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RELATOS PARA DESPUES DE LA ERA DORADA: LA DECISIÓN. De Sáinz-Rozas |
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Hoy, que imprecisa es la sensación del presente cuando se mece en el vacío, hoy, digo, las máquinas me han despertado. Tardé algún tiempo en reaccionar, no más del que ellas habían previsto, desabrida extrapolación esa, pues el lapso entre el sueño artificioso de la criogenización y mis primeras reacciones fue particularmente mío. Empero, mis cuidadores mecánicos me conocen tan bien o aún más que yo misma. Cualidad harto molesta por más que sea para mi seguridad, y para ella fueron creados todos los artefactos que me acompañan en mi largo viaje, y a riesgo de ser acusada de desagradecida, descortesía inaudita en mi soledad, confieso que el ronroneo que acunó mi despertar me resultó largamente enojoso. No es fácil ponerse a vivir después de un profundo sueño, frío y hermético como la muerte misma. Vinieron a mí manos suaves y tibias, pero de textura plástica, fui enjabonada, enjugada y ungida de olorosos y frescos cosméticos. Mis miembros cogieron tono y la piel color, los tendones se hicieron flexibles, y mi lengua se baño de la vida y pronunció su primera palabra tras muchos, muchos años de mudez. No me atrevería a afirmar que aquélla fuera el reflejo del último pensamiento helado de mi lejano acostar, pero su articulación desencadenó un inconsciente retroceso mental en el que mis engranajes cerebrales —entumecidos por la inactividad— dieron marcha a mi propia personalidad, a mí. Supe entonces que quién pensaba era yo —perdonadme la expresión—, y que era yo igualmente quién estaba allí tendida pero lista para recobrarme. Las máquinas iniciaron sus programas, bailaron las luces y una dulce voz fue susurrándome al oído el motivo por el cuál había sido devuelta anticipadamente a la realidad. De todas las técnicas y prolijas razones de que fui informada, únicamente haré constar la principal: una fatídica avería en determinados mecanismos había sacado mi navío interestelar de las profundidades del superespacio, a algunos años luz de mi astropuerto de arribada. Así pues, desde este momento, la impulsión de la nave sería convencional hasta mi sistema solar, lo que a la mencionada velocidad suponía nada menos que un largo periodo de veinte años. La noticia no me arredró, soy mujer valerosa y he sido aleccionada para casos similares. Vistas las circunstancias y revisados los aparatos afectados y comprobada su imposibilidad de arreglo, rápidamente llegué a la conclusión más correcta. No debía volverme a criogenizar, la navegación de tipo convencional no lo aconseja en absoluto, hay peligros en el espacio y decisiones de astronavegación que deben ser tomadas personalmente por el astronauta, contrariamente al viaje superespacial, donde las máquinas pueden realizar esta labor sin ningún reparo. |
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Estaba condenada a llegar veinte años más tarde de lo previsto a mi base de partida, veinte años de lucidez, de vida normal, donde cada segundo era un segundo y cada día un día negro pero de veinticuatro horas de soledad. ¡Isa me asistiera! Iba a pasar veinte años encerrada entre paneles y mamparos metálicos sin más compañía que la impersonal voz de los ordenadores, y mis pensamientos. La rutina cayó pesadamente sobre mis horas, las pantallas alumbraron datos, los dígitos jugaron al baile de disfraces, la comida se fue acumulando en las bandejas sin que apenas la probara. Perdí forma y comencé a tomar píldoras para dormir, luego otras para poder levantarme hasta que no pude resistir más y pulsé el calendario que intencionadamente me había negado a consultar desde que fui despertada. Pero ¡ay!, escasamente habían transcurrido dos meses. ¡Oh!, desesperación, ni siquiera la décima parte de mi solitario periplo. Tomé una decisión, bajo ningún concepto volvería a abandonarme, ni física ni intelectualmente. No quería encontrarme un día hablando sola por la crujía. Distribuí mi tiempo a rajatabla, horas de estudio, horas de ejercicio, solarium, juegos, meditación... Cada día me miraría al espejo, me acercaría al calendario sin miedo, con la firme determinación de alejar el deseo de que los días transcurrieran sin enterarme. Se trataba de mi vida, eran mis días, los días de mi vida. Estaba sola, de acuerdo, pero no podía permitirme desaprovecharlos. Así me lo juré. Durante un mes, la rígida disciplina que me había impuesto apartó de mi pensamiento el fantasma de la soledad. Mejoré de aspecto, podía mirarme al espejo casi con orgullo, las báscula tampoco me aterrorizaba, dejé de consumir píldoras para dormir y hasta llegué a sorprenderme cantando en más de una ocasión. Pero cierto día sin nada especial que mencionar en que me disponía a conciliar el sueño, me abordaron pensamientos nostálgicos. Instintivamente y armada de una fuerza casi diría ajena a mí, conecte la videoteca tresdé. No escogí nada, dejé que la máquina se desgranara a su gusto. Vi imágenes de mi tierra, de hombres, mujeres y niños, de sus casas y sus jardines, de sus animales domésticos y sus vehículos de transporte. Me reí, ¿qué moda imperaría a mi llegada?, ¿me serviría alguna de mis bien guardadas ropas?... ¿Se acordarían de mí, de mi partida? ¿Saltaría la noticia a los titulares de los periódicos cuando mis mensajes fueran captados —dentro de unos años— por las antenas de mi planeta? ¡Bah!, la respuesta me llegaría casi en el momento de mi llegada... Un helado desmayo me traspasó. Y en un segundo, toda la fortaleza acumulada en un mes de férrea disciplina se desmoronó. |
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Negaba con la cabeza tratando de esquivar la acometida de mis negros pensamientos. Aporreé los teclados, los ojos se me humedecieron, sentí las manos crispadas y dolor en el vientre. Me levanté del asiento, la pantalla seguía funcionando, sonaba música excitante. Caí al suelo tapizado de suave fibra y me apreté contra el, una risa idiota se me escapó, me arañé la cara con las uñas, y una gota de sangre quedó sobre la punta de mis dedos. —¡Soy un ser humano! —le grité a las máquinas, a los estantes perfectamente ordenados, a los teclados de control, a las manijas, a las válvulas, a los... —Yo siento... —añadí con dramatismo—, siento porque estoy viva, y sufro porque estoy viva... Una fuerte emoción me subía desde las piernas a la cabeza, un calor desbordante. La música se multiplicó, parpadearon todas las luces de la nave y un gran dolor me desgarró las entrañas. —¡Idos todos al infierno! —exclamé, y cerré de un golpe la videoteca, no sin que antes la figura radiante de un niño quedara atrapada un instante en la pantalla. ¡Una luz se hizo en mi cerebro! ¡Oh, Isa, que pudiera hacerlo! Corrí como una loca a los controles centrales, tecleé con frenesí sobre los programas de urgencia. ¡Rápido, quiero una lista detallada de toda la carga! ¡Un bloque informativo sobre Biología, Obstetricia, Partenogénesis... ¡Vamos!, le ordené a las máquinas, ¡moveos! ¡Hay trabajo que hacer! ¡Quiero tener un hijo! |