Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

RELATOS PARA DESPUÉS DE LA ERA DORADA:

En el Lugar de la Muerte.

De Sáinz-Rozas

Mi nombre no importa, sólo os diré que fui amigo del protagonista de esta historia. Desdichado personaje que, como yo, llegó un día a este planeta a lomos de la espléndida fragata "Lestai", nave insignia de los piratas del Caos. Gamael, de quién os hablo, era un pirata de escasa fortuna y extrañas aficiones. Lo conocí en Noor, el planeta sede de los  piratas. Fue durante la Gran Asamblea. Acababa de alistarse al Caos y tuvo la suerte de sentar plaza en la dotación de la "Lestai" navío pirata en el que servía yo como maquinista. Gamael no había sido siempre marinero. Lejos de la periferia, pues era natural de Evodi, tenía registrado su criden, habiendo gozado hasta hacia poco de la protección de la Ley Groor. Sin embargo y llevado por sus insólitos deseos, se había puesto al margen de la legalidad, teniendo que exiliarse del centro galáctico. Gamael era un cazador, uno de esos hombres que lleva en su sangre la pasión de la muerte y captura de lo que llaman "presas". Clandestinamente introducido en una Reserva Jardín Imperial, tuvo la osadía de dar muerte a varios animales en peligro de extinción. Perseguido por la policía biológica, terminó su fuga en el planeta pirata, donde le dimos refugio y por así decirlo trabajo. Conducidos por nuestro comandante habíamos desembarcado en Lamia —el planeta de la muerte—, no sin antes burlar el bloqueo de la escuadra axonita. Nuestra misión consistía en apoyar a los rebeldes lamienses en su lucha contra el reino de Axón, pues Lamia llevaba siglos peleando por su independencia. De Lamia se dice siempre que no es un buen lugar para vivir,  quizá sólo es bueno para encontrar una muerte rápida. Se trata de un planeta llano como la palma de la mano, sembrado de montículos rocosos a cuya protección verdean las escasas granjas. El cielo de Lamia es verde y denso como un puré de guisantes, lo que se debe a la presencia numerosa de microorganismos fabricados especialmente por la Exo —la Compañía Exobiológica— para la producción de agua y energía en las mismas nubes del cielo lamiense. Globos cautivos amarrados a pequeñas vagonetas que se deslizan sobre raíles se encargan de almacenar el agua y la energía que la tierra se niega a dar. Sobrevivir en Lamia no es tarea para pusilánimes, todo lo contrario. Lo nativos son altos y de nervudos brazos, de largas cabelleras y tupidas barbas, cabalgan por sus estepas montados en grandes animales tetraploides armados de sus artesanos fusiles de caza y seguidos por aullantes bandadas de  fieros perros de las llanuras. Pudiendo parecer lo contrario, en Lamia abunda la caza animal. Su ecosistema, dada la baja densidad humana, está casi equilibrado. Y si para la Exo, este  planeta fue un manifiesto fracaso, con el paso de los siglos, Lamia supo hacer un hueco a la vida.

Especies diseñadas para su duro clima, desaparecieron sin dejar rastro y otras casualmente introducidas fueron capaces no sólo de adaptarse sino multiplicarse aceptablemente. De suerte que la vida en Lamia representa su facción más dura. Los lamienses disparan contra todo lo que se mueve, animal hombres o máquinas. Viven en clanes rurales salvo una pequeña casta dirigente que habita la docena de ciudades de piedra concentradas a la orilla de un largo canal artificial que recorre de costa a costa el único continente. Sólo hay pues un océano en Lamia, es un mar inhóspito y no apto para la vida, sustancias perjudiciales se  hayan diluidas en fuertes proporciones, que son el resto del enérgico tratamiento a que la Exo sometió al planeta cuando lo bionizó, empero, el océano si cumple funciones vitales, pues sus mareas, la evaporación, y otras propiedades físicas mantienen estable la pesada atmósfera lamiense. Además, el profundísimo fondo de este mar es completamente sólido, forma un zócalo de hielo VI que nada puede atravesar Los nativos lo llaman Mare Frigoris y está tan muerto como el original del que tomó nombre.  En las ciudades viven los nobles y los comerciantes que mantienen a Lamia suministrada de útiles y mercaderías. Con la invasión axonita, el pueblo se aunó contra el invasor. Partidas guerrilleras sometieron a la infantería de marina axonita a un acoso sin cuartel que duró siglos. Una larvada e intermitente guerra de las zonas rurales contra los tiránicos axonitas. Hartos del planeta. El almirantazgo de Axón decidió sembrar de minas autómatas todo el planeta excepto las zonas bajo su control. La vida se hizo imposible en Lamia fuera de las ciudades. Aquellos artefactos autómatas navegando a decenas de metros del suelo y con un radio de detección de varios kilómetros analizaban todo rastro de vida y si era humana se lanzaban con todo su poder contra el infortunado, cuyas posibilidades de escapar eran prácticamente nulas. Y  había centenares de miles de estas minas. Los clanes lamienses corrieron a refugiarse a los abandonados fuertes subterráneos que un día fueron base de la octava flota imperial. Estos fuertes son imponentes construcciones militares cuya extensión está aún por explorar. Se encuentran en la zona más desértica del continente y nada  puede diferenciarlos, a vista de pájaro, del paisaje típico lamiense. En su interior, túneles sin fin e inmensos hangares componen la estructura bajo tierra más espectacular que nunca se haya visto. Los lamienses sólo fueron capaces de restaurar un mínimo de mecanismos del olvidado blocao, lo justo para poder desarrollar una estrategia de supervivencia en el corazón de Lamia. Olvidando su orgullo, los clanes pidieron ayuda exterior, y quién mejor que nosotros, los piratas del Caos, para combatir a Axón. Cuando desembarcamos en Lamia, nuestra nave fue rápidamente ocultada y una vez que el comandante se entregó a las labores de organización de una fuerza lamiense aliada al Caos, quedó la marinería prácticamente libre de servicios. Mas poca distracción podíamos encontrar. Amén de absolutamente prohibido, adentrarse en el desierto era un suicidio seguro.

Únicamente el blocao, aquél inmenso, oscuro e inhóspito mundo subterráneo nos ofrecía cierta libertad de movimientos. Los lamienses habían organizado sus clanes en las zonas conocidas, y aunque su vida había cambiado radicalmente y sus actividades se limitaban a los mínimos de supervivencia, algunas de ellas todavía se mantenían. Los lamienses son gente tosca y adusta, apenas deslizaban en sus conversaciones más de tres palabras seguidas, siendo este laconismo, a fe mía, la característica fundamental de los pueblos inmersos en duras realidades. Por ello, la tripulación andaba recelosa, añorando la navegación, y deseando partir de aquel infierno cuanto antes. No habíamos acomodado en los aledaños de uno los campamentos lamienses y pasábamos los días vagando por los túneles, ciertamente impresionados por lo desmesurado de su construcción. Las dimensiones de hangares y servicios aseguraban a buena vista que allí se habían almacenado gigantescos cruceros imperiales y otras armas  mortíferas. Nada de eso quedaba entonces, pero sí podíamos admirar las ahora inservibles máquinas que en tiempos pasados habían servido para la reparación y mantenimiento de la octava flota imperial. Viéndolo así, me costaba imaginar, cómo el Imperio Groor había caído derribado por sus propios ciudadanos. Aburridos, paseábamos Gamael y yo por el campamento nativo regateando con ellos el precio de algunas mercaderías que se vendían en el improvisado y poco provisto zoco, cuando nos sorprendió encontrar a la venta una excelente máquina viva para usos personales. El vendedor, un taimado personaje, se negó a indicarnos su procedencia y lo que era más insólito, cómo había llegado hasta allí. Pero el caso es que estaba en venta. No teníamos permitido los piratas este tipo de servicios, pues El Caos odia estas creaciones biocibernéticas remedo de los seres humanos, pero, Gamael, quizá impulsado por nuestras actuales e insulsas ocupaciones, pujó por ella pese a su prohibitivo crédito Nada dije, Gamael era muy libre de adquirir lo que quisiera y empeñar el botín de una singladura, conocía bien los códigos piratas que regían nuestro comportamiento y sabía como yo que era un compra temporal, podría usarla mientras estuviéramos allí detenidos, pero nunca embarcarla.  —Me servirá para entretenerme —dijo. Efectivamente, era un lujoso modelo femenino de entretenimiento, con la memoria de un elefante, la habilidad de un cirujano y la amabilidad de un sirviente. Pero tenía la inteligencia de un niño de tres años. Así son estas creaciones. Artificiosas réplicas de un ser humano, eternamente jóvenes hasta que un día caen fulminadas por su muerte programada. Para mayor desacierto, el modelo consumía gran cantidad de agua y alimentos, lo que en Lamia era muy peligroso.

—Se acostumbrará —sentenció Gamael.

Así pasaron los días, y los afanes de Gamael por sacar algún provecho de su adquisición pusieron una nota de entretenimiento a la desalada realidad de nuestra espera. Había cogido el hábito de sentarme frente a su cubículo y observarle. Todas las tardes, Gamael desarmaba y armaba una excelente arma de caza de que disponía. Había hecho memorizar a la máquina viva el orden de las piezas y se las iba dando y pidiendo como el cirujano al ayudante. La máquina viva, tal como estaba condicionada, sonreía a cada gesto puesto sus bellos ojos en los de Gamael. Observé cuanto le complacía a Gamael la dócil aptitud de la máquina. Si Gamael daba un paso, la máquina viva le seguía como un cachorro. Si Gamael tenía un servicio a bordo, la máquina viva parecía apagarse hasta su regreso. A mi parecer componían un dúo deprimente. Pero no era asunto mío. Para mantenerla en forma, Gamael daba largos paseos a los que en ocasiones me invitaba. En uno de ellos y habiéndonos alejado más de lo recomendable, Gamael era en este tema francamente optimista pues confiaba en la capacidad de memorización y orientación de su máquina viva, por contra mía que sólo confiaba en mi brújula, nos sucedió un incidente que modificaría decisivamente el comportamiento de mi compañero dando lugar a este historia. Habíamos observado ya en el mismo momento de desembarcar la presencia de ratas de pelo negro, grandes y atrevidas que pululaban por los alrededores de los campamentos lamienses con la impunidad de su número. Empero, no parecía una situación alarmante para la vida humana en el blocao. En los túneles, sin embargo, su presencia era más discreta, supongo que por la falta de alimento. Pues bien, caminando sin rumbo fijo comenzamos a oír los sordos ruidos de los afanes de lo que en la oscuridad apenas rasgada por nuestras linternas parecía un nutrido grupo de pequeños animales. Ratas presumíamos. Llevaba la maquina viva el fusil de caza de Gamael, y tomándolo este se aprestó para nuestra seguridad pues a tenor del ruido que producían debían de ser centenares de estos animales. En efecto, al iluminarlos comprobamos horrorizados como las ratas se arremolinaban sobre restos de imposible visión. Nos detuvimos y Gamael, ignoro si por su instinto de cazador o por nuestra propia seguridad se dispuso a hacer fuego sobre ellas. Yo mismo ya tenía la mano presta para desenfundar mi pistola  LXR, más propia para este menester que la carabina de Gamael, cuando oímos un raro aullido en absoluto proveniente de los múridos. Algo aleteó sobre las ratas y mientras éstas, enloquecidas por el miedo emprendían la huida en todas direcciones, pasando incluso a nuestro lado, descendió del techo un gran animal desconocido para nosotros. Cayó sobre las ratas como un halcón y clavando sus garras en un par de ellas, se elevó de nuevo antes de que pudiéramos identificarlo. Desde luego no se trataba de un ave rapaz ni nada parecido. Además, no podía concebir que tales aves hubieran podido aclimatarse a la oscuridad de los túneles. Gamael, fuertemente impresionado, proyecto su linterna hacía los techos buscando al raro animal. Pero al igual que las ratas, había desaparecido del lugar. Fue entonces cuando vimos lo que las ratas devoraban. Eran los restos de un hombre, un lamiense sin duda, Gea sabrá cómo había tenido la mala fortuna de terminar así. De regreso al campamento, Gamael, pálido como un muerto, se informó de los nativos sobre este animal. Se trataba de un mutante de la Exo, creación especial para mantener los fuertes limpios de ratas. Los lamienses lo llamaban basilisco en recuerdo de aquél ser mítico cuya mirada podía matar. Era ciego y se guiaba a la manera de los murciélagos. Los lamienses lo protegían y salvo para las ratas resultaba inofensivo. Pude observar en el rostro de mi amigo, una fiera resolución. Sabía que en su interior preparaba la caza del basilisco, lo adiviné cuando horas después desarmó su arma de caza y la limpió y engrasó con especial dedicación. Finalmente me comunicó que tenía proyectada su caza para la jornada siguiente, de la que ambos estábamos libres de servicio. No me  extrañó su decisión, como ya os he dicho, pero sí traté de hacerle comprender que, encontrándonos en tierra extranjera y  siendo fuerzas aliadas, la caza del basilisco podría traernos funestas consecuencias, tanto de parte de nuestros mandos como de los mismos lamienses. Pero esto no le arredró. En su fuero interno estaba firmemente decidido a dar muerte a todos los basiliscos que se le pusieran a tiro. Se había secretamente informado de los lugares más óptimos en los que anidaba este mutante y esperaba regresar en un par de jornadas. Pensaba ayudarse de la máquina viva para orientarse, en la que confiaba, a mi ver, excesivamente. Todavía no puedo decir con exactitud las razones por las que decidí acompañarle. Quizá  fue que, viendo su ceguera, en mi interior nació cierto deseo de mesurar su pasión y garantizar su regreso. No en vano todavía recordaba el cadáver semidevorado del desgraciado lamiense. Nos procuramos iluminación, raciones, y agua para varias jornadas. Por mi cuenta incluí en mi mochila precisos chips de orientación y abundante munición para el fusil de asalto que pensaba llevarme.

Se trataba de una excelente arma de combate de tiro muy vivo y munición explosiva que suponía yo mantendría alejadas las peligrosas manadas de ratas. Amén de mi inseparable pistola LXR. Cargamos a la máquina viva con las provisiones y sigilosamente abandonamos el campamento mientras sus habitantes descansaban. Gamael caminaba delante. Era un hombre ya maduro, de pelo plateado y luenga barba. Profundas arrugas surcaban su rostro  del que salían dos ojos encendidos como tizones. Le seguía la máquina viva. Pese a no tener ningún tipo de afición cinegética una profunda emoción me embargaba. Quizá era la pasión de la caza, quizá sólo miedo. Llevaríamos unas horas de marcha cuando un penetrante olor nos invadió. La humedad se hizo más notoria y el olor, producido por algún tipo de vida vegetal nos aturdió. Pronto descubrimos la causa: de las distantes paredes del túnel rezumaba agua y por este motivo, toda su superficie y aun los  suelos, estaban tapizados de setas, hongos de carnosa consistencia y apetitosa apariencia. Al pisarlos se deshacían produciendo una rara impresión bajo nuestros pies. Había setas  hasta perderse de vista. Cuando Gamael encontró un lugar adecuado, sacó el cebo que a este efecto se había procurado —una pierna de cabra— y colocándolo a su gusto nos ordenó acampar a un centenar de metros mientras él preparaba su puesto de observación a la espera de que el cebo atrajera las ratas y éstas al basilisco. Se colocó unas gafas para ver en la oscuridad apagó su linterna y nos despidió. Desde el improvisado campamento y sin más compañía que la máquina viva me mantuve alerta mientras reponía fuerzas a la par que observaba intrigado la mecánica masticación de ésta y su aparente pérdida de expresión cuando  realizaba tareas para sí misma. Pasaron las horas sin ninguna novedad, y creo que incluso llegué a dormitar. Desesperado, Gamael recogió su cebo y levantamos el campamento para seguir caminando. Al cabo y llegados a una gran rotonda circular de muchas salidas algunas cerradas por desprendimientos— observando no sin sorpresa que toda ella estaba regada de los restos solidificados de excrementos que supusimos de los basiliscos. Pero no había ninguno de ellos. Esto espoleó todavía más a Gamael. La presa tenía que estar cerca. Como no sabíamos por cuál de los túneles seguir y mi brújula ultrasónica nada nos aclaraba, Gamael confió en el instinto, azar pensé yo, de su máquina viva, quien se internó por uno de ellos sin más. Poco trecho anduvimos por aquel túnel, al poco se abrió otra sala aunque no muy grande y allí nos esperaba otra sorpresa. Un esqueleto humano perfectamente sentado y apoyado contra la pared. Al acercarnos se desmoronó en sus piezas. No muy lejos encontramos un mohoso fusil y ¡Gea nos asistiera! otro esqueleto pero éste de algún tipo de animal volador. Un basilisco sin duda. ¡Qué tragedia había tenido lugar allí! ¿Se trataba de otro cazador como Gamael? Un negro presagio que a mi compañero no pareció impresionarle lo más mínimo.

—Gastó dos cartuchos —dijo con cierto tono de censura.

En  efecto había dos vainas en el suelo que relumbraron a nuestra  luz. La observación del esqueleto del basilisco fue muy instructiva para Gamael, lo estuvo mirando y remirando largo rato. Supongo que hacía sus cábalas en la estrategia que pensaba usar.

—¿De qué moriría? —dije señalando los restos humanos.

—No tiene ningún hueso dañado —observó.

—Quizá murió de hambre o de sed —supuse.

—No —dijo Gamael con seguridad—. Murió al lado de su presa y fue incapaz de caminar más de diez metros. Luego estaba herido. Algún tipo de herida no muy grave pero que le imposibilitaba caminar. Pudo sentarse y morir sin perder la postura. Lo que quiere decir que se desmayó antes.

—Quizá no estaba solo y sus compañeros le recostaron contra el muro —argumenté.

—En ese caso —me contestó—, sus compañeros le abandonaron  sin linterna.

Era cierto, no hayamos rastro de ninguna.

—Sólo Gea lo sabe —dije concluyente—. Pero antes de morir mató un basilisco.

—Y puede que el basilisco lo matara a él. ¿Te has fijado en  las garras que tiene? Podrían sostener un perro de las llanuras.

Me estremecí. Todas sus posibles muertes me parecieron terribles. Allí, en la oscuridad, sólo. Lejos de cualquier palabra humana y en pareja muerte con su presa. No pude quitarme de encima la sensación de que nuestra expedición iba a terminar también mal. La humedad y la presencia de hongos era más notoria a medida que nos adentrábamos en lo desconocido. Incluso se diría que las sombras se apretaban a nuestro paso apresándonos en la luz de las linternas. Nunca he sido de temperamento acobardado, me precio de ser un hombre razonablemente valiente, pero os mentiría si no confesara cómo según avanzábamos por corredores interminables el temor se apoderaba de mí. Todo luchador sabe que el miedo paraliza y por tanto resta recursos para la lucha, pero ningún hombre está libre de el. No sé cuantas horas pasaron hasta que finalmente oímos los inconfundibles ruidos provenientes de los movimientos de las ratas. Por fin las teníamos cerca. Gamael decidió acampar. A la luz del farol y mientras la máquina viva se esforzaba en prepararnos unas raciones de comida, observé el rostro transfigurado de mi amigo. Se sentía próximo a su presa y esto le tenía sumamente agitado. Luego que hubimos ingerido la comida y cuando me disponía a encender mi pipa, Gamael se levantó anunciando que buscaría un lugar desde donde batir al basilisco. Fui perdiéndole de vista hasta que sólo fue un punto de luz al final del túnel. Traté de dormir un rato, pero desvelado e intranquilo por la tardanza de mi amigo, no pude hacerlo. Había extendido el saco de dormir sobre las setas y aplastadas éstas por mi peso, su olor persistente me hacía a veces dudar de mi estado mental. ¿Serían alucinógenas? Poco después, el eco del túnel me trajo el inconfundible sonido de un disparo, otro y varios más le siguieron. Me levanté rápidamente y iluminé las cercanías, pero los disparos venían  del fondo del túnel. No se oyeron más y comencé a temer por mi  amigo. Incapaz de contenerme cogí una linterna, el fusil de asalto  y varios cargadores y a paso veloz me interné en el corredor  tras la pista de Gamael. No era difícil, sus huellas estaban claras sobre la alfombra de hongos. Las ratas comenzaron a correr a mi alrededor. Lo hacían en mi propia dirección, ¡todos nos dirigíamos al mismo lugar! Y lo que vi me traspasó el ánimo. Centenares de ellas galopaban hacía el cadáver de mi amigo. Abrí fuego y les causé gran mortandad. Momentáneamente dejaron el campo libre y contemplé horrorizado al pobre Gamael parcialmente devorado. No había sido el basilisco sino un ataque masivo de ratas lo que había acabado con él. Una muerte a todas luces indigna para un cazador. Su fusil de caza reposaba a su lado incapaz de defenderle de las ratas. Lo cogí. Un creciente odio hacia estos animales me empujó a cargar también con su cadáver y llevarlo de vuelta hasta el cercano  campamento. Sin volver la vista atrás supe que las ratas me  seguían a corta distancia. Aquel muerto era suyo y no estaban dispuestas a olvidarlo. Tuve que hacer un gran esfuerzo para regresar, pero lo hice. La máquina viva no parpadeó siquiera ante el cuerpo destrozado de su amo pero se arrodilló a su lado y no se movió más.

Encendí un gran fuego apilando hongos sobre los que vertí el combustible del farol, y le pedí a la máquina que lo alimentara sin cesar. Hice café y sacando un pequeño zapapico  de supervivencia me dispuse a picar el duro suelo para dar a Gamael una tumba que impidiera a las ratas devorarlo, quienes  por cierto se mantenían a una distancia prudencial en dos frentes que a veces se intercambiaban efectivos, momento que aprovechaba para largarles una ráfaga y matar decenas de ellas. Sus compañeras las devoraban sin compasión, luego avanzaban unos metros y me veía obligado a disparar otra vez. La situación no era sostenible durante mucho tiempo. Mi plan consistía en enterrar al pobre Gamael y huir lo más rápidamente posible de allí y regresar al campamento lamiense. —¡Estúpido basilisco! ¡Ahora es cuando debes aparecer! maldije. Un rato después abandoné la tarea por imposible, mi herramienta apenas arañaba el firme. Tomé una resolución, saqué la pistola LXR y apuntando al cuerpo de Gamael lo abrasé hasta dejarlo convertido en cenizas incandescentes. La máquina viva me miraba sin entender. —¡Nos largamos!. Cuando todo estuvo recogido quedé un segundo sopesando que  hacer con su hermosa arma de caza. La agarré del cañón y la golpeé contra la pared del túnel hasta romperla. Después le di una rápida mirada a la maquina viva para comprobar que todo estaba en orden y disparando una larga ráfaga contra nuestros repugnantes enemigos, corrimos. Luego de un gran rato me creí a salvo y deteniéndome volví la cabeza iluminando el terreno que habíamos dejado atrás. ¡Las ratas galopaban en formación cerrada a muy corta distancia! Maldije el momento en que acepté formar parte de la cacería. Detrás de mí, la máquina viva resbaló y cayó. Las ratas se disponían a atacarla. ¿Qué me hizo acudir en su auxilio? No me lo preguntéis. Ni siquiera pidió ayuda. Corrí a su lado disparando contra los roedores y terminado el cargador y sin tiempo para recargar la emprendí a culatazos y patadas hasta que ellas mismas me dieron la solución. Había caído parte del equipo y docenas de ellas se abalanzaron sobre los víveres.

—¡Tira la mochila! —grité.

Arrojamos toda la impedimenta y viendo como el tropel se peleaba por un bocado, corrimos de nuevo buscando poner buena distancia por medio. Largo rato después el túnel quedó tranquilo y silencioso. Buscaba sin resultado las huellas de nuestra llegada. Caminaba en zig-zag de lado a lado de las paredes buscando indicios de nuestro paso, pero todo era inútil, parecía que nadie, en cientos de años, había pisado el lugar, tal era la densidad de los hongos. Bebí agua a grandes tragos pero no le di a la máquina viva que parecía indiferente a nuestro previsiblemente trágico destino. En cada bifurcación me hacía la misma pregunta ¿Hacía dónde? Estaba perdido en aquél oscuro laberinto. El tiempo iba haciendo mella en mi ánimo, la máquina viva, ensombrecida por la fatiga, sacaba la lengua entre sus lívidos labios tratando de extraer humedad del ambiente. En un descanso la vi llevarse algunas setas a la boca, las masticaba sin gestos, tragándoselas sin esfuerzo. Asistía interesado a  su comida, si nada ocurría, los hongos podrían ayudarnos a no desfallecer y encontrar el camino de regreso. Reanudada la marcha no perdí ojo al rostro de la máquina viva. Para mi asombro, ingería grandes cantidades de setas, agachándose al paso. Sólo escogía las más gordas, una especie carnosa y de aspecto suculento. Le quité una y la olí con precaución. Entonces me sonrió. Tenía los ojos iluminados por una viveza ajena a sus diseñadores. Asustado, iba a tirar el hongo al suelo, cuando cogiéndolo me lo ofreció. Al hacerlo se acercó. Sentía su respiración junto a mí. Me retiré bruscamente y arrojé el hongo lejos. ¡Por Gea! la máquina viva sufría algún tipo de transformación. Su rostro de normal apagado por la idiotez que las caracteriza, estaba ahora iluminado de brillos embellecedores. Sonreía enseñando sus dientes de marfil. Yo sabía que estas creaciones tenían blindado sus cerebros a cualquier tipo de injerencia, como por ejemplo psicotropicos, pero indudablemente algo le pasaba. Sin previo aviso me tomó de la mano y tirando de mí se internó en la oscuridad, ligero el paso, casi al trote. Me dejé  guiar y así largo rato hasta que terminado el corredor llegamos a una espaciosa rotonda de la que salían pasadizos como radios de una circunferencia. Era una bóveda de grandes dimensiones. Gigantescas grúas y robots guarnecían el lugar. ¡Estaba salvado! Reconocí el lugar. No muy lejos se encontraba el campamento lamiense. Un gran alivio me elevó la moral. Indudablemente la máquina me había salvado la vida, como Gamael suponía, ella había  memorizado el camino. Entonces las máquina viva gritó. En mi euforia no me percaté que la rotonda era el territorio de otra  bandada de ratas. Nos rodeaban por doquier. Puse a la máquina viva detrás de mí y pegados a la pared me defendí descargando cargador tras cargador hasta que agoté el último de ellos. ¡Por Gea! Iba a morir ahora que estaba a un paso de la salvación. Con la pistola LXR en la mano abrí un circulo de fuego a mi alrededor. Pero era el final, miles de ellas, chillando excitadísimas completaban el círculo mortal. Entonces la máquina viva se salió de mi protección y se lanzó sobre la formación de ratas no sin antes dirigirme una mirada que yo interpreté como: ¡corre! El corazón me estalló en mil pedazos. ¡No la devorarían! Apunté, y disparé hasta que su cuerpo se carbonizó. Y ya iba a hacer lo mismo conmigo cuando con grandes aullidos  descendieron los basiliscos de los oscuros techos y dispersaron a todas las ratas. Los basiliscos se fueron con sus presas en las garras. Y allí quedé derrumbado. Mi vida salvada por una máquina viva alucinada y unos animales tan fríos y cazadores como mi desdichado amigo Gamael. Regresé al campamento lamiense e incluso participé en las victoriosas campañas del Caos contra el reino de Axón, pero jamás he olvidado el rostro de la máquina viva al lanzarse sobre las ratas. Era un rostro humano.