Escritores Imposibles

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Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

RELATOS PARA DESPUES DE LA ERA DORADA:

PASTO DE RATAS.

De Sáinz-Rozas

El desierto se extendía infinito y calmo y no soplaba nada de viento. La luz era diáfana y pesada. Piedras desgastadas y agrietadas salpicaban la planicie. El cielo era verde, un verde pálido que amarilleaba en el horizonte. Aquí y allá, agostados matorrales ponían una gota de vida. Eran plantas tristes y solitarias, de tallos espinosos y flores pequeñas y azuladas. Dos hombres habían descendido de un vehículo todo-terreno, portaban carabinas de caza y sombreros de fieltro. Caminaban emparejados y silenciosos.

—Qué extraña calma —comentó uno de ellos.

Anduvieron largo rato dejando huellas perfectas en la tierra amarilla, sus figuras apenas destacaban. Ascendieron un pequeño otero y allí descansaron. Cuando se disponían a reemprender la marcha sonó un remoto trueno, y como a una señal, el desierto recuperó su actividad. Se levantó una racha de viento que trajo partículas de polvo. El cazador se frotó los ojos antes de ponerse unas gafas protectoras. La tormenta bramaba en la lejanía. El cazador escupió, descansó la carabina y bebió una trago de su cantimplora.

—Mala suerte... —murmuró.

—¿Qué quiere decir? —le preguntó su acompañante, el hombre que financiaba la cacería.

El cazador frunció el ceño, tenía las cejas rubias y escasas, la piel muy curtida y el pelo ralo.

—Volveremos al campamento —dijo—. Dentro de poco nos alcanzará —y señaló el amenazador horizonte.

—¿Tan virulentas son? —le inquirió el otro.

—Mejor no espere a saberlo. —Y colgándose la carabina al hombro se encaminó al vehículo.

El viento les abalonaba los pantalones, el polvo ascendía fuertemente impelido y lo nublaba todo.

—¡Espere!

Alcanzaron el vehículo y poniéndolo en marcha rodaron por la estepa. El cazador echaba rápidas miradas a la brújula, su compañero de asiento parecía asustado.

—¿Sabrá encontrar el camino? —le preguntó.

El cazador no contestó, chasqueó la lengua expulsando un grano de arena. La capota del vehículo flameaba como una vela. Se aseguró de que los filtros estaban en orden. Llevaba el sombrero casi en la nuca y algunos pelos muy tiesos le danzaban en la frente. No se sentía obligado a responder a su cliente, su trabajo consistía en llevarlo cerca de una presa y regresarlo sano y salvo. Ese era ciertamente su trabajo, nada más. No es que su cliente, un adinerado funcionario thubaní, le resultara especialmente insoportable, era lo que representaba: un turista deseoso de volver a su tierra cargado de trofeos de caza. Y en esta cualidad, el cazador, estaba más de parte de la pieza que del tirador. La tormenta de arena había sido providencial. Llegarían al campamento, empacarían y el turista volvería al astropuerto con las manos vacías. La idea le regocijó, incluso perdiendo su prima de pieza cobrada. ¡Al diablo! Las pequeñas satisfacciones valen tanto como el crédito metálico.

Aceleró la marcha, el vehículo daba saltos acompañados de crujidos. Su cliente había sacado un cigarrillo y entre bote y bote trataba de acercar la punta a la llama del encendedor. Aceleró un poco más divertido por sus afanes. La cabeza del encendedor atrapó el cigarrillo y lo rompió. El turista lo arrojó al suelo y desistió de fumar, cruzó los brazos sobre el pecho y resopló.

—¿Falta mucho? —preguntó.

—Hemos llegado.

Encerró el vehículo en el garaje y le dio varias pasadas con la manguera del aire.

—No hace falta que me espere —le dijo a su acompañante que le observaba desde la puerta.

Este se encogió de hombros, percibía la antipatía del cazador. Se le hacía un personaje extraño. De acuerdo que entre sus funciones no entraba la conversación, pero aquella animosidad le desorientaba. El había pagado sus buenos créditos a la agencia de viajes, y eso le daba ciertos derechos. Abandonó el garaje y llegado a las dependencias domésticas se duchó y se cambió de ropa. Ordenó al criado nativo que le sirviera un cóctel, quien así lo hizo. Se movía éste tan silencioso que había que tenerle la vista siempre encima para saber dónde estaba. Igual que su amo —pensó—.

En el techo, el ventilador murmuraba vuelta tras vuelta  incapaz de poner algo de frescor en la sala. Fuera, el viento azotaba los portillos.

Al poco entró Dora, su mujer. Llevaba un vestido ligero y un aparatoso sombrero de un rosa arrebatador.  Se acababa de levantar de la siesta.

—¿Qué tal la caza? —preguntó, sin que la respuesta le importara. Se sentó cruzando las piernas, sus esbeltas piernas.

—Se desató una tormenta.

—¡Ah! —y hojeó una revista.

—Al amanecer partiremos.

—Muy bien —respondió sin levantar la cabeza.

Y Adrián, su marido, dejo resbalar la mirada por los artísticos pliegues del vestido de Dora. Admiraba su elegancia, su altivez. En Thubán, donde oficiaba de alto funcionario, Dora le había abierto muchas puertas, no sólo por su origen noble, también por su belleza. Formaban una pareja muy estable, él se encargaba de ganar crédito y ella de gastarlo sin más preocupaciones.

El cazador entró en la sala.  Se había desprendido de la guerrera y cercos de sudor enmarcaban la camisa. Arrojó el sombrero sobre el perchero y con buena fortuna lo colgó. Llevaba el pelo muy corto y la morena piel del cráneo se le clareaba. Hizo un gesto de reconocimiento ante la presencia de la dama y acercándose al bar se sirvió un doble de licor.

—¿Le importa servirme uno? —le pidió Dora.

El cazador le entregó la copa.

Dora vio sus manos huesudas y fuertes, surtas de pelo rubio. Algunas cicatrices le corrían  desde los nudillos.

—¿No hubo suerte? —le inquirió Dora.

Ninguno de los dos respondió. Dora pasó sin mirarlas varias hojas de la revista, se alisó la falda y volvió a cruzar las piernas. El cazador la observaba por el rabillo del ojo. Le gustaron sus piernas, pero despreció el sombrero. ¡Dónde se cree que está! El criado nativo apareció con una bandeja: un tentempié hasta la hora de la cena.

—¡Jon! —dijo dirigiéndose al cazador, pues Jon era su nombre.

—¿Qué ocurre?

—¡Gran Tormenta! —exclamó pronunciando las palabras con dificultad. A los nativos lamienses les resultaba muy difícil el demótico.

El cazador dejó su vaso casi terminado y salió de la estancia.

—No parece muy hablador —dijo Dora cuando quedaron solos.

—No le sacarás una palabra que no sea estrictamente necesaria —contestó su marido.

—Debe ser el desierto.

—Nos marchamos mañana, aunque con las manos vacías. Me hubiera gustado tirarle a un diamodonte, ¡ah!, sí que me hubiera gustado hacerte un collar con sus dientes.

Adrián, el rico funcionario de vacaciones rió. La idea de pasear por Thubán con su mujer luciendo el deseado collar, le complacía. ¡Mala suerte!

El cazador regresó. Había subido al observatorio y lo que vio le tenía preocupado, el centro de la tormenta se aproximaba inexorable. La noche iba a ser movida.

—¿Alguna novedad? —quiso saber Adrián.

—La tormenta se acerca.

—¿Hay peligro? —preguntó Dora.

—Veremos...

—Explíquese —le pidió Adrián.

—Si la turbulencia pasa a baja altura, no habrá problemas, mas si nos coge alguno de sus brazos externos, habremos de evacuar.

—¿Evacuar? —musitaron.

—Los bordes de la tormenta giran a gran velocidad sobre un núcleo más calmo, vientos fortísimos cargados de arena y piedras.

—¿Ocurre muy a menudo?

—Nunca se había acercado tanto —respondió Jon mientras se servía otro vaso de licor.

—¿Dónde nos evacuaría?

—Al pueblo más cercano.  Desde allí pueden tomar un aerovehículo hasta el astropuerto. Mientras tanto, cenaremos. He ordenado a mi ayudante que empaque los útiles necesarios para caso de evacuación.

Durante la cena apenas conversaron, la tormenta arreciaba y en el silencio de la sala los múltiples sonidos del aire batiendo la edificación no presagiaban nada bueno. Dora trató de animar el ambiente con algunas observaciones o preguntas relativas a la vida en un puesto avanzado del desierto, pero Jon se limitaba a repetidos monosílabos que desanimaron a la hermosa dama. Terminada la comida, el cazador volvió al observatorio.

Mientras saboreaba un grueso cigarro,  Adrián le expresó a su mujer ciertas aprensiones que le embargaban.

—¿Cómo qué?

—Es esa frialdad que usa, casi me asusta más que la tormenta.

—Es curioso —reflexionó Dora—, a mí me inspira confianza,  seguridad.

 —No dudo que sepa hacer su trabajo, pero me temo que le importamos menos que su carabina.

Dora no contestó, por una parte temía que los elementos se  desataran y les causaran algún daño, por otra, los peligros ponían en sus pensamientos una nota de atractivo riesgo. Ella era una thubaní, no un vulgar protegido, una dama de noble y probada familia.

Se terminó la infusión sin prisa e imitando a su marido encendió un largo y lujoso cigarrillo, exhalando el humo con elegancia. Todo en ella era distinguido, desde la punta de sus zapatos de piel hasta el último bucle de su espléndida melena.

—Pese a todo —dijo—, han sido unas vacaciones agradables.  Hemos visitado Axón, Koro, Uter —aquí hizo un inciso para traer a su recuerdo la feria de Dionysos—, y finalmente Lamia, este pedregal de exóticos animales.

—Espero que las vacaciones tengan un buen final —sentenció Adrián.

Jon hizo su aparición, se había endosado la guerrera y un pañuelo de color indefinido al cuello. Atrapó el sombrero del perchero y dijo:

—Vayan a su habitaciones, seleccionen lo más imprescindible  y cámbiense de ropa, nos vamos.

—La tormenta viene, ¿no es así? —musitó Adrián.

El cazador asintió con la cabeza:

—Me temo que esta es una Gran Tormenta, viene a pasos de gigante. Me veo en la obligación de advertirles que quizá no hallen transporte en el pueblo.

—¿Qué quiere decir?

—Los nativos tienen sus propios sistemas de alerta, saben con antelación cuando se trata de una tormenta corriente o de una gigantesca.  Encontraremos el pueblo vacío.

—¿Entonces?

—Hay otra posibilidad. Refugiarnos en los blocaos, fortificaciones abandonadas de la marina imperial. Algunas entradas permanecen abiertas.

—¿Estaremos seguros? —le espetó Adrián sin demostrar enteramente la irritación que le acometía por la imprevisión de la agencia de viajes.

—Supongo, aunque no conozco a nadie que haya entrado en ellas.

—¿Ha solicitado ayuda? —quiso saber Adrián.

—Desde luego, pero no espere que nadie destaque un aerovehículo en estas condiciones.

 —¿Pero les ha dicho quiénes somos?

—No.

—¡Vuelva a pedir ayuda indicando que Adrián Gore y su esposa Dora Hone, ambos ciudadanos thubanís, necesitan un aerovehículo con urgencia!

Jon se sonrió. ¡Imbécil! —pensó. Y le respondió con ironía:

—No estamos en Thuban. Aquí su vida vale lo mismo que la de  cualquier otro.

—¡Déjeme hablar con el gobernador axonita! —gritó Adrián.

—No sea ingenuo. El gobernador y todo el personal de Axón  ha sido ya evacuado.

—¡Pero... Esto es inaudito!

En un momento comprendieron lo desesperado de su situación.  Salieron a cambiarse. No parecían asustados y menos la mujer. Jon se fue al garaje y ayudó al criado a cargar el vehículo.  Mantas de supervivencia, agua, raciones y otros adminículos, amén de su rifle de caza.

El criado se llamaba Algacel, o al menos así quería que lo  llamaran. Con los lamienses nunca se sabía. Pertenecía al clan de los Balic, los señores del desierto. Quizá por el contacto con extranjeros, se había rapado el pelo y la barba que tan largos suelen llevar los habitantes de Lamia. Era un tirador excepcional como es norma en una tierra de caza. Poseía un  viejo fusil del que raramente hacía uso, pero cuando la hacía la presa era segura. En una ocasión, Jon le había sacado de un grave apuro y si bien no se podía decir que había salvado la vida del lamiense, Algacel le estaba agradecido. Se llevaban  bien, y ello era precisamente porque cada cual sabía qué lugar ocupaba, cuál era su labor y qué palabras había que pronunciar cuando era preciso. No eran generosos con la lengua, los discursos se quedaban para los estúpidos turistas y sus  amantes.

Tenían casi terminada su labor cuando compareció la pareja. Venían arrastrando las valijas.  Algacel abrió los ojos con sorpresa. Jon desvió la vista antes de soltar un exabrupto.

—Es nuestro equipaje —se disculpó Adrián.

Jon negó con la cabeza, buscó un saco de lona, le sacudió  el polvo, pues había servido para guardar grano híbrido y dijo:

—Abran sus maletas, haré una selección.

La pareja dudaba. Dora tenía un aire adusto.

—¿Por qué no prueba si entra todo? —y señaló el  vehículo.

—¡No! —Fue la seca respuesta del cazador.

Las abrieron. Salieron al aire vestidos de seda, zapatos de tafilete, polveras de marfil, enaguas delicadas, prendas intimas, peines de carey, recuerdos de lugares ya lejanos, trajes de pura lana del Armistán... 

Jon separó a su gusto una  ropas de otras, no sin que Dora sintiese cierto rubor cuando las manos endurecidas del cazador apartaron sin miramientos satenes, puntillas y brocados. Allí quedaron en un montón los  adornos preciosos de la piel suave de una egregia dama  thubaní.

Montaron en el vehículo. La pareja se instaló en los asientos de atrás. Dora se sentía algo decepcionada, no sabía muy bien por qué, pero estaba acostumbrada a que los hombres no perdieran su cortesía aun en los momentos difíciles. Aquel cazador era demasiado seco. Seco como el día del desierto y frío como su noche.

Se alzó el portón y rodaron dando tumbos hasta que remontaron un pequeño talud que bordeaba la cinta de tierra apelmazada que conducía al pueblo lamiense.

Jon pisó el acelerador. Consultaba a ratos su reloj y buscaba los ojos de Algacel que invariablemente se limitaba a asentir con la cabeza.

Un persistente ruido todavía en sordina les perseguía. La clara noche lamiense estaba preñada de polvo y cada cierto tiempo debían limpiar el parabrisas. Matorrales del desierto cruzaban la carretera arrancados de cuajo y venidos quién sabe de qué lugar. Algunas piedras menores golpeaban la capota e imprevistas pero violentas ráfagas de viento la hacían temblar. Por las ventanillas, los montículos terrosos, las rocas cuarteadas, los matojos raquíticos, pasaban como una exhalación. Una rata canguro cruzó la pista de improviso. Jon ni siquiera hizo acción de frenar, se estampó contra el parachoques haciendo estremecerse al vehículo.

—¡Ay! —gimió Dora, pero avergonzada apretó fuertemente los labios.

Adrián le tomó de la mano, sin embargo ella se soltó. Iba muy incomoda y algunos bártulos le dañaban con el traqueteo. Repentinamente, una racha de viento más fuerte levantó el vehículo del suelo llevándolo de lado a lado de la pista. Jon pudo hacerse a duras penas con el volante.

—Ya está aquí —masculló.

Algacel asintió. El ruido se hizo atronador, se comió todos los demás sonidos. La capota parecía estar a punto de salir arrancada. Jon se aferró al volante, pero la dirección se le iba de las manos. Entonces se rasgó la capota, el viento se metió dentro y les cegó. ¡Agárrense!, gritó Jon antes de perder el control. Las ruedas derechas se levantaron y el vehículo se salió de la  carretera. Adrián gritó, algo le había golpeado la frente, la sangre le cubrió la vista. El vehículo giró sobre sí mismo y se paró.

El viento azotaba el chasis, aunque afortunadamente ofrecían la parte más resistente. Jon trató de arrancar nerviosamente. La pareja se encontraba medio oculta por los fardos.

—Estoy herido —se quejó Adrián. Tenía toda la cara llena de sangre.

Los cascotes chocaban contra la carrocería. Buscaron el botiquín y Algacel vendó la frente de Adrián. No era nada de gravedad, una brecha de un par de centímetros.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Dora con entereza.

Jon apartó un bulto que aprisionaba a la dama, se quitó el pañuelo del cuello y se lo entregó a Dora para que se protegiera la cara. El pañuelo olía añejo.

—Aguantaremos hasta que amaine el viento. Las tormentas tienen lapsos, entonces saldré fuera y trataré de arrancar. Después seguiremos.

—¿Está muy lejos? —preguntó Adrián.

—Un par de horas —respondió. Y le mandó a Algacel que intentara componer la capota.

Lo que era del todo imposible. El viento impedía siquiera juntar los bordes. Se habían subido los pañuelos hasta la nariz y puesto gafas protectoras. El polvo aún así les martirizaba el rostro.  Jon extrajo una licorera y bebió un largo trago, se lo pasó a Algacel que tras beber se lo ofreció a Adrián, quién rehusó. El lamiense tenía los labios tan rojos...

Una gran piedra hizo impacto contra el vehículo, rebotó y fue a golpear nuevamente en una rueda para rodar algunos metros sobre el terreno. Algo húmedo le roció el cuello a Jon.  Entraba por debajo del asiento como un fino surtidor.

—¡Combustible! —se dijo el cazador al olerlo—. Tenemos el  deposito perforado.

—Malo... —dijo Algacel.

—¡El diablo nos asista! —blasfemó Jon. Y fue la primera vez  que a Dora le pareció humano el cazador.

Taponaron la fisura con una masilla, pero aún seguía chorreando levemente.

—Aguantemos —dijo Jon—. Pronto cesará el viento, las tormentas de arena son como las norias, se detienen para tomar peso.

Así fue. El viento se calmó, aunque no enteramente. Jon salió fuera del vehículo, la arena se le clavaba en la ropa.  Algacel salió también para ayudarle. Jon se dio cuenta de que habían sobrevivido de milagro, por una azarosa fortuna, una gran roca les protegía del huracán.

—¡Hay que arrancar este trasto como sea! —le chilló casi al oído al lamiense.

Mientras Algacel sostenía el capó, Jon revisó el motor. Todo estaba en orden. Se encaramó al asiento y le dio al contacto, nada, probó otra vez, tampoco. Blasfemó, saltó del vehículo y levantó el capó imprudentemente. El viento lo arrancó pero antes le golpeó en el hombro. El cazador cayó al suelo y fue arrastrado. Rodaba como si fuera un poste de madera. Algacel corrió detrás casi a cuatro patas, alcanzó al desmayado Jon y tras duro esfuerzo lo subió al vehículo.

Adrián y Dora permanecían estupefactos. El lamiense resoplaba por el esfuerzo, tenía los ojos casi cerrados, rechinaba los dientes y maldecía en su lengua materna. Después se sentó al volante y dio al encendido decenas de veces hasta que un ronroneo agónico seguido de sucesivas explosiones lo pusieron en marcha. Algacel conducía como un loco, esquivaba los baches y los montículos con escasa fortuna, poniendo a veces el vehículo casi de lado. Daba volantazos contra el viento corriendo en zig—zag para que su fuerza no les ciñera.  La cabeza de Jon se bamboleaba inerte y hasta llegó a golpear contra el parabrisas, pero Algacel no cedió en su empeño, sólo tenía ojos para adivinar los accidentes del terreno que los focos apenas dibujaban. Ni una sola vez volvió la vista para ver si sus pasajeros seguían en sus asientos. Dora tenía las manos moradas de apretarlas contra la barra de seguridad. Las gafas se le habían desplazado de los ojos pero no se atrevía a soltar una mano y colocárselas. Por este motivo cerraba fuertemente los ojos, la arena que entraba por la rota capota golpeaba sus párpados con una persistencia agotadora. Gruesas lágrimas se le escapaban con fuerza. El huracán se las llevaba. Lágrimas de una dama thubaní.

El terreno se hizo más abrupto y hubieron de aminorar la velocidad. Una cadena de romas colinas se perfiló durante el instante que los focos las barrieron. Al poco entraron en un cañón donde el polvo ascendía en remolinos hasta perderse en el cielo de la noche. Algacel detuvo el vehículo.

—¿Por qué nos detenemos? —preguntó Adrián, y la voz le salió tan aguda y débil que Algacel no le entendió. Reanimaron a Jon.

—Ahora a pie —dijo el lamiense.

El cañón soplaba, aullaba a la tormenta. Estremecía su poder. Cargaron con la impedimenta. Algacel repartió el peso de acuerdo a su personal criterio, a Dora le entregó el saco de lona con las pertenencias de la pareja. Se colgaron linternas del cuello e iniciaron la marcha. Una dura y dolorosa marcha, martilleados por el tronar de las chimeneas rocosas y azotados por las enfiladas, donde el viento rompía contra las paredes del cañón ascendiendo luego cargado de arcilla, arena y polvo. Más de una vez hubieron de detenerse ante una caída o un fantasmal traspié a la poca luz de las linternas.

Jon resoplaba exhausto, a cada inspiración las costillas se le clavaban en el corazón. Sólo Algacel, incansable, gigantesco de ánimos, les impelía a seguir. Adrián gemía involuntariamente, la garganta se le accionaba sola y los dientes le crujían al masticar la arena de Lamia. Al cruzar una descubierta, rodaron los cuatro y el equipo se les fue de las manos, las linternas dieron saltos como luciérnagas metálicas y las mantas huyeron lejos hasta tapizar las laderas peladas. Algacel les llevó a una hondonada a barlovento, les arrastró de las manos, de los pies, de los cabellos, hasta dejarlos en lugar seguro, después regresó para rescatar parte del material. hizo un hatillo con lo que encontró y sin detenerse a más explicaciones les hizo levantarse y caminar, caminar, caminar...

Un poco más tarde, mediada la noche, encontraron una de las bocas del blocao. Algacel iluminó el interior. El viento silbaba contra las paredes de hormigón. La entrada era perfectamente regular y con una moldura circular que en su día había servido para sujetar la compuerta que descansaba caída a unos pocos pasos. Un escalera de hierros recibidos en el cemento conducía al interior de un profundo pozo al que no vislumbraron fin. Lanzaron un piedra y contaron los segundos hasta que chocó. Unos cuarenta metros, se dijeron. Y Adrián se estremeció.

Algacel fue el primero en iniciar el descenso, se ató los bultos a la espalda y se internó en el negro pozo. Le siguió Adrián no muy seguro, después Dora y finalmente Jon. Hacía frío en el pozo y todos temblaron. Descendieron largo rato en el que sólo se oían sus respiraciones entrecortadas. A veces, Jon se detenía dolorido, pasaba el brazo sano por el barrote y se dejaba descansar. Algacel llegó al final, un amplio túnel que se internaba en las entrañas de la tierra. Se dejaron caer sobre el suelo y respiraron aliviados. El azote del viento les había cuarteado la piel y la cara les escocía y los ojos lloraban. Bebieron agua de la cantimplora que Algacel había salvado pero no pudieron tragarla, tenían la boca llena de arena.

Les amaneció apretados y envueltos en un par de mantas. Con buen tino se habían apartado de la boca del pozo, pues considerables pedruscos caían desde la superficie, donde la tormenta persistía con ferocidad. A la marchita luz que desde  la entrada les llegaba contemplaron sus rostros demudados. Bebieron agua con religiosa medida y se comieron una ración de supervivencia. Nadie habló durante un largo rato. Cuando al cabo se sintieron más reconfortados decidieron explorar el túnel. Antes, Jon hizo un recuento del escaso equipo: su rifle de caza y algunas municiones, un par de linternas, dos mantas, una cantimplora mediada, raciones para un par de días y, ¡oh!, caprichoso azar, una licorera con brandy.

Algacel hizo un fardo que se colgó a la espalda, Jon se terció la carabina y Dora y Adrián les siguieron. Utilizaban una sola linterna para economizar, que, siendo de excelente factura, proyectaba un haz a gran distancia. El túnel se extendía interminablemente recto, y sus paredes, lisas y ligeramente más altas que un cuerpo humano, no presentaban indicios de antiguos usos, sin duda se trataba de un corredor que accedía a una salida de emergencia, justamente por donde ellos habían entrado. Habrían andado un par de kilómetros sin  ninguna novedad cuando el túnel se dividió en dos ramales exactamente iguales y normales entre sí. En esta circunstancia, Dora puso en duda la utilidad de la exploración, a su entender debían limitarse a esperar el fin de la tormenta, regresar al vehículo y dirigirse al astropuerto. Fue entonces cuando la dama thubaní supo de labios de Algacel lo desesperado de la situación.

—La gran tormenta dura semanas, incluso meses.

Momento que Adrián aprovechó para explayarse, arremetiendo contra la irresponsable agencia de turismo para la que Jon y Algacel trabajaban. El cazador se detuvo frente al funcionario, le dominaba desde su mayor envergadura. Antes de  contestarle movió varias veces su hombro herido.

—Amigo mío —dijo finalmente—, hemos causado baja.

—¡Explíquese!

—Las tormentas de arena son cosa corriente en el desierto  lamiense, hay un par de ellas en cada estación. Pero la Gran Tormenta es impredecible, varios años, un lustro. No hay manera de saberlo. Sólo he conocido una además de esta. Arrasó la mitad del continente, llegó a las ciudades y las cubrió de arena. Los lamienses no pierden el tiempo en desenterrar sus ciudades. Se tarda menos en construirlas nuevas. Dentro de unos días, la boca por donde hemos entrado quedará anegada, el cañón por donde vinimos desaparecerá y el desierto habrá ganado miles de kilómetros cuadrados. Así una y otra vez hasta que Lamia sólo sea un inmenso arenal.

—¡Isa nos asista! —musitó Dora.

—Por eso debemos explorar el túnel —terminó Jon.

—¿Pero qué buscamos?

—No lo sé, nunca he estado aquí.

Adrián se desesperaba.

—Pero... ¡No podemos pasar aquí varias semanas! ¡Nos moriremos de hambre! ¡De sed!

—Confíe, confíe —intervino Algacel con su inexpresivo acento—. El túnel es grande, nadie lo conoce entero —y sonrió enseñando unos dientes blancos y afilados.

—¡No confío en nadie! —se alteró Adrián—. ¡No voy a pasarme  la vida vagando por un fortín subterráneo! —y le sacudió una  patada a la pared de hormigón.

—Quizá sí —masculló Jon con una sonrisa sardónica. Escupió y sacando la licorera la terminó de un golpe. La estuvo mirando mientras chasqueaba la lengua y dijo:

—¡Qué pena! —y la  tiró lejos.

El eco de la plata se perdió a sus espaldas. Algacel meneó la cabeza con censura.

—¿Eso es todo lo que se le ocurre? —le recriminó Dora.

Y sin mediar más palabras, Jon se internó por el ramal de la derecha. ¡Qué más daba uno que otro! Le siguieron silenciosos y así caminaron varias horas sin que el nuevo túnel variara en lo más mínimo u ofreciera otros caminos. En la circunstancia de su infortunio, a Dora se le vinieron a la cabeza pensamientos exaltados. ¡Qué absurdo era todo! Unas horas antes sus preocupaciones se centraban en el viaje que pondría fin a sus vacaciones. Ahora, una tormenta desusada les abocaba a una muerte estúpida, una muerte falta de toda elección. Y en esta suerte, los comportamientos humanos cobraban su verdadera apariencia. No había nada con qué valorarlos, únicamente la cercana presencia del fin. Eran inútiles las palabras y los gestos, la apostura y la teatralidad de la vida, la elegancia, los modales, todos estos artificios perdían sentido, a la par que los instintos nacían en los miembros, en los rostros, tomando el cuerpo de la desesperación. Y tuvo miedo a morir, al túnel y a sus propios compañeros. Delante de ella caminaba Adrián, era el más débil de los cuatro, bien lo sabía Dora. De haber una primera víctima, sería él. Sus mismos andares era vacilantes, indecisos, apocados, predestinados. Unos pasos más lejos iba Jon, el cazador. En su mirada, Dora adivinaba una decisión intrigante. El brillo de los hombres que teniendo un pasado penoso en nada temen al futuro. Se lo imaginaba caminando sin detenerse hasta el preciso instante de caer muerto, y en semejante tesitura, escupir con desprecio, con el rictus de los hombres que, sin saber por qué, se exigen a sí mismos ser héroes en cualquier situación.

Pero el túnel volvió a dividirse. Jon tomó el ramal de la izquierda. Se encogió de hombros y a la oscilante luz de su linterna se internó en la terrible oscuridad. Adrián se detuvo en el cruce. Le brillaban los ojos como a un gato.

—¿Pero qué es lo que buscamos? —exclamó a trompicones.

Le miraron. Algacel bajó la vista, no tenía respuesta. El cazador descansó la carabina y se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentado.

—Buscamos algo —murmuró. E hizo un gesto con la mano para que se tomaran un descanso.

—¿Algo? —repitió Adrián dejándose caer en el suelo—. ¡Por Isa! Sáquenos de aquí. Volvamos al desierto. Es preferible a esto.

Algacel negó con la cabeza. Dora se sentó, tenía sed y le pidió la cantimplora al lamiense, quien al dársela le rozó las manos involuntariamente. Dora las retiró bruscamente,  Algacel abrió los ojos sorprendido por el gesto y al mirarse ambos en la escasa luz, Dora se sintió ridícula.

—¿Nadie me va a responder? —preguntó Adrián con un hilo de  voz.

Jon apagó la linterna. Había encendido un cigarrillo y en  la oscuridad la brasa era la única presencia viva. La negrura era insondable, cayó sobre ellos como un pesado ropaje sobre sus hombros, sus cabezas, sus manos. Sintieron su tacto estremecedor, el contacto de la nada.

—¡Encienda, por favor! —pidió Dora—. No puedo soportarlo.

—¡Chisst! —ordenó Jon, porque había oído un ruido.

Sus corazones se aceleraron. Algo pasó a la altura de sus cabezas batiendo alas. Jon encendió la linterna, pero sólo pudieron verlo un instante. Desapareció como había llegado.

—¡Qué era eso! —preguntó Adrián.

—Desde luego no era un murciélago, no los hay tan grandes le respondió Jon.

—¿Qué opinas, Algacel? —le preguntó al lamiense.

—Un basilisco —le contestó.

—¿Y ése, qué animal es? —le inquirió Adrián al nativo.

—Uno mutante, creado por la Compañía Exobiológica para el control de plagas —contestó el mismo Jon—. Los he visto en otros planetas. Aunque ignoraba que se pudieran adaptar a la completa oscuridad.

—No es mutante —aseguró Algacel muy serio—. Es un animal propio de Lamía.

—¡Aquí no había nada antes de que la Exo lo adecuara para la vida humana! —exclamó Jon con cierta irritación.

—No, Jon —le respondió Algacel—. Es el dragón lamiense.

—En cualquier caso, comida —sentenció el cazador.

—No, no —volvió a porfiar Algacel—. El basilisco es sagrado en Lamia.

—Eso lo decidirán nuestros estómagos. ¡En marcha! —ordenó.

El cazador accionó el cerrojo del fusil y metió varios cartuchos. Lo hizo con ademanes precisos. Algunas horas después alcanzaron una gran sala rectangular cuyas paredes estaban recorridas de tuberías y grandes conductos presumiblemente de la ventilación pues el aire era más puro. Jon golpeó las tuberías con la culata del arma. El eco les devolvió los sonidos en una escala más aguda.

—¿Qué es lo que busca? —se interesó Adrián.

—¡Agua!

La encontraron. Una toma que al abrirla dejó salir un alegre pero tintado caudal.

—No parece potable —observó el funcionario.

—Espere.

Poco después el agua clareó para terminar diáfana como la de los arroyos de montaña. Llenaron la cantimplora. Y cuando Jon quiso cerrar la salida se quedó con la manija en las manos.

—¡Al diablo! —dijo. Y siguió caminando.

El borboteo les acompañó un trecho. Antes de abandonar la sala, Jon hizo unas marcas en la pared. Fue entonces cuando volvieron a oír el aleteo. Jon se llevó el dedo índice a los labios. Se apretaron contra la pared y enfocaron ambas linternas al techo. Vieron al basilisco y no pudieron relacionarlo con nada parecido. Jon disparó. El estampido casi los dejó sordos al multiplicarse en cada pared. Pero fue el desgarrado chillido del mutante herido lo que les paralizó.  Revoloteó un instante casi al alcance de sus manos y se temieron un ataque, incluso Jon se agachó atemorizado. El animal debía tener más de dos metros de envergadura, una lengua bífida le salía del pico y de su abdomen manaba sangre.  Luego remontó unos metros y dejando tras de sí una lastimera estela de chillidos, desapareció. La visión fue espantosa.

 —¡Isa! —musitó Dora mientras todavía se oían los aullidos del mutante.

 Al enfocar casualmente el suelo de la sala, Jon distinguió  unas gotas de sangre, se acercó y mojando un dedo la olisqueó. Era roja y espesa.

—¡Por favor! —le pidió Dora.

Pero el cazador no le hizo caso, incluso parecía divertido. Se llevó el dedo a la lengua para probarla.

—No es peor que otras —se dijo. Y tenía un mirar que les impresionó.

 Algacel había contemplado la escena demudado. El horror se dejaba traslucir en sus ojos. Cerró las mandíbulas de golpe en un gesto que a Adrián le asustó.

—Tarde o temprano dejará de volar —anunció Jon—, sigámosle.

—¡No! —gritó Algacel.

—¿Por qué no?

—El dragón lamiense es sagrado.

—¡Carne, tendones y huesos! —le corrigió el cazador.

Y como el nativo le estorbara el paso lo desplazó sin miramientos.

—¡Vamos! —ordenó.

Y abandonando la gran sala avanzaron por un amplio corredor que superaba en mucho las dimensiones de los anteriores. A ambas paredes y a media altura descansando sobre anchos voladizos se encontraban raíles que sin duda habían servido en  su día para algún tipo de tren. Corrían a todo lo largo del  túnel. Decidieron seguirlos en espera de que les condujeran a  instalaciones más importantes.

Adrián caminaba en último lugar. Un notable desasosiego le embargaba, era la opresión de la oscuridad y de las paredes del corredor. Una parte de su cerebro se negaba a aceptar aquella situación, una parte que buscaba a cada momento la forma, la excusa para salir de allí y que ineludiblemente se encontraba con un hecho: él sabía que fuera del blocao se desarrollaba un huracán de proporciones gigantescas. Se encontraba cansado y muy irritado. Era pueril achacar las responsabilidades a la agencia de vacaciones que les había traído a Lamia, pero el odio que empezaba a sentir por Jon se agarraba con desesperación a ese pensamiento. Sin darse cuenta buscaba un culpable, alguien a quién sacrificar a su ira de importante funcionario. Y ese era el orgulloso Jon.  Desde un principio le había parecido un tipo peligroso, uno de esos aventureros que pueblan los lugares más desolados de los planetas porque son incapaces de convivir con el resto del genero humano. ¡Ah!, si consiguiera salir con vida de esto, entonces iban a saber quién era él. Repentinamente se detuvo.

—¿Pero por qué hemos de seguirle? —gritó.

Se pararon y le miraron extrañados. Incluso Dora se asombró de su reacción.

—¡Por qué! —insistió.

Jon se acercó, el rostro del cazador era lo suficientemente inexpresivo como para temerle.

—Puede quedarse aquí si quiere.

¡Eso haré! —contestó en funcionario sentándose en el raíl.

Dudaron un momento. Dora le pidió que siguiera.

—¡Levántese! —le ordenó Jon. Y no contento con eso le agarró de las ropas y lo alzó a pura fuerza.

—No vuelva a detenerse —le dijo el cazador muy cerca sus dientes de la cara de Adrián.

—Suélteme... —pidió éste.

Jon le empujo hacia delante.

—Vaya primero.

En un determinado momento comenzaron a sentir un penetrante olor, las vaharadas aumentaban a cada paso.

—¿Qué puede ser? —se preguntaron.

El túnel desembocaba en una rotonda circular de considerables proporciones. Al iluminar comprendieron el motivo del olor. Estaba literalmente sembrada de guano, un guano negro que tapizaba el suelo y enmascaraba algunos bultos. Cedía levemente bajo sus pies y su olor les traspasaba. Jon iluminó la alta bóveda, buscaba a los animales responsables, pero no halló ninguno.

—¿Se han fijado? —advirtió Dora—, crecen hongos en el guano.

Pero al ir a arrancar uno, algo le rozó, algo peludo y pequeño que rápidamente desapareció.

—¡Ratas! —dijo con asco. Y se limpió la mano con la manga.

De la rotonda salían nuevos túneles. Algunos estaban obstruidos por derrumbamientos. Gigantescos bloques formando un caos impenetrable. Encaramado a un conducto regado de negro guano se encontraba el basilisco herido. Sus ojos despedían dolor, al verlos chilló, un grito agónico que casi adivinaba el futuro que le esperaba. Jon se llevó la carabina al pecho metió una bala en la recámara y apunto.

—¡No lo hagas! —le pidió Algacel, y se interpuso en la trayectoria.

—No lo mate —dijo también Dora—. ¿No ha oído su lamento? ¡parece casi humano!

—¿Prefieren morir de hambre? —les preguntó el cazador bajando el arma.

—El basilisco no es comida —le reprochó Algacel.

—De todas formas va a morir —dijo Jon con certeza.

Como si les hubiera oído, el animal chilló otra vez, le brillaban los ojos inmóviles. Jon se sentó sobre un bloque desprendido, al hacerlo aplastó algunos hongos que crujieron.  Su olor agrio y regustoso le intrigó. A sus pies crecía uno de aspecto suculento. Lo arrancó con facilidad y lo examinó. Era carnoso, de grueso tallo y consistente testa.

—¿Será comestible? —se preguntaba.

La respuesta, o al menos parte de ella, la tuvo un poco más tarde. Habían repartido el resto de sus raciones y comido, apenas sobraba para otro día. El olor del guano ya no les molestaba tanto y un ligero sopor les acometía sentados no muy lejos del mutante herido. Jon escucho entonces un débil run—run, los afanes de un diminuto ratón devorando un hongo.

—Si a ellos no les hace mal, a nosotros tampoco, —murmuró  contemplando al múrido.

Todos menos Algacel comieron de los hongos. En un primer bocado amargaban, pero pasado este trago, la lengua se hizo deliciosa y la deglución ansia. Cedían bajo la presión de los dientes como un agradable magro, y en el trasiego, los hongos se convirtieron en manjares. No tardaron en reír y animar al lamiense a que les imitara, pero éste, cogiendo una linterna les informó que daría una vuelta de inspección. Allí quedaron los tres, riendo tontamente y sin reparar en la estremecedora escena que componían.

Estaba el cazador sentado con la carabina en su regazo, se había desabotonado la camisa y a la luz de la linterna que del cuello le colgaba, el vello rubio de su pecho parecía incendiarse. Al dirigir la vista al basilisco creyó ver en su cabeza una expresión humana, sólo fue un momento, pero le sirvió de acicate para levantarse y acercarse al animal. El cual no se movió. Llegado a su altura, Jon se plantó en jarras con el fusil terciado en su brazo. Balanceó las caderas y buscó los ojos del mutante.

—¡Qué demonios crees que estamos esperando! —le espetó al  basilisco.

El animal movió tembloroso sus grandes alas membranosas.

—¡Estas listo! —exclamó Jon señalándole con el dedo y enseñando sus fuertes dientes.

—¡Déjelo en paz! —le gritó Adrián desde un extremo de la rotonda.

Al cazador, el funcionario le pareció un hombre diminuto, con una cabeza muy grande y unas manos larguísimas y delicadas. Un poco más desplazada estaba Dora, quién, ¡por todos los dioses!, se estaba desprendiendo de la ropa.

Dio unos pasos de baile, se agitaron sus formas y se tumbó sobre una gran piedra tapizada de guano que se encontraba en el mismo centro de la rotonda. Dora tendió los brazos a los lados. Una alucinada emoción le hacía creer que se encontraba en el lugar de su propia muerte.

El cazador estalló en carcajadas.

"Tu alma se encontrará sola a sí misma

en medio de los oscuros pensamientos

de las piedras de un tumba gris..."

Recitó Dora en un siseo entrecortado.

—¡Iblis se lleve toda la cordura! —gritó Jon, y soltando bruscamente la linterna se acercó.

Esta se apagó y quedaron completamente a oscuras. Sin embargo sus ojos despedían chispas. Jon atrapó la cabellera de la dama y alzó su cabeza con rabia. Ella cerró  los ojos, y entonces Jon la besó ferozmente.

Volteó a la dama poniéndole la espalda contra su pecho y separando sus nalgas la tomó sobre la gran piedra, arañando sus senos y mordiendo su nuca. Y ella no se resistió, gruñía como un felino a cada uno de sus envites. Adrián miraba la escena paralizado. Todo fue muy rápido, se oyó un jadeo estertóreo y ambas figuras quedaron inmóviles sobre el lar. Entonces sonó un disparo como un trueno poderoso. Era Adrián, que había hecho fuego sobre el cazador. El basilisco agitó las alas, tomó impulso y emprendió un vuelo lento e inseguro por una de las negras bocas de la rotonda.

Jon dudó unos instantes.

—¡Se va! —murmuró.

Y separándose de Dora y con los genitales al aire alcanzó al funcionario y le golpeó con el dorso de la mano derribándole. Cogió el arma, encendió la linterna y desapareció por el túnel con la intención de acabar con el basilisco. Adrián y Dora quedaron solos y en la más completa oscuridad. No hablaron hasta que Algacel les iluminó al regresar alertado por el disparo. Los ojos de éste se abrieron desmesurados al ver a la  dama.

Adrián le señaló la boca por la que el cazador había entrado.

—Lo va a matar... —dijo en un suspiro.

El inconfundible eco de varios disparos les llegó en ese momento. Sin pensarlo se internaron en el túnel. No caminaron mucho, el corredor les condujo hasta una pequeña sala. En el centro se encontraba Jon, se cubría la cara con las manos y toda ella era un charco de sangre. A un lado vieron el cadáver del basilisco, un disparo había destrozado su cabeza. Pero fue al acercarse cuando la visión les hizo temblar de horror. De las garras del animal colgaban sostenidos por un gelatinoso hilo, los ojos de Jon.

Y en ese momento Jon gritó, un aullido de bestia herida que se extendió por los túneles del blocao. Y al quitarse las manos de la cara vieron su cuencas sangrantes y vacías.

—Volvamos... —musitó Algacel. Y regresando sobre sus pasos dejaron al cazador a su destino.

Algacel condujo a la pareja por galerías y pozos que no habían hollado anteriormente. Ni una sola vez dudó en su camino. Finalmente arribaron a unas grandes dependencias de altísimo techo, donde a la luz de unas hogueras, Adrián y Dora contemplaron con sorpresa un campamento de nativos lamienses.

—Mi pueblo —dijo Algacel—. Los Balic.

Quienes al verlos llegar dieron grandes muestras de alborozo, venían a lomos de enormes diamodontes y sus largas y pobladas barbas y sus melenas negras resplandecían adornadas de afilados dientes.

—¡Oh, príncipe nuestro! —le dijeron a Algacel—. ¿Quiénes son estos extranjeros?

—Comieron pasto de ratas. El varón servirá escasamente para el trabajo, pues es débil y orgulloso. En cuanto a ella, la haré mi amante, ¿acaso no veis sus finos tobillos?