variantes y no obligatoriamente conformando vida. —¿Y la magia? —preguntó Jumo que cavilaba por su cuenta. —¡Por favor! —se ofendió Jeano Frome. |
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—Entonces —discurrí—, cuando la inteligencia se asocia a la materia surge la vida. —Así es. Y todo ello no es más que energía, universo. —La sombra de un sueño del Uno —sentenció Jumo. —Volvamos a la razón por la que estamos aquí —pidió Alana. —Es bien simple —siguió el hermético—. ¿Cómo se puede controlar a una inteligencia? —Haciéndola manifestarse —sugerí. —¡Exacto! Y para eso están ustedes aquí. Zeta, al realizar su última labor de perfeccionamiento, se ha, en cierto modo, liberado, ha escapado a nuestro control. —¿Quién controla a quién? —dijo Alana. Pero el hermético continuó sin hacerla caso. —Llevamos mucho tiempo detenidos sin atrevemos a dar ese salto, sabemos que sólo arriesgándonos conoceremos la verdad de Zeta, mas estarán conmigo en que no hay que correr riesgos innecesarios, antes debemos asegurarnos la fidelidad de Zeta. Y aquí entran ustedes y el pronostico. Nuestro pueblo tiene como expresión lúdica más intelectual pronosticar. Venimos de un mundo donde los hechos detonan nuevos hechos, que a su vez ponen en movimiento otras cadenas de sucesos. ¿Qué mayor fortuna que conocer el futuro? ¡Predecir incluso el salto en el tiempo! El pueblo Hermético no conoce toda la verdad, cree que lanzamos sondas al sistema humano y que éstas nos mantienen informados de los eventos del hombre galáctico, que en cierto modo tenemos algún control sobre la Galaxia. Esta es una manera de darles una identidad. Pero los funcionarios de la Fe sabemos que la dirección del futuro tiene un curso inexorable, que está escrito, porque lo que ha de suceder sucederá, sea lo que sea. Es cierto que Zeta prevé la mayor parte de los acontecimientos globales y que sus pronósticos son muy certeros. Pero aquí acaba nuestra conexión. Hemos ideado un procedimiento mediante el cual sabremos hasta donde alcanza el ojo de Zeta y su grado de fiabilidad. Ustedes serán la sonda que necesitamos entre los hombres galácticos. Sumergidos en el sistema humano de hechos y azares, servirán de baremo, medida con la cual sabremos si Zeta permanece fiel a su diseño original, si tiene poderes "donados" por la cáscara y cuáles son. —¿Cuál es nuestro papel? —Muy sencillo —respondió iluminándosele la cara de color—, dejarse registrar cerebralmente en Gnost y partir tranquilamente. Recibiríamos sus comunicaciones a través del canal de recepción universal, propiedad escondida, pero natural, del universo, que ustedes desconocen todavía. Les aseguro que nada padecerán por ello. —¿Registro? —gritó Jumo—, nadie nos tocará un pelo — y pasó su brazo por la cintura de Alana. —¡Cálmese! —le pidió Jeano Frome—. No sufrirán ningún mal, nada cambiará en su interior, simplemente emitirán emociones como las estrellas irradian luz, emanarán impulsos vitales que de otro modo se perderían. Con eso nos basta. —¿Y ese registro no distorsionará nuestro comportamiento? —le pregunté—. ¿Puede garantizar que, sabiendo que hay un pronóstico sobre nuestras cabezas, no nos conducirá a la duda y a actos sin razón? ¿Cree que se puede vivir normalmente cuando alguien es observado? Reconozca que pide la vida de un hombre y también su alma. ¿Nos comunicará los hechos pronosticados, o nos mantendrá en la ignorancia, preguntándonos a cada segundo si hemos acertado? —Entiendo —afirmó el hermético, y en su rostro se dibujó la mueca de la pasión que ponía en convencernos—. Y a este respecto tengo algo que ofrecerles: el horóscopo más fiel que jamás les hayan realizado. No podemos mostrarles el pronóstico mismo, pues la persona en cuestión es la menos indicada para conocerlo. Pero a cambio, sabrán quiénes son y que pueden llegar a ser. La intimidad revelada y constatada en el futuro, un análisis individual, fiel y garantizado y del que sólo el interesado tendrá fe. Un buen premio a mi entender. —¿Saber qué nos va a suceder? —preguntó Alana—, ¿entonces para qué el pronóstico? —Imaginen una partida de ajedrez. El pronóstico atañe al futuro del juego en conjunto. El horóscopo al de una ficha determinada, y les revelará lo que puede ocurrirles, les analizará íntimamente haciendo una conjetura, No en vano dicen que el carácter de un hombre es su destino. El pronóstico es otra cosa, una extrapolación basada en algunos datos sucesivos, ustedes —piezas de un inmenso tablero— darán esos datos, pero como tales, no les son aplicables, un pronóstico es siempre global, nunca un evento elemental. |
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—Resumiendo —dije—, ustedes han sido atrapados por un artefacto que en realidad es un hotel del tiempo. Su ordenador se ha esfumado y no saben si trabaja para ustedes, para los constructores de la cáscara o para él mismo. Y por otro lado desean dar un salto en el tiempo, contactar con una civilización no humana para convertirse en una nueva sociedad. Y para todo esto nos necesitan a nosotros tres, unos miserables náufragos. ¡Absurdo! Se guardan algo en la manga, no me cabe duda. Los inmortales se revolvieron inquietos, cuchicheaban entre sí. Jeano Frome, con una calma envidiable, continuó: —¿Alguna vez han observado un terrario?, un hormiguero por ejemplo. El biólogo estudia a las hormigas. Son dos mundos aparentemente sin enlace, pero el destino de la sociedad de hormigas está en gran parte en manos de nuestro sabio estudioso. Ellas no lo saben, pero así es. —¿A dónde quiere llegar? —Ustedes no están aquí por casualidad. —Es una vieja historia —le reproche—, que en todas partes me cuentan. Por un lado me halaga, por otro me enfurece. ¡Acabe, señor Jeano Frome! —Es todo por hoy, reflexionen en sus aposentos. Y dio por terminada nuestra estancia en Tora. Regresamos a Kryptos ensimismados, cada cual tenía su íntima reflexión. Y una vez solos, Alana, nerviosa, expresó su temor en alta voz, no encontrando la forma de salir de Gnost sin menoscabo. —Nada creo de toda esta historia. —Hemos oído a una parte —dije—, ahora queda la otra. —¿Qué quieres decir? —preguntó Jumo mientras encendía su skatt. —Esta noche saldremos y sin ser vistos consultaremos a Zeta. —¡Diablos!, tienes razón. —Nos descubrirán —temía Alana. —No veo por qué. Este mundo es tan sutil que se acerca a lo más simple. Si Zeta trabaja por su cuenta, nada hay que temer, y si por el contrario son ellos los que conspiran contra la Galaxia, tendremos que hacer algo. —Y ellos mismos serían los Skargami —dijo Jumo. —Se marcharon cuando había peligro en Gea, y ahora quieren volver, ahora que el hombre es débil y está desunido. —¡Por mi vida, que conocerán nuestra ira! —exclamó Jumo rodeado de humo. —¡Calla! —le dije—, tus gritos van a alertar a todas tus admiradoras y no quiero volver a ver sus gordos traseros. Y aquella noche, volando en penumbra y casi perdidos entre las peñas flotantes, remontamos la entrada al Templo de la Fe, que nos conduciría a la sala de la consulta. Kryptos dormía, Guha radiaba de luz, Tora amanecía. Habíamos llegado desde la parte oscura para evitar ser vistos por los jóvenes sensuales. Agarrados de la mano dejamos atrás pasillos y conductos cilíndricos, nos guiaba la luz del Sancta Sanctorum. Y a fuer de sinceros, añadiré que teníamos miedo, pues aun siendo gentes valientes nunca nos habíamos enfrentado a un Dios. —Algo hay aquí que me atenaza —dijo Alana en un suspiro—, lo noto, ¿es la presencia de un espíritu, o de todas las almas de sus muertos? Y el guerrero miraba en todas direcciones prieta la mano en el mango de su espada. La quietud de la sala nos impuso, en su soledad, la sensación de ser profanadores. Me acerqué a una de las aras de piedra en que poniendo las manos los hierofantes de la Fe realizaban sus consultas. La tabla reverberaba haciendo visibles sus contornos. —Tengo las preguntas adecuadas —les dije. Y para alejar la presencia de mil trasgos imaginados, bromeé—: ¿Quod hoc esset deus? Puse las manos sobre la piedra, estaba llena del mismo plasma de la cáscara. Alana y Jumo, un poco distanciados, eran mochuelos en la noche. |
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—¿Quién eres? —musité. El ara aumentó su fulgor, un parpadeo que me envolvió. —Soy quien soy, la Máquina Zeta —respondió una voz grave y falta de emoción. Y retumbó también en el interior de mis amigos. ¡Gea me asistiera, era mi propia voz! —¿Cuál es tu número? —seguí. —'LLH.66 —¿Cuál es tu soporte físico? —Cada partícula de Gnost, yo mismo. —¿Y tu alimentación lógica? —El pensamiento hermético. —¿Qué es el pronóstico? —Dado un horizonte de acontecimientos absolutos, definido un pasado y un futuro, pronóstico de un conocimiento es la distribución de un conjunto de probabilidades asignado al conjunto de posibilidades. —¡Maldición! —masculló Jumo rompiendo cierto encantamiento—. ¿Qué dice de conocimiento?... Y Zeta, escuchando al guerrero, añadió. —Conocimiento completo acerca de una cuestión, es la posibilidad de asignar la probabilidad cero a todas las respuestas concebibles excepto a una. Era inútil, Zeta utilizaba un lenguaje que nos excluía. —Preguntémosle para que sirve el pronóstico —apuntó Jumo. —El pronóstico despeja la incertidumbre, cuanto cabe esperar de una cuestión cuando todo lo que se conoce es un conjunto de probabilidades. Nos miramos atónitos tratando de arañar nuestros cerebros para comprende las palabras de Zeta. Entonces dijo Alana: —Esa no es la pregunta. La pregunta es: ¿por qué pronostican los herméticos? —Para entrar en el futuro —contestó Zeta. —¿Para qué? —Para evitarlo. —¿Para evitarlo? —repetimos. —¿Qué es lo que quieren evitar del futuro los herméticos? —insistí. —Eso dependerá del pronóstico. —¡Iblis se lo lleve! —se enfadó Jumo—. Está jugando con nosotros. La tienen bien adoctrinada. ¡Larguémonos! —Aprovecha para preguntarle cómo podemos salir de aquí —me pidió Alana. —Deseo aparecer en la Galaxia humana cerca de las rutas de navegación —dije—, ¿qué debo hacer? —Tiene que ponerse en contacto con los funcionarios de navegación y vigilancia. —¡Vaya un genio! —exclamó Jumo. —No se preocupen —restalló una voz a nuestras espaldas—, saldrán de Gnost a no tardar. Era Jeano Frome desde la entrada a la Sala de la consulta, algunos funcionarios de la Fe le acompañaban. Jumo acarició la empuñadura del sable. Levanté las manos del ara y esperé. El hermético hizo una seña para que le siguiéramos. —Sólo necesitamos a uno de ustedes —dijo cuando estuvimos fuera—, deben decidirlo ahora mismo. Se acerca el momento preciso para iniciar el pronóstico, de lo contrario tendremos que esperar gran tiempo hasta poseer una carta tan inigualable y benéfica. Nos miramos los tres. —¡Yo la haré! —dijo Jumo—. Nada poseo y puedo permitirme ese lujo. |
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Pero Alana abrió los ojos asustada y le cogió del brazo. Era un gesto elocuente. —Calla —le dije— y no digas más estupideces, Alana no opina igual que tú. —Os prometí devolveros sanos y salvos a un puerto amigo, y Jumo Abubos cumple su palabra cuando la da. —¡Jumo! —grite—. En una ocasión salvaste mi peculio y quizá mi vida. De tu mano ingresé en las filas Noor, mas todo eso queda atrás. Eres un hombre de grandes virtudes, pero también tienes grandes defectos. Desprecias lo fácil y careces de la sensibilidad suficiente para darte cuanta que hay quien espera algo de ti. ¡Aclara de una vez si la amas! —y señalé a la hetaira—. Has de saber, maldito gipso, que yo también la amo y a ella limito mi ofrecimiento. —¡Claro que la amo! Pero ella sabe que no tengo nada que ofrecer excepto mi brazo cansado y un pasado poco recomendable. Y esta era una de las cualidades más espectaculares del guerrero, que deseando precisamente lo contrario, fuera capaz de ofrecerse sinceramente como víctima. —Que escoja ella entonces —sentencié. Pero Alana, roja de ira, dijo: —Yo no escojo nada, ni cederé ante vuestras pretensiones martiriológicas. No me voy a morir de amor ni de desesperación, pobrecita de mí, rodeada de héroes dispuestos al sacrificio para mi felicidad. No os necesito a ningún de los dos. Yo misma me ofrezco para el registro. Los inmortales asistían desconcertados a la discusión. Habló Jeano Frome, —Todos han quedado a bien con su honor —y se sonrió—, pero no es este trato de honor ni parecido. Entre ustedes hay una persona que sabe muy bien que él es el elegido. —En efecto —dije—, yo. —Vuelvan a sus aposentos —les dijo a Jumo y Alana—. Funcionarios de navegación están adecuando el bote en que arribaron. Y en sus ojos no parecía haber apelación. Alana me abrazó, Jumo me mantuvo la mirada largo rato. —No se si hago bien —dijo—, quizá este es un momento para desenvainar el sable. —Regresad —les pedí—. La tela del destino lleva aquí mi nombre bordado. —Nada tiene que temer —dijo Jeano Frome—, acompáñenos a Tora, allí le explicaremos. Las frías acacias bordeaban las avenidas, y los campos de lúpulo y cebada peinaban el desalentador panorama de la ciudad de los inmortales. Tenía el ánimo triste, la tristeza que antecede a los actos decisivos de los predestinados. Fui conducido al corazón de Tora. Una decena de inmortales, los líderes de Gnost, encabezados por Jeano Frome tomaron asiento en un gran salón. En un ángulo, ¡máquinas!, las primeras que veía en Gnost. Podían ser máquinas biomecánicas, pues sus flejes eran nervios y sus diales bocas dentadas, los brazos de metal tenían pieles, y de las testas surgían finos alambres como cabello. Eran las máquinas que los hacían inmortales. También vi inmortales hembras, de cuerpos sensuales y mentes intelectuales, empero de pérfida alma eviterna, y sus gestos, sus miradas, tenían la morbosidad de quién ya viejo, disfruta de un cuerpo pletórico de deseos. Fui invitado a acomodarme, y el mueble donde lo hice se me pegó al cuerpo. Era suave como la piel de una niña, y el apoya-cabezas me acarició la nuca. Me dieron a beber sus zumos gelatinosos de sabor acanalado y también semillas de aceites aromáticos para entretener las manos. Y todo esto hicieron para quitarme el miedo de la mente y pudiera razonar como deseaban. —Martin Dago —dijo Jeano Frome—. Comenzaré por advertirle que el trabajo que vamos a abordar es el más importante con que nos enfrentamos desde la construcción de Gnost. Nos encontramos detenidos entre una duda y un deseo. La duda ya la conoce, Zeta, nuestra máquina ordenador, presenta características propias, es un instrumento de escasa fiabilidad, fiabilidad que por otra parte va a ser medida con este proyecto. Y un deseo que desconoce, y que se limita a un cambio. Vamos a cambiar la Galaxia. No su futuro, interviniendo el presente, como le parecerá a usted. Lo que queremos saber, amen de la fidelidad de Zeta, es si se puede penetrar el destino de una persona, en cuyo caso, y si los resultados son favorables, poner en marcha la operación de cambio más fantástica jamás diseñada por seres algunos: abocar otro futuro para la especie humana. |
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—¡Absurdo! —contesté—, el futuro es impenetrable, de lo contrario tendría que haber millones de mundos paralelos al nuestro, lo que parece fuera de toda lógica. Por otro lado, ¿cuál es el motivo que les hace buscar un cambio? ¿no será que aspiran a volver a la Galaxia humana? ¿que en el fondo quieren acelerar la descomposición del hombre galáctico, y colocar en su lugar una nueva cultura hermética? Habló esta vez una mujer inmortal de ojos profundos e inquietantes. Tenía la voz gruesa casi como un varón. —Le comprendo —dijo sin despegarme la vista—, pero sepa que todos los indicios apuntan a una desintegración de la cultura humana sin necesidad de ninguna intervención, y en este final del hombre galáctico, simplemente queremos estar presentes, de modo y manera que la vida pueda perpetuarse de una forma más óptima. —Prescindamos de nuestros intereses —atajó Jeano Frome—, y hablemos de los suyos, de los intereses de Martin Dago o Aramiel Asarya, como prefiera. —Martin Dago es mi nombre. —Bien. Repasemos someramente su vida: aspirante al trono de Axón, al que renuncia para enrolarse entre los piratas noor, después, un accidente lo trae a Gnost. ¿Le dice algo eso? —Si lo que pretende sugerirme es que ustedes están detrás, ahórreselo, no lo creo. —No le diré eso, pero sí le haré manifiesto que nosotros conocíamos la profecía que le señalaba. —Todos la conocen —y reí agrio—, pero nadie entiende que fue mi deseo de libertad lo que me condujo al Caos. —Supongamos que así fuera. No importa. Lo que importa es que se encuentra aquí, donde estamos en disposición de ofrecerle un pacto. —¿De qué tipo? —y me estremecí. —Un pacto con el destino —respondió la mujer—. Confundir sus intereses con los nuestros. —No creo que tengamos intereses comunes —contesté—, De ustedes sólo espero me devuelvan a la Galaxia humana. —Así será —dijo Jeano Frome—. Pero permítame, ¿qué significa para usted la palabra adiabático? Sepa que para nosotros tiene otra acepción además de impenetrable, adiabático puede significar: independiente del camino recorrido. Lo que queremos proponerle es completamente adiabático. Un final satisfactorio para ambas partes sin necesidad de recorrer al camino juntos —¿Dónde quiere llegar? —le pregunté. —¿Dónde quiere llegar usted? —saltó la mujer. —No puedo responder a esa pregunta, es confusa y además muy íntima. —Yo misma le haré una sugerencia. Al nacer tenía un camino, heredero de trono de Axón, después, el Reino le mostró otro más poderoso: Emperador de la Ley. Ese parecía su destino, aunque usted lo ha despreciado, torció por una senda más oscura, empero, pudiera ser que Axón no fuera el medio ideal para alcanzar su final, usted sólo lo intuía, pero había fuerzas que lo sospechaban, fuerzas que le tomaron de la mano, para hacer de un Asarya un Dago, una voz fuerte y carismática que levantara a los sin Ley, los devoradores del orden. —Siga... —Acabo de enseñarle un sendero que sólo uno de cada billón de hombres se atreve a vislumbrar — y la mujer rió, enseñando unos dientes fuertes y afilados. —No entiendo nada —dije—. Hablan de senderos, profecías..., y la realidad es muy sencilla, se limita a mi voluntad, a ser yo mismo. —¿Por qué se niega entonces a reconocer que su voluntad es precisamente encabezar la lucha contra el orden? —No lo niego, aunque tengo mis dudas, lo que no puedo aceptar es que en esa voluntad tengamos algo en común. —Ni lo pretendemos. Nuestro interés se centra en hechos, no en intenciones, averiguar si su destino es penetrable para llegar a un final paralelo. —¿Por qué? —exclamé—. ¡Espere!... No responda, déjeme que lo haga yo. Ustedes quieren conectar con la civilización constructora de la cáscara, presentarse como embajadores del ser humano. Pero los herméticos no son nada, unas decenas de miles de individuos. Por eso necesitan el control de la sociedad humana, buscan hombres clave que detonen ese cambio. |
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—Ya los tenemos —dijo Jeano Frome. —Y ahora me toca a mí. —Efectivamente. Martin Dago es un caso muy especial. —Sólo estaré en disposición de aceptar un pacto cuando me muestren sus verdaderas intenciones. —Escuche —añadió Jeano Frome—. En la Galaxia existen civilizaciones no humanas de carácter muy diverso, las hay biológicas —al modo del hombre pero no son importantes, y las hay cibernéticas que abandonaron ha tiempo la fase corporal. Una de ellas, a la que por llamar de algún modo nombraré como la Confederación de Civilizaciones de tipo II (exportadoras de inteligencia) ha realizado un contacto con nosotros. Un contacto preliminar pero suficiente para que nos veamos obligados a replantear todo el futuro de la humanidad. El contacto entre sociedades distintas implica la fusión, y eso es deseable a nuestros ojos, pero evitando naturalmente sus peligros. —¿Qué peligros? —Haga memoria en la Historia humana, ¿qué sucede cuando una civilización de medios poderosos entra en contacto con otra menos desarrollada? —Que la coloniza. —Eso es, queremos una fusión que nos haga socios, no esclavos. Y para ello es preciso que la humanidad cambie su marcha. —¿Y que solución han ideado? —Sembrarla de elementos de descomposición, fuerzas, que devorando sanen. —Para posteriormente rehacer al hombre a su gusto —dije. —Para dar este salto el hombre debe ser fuerte. —Denlo ustedes solos, solos han permanecido durante milenios. ¿Han pensado, por otra parte, que la humanidad puede tener otros deseos? Ustedes son reyes disfrazados de filósofos y a mí me ofrecen el papel de verdugo. —En absoluto, lo que haremos es que su papel sirva para algo. Para tener un arma poderosa con que defender a la humanidad: el control del futuro. —¿Qué posibilidades tengo de negarme? —Puede hacerlo, nada le obliga, pero antes debiera sopesar lo que nuestro pacto le reportaría. —Dígame —le respondí, ya cansino. —Primeramente tendría una identidad, la identidad qué abandonó en un principio, pero abordada desde mejor posición. Después, la garantía, plena de que sabiendo quien es, acabar finalmente consiguiéndolo. Y por último un premio. —¿Qué premio? —La inmortalidad —contestó la mujer—. Una plaza en el salto y la inmortalidad. —¿La inmortalidad? ¿Ser uno de ustedes? ¿Y cuando será ese salto? —¡Oh, deberán pasar antes muchos siglos! La humanidad que lo dará aún no ha nacido. —Me están ustedes pidiendo un comportamiento en vida que será premiado con la eternidad inmaterial, cibernética. ¿Y cómo garantizan todo esto? —Una señal —respondió la hembra inmortal—. Un registro suyo que quedará en Gnost. —¿Qué registro?, ¿un pacto de sangre? —Lo mejor que posee, su doble hélice. Y yo seré quien la reciba —y volvió a enseñar sus dientes afilados, no supe si era una mueca o una sonrisa. —¡Por Gea! —y temblé al pensar lo que podían hacer con ello—. No quiero ese pacto. Devuélvanme a la Galaxia humana, les aseguro que ni yo ni mis compañeros mencionaremos su existencia. —Eso no tiene importancia —dijo Jeano Frome—, la gente creerá en nosotros o no, más por el corazón que por sus ojos y oidos. —Dígame una cosa —le inquirí—. ¿Cuántas generaciones llevan ustedes como inmortales y cuantas piensan seguir? |
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Le brillaron los ojos con nostalgia. —Somos tan viejos como el primer hermético y seremos tan jóvenes como el último de nuestros hijos. —Eso lo explica todo —murmuré—. Dicen, cantan, trazan vuestros destinos —recité. —Acepte únicamente que nosotros conocemos a ciencia cierta, un hecho que anula sus consideraciones: No sólo la inteligencia es anterior a la vida —como ya dijimos—, sino que la vida no existiría sin ella, ¿comprende ahora el resto? El universo, además de azar y necesidad, es producto de la inteligencia: Zeta natural. Y ese es el camino que debe emprender toda civilización que soslaye la autodestrucción: el suicidio colectivo a que siempre se ve abocada una sociedad humana. —No lo dudo, pero ese es un juego en el que no entraré. —¡Usted es una pieza! —exclamó irritado—. La reina si quiere, pero no se crea jugador. —Y el tablero, la Galaxia. ¿Contra quién juegan los herméticos? —¡Acabemos! — y el líder hermético perdió su calma—. No niego que es usted un hombre excepcional, pero tampoco crea que ha escapado a nuestro pronóstico. Quiere construirse su propio destino sin ayuda de nadie, adelante, pero nuestro pacto ya medra en su ser, usted sabe que estamos aquí. Ahora vuelva a su Galaxia y empiece a marchar. —¡Eso haré! —dije con decisión. —Espere, Martin Dago —me pidió la mujer, y puso su mano en mi antebrazo Y eran dedos frescos y suaves—. No puedo resistir la tentación de pedirle que acepte nuestro horóscopo, nada tema, una rápida lectura..., una tirada... —En verdad que acabarán confundiéndome —dije—. La fuerza del sino, la lectura de las estrellas, el espíritu de la fortuna..., ¿qué hace todo eso en Gnost? —Duerme... Salieron todos los inmortales y quedé solo con la mujer, las luces se apagaron excepto un pomo fatigado. De un costado surgió un ara resplandeciente y los rayos se centraron en su cuello, escalaron sus mejillas y resbalaron por las cejas que, enmarcadas, se hicieron diabólicas. Tenía la punta de sus dedos sobre el ara y me conminó a hacer lo mismo en el otro borde. Y hecho, temblaron mis miembros Y mi cabello fue azotado por un viento que arrancaba de sus ojos. Cerró fuertes las mandíbulas y chocaron sus dientes una y otra vez. Sus vestidos se hicieron transparentes y sus senos erectaron. Tuve miedo y se me nubló toda idea de lógica, cubriéndose mis pensamientos de temor porque ella era dueña de mí. Y así habló: |