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Dago el Cruel LIBRO CUARTO - IX - La feria de Uter. La arqueta. Las noticias de Noor. Fiesta en el convento. La historia de Wilimé Karin. De nuevo en Noor. Simón Agrippa y los auxiliares. Xirina. |
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Por obra del saber hermético y conducidos a lomos de la cáscara amanecimos en el espacio exterior, junto a nuestras queridas estrellas. Y al contemplarlas, nos preguntábamos cómo se podía renunciar a su visión. Verdaderamente perder las estrellas es perder el sentir humano. Estábamos de nuevo en casa, perfumada nuestra mirada de los millones de puntitos que conforman la Galaxia, y sin embargo, no éramos los mismos que como náufragos abandonamos la infortunada Antlia. Un profundo cambio se había producido. Me sentía triste pero sereno, desgraciado en el amor pero lleno de determinantes deseos. A cada segundo, martilleaba en mi cerebro el horóscopo que Ella me había revelado. Ni Jumo ni Alana se atrevieron a preguntarme a este respecto, sospechaban que algo muy especial me atacaba las ideas haciendo aflorar en mi rostro una inquietante expresión. Para ellos, la aventura estaba terminada, sabían que no había aceptado el pacto con los herméticos, y esto les alegraba, conocíamos la existencia de un extraño mundo, pero tácitamente queríamos dejar lejos el recuerdo de Gnost. Cada uno tenía sus diferentes razones. Para Alana se resumía en un lugar donde no fue feliz, Jumo sentía la comezón de haberme dejado en manos de Jeano Frome, y yo, anhelaba constatar en el silencio de mi intimidad, las terribles revelaciones de que había sido objeto. —¡Ah, Galaxia amada! —decía Jumo—. ¡Cómo se alegra mi hígado al verte! Y se permitió algunos chistes sobre esta masa estelar. Tenía una cosmología muy especial, a su entender las galaxias se formaban de la misma manera que lo hacen las pelusillas debajo de la cama. Vistas de lejos parecen compactas pero una vez dentro, se convierten en polvo. Un navío uteriano nos rescató. Afortunadamente la Sagrada Orden tenía intereses comerciales en su cargamento, y una vez que Alana habló con el capitán, y con la seguridad de un pronto desembarco en Uter, dispusimos de la libertad suficiente para reponer fuerzas sin el apremio de lo incierto. Hasta la gata She correteaba por las cubiertas haciendo amistades de cuatro patas. —¿Qué haremos en Uter? —le pregunté a Jumo. —Iremos al convento de la Dominante —respondió Alana—. La Reverenda Nereida Denébola Sabí, de cuya amistad me precio poseer. —De acuerdo —confirmó Jumo—, también es amiga nuestra. ¿Recuerdas, Martin? ¡La mujer de la cola del León! Alana no acogió este comentario con agrado, era una mujer que no gustaba de flirteos y tonterías. —¿Y qué haremos con la arqueta? —volví a preguntar. —¡La venderemos! —dijo Jumo—. Tengo algunos contactos... —No, nada de eso —exclamó Alana—. En puridad pertenece a la Sagrada Orden. —Pero era parte del botín de la Antlia... —Su contenido fue comprado con crédito de la S0HD —dijo Alana con firmeza. Jumo y yo nos miramos amoscados, recordábamos muy bien el peligro que habíamos pasado por culpa de la droga. —El polvo de cristal iba destinado a la tropa axonita —aclaró Alana—, es una forma de combatir al Reino. —Seguimos siendo pobres —le dije con sorna a Jumo. —Ya veremos... |
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Y Uter, la perla entre dos soles apareció en las pantallas poco tiempo después. El planeta era famoso en toda la Galaxia por poseer la mayor feria de diversión ambiental que nunca se haya construido. Un gran negocio enteramente en manos de la Sagrada Orden. Empero también tenía una historia negra. En el año 3.309, el emperador Sha Nusakán, más conocido por el Puritano, lo convirtió en planeta prisión de mujeres. Corrían tiempos poco permisivos y el Imperio encontró en el por aquel entonces apartado lugar, el planeta óptimo para enclaustrar la incipiente rebelión feminista. En el único continente existente se edificó la ciudad-prisión. Fueron sus guardianes militares caídos en desgracia y funcionarios sancionados. Amalgama que más tarde daría los frutos tan deliciosamente saboreados hoy. Uter orbita alrededor de dos estrellas: un conjunto binarlo separado por unos diez segundos de arco con varios planetas compartidos, de los que sólo Uter, por un capricho de su órbita, permite vida humana. No obstante su clima es extremadamente cambiante, teniendo regiones infernales y paradisíacos oasis donde la noche es un poco mas oscura que el día. La vida se desarrolla en las montañas y es enteramente extraplanetaria, salvo algunos inofensivos microorganismos nativos en vías de extinción. A cada cierto tiempo, reajustes gravitatorios provocan gigantescas olas tsunamis que impiden el asentamiento ribereño. En el centro del continente y rodeada de montañas, se encuentra una tórrida llanura, llamada depresión de Marte, valle azotado continuamente por tempestades de polvo y remolinos de viento provenientes de los altos que hacia el Norte la bordean. El más importante de estos últimos es el monte de Júpiter, siempre nevado, donde nace un hermoso río, el Cordis. El bosque frío reina en estos parajes y su fauna es la propia del lugar. A su derecha y más comedido, pero abrupto de vegetación y monte bajo, se encuentra el monte de Saturno, apoyado sobre un ligero pecho u otero, denominado monte de Apolo, y rodeados ambos por una falla: el cinto de Venus. Finalmente, en la misma dirección indicada, se hallan las estribaciones de Mercurio, bañadas por el mar de la Percusión. Hacía el oeste, en la depresión que antecede al desierto ya descrito, nacen dos canales profundos, son el canal Naturalis y el Vitalis. Atraviesa el primero la gran llanura marciana regando las secas riberas que le acompañan, pero apenas sirve para que cuando raramente llueve, algún cactus verdee agradecido. El otro canal es el más importante de Uter, el canal de la Vida, curso de los fluidos vitales del planeta, que discurre ciñendo las mayores alturas del continente: los montes de Venus, bañados asimismo por las aguas que confluyen en las inmensas playas de los Brazaletes. Estos montes junto con el canal Vitalis constituyen el lugar de asentamiento de la feria de Uter, allí todo invita a vivir y a gozar. Atravesando la depresión marciana, desde la playa de los Brazaletes hasta el río Cordis, transcurre una senda, es la cinta del Destino o Fatalis, una veces lineal y continua, otras rota y cuajada de accidentes, según los ciclos y el tiempo. Su tránsito supone una gran aventura, que se inicia donde termina el canal de la Vida, es decir donde termina el placer, y acaba en los montes saturnales, escenario melancólico de los que se acercan al final. Así es Uter, misterioso, cambiante accidentado y veraz. El planeta ya no recuerda en nada la cárcel que fue. Cuando el Imperio creó, con base en Lamia, su octava flota, a unos meses de viaje de la prisión de mujeres, los carceleros se pusieron de acuerdo con los almirantes y las presas pasaron a convertirse en prostitutas por obra y gracia del beneficio y el aburrimiento de las guarniciones. Con la segunda guerra axonita, y destruida la octava flota, Uter fue asimilado como estado autónomo por el reino de Axón. La euforia desatada en la periferia sirvió de amnistía para las presas. ¿Pero dónde ir después de tantos años? Con el crédito de los korianos, las recién liberadas iniciaron la construcción de la feria del vicio. Estaban animadas por algunas mujeres iluminadas, no exentas de ansia revanchista. De aquella élite emprendedora surgió la Sagrada Orden de Hermanas Dominantes, eje de toda la política uteriana y en absoluto ajena a muchos de los sucesos que ocurren en la periferia. Cuando desembarcamos en Dionysos la capital, Alana radiaba de alegría no cesando de alabarnos su bonita tierra. Era cierto, el aire llevaba en su seno olores de foresta, de pinacha y verdor. La ciudad, acostada a las faldas de los montes de Venus, se refrescaba en las aguas claras del canal Vitalis. Puentes de piedra de decenas de ojos cruzaban la corriente uniendo la parte residencial con la feria del vicio. Dionysos era algo más que un burdel estelar. Un lugar donde el ser humano podía hacerlo todo, divertirse saltándose todas las disposiciones de las odiadas leyes Groor, aún vigentes en gran parte de los estados galácticos. Cualquiera que tuviese el suficiente crédito vería realizados sus deseos por muy extraños que fueren. Arquitectos e ingenieros de toda la Galaxia habían intervenido en la construcción de este complejo de diversión ambiental. Hubieron de superarse a sí mismos creando pabellones de mundos simulados, donde el turista pudiera trasladarse en el tiempo a su gusto para cazar enormes lagartos terribles o pelear contra invasiones Skargami, incluso encarnarse en el emperador Jaso Kuma o ser uno más de sus bravos legionarios y derrotar de nuevo a los Alt. Pero si el cliente buscaba aventuras sin ningún tipo de simulación, también era posible. Las experiencias, las emociones que el Imperio prohibió, las ofrecía Uter todas juntas. Alana nos cogió del brazo, instándonos para llegar cuanto antes al convento de la Reverenda. Pero contemplando el reclamo de los garitos, las saunas, los casinos, los restaurantes exóticos, los burdeles incitantes, los mercados del sexo, las máquinas fantapán —todo fantasía—, las historias tresdé que se proyectaban en los parques y otras diversiones, no podíamos pasar de largo de aquella Sodoma jubilosa, donde el ánimo adquiría visos fraternos y las gentes cantaban a la libertad. |
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—Comprendo, Alana, tu desinterés —decía Jumo— siendo tú nativa del vicio, pero nosotros, pobres piratas a los que no molesta el olor de nuestros sobacos, hemos salido de la sartén para caer en el fuego —y apretaba contra sí la arqueta que la hetaira le había confiado. Tratábamos de orientarnos entre la multitud cuando casualmente divisé el rostro de Wilimé Karin, que, apoyado sobre un aerovehículo, discutía con su conductor sobre la tarifa. —¿No es aquel el senescal de la Nereida? —¡Sí! —confirmó Jumo, y lo llamó con su estentórea voz. —¡Viejo zorro! —gritaba como un provinciano recién llegado a la capital —Siempre vigilando la bolsa, eh? Wilimé, que venía en nuestra búsqueda, se excusó por la tardanza. También nos informó que su ama y señora habiendo terminado sus asuntos en Koro, se encontraba en Dionysos, ciudad de su habitual residencia. —Recibimos la noticia de vuestro salvamento. Imaginad qué alegría, hemos organizado una recepción en el convento de la Reverenda Nereida, pues toda discreción es poca ahora que Axón ha desembarcado en Lamia y los espías Tomii-Arón pululan por Uter con el descaro que les da su impunidad. Por ello acompañadme sin demora. Tanta prisa me molestaba. Éramos piratas, y en esa condición estaba el atrevemos a burlar a Axón y disfrutar sin miedo de la feria. Además, me imaginaba el convento oscuro y aburrido, y así se lo dije a Jumo. —Quizá los gritos de las monjas te impidan coger el sueño —contestó malicioso—, pero aún en ese caso no te arrepentirás, estaremos solos entre tanta ninfa. Camino del convento, Wilimé nos contó que la mayor parte de la tripulación de la Antlia se había salvado, e incluso el casco del navío se encontraba en las atarazanas de Pandemónium, remolcado por naves Noor. También se sabía que los Asarya habían sido desplazados del poder por la casa Hamal, y nombrado aspirante al trono, mi insigne primo Hamal Dabih. Y esta noticia, que no debería haberme causado ningún efecto, me revolvió las ideas, recordándome quien era yo y qué dudas tenía por resolver. —¡Todo es magnífico! —exclamó Jumo—, siento que la sangre se me encrespa por momentos gracias a tus buenas nuevas. ¡Volveremos a Noor y estrecharé las manos de los amigos que creía perdidos! —Sheratán ha tenido que retirarse de la navegación bajo las presiones de los armadores —dijo Wilimé, —Siendo un capitán de honor ¿qué otra cosa podía hacer? Así es la navegación, toda una vida dedicada a la piratería, para terminar varado en tierra. ¡Pero sólo los "paisanos" no pierden barcos! No quiero entristecerme, a su tiempo abrazaré a Sheratán y a los viejos camaradas. Hoy deseo comer, beber y amar sin cuidado, y hasta gustaría de regalaros los oídos con algunas de mis viejas canciones gitanas. —¡Por lo que más quieras! —se asustó Wilimé— diviértete sin tasa pero no des voces. Fue grande la alegría de Denébola al vernos, alzó los brazos y lloró porque amaba a Alana y adoraba al guerrero. Y entre los gritos de bienvenida apareció Julia Lúcida, bella y cantarina, colmándome de besos y preguntas, y cogiendo mi mano me arrastró a los baños, donde cantando, me restregó el orín de las estrellas por segunda vez en su vida. Después de los avatares de Gnost, la realidad carnal de la ninfa fue para mi dislocada mente, el bálsamo que expulsó la bilis de los herméticos. Julia Lúcida rebuscó entre sus trapos, buenos paños para confeccionarme una ropa adecuada porque tenía la vieja muy usada y sucia. Amén de que, así es la vida de un pirata, mi peculio era escasísimo, condición que al lado de Jumo empezaba a serme normal. Una máquina viva cortó los patrones, y en un santiamén me procuró las nuevas prendas. Julia Lúcida se deshizo en halagos, y decía que las estrellas y las penalidades habían hecho de mí un hombre, encontrándome guapo y deseable. Trajeron músicos para la ocasión y Denébola alquiló criados, hombres de carne y hueso para que nos sirvieran. Pidió manjares a los mejores restaurantes de Dionysos y subieron vinos y licores de las bien provistas bodegas del convento. Y todas las monjas se adornaron para el caso, ninfas, napeas, dríadas, y oréadas, con un lujo que no conocía. Había cisnes de largos cuellos negros que criaban porque los consideraban su símbolo, sueltos por los estanques, y también gatos, ocas y pajarillos de muchos colores revoloteando al resguardo de los felinos. Hizo su entrada primero la Reverenda Nereida Denébola Sabí, del brazo de su senescal igualmente reluciente, después y a los gritos de Jumo, apareció Alana la Náyade, y venía disgustada, porque no sabiendo cómo, el guerrero ya había bebido. Estaba bella sin parangón y a su lado cualquier otra belleza desmerecía, alabó mi bonito traje y sonrió a Julia Lúcida a mi brazo, pero noté que en su mirar había ciertos celos de la ninfa, pues era una mujer muy posesiva, y esto me agradó. Jumo que se encontraba a sus anchas rodeado de todo el convento, de músicos y sirvientes, resoplaba de satisfacción dando gritos a los criados para asustarlos y hacerles creer que era un gran señor venido de muy lejos, de Gnost, les dijo. Le era muy difícil mantener la boca cerrada. Se había vestido con una vieja armadura de la tropa de asalto Groor que rebuscando en el museo de la Orden le prendó, y aunque Denébola nada dijo, parecía una irreverencia asaltar así un museo. Para colmo se cruzaba además de su sable, otra espada de más grueso calibre, y cuando Wilimé se lo encontró a su vera con las vainas rozándole peligrosamente, se quejó: |
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—¡Siempre estás igual, entre espadas o mujeres! Jumo no le hizo caso, trataba de acomodarse sobre el cojín con todo su arsenal. Todos veíamos sus esfuerzos y hasta le aconsejamos: Deja las espadas a un lado, esta es una fiesta de paz. Pero él siguió empeñado hasta que viendo la imposibilidad de moverse enterrado entre tanta coraza, lanzó un juramento y a empellones y trompicones se deshizo de todo. Le palmeé la espalda afectuosamente sabiendo que era muy sensible a la ternura. —Eres un buen amigo, Martín —dijo—, he entrado en tu vida sin permiso y me has perdonado, me he interpuesto en tu amor y me ayudas sin rencores —pero al decir esto me guiñó un ojo sin que lo vieran, y emocionados los presentes ante aquella muestra de amistad, callaron respetuosos hasta que ambos estallamos en inaguantables carcajadas. Como envidiaba su estado me procuré una copa de casi media cuartilla que llené de vino espeso. Y siendo una fiesta privada, no había motivo para escandalizarse y pronto volaron las molestas ropas y el vino corrió por la blancas pechugas de las monjas en tanto que Jumo y yo nos gastábamos bromas sin ningún reparo porque éramos rudos piratas y ellas monjas delicadas cargadas de votos. Las manos tomaron la piel y ésta se complació, los labios se tiñeron del rojo de las uvas y sus pepitas salpicaron las telas y los lienzos de los artistas entre algún eco consentido y un roce adulador. Y así, terminada toda resistencia al disfrute derrotados por el opión de una arqueta que ya no era nuestra, caímos sobre los cojines, saciados y felices, esperando las palabras de la mujer de la cola del León, que así se expresó: —Mucho tiempo ha transcurrido desde que nos vimos en Koro, mis queridos amigos, y tú Alana, años hace que recorres la Galaxia sin descansar. Sé que acabáis de superar duras pruebas y que desearíais días de relajo y placer. Mas no es posible, Axón tiembla de ardor, sus almirantes aprestan las flotas, y en las ciudades del planeta de los vientos se acumula la energía en previsión de una guerra. Lamia, donde teníamos grandes interese ha caído en sus manos. El estado de Oloy ha tenido que aceptar una guarnición axonita, y el pequeño reino de Lisia en nada podrá oponerse a estas ambiciones. Únicamente las fuerzas ocultas resisten, la periferia debe aprestarse al combate, no hay tiempo que perder. Los llamados de Noor requieren toda ayuda. Sabed que los reinos Groor afilan sus espadas y la República prepara cuerpos expedicionarios contra éstos. Vivimos tiempos graves en los que no podemos holgar como quisiéramos, somos gentes comprometidas con nuestras ideas. Amigos, partiréis para Noor, un navío pirata arribará muy pronto, el Caos os necesita. Eso es todo lo que tenía que deciros. Alana había escuchado a la Nereida con disgusto, comprendía sus razones pero en su interior le quedaba una pequeña esperanza de apartarnos del Caos. —¿Volveréis a Noor? —dijo—. ¿Ahora que podéis ser ricos en Uter? — y señaló la arqueta. —¡Por Gea! —gritó Jumo—. ¡Tan pronto nos la das como nos la quitas! —¡Sí! Quedaros... —dijo Julia Lúcida, y no vio la mirada fulminante de la mujer de la Cola del León. —No es posible que os sintáis ligados al Caos —insistió Alana. —¡Hicieron un juramento! —exclamó Wilimé que en realidad era el enlace entre ambas sectas. —¡Iblis se lo lleve! —y era la primera vez que oía a Alana decir una cosa así—. ¡Han pasado cosas! —Los juramentos se hacen a pesar de las cosas —dijo Denébola con autoridad. —Si regreso a Noor, será muy distinto —proclamó Jumo—, no volveré a navegar como oficial, seré mi propio capitán. —¡Eso es! —confirmé—. Tendremos un hermoso navío y seremos socios. Nuestra fama hará estremecerse las balizas que construyera Jaso Kuma el Magnífico. —¿Y de dónde vais a sacar el crédito para armarlo? —preguntó Alana. —Tenemos la arqueta que nos acabas de regalar —dije. —¡No! —chilló Alana—. Puse mi vida en peligro por ella y no servirá para financiar naves piratas. Quedaros y es vuestra. —¡Al diablo con ella! —me enfadé—. ¿A qué tanto interés en que medremos en Uter? Con crédito o sin crédito somos Noor y tendremos un navío. Y oportunamente Denébola dio por terminada la fiesta. Aquella noche, en el silencio que envolvía el sueño de las monjas, excitado mi pensamiento por la vuelta a Noor, paseaba por los jardines del convento sin más intención que apaciguar mi insomnio cuando me topé de bruces con Wilimé que con evidente cautela salía de su dormitorio. Quise robarle un poco de su tiempo y conversar bajo la calmada noche uteriana. Y el viejo algaib, aplazando el rijo para otra ocasión, se sentó con sorprendente agilidad en un poyo de la balaustrada, y encendiendo su skatt dijo mientras expulsaba el humo a empellones |
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—Querido Martin, me reconforta tu deseo de volver a Pandemónium, por un momento pensé que habías olvidado tu verdadero destino, o lo que es peor, que las cosas materiales podían seducirte. —No le tengo apego a nada material, ignoro por qué, pero así es. —No todos los hombres pueden decir lo mismo, yo por ejemplo, en mi juventud sufrí por falta de recursos. Y como era la primera vez que Wilimé me hablaba de sí, tuve curiosidad y le pedí que me contara su pasado. —Verás... —dijo—. Yo era estudiante de Astronomía en Axón, tenía una ayuda del Reino para hacerlo. En la Real Escuela de Astronomía me codeé con la nobleza. Quería aprender, deseaba hacerlo porque me gustaba, sin embargo, las cosas no fueron así. Aquellos nobles orgullosos no dejaron ni un momento de recalcar mi pobre condición. Me hice la ilusión de que con el tiempo me olvidarían, que finalmente podría disimular mi origen entre el caudal de conocimientos que pensaba adquirir, incluso hice esfuerzos para mejorar mis modales y aspecto. Todo fue inútil, aterrado por las diferencias, sufría el padecimiento de mi humilde origen, padecimiento que pasaba inadvertido para todos mis compañeros, porque realizaba innumerables maniobras para que no se notara, pero éstas me afligían profundamente. Tenía un terrible desaliento, y con el tiempo, los disturbios que esta actitud me causaba, llegaron a engañarme de tal forma, que los tenía por virtudes, convertí mis aptitudes compulsivas hacía la vida en hábitos, transformé mi testarudez y mi obstinación a lo que yo deseaba en mi interior, en un vigoroso individualismo. Y este se traducía en una discrepancia entre las potencialidades que tenía y los logros conseguidos en mis estudios. Fue la época mas dura de mi vida aun siendo la más joven. Cualquier desviación de mi conducta habitual o de las formas de trato de mis compañeros me despertaba intensas reacciones, desmesurados sentimientos de ansiedad e indecisión, y lo peor es que a veces lo creía justificado. Durante años crecí inmerso en la ciencia odiando todo lo que había a su alrededor, hasta que un día descubrí que mi odio era el reflejo de las diferencias entre ellos y mi origen. Buscaré quien como yo les odie y les combata, me dije. Pero también me equivoqué, anduve por grupos siniestros y organizaciones criminales que sólo duraban una acción. Fui a la cárcel y allí palpé en mi carne otras diferencias más notorias. Comprendí que odiaba no las diferencias en sí mismas, sino el injusto sistema que las permitía. Busqué con ahínco gentes que lo combatieran con programas y alternativas, y esto fue aún más duro, Axón ejerce un poder autoritario y férreo. Sufrí persecuciones y nuevas condenas, y cuando ya en la madurez buscaba un lugar alejado donde reposar y olvidar el fracaso de mi vida, en un viaje de exilio a Oloy y con la recomendación de no volver jamás, fuimos asaltados por los piratas Noor. Nada tenía y así se lo expresé, empero, les conté algo de mi vida, las miserias y las cárceles, las injusticias que tenía gravadas en la piel. ¿Y sabes qué me contestaron?... Algo que me dejo estupefacto, pero que me hizo vislumbrar una verdad que ignoraba. Dijeron: "¡Sólo un idiota sirve a dos señores!" Al momento no les comprendí, mas reflexionando, lo entendí tan claro como oscura había sido mi vida. ¡Reformar un sistema como el Reino!, ¡intentar mejorar, algo que estaba creado así por conveniencias tan poderosas como inamovibles! ¡Había querido servir al sistema y al progreso! —¿Y qué hiciste entonces? —le pregunté interesado —Colegí que aquellos que nacen en el estiércol nada tienen que arreglar o reformar, eso para los nacidos entre la seda, para aquellos que llenándoseles la boca de bellas palabras, tratan de cambiar lo que sus padres y hermanos sostienen. Esa lucha no era la mía. Y me alisté al Caos. Martin, cuando se sirve a un solo señor, las acciones pierden el contenido de bondad o maldad, de moral o ética. —Parece una buena decisión —dije—. ¿Pero quién es tu señor? —Un hombre nunca debe confesar a quien sirve. Y te aconsejo que midas a partir de hoy todas tus acciones por este rasero. Si algo hay peligroso en la vida es haberse desclasado, las dudas llenan los días de los marginados y extrañados. Y aunque mucha gente pueda decirte que la causa del hombre está en la idealización de su felicidad, se equivocan. No temas pues que tu opción parezca a los ojos de algunos, contraria a la verdad, en este camuflaje se encuentra el verdadero arte de la conspiración. —No he entendido del todo tus palabras, amigo Wilimé, pero tomaré nota de ellas. —Que el señor que has escogido te sea beneficioso —dijo, y siguió su camino alejándose en la oscuridad. —¿Con quién hablabas? —dijo una voz detrás de mí. Era Alana, tampoco tenía sueño, dijo haber dejado hacía un momento a Jumo, no traía cara de contento. —Hablaba con un hombre que sabe a quien sirve —y me sonreí. |
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—Ven conmigo —y me cogió de la mano. Era tan agradable su contacto que me creí ser su amante. Entramos en su habitación, se sentó sobre la cama y me indicó que lo hiciera también, parecía apesadumbrada. —No he convencido a Jumo para que se quede en Uter. —El crédito es muy poca cosa para él —repuse. —Le ofrecí más que eso. —Es un hombre afortunado entonces. —¿Martin? —preguntó muy seria—, ¿qué ocurrió realmente en Gnost? —qué te dijeron? —Nada que yo no supiera. —¿Pero qué? —¡Alana! ¿Por qué insistes en saber lo que sólo a mi interesa? —Estoy preocupada por vosotros dos, volvéis a Noor, con los piratas, y por más que os miro no veo qué dejasteis allí. Sé que, aunque parezca lo contrario eres tú quien lleva de la mano al guerrero. —¿Es un halago? —No. Pero me gustaría entrar en tu pensamiento y cambiarlo. Nunca he comprendido cómo alguien como tú puede decir semejantes cosas. —Yo no soy un espejo de mí mismo, Y mi trabajo me cuesta no serlo. Escucho a las gentes que pretenciosas, tratan de decirme esto y aquello, levantan ufanos los telones de escenarios que yo ya he pisado y dicen: Mira, Martin, lo que hay detrás. Pero sé muy bien por qué lo hacen, en el fondo temen que lo que yo represento se haga verdad, por eso sólo quienes van directamente a lo recóndito, a lo inconfesable, tienen un lugar en mi corazón. Y luego estas tú, pues al recordar tu piel, tu olor, tus gestos, se anulan todas mis ideas. —¡Quédate en Uter! Quedaros los dos... Negué con la cabeza, —Ven tú con nosotros,—dije—. ¡No! aún sería peor. —Es algo de lo que sucedió en Gnost, lo sé —dijo airada—. Algo pasó que te obliga a volver a Pandemónium —y se levantó y dio pasos largos por la alfombra. —Lo que me separa de ti, Alana, tiene un nombre, se llama Jumo Abubos. Y salí de la habitación, Pocos días después y sin haber recorrido la feria del vicio, la Reverenda Nereida nos informó de la llegada de un navío pirata. Debíamos empaquetar nuestras cosas y estar prestos para partir. Grandes fueron las muestras de pena en boca de las monjas. Afirmaron no haber tenido jamás mejores y más simpáticos huéspedes, y más lo decían por Jumo que por mí, que siempre he sido un poco falto de gracia. Julia Lúcida me abrazó con fuerza y Denébola nos estrujó contra su pecho y Wilimé nos dio la mano algo emocionado. Alana nada dijo, se mantuvo tan tiesa como un palo mientras duró la despedida. Extendimos las palmas al viento, atrás quedaba el amor, la risa, el vino... Al amparo de las sombras ambicrepusculares de Uter alcanzamos la nave pirata, una rápida corbeta de estilizada línea, al nuevo gusto de los armadores, que tenía por nombre Lhamayin, que más o menos quiere decir diablillo, y mandada por Sad Al Bari, flamante capitán por obra y gracia de las prisas que acometían a los noor en su deseo de facturar mayor cantidad de navíos por la proximidad de la Gran Asamblea Noor. Nos enteramos que muchos de los oficiales de las últimas promociones navales comandaban ya sus propios navíos. —Corre entonces —le rogué a Sad Al Bari—, navega ceñido a los vientos y sin miedo, porque cada segundo que pasa, otros se apoderan del botín y la gloria que nos corresponde. Mas tarde, tumbados en los catres del camarote y fumando sin tregua, le pregunté a Jumo —¿Cuáles son tus planes ahora? —Somos tan pobres como antes de embarcar en la Antlia —respondió. —Jumo —le dije pensando cada palabra—, hemos sido amigos, lo tuyo ha sido mío y viceversa, pero fruto de esa política es que hemos derrochado lo poco que teníamos. Por respeto a Alana hemos renunciado a la mitad de una fortuna, mas ella queda ahora lejos. Se impone un cambio de táctica. Volvemos a Noor porque no podemos ir a otro sitio. No es el mejor, pero haremos que lo sea. ¿Quién mejor que tú y que yo para eso? ¡Haremos del Caos un buen partido! Empujaremos adelante esta maldita talasocracia. |
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—Bien suena eso —contestó—, aunque voy a confesarte que no es mi oficio manejar el látigo, salvo como capitán, he aprendido que la mano se agarrota de usar ese instrumento, y yo las quiero ágiles para menesteres más sencillos que son los que más me gustan como sabes. Esta respuesta me encolerizó, —Eres un ingenuo, Jumo Abubos, ¿tienes problemas morales en conducir gentes y no en saquearlas? —Lo que me preocupa es la vida que uno pierde haciendo eso. —¡Tonterías! Fíjate en Sad Al Bari, es más joven que tú y ya manda un navío, —Sí. —Eres un hombre arrojado y yo me tengo por buen estratega, unidos alcanzáremos el puesto que nos corresponde entre los Noor. —Continuamente oigo hablar de esta cuestión, aunque casi siempre se refieren a ti. Quizá tengas razón y sea hora de dejar de andar de un lado para otro. —Pues entonces pongámonos a trabajar. Seremos un equipo, tu serás la espada y yo el cerebro. —¡Gracias! —ironizó. Noor no había cambiado, de nuevo aspiramos su aire malsano y sentimos la húmeda y resbaladiza presencia del aceite que continuamente eyectaba la superficie del planeta. Desde luego que no era un lugar saludable, había que salir de allí cuanto antes. Pero, ¡ah!, si sus aires eran malos, sus gentes se nos hicieron maravillosas. Fuimos recibidos como héroes, piratas capaces de sobrevivir en el espacio sin apenas medios. Todo Pandemónium salió al muelle, la banda de música entonó marchas alegres, los niños agitaron cintas de colores, los veteranos marineros golpearon la empuñadura de sus dagas contra las hebillas de sus cintos y los supervivientes de la Antlia dispararon cohetes de fiesta y lanzaron gritos agudos de reconocimiento. Allí estaba Sheratán del brazo de Xirina y Simón Agrippa, el sanador nigromante, destacando su humanidad sobre todas las cabezas, y Thalit de Mebsuta el ambicioso mods de gruesos labios acompañado de su inseparable Deneb Kaitos. Y un poco detrás se hallaban otros, menos agradables a la vista, como Salm Zavijaba y los armadores y capitanes banif. Abrazados y zarandeados nos trasladamos al Almirantazgo, donde en la Sala de las Constelaciones, hubimos de improvisar un relato que en nada se parecía a lo vivido, y os diré que habían traído reporteros korianos que a cambio de una sustanciosa suma nos rogaron la exclusiva. ¡Qué imaginación la de Jumo!, se inventó una historia increíble sin el mas mínimo rubor, y todos quisieron creerla. Se acercaba el momento de la Gran Asamblea y este acontecimiento agitaba el sentir pirata, las fracciones de la SBHAC se habían lanzado a la búsqueda de los mejores capitanes, y nuestra gesta estelar le venía al pelo a la Sirk. Durante semanas no se habló de otra cosa en las tabernas porteñas y en las plazas ajardinadas de Pandemónium. Por otro lado, en las atarazanas cercanas al astropuerto, se vivía una febril actividad, los armadores se frotaban las manos, eran muchos los navíos encargados por los capitanes, Sad Al Melik, el más importante de todos, sonreía de satisfacción, él era el mayor beneficiado de la expansión pirata. Entre los navíos que construía diligente, sabíamos se encontraba casi completo el casco de una fragata a cargo de un pedido de Sheratán, que si ciertamente abandonaba la navegación, no por ello renunciaba al beneficio pirata por otras formas más relajadas. —Muy mal nos tiene que ir si no conseguimos el mando de ese navío —le dije a Jumo una vez llegamos a casa. —Dalo por hecho —aseguró—, hoy mismo hablaré con Sheratán. Y cambiando de tercio, su rostro se ajó al contemplar la vieja casa. —¡Me empieza a resultar indecoroso este lugar! —gritó y le dio una patada a un trasto—. Porque como tú dices, salir de la miseria es la revolución más grande que un hombre puede hacer en su vida. Y sucedió que mientras frecuentaba los muelles, como buen oficial que busca cargo, oí hablar de ciertos manejos que algunos capitanes se traían entre manos. Se decía que una secta secreta de oficiales estaba dispuesta a obligar a la Sociedad Benéfica a cumplir en la más rígida de las observancias todos sus deberes caóticos. Como no se barajaban nombres concretos y sabiendo que el tedio hace madurar estos frutos de la indolencia, decidí que era llegado el momento de visitar a mi médico. |
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Con la circunstancia afable que siempre sabía ofrecerme, Simón Agrippa me recibió entre abrazos y lisonjas, dejo a un lado sus trabajos y fluidos azogantes, lavó sus manos en agua fresca y recogiéndose los faldones de su túnica azabache, dijo: —Mi viejo y fatigado corazón recobra fuerzas ante tu juvenil presencia, querido Martin, deja que te diga que a mi parecer, las penalidades han hecho de ti un hombre. se diría que tus hombros son más anchos y tus brazos más poderosos, y hasta tu tez tiene el color de la salud. Pero cuéntame, ¿a qué debo tan grato honor? no creo que te veas obligado a recurrir a mis artes hipocráticas, salvo que sean otras, no tan éticas, las que precises. Había ironía y misterio en sus palabras, cualidades que usaba al hablar, pero en su compañía me sentía tranquilo, sólo era un gigantón deseoso de afecto. Le conté la verdad, los hechos que desde el naufragio de la Antlia nos sucedieron, y nada dejé en el tintero, sino al contrario, cargué los tonos, allá donde más me dolía. En poco me pesó esta confesión, ¿no era acaso mi médico y por tanto mi personal confesor? Simón sacó las manos de las anchas bocamangas donde habitualmente las guardaba cuando no trajinaba en sus obras, y buscando alguno de sus caldos etílicos, sirvió sendas copas del vino oloroso que tan bien apreciaba, y dijo: —Es una historia fantástica, casi un cuento de hadas. —Debes creerme —repuse—, aunque difícilmente sean demostrables estos hechos. —¡Claro que te creo! —y su rostro se quedó quieto un segundo—. Pero a nadie más cuentes esta historia o al menos su final. Sé muy bien quienes son esos seres llamados Herméticos. —¡Iblis me asista! —exclamé—. ¿Los conoces? —Conozco sus intenciones, hay hombres en la Galaxia que las llevan a cabo. Y para nosotros son tan enemigos como la Ley o los Reinos. Afortunadamente te encuentras a salvo en Pandemónium y yo estoy a tu lado. Olvida pues pactos, destinos y futuros, eres un Noor y como tal debes comportarte Y ahora háblame de ese amor que te corroe: —Eso es lo peor, no tengo ninguna esperanza. —¡Y quién las tiene! Toda tu vida amarás a quien no te corresponda y será amado por quien no deseas. Por lo demás, leo en tus ojos que has guardado para el final la artillería de grueso calibre, empero, agudo lector del iris que soy, te diré que lo que buscas ha tiempo te tiene reservado un lugar, de eso me he ocupado personalmente, descansa de tus tribulaciones entrarás en la secreta secta a la que tengo el gusto de pertenecer. —¿Pero cómo?... —balbucí mientras se reía a carcajadas. —Nada de lo que ocurra en Pandemónium puede acultárseme, recuerda esa cualidad del viejo Simón. Corren tiempos desbocados, y a pesar de que hay quien opina que no es momento de divisiones, sino de unidad, y sabiendo que estas opiniones critican a quienes no acuden a su redil, debo anunciarte que algunos capitanes y prohombres Noor, hemos fundando la Ansar, o sea lo Auxiliar, y pretendemos prestar auxilio al pueblo del Caos, que se encamina a su Gran Asamblea sin una mano firme. —¡Magnífico! ¿Pero qué más? —En esta época y en este lugar —respondió haciendo hincapié en cada una de sus palabras—, es necesario saber el terreno que se pisa y por qué. Yo soy un Chahil, ¿y por qué lo soy?, simplemente aposté que quienes triunfarían en Noor serían gentes ajenas a la tradición pirata, y quería formar parte de ellos, pues encontrándome por encima de las ideologías, amo el poder como tú no sospechas. Ahora conspiro con una secta secreta ¿y por qué? Nada más fácil, cualquier ascenso al poder necesita de una élite de hombres decididos. Hombres que, al contrario que algunos capitanes, sólo confíen en sí mismos y no caigan en estúpidas celadas —y se refería a Sheratán—. Estamos descontentos con la Sirk, la Antlia fue traicionada y su capitán no ha sido castigado como se merece, la Sociedad Benéfica ha echado tierra sobre el asunto para salvar el honor de uno de sus mejores hombres. —¿Y de quién sospechas?, ¿quién vendió a la Antlia? —Sospecho de la Sagrada Orden, y concretamente de nuestro Algaib en esa organización. —¡Wilimé Karin! —La lucha en torno a ti no ha terminado todavía. De hecho yo también participo en esa lid, fui yo quien extrajo a propósito tu skatt en el sorteo pirata, no la suerte. —No debiste hacerlo —musité. —Yo te traje a Noor y no iba a dejar que estropearan mi obra —y se rió. |
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—Es extraño —le contesté—, de cualquier otro me hubiera ofendido pero viniendo de ti hasta me halaga, y ello es porque engarzas directamente con mis sueños. —¿Sueños? —He soñado muchas veces, unas despierto otras dormido, que conduciría ejércitos, doblegaría reinos y naciones, y el mundo se postraba a mis pies. Me apuntaré a la Ansar, eres mi amigo y tu alma es noble a mi lado, fuera de eso, nada me importa lo que hagas. —Que Gea te bendiga —dijo. Al día siguiente nos encaminamos Jumo y yo a la casa de Xirina en visita de cortesía, pero con la aviesa intención de sonsacarle si Sheratán había aceptado a Jumo como capitán de su nuevo navío. Y una vez que nos hubo escuchado se hizo la misteriosa dándonos largas entre bollo y bollo, que, golosa, siempre tenía para las ocasiones, pues en el fondo lo que quería era un poco de conversación. Jumo, nervioso, no pudo soportar más la incertidumbre. ¡Por lo que más quieras! —gimió—, ¿para quién es ese maldito navío? —Para ti naturalmente. —¡Estupendo! —rugió el guerrero—. ¡Capitán de navío! ¿Dónde está Sheratan?, debo ir a reconocérselo. Y se excusó, no podía esperar ni un minuto. Quedé solo con la bella Xirina, con una taza de chocolate en la mano y sin saber qué contar. En verdad que no me hizo falta, fue ella la que habló y habló. De su lejano planeta, de la vida que había llevado y de todos sus recuerdos. También metió en su charla cosas más recientes y hasta tristes: la dimisión de Sheratán y las rencillas entre los capitanes y armadores, sus marchitas plantas y sus kilos de más. Iniciaba una etapa de su vida en la que había puesto grandes esperanzas, y su mejor sueño era partir de Noor a no mucho tardar. Finalmente y con el brillo de la curiosidad en los ojos, me preguntó por Alana, de la que tanto había oído hablar a los miembros de la tripulación de la Antlia. Tras comenzar asegurando que la hetaira era la mujer más espléndida del mundo, acabé confesando lo desgraciado que era teniendo por rival a mi mejor amigo. Ella quiso consolarme. —El amor es un mal de juventud, después y con los años, los hechos se ocupan de borrarlo salvo raras excepciones —y su tono tenía aires de ironía personal. —¿Tú eres feliz, Xirina? Dejó una pausa antes de contestar. —Fui feliz un tiempo, luego fui miedosa, más tarde desconfiada, y hoy, entrada la madurez, siento que la necesidad de nuevas formas de vida se apodera de mí. Pero no hablemos de mis sentimientos. ¿Qué te hace pensar que Jumo es tu rival? —Lo he visto yo mismo. —Te engañas, Jumo no puede ser nunca tu rival. —¿Qué quieres decir? —Que quizá Alana no lo tiene por amante. En la Sagrada Orden no se estila lo que otras mujeres hacemos para largo tiempo. Ellas entienden la vida de distinta manera, no sé si mejor o peor, no lo sé, y ahora siento algo de curiosidad. Me encuentro a mí misma, luego de muchos andares, en un lugar que no es de mi agrado. Y mi único consuelo es haber hallado gentes excepcionales, tener amigos en quien confiar. Por eso me alegro de haberte conocido, y no por lo que todos auguran de ti, sino por tu raigambre y otras virtudes que mantienes ocultas, y siendo la sangre, sangre y el cuerpo, cuerpo, me siento contenta de tenerte entre nosotros, y te aseguro y te amenazo que pronto iré a visitamos para conocer esa preciosidad de gata de la que tanto presumes. ¿Y no era una mujer inteligente, amable y encantadora para llenar mi vacía orfandad? |