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RELATOS PARA DESPUÉS DE LA ERA DORADA: EL CEBO. De Sáinz-Rozas |
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El agua, mal filtrada por los sistemas de acondicionamiento, goteaba desde las cañerías al suelo, y por efecto de las pisadas de los transeúntes y el polvo que siempre cae del espacio exterior, se había convertido en un cremoso barrillo en el que ahora chapoteaba Crispo Crum. Era éste un jovenzuelo apenas barbado y de aspecto inconformista, con ropajes de cuero muy al gusto de los habitantes de los subniveles de edificación más recónditos. Y por uno de ellos, y sin la ayuda de aceras rodantes, caminaba Crispo Crum. Las apagadas ráfagas de luz de los pomos de la iluminación adelantaban o retrasaban, al ritmo de sus pasos, las múltiples sombras que le nacían de los pies. Cientos de metros sobre su cabeza, el tejido arquitectónico se enmarañaba como una gruesa capa de edificios que la superficie de Thubán hubiera adsorbido. Pero aún había algunos niveles más abajo y finalmente, profundamente enterradas en la entraña de la tierra, estaban las cloacas y sus olvidados habitantes, de quien el Uno tenga piedad. Raramente la Cridenpol —la policía de crédito e identidad— descendía a niveles tan profundos en busca de presas, de ciudadanos sin un céntimo para justificar su bonhomía política. Y por este motivo, Crispo Crum paseaba completamente despreocupado. Era un joven que se preciaba de tener las ideas muy claras. Secretamente estaba afiliado a la causa republicana, y si bien no era este una afán para anunciar a los cuatro vientos, a veces, cuando creía encontrarse entre gentes seguras, gustaba de presumir de su adscripción. Porque Crispo Crum, ciudadano imperial su pesar, era a más de republicano un romántico incurable. Un joven armado de lo que creía una verdad. Aquel bar gozaba de una discreción notable. Su clientela, principalmente jóvenes aficionados a la política subversiva, era del agrado de Crispo Crum. Se servían zumos de frutas exóticas mezclados con drogas recién diseñadas, había también vinos espumosos y cerveza de aceptable calidad. Todo lo suficientemente bueno para un subnivel de edificación tan bajo. Crispo pasó por delante de la obligatoria máquina cridenhaz que le identificaría. Dentro, aparatos tresdé proyectaban imágenes holografías que llenaban el espacio de figuras aparentemente tan sólidas como la vida misma. Pero no era así porque Crispo pasó a través de los gigantescos labios de negra como si nada. Sin embargo, aquellos labios carnosos de un rojo intenso, se movían bajo el influjo de un violín invisible pero afilado mientras cantaban: "Gracias amor, sé que tú también crees que los sueños son la única realidad"... Crispo alcanzó un cojín flotante Za y una vez que se arrellanó y tuvo cerca de sí todas las posibilidades sólidas, líquidas y gaseosas que ofrecía el garito, contempló con gusto a los parroquianos. Algunas parejas, bajo el arrobo de las drogas psi, permanecían al parecer dormidas, acostadas muy cerca mientras sus manos se tocaban suavemente con la ternura de aquellos que se encuentran muy dentro del cerebro de sus amantes. Aquí y allá, flotando ingrávidos, los pomos de luz esparcían los detalles visibles de la camaradería que reinaba en el bar. Había quienes disponiendo de argumentos preferían hablar. ¡La República! ¡El auge del proletariado externo! ¡La periferia amenazando Thubán! Estas eran las nuevas para analizar. Empero, Crispo no se unió a los conspiradores, tomó una cerveza tibia y bebió a sorbos lentos, pues andando escaso de crédito, la bebida debería durarle toda la velada. Fue por casualidad al volver la vista, cuando la vio. Se encontraba sola y parecía ensimismada en el tresdé. Era muy alta, delgada, construida a tiras lisas pero nerviosas, tenía el vientre plano y los muslos fuertes, el rostro estilizado y las manos largas, muy largas, terminadas en unas uñas rojas, rectas y fuertes. Al saberse observada sonrió sin desconfianza. Tenía la cabellera pintada de malva. Brillaron sus dientes reflejando el esmalte. |
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Crispo se acercó. —Debo presentarme quizá —dijo sentándose a su lado—. Yo soy Crispo Crum, ciudadano thubaní, defensor de la libertad y amante de las artes. Ella inclinó la cabeza y sonriente se presentó a sí misma como una desconocida sin deseos de notoriedad. Pero al decir esto hizo que su vestido se transparentara completamente. Debajo resaltaba su carne bronceada. —Me gusta que me vean tal como soy —explicó. Crispo se estremeció repentinamente. ¡Isa le asistiera! ¡Qué perfección de líneas! ..."Son haleine fait la musique, Comme sa voix fait le parfum!" Y esta recitación de un poeta maldito en boca de Crispo hizo del momento un acontecimiento artístico, pues ella, halagada, se relajó y le besó en las mejillas. —¡Eres asombrosamente bella! —musitó. —Gracias... El le rogó una historia, la de su vida si tenía a bien contarla. La mujer se expresó con voz pausada y cremosa: —Estoy aquí de paso, no tengo mucho que contar... No soy thubaní sino que nací en la periferia, en un lejano planeta que quizá ni siquiera hayas oído nombrar. —¿Pero qué te ha traído a este perdido subnivel? —¡Oh, sólo la curiosidad! —Maravillosa curiosidad que me ha permitido conocerte... Y hablaron durante largo rato de sus creencias y aficiones. —Yo... —decía Crispo—, soy un hombre libre, es cierto que tengo la palma de la mano derecha registrada en un banco criden, pero mi crédito hace tiempo que está por debajo del mínimo que marca la Ley. ¡Creo que me buscan! —confesó—. Te diré también que pertenezco a la causa republicana. Soy uno de los hombres que devolverá a este planeta su identidad perdida: ¡La democracia de los groor! La muchacha le escuchaba con atención, luego le miró a los ojos directamente. —Me gustaría imaginar contigo... —musitó. —Sí, te llevaré a mi apartamento —confirmó Crispo sintiéndose el thubaní más afortunado del planeta. Cuando se disponían a salir, una máquina viva se les acercó lenta y sinuosa. Era una máquina muy hermosa. Sus pechos desnudos se agitaron ligeramente cuando entreabriendo sus labios dijo: —Ponga su mano en mi corazón, señor. |
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Crispo Crum podía haberlo hecho, aún tenía el criden suficiente para abonar tan escasa cuenta, bastaba con que acariciase con su palma el seno de la máquina. A cambio, además de cumplir con la ley que obliga a pagar cualquier producto, la máquina le recompensaría con una sensación placentera subliminal. Pero Crispo odiaba que su crédito fuera su identificación, que la máquina viva, tan hermosa, fuera en realidad una registradora telemática, y su propia palma una tarjeta criden. Ciertamente que odiaba todo eso. Sin embargo, no fue ese únicamente el detonante de su acto. Fue la mágica presencia a su lado de la muchacha. —¡Por todos los falsos dioses y por los verdaderos! gritó—. ¡Yo soy un republicano y me orino en el criden imperial! ¡Soy un groor! ¡Un ciudadano de Thubán! ¡Largo de aquí estúpido montón de células! —y de un empujón derribó a la máquina, quién, violentada, se encogió en el suelo. —Señor... —gimió. —Ahora vendrá la cridenpol —le advirtieron los presentes—. Debéis marchar, ella te habrá registrado. Corrieron durante un trecho, mientras el barro cerúleo del pavimento salpicaba sus flexibles botas. Ella corría con gran estilo, a zancadas atléticas. —Debes perdonarme la carrera —se disculpó Crispo—. Mi aerovehículo hace tiempo que no recibe energía, hube de abandonarlo. ¡Bah! La República traerá otro estado de cosas. ¡Iremos por la cinta transportadora! —¡Qué emocionante! —contestó ella—. Atravesar todos los niveles como si fuéramos simples protegidos. —¡Protegidos! —masculló Crispo con desprecio—. ¡Protegidos de la Ley! Sin dejarse impresionar por el gigantesco escenario, la cinta atravesaba, como un cuchillo una naranja, todos los niveles del planeta-ciudad, Crispo dijo: —Mi apartamento no está lejos. Tengo buenas píldoras psi —y se frotó las manos pensando en lo bien que lo iban pasar imaginando—. Además..., esto te lo confieso como un secreto, poseo un aparato tresdé de canal libre. ¡Te imaginas! ¡Conectado a una emisión marginal! ¡Ni un solo mensaje subliminal! ¡Una máquina que sólo recibe! No pueden registrar nada de lo que imaginemos. ¿Estamos bien organizados los republicanos?, ¿eh? |
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—¡Qué bien! —se regocijó ella. —¡Ya sé! Organizaremos una sesión mental. Estoy abonado a una red clandestina. Nos gusta enloquecer juntos. Oscurecer nuestros cerebros iluminando sólo los sentidos. Imaginar así es... ¡muy conspirativo! —¡Oh! Ardo en deseos de llegar a tu apartamento, me tiemblan las piernas de la excitación. Crispo Crum la miró con devoción y se sintió muy feliz. Últimamente no lo era mucho. La República no acababa de llegar y la Cridenpol atrapaba diariamente a ciudadanos desafectos exiliándolos a planetoides prisión-sumidero. Esta noche era diferente, el hecho de estar acompañado de una mujer tan joven y comprensiva le reconfortaba grandemente. Soplaría bajo los intersticios de su subconsciente y con su experimentada ayuda se los amplificaría para imaginar destellos de amor y bienestar y alejar así de sus mentes la depresión urbana y la histeria planetaria. Correrían libres por las praderas estelares sin salir de su apartamento. Al abrir la puerta, varios gatos salieron a recibirles, gastos peludos y grandes. Se dejaron acariciar por la muchacha hasta que el ratón mecánico que los mantenía en forma se activó y los gatos salieron a la carrera. Aquellos gatos eran el único lujo de Crispo Crum. No era un apartamento muy grande, un simple domo de tres estancias: cocina terminal, dormitorio relax y taller. —Pronto deberé abandonarlo —se dolió—. El ayuntamiento me desposeerá. Hace tiempo que me desconecté de la red vecinal. Entraron en el dormitorio, tapices y cojines Za flotaban en desorden faltos de programa, el pomo ingrávido había caído al suelo y los cuadros tresdé apenas lucían sus animadas imágenes por falta de alimentación. Sólo una máquina fantapán —todo fantasía—, nuevecita y reluciente, alegraba el triste panorama. Un magnífico aparato dotado de amplificadores psi y otras exquisiteces capaces de meter en un sueño sonido e imágenes adyacentes de increíble realismo. —Me gusta imaginar a gusto —explicó Crispo. Crispo reprogramó el dormitorio, aventó los olores pasados, encendió los cuadros animados, esparció columnas de color y sacó de un frasco polvos que al chocar con las partículas de luz chisporroteaban como una bengala. Luego buscó las cápsulas psi, se desnudaron y tomando la droga se tumbaron uno junto a otro muy abrazados mientras colocaban una mano en el asa de la máquina fantapán. El la besó: ¡Imaginemos! El brazo de la muchacha se deslizó por el vientre de Crispo hasta sus genitales. Sus dedos nerviosos juguetearon con el pene que, desperezándose, se enervó cuan fuerte era. Por todo su cuerpo sintió Crispo el influjo de la pasión de ella. La excitación le encogió hasta quedar reducido a un hombrecillo de un par de pulgadas. El cuerpo de la muchacha se le apareció como un océano moreno de carnes mullidas. A lo lejos sus senos orondos y tersos le esperaban anhelantes. Corrió por el vientre y llegado al pecho, se dejó caer por su blanda pendiente. Después sintió un deseo desesperado de conocer su intimidad y acuciado por la alucinación galopó desbocado hasta que sus pies se enredaron en la revuelta selva de su pubis. La piel húmeda le trastornó. El olor le subía por la nariz y le llegaba al fondo del cerebro. Separó cuidadosamente los labios blandos y encarnados, y sin pensarlo más se zambulló en la vulva húmeda de humores, roja de su sangre, erecta. Encontró el clítoris tan grande como un torso y lo abrazó y lo acarició hasta que sintió como ella se estremecía de placer, y como chorros de secreciones calientes le bañaban y hasta bebió de ellas, como leche cortada. |
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Entonces, la muchacha, recorrida por rachas y ventoleras incontenibles, le ordenó crecer y le rogó que se embruteciera como una bestia. Y Crispo, alegre, así lo hizo, convirtiéndose en un monstruoso protegido. Un hombre de los más bajos subniveles, tallado de roca viva, cuajado de pelos erectos y de cuyas ingles nacía un poderoso falo acerado, encendido de nervios de rojo sangre. Y la penetró mientras ella le pedía que lo hiciera sin melindres, que tomara en sus dedos sus senos y los amasara como miga de pan y que luego restregara contra su vientre su pecho peludo y rasposo. Y además, él, arañó su espalda y mordió su cuello a la par que los espasmos que les recorrían se fundían con sus intimidades más obscenas transmitiéndose bajos instintos retenidos. Y al salir limpios y fuertes los interiores se hicieron gozosos, claros de luz. Y Crispo pudo nadar dentro de las ideas de ella, cálidas y húmedas como su lengua de mermelada. La muchacha acarició el espinazo de Crispo, dándole una pasión parasimpática, entretanto olía, saboreaba, veía y sentía la cenestesia del amor. Se dispersaron al éter miles de pensamientos amplificados por las máquinas y las drogas, y dentro de ellos, precipitado por el amor, cristalizaba su entrega, la desnudez a que se habían sometido acariciando con calor cada uno de sus mejores, y aún los peores, pensamientos. Ella le pidió que compartiesen sus ideas otro rato, y él, entusiasmado todavía más, no sólo aceptó, sino que quiso agregar a la calma que gozaba otras pasiones más terrenales. Mas las razones que Crispo modulaba no fueron del todo aceptadas y sintió en su piel las ondas de este choque. A pesar de estar bañado por el pensamiento de la joven, no pudo enterarse de que parte de la personalidad de ella estaba blindada contra la imaginación y los juegos psi y que lo que creía haber conocido no era más que zonas de pensamiento virtual simuladoras del real. Crispo sintió entonces frías sondas que se deslizaban por sus anfractuosidades cerebrales, avanzando lentamente, como un glaciar por el alto valle, arrastrando una morrena cargada de todos sus secretos pensamientos. Sus ambiciones políticas, sus contactos. Todos los actos subversivos de su joven vida, y los nombres de todos los republicanos que conocía. |
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Quiso gritar y no pudo hacerlo, ordenó a su mano soltar el asa de la máquina fantapán, pero la mano continuó fuertemente asida. Y mientras la mujer le engullía el cerebro como una devoradora ameba de sinapsis, Crispo Crum se sintió asaltado por la nausea al comprender que se encontraba atrapado por una agente mental de la Cridenpol. ¡Le habían pescado! Al cabo, ella retiró su mano de la máquina fantapán y comenzó a vestirse. En su rostro no había una expresión definida. Crispo salió del trance sudoroso y confundido, le dolía la cabeza y un regusto de tragedia le embargaba. —Debo darme por perdido —gimió dramático—. Me vaciaréis en un estante mientras me fabricáis un nuevo criden, el criden de un buen amante de la Ley. Tardé una vida en hacerme republicano... ¡Nunca pensé que imaginaría con una policía! Debí sospecharlo, eres un cebo para tipos como yo. Desde la distancia, la muchacha se alisó las ropas y poniéndose firme dijo maquinalmente: —Ciudadano Crispo Crum, quedas preso en nombre de la Ley Imperial. Es inútil que trates de escapar. Un vehículo de la Cridenpol viene ya en camino. —¡Huiré a los sumideros! —dijo Crispo. Pero no se movió. —Escasamente sobrevivirías. Allí sólo aguantan los más fuertes, tú no eres de esos. —No encuentro una palabra lo suficientemente sucia para calificar tu oficio —dijo Crispo rabioso—. ¿Por qué lo haces? —¡Vístete! —¡Maldita policía! —gritó Crispo abalanzándose sobre ella. Lucharon en el reducido espacio del dormitorio, derribaron los pocos muebles de Crispo, los adornos, los frascos de color y los cuadros animados. Parecía que Crispo iba a quedar irremediablemente reducido por la habilidad de la muchacha, cuando ésta se golpeó fuertemente en la cabeza contra la máquina fantapán. Quedó desmayada sobre el suelo. La primera tentación de Crispo fue huir, ¿pero dónde?, ¿a quién pedir ayuda? Únicamente los sumideros, las gigantescas y profundas cloacas del planeta ciudad, ofrecían garantía contra la Ley. Sin embargo, se contaban cosas horribles de ellas, animales salvajes, ciegos y de piel blanca, acechando en cada conducto, hombres desesperados entregados al canibalismo, enfermedades horribles... Incluso valientes equipos de reporteros del tresdé habían desaparecido en su interior. Una unidad de infantes de la marina imperial enviada para proteger la reparación de una avería abandonó en masa sus puestos ante los horrores que vivieron. —¡Pues bien! —se dijo—. Antes de terminar mis días en un planeta-prisión, donde enloqueceré, prefiero ser libre en el corazón del horror, y ella, la culpable, me acompañará. |
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Y armado de una fortísima decisión se cargó el cuerpo de la muchacha a la espalda y encorvado por su peso tomó el ascensor hasta la calle. Las aceras estaban vacías, pero aunque alguien le viera, fuera de la Cridenpol, a nadie le importaba un adarme semejantes trajines. Hubo de detenerse varias veces, la muchacha pesaba lo suyo. Debía apresurarse. Consultó un plano público. ¡Estaba de suerte! A poca distancia se encontraba la boca de un importante colector. Los últimos pasos los dio arrastrando el cuerpo por los pies. Descansó unos instantes para tomar fuerzas y levantar la pesada tapa de la alcantarilla. En ese momento ocurrieron varias cosas a la vez: la muchacha abrió los ojos, la tapa del colector fue forzada desde dentro, unas bestiales manos palparon el pavimento y un aerovehículo de la cridenpol descendió sobre la acera. —¡Alto, deténgase! —ordenaron los policías. El habitante de los sumideros había atrapado el tobillo de la muchacha todavía semiconsciente. Crispo se estremeció ante aquél ser. Tiraba de la mujer hacia las profundidades. Instintivamente, le pisó la descarnada mano con toda su fuerza. Su dueño la retiró y huyó. Ella tenía los ojos muy abiertos, había comprendido la escena. Llegaron los Cridenpol y le prendieron. —Podías haberme dejado caer al colector —dijo ella. —Sí, podía haberlo hecho. Y aunque tu cuerpo es engañoso y tu amor está prostituido, yo soy un republicano. ¡Un ciudadano de Thubán! |