| S.B.H.A.C. Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores |
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El Ejército Popular de la República |
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UNIDADES VASCO CATALANAS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Antonio Gascón Ricao
El hecho nacionalista.- El tema siempre candente de los nacionalismos, ya sea el caso vasco o el catalán, también tuvo indudablemente su reflejo durante la última guerra civil española, al converger en algunas unidades del Ejército Popular de la República tanto nacionalistas vascos como catalanes. Por aquel hecho mismo, dichas unidades se significaron, no sólo por su valiente actuación en determinadas acciones militares, sino también por su carácter simbólico, al pretender ser, dentro del bando republicano, un recordatorio vivo de sus respectivas nacionalidades, o de los símbolos que en sí representaban. Una de sus principales características serán los duros enfrentamientos ideológicos que protagonizaron, al estar de continuo opuestos a sus propios mandos superiores, en defensa de lo que ellos consideraban su identidad nacional dentro del seno del propio Ejército Popular. Otro hecho a remarcar de ellas, fue la fusión física de ambas ideologías nacionalistas en unidades muy concretas, con indiferencia de sus profundas diferencias políticas. Unión, que en el campo práctico dio lugar a la formación de diversas unidades conjuntas que combatieron como tales por los frentes de España, y aunque la masa total de aquellos combatientes fue muy reducida, al alcanzar apenas los 4.000 hombres, no por ello desmerece el conocimiento de sus avatares. Las Milicias Vascas Antifascistas.- La sublevación de los militares en Madrid en julio de 1936, abortada con éxito por el gobierno republicano, y el consiguiente caos que siguió a la misma, fomentó que el colectivo vasco afincado en la Villa y Corte fuera mirado con un cierto recelo por las nuevas autoridades revolucionarias, dado el carácter nacionalista de sus miembros o su notoria proximidad a la Iglesia católica. Circunstancias ambas, que obligó a dicho colectivo a tener que buscar una salida airosa al problema, o cuando menos a pensar en la forma de poder paliarlas dentro de lo posible. La realidad era que aquel colectivo no podía mantenerse durante mucho tiempo como mero espectador, ante la nueva situación revolucionaria que se había creado. Por otra parte, tampoco querían dispersarse, pasando a formar parte de las diversas columnas que con la más variada y variopinta adscripción política defendían tenazmente Madrid. De este modo la única solución que se les ocurrió, después de largos y arduos debates, fue la de intentar crear una unidad propia y exclusiva, puesto que decidieron combatir bajo el amparo dos banderas: la republicana y la suya propia, en su caso particular bajo la ikurriña. Tras unas largas y complicadas negociaciones con la Inspección General de Milicias y con el Ministerio de la Guerra, encabezadas por la parte vasca por Vicente Lizárraga, hombre de ideología comunista, veterano de los combates de Irún, o participante en el frustrado desembarco de Mallorca y por ello recién llegado a Madrid, se les autorizó la creación de una nueva unidad bajo el sonoro y rimbombante nombre de Milicias Vascas Antifascistas (MVA), asignándoles como acuartelamiento y banderín de enganche el confiscado Hogar Vasco situado en la Carrera de San Jerónimo. Pero sorprendentemente no sería Lizárraga el designado para ponerse al frente de las mismas, sino un navarro, Emilio Alzugaray Goivoechea, antiguo comandante del arma de Artillería, recien ascendido a coronel tras su llegada a Madrid procedente de Marruecos, donde había ejercido de ingeniero civil, un hombre de probado republicanismo y por lo tanto libre de toda sospecha nacionalista frente a las autoridades de aquel momento. De hecho, desde los comienzos, las Milicias Vascas de Madrid se organizaron y actuaron con plena independencia del Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco, así como más tarde de la propia Delegación de Euzkadi en Madrid. Circunstancias que no fueron óbice para que sus filas se nutrieran de vascos residentes en Madrid, en su gran mayoría trabajadores, de estudiantes de Euzko Ikasle Batza (EIB), o de algunos grupos de militares vascos que, cumpliendo el servicio reglamentario en los cuarteles madrileños en el momento de producirse sublevación, y en aquellos momentos desmilitarizados por la República, pasaron a alistarse en la nueva unidad, a la que más tarde se unirían otros grupos, en este caso de huidos procedentes de Irún. Gracias a aquel continuo goteo de voluntarios, la unidad alcanzó el número suficiente de efectivos como para poder constituirse con ella un Batallón. Los mandos.- Como segundo de Alzugaray, fue nombrado para el puesto de comandante Vicente Lizarraga, la autentica alma de las milicias, ya que fue él en realidad el que ejerció el mando efectivo de la unidad. Como capitanes figuraban el navarro Frutos Vida, el vizcaino Azkoaga, y el tenor donostiarra Sansinenea. Muertos los dos primeros, el tercero substituiría a Lizarraga. Finalizada la guerra, este último concluiría su vida en el campo de concentración de Albatera en Alicante. Sin embargo, Alzugaray duró muy poco en el mando, pues dos meses más tarde, concretamente el 20 de noviembre -el mismo día que moría Durruti en Madrid y se fusilaba a José Antonio en Alicante-, resultó gravemente herido, siendo inmediatamente sustituido en el mando por un oficial de Carabineros recién llegado del Norte llamado Antonio Ortega Gutiérrez, lugar donde había ejercido de gobernador civil de Guipúzcoa en los primeros días de la sublevación, y más tarde de jefe militar de aquella provincia, y por otra parte, un hombre claramente adicto al Partido Comunista Español (PCE).
Pocos meses más tarde de tomar el mando, Ortega alcanzaría en mayo de 1937 la triste notoriedad de ser uno de los principales responsables, desde su cargo de director general de Seguridad, de la desaparición y posterior asesinato del máximo líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), el catalán Andreu Nin, acusado él y su organización política de fascista y de contubernio con el enemigo. Maniobra política dictada por la Internacional Comunista desde Moscú para acabar con la oposición. Al concluir la guerra, Ortega, al igual que Lizarraga, fue capturado por el ejército nacional, sometido a juicio sumarísimo y ejecutado en Alicante. Como segundos de Ortega, figuró primero Vicente Lizárraga, fundador de las MVA, substituido más tarde por Julián Sansinenea Zurupe. Este último, era cantante y protegido del maestro Sorozábal, quien desde el Orfeón Donostiarra le había llevado a Bilbao, consagrándolo en el teatro Arriaga o cambiando su nombre por el artístico de Julián Sansi. Ambos compondrían el himno de las milicias vascas. Sansi, sorprendido por la sublevación militar en Madrid, se había dedicado durante los primeros días de la guerra a cantar por los frentes cercanos a la capital. Curiosamente, Sansinenea, uno de los hombres que más propiciaron la formación de las MVA, junto con Lizárraga, Alfonso Peña o Azcobereta, tenía también por su parte una fuerte vinculación con Cataluña. Hecho que le permitió a finales de octubre de 1936, tras un viaje a la Ciudad Condal, el poder iniciar una serie de conversaciones que fructificarían unos días más tarde en la unificación de las MVA y la columna Vasco-Catalana, que procedente de Cataluña ya estaba actuando en el frente de Madrid. En abril de 1937, cuando se produjo la militarización de las columnas, Sansinenea fue nombrado comandante del 2º batallón de la 40ª Brigada Mixta en substitución de Ortega, nombrado a su vez jefe de la misma brigada. Dicho batallón, acabó al final siendo el refugio de los restos de las ya viejas y mermadas MVA, y Sansinenea volvería a reaparecer en Cataluña en el momento mismo en que se inició la creación del llamado Batallón Alpino Pirenáico En el frente.- El 10 de octubre, las dos primeras compañías de combatientes vascos, pertenecientes a las MVA, partieron en dirección al frente de Navalcarnero, unos de los puntos más peligrosos de la defensa de Madrid, donde tuvieron que emplearse a fondo durante los combates que se produjeron el día 26 de octubre de 1936. A aquel combate, siguieron unos días de relativa calma, hasta que finalmente se vieron obligadas a tener que replegarse el día 1 de noviembre, primero a Sevilla la Nueva y más tarde a Brunete, continuado en su retirada hasta Villaviciosa de Odón y Boadilla del Monte, donde tomaron posiciones firmes al atrincherarse el 6 de noviembre. La resistencia de las MVA en aquel último lugar fue tan heroica, y con un coste tan elevado en bajas, que el sitio fue rebautizado por los republicanos como Boadilla de Euzkadi. El sector en que tuvieron lugar aquellos combates estaba al cargo del teniente coronel Barceló, que había asumido el control de la antigua columna de López Tienda Libertad, tras la muerte violenta de su jefe el 25 de octubre anterior. A primeros de noviembre, las MVA fueron agregadas a la XII columna, más conocida como columna Brunete. Cuando se estabilizó el frente de Madrid, se les destinó como acuartelamiento el Cuartel de la Montaña, pero al ser destruido dicho recinto, a causa de los feroces bombardeos nacionales, fueron reinstalados en un edificio de la calle Atocha y posteriormente en los locales del frontón Jai Lai de la capital madrileña. La Vasco-Catalana.- El 4 de septiembre de 1936, como consecuencia de la caída de Irún en manos de los sublevados, muchos de los defensores de aquella plaza pasaron a Francia tras cruzar la frontera del Bidasoa, y atravesando Francia, se reintegraron a la lucha al volver unos días más tarde a la España republicana, entrando una gran parte de ellos por Cataluña, vía Toulouse y Burdeos. Una vez en Barcelona, una parte de ellos se dispersó y el resto decidió alistarse voluntariamente en el cuartel Carlos Marx, antiguo acuartelamiento de Infantería ubicado detrás del parque de la Ciudadela, del que ugetistas y socialistas se habían encautado tras la victoria sobre los militares sublevados en el mes de julio anterior. El elevado número de los mismos permitió que se creara con ellos el autodenominado Batallón Vasco, compuesto por las Compañías Bala Roja, MAOC de Guipúzcoa y Guipúzcoa Roja. Poco después el Batallón acabó integrándose en la columna Ramón Casanellas, que junto a las columnas Jaume Graells y la Ilya Ehrenburg, cuyo grueso estaba formado básicamente por fuerzas catalanas del PSUC-UGT, fueron destinadas a combatir, dada la gravedad del momento, en el frente de Madrid. La reunificación.- Muchos de aquellos combatientes, algunos de ellos recién llegados a Barcelona tras la fallida expedición republicana del capitán Alberto Bayo a Mallorca, pasaron también a formar parte de otra gran unidad denominada columna Libertad, al mando del capitán de Ingenieros Rafael López Tienda que contó con Virgilio Llanos como comisario político. Dicha columna viajó primero a Valencia, y desde allí hasta Aranjuez, siendo finalmente destinada al sector de Escalona el día 7 de septiembre. A mediados de aquel mismo mes, la columna Vasco-Catalana, entró en combate en los sectores de Aldea de Fresno y Pelayo de la Presa, destacando en una acción que tuvo lugar cerca de Chapinería cuando fue copada una fuerza enemiga que había tratado de cortar la carretera de Ávila. Replegada a Brunete para descansar y reorganizarse fue visitada, poco antes de su muerte, por López Tienda, que les felicitó por su valiente y heroico comportamiento. En Brunete, vascos y catalanes, tuvieron que separarse definitivamente. El motivo fue, tal como se verá más adelante, las gestiones emprendidas tiempo atrás por el ministro vasco Manuel Irujo y por Sansinenea. De esta forma, los vascos fueron trasladados de inmediato al sector de Sevilla la Nueva y desde allí a Navalcarnero, donde estaban establecidas las MVA madrileñas, con las cuales se unificaron. La Vasco-Catalana contaba en aquel momento con unos escasos 600 combatientes. Por el contrario, sus compañeros, los catalanes de la columna Ramón Casanellas, que el 24 de octubre estaban de guarnición en Sevilla la Nueva, a su vez, fueron destinados al sector de Ocaña al mando de teniente coronel Blanco Valdés. Esta unificación de los vascos no fue fruto de la casualidad sino de las gestiones del ministro sin cartera el vasco Manuel Irujo. Éste, en tres ocasiones, desde finales de octubre a principios de noviembre, había cursado las pertinentes peticiones a Indalecio Prieto a la sazón ministro de Marina y Aire, apremiándole a la misma. A partir de entonces, unificadas las MVA con la antigua Vasco-Catalana, correrían juntas la misma suerte, siendo su siguiente escenario de lucha el madrileño Parque del Oeste, y una vez estabilizado el frente, el sector de la Ciudad Universitaria donde permanecerían atrincherados hasta la conclusión de la guerra. La 40ª Brigada Mixta.- Herido gravemente el día 20 de noviembre Alzugaray, jefe efectivo de las MVA, en el sector de la Ciudad Universitaria, fue substituido en el mando por el ya teniente coronel Ortega. Este último ya había participado al frente de ellas durante los sangrientos combates de Boadilla del Monte, siendo destinado un poco más tarde, junto con sus hombres, a la defensa de la Ciudad Universitaria, donde se hizo cargo del tramo situado entre la Facultad de Medicina y Parque del Oeste. El 26 de noviembre, su unidad pasó a formar parte de la llamada brigada “Y”, asignándosele como nuevo objetivo la defensa del sector comprendido entre el Clínico y el paseo de Moret. A finales de diciembre, y dentro de la reorganización del Ejército Popular, la brigada “Y” pasó a convertirse en la 40ª Brigada Mixta al mando de Ortega, unidad que quedó adscrita a la 7ª División. A partir de aquel momento, de nada sirvieron las gestiones personales de Irujo, o las numerosas quejas, tanto verbales como escritas, ante la pérdida de su identidad nacional, protagonizadas por parte de los antiguos miembros de las MVA, que llegaron incluso a pedir el amparo del presidente vasco Aguirre, ya que las veteranas MVA, de las que apenas quedaban 300 hombres, acabaron denominándose pura y simplemente 2º batallón de la 40ª BM, que al mando de Sansinenea quedaron así diluidas y desdibujadas dentro de aquella unidad hasta el final de la guerra. Uno de aquellos últimos intentos encaminados a reforzar aquella unidad, intentado a la par devolverle su carácter nacionalista, dado el número tan reducido de combatientes efectivos a causa de las bajas, estuvo, como no, a cargo del inefable Irujo –“después de Dios mi paisano”-. La gestión tuvo lugar en octubre de 1936, con el inicio de unas extrañas y antinaturales negociaciones, nada más y nada menos, que con el Sindicato de la Alimentación de Valencia, afecto a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). De este modo, el generoso ofrecimiento de la CNT valenciana de varias centurias, con las cuales se tenía pensado reforzar las ya magras MVA, no cayó en saco roto, y tras unos tiras y aflojas el pacto fue informado favorablemente por Irujo, al que respaldarían el 4 de diciembre, de forma oficial, los propios mandos de las MVA. La extraña y forzada decisión de estos últimos, debió obedecer a la alarmante escasez de voluntarios netamente vascos, o condicionados ante la progresiva disminución por bajas de sus plantillas. Pero por motivos que se desconocen, los cenetistas nunca llegaron a Madrid, incumpliéndose así aquel pacto. El Batallón Alpino Pirenaico.- La caída del Norte en manos nacionales en octubre de 1937, propició que el grueso de los combatientes evadidos de Asturias acabara afincados en Barcelona. Una vez en la Ciudad Condal, se les propuso tres posibles destinos; el Batallón Alpino Pirenaico, las fuerzas antiaéreas o los Carabineros del Mar. Los que optaron por la primera opción fueron inmediatamente destinados al cuartel Carlos Marx que desde la caída de Irún venía a acoger a la mayor parte de aquellos fugitivos. En aquel acuartelamiento se había constituido el llamado Batallón Alpino al mando del mayor José Cosgaya, un antiguo funcionario de los ferrocarriles de Alsasua, natural de Oyarzun, que a su vez contaba, como ayudante, con el capitán Martín Soler, natural de Pamplona, y como comisario político a José Alfaro Zabalegui, otro navarro. En los inicios de la formación de dicha nueva unidad había participado, con el grado de teniente, nuestro ya conocido cantante vasco Sansinenea, reuniéndose en ella no sólo vascos sino también asturianos o santanderinos. En ella había también una notable presencia catalana, compuesta básicamente por antiguos miembros procedentes del Regiment nº 1 de Catalunya, y muy en particular de su mitificada Compañía de Esquí, que habían solicitado su traslado voluntario a dicha unidad. Un tiempo mas tarde, dentro del mismo Batallón se formaría una compañía de esquiadores que, como no, acabaría compuesta en su mayoría por antiguos miembros de la anterior compañía de esquí procedente del Regiment nº 1, más conocido por los Pirenaicos, o por el castizo nombre de “las margaritas de Companys”, dado que su anterior distintivo había sido la popular flor alpina, la edelwei, unidad disuelta de hecho en Aragón en mayo de 1937. Al mando de los esquiadores se nombró al antiguo oficial de la fenecida compañía catalana de esquí, en este caso al capitán Carlos Balaguer, y el equipo médico, bajo el mando del doctor Más Meya, vino a resultar ser el mismo de los antiguos Pirenaicos. En febrero de 1938, la unidad fue destinada primero a Barbastro y más tarde a Barruenga una población muy próxima a Huesca, lugar del que tuvo que replegarse hasta Benasque, prácticamente a la carrera y sin pegar un sólo tiro, al producirse en el mes de marzo siguiente el hundimiento del Ejercito del Este, pasando así la muga por Bagnères de Luchon. A su retorno a Cataluña, fue destinada en primer lugar a Gerona para cubrir las bajas, y de allí reexpedida a la Vall de Aran, donde le cogerá el final de la guerra en Cataluña. Al repasar de nuevo la frontera por Saint Giron, sus componentes serán internados en el campo de Argelés. La 142ª Brigada Mixta, la Vasco-Pirenaica.- Varios factores fueron determinantes a la hora de la formación de la 142ª Brigada Mixta, popularmente conocida como la Vasco-Pirenaica. El primero de ellos fue la llamada a filas por parte del gobierno central de cinco quintas y la formación de las primeras brigadas regulares del llamado Ejército de la República. Otro de ellos, fue el ambiente de simpatía con que contaban de por sí los nacionalistas vascos en Cataluña. De este modo, y aunque el proyecto de creación de aquella unidad concreta se venía arrastrando desde octubre de 1936, no sería hasta mediados de marzo del año siguiente en que no comenzó a tomar forma efectiva. Fue por ello, que sus primitivos objetivos se fueron modificando poco a poco, siempre en función de la propia marcha de la guerra. El apoyo por parte de la Generalitat de Cataluña a los exiliados vascos, propició también una estrecha colaboración con las delegaciones del País Vasco, tanto con la situada en Madrid como la de Barcelona. De hecho, de esta última fue de donde partió la idea original de su formación que contaba, no solo con el apoyo de la Generalitat, sino también con el del propio Manuel Irujo. Por lo mismo, en principio, se contó para embrión de la misma con los guardias de ambas delegaciones y posteriormente con los movilizados que se fueran presentando voluntarios. La unidad debería ser mixta, pero a su vez concebida como una unidad netamente de montaña, y la Generalitat tenía pensado incluir en ella a los miembros de los batallones pirenaicos formados por nacionalistas catalanes con el nombre de Regiment Pirinenc de Catalunya nº 1, cuya misión en aquellas fechas era el realizar un hipotético despliegue por el Pirineo catalán, en un intento pensado para acabar con la hegemonía de la CNT en la zona de la Cerdaña y en particular en Puigcerda. La formación.- Para jefe de aquella brigada en formación fue asignado el teniente coronel José García Miranda, un entusiasta de la causa vasca, que contaba con Emilio Salvatierra como comisario, un antiguo concejal republicano del ayuntamiento de Iruña (Pamplona), y con un antiguo sargento del tercio, García de Belaunde, convertido ahora en capitán ayudante. Estos dos últimos eran los jefes de la Guardia de la delegación vasca en Barcelona. Los primeros contactos serios encaminados a su creación se iniciaron a mediados de marzo de 1937. Fruto de ellos fue el envío desde Madrid de casi un centenar de jóvenes vascos que fueron destinados a Pins del Valles, y con los cuales se inició la formación del que sería el 1º Batallón, así como de la Compañía de Zapadores, a los cuales, más tarde, se fueron añadiendo más vascos procedentes de los más diversos destinos. La unidad, que debería contar sobre el papel con 5 Batallones, tuvo enormes problemas a la hora de completar sus plantillas. De esta manera, su 2º Batallón se convirtió al final en reducto y refugio, no de vascos, sino de muchos de los antiguos miembros del Regiment Pirinenc nº 1 de Catalunya, la gran mayoría de ellos nacionalistas catalanes, y cuyos oficiales procedían de Estat Català o del grupo radical Nosaltres Sols. Todo ello consecuencia en buena medida de la anterior peripecia vivida por aquella unidad, durante su breve estancia en el frente del Alto Aragón. Peripecia que se inició a la conclusión de los Hechos de Mayo barceloneses de 1937, y que permitieron al gobierno de la República recobrar su papel en Cataluña. Concluidos estos, los restos del Regimiento Pirenaico que todavía estaban de servicio en el norte de Cataluña, grupos sueltos y la compañía del Mar, fueron fulminantemente retirados, pasando a reagruparse con el batallón núm. 1 de guarnición en Barcelona. Lugar desde donde fueron reexpedidos para cubrir el frente pirenaico aragonés, más exactamente el sector de Jaca. Sitio donde ya estaba destinado, desde el mes de marzo anterior, su 2º Batallón de raquetas. Al decretarse la militarización del ejercito de la República, el Regimiento Pirenaico, situado en Aragón, fue oficialmente disuelto y diluido entre la 72 y 102 Brigada Mixta, pertenecientes ambas a la 43ª División. Medida que vino motivada por la desconfianza del Estado Mayor central, dado el fuerte espíritu nacionalista de la mayoría de sus miembros. Muchos de ellos, especialmente los de su Compañía de Esquí, en total desacuerdo con la disolución de su unidad, y tras pensarse su posible paso definitivo a Francia, con armas y en formación de combate, con el fin de solicitar allí asilo político, pidieron de manera individual su traslado al Alpino Pirenaico, o a la Vasco-Pirenaica, circunstancia que permitió cubrir en la última unidad la casi totalidad de la plantilla de su 2º Batallón. En el frente de Aragón.- En septiembre de 1937, la Vasco-Pirenaica fue destinada por el Estado Mayor al frente de Aragón, a pesar de que todavía no estaba completa su plantilla o de que se encontraba sin armar. El motivo fue la ofensiva desencadenada por Ejército del Este republicano sobre Zaragoza, lo que obligó a su marcha al ser destinada como fuerza de reserva en dicha operación. De esta forma, el Batallón número 1, compuesto indistintamente por vascos y milicianos procedentes de Irún, fue destinado al sector de Bujaraloz. Por su parte, el 2º Batallón, formado con los nacionalistas catalanes, junto con las oficinas del Estado Mayor de la unidad y los servicios auxiliares, fijaron sus reales en la ciudad de Caspe, capital provisional del Aragón republicano. Un mes más tarde, a fines de octubre, y habiéndose dado por concluida la ofensiva republicana, la unidad, que continuaba todavía sin armar, fue nuevamente reubicada, siendo destinada una parte a Pertusa y el resto a Castejón, lugares donde se les asignaron misiones de atrincheramiento y fortificación. Circunstancia que les hizo ganarse, eufemisticamente, el sobrenombre de la “brigada Juan Simón”, haciendo el calificativo razón a una copla muy popular en aquella época, referida a la hija de un pobre enterrador. Al final de aquel mismo año la situación de los vascos se hizo insostenible, ya que veían como poco a poco sus mandos originarios, viejos militantes nacionalistas, eran substituidos por otros adictos totalmente al PCE. Hecho que provocó el envío masivo a Barcelona de una serie de sucesivos informes, colectivos e individuales, donde se quejaban amargamente de esta nueva circunstancia, tras la que intuían que con aquella medida política lo que se pretendía era dar al traste con su hecho hasta entonces diferencial. Huesca.- Pero lo único que cambió, con independencia de las visitas de compromiso de varias autoridades vascas interesadas por aquel problema, fue que la unidad por fin fue armada, pero eso sí, con unos viejos e inútiles fusiles procedentes de la Guerra del Chaco. Paralelamente, la unidad fue destinada a la segunda línea del cerco de Huesca, situándose su Cuartel General en Lalueza, donde recibiría como refuerzo a dos compañías de vascos, procedentes estos de los huidos a Francia tras la caída del Norte. En la lucha política entablada por el dominio de la unidad, entre vascos nacionalistas y el PCE, sería este último el que finalmente consiguió llevarse el gato al agua. La incorporación a la brigada de dos batallones de la 140ª, provocó prácticamente la perdida de identidad de la unidad. Prueba de ello fue que los vascos del Primer Batallón fueron dispersados entre la masa de los nuevos combatientes, mientras que los mandos fueron ocupados por antiguos jefes y comisarios de la 129ª BM, básicamente todos ellos comunistas. Pero lo que barrió definitivamente el sentimiento vasco de aquellos hombres, fue la obligación de tener que arrancarse la insignia de la ikurriña que lucían como distintivo en sus chaquetones, al ser esta prohibida de acuerdo con las nuevas ordenanzas militares. De esta forma desapareció la Brigada Vasca, que a partir de entonces fue conocida y reconocida como la 142 brigada, de la 32 División, perteneciente al XI Cuerpo de Ejercito. Lo que ignoraban sus antiguos componentes era que todavía les quedaba un largo y doloroso calvario hasta su retirada definitiva a Francia, por el puerto de Molló, el 13 de febrero de 1939. Bibliografía básica:
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