Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

RELATOS PARA DESPUES DE LA ERA DORADA:

 GNOST.

De Sáinz-Rozas

Hace algún tiempo, trabajando para una publicación periódica, sita en Thubán, me fue encargada la tarea de recabar información de primera mano que aclarase a nuestros abonados los hechos que, por lejanos, se les antojaban inexplicables. Se trataba de acercarse a la agitada periferia galáctica y allí, siendo espectador, transmitir una serie de crónicas que pusieran más cerca los acontecimientos que ya muchos vaticinaban como la pronta irrupción del proletariado  externo sobre la rica y democrática Thubán.

Armado pues del ansia que mi juvenil profesionalidad me confería, desembarqué hará ya más de un lustro en uno de los más exóticos planetas periféricos que puedan existir. Estoy seguro de que todos habéis visto alguna vez en los noticiarios tresdé imágenes de este lugar. No voy por tanto a describiros este planeta, llamado del vicio, y más propiamente conocido por Uter, o la  feria de Uter si lo queréis así. Allí debería buscar un buen contacto que me permitiera infiltrarme en las filas del Caos, fuerza a todas luces preponderante en los avatares periféricos. Qué puedo deciros de su capital Dionysos, su mismo nombre ya  aproxima a lo que más tarde vi. Una feria del más espantoso y degenerado vicio que podáis imaginar. No sólo el sexo se comercializaba en cualquiera de sus infinitas variantes, sino que todas las diversiones procaces, emocionales o imaginativas, y prohibidas por las leyes Groor, se encuentran  en Uter campando por sus respetos. Cualquier aventura, cualquier ensoñación, puede ser satisfecha por la industria uteriana siempre y cuando se disponga del suficiente crédito. No era mi viaje de placer y por ello me abstuve de tales  inmorales divertimentos, aunque a fuer de sincero, hube de luchar, y a veces denodadamente, con mis impulsos. Pero vencidas las tentaciones y puesta la razón en su lugar, dirigí mis pasos la noche de mi llegada por las estrechas callejas del barrio portuario de la ciudad, donde a ciencia cierta sabía tenían sus orgías todos aquellos que llegados a Uter por otras razones más menestrales que la propia diversión, hacen también uso de su alegría aunque en distinta medida. No había allí suntuosos burdeles para turistas adinerados y deseosos de burlar la Ley, ni complejos ambientales recreadores del  pasado, ni siquiera casinos. No, las gentes que pululaban por estos lugares tenían a bien divertirse de otras maneras más tradicionales. No pecaré de exagerado si os digo que primaba  más el vaso de buen vino y la mano prieta en la empuñadura del  arma, que cualquier otra diversión. Eran marineros de todas las razas y nacionalidades: tripulantes de buques de guerra o simples marinos mercantes. Contrabandistas de la alucinógena resina del Armistán tenían asimismo su sitio en las oscuras y  turbulentas tabernas porteñas. Ex-legionarios mods, vagantes y sin soldada, acechaban en las esquinas pidiendo un óbolo o arrancándolo de viva fuerza si la mano andaba corta. En fin, toda clase de indeseables. Empero, no os he hablado aún del tipo de seres más peculiares y por tanto más estremecedores que tuve la fortuna -debéis perdonarme la expresión- de conocer. Sin ninguna duda reconocí en aquellos hombres el objetivo de mis pesquisas. Tenían el porte y las maneras de  gentes no sujetas a ninguna ley, por un lado podían pasar por marineros avezados, curtidos en mil singladuras y tatuados sus pechos y antebrazos de estrellas y constelaciones. Pero una detenida observación llevaba a considerar, no sin cierto sobrecogimiento, que semejantes tipos humanos lucían su cabeza demasiado alta, la mirada orgullosa y el gesto audaz, y amén, todo sea dicho, del arsenal de combate con el que se movían. Su presencia asustaba, sus gruesas voces imponían respeto, sus  mortíferas armas levantaban oleadas de silencio. Eran los piratas Noor, los adoradores del Caos

Convenientemente disfrazado, tuve el valor de penetrar en una de las tabernas y hasta hube de solazarme con una meretriz de escaso atractivo -Isa me lo perdone-, para guardar las apariencias. Si los presentes hubieran sabido quién era yo, espía republicano al fin y al cabo, de seguro me hubieran traspasado con sus terribles dagas vibratorias. Y como lo cuento, tomé una jarra de cerveza, excelente por cierto, y buscando un rincón apartado esperé pacientemente la oportunidad de entablar una conversación que pudiera encaminarse hacia mi meta. Fue entonces cuando me llamó la atención un personaje que describiré. Se trataba de un pirata Noor, un verdadero toro de tan anchos y fuertes brazos que infundía temor sólo con su sombra. Se ataba el pelo rubio a la nuca en un vigoroso coleto, así gustan de llevar los hombres del espacio sus guedejas, y adornado también por un profuso y rizado bigote cuyas puntas retorcía al hablar. Relataba una historia de naufragios y mundos desconocidos que me interesó al instante. Aquel pirata no tenía sin embargo la faz brutal que normalmente se gastan los veteranos de todas las armadas, diríase incluso que era bello a su manera, con los dulcificados rasgos de su raza, pues me pareció de ascendencia gitana. Apretaba una jarra en la mano, y por mi cuenta que vació una docena mientras con hermosa y grave voz les contaba  a sus oyentes la increíble historia motivo de este relato y que procedo a transcribiros tal como la recuerdo.

Aseguraba el pirata que en una de sus derrotas, razzia de saqueo presumo, tuvieron la mala suerte de ser emboscados por navíos de guerra del reino de Axón con el resultado final de la pérdida del velero estelar pirata. Añadiré que entremedias detalló como infligieron a los destructores reales un severo castigo que les dejó en el espacio, si bien vencedores, también náufragos. Ordenó el capitán pirata abandonar la nave, y nuestro hombre se vio embarcado con algunos de sus compañeros a bordo de un  botecillo velero y que impulsado por la presión estelar,  aproaron con rumbo a una estrella cercana. No les amedrentó la circunstancia de encontrarse lejos de toda astropista de navegación, y en estas circunstancias, escasas las posibilidades de supervivencia, transcurrió el tiempo que,  implacable, fue minando la moral y hasta la vida de hombre del  espacio tan duros como aquellos. ¡Ah!, de que tintes dramáticos tiñó el pirata su relato cuando remedando con sus gestos y ademanes la desesperación que les embargaba, explicó  que, encontrándose los supervivientes al borde del delirio, decidieron por unanimidad encerrarse en sus trajes espaciales y criogenizarse hasta buen fin, aun corriendo el riego de ser atrapados indefensos por navíos reales, en cuyo caso no valía  la pena haber sobrevivido para ser colgados de la antena de  proa. No añadió a su historia más dolor, sólo aseguró que, habiendo todos sus compañeros congelado sus vidas, se disponía a hacer lo mismo, cuando sufrió las más perversas alucinaciones. ¡Pues no se creía llegado a una estrella! Nada tenía delante para creer en semejante cosa, pero para su asombro, todos los instrumentos informaban de los contrario, no sólo estaba cerca de una gran masa, sino que además tenía que ser gigantesca para producir tal campo gravitatorio. El bote fue atraído por la más negra de las  oscuridades, una fuerza gravitacional surgida de la nada que  amenazaba con deformar el endeble casco. En un arranque de lucidez, nuestro hombre consultó el astrolabio, hallando como esperaba aquellos lugares del espacio vacíos. Mas siendo tan manifiestos los efectos y tan previsible la catástrofe y suprimiendo de un golpe toda posibilidad de alucinación, el pirata se creyó en manos de una de las más viejas tradiciones marineras: ¡una trampa Skargami! Una trampa papamoscas que como aseguran los veteranos navegantes, ponen al albur estos seres no humanos, ¡los Skargami!. Artefactos no humanos que de vez en cuando aparecen y desaparecen para pasmo y temor de quienes han tenido el privilegio de comprobar su fantasmal presencia en el negro y parpadeante éter, en el espíritu del Uno.

A juzgar por las explicaciones que daba el pirata, vino a mi magín el recuerdo de fenómenos que todos hemos estudiado en la escuela elemental y de mucha más fácil entendedera, como son las singularidades espacio-temporales, los huecos negros. Empero, yo sabía que no hay ninguno de estos curiosos vórtices en un considerable radio alrededor de la Galaxia habitada.

Tras un tiempo que el pirata esperó la desintegración del bote por aplastamiento, le sobrevinieron otra serie de fenómenos increíbles, como extrañas músicas, alucinaciones coloreadas, luces de rojo intenso y parpadeos de todos los instrumentos, como si bañados de energía sintieran en su entraña el placer de tal digestión. Y repentinamente fija, tuvo a la vista y a su frente, pareciendo que hubieran encendido con materia aquella región del espacio, una ígnea bola roja que no pudo confundir con ningún tipo de estrella natural o plasmoide. El artefacto era un poliedro de millones de facetas de tal modo que se redondeaba hasta casi formar una esfera de luz y plasma. De aquella tupida red y según el bote era atraído por la gigantesca masa, pudo apreciar que entremetidos en las caras había pasillos transparentes que cual diques contenían el plasma, domesticándolo.

De nada estaban formados los diques, pero de ellos no se escapaba ni un átomo ni una partícula. El bote fue engullido sin que los instrumentos pudieran contarlo, todos fenecieron sobrecargados de energía, energía y campo que ningún mal causaron a nuestro hombre, todo lo contrario, se sintió transportado a zonas desconocidas del subconsciente, a recuerdos placenteros ya olvidados, a instantes de su vida oscuros como un pozo y que interpretados en un segundo, le dejaron limpio de toda amargura, pesar o trauma. Tuvo deseos de vivir, euforia, vitalidad. Sensaciones que le acometieron impidiéndole ver dónde se encontraba, pues al pronto y sin previo aviso, el escenario cambió, encontrándose ahora el botecillo en un lugar de una espléndida claridad azulada. Un mar de nubes rizadas le rodeaba. La vela por inútil, colgaba lacia falta de la presión de la luz, la arrió, y al hacerlo mejoró la panorámica del lugar donde se encontraba. El mar de nubes se curvaba sobre sí, envolviéndole como una inmensa intraesfera, y en el centro y para su sorpresa, un diminuto Sol, una estrella plasmoide artificial irradiando luz y calor tan al gusto de un ser humano que el pirata abrió las escotillas y se quitó el traje espacial. Todos sus compañeros habían muerto.

La visión siguiente le asombró aún más: tres gansos, sí, tres gansos pasaron en formación a su lado sorteando con habilidad el dormido bote, y detrás ¡Gea le asistiera!, tres individuos de factura muy similar a la humana pero más fornida y pequeña, vestidos con telas multicolores con amplios volantes flameando y volando a la captura de los gansos. Reían y gritaban. Otros de estos seres voladores se le acercaron con gran alborozo con movimientos que le recordaron la técnica de la braza. Tenían los píes grandes y el tórax y los brazos fuertes, sus piernas eran cortas y su cabezas gruesas y cubiertas de abundante pelo. Eran bellos a su forma, bellos y armónicos. Le recibieron con amabilidad y colectivo regocijo. Pronto supo que se llamaban a sí mismos, los seres Herméticos.

Vivían en un asteroide socavado, expresión mixta de lo que en astroingeniería se denomina Esfera Dyson y Espomo. Artefacto horadado y del que sólo las paredes quedaban a modo de cáscara, y así y todo convertida en paneles de campo para los fines que más tarde hablaré. La diminuta estrella artificial, rodeada de nubes y filtros gaseosos, hacía posible la vida. Días, noches y estaciones eran fielmente reproducidas por sutiles máquinas. La flora, la fauna y los propios herméticos gozaban de una armonía exquisita. El lugar tenía por nombre "Gnost", donde estos seres habían desarrollado, ajenos a la pesada gravedad humana, las facetas tridimensionales que la materia siempre ofrece. Su sistema social se basaba en una sociedad superespecializada y multidividida donde cada individuo realizaba una función específica y en la cual, la sociedad total era la suma de las minúsculas partes programadas.

Los herméticos se habían diseñado a sí mismos tanto biológicamente como genéticamente, alcanzando las proporciones ideales para las especiales características de Gnost. Sus vidas pasaban por tres fases: la fase sensual, la intelectual y la inmortal. Tras nacer por gestación natural, el niño era educado por sus padre tutores, que al cabo del tiempo lo integraban en la ciudad de los jóvenes: Guha, donde pasaría el resto de su juventud dedicándose al arte, el deporte y el sexo. Allí juegan ,vuelan y se aman sin prejuicios, comen con apetito y gustan de las emociones fuertes como la carrera del ganso, pero son de natural pacífico y no consumen drogas excepto en las fiestas  de comunicación y percepción. Guha es alegre, radiante y desvergonzada, en ella los jóvenes sensuales se autogobiernan disponiendo de su educación y vida a su entero gusto. En su  fauna predominan los gansos, milanos, águilas y cóndores. Los jóvenes sensuales son alegres, confiados, dinámicos y algo  agresivos con sus mayores. Llegados a la madurez, y entre grandes fiestas familiares, entran de lleno en la fase intelectual, en la que ejecutan labores de funcionariado, realizando al mismo tiempo una investigación sobre su propio  trabajo, trabajo que consiste en cuidar de Gnost. Viven en una ciudad llamada Kryptos, que es seria, reservada y tranquila. En ella es notoria la presencia de palomas, pájaros y gallináceas. Los intelectuales aman la paz, la plática relajada y el estudio y observación del universo. Cuando el cerebro comienza a dar muestras de abatimiento o involución lo que sucede a muy tardía edad-, es vaciado en el Dormitorio de las Conciencias, computadora cementerio donde las ideas y pensamientos quedan almacenados para siempre, pasando a formar  parte de la mente total o Anima Mundi Hermética. A esta fase  se la denomina inmortal, pues consultadas las conciencias dormidas, afirman encontrarse en comunicación permanente y eterna con Gnost. Ocurre a veces que un hermético, al final de su fase intelectual, no desea terminar su presencia física,  por lo que puede reimplantar su conciencia en un Alter Ego de sí mismo, lo cual es fácil para la técnica hermética porque poseen registros embrionales criogénicos de todos los individuos, desarrollándose a petición del interesado, que se encuentra de nuevo con un cuerpo gemelo al suyo, tan joven como antaño, con todas sus ideas y recuerdos, pero con una percepción y vida nuevas. No obstante, esto no está enteramente bien visto y estos herméticos viven en una tercera ciudad llamada Tora completamente apartada de las otras. En ella no reina la alegría sino lo imprevisible, pues los herméticos revivientes son seres de insólitas reacciones que pasan sus días hablando y discutiendo, y su sabiduría es agria pero fuente de enseñanzas. La ordenación de esta sociedad es llevada magistralmente por un ordenador llamado Máquina Zeta, de acuerdo con la clasificación que hiciera un sabio, dando a cada letra del alfabeto un cúmulo informativo desde la A: un millón de bits, y ascendiendo en crecimiento exponencial hasta la Z. Creada e imbuida del principio de autoperfeccionamiento, Zeta controla y afirma su presencia en cada uno de los átomos  de Gnost siendo difícil diferenciar sus componentes físicos de la misma materia de Gnost. Y por este efecto sus terminales de acceso son lugares de invocación, donde los funcionarios a su  cuidado interpretan sus respuestas. 

Para un observador extraño podría parecer que los servidores de Zeta son más místicos que ingenieros, o que los herméticos han creado su propio gran espíritu y divinidades menores o canales especializados de invocación. La sabiduría de Zeta es tan grande que les ha permitido hacer uso de las las maravillosas pero escondidas propiedades del universo, el aprovechamiento de los sistemas naturales de Transbordadores Espacio-Temporales, zonas del espacio donde la energía y la luz son absorbidas y el tiempo no existe, para viajar por todos los confines del universo y finalmente contactar con otras razas inteligentes.

Esta epopéyica empresa tiene sin embargo un peligro. Pese a que los Herméticos habían renunciado a todo contacto intencionado con su civilización de origen, temen que si su encuentro con razas diferentes no se hace de igual a igual, como siempre que una civilización encuentra a otra, la más desarrollada coloniza a la otra. Y para evitar esto, Zeta ha puesto en marcha el más apasionante programa jamás ejecutado. Me explicaré. Disponiendo de un Cuaderno de Bitácora en el que registra todos los acontecimientos elementales a su alcance, elabora mapas espacio-temporales donde la única incógnita es el Horizonte de Sucesos o línea de penetración universal en el futuro para tiempos positivos. De aquí nace el quehacer vital de los Herméticos: El pronóstico. Labor en la que gastan todas sus energías. Capturan seres humanos y les ofrecen algo inaudito, un  horóscopo certero a cambio de convertirse en sondas de la Historia, elementos prefijados de acontecimientos locales. De este modo, introducidos en los sucesos temporalmente próximos, actúan sobre ellos acelerando o retrasando la sucesión  histórica con el único fin de saber si el destino, ¡eterna  pregunta! es impenetrable. Y de no serlo, poner en marcha los mecanismos sociales para descomponer la sociedad humana y de su final hacer resurgir una nueva sociedad que pueda participar en el salto del tiempo sin correr el peligro de ser  colonizada y por ende esclavizada.

Y aquel pirata, ebrio ya de tanta cerveza, aseguró sin ninguna vergüenza que, él, a más de cantante y espadachín de renombrada fama, había sido amado por una hembra inmortal y estaba destinado a mover los mundos gracias a que habiendo pactado con tales seres, avanzaba en el tiempo con la seguridad que sólo un pacto así puede dar. Yo soy un agente hermético, dijo al terminar su relato. 

Rieron los concurrentes, incrédulos unos y asombrados otros. Por supuesto que nada creí entonces de su narración, estas historias o parecidas eran comunes en aquellos días de la periferia. Pero acuciado por la curiosidad y olvidando la debida precaución me acerqué al pirata y sin presentarme le pregunté:

-¿Y de dónde proceden tales seres, amigo mío?

El pirata me miró sorprendido, mas viendo en mí el interés que su historia había despertado, se sintió halagado y respondió:

—Los herméticos, señor, saben que la Contracción ha comenzado, el corrimiento al violeta. Ellos no son más que nuestro pasado o nuestro futuro, como mejor quiera. Ellos son nuestro final.

Y terminadas sus palabras, recogió sus armas y acompañado de otros piratas del Caos, partió, Isa sabe dónde, para conquistar la Galaxia y bañarla de sangre, como así está sucediendo, pues no era otro que el comandante de todas las flotas piratas Noor, a quién el diablo se lleve.