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El Ejército Popular

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B) Milicias: conclusiones y bibliografía.

 

5.- Análisis final y conclusiones.

Los tres escenarios de las milicias populares.

Para analizar con objetividad el papel de las milicias populares en el verano y otoño de 1936, lo primero que tenemos que hacer es reconocer el escenario, o mejor, los escenarios o zonas en que la República se vio obligada a combatir. Zona Centro, Cataluña-Aragón, y el Norte republicano. La capacidad del gobierno y sus oficiales del Ministerio de la Guerra durante el verano de 1936 para ver todo el panorama nacional y elaborar una política de defensa común era muy pequeña, y aunque hubiera sido posible tal visión, ninguna medida efectiva podía ser aplicada realmente fuera de la Zona Centro, lugares dónde el gobierno era meramente nominal. Por tanto, cada zona se dedicó a lo suyo, y en cada zona, las milicias se comportaron con evidentes matices diferenciadores. La resistencia y el empecinamiento de la zona Centro brillaron por su ausencia en Aragón que era un frente en calma. El Norte que se sabía prácticamente abandonado, avanzaba en el tortuoso camino de la soberanía (incluso Asturias y a última hora, se proclamó soberana), actitud que evidentemente rebajó en el gobierno las ganas de colaborar y mandar refuerzos, visto el poco caso que se les hacía a sus oficiales, independientemente de su personal competencia militar.

Cataluña vivía un cierto mal de victoria que hacía creer a los anarquistas que estaban alcanzado grandes metas sociales y que la guerra era en el fondo un aspecto más de su lucha pero no el único. Hagamos la revolución y por descontado ganaremos la guerra. Esta ingenuidad basada en que el pueblo defendería con uñas y dientes sus conquistas sociales una vez las tuviera, es todavía mantenida como tesis por algunos relatores libertarios. Desgraciadamente no responde a hechos objetivos. Tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer la revolución, pero eso nos les sirvió para tomar Zaragoza. El hecho de que las organizaciones revolucionarias (CNT-FAI-POUM y sectores de UGT) hubieran tomado el poder en toda o parte de la España republicana, suponiendo que eso hubiera sido posible, habría permitido a Franco acabar la guerra en 1936. Para las Navidades del 36, Franco hubiera triunfado. La República sólo resiste donde el poder gubernamental se afianza y pone los recursos de la nación a la defensa. Recursos burgueses en suma.

En cuanto a la Generalitat, trataba de organizarse en el escaso espacio que la CNT les había dejado, con una política de militarización muy corta de vista y reproduciendo en el fondo la dicotomía que el gobierno central vivía en la Zona Centro, pero evidentemente sin sus recursos.

Los milicianos de Euzkadi no nacionalistas se integraron en unidades tipo batallón para formar un ejército de la Republica en la zona, pero con las mismas características de voluntarismo y falta de medios que las otras dos zonas. Los gudaris, se constituyeron también en batallones para defender Euzkadi (lo que quedaba de ello), obedecían a Aguirre y se organizaron un poco como los carlistas y otro poco como una milicia ciudadana. No renunciaron a sus ideas y los batallones llevaban capellán, y dos oficiales al mando, uno para operaciones y otro para organización y suministros. Una evidente ingenuidad, y como la mayoría eran civiles en armas, los batallones de gudaris no se diferenciaban mucho de otros milicianos a la hora de combatir: mucho arrojo y poca instrucción y experiencia en combate. La efectiva política de movilización que Aguirre desarrolló le permitió formar unos 70 batallones de los que 32 eran controlados por los nacionalistas. Se dice que la disciplina de los batallones nacionalistas era superior a las de los de otros partidos, pero lo ponemos en duda, creemos que lo que les destacaba del resto era su falta de objetivos revolucionarios que les hacía parecer antes sus mandos y la población como más disciplinados. Los nacionalistas defendían su tierra y sus fueros. Para luchar por la Republica quizá era poco.

Las milicias Asturianas partían con una ventaja organizativa, que era la experiencia del 34, se organizaron rápidamente y cosecharon algunos éxitos iniciales tras perder la gran ventaja estratégica de abandonar los enlaces con la meseta, además contaban con dos grandes cuñas clavadas en su corazón, el Oviedo arandino y el Cuartel de Simancas en Gijón. La unidad de las fuerzas políticas asturianas, al menos en cuestiones bélicas no pudo aprovecharse enteramente para el esfuerzo de guerra por serios errores iniciales ya descritos, como enviar una columna semidesarmada a Madrid, no detener a Aranda y sus cómplices en la primerísima hora y la tozuda decisión de tomar Oviedo a cualquier precio. Las milicias asturianas, que además consumieron recursos humanos vascos y santanderinos, quedaron fijadas en el centro de la región descuidando su periferia, lo que a la postre sería garrafal. De estas milicias destaca su arrojo y su relativa veteranía, y destaca también su penuria de materiales modernos. Pero en todo caso, declaramos que los errores estratégicos de los dirigentes asturianos redujeron las posibilidades bélicas de sus milicias, que evidentemente daban para mucho más de lo que se vio.

Las milicias catalanas, básicamente formadas por anarquistas, aunque también del POUM, PSUC-UGT y nacionalistas, se organizaron como todas, voluntarios civiles en armas, altamente politizados, muy controlados políticamente, pero sin disciplina militar, ni prácticamente instrucción. Los militares profesionales se integraron en las columnas, algunos con el mando, más teórico que real, y trataron de asesorar a aquélla masa de antimilitaristas que habían tomado las armas para tomar Zaragoza, Huesca y Teruel. Más allá  de estas ciudades nada les importaba mucho, de momento, ni a ellos ni a sus jefes, ni a sus organizaciones políticas. Ninguna organización destacó por mejorar la calidad o la instrucción de sus milicianos, y salvo las diferencias políticas, se comportaron ante el fuego todas igual. Lo de siempre, arrojo, falta de disciplina y poca experiencia de combate.

La Zona Centro también se comportó así, la diferencia estriba en que, obligados a combatir y a retirarse con muchas bajas y pérdida de preciosos materiales bélicos, los mandos militares y políticos adquirieron una visión y un saber militar que les capacitó para salvar Madrid. Mientras que la Zona Norte y en Cataluña, la política de nombramientos era en el fondo irrelevante, en la Zona Centro fue decisiva en la primera hora, la importante, e igual de ineficaz según avanzaba julio y agosto. El gobierno Giral hecho mano de los que tenía, oficiales republicanos, con altas conexiones con políticos republicanos y que se demostraron también, salvo excepciones, incompetentes. Primero para comprender la nueva realidad de las fuerzas de milicianos y segundo para improvisar en el frente nuevas tácticas acordes con las capacidades de sus mal instruidos hombres. No obstante, los nuevos líderes y mandos naturales del futuro ejército ya se estaban fraguando ya fueran profesionales o civiles en armas, los hombres que comprendieron de qué clase de guerra se trataba y con qué tipo de material humano contaban. Eran los Líster, Modesto, Rojo, Matallana, Mera, Toral, Tagüeña, etc... y que poco a poco constituirán la espina dorsal del nuevo ejército. De modo que las milicias populares de la Zona Centro nacieron como todas ellas, los defectos que hemos enumerado decenas de veces, pero supieron rehacerse en las derrotas, reforzar su moral, aprendieron de la adversidad y se pasaron al Ejército Popular sin crisis ni histerismos políticos. Esto era así porque habían luchado y perdido muchas batallas, todo lo contrario que sus compañeros de Cataluña que no tuvieron la oportunidad de aprender hasta muy tarde.

Estos son los tres escenarios principales donde actuaron las milicias populares, una Zona Norte aislada y dónde había poco terreno para retroceder y aprender y donde prácticamente todas las industrias estaban a tiro de cañón rebelde. Una Cataluña en el limbo hasta el verano de 1937, donde poco se podía aprender igualmente, pese a acertadas políticas industriales, y una Zona Centro, dónde sí había recursos para defenderse, terreno para retroceder a la espera de tiempos mejores y una escuela viva para oficiales y soldados: el combate día a día.

Las fuerzas milicianas.

Aunque nos sorprenda, las Milicias, compuestas por voluntarios, no eran lo numerosas que cabía esperar ante la delicada situación militar en que se encontraba la República. Ni la Zona Centro ni Cataluña  tuvieron una política de movilización eficiente, inscribiéndose esto en el marasmo general de la administración republicana tras el golpe del 18 de julio. Quizá el gobierno de Euzkadi fue el más efectivo al movilizar a sus quintos en el invierno de 1936. Así que las milicias populares estaban compuestas de voluntarios, militantes, ciudadanos conscientes, y restos de fuerzas regulares y de orden público. Alpert dice que la mayor masa de milicianos que la Comandancia militar de Milicias tenía en nómina fue de 92.000 voluntarios para toda la Zona Centro, no solamente el área de Madrid, sino también los sectores Sur y Levante.

En Cataluña, el Comité de Milicias Antifascistas, y que como señala Alpert, no llevaba la escrupulosa contabilidad de su homónimo de la Zona Centro, nunca debió sobrepasar los 25.000 voluntarios repartidos desde la frontera francesa hasta Teruel, y además, la retaguardia que era especialmente numerosa en Barcelona (holgazanes en armas, se decía).

Pero es que una de las características de las Milicias es precisamente su pequeño número, pues están compuestas de voluntarios, mayormente militantes de gran conciencia. En la primera hora de la guerra, la población, viera a quien viera con simpatía, fue renuente a incorporarse a la guerra, lo que es del todo natural. En la guerra matan a la gente.

Los comunistas muestran el camino.

Eso que tanto les gusta a los comunistas, un embellecido líder señalando el camino sobre fondos luminosos de masas expectantes, es precisamente lo que hicieron los comunistas en el verano y otoño del 36. Los comunistas no introdujeron sus ideas sobre el futuro Ejército de la República cuando fundaron el 5º Regimiento por la sencilla razón de que todavía no las tenían, pero sin duda querían diferenciarse. Para empezar, nada de 5º batallón de milicias (el quinto de los que se crearon la tarde del 19 de julio), a lo grande, 5º Regimiento de Milicias Populares. Según los asesores de la Internacional y según se iban desarrollando las cosas quedó evidente cómo había que formarlo: a inspiración del Ejercito bolchevique. El problema es que no podían hacerlo ellos solos. Comenzaron así una batalla de propaganda que acercara al resto de los partidos y sindicatos a la clara idea de que o se disciplinaba y militarizaba al ejercito miliciano o la cosa estaba cruda, y para dar ejemplo las unidades que salían para el frente de las dependencias del 5º Regimiento no dejaban de demostrar su voluntad de luchar como un ejercito regular. Algunos pequeños éxitos sí cosecharon, éxitos defensivos claro y sobre todo éxitos periodísticos, nada para echar las campanas al vuelo, pero marcaron la diferencia. Los militares profesionales, que estaban completamente desquiciados con el funcionamiento de las milicias y dónde muchos temían por sus vidas, saludaron la irrupción disciplinada de estas todavía milicias pero que tenían vocación de ejercito. Así que los comunistas proponen, como mínimo, un ejercito del soldados republicanos, controlado por Delegados políticos republicanos y mandado por oficiales profesionales o de milicias, pero todos bajo el mando del Gobierno y sus Estados Mayores. Este era el único camino, ni ejército miliciano, ni ejercito rojo, simplemente, Ejercito Popular.

El ejército de milicianos.

Las milicias, pese a lo que se ha dicho, incluso Alpert, no estaban bien armadas. Puede que tuvieran, en un primer momento, relativa abundancia de armas en muy determinadas áreas, incluso de ametralladoras y cañones, pero el número no hace al arma y menos al soldado. Cada partido o sindicato rapiñaba lo que podía y muchas de las armas quedaban en retaguardia por evidentes razones de seguridad y poder militar. La distribución de las armas no era equilibrada, ni racional y mucho menos adecuada. Un arma sin instrucción no vale nada, no se le saca partido y termina siendo un estorbo, de modo que sí, había armas, pero las milicias no estaban bien armadas, como tampoco estaban bien organizadas ni instruidas. Pero además, quizá en un determinado sector (Centro) se contara con cierta dotación inicial sacada de los depósitos del ejército español, pero en el resto de los teatros de operaciones la norma era la contraria. 

Y si en un ejercicio de objetividad analizamos los elementos de la moral del soldado, veremos que las milicias fueron militarmente de mala calidad durante el verano de 1936. Pero seamos desapasionados y valoremos punto a punto estos elementos básicos que definen al combatiente para llegar a las conclusiones correctas:

En cuanto a la instrucción, pues muy precaria, la mayoría de los milicianos sabían cargar, extraer los cartuchos usados y disparar. Hay casos de milicianos que aseguraban no necesitar saber nada más. Pero ignoraban los más elementales cuidados del arma, limpiarla y desmontarla en poquísimos casos. Ignoraban también todos los órdenes de batalla, el cerrado, campo abierto, movimientos por pelotones, despliegue de las unidades, combate en ciudades, construcción de trincheras adecuadas, manejo de granadas y morteros. Vamos, ignoraban la instrucción básica del infante.

De la disciplina, la mayoría abominaban, téngase en cuenta que uno de los idearios más acusados de los milicianos era el antimilitarismo, y en ese paquete iba naturalmente su natural indisciplina. Pero tampoco tenían la disciplina revolucionaria de los soldados de un posible ejército rojo, pues ni el ejército rojo existía ni había nadie para imponerla. Así pues, ni la disciplina de un ejército regular ni la de un ejército revolucionario. El mínimo de disciplina con que contaban que se basaba en su voluntad de luchar, se disolvía, como es natural, cuando el cuerpo pedía salir corriendo, y no había nada ni nadie para sujetar al indisciplinado cuerpo. Así que la disciplina, tan precaria como la instrucción.

La organización de la fuerza armada a los niveles de compañía o batallón, mala también. Las unidades eran de reciente formación, pocas estaban fogueadas, y aunque muchos de ellos podían conocerse de anteriores actividades políticas o sindicales, en general lo único que les unía era un ideario político común, anarquismo, socialismo, comunismo, etc... Eso tampoco era mucho para crear un espíritu de cuerpo que supliera las deficiencias organizativas y humanas. Los oficiales y sobre todo los suboficiales o eran tan inexpertos como los milicianos o eran incapaces de hacerse, no ya obedecer, sino siquiera entender. El lenguaje militar, el desconocimiento de las cadenas de mando y escalones de retaguardia se suplía nuevamente con la voluntad que todos tenían de luchar, organizar, ayudar, aportar... Así que la unidad de combate, normalmente llamada batallón no estaba preparada para aprender en el combate, foguearse y pasar de novatos a veteranos. Ese bagaje que en todos los ejércitos concede más probabilidades de éxito en una operación y acrecienta, además, las posibilidades de sobrevivir en la lucha. Pero lo peor de la organización de las unidades milicianas era que no disponían de un mínimo de instrucción de campaña en unidades regladas. Las milicias, atacaban o se fortificaban en una sola línea, y cuando retrocedían lo hacían en masa. La poca instrucción recibida se había limitado al individuo, no a la unidad.

En cuanto a los mandos, que los había de toda clase y condición, probablemente tenían las mismas carencias que sus milicianos. La desesperación hubo de ser enorme. Primero porque los profesionales sabían muy bien a lo que se enfrentaban, al menos en el sector del Centro: al experimentado y bien disciplinado e instruido Ejército de África, segundo, porque no comprendían el tipo de fuerza que mandaban. Lo último que se podía hacer con las milicias era desplegarlas en línea y avanzar, con la artillería prácticamente en la misma línea y el puesto de mando lo mismo. Las milicias sólo resultaron relativamente eficaces cuando se atrincheraban convenientemente, la artillería se ponía al resguardo, alguna aviación leal surcaba los cielos para levantar la moral, y el escenario resultaba bueno para la defensa. Los oficiales regulares de las unidades milicianas, y salvo señaladas excepciones, no supieron articular una táctica adecuada para sus hombres. Los suboficiales, también de toda clase, no podían ser los perros de presa que son en los ejércitos regulares. Los suboficiales en las milicias eran un compañero más, probablemente se ocupaban de sus hombres y ponían todo su interés en su bienestar, pero llegada la hora del combate no eran ni una referencia, ni una fuente de moral, ni sabían tranquilizar a los hombres en el caos que siempre es el combate y mucho menos darles instrucciones adecuadas, ese importantísimo elemento de toda victoria local y que consiste en que el hombre al mando sabe lo que hay que hacer en todo momento y situación.

¿Pero había algo bueno en las milicias? Desde luego que sí, y en muchísimas ocasiones demostraron ser huesos duros de roer y tener capacidad de victoria y de resistencia sólo con una cosa, su conciencia social. Así que las milicias perdían las batallas, pero no eran derrotadas, por la sencilla razón de que tenían una moral política excelente, tenían voluntad de luchar, de aprender a luchar y de batir rabiosamente al enemigo. La dura victoria defensiva en la sierra madrileña y las derrotas del valle del Guadiana y sobre todo del valle de Tajo, no las derrotaron ni doblegaron, al contrario, acrecentaron sus ganas de luchar, sacaron a la luz sus terribles carencias, aclararon las graves contradicciones que como fuerza armada tenían, y sobre todo en el Sector Central, convencieron a todos sus componentes de la necesidad de cambiar la organización militar, aceptar disciplina militar, confiar en sus oficiales y prepararse para un futuro, que en absoluto era todavía negro, a pesar de lo que les había caído encima. El ejército de milicianos de la zona Centro aprendía mal y tarde, pero aprendía, sufría de pánicos locales frecuentes, pero siempre era capaz de volver al combate, perdía batalla tras batalla, pero Franco no fue capaz de infligirle una derrota definitiva en su camino a Madrid, anclado como estaba en el colonial pensamiento militar español del siglo diecinueve.

Y para terminar, y pocos son los que lo han comprendido, la milicia tenía algo que no tenían los rebeldes en sus unidades militares: tenían a sus Comisarios Políticos (por entonces todavía Delegados Políticos de los Comités de Milicias), los mejores de todos ellos, encargados de administrar la unidad, darle moral, ocuparse de sus problemas y suministros, castigar a los desalmados y airear en la prensa sus luchas, afanes y tribulaciones, para que la tropa se viera allí reflejada, adquiriera espíritu de cuerpo, moral fundamental para cualquier unidad de combate. En suma, los futuros Comisarios Políticos se ocupaban de la propaganda, eso que hace que las gentes crean en su realidad como la verdadera realidad y no otra. Eso que nos une y nos diferencia del otro, del enemigo.

Así que, en definitiva, el ejército de milicianos era malo, perdía una batalla tras otra y retrocedía una y otra vez pese a actos heroicos locales. Pero era el único ejército que tenía la República, era el ejército que salvó a Madrid en la Sierra, que alcanzó Aragón en Cataluña y que luchó denodadamente en Guipúzcoa y en Asturias. Era el ejército de milicianos, que contaba también con fuerzas de orden público, oficiales regulares y toda clase de voluntarios, y que defendía la legalidad y aspiraba a muchas cosas más que aplastar a los rebeldes. Ese ejército salvó la República en la primera hora terrible, luchando contra fanáticos carlistas, mucho mejor instruidos y altamente motivados, contra mercenarios del Rif, crueles como nadie, amantes de la guerra, el saqueo y el botín como forma de vida, y legionarios que se habían curtido luchando contra los anteriores y que tenían una disciplina, valor y espíritu de cuerpo envidiables. Soldados de verdad todos ellos, enemigos terribles, pero viles servidores de la reacción, pobres servidores del rico matando a otros pobres que tenían puesta su esperanza en un futuro mejor.

En el camino del Ejército Popular.

En el otoño de 1936, la República se encontraba en una encrucijada política y militar. Enunciada la cuestión del nuevo gobierno del Frente Popular por Largo Caballero y en vías de solución, al menos aparentemente, quedaba la cuestión de las fuerzas armadas, en especial de las fuerzas de tierra. ¿Qué opciones tenía el recién gobierno a partir de la situación que las columnas y milicias vivían en la España leal? Pensamos que sólo dos. Una primera que consistía en la preconizada por Largo, militarizando las milicias, mejorando e instruyendo a la tropa, adquiriendo materiales a Rusia y atacando el bajo vientre rebelde, es decir, Extremadura en dirección a la frontera, y todo ello sin que nadie se desentendiera del esfuerzo de guerra, en especial los anarquistas. Se trataba de mejorar el existente ejército de milicianos. Otra segunda que era la que preconizaba el Partido Comunista, el ala prietista del PSOE, y un nutrido grupo de jefes militares leales, y que consistía en formar un ejercito ciudadano pero regular, con presencia militar en el mando y en la estructura. Con una disciplina férrea y nada de bromas. No se trataba de un ejercito rojo como el que formara Trosky, sino de aprovechar lo que había: oficiales profesionales sin tropa y tropa sin oficiales profesionales, más los líderes milicianos. Y que era el que las cabezas pensantes del Ministerio de la Guerra estaban desarrollando. Y que consistía en aceptar la realidad, militarizar, instruir y formar oficiales, dotar de carácter militar centralizado a todos los elementos y escalones, alejando la política del futuro ejército, y asumiendo las particularidades de las fuerzas presentes, es decir, los Delegados Políticos, vulgo Comisarios Políticos. Se trataba en realidad de un ejército sin precedentes, donde la disciplina sería militar pero estaría apoyada en la concienciación política de sus miembros. Se trataba del Ejército Popular, que no era en realidad un ejército patrio, sino más todavía, era un ejército de republicanos que debía apartarse de la política, lo que en un ejercito español, bien difícil es.

 ¿Y cual era la más viable de las opciones que tenía el gobierno a la vista de los acontecimientos? El ejército de milicianos era más de lo mismo aunque con mejor armamento y más experiencia. Era inviable incluso para Largo. Un pacto político-militar de todos los actores de la II República no iba a proporcionar un ejercito de milicianos, sino lo que ya había, mil diminutos ejércitos de milicianos. No le quedaba por tanto a Larco Caballero más que adoptar la segunda opción y que más pronto o más tarde todos apoyaron. La idea pues de su creación no es de nadie aunque muchos actores quisieron apropiársela, la idea se impuso a todo el mundo a la vez y en el mismo escenario (el del Centro) por su propia gravedad: o ejercito regular o la derrota. Así nacería el Ejercito Popular, El Ejercito Regular Republicano, o el Ejército Popular Republicano, como quiera se le llame. Un extraordinario ejercito hecho de civiles y de papel de oficina.

Principal bibliografía consultada:

* Trayectoria. Antonio Cordón. Colección Ebro. Paris 1971

* El ejército republicano. Michael Alpert. Libros Ruedo Ibérico. Barcelona 1977.

* La guerra de columnas. Gabriel Cardona y Fernando Fernández Bastarreche. Historia16. Madrid 1996.

* Memorias de un luchador. I, Los primeros combates. Enrique Líster. G. del Toro. Madrid 1977.

* Soy del Quinto Regimiento. Juan Modesto. Colección Ebro. Paris 1969.

* La guerra de los mil días. Guillermo Cabanellas. Tomo I. Buenos Aires 1975.

* Tres días de Julio. Luis Romero. Ediciones Ariel. Barcelona 1967.

* Hombres made in Moscu. Enrique Castro Delgado. Edición el autor. México. 1960

* Guerra y vicisitudes de los Españoles. Julián Zugazagoitia. Librería Española. Paris 1968.

* La columna de la muerte. Francisco Espinosa. Crítica. Madrid 2003.

* Relatos y reflexiones de la guerra de España. Francisco Ciutat de Miguel. Madrid 1978