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El Ejército Popular de la República

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B) La guerra de columnas

 

4.- Actividad militar de las columnas milicianas. La guerra de columnas.

La sierra de Madrid

Los primeros movimientos de columnas milicianas fuera de las grandes ciudades se producen a partir del día 20, cuando Madrid y Barcelona ya han sido aseguradas para la República. Desde el día 19, el núcleo de oficiales leales del Ministerio de la Guerra se marcó dos objetivos. Reducir los focos rebeldes cercanos a la capital y cortar el camino a las columnas de Mola en la Sierra. El día 20, Puigdendolas que acaba de formar una columna con tropas regulares, fuerzas de orden público y milicianos, asegura Alcalá y dos días después, no sin fuerte lucha, Guadalajara. Esta tardanza entre dos poblaciones tan cercanas ya nos indica las dificultades que el eficiente Puigdendolas hubo de superar para manejar la columna. Puigdendolas comentó con desesperación sus dificultades para controlar los nuevos grupos que se le unieron en Guadalajara: "Indisciplina, tropelías, disgustos". Puigdendolas, pese a que lo intentó, no pudo evitar el fusilamiento de los mandos rebeldes de Guadalajara. Ejecución que probablemente, con el código militar de la época en la mano, sólo fue un adelanto de lo que legalmente les esperaba por rebelión militar.

Al general Riquelme se le encargo reducir la rebelión en Toledo dónde llegó el 21. El 22 los rebeldes se parapetaron en la fortaleza del Alcázar y edificios anexos y empezó el famoso cerco.

El día 20 parten para la Sierra las primeras unidades milicianas al mando del Coronel Castillo, capitanes Galán, Hernández Gil, y el comandante Burillo que tomaron los puertos de la Sierra sin presencia enemiga. La columna rebelde de García Escamez que se había entretenido en dirección a Guadalajara sin ninguna pretensión de socorrer a los rebeldes de esa plaza, llegó a Somosierra días después y consigue tomarlo, pero la columna de Francisco Galán que ocupaba Buitrago la detuvo en seco. Al otro lado de la sierra, el Alto del León es tomado por los rebeldes luego de durísimos combates. Las milicias gubernamentales se parapetaron más abajo y Serrador no pudo pasar. Igualmente, Navacerrada quedó asegurada y la columna de Perea detuvo al Teniente Coronel rebelde Rada en Navafría. La vía a Madrid desde el Norte estaba cerrada para los rebeldes.

La columna de Teniente Coronel Mangada protagonizó una incursión victoriosa por tierras de Ávila poniendo en aprietos esta plaza y batiendo a las fuerzas del comandante Doval (el torturador de Asturias, íntimo de Franco). Estas victorias fueron completamente desaprovechadas por la República pues la incursión en territorio enemigo no dispuso de recursos para consolidar los territorios y terminó regresando a sus bases de partida. 

En cualquier caso, las columnas milicianas frustraron los planes de Mola, inmovilizaron sus fuerzas y los rebeldes llegaron a pasar verdaderos apuros por falta de municiones y de fuerzas de refresco. Esta fue la primera batalla por Madrid y en ella las columnas milicianas derrotaron a Mola que contaba con mejores hombres y parejo armamento, desgraciadamente, la superioridad meramente numérica que la cercanía de Madrid posibilitaba a las fuerzas republicanas no pudo ser aprovechada por la falta de un plan general de actuación, la indisciplina y el voluntarismo de los milicianos y la falta (en ambos bandos) de elementos artilleros suficientes para romper los frentes. El mismo Riquelme se vio obligado a intervenir en este frente para organizar aquel voluntarismo desorganizador del que se ha dicho que permitía en ocasiones a los milicianos ir tan campantes a dormir a sus casas por la noche.

Y pese a esta primera victoria defensiva republicana, la falta de un plan general en el sector impidió batir a las fuerzas rebeldes decisivamente perdiendo la República una oportunidad que pocas veces se volvería a repetir, Pero así estaban las cosas, las milicias y sus jefes naturales, demostraron mucho arrojo individual, ninguna disciplina, una completa falta de organización, de instrucción y de comprensión de teatro de operaciones. La moral eso sí, a prueba de bombas. Y el liderazgo comenzó a nacer, Líster, Modesto, y otros muchos se crearon su fama, merecida o no, en estos combates iniciales de la sierra madrileña.

Barcelona y Aragón.

La Generalitat consiguió en Barcelona lo que el gobierno no consiguió en Madrid, un pacto con las milicias de la CNT y de otros partidos aún más radicales para controlar el territorio leal. No era un acuerdo entre iguales, pero unos y otros se necesitaban. Las primeras columnas listas para partir a la reconquista de Aragón se fueron con lo puesto, Barcelona, al contrario que Madrid no disponía de depósitos importantes de armas. Para contrarrestar la falta de recursos, las milicias que el 24 partieron contaban con una altísima moral revolucionaria, y que en muchos casos rozaba el mal de victoria, esto es creerse que todo el monte es orégano, o dicho de otro modo, que todo iba a ser tan fácil como tomar Barcelona. Y que aquí no se luchaba meramente, aquí se hacía la revolución y el resto era una anécdota en la triunfal marcha de las columnas. Las dos primeras columnas puestas en marcha pertenecían una a la CNT y otra a la UGT más elementos comunistas, la primera la mandaba el gran Durruti, que pronto descubrió que la disciplina en la indisciplina no le iba a permitir tomar Zaragoza, pese a ir asesorado por el militar profesional Pérez Farrás. La otra columna tomó la dirección de Huesca. Días después salieron otras columnas de Barcelona, la columna de Ortíz partió para el Sur, para Alcañiz, y la columna Ascaso reforzada con milicianos del POUM se unió a las fuerzas en dirección a Huesca. Todo ello sin un plan general al igual que las fuerzas de Madrid. Las únicas fuerzas regulares presentes en esta marcha eran las de la media brigada de montaña de Villalba con base en Barbastro. Como fuerza aérea, los escasos aviones del aeródromo del Prat. Todas estas fuerzas quizá alcanzaran más de diez mil hombres, bastantes más que los que los rebeldes podían oponer, pero de peor calidad militar. Para más INRI, Barcelona quedaba muy lejos, los suministros eran precarios y las columnas se veían obligadas o solicitar la ayuda alimenticia de los habitantes de los pueblos que ocupaban, lo que seguro que mermó su popularidad. A principios de agosto, el frente se estabilizó. Los milicianos no pudieron tomar Zaragoza, ni Huesca ni Teruel, pero los rebeldes tampoco podían hacer poco más que defenderse. Realmente era una guerra entre pobres, unos más que otros, eso sí. 

Soldados y milicianos descansan oyendo música con un gramófono.

Levante.

Hasta el día 25 no quedó asegurada la plaza de Valencia para la República. Un activo capitán de la Guardia Civil, Uribarri organizó e instruyó fuerzas milicianas en esta plaza. Una columna Valenciana al mando del teniente coronel Primitivo Peire colaboró en la reducción de los rebeldes de Albacete. El 28 llegan el general Miaja y el teniente coronel Asensio Torrado para hacerse cargo de una fuerte columna con la misión de avanzar en dirección a Córdoba. Una iniciativa excelente por parte de las fuerzas republicanas, pues superada Córdoba, dónde los rebeldes se encontraban en dificultades, Sevilla estaría al alcance de la mano. Dos poderosas dificultades se interponían entre la columna y sus objetivos: la larga distancia, más de 300 kilómetros, y la escasa fuerza militar de aquellas bastantes numerosas fuerzas, con fuerzas de orden público desmoralizadas, con milicianos indisciplinados e individualistas, y las pocas ganas de Miaja de presentar realmente batalla. A primeros de agosto, Miaja estableció su cuartel general en Montoro y dado el estado de sus fuerzas prefirió esperar tiempos mejores. Nunca vendrían tiempos mejores y Miaja, como Mangada, perdió la oportunidad de herir seriamente al adversario e inclinar un poco la balanza del lado del gobierno. Una columna miliciana partió en fechas parejas para Teruel, dónde la situación se repitió machaconamente, ni Zaragoza, ni Huesca, ni Córdoba, ni Teruel, ni Segovia, todas estas plazas que parecían al alcance de la mano quedaron irremisiblemente perdidas para la República por la incapacidad de las fuerzas leales para organizar ataques coordinados y efectivos. 

La cornisa Cantábrica.

El día 19 partieron fuerzas de Bilbao en dirección a la rebelde Vitoria y también de San Sebastián el día 20 (creyendo tenerla asegurada, lo que no era así). El teniente coronel Vidal mandaba las fuerzas bilbaínas que no eran muy numerosas y que llegaron hasta el mismo Villarreal pero fueron finalmente rechazadas fortificándose en Ochandiano. La columna más numerosa proveniente de San Sebastián y mandada por el comandante Pérez Garmendia hubo de dar la vuelta al día siguiente de su partida debido a la sublevación de la guarnición donostiarra. Vitoria se salvó y Mola encargó al audaz coronel rebelde Beorlegui que se encaminara hacia la frontera con Francia para cortarla. En su camino se encontraron con fuerte hostilidad de los caseríos y de pequeños grupos de milicianos y fuerzas de orden público leales. Como en las anteriores guerras carlistas, los rebeldes se cebaron en la población y fusilaban a todo hombre cogido en armas. Eran las primeras señales de que como en guerras anteriores el Requeté no hacía prisioneros. Además, a Mola le sobraban voluntarios e incluso fusiles, de lo que andaba escaso era de munición, y pudo disponer dos columnas en dirección a Donostia y afianzar el frente de Villarreal, y aún le quedaron fuerzas para reforzar Zaragoza. Mientras tanto, el día 29, las fuerzas leales consiguen la rendición de los sublevados de los cuarteles de Loyola en San Sebastián. La falta de recursos en ambos bandos dejó el frente, momentáneamente paralizado hasta principios de septiembre.

   Mientras tanto, en Oviedo, el coronel Aranda con los mismos engaños que en muchas otras plazas, trataba de ganar tiempo para que las fuerzas mineras rápidamente organizadas salieran de la ciudad y así poder declarar el estado de guerra. En Gijón, los rebeldes deben refugiarse en el cuartel de Simancas que resistiría hasta el 21 de agosto. El ímpetu asturiano es impresionante y los voluntarios toman a miles las armas contra las dos guarniciones sublevadas. La obsesión de los republicanos de Asturias de vencer en las dos plazas perjudicó al sector pues impidió la marcha de columnas en socorro de Ponferrada y las zonas mineras de León. Por contra, los rebeldes gallegos organizaron rápidamente tres columnas de socorro que pudieron adentrarse más de treinta kilómetros en el territorio asturiano hasta ser detenidas a principios de agosto.

Paralelamente, Mola presionaba en Guipúzcoa en pequeños pero durísimos combates en los que apenas avanzaba, por falta de artillería y por la dura oposición de las milicias locales. Entonces decidió tomar Irún que estaba defendido por el fuerte San Marcial que disponía de líneas fortificadas y una abigarrada mezcla de tropas, milicianos y voluntarios extranjeros, mandados por hombres de mucho prestigio que conscientes de la importancia de la posición, estaban dispuestos a darlo todo, y entre los que destacaba Manuel Cristóbal Errandonea. Valor y falta de municiones, la tónica republicana en el Norte, se inició aquí. Mola fue reforzado con tropas del Ejército de África, tanques italianos, aviación y artillería pesada. Durante la segunda quincena del mes de agosto y principios de septiembre, los rebeldes atacaron y atacaron mientras su artillería y su aviación martilleaban las posiciones de los milicianos. Finalmente concentraron las fuerzas más importantes hasta la presente en el sector, y con profusión de bombardeos terrestres y aéreos consiguieron aniquilar la resistencia miliciana tomando la posición el día 2 de septiembre. Sus bajas fueron cuantiosas. En cualquier caso, Irún estaba perdido, y se produjo el primer exilio republicano significativo. Mientras esto ocurría, turistas franceses se disputaban los mejores lugares de Hendaya para ver la guerra en directo. No creo que estos turistas tomaran asiento en primera fila cuando la Wehrmacht despanzurró la "Grandeur de la France" en dos semanas.

Irún fue tomado el día 3 y los milicianos atravesaron la frontera. Ardían algunos edificios emblemáticos y el viento reinante extendió el incendio y el centro de la ciudad ardió. En estas acciones fue herido el coronel rebelde Beorlegui y de resultas de la subsiguiente infección murió. Mola perdería uno de sus mejores hombres. La caída de Irún y la pérdida de la frontera fue un mazazo para las fuerzas republicanas por lo que significaba en sus vías de comunicación, cortadas con el Centro y cortadas con Francia. Además, San Sebastián corría grave peligro.

Al finales de septiembre las fuerzas del Frente Popular en Asturias unificaron todos sus comités y centros de poder en el Consejo de Asturias y León y que presidía en Gijón el líder obrero socialista Belarmino Tomás y siendo nombrado su compañero Ramón Gonzalez Peña Comisario General y Jefe de Operaciones. Como en Cataluña, los esfuerzos revolucionarios le quitaban recursos y organización a la guerra, aún así Peña determino dos ejes operativos, detener las columnas gallegas y reducir Oviedo y el cuartel de Simancas en Gijón. Esto estaba bien, pero era insuficiente, pues la potencia industrial y humana de la región hubiera podido dar más a la República si todos los recursos hubieran estado centralizados en una política militar más expansiva. Esta obsesión por los cercos y que se repetiría en Toledo, Santa María de la Cabeza y el mismo Teruel, le costaría muy cara a la República. Tampoco las fuerzas asturianas, como las santanderinas y las vascas hubieran aceptado ninguna imposición de Madrid, de hecho pusieron siempre todo tipo de dificultades a los mandos que Madrid envió a lo largo de la guerra. La corta visión de miras, el provincianismo revolucionario también costaría muy caro.

Más de lo mismo en Bilbao, capital de las fuerzas republicanas vascas. En septiembre, el Ministerio de la Guerra envió al excelente oficial de Estado Mayor, Ciutat con mando sobre todo el Norte. Ciutat tuvo verdaderas dificultades para realizar su trabajo y como en Asturias, practicó una política defensiva mientras Aguirre formaba su ejército de los vascos. 

Uribarri y mandos de su columna discuten sobre cuestiones tácticas.

Andalucía y Extremadura.

Las fuerzas rebeldes en Andalucía recibieron a primeros de agosto sustanciosos refuerzos del Ejército de África permitiéndoles tomar la mayor parte de la Bética en medio de un sangriento baño de sangre civil. Como fuerzas coloniales y sin prácticamente oposición, las fuerzas de África organizadas en columnas móviles eliminaron toda resistencia armada, política, o de cualquier tipo. Granada fue reforzada, Huelva tomada y martirizada. Desdeñando Despeñaperros, en manos republicanas, las columnas de regulares y legionarios tomaron la Ruta de la Plata conquistando todos los pueblos sin apenas resistencia pero dejando un reguero de sangre republicana en absoluto parejo con los combates, más bien escaramuzas, que los mal armados republicanos locales podían ofrecer. Esta triunfal marcha tan glosada por los historiadores franquistas no fue más que una carnicería unilateral de fuerzas coloniales contra su propia población con la entusiasta colaboración de las clases ricas andaluzas y extremeñas, y es uno de los mayores baldones del ejército franquista. Durante el mes de agosto, sólo el Ejército de África se movía en España. En el territorio leal andaluz y extremeño, la desolación ante la situación debió ser excepcional como lo demuestra la gran cantidad de "huidos", gentes que, despavoridas, preferían vivir en los montes en condiciones muy precarias que enfrentarse a las palizas y posterior fusilamiento. No había fuerzas republicanas en la Bética y los pueblos caían uno tras otro. 

Las primeras fuerzas organizadas que los rebeldes encontraron en su triunfal paseo militar fue en Almendralejo que superaron pese a la decidida defensa de sus habitantes. Los periódicos portugueses hablaron de más de mil fusilados en este pueblo lo que da una idea de la encarnizada defensa que organizaron los republicanos con la sola ayuda de algunos aviones leales. Merida sólo estaba a 30 kilómetros, una excelente base para reorganizar el ejercito rebelde, y lo más importante, contactar con las tropas de Mola que venían de Cáceres. El día 10 de agosto comenzó la batalla de Mérida. Las fuerzas republicanas eran relativamente importantes y contaban con artillería. Los rebeldes atacaron como siempre y se llevaron lo suyo, pero un puente sobre el Guadiana que permanecía en pié posibilitó a los regulares entrar en la ciudad. Los republicanos se retiraron momentáneamente y una vez reorganizadas las columnas no sin gran esfuerzo y con la ayuda de nuevos refuerzos, las milicias populares volvieron a atacar pero no pudieron recuperar la ciudad perdiéndose hombres y material. Badajoz quedó aislada y a su suerte y la carretera a Madrid parecía expedita. Los rebeldes dudaron entre seguir su marcha hacia Madrid o reducir Badajoz para eliminar una importante bolsa enemiga a la retaguardia. Yagüe no es que no quisiera correr riesgos, ordenó la toma de Badajoz por la significación republicana de la ciudad y porque así se lo ordenó Franco, de una u otra forma. La ciudad la defendía Puigdendolas con fuerzas regulares y milicianos, más fuerzas de orden público. Puigdendolas había organizado importantes fuerzas en la ciudad una vez que fue nombrado comandante de la plaza a finales de julio. También intentó detener a las fuerzas rebeldes en dirección a Sevilla pero fue derrotado. A su vuelta a Badajoz se encontró con una revuelta que pudo costarle la vida, si bien, los milicianos extremeños consiguieron abortarla y liberarle. Puigdendolas no tomó represalias, contra la opinión de los milicianos, y encarceló a los rebeldes bajo protección de fuerzas de orden público. 

Consciente de su debilidad fundamental, la falta de instrucción de sus milicianos, los parapetó con armas automáticas sobre la vieja muralla de la ciudad, pensando, quizá ingenuamente, que contaba con la lealtad de la guarnición. En Madrid, conscientes de la gravedad de la situación se ordenó a Jurado organizar un contraataque nuevamente en Mérida el día 14,  que no dio ningún resultado por falta de coordinación entre las dos columnas que lo hicieron. Mientras tanto y después de durísimos bombardeos artilleros y aéreos que aterrorizaron a la población, la columna rebelde de Castejón rodeó Badajoz por el Sur y se adentró en los barrios de la zona con la colaboración de militares desleales a Puigdendolas,  ocupando prácticamente la ciudad, liberando a los guardias civiles detenidos y practicando una terrible masacre entre carabineros y milicianos ya rendidos, A mediodía, las banderas legionarias de Asensio que ignoraba que la ciudad ya estaba tomada,  se lanzaron al ataque por una brecha de la muralla sufriendo algunas bajas innecesarias. El mito franquista de la brecha de la muerte y la Puerta Trinidad, de todos los historiadores y propagandistas franquistas es una terrible mentira ideada para justificar la espantosa e injustificable represión de Badajoz. Ha tenido que ser el historiador Francisco Espinosa con su libro "La columna de la muerte" quien nos saque a todos del error. Para botón de muestra Martinez Bande en su monografía "La marcha sobre Madrid" página 148, último párrafo del apartado denominado "El Asalto" de su relato de la toma de Badajoz: "Queda por explicar por qué las unidades de Castejón, que habían entrado en Badajoz a las diez y media de la mañana, no se extendieron luego por el interior de la ciudad, atacando de algún modo por la espalda a las fuerzas que, desde las murallas, se oponían a la IV bandera [la que supuestamente sufrió tantas bajas]. Nos falta documentación para contestar a estas preguntas." Bande se vio obligado a incluir este párrafo para hacer creíble el mito de la Puerta Trinidad. Bande siempre supo la verdad, las verdaderas bajas que tuvieron los rebeldes en Badajoz (44 muertos y 141 heridos, bastantes menos que en Talavera) y el hecho de que Castejón, probablemente actuando por su cuenta, ya había tomado la Central de Correos, Cuartel General de Puigdendolas, cuando  Yagüe que no lo sabía o que quería un acto ejemplar de la Legión, ordenó el ataque a la muralla hacia las tres de la tarde. Los hombres de la IV Bandera entraron por una brecha de la muralla y recibieron nutrido fuego, y los 20 muertos y 22 heridos de la 16 compañía de la IV bandera que allí quedaron, sólo son fruto de lo inapropiado e innecesario del ataque. La actuación de las milicias populares y de las fuerzas de carabineros leales fue buena, se defendieron con bravura pero una vez rodeada la ciudad y traicionados por gran parte de la fuerza militar, nada podían hacer, y muchos de los que pasaron la frontera fueron devueltos por los portugueses y fusilados, incluso se sabe que partidas de falangistas acompañaban a la PIDE portuguesa en la búsqueda de huidos. Luego Yagüe dejó hacer a sus amados legionarios y a sus no menos amados moros y se produjo una carnicería terrible mayor que las habidas en Huelva y Sevilla, que de una increíble crueldad, una pavorosa actitud de la soldadesca y en el corto espacio de dos días, espantaron a los testigos de tal manera que la noticia de las matanzas llegaron pronto a la zona republicana donde muchas voces clamaron venganza. La República se estremeció y los hombres que la defendían conjugaron en sus pechos dos fuertes emociones, la rabia contenida y el terror, el terror a ser capturados, humillados, torturados y muertos. La estrategia del terror le producía ventaja a Yagüe, que por eso, por lo que significaba Badajoz para la reforma agraria, y también por no dejar enemigos a la retaguardia, lo hizo. Badajoz fue muy desmoralizador para la República. Acrecentó la desconfianza miliciana en las fuerzas regulares y levantó oleadas de odio y de terror al saberse en la zona republicana las matanzas de Badajoz. La violencia fascista alimentó las ansias de venganza de algunos republicanos.

Acciones en el Mediterráneo.

A principios de agosto y con fuerzas provenientes de Barcelona y Valencia se organizan dos expediciones para conquistar las Baleares, dónde la República sólo controlaba Menorca. La expedición valenciana la comandaba el capitán de la guardia civil, Manuel Uribarri que andaba en tareas de instrucción y organización de milicianos desde julio. Primero tomó Formentera y luego Ibiza dónde enlazó con la expedición catalana del capitán de la aeronáutica Alberto Bayo. Bayo y Uribarri no se entendieron, dos militares profesionales, no se entendieron, y eso que no eran milicianos indisciplinados. Uribarri daría mucho que hablar, y no bueno, en el transcurso de la guerra. Así que Uribarri regresó a Valencia, donde formaría la "Columna Fantasma".

Con el apoyo de la flota, Bayo se dirigió a Mallorca y desembarco cerca de Porto Cristo sin dificultades y comenzó a moverse hacia el interior con una lentitud exasperante y una indisciplina pareja. Los rebeldes temblaron y pidieron ayuda a los italianos que rápidamente acudieron en sus socorro con voluntarios y con aviación. Los rebeldes mallorquines se organizaron con presteza a la par que desataban una represión terrible. De nuevo la estrategia del terror para paralizar toda posible ayuda interior. Bayo intentó otro desembarco en una zona próxima y pudo consolidar otra cabeza de puente con importantes fuerzas, ¿pero cómo mandar a una fuerza que no obedecía por que sí, que no seguía la disciplina militar? Bayo no supo llegar al corazón de los milicianos ni al de sus líderes y los frentes se estancaron irremediablemente a pesar de meritorias acciones de los milicianos. Primero perdieron la aviación y más tarde Prieto, recién nombrado Ministro de Marina en el gobierno de Largo Caballero, ordenó a Bayo retirar las fuerzas. Fue un error garrafal. Palma fue un puñal clavado en el vientre de la Republica, de acero italiano y mano rebelde. Pero Prieto tampoco estaba preparado para hacer la guerra, era un organizador nato, sí, pero siempre primaron más en su ánimo las cuestiones políticas, en general polémicas entre partidos, que una visión global de la guerra, y en concreto del papel de la flota y la aviación republicanas a él encomendadas.

Los cercos.

El Alcázar de Toledo es uno de los mitos rebeldes mejor confeccionados. Por contra, el cerco republicano fue una de las más ineficaces acciones milicianas del principio de la guerra. En un mundo de aficionados, los pocos oficiales leales presentes en el cerco maldijeron una y otra vez los motivos políticos que obligaron a mantener importantes recursos atrapados en Toledo y que estaban condenados al fracaso hicieran lo que hicieran. La toma de la fortaleza era imposible para los milicianos sin la presencia masiva de artillería pesada y aviación de bombardeo en cantidades apreciables. Antonio Cordón que fue observador en varias ocasiones (una de ellas en compañía del competente Ciutat) salió de allí echando pestes de la decisión de Largo Caballero de tomarlo y también de la ineptitud de los líderes locales que manejaban aquel despropósito desde el principio y que habían permitido a Moscardó concentrar gran parte de la Guardia Civil de la provincia. El último intento republicano de tomar la fortaleza consistió en excavar minas, llenarlas de explosivos y contemplar luego un gran espectáculo de fuegos artificiales. Pero el Alcázar era inexpugnable con estos métodos y así terminó cuando las fuerzas de África entraron en Toledo y repitieron sus "heroicas matanzas" de Badajoz incluso con los heridos republicanos y el personal sanitario que no pudo ser evacuado. Las milicias no tuvieron responsabilidad realmente en esta defección, la responsabilidad es en verdad de los dos gobiernos de la República, el de Giral y el de Largo, que destinaron medios y recursos a esta empresa imposible para la potencia de las fuerzas republicanas en agosto-septiembre de 1936.

En cuanto al cerco del santuario de Santa María de la Cabeza, se trata de una extraña historia de las fuerzas de la Guardia Civil de Jaén, que anduvieron armadas durante casi un mes sin decantarse ni por la República ni por el gobierno y que incluso recibieron permiso de los mandos locales (gobernador civil) para concentrarse con sus familias en el santo lugar. Mosqueados algunos mandos republicanos de que casi 200 guardias civiles armados acamparan tan ricamente en aquellos peñascos, apremiaron a los oficiales par que se unieran a las fuerzas gubernamentales o se entregaran. Y entonces empezó el cerco. Sus comienzos fueron parecidos a los del Alcázar

Los defensores aumentaron su número gracias a la aportación de paisanos derechistas y falangistas que allí se concentraron. Hasta que Cordón llegó para hacerse cargo del cerco no se habían tomado medidas efectivas y los republicanos se habían limitado a completar a duras penas el cerco y algunos ataques que costaron mucha bajas pero no mejoraron la situación. El asesoramiento de Cordón permitió ir tomando primero la posición llamada Lugar Nuevo, que en puridad fue abandonada por los sitiados, pues en aquella posición se encontraban bajos de moral, y además por el efecto de la eficaz propaganda mediante altavoces que Cordón empleó día y noche. A diferencia del Alcázar, el santuario no significaba políticamente nada, amén de que se encontraba en la zona de Queipo, al que Franco mantenía en cuarentena política. Así, con unos recursos muchos menores que los que sitiaban el Alcázar, los republicanos fueron minando la moral de los defensores, y al cabo, la 16 brigada mixta al mando de Pedro Martínez Cartón emprendió el asalto el primero de mayo de 1937, con media brigada de refuerzo (la 32) y tres piezas de artillería de pequeño calibre y algunos morteros. El asalto tuvo algunas dificultades pero poco a poco fueron cayendo todas las posiciones y los sitiados se rindieron contra la voluntad de su jefe que estaba herido. Por cierto que entre las fuerzas republicanas se encontraba el oficial Rey Pastor, sobrino del famoso matemático (sería fusilado al fin de la guerra acusado de rebelión militar). Si bien las fuerzas empleadas en el asalto no eran en verdad las columnas milicianas del verano del 36, sino brigadas regulares del Ejército Popular, en realidad, en cuanto a armamento e instrucción no se diferenciaban mucho de sus antecesoras. La disciplina había mejorado y la organización también, pero no fue esta mejora lo que posibilitó la toma, sino la presencia de jefes militares que hicieron comprender a los soldados republicanos que había una organización y un plan militar que iba a dar resultados, eso y no los decretos de movilización convirtió a los milicianos del sector en soldados de la República. No vamos a darle todo el mérito a Cordón y a Cartón, pero sí una parte muy importante.

No queremos dejar de comentar un hecho curioso sobre los elementos rebeldes de ambos cercos, y es la presencia masiva de Guardias Civiles, gente sacrificada, acostumbrada a obedecer sin rechistar y con buena instrucción y sobre todo puntería. Incluso en el cerco de Oviedo, la masa principal y mas efectiva de las fuerzas de Aranda eran Guardias Civiles. Para Cordón que en su libro "Trayectoria" nos relata el cerco del santuario con detalle, tanto en Toledo como en Jaén, como en Asturias, la Guardia Civil había sido empleada tradicionalmente como fuerza represiva durante decenios, esto les hacía esperar muy poco de la clemencia republicana. En el caso del santuario, único que rindió la República, se equivocaron. Se les trató muy correctamente, de hecho hubo bastantes guardias desertores antes de la rendición.

Valle del Tajo. Talavera y Toledo.

El valle del Tajo no presentaba a primera vista muchas dificultades para el avance de las victoriosas columnas rebeldes. Aun así, las fuerzas se encontraban con muchas huecos en sus filas, y sin duda necesitadas de descanso. Para la República la estrategia consistía en concentrar las fuerzas en puntos claves que facilitaran la defensa y dejar que la aviación leal hostigaran las columnas enemigas. Era una táctica de "mientras tanto", es decir, mientras se organizaba el futuro ejercito de la República. Pero esta tarea, a mediados de agosto de 1936, se encontraba en crisis. Armas y municiones escaseaban y no eran raras las unidades que marchaban al frente sin ellas. La sierra de Guadalupe era el mejor lugar para presentar batalla y el gobierno ordenó a las fuerzas de Uribarri que se concentraran allí. La "Columna Fantasma" del citado capitán tenía fama de dura, pero sólo era fama, pues sus componentes no tenían experiencia en campo abierto. Las fuerzas de la República al mando del teniente coronel Burillo contaban, además de la citada unidad, de la columna del teniente coronel Navarro y de las fuerzas del coronel Jurado en las cercanías de Talavera. La aviación republicana disponía de superioridad local y fue bastante efectiva. El dispositivo que Riquelme había montado con tanta esperanza no resistió el empellón rebelde, que aunque sufrió muchas bajas obtuvo de nuevo considerable territorio. El punto más fuerte de la resistencia republicana fue el castillo de Oropesa, donde los milicianos resistieron con valor y determinación llegando al cuerpo a cuerpo. Cuando la posición cayó y dado que Uribarri se había retirado de sus posiciones, Talavera estaba al alcance de la mano de los rebeldes. La batalla decisiva se adivinaba inmediata. Ambos bandos se prepararon con todo lo que tenían. Los republicanos se fortificaron eficazmente y esperaron. Los rebeldes evitaron el ataque frontal y rodearon la población. Al sentirse cercados, los defensores de Talavera huyeron. Todo el dispositivo republicano se vino abajo y la derrota fue completa con perdidas importantes de material. Para más inri la aviación republicana perdió la superioridad ante los refuerzos italianos y alemanes que les llegaron a los rebeldes.

Talavera fue el exponente más claro del fracaso del gobierno Giral. Su oportunidad había terminado y la República necesitaba nuevos dirigentes. En el haber de los fracasos del gobierno Giral nos encontramos en primer lugar con la reticencia a armar a las milicias populares, con el fracaso generalizado en el control del orden público, los desafortunados nombramientos de oficiales generales leales que se mostraron incapaces de valorar la  nueva realidad, Miaja, Castelló, etc... y que con sus actitudes dubitativas permitieron la consolidación del sur rebelde. La incapacidad para encauzar las energías revolucionarias en dirección a la guerra consiguiendo un pacto de principios con las fuerzas populares y sus milicias. La incapacidad para organizar una retaguardia industrial que como mínimo manufacturara cartuchería, proyectiles y bombas de mano. Los errores tácticos de Toledo y Talavera. La incapacidad para movilizar los recursos humanos de las quintas a las que se decretó su movilización (1933, 34 y 35). Y la pérdida de la iniciativa militar a que les obligaba ser el gobierno legal. Todas estas decepciones se las imputamos a título indicativo, pues en realidad son responsabilidad general de todos, gobierno, partidos y sindicatos. Y aún contando con la mejor disposición, el gobierno pequeño-burgués de Giral malamente podría siquiera paliar la desastrosa situación de la España republicana del verano de 1936. Resumiremos pues, para ser más justos, en dos graves errores: uno, la falta de una política de defensa realista y de acuerdo con la grave situación, y dos, la pérdida del control del orden público y sus calamitosas consecuencias en vidas. Una tercera, para las milicias populares y sus promotores, que sería la siguiente. Difícil es para las fuerzas revolucionarias, como ya se vio en el 34, cambiar la realidad social de un país como España, pero mucho más difícil era hacerlo con media España en pie de guerra para impedirlo. Pues mientras se hacía la revolución en la retaguardia empleando hombres y recursos vitales, la vanguardia se la merendaban los rebeldes, que con una visión muchísimo más clara, en su carrera hacia Madrid y practicando la política del terror puro y duro en la retaguardia acompañado de una propaganda de exaltación acorde con los tiempos y los países que les ayudaban. Las soluciones, triste es decirlo, no podían ponerlas en marcha los republicanos de centro izquierda, pues fueron incapaces de disociar su propio mensaje o discurso reformista de el del resto de los partidos, aun siendo probablemente el más indicado para ganar la guerra con el apoyo de una población motivada con la esperanza en una España nueva. La solución o mejor, el intento de salvación del poder republicano vendría de la mano de Largo, que quizá no era el más indicado para ello, pero que fue quién repartió el poder político entre quienes realmente lo detentaban en las calles. Los milicianos, mientras tanto habían ofrecido una variada muestra de claros y oscuros. Horroroso en la disciplina militar, desastroso en la organización de las tareas de apoyo a la guerra, ingenuo hasta clamar al cielo en sus experimentos sociales, y como no, valientes en innumerables ocasiones, desinteresados y utópicos en su día a día, y desde luego, únicos defensores con que la República contaba. Así que las milicias no eran una maravilla como fuerza armada, pero eran la única maravilla que tenía la República. De modo que teniendo el potencial humano, los nuevos gobernantes lo que tenían que tener eran las ideas claras. Ideas claras creía tener, naturalmente, Largo. Largo Caballero inició los procesos de militarización tan necesarios, buscó  en Rusia el proveedor masivo de materiales bélicos que a la República le urgían. Puso a los anarquistas a trabajar con los demás o al menos una parte de ellos, pues fuerzas muy poderosas dentro de la Confederación pretendían seguir por libre. Ya se sabe, llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones, así que este, en el que tanto hemos penado nos importa muy poco. Y esto llevado al terreno militar si que era grave. La cúpula militar gubernamental, naturalmente, empleó sus recursos en las unidades más fiable (leales, en definitiva) y escatimó materiales a las milicias anarquistas que se sintieron siempre agraviadas, pero claro, a ver quien le da armas a unos tipos que quieren armas pero no disciplina, que quieren ganar la guerra pero apenas la hacen, y que cualquier día se puede terminar a tiros con ellos. De modo que la segunda masa militar de importancia de la República (después del ejército del Centro) se encontraba sin pertrechos, sin iniciativas y sin ninguna gana de integrarse en el Ejército Popular. Vascos, santanderinos y asturianos, aislados y en realidad luchando a su aire con lo poco que tenían, los malagueños también por libre. Cataluña y Aragón más de lo mismo. Solo el Centro y Levante bajo control gubernamental. Menuda tarea le esperaba al gobierno de Largo Caballero...  


Apuntes bibliográficos:

El ejercito republicano. Michael Alpert.

Guerra y revolución en España. Comisión presidida por Dolores Ibarruri.

Relatos y reflexiones de la guerra de España. Francisco Ciutat de Miguel.

La guerra en Asturias. César M. Arconada.

La Guerra militar. La Guerra de columnas. Gabriel Cardona y Fernando Fernández Bastarreche. Historia 16