AYES
Envuelto
en sus siempre invisibles vestiduras,
había dormitado, una vez más, por siete eternidades:
El Eterno Uno.
Al
alba creó un mundo de polvo de andadura,
y una noche de parpadeos estelares:
El Eterno Uno.
Una
tierra hija del albur,
huérfana del sino,
hijastra de la ruina,
estremecida por el destino,
cernida por el azar,
inficionada de una pátina de necesidad.
Soplando
su aliento esquivo,
allí la muerte se ofrecía en cada abismo.
El viento y la lluvia desencadenados,
el aire, el agua, la noche, los gritos y las bestias de la
tempestad,
los relámpagos rasgando el firmamento,
y los animales de fábula moviéndose en las tinieblas.
Gritos en el escenario del amanecer,
acunando el llanto de un recién nacido.
Como
una halo surgió el vapor de la respiración del diablo,
se oyeron los pasos crujientes de los monstruos abismales,
de caras negras y miradas relucientes y de manos afiladas.
Acudió
el espíritu espectador de las tragedias,
traía la risa y el escarnio en su regazo,
y venían con él seres impávidos, irónicos y crueles,
para burlarse de los débiles hombres.
Mas
antes de que cayera la noche de nuevo,
el hombre descubrió el fuego, taló los bosques y aró
los campos,
exterminó la vida salvaje, construyó montañas de adobe,
orinó en las orillas de los mares y cubrió la tierra de
su prole y de sus máquinas.
Los
espíritus huyeron, los dioses se refugiaron en sus
moradas
y el mismo diablo hubo de taparse los oídos para no
escuchar los ayes.
AULLIDOS
De
la hierba roja, teñida de sangre,
escapa el alma del guerrero.
Rota la espada, mellada la armadura.
Sus ojos buscan los luceros,
púrpuras ahora del reflejo.
Espíritus que ascienden, fugaces andaduras.
Rojas
las manos, apósito que no detiene el alma,
palomas negras la devoran,
buitres relamen los jirones.
Planicie de dolor,
horror que huye a borbotones.
Marfil
en las venas,
hilos en los labios.
Camino de la muerte, sonrisa amoratada,
polvo que come cada célula,
rigor que convierte en piedra,
corazón silenciado, fuente desgarrada.
Aullidos
de bestias inocentes,
lamento derrotado por victoria,
el pendón se abate,
mal haya a quien lo irguió.
SOMBRAS
Cae
la noche mi aliada,
las sombras se han sedimentado,
del día luminoso, pero amortajado,
desciende el manto a mi querencia,
y el corazón me brinca, palpitando,
buscando tu calor, mi bien amada.
Yace
mi fortuna enterrada
el mismo día que nací,
avisos no dan de este percance,
los cielos giran, no obstante,
cambiando el curso a su placer.
Mía
es la desventura
que no puedo revelarte,
sabrías entonces quién soy yo:
Alma perdida en la amargura,
ser maldito y castigado.
¿Quién
tuvo mi espíritu en otra vida?
Qué pecador ignominioso
hizo de mi carne una tragedia,
robándome el poder, la esencia,
que tu deseas entre tus piernas.
Densa
es la oscuridad de mi pesar,
tanto como tu eres nova deslumbrante.
¿A quién pedir razones de mí mismo?
Si soy eterno caminante
en la pena de no saber amar.
Estrellas
son las que murmuran,
falsos dioses en la altura,
falsos dioses que agonizan,
y sólo Iblis me procura
el único consuelo, amada mía.
SEÑALES
¡Oh
sombra que anuncias la retirada!
Del jardín su luz, del bosque su melodía,
qué misterios te siguen, qué astros te obedecen,
contemplando desolada al mundo en su agonía.
¿Alcanzas
a comprender, espíritu del instante?
¿Quién atrapó a la paz?
O quizá debiera preguntarte:
¿No queda nadie capaz? ¿Ningún Mesías?
Es
inútil leer los astros.
Es pueril la voz del mal.
Dolido estoy de vuestras almas
esperando noche a noche la gran señal.
Habrá
fuego sobre vuestras cabezas.
Vendrán pestes y duelos,
inmensas fuerzas desatadas,
bocinas del alba manejadas,
trompetas, horrores y señuelos.
Caminaréis
en el fango
sin luz ni sonrisa.
Tristes los dientes, firmes los labios,
lívidos del terror que ya amanece,
amordazados y cómplices,
acobardados por la muerte.
No
veréis más milagros
ni dioses levantarse de sus tumbas
ni ocasos imperiales.
Sólo ayes creciendo como breño
y aire rasgado por los gritos.
EL
AMBAR QUE NOS UNE
Lentas
canciones agudas.
Vasos repletos de armónicos vinos
que nos llevarán sin más
volando en el claro umbral
al ambar que nos une.
Y
saldrá éter de tu pelo
mientras la mano verde
acaricia la pierna que nunca pensé.
Quiero
tocar la pierna
que sobre la arena pisa
mirando tu muslo verde
sin pensar si pienso
que tal vez en ti
en la lejana llanura de tu piel
alguien acaricia tu pierna verde.
CANCIÓN
DEL ASTRONAUTA
A
los cometas perseguimos
para peinar sus cabelleras.
De los eclipses hacemos sombras chinescas,
de los volcanes de Io, verbenas,
en los cráteres de Calisto, albercas,
de los anillos saturnales, trenzas,
en las nubes joviales, cacerías.
A
Fobos no tememos,
Plutón está lejano.
A Deimos ignoramos,
En Titán ya hemos varado.
A los Troyanos damos caza con lazos inmateriales.
De la leche de Amaltea hemos gozado
en orgías que nos hicieron inmortales.
Por
las laderas de Copernicus
nos hemos deslizado.
En la Tierra de Ishtar
acampamos sin cuidado.
A lomos de un Hidalgo, el Sol hemos circuncidado.
Nuestras naves son escobas para el polvo sideral.
Porque estamos curtidos por la luz estelar
y dorados por los rayos cósmicos.
CANCIÓN
DE CORRO
Estrella
añil
sólo sirves de candil.
¡Es-tí-ra-te!
Enana
alba
qué vida tan larga.
¡A-gá-cha-te!
Gigante
escarlata
poco nos darás la lata.
¡Le-ván-ta-te!
Estrella
pulsante
no seas tan cargante.
¡En-có-ge-te!
Hoyo
negro escondido
todo te lo has comido.
¡Es-fú-ma-te!
Pescador
de neutrinos
¿son tus redes intestinos?
¡A correr!
RUNRÚN
(Nana)
Ay
nena, nenita, nena
Runrún de mi corazón.
Ay nena, nenita, nena
Runrún que te quiero yo.
Admirada
está mi niña
con la Luna y con el Sol.
Sus manitas son las flores
de la noche y del amor.
Cierra
tus ojitos, nena
ciérralos por favor.
Se duerme mi niña buena
se duerme con mi calor.
Arropada
está la niña
con pañales de algodón.
Sus mejillas sonrosadas
y su culito hecho un primor.
Ay
nena, nenita, nena
Runrún de mi corazón.
Ay nena, nenita, nena
Runrún que te quiero yo.
NADA
A un suicida y escritor anónimo.
El
amargo final vio llegar
y aún no era un hombre.
Tenía cara de niño y ojos sin albedrío,
su semen se transparentaba, esperma en el vacío.
Medio
millón de palabras vanas
quedaban a sus espaldas,
otro medio millón de horas
a las asentaderas agarrotadas.
Venían
las siete bestias
disputándose su carnaza.
Una es de su sangre, otra de la bastarda,
una del hambre, otra de la ignorancia,
una de la impotencia, otra del sino,
otra de la guadaña.
Maldijo
la nada,
blasfemias sin sustancia,
ayes en sordina,
reconcomio del alma.
El mundo le ha señalado,
alguien ha dicho basta.
LABIOS
En
orden por importancia
surgiendo de un suspiro,
me los ofrece mi amada
rezumando licor
y leche cortada.
Un
botón tienen plantado
de muy escasa arrogancia.
Bailan los labios en círculo
al compás de mi lactancia.
Rolando
llegan sofocos
allende otros labios.
Torrentes en el vientre
aventan los espasmos.