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El Ejército Popular de la República

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La derrota del Ejercito Popular: Causas militares.

Antes que las causas políticas de la derrota del Ejército Popular, vamos a estudiar las causas militares, decisión que tomo por varios motivos. Primero que nada, las causas políticas de esta derrota militar aparecen al aficionado mucho más difusas y discutibles que las puramente militares que se explican mucho mejor, tácticas, materiales, unidades y soldados son conceptos muy fácilmente entendibles por todos, pero las cuestiones estratégicas, es decir cómo me organizo con lo que tengo, cómo organizo mi retaguardia para abastecer mis fuerzas, cómo organizo el mando de estas fuerzas, qué ideología le suministro a mis soldados, quién me vende los recursos, son cuestiones políticas sujetas, naturalmente, a la innumerable visión de los actores en curso, y lo que es peor, a la indiscutible influencia en las fuerzas armadas republicanas de los agentes que conforman estas fuerzas en el inestable pacto de organizaciones políticas que defienden o dicen defender la II República.

En este análisis la línea que separa la militar de lo político es muy sensible y sobre todo permeable y se hace bastante difícil precisar, por ello, iniciaremos el estudio con los tres elementos básicos de toda fuerza armada: los hombres, su instrucción  y su moral de combate, la organización (la burocracia militar en todos sus escalones) y sus deficiencias, y el material para la guerra, con una previa descripción de los aspectos destacados para centrarnos luego en estos tres elementos en los que el Ejército Popular suspende (en todos) frente a su oponente.

Para empezar y por arriba: la moral combativa de la cúpula militar profesional republicana con mando de tropa era bastante mala, el mismo Miaja, alzado a los altares revolucionarios por la Junta de Defensa de Madrid, era en realidad un general dubitativo y apesadumbrado que jamás enseñó realmente sus cartas. Bueno en la defensa, como lo demostró en Madrid y Valencia, nunca mostró energía cuando se trató de atacar. A los Estados Mayores de los Ejércitos Republicanos, les pasaba un tanto de lo mismo, algunos buenos profesionales de talante republicano conservador, capaces de diseñar excelentes planes que tenían que ser ejecutados por una tropa en la no confiaban en lo más mínimo, y además rodeados de emboscados y quintacolumnistas, cuando no directamente de futuros traidores, como se demostraría al final de la guerra en el E. M. del Ejercito del Centro.

El Estado Mayor Central, con Vicente Rojo a la cabeza, su personal creación, era muy bueno técnicamente, a inspiración francesa, es decir, búsqueda de la batalla decisiva, pero que como decimos, tenía una cadena de Jefes y Oficiales de Estado Mayor completamente desmoralizada por el voluntarismo desorganizador que el Ejercito de la República arrastraba desde su fundación. A los niveles de División y Brigada, las vacantes de E.M. eran la norma. Muchos Comisarios, ejercían indirectamente de Jefes de Estado Mayor de las Brigadas donde nunca se cubrieron estas vacantes. El grupo de oficiales profesionales leales a la República que conformaron desde el Ministerio de la Guerra, la idea de reconstruir el ejercito gubernamental, provenía mayoritariamente de las armas denominadas técnicas, es decir, Ingenieros, Artilleros, Estado Mayor y orden público. La mayor parte de ellos eran "peninsulares" por contra de los rebeldes "africanistas", y en cierto modo conectaban con un pasado militar juntista. Pero fundamentalmente, eran esforzados servidores de la burocracia militar. Así, Alpert, en su estudio de 1974 sobre el Ejercito Republicano, llega a afirmar que el ejercito resultante de los esfuerzos de Vicente Rojo y sus compañeros, es más que nada un ejercito de papel. Esta afirmación trata de explicar que los oficiales del Estado Mayor del Ministerio de la Guerra constituían primero las brigadas sobre el papel y después sobre la realidad, en vez de al revés, crear las brigadas sobre batallones ya constituidos y al completo, como hacían los rebeldes. Naturalmente esta jerárquica estructura y su reglamentación, creada a golpe de decretos, sólo existía en su imaginación, pues las columnas seguían siendo columnas por mucho que las agruparan y les cambiaran de nombre. Necesitaban organización, instrucción y materiales para poder considerarse fuerza armada regular.

Sin embargo, la puesta en marcha de estos planes, aunque fueran rígidos e inadecuados para la realidad militar del otoño-invierno de 1936, creó un ejército, el Ejército del Centro, que salvó a Madrid. Esta victoria defensiva que termina con la batalla de Guadalajara, hizo creer a los dirigentes republicanos que el ejército popular estaba en disposición de pasar a la ofensiva, opinión reforzada por la obligación moral de atacar que el gobierno tenía y la urgente y política necesidad de conseguir algún éxito militar que no sólo aliviara la presión rebelde sobre el Norte, sino que legitimara al gobierno en el panorama internacional. Pero la fuerza de choque capaz de realizar esas tareas, empeño personal de Rojo, no estaba todavía lista, y sólo existía en las cabezas de sus proyectistas ansiosos por poner en marcha sus famosos planes "P" y "H" mediante un sólido ejercito de maniobra en una acción sorpresiva y decisiva en sectores poco protegidos del frente rebelde. La creación de divisiones regladas emprendida mientras se combatía en el Jarama, no podía ocultar otro defecto estructural del Ejercito del Centro: fallaba la unidad básica, las renombradas Brigadas Mixtas, formación táctica republicana, que se ofrecía muy versátil e incluso necesaria al inicio de la guerra, heredera sin duda de las columnas del primer invierno, pero que, estaba claro, dispersaría los recursos, sobre todo la escasa y variopinta artillería republicana, llenando, además, innecesariamente las plantillas de personal de servicios, más propio de Divisiones regladas. Pues las Brigadas Mixtas no eran a las divisiones lo que los acorazados del bolsillo eran a los acorazados. Hubiera sido mucho más eficaz organizar regimientos de infantería, artillería, caballería, tanques, servicios, etc..., como hacían todos los ejércitos del mundo. La escasez de oficiales y suboficiales era otra razón para organizarse en regimientos, aunque muchos oficiales de otras armas hubieran tenido que reconvertirse en oficiales de infantería, lo que en realidad ocurrió así. Y pese a este diseño teórico de Brigadas Mixtas, la realidad se impuso, así que las Brigadas Mixtas, nunca fueron mixtas, siempre fueron brigadas de infantería con algunos servicios (es decir, batallones agrupados). No obstante, el propio Alpert reconoce que la B.M. fue la forma más práctica de pasar de las columnas milicianas a unidades militares regladas, ya que en realidad lo que se hacía era, dejar las cosas casi como estaban, poner un poco de orden, añadir aquí, quitar allá, eliminar algunos nombres inadecuados y tratar de convencer a los milicianos de que ahora eran soldados, verdaderos  soldados del ejercito de la República. Y pese a este inicio organizativo a todas luces incorrecto, en el Ejercito del Centro, esto fue crucial para resistir las empecinadas ofensivas franquistas contra Madrid.

En cuanto a los medios acorazados, única arma donde la República tuvo superioridad en cantidad y calidad durante todo el año 1937, no fue su mala disposición táctica (como tantas veces han dicho los admiradores de la guerra relámpago alemana), el que esta ventaja material no beneficiara militarmente al ejército popular, pues estaba fuera de lugar cualquiera táctica acorazada que no fuera de apoyo a la infantería en esta guerra de pobres que fue la guerra civil. No, no fue el uso tácticamente erróneo de los medios acorazados (visto desde la perspectiva de la segunda guerra mundial), fueron otras cuestiones las que impidieron la explotación de esta superioridad armamentística (probablemente la única). Para empezar, la independencia táctica de estas unidades clamaba al cielo. Los rusos se creían con el derecho a manejarlas como les viniera en gana (y en cierto modo no les faltaba razón dada la inexperiencia española). Y eran los mandos españoles los que tenían que solicitar el apoyo de los batallones de tanques, incluso vía Partido Comunista. Esto hacia muy difícil la, ya de por sí dificultosa, compenetración entre la infantería y los tanques. Pero incluso así, cuando los tanquistas y sus unidades fueron completamente españoles, y esta compenetración era orgánicamente posible, el rendimiento de los medios acorazados bajó, y las tácticas para avances de infantería con apoyo de carros, no ya la "guerra celere", brillaron por su ausencia, pues no había unidades de infantería con la mínima instrucción y dotación para la guerra mecanizada más elemental. En el desastre de marzo de 1.938, como por cierto ya había sucedido en el Jarama y en Guadalajara, los carros cubrieron el papel de vanguardia en retirada. De modo que los medios acorazados republicanos paliaron en cierto modo los defectos de la infantería pero nunca fueron significativos ni decisivos, siendo en realidad un arma independiente para el apoyo de las divisiones republicanas. Rojo, que era un organizador nato, no destaca en ninguno de sus escritos por su afición a las entonces muy en boga en Europa, maniobras acorazadas (teóricas, claro). Y puso a los carros republicanos en el papel tradicional de apoyo a la infantería. La única maniobra netamente motorizada emprendida por el Ejército Popular el 20 de septiembre de 1.937 (ataque rápido sobre Zaragoza con una treintena de tanques rápidos de caballería tipo BT-5), fue un completo desastre. Parece que la idea fue rusa, que Prieto la autorizó, que Rojo no puso objeciones y que la dirigió Casado. Los tanques eran nuevos para sus tripulantes y la infantería era novata, y el terreno el peor posible para maniobras de carros. Los franquistas pusieron a su artillería pesada en acción y al menos 19 de los tanques empleados quedaron sobre el terreno. ¿Por qué se emprendió una acción tan reducida, evidentemente destinada al fracaso, derrochando un arma tan formidable como el tanque ruso BT-5, del que no se tenía ninguna experiencia en el Ejército Popular? Probablemente por iniciativa rusa para probar el carro al galope bajo fuego de artillería y con jinetes de carros a la grupa. Este es un ejemplo palmario aunque a pequeña escala de las dificultades políticas añadidas a las bélicas, a las que se enfrentaba el Ejército Popular.

De modo que teniendo en línea más de 120 excelentes tanques durante todo el año 1937, el E.M. de Rojo no creyó conveniente organizar batallones mecanizados para integrarlos en las divisiones del choque del Cuerpo de Maniobra. Esta claro que transportes acorazados de personal no existían, y que la mecanización de la infantería, como mucho, habría que ser hecha a base de camiones protegidos, pero ni así, la escasez de camiones era crónica en el Ejército Popular. ¿Y qué es una unidad de tanques con infantería a pié?, pues eso, tal como fue, tanques republicanos en apoyo de la infantería de las Brigadas Mixtas o de las Internacionales. Los rebeldes fueron más listos, no dispersaron sus pequeñas, pero ágiles, unidades blindadas, las integraron perfectamente en sus cuerpos de ejército, pese a que seguían siendo tanques en apoyo de infantería, pero en este caso, como punta de ataque con autonomía como unidad. Rompían el frente, conquistaban, esperaban a la infantería para asegurar, y vuelta e empezar, todo ello bien coordinado con la artillería y la aviación táctica. No quiere esto decir que siempre les funcionara, sobre todo a los italianos, pero desde luego era un grado de organización de los medios acorazados más avanzado. Claro, estaban por medio los alemanes.

Señalaremos también otros puntos de los graves defectos estructurales de las fuerzas armadas de la República, primero, el hecho, a todas luces disparatado, de que el Servicio de Transporte fuera civil hasta poco antes del final de la guerra. Aspecto, sin duda, relacionado con la negativa del Gobierno a declarar el Estado de Guerra, que en una España muy profundamente antimilitarista, hubiera dado a los Jefes de los Ejércitos inmensas prerrogativas, pero que, indudablemente, entorpecían hasta la desesperación, la labor organizativa, formativa y logística de Vicente Rojo y sus compañeros. Otro más, y muy importante, la dificultad que tenía el Ejército Popular para conseguir el apoyo del arma aérea en el decisivo papel de artillería aérea que tan bien usaron los rebeldes. Es cierto que las FARE acometieron infinidad de misiones de bombardeo táctico en apoyo de las fuerzas terrestres, pero la coordinación, la oportunidad, y la masa aérea necesaria para estas misiones siempre fueron insuficientes si exceptuamos Guadalajara. Las FARE nunca estuvieron a disposición de Rojo.

La mala organización de muchas unidades, especialmente en el Frente del Norte, del Este y del Sur, se entiende rápido por dos razones: La primera es que el gobierno dedicaba menos esfuerzo a su encuadramiento y dotación por motivos evidentes: Las fuerzas estaban lejos del alcance real del gobierno y había serios problemas por el control de las unidades con los nacionalistas y con los anarquistas. A este respecto es paradigmático las quejas anarquistas del frente del Este sobre la cicatería del gobierno a la hora de dotarles, pero a la vez ponían todos los impedimentos del mundo para militarizarse, es decir, ponerse a disposición del mando. La segunda es porque eran fuerzas poco fogueadas que no le habían visto la cara al enemigo de verdad, lo que no les obligaba a encarar la organización de la fuerza armada con realismo. En el frente del Norte el provincianismo es especialmente dañino en esta relación entre el poder central y el gobierno de Euskadi, el Consejo de Santander y Burgos, y el Consejo de Asturias León y Palencia. No sólo estos tres centros de poder no se unieron políticamente sino que ignoran los mandos y las instrucciones del gobierno. En Málaga la desorganización rayaba la esquizofrenia. En el frente de Aragón, las fuerzas catalanas, detenidas en seco por unas eficaces pero no mejor armadas ni numerosas fuerzas rebeldes, hibernan en el mejor de los revolucionarios mundos.

En cuanto a los mandos profesionales, muchos de ellos de poca combatividad y los de milicias, con verdaderas dificultades técnicas para llevar el mando, más la baja preparación de los suboficiales en general, encontramos que estos aspectos socio-políticos son determinantes. La mayoría del personal del Ejército Popular, eran ciudadanos en armas con gran vocación antimilitarista. ¿Dónde estaban los técnicos militares que tenían que instruir individual y colectivamente a la masa voluntaria y de leva del Ejército Popular en el otoño de 1936? En ningún sitio, no existían, ¡perdón! existían unos pocos, menos de mil al mismo tiempo, eran rusos y no hablaban español, encima, la apremiante situación militar les obligó a combatir en primera línea, cual es el caso de los tanquistas rusos. Si a esto añadimos el punto anterior, juzgue el lector el meritorio esfuerzo del Ejército del Centro.

Hemos señalado al lector algunos defectos evidentes para que nos ayuden a sintetizar, a agrupar estas causas difusas e inconexas en postulados verosímiles para un mejor entendimiento. Todos los escritores republicanos que del Ejército Popular se han ocupado, se quejan principalmente de tres cosas: del poco y mal armamento, de la mala organización de muchas unidades, y de los improvisados mandos, oficiales y suboficiales. Alaban por contra, la férrea voluntad de luchar del soldado de primera línea, su paciencia tras meses y meses de campaña y sin rotaciones, la calidad de algunos servicios de retaguardia, Sanitarios (Servicio de Sanidad del Ejército), las Maestranzas de artillería (los COPA), y las magníficas unidades de zapadores e ingenieros (los COPI), amén de los centros de instrucción de tropa (los CRIM). Durante mucho tiempo, y por efecto de los historiadores franquistas, estas quejas fueron menospreciadas e incluso ridiculizadas, como en el caso de Salas Larrazabal y su monumental obra al caso. Los estudios de probados historiadores que el lector puede encontrar en nuestras páginas referentes a la cuestión material y armamentística del Ejército Popular, dan la razón a quienes se quejaban de poco y mal material.

Los factores militares

Y así, resumiendo, los factores que influyeron en la derrota puramente militar (si es que es del todo correcto para un análisis objetivo, separar la derrota política de la militar), son principalmente:

La cuestión material:

Rebeldes: Mejor material, menos variado, más abundante, y mejores líneas de suministro con las fuentes suministradoras, destacando la superioridad cuali y cuanti en artillería y medios aéreos, este último, decisivo.  Puede profundizar en este tema en nuestras páginas de Armas.

Gubernamentales: Todos los materiales de origen ruso, pero en especial los aviones fueron recibidos mayoritariamente en 1937, quedando el año 1938 como el año negro de los envíos rusos, en parte por el eficiente bloqueo italo-germano-rebelde, que obligaba a los envíos por tierra, y en parte, y mucho más doloroso, por la selectiva política de ayuda militar de Stalin para con la República española. Así, desgraciadamente, el año 1938, el más decisivo militarmente, quedó condicionado por la general escasez de armas y repuestos en todos los parques de todas las fuerzas armadas republicanas. Para señalar esta precariedad, consignamos que desde 1936 al verano de 1937 se recibieron 475 aviones rusos de varios tipos, por 152 en 1938 y 31 en 1939 (los "super chatos" que apenas intervinieron en acciones). Lo mismo ocurre con la artillería rusa, 853 piezas en 1936-1937 (incluimos los lanzaminas), por 469 en 1938, y 3 en 1939. En cuantos a los carros, la cosa es aún peor, en 1936-1937, llegaron 306 carros (T-26 y BT-5), por 25 T-26 en 1938 y ninguno en 1939. Esta desigual afluencia de materiales, especialmente precaria cuando a la República le iba muy mal militarmente, tuvo que influir negativamente en la fortuna de sus fuerzas armadas, y es un aspecto militar muy poco señalado por los historiadores, con excepciones como Howson, cuya explicación de esta sequía de material para el año 38 tampoco nos termina de convencer (Armas para España, pág. 330), y que fue tan decisivo como la dispersión de modelos y la mala calidad del material recibido en la primera hora de la guerra, mayoritariamente vía SEPEWE (Polonia) y también en envíos de origen sudamericano. Se explica así, también, el denodado esfuerzo republicano por producir y reparar todo tipo de materiales.

Para explicar las desastrosas retiradas de marzo en el frente del Este, la mayoría de los autores aducen las graves pérdidas humanas de la batalla de Teruel, y sobre todo la creciente desmoralización del ejército, todo ello es cierto, pero para mí, más evidente que las dos causas anteriores, es la falta de materiales de guerra. El Ejército Popular y las FARE se encontraron en esas fechas desprovistos de todo, excepto de carros T-26 y cazas Chatos, dos buenas armas pero que no podían cubrir las carencias artilleras, de ametralladoras, de fusiles incluso, y sobre todo de municiones, más teniendo en cuenta el mal uso que de los T-26 se hizo por parte de los mandos y tripulaciones españolas. Durante la batalla del Ebro se produjeron los mayores combates aéreos de toda la guerra, con participación de todos los aviones de primera línea, es decir, los rusos. Las pérdidas para las FARE fueron muy elevadas, comenzando así el principio del fin de las escuadrillas dotadas del I-16. Las escuadrillas de I-15 todavía sobrevivieron un poco más, debido a las aportaciones de las fábricas. Pero, prácticamente, ya no había nada para frenar a los Me-109. Era el principio del fin para "La Gloriosa"

La cuestión organizativa:

Rebeldes: mejor organización. Las unidades se forman cuando ya están dotadas de hombres instruidos y de material homogéneo.

Por contra, gubernamentales: las unidades se forman sobre el papel con hombres peor instruidos y con material más dispar que depende de los stocks de las maestranzas en cada época.

Comienzo: Ejercito profesional versus ejercito de milicianos.

El ejército rebelde es un ejército profesional mas o menos baqueteado según unidades, con buena disciplina, material adecuado aunque inicialmente también dispar, logística suficiente y políticamente controlado.  Dispone de un líder político, Franco, y un Estado Mayor, "Terminus", eficiente aunque gris, como el propio Franco. Su organización es la tradicional reformada del ejercito español y se caracteriza por su flexibilidad operativa, es decir las pequeñas unidades se integran con facilidad en las grandes porque ambos tipos de unidades conservan sus estructuras originales.

El Ejército Popular basaba su organización en las Brigadas Mixtas, que como vimos, fue una manera rápida de integrar columnas de milicianos a unidades regladas. Las Brigadas Mixtas estaban teóricamente compuestas de cuatro batallones, una batería de artillería ligera o de acompañamiento de infantería, una sección o escuadrón de caballería y los servicios logísticos. En la realidad, la batería era una sección, la sección de caballería brillaba por su ausencia, los servicios logísticos estaban en cuadro y las plazas de E.M. solían estar vacantes, y los servicios logísticos con escaso personal capacitado, en especial las transmisiones, basadas en teléfonos de campaña y los enlaces (motoristas, caballistas o a pie). La brigada contaba, también en teoría con una compañía de ametralladoras, que se dotaba con las máquinas heredadas de las columnas, lo que las hacía muy dispares. Otro punto débil fueron siempre los morteros, en especial los de calibres mayores. Tres Brigadas Mixtas formaban la División de Maniobra (pero había muchas con dos, a una fecha tan avanzada como diciembre de 1937). El E.M. de la división también era escaso y con numerosas vacantes. Así que la división con 12 batallones, de 20 a 25 morteros de entre 50-81 mm., una veintena de piezas de 75 mm. y algunos obuses ligeros, un escuadrón de caballería (la más de las veces una sección), una batallón especial (ametralladoras) a veces, puede que una compañía de Servicios Especiales (guerrilleros y exploradores), y los servicios logísticos. La división era débil en potencia de fuego, en medios de maniobra, en medios antiaéreos, y en medios de enlace. Todo esto se paliaba un poco en las divisiones del Ejército de Maniobra, pero a esta fecha, diciembre de 1937 todavía muchas de las citadas divisiones estaban en formación o con dotaciones de personal y material incompletas.

A este respecto Ciutat manifiesta unas opiniones que no compartimos enteramente. Si el lector las ha leído observara que Ciutat las considera, la "pequeña gran unidad" republicana, es decir, militarmente hablando, el regimiento, pero las B.M. eran mucha cosa para ser regimiento y poca cosa para ser Divisiones, el espacio táctico de la B.M. republicana era en realidad el espacio de lo que se ha denominado siempre Media Brigada en otros ejércitos europeos, que son las utilidades tácticas de un regimiento en presencia de grandes escenarios. Algo así le pasaba tradicionalmente al ejército ruso (rojo o zarista) donde las inmensidades hacían necesarias agrupaciones tácticas menores a todos los niveles, desde el regimiento al Ejército. Y lo mismo les ocurrió a los alemanes, que con buen criterio desdoblaron sus divisiones para manejarlas mejor en el frente ruso. Dicho de otra manera, haz lo mismo con un poco menos, que hay mucho frente que cubrir. Afirma también Ciutat, que eran fáciles de manejar, dato con el que tampoco estamos muy de acuerdo, pese al bagaje de E.M. de Ciutat. Eran fáciles de manejar porque se les exigía muy poco. No se les exigía iniciativa, ni audacia, ni guerra mecanizada, ni nada parecido. Eran infantería agrupada, batallones agrupados, malamente dotados de fuego automático y de capacidad artillera y con una muy mala relación entre personal y armas largas. Ciutat se conforma con 1500 fusiles para 3000 hombres. Un fusil para cada dos. Si como mucho mantenemos 300 hombres en las otras armas de la brigada, caballería, artillería, plana mayor, servicios, sanidad, pagaduría, etc..., otros 400 como mucho servidores de ametralladoras, morteros y fusiles ametralladores. Nos faltan casi 800 hombres que no sabemos lo que hacen, desde luego no combaten, pues no tienen fusil.

Otro interesante aspecto señalado por Ciutat en la obra citada y también por otros autores, es la masa de hombres dedicada a cubrir frentes en uno y otro bando. Hablamos de Noviembre de 1937, cuando el frente Norte ha desaparecido. El siguiente cuadro del mismo autor ilustra bien la cuestión:

Frente Divisiones República Divisiones franquistas
Cataluña 7 del Ejército del Este 4-5
Levante 5 del Ejército de Levante 2-3
Centro 17 del Ejército del Centro 12-13
Extremadura 5-6 del Ejército de Extremadura 2-3
Andalucia 5-6 del Ejército de Andalucía 5-6
Total frentes 39-40 unas 30
Reservas 13 Ejército Maniobra, 24 B.M. con 136 batallones. Más de 20 de los Cuerpos de Navarra, Galicia, Castilla, Marroquí y CTV, con 240 batallones y 1 división de Caballería
Total 52-53 Más de 50
Organizándose 5 a 6 3a 5

El mando franquista cubría sus frentes con el 60% de sus fuerzas, reservando el 40% como fuerza de maniobra. Esta estrategia, que en general le dio buenos resultados, indicaba un alto grado de confianza en sus unidades estáticas, lo que no siempre fue así, pero que en general, como decimos, le fue beneficioso. Otro aspecto a señalar, es que las divisiones franquistas, a 12 batallones igualmente, tenían muchas más potencia de fuego  que las gubernamentales para poder rechazar un posible ataque y esperar refuerzos.

El mando republicano tenía el línea el 75% de sus fuerzas y sólo un 25% como fuerza de maniobra. El análisis del por qué es aquí bastante más complejo. Para empezar, las divisiones como ya se ha dicho eran mucho más débiles. El Ejército del Centro, herencia de las más importante campaña sufrida por las fuerzas republicanas, estaba sobredotado, y Miaja, su comandante, era especialmente reacio a ceder fuerzas, lo que pone en evidencia una de las tesis de esta introducción, y es que Rojo no era el comandante en Jefe, y los altos mandos republicanos tenían libertad, y protección política, para discutir todo tipo de órdenes al EMC, lo que en el bando contrario hubiera sido inconcebible. Además, el Ejército Popular era una fuerza predominantemente defensiva, atrinchera y con escasa potencia de fuego. Pero además, y por contra del ejército rebelde, el Alto mando, no tenía mucha confianza en sus fuerzas y tendía a reforzar los frentes. Este aspecto es también un error organizativo del Ejército Popular que haría su crisis poco después, en Teruel, y quedaría terriblemente en evidencia en la primavera de 1938, cuando Rojo se vio incapaz de detener la avalancha franquista, mientras Miaja le enviaba refuerzos con cuentagotas.

La cuestión de la instrucción:

 Rebeldes: Mucha mejor instrucción individual y de unidad. La artillería y los tanques rebeldes reciben instrucción extranjera con buenos instructores e interpretes. La infantería tiene una base de oficiales profesionales con experiencia. La academias de oficiales provisionales son buenas para lo que se busca, oficiales motivados, políticamente fiables, decididos a atacar y que aprenderán de sus compañeros profesionales.

Gubernamentales: Los instructores de las armas modernas son principalmente rusos sin apenas interpretes y las más de las veces deben además combatir por falta de personal experto nativo. Este aspecto fundamental de todo ejército fue muy mal encarado por el Ministerio y la Subsecretaria correspondiente. Centenares de militares profesionales, leales geográficos, fueron destinados a las Escuelas Populares de Guerra. Allí y según la guerra se perdía se puede uno imaginar la instrucción y la moral que infundieron, terminando muchos por convertirse en emboscados o cosa peor. Y partiendo de la base de que, como se queja Líster, muy pocos había entendido las características del Ejercito Popular y menos de sus fuerzas de choque. Las escuelas de oficiales y suboficiales, Tenientes y Sargentos en Campaña,  no dieron todo el resultado deseado, por dos motivos, lo anticuado de sus enseñanzas regladas, en nada adaptadas a la guerra moderna y por el segundo y sencillo motivo de que una vez en línea, sus superiores, mayoritariamente mayores de milicias, se encontraban en la misma tesitura que ellos, habían aprendido sobre la marcha. Y si se trataba de profesionales, si es que tenían experiencia, tendían a mirarlos con desden dentro del variado mundo de la oficialidad republicana, donde coexistían cuatro tipos de oficiales: de Carrera, de Complemento (ambas anteriores a la guerra), de Milicias y de Campaña. Pero es que además los militares republicanos profesionales verdaderamente capaces no mandaban batallones, mandaban divisiones y cuerpos de ejército. Por tanto, una vez que las Escuelas Populares de Guerra habían dotado a los alumnos oficiales de una base suficiente para aprender verdaderamente en el frente, como en todos los ejércitos del mundo, a la hora de la verdad los bisoños oficiales y suboficiales, ¿aprender de quién? Y cuando uno es oficial novato y le falta el bagaje de combate tiende a suplirlo con un madito ordenancismo, pesadilla de los soldados de primera línea, refugio de quintacolumnistas y emboscados y una lacra más numerosa de lo que se cree en el Ejército Popular según decenas de testimonios. Y así, la peor formación de los oficiales y suboficiales del Ejercito Republicano explica el que en sus ataques sorpresa, la vanguardia perdiera el enlace con sus puestos de mando, haciendo a las unidades incapaces de explotar el éxito inicial de sus ataques, pues la iniciativa táctica brillaba por su ausencia, peor, las cabezas del ejercito, conscientes de lo que había, no la fomentaban en absoluto.

Tenientes en campaña...

Otras causas: Algunos autores añaden a estas causas, otras que nosotros consideramos aspectos menores de la derrota militar, como son la creciente desmoralización del Ejército Popular desde Teruel, pero que queda en parte desmentida por la evidencia de que no se produce disolución en el Ejército Popular hasta diciembre del 39. También la creciente división y encono en el Cuerpo de Comisarios y la desgana de la oficialidad antinegrinista. Indudablemente esto tuvo que afectar sobre todo al Ejército del Centro, el feudo de Miaja, Casado y Matallana, pero todavía en Enero de 1939 estas fuerzas atacan en Extremadura con buenos resultados iniciales pese a los desplantes que Miaja le hizo a Rojo en los intentos sucesivos de afrontar el afamado plan "P" para partir en dos por Extremadura la zona rebelde. Y una final, la presencia, también creciente de una Quinta Columna cada vez más descarada, que aprovecha hasta el limite la discrepancia con el Estado Mayor de miembros destacados del Ejército (como Perea, Casado y Pérez Salas) y que se confunde a veces con la mera traición. No creemos que la Quinta Columna fuera en absoluto decisiva pese a sus éxitos en Madrid y Cartagena, pues en todo conflicto, la derrota siempre se acompaña de este fenómeno quintacolumnista.

Resumimos:

El ejército republicano es un ejercito de papel de oficina, creado a golpe de decreto a partir de voluntarios altamente motivados y ciudadanos de reemplazo de mucha menor motivación, aunque, eso sí, todos antimilitaristas.

El material es dispar y no se cuenta con suficientes especialistas para su manejo. Los suministros vienen de muy lejos y de forma discontinua. El ejercito no tiene ideología propia ni líder militar. El Estado Mayor no confía en la mayoría de las unidades a las que mantiene estáticas, bajas de dotación y medios, consumiéndose en las trincheras meses y meses.

El Estado Mayor ha creado una élite militar (Los cuerpos de maniobra) a partir de unidades de probada fidelidad política que son las que usa ofensiva tras ofensiva y cuyas bajas se cubren con reemplazos, en vez de trasladar efectivos veteranos de otros frentes en disposición estática. La consecuencia directa de estos dos aspectos son la desmoralización progresiva de las unidades estáticas y el afianzamiento elitista de las unidades de maniobra o choque. Cuando se mezclaban en batalla unas unidades con otras los resultados solían ser muy descorazonadores, como ocurrió en Teruel. De nada sirve que una unidad aguante lo indecible si en los flancos se produce una desbandada.

Pero a la larga, esta diferencia de calidad y de uso continuado en combate de las mismas unidades también produce desmoralización, como les ocurrió a los internacionales en alguna ocasión. Así que un largo frente de unidades poco fogueadas y bajas de dotación y material, y una élite de maniobra que no tiene relevo posible de la misma calidad. Esto es Brunete, Belchite, Teruel, El Ebro. El lector puede opinar que esto ocurre en todas las guerras de frentes extensos. Sí, pero la diferencia es la dotación y la organización de las unidades estáticas suficiente para resistir el primer embate de la ofensiva enemiga hasta la llegada de refuerzos de calidad. Y esto lo hacían los rebeldes muy bien, como demostraron. A los republicanos, ni su organización ni sus materiales le llegaron nunca para eso.

Los elementos a juzgar:

De los oficiales:

Por lo que respecta a los Jefes y Oficiales con mando de tropa, los había de muchas y variadas clases: de milicias, es decir, no profesionales, en general radicales políticamente y con poca instrucción militar, si bien, varios de ellos se mostraron excelentes, incluso hasta el nivel de Ejercito y Cuerpo de Ejercito, como es el caso de Modesto y el sorprendente Tagüeña. Otros, menos exitosos, pero arrojados y temperamentales, como Líster, Mera y Valentín González, ofrecieron tonos de fuertes claros y oscuros, aderezados de cierta indisciplina. Y otros muchos fueron más discretos que los anteriores pero cumplieron eficazmente, sus misiones, como Vega, Toral, Merino, Durán, Vivancos, etc...

De los profesionales poco hay que decir, si estaban políticamente convencidos, tendían a comportarse como sus compañeros de milicias, y todos ascendieron rápidamente, siendo Galán el mejor exponente de todos ellos, el resto, lo llevaba con resignación y probablemente, muchos, con el corazón partido, estuvieran movilizados o en la reserva activa. El gobierno nunca se fió mucho de ellos, y no era raro que se pasaran al enemigo. La masa de oficiales profesionales al servicio de la República no fue muy cuantiosa, alrededor de tres mil oficiales sirvieron en el Ejército Popular según Salas aunque una gran parte de ellos en puestos burocráticos. Pocos comprendieron en qué tipo de ejército servían y nunca se encontraron cómodos con las fuertes características políticas del Ejército Popular, como afirma Líster en "Memorias de un luchador"

Los Comisarios Políticos:

Los proyectistas del Ejército Popular no tuvieron más remedio que asumir, seguramente de mala gana,Santiago Álvarez cuando era comisario de la 11 división. una realidad incontestable: todas las columnas milicianas tenían doble mando, uno militar, normalmente entregado por la organización patrocinadora de la columna a un militar simpatizante, y otro político, que no tenía por qué basarse en una sola persona (los responsables o delegados políticos), si no que partía del patrocinio de los partidos, sindicatos y otras organizaciones a los batallones de milicianos donde se incorporaban voluntarios normalmente de la misma ideología que el patrocinador y cuyo papel, amen de atender la logística, servía de colchón entre los voluntarios, con su inveterada desconfianza de los oficiales, y el mando militar. Pero fueron los comunistas con su Quinto Regimiento los que trajeron a colación la figura soviética del Comisario Político de unidad militar a principios de otoño de 1936 para oficializar y personalizar lo que era una realidad en los batallones milicianos de todos los partidos y sindicatos. En las unidades organizadas por el 5º Regimiento, el Comisario Político fue el agente animador, el vigilante ojo del partido, y la sombra del comandante, pero también eficaces en la resolución de problemas cotidianos que ampliaban el margen de maniobra del mando militar, tanto como para hacer viable el doble mando. En el resto de las unidades milicianas, esto no estaba tan claro, muchas veces, mando militar y político confluían en una sola persona, o en varias (Comité de Milicias) como era el caso de los anarquistas en Aragón. En algunas otras unidades de milicias parecía que sólo existía mando militar, pero la subordinación política se hacía de otras maneras, comités, cuarteles, suministros, etc... Así que el nacimiento del Ejército Popular regló la figura del Comisario Político por dos razones, porque esa figura ya existía realmente y quienes apoyaban la militarización así lo querían (si bien la iniciativa y el desarrollo de la normativa no fue iniciativa comunista), y porque, siendo el Comisario el dirigente del Comité de Milicias, la única manera de disciplinar los comités y de paso a todos los milicianos, era controlando a los comisarios que los dirigían. De modo que el Comisariado de Guerra nació para disciplinar a las milicias, reconocimiento del estado Mayor de Ministerio de la Guerra y del gobierno de Largo Caballero de la necesidad de militarizar el heterogéneo e irregular ejército al que de alguna forma le alcanzaba la disciplina al gobierno legal. El Comisariado de Guerra es indisoluble del Ejército Popular y no se puede entender uno sin el otro, su papel en las duras batallas y campañas que sufrió el Ejército Popular es decisivo, y aunque hay excepciones, fue beneficioso para las unidades en disposición de combatir, que es donde tenía realmente influencia el Comisariado.  La fuerza que inició la batalla del Ebro, mezcla de veteranos de todas las campañas y reclutas catalanes altamente motivados, es obra del Comisariado de Guerra. La incapacidad de los historiadores franquistas para explicar sin argucias lo que les costó derrotar a un ejercito de "milicianos mandados por rusos" parte precisamente de su incapacidad para entender el papel que en el Ejército Popular jugaba el Comisariado de Guerra, al que ven como un defecto o lastre para el ejército, sin comprender que no había otra forma de mandar a los republicanos en armas en un nuevo ejército que nacía sobre una base social revolucionaria.

El Comisariado tuvo sus problemas como todo el Ejército Popular. A ser nombrados por el Ministerio, que debía hacer encaje de bolillos para contentar a todos los partidos del Frente Popular, las injusticias supuestas o reales, estuvieron a la orden del día, aunque quienes más se quejaron fueron los anarquistas y los largocaballeristas (una vez que dejaron el poder) La queja más corriente era el proselitismo político en las unidades mandadas por comunistas. Hay un informe famoso del Comisario Piñuelas, ya bien entrada la guerra que relata claramente muchos casos de esto por parte de Comisarios comunistas. Probablemente era cierto, pero igualmente de probable era que anarquistas y socialistas de todo tipo hacían lo mismo en sus unidades, de lo que se quejaba Piñuelas era de lo eficaces que eran los comunistas en esta tarea, métodos y amenazas aparte. ¿Era beneficioso este proselitismo? Pues no, no podía serlo, pues creaba camarillas privilegiadas en las unidades, lo que al soldado raso siempre le ha reventado. Y este es probablemente el peor defecto achacable a los comisarios y especialmente a los comunistas, que hacían esto muy bien. Los comisarios pertenecían a partidos y sindicatos y a la hora de la verdad era imposible sustraerse de ello, y esto era malo para las unidades y políticamente también malo, y así, la buena labor de los comisarios en las labores para las que fueron creados, quedó empañada por la doble militancia del Comisariado.

La Policía Militar:

En el verano del 37 se había creado el servicio con el que se pretendía controlar este ejercito que sobrepasaba con holgura el medio millón de hombres: el SIM, Servicio de Información Militar, que era en realidad una Policía Militar. Su creador, Indalecio Prieto, siempre se quejó de la influencia comunista en este servicio, una veces con razón y otras no tanto. Pero lo cierto es que las deserciones aumentaban entre la tropa según la moral de la retaguardia republicana decaía tras el fuerte mazazo de la pérdida del Norte. Para complementar el SIM, la Justicia Militar se había reorganizado en el mes de octubre creando Tribunales Militares Permanentes. Es de suponer con que poca amistosa actitud fueron recibidos estos organismos, por los sindicatos, y en especial por todas las organizaciones de corte anarquista, después de lo que había pasado en mayo del mismo año, y después también, de la aniquilación del POUM. El SIM fue un organismo quizá eficaz en la represión quintacolumnista pero desastroso en cuanto a su función de policía militar, contribuyendo a la desmoralización y a la general desconfianza de la tropa en la justicia militar republicana. Las quejas al SIM son las mismas que las relatadas al Comisariado y muy probablemente, también, bastante justificadas. Lo que resulta incongruente es echarle en cara al gobierno la creación de este organismo, legitimo a todas luces y de urgente necesidad, funcionara como funcionara.

Sobre la tropa:

En cuanto a los propios soldados y clases de tropa, la mezcla era especialmente variada,Fuerzas del ejército popular en marcha. únicamente ligada por la convicción de sus Comisarios Políticos, bien fueran soldados por propio alistamiento, bien por mero llamamiento a filas y deber ciudadano. El soldado republicano de reemplazo tuvo épocas mejores y peores. Desde la creación a finales del año 36 del Ejercito, la tropa había estado razonablemente bien armada, aunque con armas de muy dispar procedencia y calibre. El material ruso puso algo de orden en este caos intendente, pero generó grande dependencia de muy lejanos y muy políticos suministros. El equipo también fue muy dispar. Destacando por su calidad, uniformes, calzados y correajes, señalando a veces la uniformidad, la región, o incluso la fuerza política de procedencia de las unidades. Las prendas de abrigo, capotes, impermeables, mantas y chaquetones y cazadoras de cuero fueron de buena calidad, no en vano toda la industria textil era gubernamental. El calzado, por las mismas razones también. En Teruel, muchos combatientes iban dotados con botas especiales para clima frío. Hubo, sin embargo, algunos problemas de suministro. Debido a las fuertes levas del otoño del 37, los almacenes del Ejercito no pudieron dotar a todos los reclutas llamados a filas, y uno miles de ellos fueron movilizados con la advertencia de que deberían presentarse en sus acuartelamientos equipados por cuenta propia. Pero salvo esta excepción, dramática, por las condiciones climáticas de Teruel, pero excepción, la tropa republicana en la batalla de Teruel estuvo mejor protegida contra el frío que su contraria, sufriendo muchas menos bajas por congelación. La alimentación de la tropa también fue calamitosa desde 1.937, pero casi de lujo comparada con la de la población, sobre todo al final de la guerra. La permanencia en el frente de las unidades fue otro aspecto negativo, en los frentes estáticos las unidades permanecían meses y meses en las trincheras y su salud y su higiene se resentían notablemente, situación que no decía nada bueno de los Estados Mayores de las grandes unidades. Debido a estos problemas la disciplina de los soldados republicanos era muy desigual según las unidades y muy condicionada a las condiciones materiales, higiénicas y alimentarias. La creciente derrota, naturalmente, también influía en la disciplina y las deserciones fueron mucho más numerosas que en el bando contrario, con la salvedad, de que no eran normalmente deserciones de tipo político, sino deserciones de tipo anímico, según la guerra avanzaba, ¡esto está perdido, hay que salvar el pellejo! De todas formas, en el Ejército Popular no se produce disolución hasta la batalla de Cataluña, es decir, pasado  El Ebro. Eso dice mucho del soldado republicano.

La moral de la tropa:

El soldado republicano era de normal valiente en el ataque, duro en la defensa y audaz en los contragolpes, pero adolecía de ciertos defectos importantes. El principal, los pánicos generalizados. Debido al terror que los republicanos tenían a caer prisioneros, en cuanto los tiros sonaban a la retaguardia, las unidades bisoñas, corrían grave peligro de desbandada, por culpa de un pánico contagioso, no al enemigo que furiosamente batía los parapetos, sino aAlumnos de la Escuela Popular de Guerra de Paterna, desfilando al estilo ruso. quedar copados y obligados a la rendición con grave riesgo de ser fusilados. Si los mandos de las unidades no estaban a la altura, en especial los comisarios políticos, el peligro era grave para las unidades poco fogueadas. En Teruel se produjo uno de los peores pánicos de toda la guerra, y a una unidad veterana y combativa, la 25 división de Vivanco, afortunadamente sin consecuencias gracias a la decidida intervención del mando. Los pánicos siempre eran por culpa de oficiales y suboficiales, y naturalmente de comisarios políticos, que no sabían estar a la altura de las circunstancias. Pero no era fácil tener autoridad en un ejercito cuajado de soldados, uno de cuyos idearios más importantes era el antimilitarismo. A pesar de esto, la moral de la tropa, frente a lo que se ha dicho, era en general bastante buena, de otro modo no se explica la empecinada resistencia republicana, pero la moral no sirve de nada sin instrucción y sin materiales y de estas dos, el soldado republicano andaba peor.

Las consecuencias de los puntos anteriores:

Afirmación de Ciutat

Las diferencias señaladas entre el ejército Rebelde y el Popular tuvieron funestas consecuencias para las fuerzas republicanas. La primera y principal es el elevado número de bajas que sufrían los republicanos por contra de los rebeldes, y que era debido básicamente a la superioridad armamentística y aérea, y a los fallos de instrucción y organización. Cuanto mayor era la diferencia, mayores eran las bajas republicanas, cuyo palmario ejemplo es el frente Norte, donde Ciutat apunta en sus "Relatos y reflexiones de la guerra de España", un quinto de los efectivos como bajas definitivas, es decir, 30.000 muertos sobre unos efectivos totales de 150.000. Ciutat no aporta documentación para esta afirmación, pero tiene a su favor el haber sido Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas del Norte. Es por tanto una cifra creíble, aunque, repetimos, estamos valorando las fuerzas peor dotadas de material del ejercito popular.

La "apostilla de Ciutat" es que cuando los rebeldes no dispusieron localmente de artillería o aviación, las bajas de su infantería eran parejas y sus progresos muy difíciles si no imposibles.

Otras más, y que llegó con la militarización es la particular pérdida de moral combativa de muchas pequeñas unidades de algunos frentes concretos, según oficiales profesionales o de milicias llenaban los huecos dejados por militantes de primera hora, y a la par la distancia burocrática se interponía entre la tropa y sus mandos, quedando la tropa muchas veces a merced de lo que más odiaban, oficiales distantes, fríos, reglamentaristas y poco combativos, a quienes el bienestar de la tropa importaba tan poco como las ganas de combatir. Este derrotismo en la miseria, se dio sobre todo en unidades estáticas, nunca relevadas, de malas condiciones higiénicas e instalaciones sanitarias deficientes. Naturalmente era culpa de un tipo de mando que abundó en el Ejercito Popular, mucho más de los que se cree. Y enlazando con la anterior, sorprende que de un ejército de milicianos mandado por líderes político-militares terminara surgiendo un ejército altamente burocratizado que era la desesperación de muchos mandos combativos y que algunas veces hacía pensar injustamente que la Quinta Columna presidía los Estados Mayores de los Cuerpos de Ejército.

En cualquier caso, los soldaditos republicanos tenían por descontado, como ya hemos dicho, las virtudes patrias para la guerra, como son la capacidad de combatir por cuenta propia, el arrojo desusado en momentos críticos, y una moral y alegría vital a prueba de bombas (nunca mejor dicho), lo que nos lleva a considerar las más curiosa virtud del Ejercito Popular y que en cierto modo, paliaba los defectos anteriores. La "segunda apostilla de Ciutat". Hablamos de su capacidad de recuperación y de regresar al combate. Fenómeno que el Jefe del Estado Mayor del Ejercito Norte, Ciutat, observó una y otra vez, tanto cuando sirvió en el Norte como cuando sirvió en el Ejército del Este. Y en todos los frentes hay ejemplos de esta afirmación, desde las derrotas de los valles de Guadiana y el Tajo, hasta el frente Norte, Madrid, Aragón en 1938, Valencia, el Ebro, etc... Quizá fue esta la mayor virtud del soldado o miliciano republicano, su asombrosa capacidad de recuperación, física y moral. Ello dice mucho de su sanidad y de su organización de retaguardia, los famosos CRIM creados por Asensio, y sin duda, y la más importante, la influencia en la recuperación de la moral del combatiente, del cuerpo de Comisarios de Guerra del Ejército Popular que sin duda define y explica muchas de las extraordinarias cualidades del Ejército Popular, un ejercito que perdía casi todas sus batallas pero al que era muy difícil hacerle perder la guerra.

 


Afirmaciones:

Afirmación de Ciutat:

El elevado número de bajas que sufrían los republicanos por contra de los rebeldes, era debido básicamente a la superioridad armamentística y aérea, y a los fallos de instrucción y organización. Cuanto mayor era la diferencia, mayores eran las bajas republicanas

Apostilla de Ciutat:

Cuando los rebeldes no dispusieron localmente de artillería o aviación, las bajas de su infantería eran parejas y sus progresos muy difíciles si no imposibles.

Segunda apostilla de Ciutat:

La capacidad de recuperación y de regresar al combate del soldado republicano era mayor que la de su oponente.