| S.B.H.A.C. Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores |
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El Ejército Popular de la República |
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Causas políticas de la derrota de la II República. En el inicio de este análisis y sin que parezca rizar el rizo, vamos a diferenciar claramente, como el lector verá a lo largo de este artículo, las causas políticas de la derrota de la II República y las causas político-militares de la derrota del Ejército Popular. Las primeras no son propiamente objeto de este prologo y siendo bien conocidas las expondremos sucintamente, desarrollando posteriormente las segundas, verdadero objeto de esta introducción al estudio del Ejército Popular.
La tres principales causas de la derrota de la II República fueron sin duda decisiones políticas propias y de terceros. Esto es, la incapacidad del gobierno de Casares Quiroga (y por tanto de Azaña) de reconocer lo que se le venia encima (causa que enlaza con su incapacidad de impedir el golpe desde febrero a julio de 1936). No se trataba de otra Sanjurjada, este era un golpe distinto y había que atajarlo en 48 horas o las cosas se pondrían muy serias. La decisión de no repartir armas al pueblo propició la pérdida de ciudades claves, como Sevilla, Zaragoza, La Coruña y otras. Los gobernadores civiles republicanos, moderados y mediatizados, tuvieron grande culpa de estas pérdidas, algunos se negaron a repartir armas al pueblo, incluso cuando ya tenían esa orden. La configuración de un mapa distinto, dónde no se hubiera perdido Sevilla, Zaragoza y La Coruña hubiera sido decisivo para hacer fracasar rotundamente el golpe y ponerlo en vías de extinción. Con Galicia, la Bética y Zaragoza en poder republicano, sólo quedarían las fuerzas de Mola y el Ejército de África en rebelión. Para esta tarea, la tarde del 17 y el día 18 habrían sido decisivos, repartiendo armas al pueblo previo pacto político con los sindicatos y los partidos del Frente Popular, incluso creando un gobierno del Frente Popular más sindicatos, más nacionalistas. Reflejos estos que precisaban de políticos más audaces que los que detentaban el gobierno en julio de 1936 y que como el propio Casares, temían más a la revolución que a la reacción. La segunda causa política es la decisión de Inglaterra de preferir la incertidumbre de la rebelión militar a la certidumbre de una República trufada de peligros revolucionarios. La decisión de Inglaterra arrastraba la de Francia, que tras sus primeras dudas iniciales y sus primeras dificultades siguió el camino de su aliado. Esto dejaba a la República sin ayuda militar y sin respaldo político en el escenario internacional. Esta ceguera inglesa era en el fondo la misma que hemos señalado para los políticos burgueses de la II República y estaba basada en la desconfianza que se tenía de la izquierda española, significada primero en la fracción radical del Partido Socialista cuyo líder, Largo Caballero, venía calentando irresponsablemente los ánimos del proletariado (amen, de impedir a Prieto formar parte del gobierno en febrero), y una completa desconfianza, si no hostilidad, en las masas anarquistas. En cualquier caso, fue un error brutal no apoyar al gobierno republicano español de cara a la historia que vendría. Si las democracias hubieran intervenido eficazmente en España liquidando el golpe militar en 15 días, Hitler hubiera tenido que variar su política de agresión. La II guerra mundial hubiera sido mucho más difícil para Alemania y en cualquier caso distinta, pues como a Napoleón, España se le hubiera atragantado a Hitler. La tercera causa es la inmediata, abundante y permanente ayuda material y política que reciben los rebeldes de Italia, y la más cualitativamente importante, de Alemania. Dado que estas tres causas se configuraron en el primer mes de la guerra, la República estaba en graves dificultades si no se adecuaban urgentemente medidas radicales para superar una situación inicial tan desventajosa. Es decir, pese al famoso discurso de Prieto sobre los recursos del gobierno para sofocar la rebelión, la realidad era que a los pocos días del 17 de julio la ventaja estratégica y política de los rebeldes era abrumadora.
Algunos autores, añaden a estas tres causas de la derrota política de la II República, una cuarta, que sería la discordia republicana, la lucha interna por el poder entre republicanos, soterrada a veces, y otras a tiro limpio, pero que a nosotros, a estos efectos, la consideramos causa menor, ya que, aunque incidió en la crisis periódicas de los gobiernos republicanos y desmoralizó a una importante parte de la población, no afectó realmente a las fuerzas armadas pese a que una parte del Ejército Popular y sobre todo del Comisariado si que sintieron sus zarpazos. Pero la política de resistencia y de búsqueda de la paz de Negrín palió en gran manera sus perjuicios y no creemos que influyera decisivamente en la capacidad de presentar batalla del gobierno hasta casi el final de la guerra cuando se produce el fenómeno de "Disolución" político-militar del Ejército Popular A nuestro entender, y como relatamos, estas tres causas enlazan directamente con tres durísimos trances por los que la II República pasó:
Resumiendo pues, las tres principales causas políticas de la derrota de la II República:
Que como vemos, se produjeron durante el primer trance decisivo de la II República. Es por tanto la primera hora el momento crucial de la II República. Pero el gobierno es incapaz de afrontar este momento, ha perdido todo control del orden público y no tiene ya un ejército ni fuerza de orden público que garanticen su actuación. Efecto colateral importantísimo del golpe militar, que ni Mola ni nadie había tenido en cuenta cuando preparaban su golpe, dado que creían poder triunfar en una semana como mucho. Los golpistas no triunfaron en toda España, pero SÍ incapacitaron al gobierno Giral destruyendo el poder republicano en todas las regiones no rebeldes de España, zona Centro incluida. El golpe potenció precisamente lo que decían combatir: las fuerzas revolucionarias y centrifugas de la España del siglo pasado.
Llegados a este punto, bien cierto es que era muy difícil tener una buena visión estratégica, en el caótico escenario de la zona republicana, que hiciera ver con claridad la necesidad de una inicial política militar defensiva a la espera de tiempos mejores, defensa en profundidad conjuntada con audaces contragolpes de pequeño calado (por ejemplo, nadie se fortificó en la zona gubernamental hasta que no se vieron las cosas bien feas). En cualquier caso, esta política militar defensiva no hubiera tenido verdadero efecto hasta la llegada rebelde a Madrid, tal como fue, pero sí hubiera permitido organizar la retaguardia y desmantelar todo poder no gubernamental para posteriormente pasar a la ofensiva. De una forma u otra, el gobierno Giral lo intentó, puso en marcha su visión del ejército, los batallones de Voluntarios, mezcla de milicianos y soldados regulares con los que buscaba la paridad militar o incluso la superioridad, trató de controlar el orden público y los recursos del estado, pero no practicó una política de defensa adecuada, por dos motivos, primero, porque el teatro de operaciones, valles del Guadiana y del Tajo no lo permitían, y segundo porque era imposible que lo hiciera un gobierno que apenas controlaba Valencia y Madrid con unas fuerzas irregulares que sólo nominalmente y a la hora de cobrar la nómina decían servir al gobierno. Se necesitaba otro tipo de gobierno, se necesitaba unificar la retaguardia, se necesitaba un nuevo ejército. El nuevo Gobierno de Largo, se encomendó a dos tareas fundamentales: el gobierno de unidad y la creación y puesta a punto de un ejercito regular. Y una vez creado este, atacar, atacar en cuanto hubiera posibilidades. Estos son los dos ejes de la política de defensa gubernamental: Crear el Ejército Popular (que no del pueblo, como veremos más adelante) y la política de ofensivas. Esta última política ha sido objeto de muchas controversias y hay quien la ha señalado como uno de los errores estratégicos principales del gobierno. Nosotros no estamos de acuerdo. O mejor, estamos en parte de acuerdo. No sabemos si renunciando a la política de ofensivas de los gobiernos de Largo Caballero y Negrin y manteniendo y acumulando todos los recursos posibles hasta generar una situación de empate que invalidara la capacidad ofensiva enemiga, tablas en el escenario militar, como decimos, la II Republica hubiera tenido más expectativas militares reales de las que hubo. En esto hay bastantes opiniones y es muy difícil hacer precisiones. Pero lo que sí está claro, en mi opinión, es que, políticamente, no atacar era insostenible, tanto para Largo Caballero y Asensio, como para Negrín, Prieto y Rojo. ¿Era, por tanto, la política de ofensivas una doctrina militar coherente con la situación militar que atravesaba la II República, con sus recursos y sus posibilidades reales? Nosotros creemos que esta disyuntiva no es una de las claves de la derrota política del Ejército Popular. El gobierno estaba obligado a hacerlo, su legitimidad pasaba por tratar de recuperar el país entero, pero al no tener resuelto graves problemas políticos y militares, semejante estrategia sí que era arriesgadísima. La doctrina militar republicana no era del todo coherente con la realidad que vivía la II República. A primera vista y como en un combate de boxeo por el título, el que tiene que atacar es el aspirante y el titular defenderse y golpear a la contra. Parece que los gobiernos republicanos se empeñaron en hacerlo al revés y Franco se ensañó en sus contragolpes hasta desfondar la resistencia republicana. (Resistencia, por cierto, que es notablemente, el elemento militar gubernamental más destacado de la Guerra Civil española). ¿Pero tenía la República otra opción? ¿Podía la República militar y políticamente, permitirse el lujo de practicar sólo la defensa? Que duda cabe que militarmente si podía, de hecho es lo que hizo en Madrid desde noviembre de 1936 hasta Marzo del 37 en Guadalajara. El problema estriba en que los gobiernos republicanos no podían permitirse ese lujo. O atacaban o caían. Es decir, o tenían algún éxito militar o caían. Y para cambiar la suerte de las armas no queda más remedio que atacar. La presión política arruinaba las posibles políticas de defensa de los sucesivos ministros del ramo. Primero con Largo de unos contra otros, y después con Negrín, de otros contra unos. Así que la República, cargada de gravedad, atacó una y otra vez, hasta que no pudo más y cayó. Los historiadores militares franquistas, y todos los que los creyeron, nos hicieron ver un panorama de milicianos y rusos que siempre salían corriendo abandonando armas y bagajes. Caricatura que no sólo es insultante, sino que falta exageradamente a la verdad. Las desbandadas y las retiradas naturalmente que ocurrieron, pero es que la República estaba siendo derrotada y cuando uno pierde en el campo de batalla, lo que hace es retirarse. Además, estas retiradas no pueden ser juzgadas peyorativamente sino dentro del contexto general y de las reglas de la guerra. Estos historiadores no aplican estos raseros a grandes ejércitos europeos de su admiración, sólo a los milicianos, que, en gran contradicción con sus afirmaciones, no pudieron derrotar sino tras tres largos años de combates terribles, y que en más de una ocasión buenos sustos les dieron. Abundaremos sobre este tema más adelante. Y así, esta, para nosotros, incorrecta estrategia militar, atacar para cambiar la suerte de las armas, pese a que debilitó las fuerzas de choque republicanas no es en sí misma una causa fundamental de la derrota pese a su incoherencia con el estado real de las fuerza armada republicana. Se trataba de una estrategia de obligadas circunstancias, que añadió males al saco de todos los males republicanos pero que no decidió militarmente la contienda. Opinamos, igualmente, que la otra estrategia posible, aguantar hasta ser más fuertes que el enemigo, tampoco hubiera podido llevarse a cabo sin resolver las causas políticas (aislamiento internacional) que permitieran resolver los problemas técnicos, la organización, la instrucción y los materiales. La política de ofensivas es relevante, agravó la situación militar, pero no fue decisiva, pues lo decisivo fue: El aislamiento internacional y la lejanía de la única ayuda material (causas políticas) impidió resolver los problemas técnicos (causas militares).
Afirmaciones: Segunda afirmación de Blacksmith:
Tercera afirmación de Blacksmith:
Primera Conclusión de Blacksmith:
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