S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores

Memoria Introducción Carteles Fuerzas Personajes Imágenes Bibliografía Relatos Victimas Textos Prensa Colaboraciones

El Ejército Popular

Enlaces

Alfambra [1]

Antonio Gascón Ricao

 

La caída de Teruel, a principios de enero de 1938, en manos del Ejército Popular de la República, que por vez primera en el trascurso de la guerra civil había conquistado una capital de provincia, en principio, no pareció inquietar en demasía al mal llamado bando nacional.

Pues, al contrario, en lugar de iniciar el ejercito franquista un ataque directo para reconquistar dicha ciudad, se aprestó a realizar una amplia maniobra diseñada con el único fin de destruir el mayor número posible de fuerzas enemigas, o con el fin último de minar su moral. Hecho este que resultó, vistos los resultados posteriores para desgracia y en detrimento del Ejército Popular de la República.

Con aquel fin, en un espacio de apenas 60 kilómetros, los nacionales acumularon once divisiones de infantería y una de caballería, además, de una masa de artillería compuesta por 98 baterías de todos los calibres, incluida la artillería del C. T. V. (Comando di Truppe Voluntarie) bajo el mando del general italiano Manca, un número indeterminado de carros de combate, o de una masa de aviación hasta entonces nunca vista y de hecho muy poco estudiada en el contexto de aquella batalla.

Frente a ellos, apenas dos divisiones republicanas, en la realidad sólo una y con sólo dos de sus  primitivas brigadas mixtas (BM), aunque reforzada por dos BM más, o de forma circunstancial por alguna que otra unidad de entidad mucho más pequeña. Fuerzas que en su conjunto poco o nada pudieron hacer por paliar el desastre que les vino encima.

Aquella batalla, previa a la reconquista final de Teruel por los nacionales, duro tres días y se conoció por la del Alfambra. Los combates que tuvieron lugar, fueron en definitiva para los nacionales un simple paseo militar, pero hubo un elemento en esta batalla que la diferenció del resto de todas las disputadas durante aquella contienda civil.

En ella, por vez primera y única, se empleó a una gran unidad de Caballería, que dio la última carga en la historia de España y, además, victoriosa, aunque dicha unidad pertenecía, en su caso, caso del destino, al ejército rebelde. Detalle, que en esta ocasión, se va a tomar como simple excusa para poder explicar el desarrollo de aquella operación militar.

La 1ª División de Caballería

El núcleo inicial de la 1ª División de Caballería nacional, que participó de manera activa en la batalla del Alfambra, habría que buscarlo en los escuadrones a caballo que facilitaron el enlace entre el ejército expedicionario rebelde que avanzó desde Sevilla o en el Ejército del Norte, en el Puerto del Pico, durante los primeros meses de la guerra. Posteriormente, a aquellos mismos jinetes se les asignó la protección del flanco derecho de las fuerzas nacionales que impetuosas avanzaban sobre el Madrid republicano.

A aquellos mismos jinetes se debe la ocupación de los Ángeles y el mantenimiento de un amplio frente sin ocupar y que abarcaba desde Villaverde a La Cuesta de la Reina y de ésta a Toledo. Participaron también en la batalla del Jarama o en la defensa del Pingarrón, donde algunos de sus escuadrones sucumbieron bajo las órdenes del comandante Zamalloa, o tomando parte en el verano y el otoño de 1937 en diversas misiones de tipo defensivo, cubriendo extensas zonas gracias a sus particulares características.

A mediados de diciembre de aquel mismo año, Franco reunió dichas fuerzas en la denominada 1ª División de Caballería, unidad puesta bajo el mando del general de brigada de Caballería José Monasterio Ituarte, jefe a su vez de las Milicias de Falange Española Tradicionalista, asignándosele la misión, junto con otras unidades convencionales, de vigilancia sobre el alto Tajo.

La creación de aquella nueva unidad obedeció pues a su prevista actuación encaminada a la protección de los flancos de las columnas que avanzaban sobre el cercado Madrid. Pero el ataque republicano a Teruel, en los finales de 1937, varió aquellos planes nacionales, y por ello dicha unidad recibió la orden de traslado a aquel nuevo y distinto teatro de operaciones.

  En aquellos momentos la 1ª División estaba formada por 3 brigadas, numerados sus regimientos del 1 al 6. Contaba, asimismo, con dos grupos de artillería del 75 y del 105 con 5 baterías, Ingenieros, Intendencia, Grupo de transporte a lomo, Grupo de carros catalanes, Sanidad, Veterinaria y las Planas Mayores, con un total aproximado de unos 3.000 hombres.

A la par, cada regimiento estaba compuesto por 2 escuadrones de sables y un escuadrón de ametralladoras, con unos efectivos de 500 hombres cada uno. Así de los 29 escuadrones con los que contaba la división, 23 eran de sables y 6 de ametralladoras.

La ofensiva de Singra

El día 25 de enero, las tropas nacionales tenían previsto su avance sobre Teruel, pero anticipándose a aquella ofensiva, las fuerzas republicanas trataron de romper el frente. El eje de la operación republicana se centró sobre los pueblos de Bueña y Singra, intentando ocupar la carretera y la vía férrea Teruel-Calamocha-Zaragoza, por las que se abastecían los nacionales. Los días 27, 28 y 29 se desarrollaron violentos combates en los que las fuerzas gubernamentales se lanzaron al ataque desde Sierra Palomera.

La División 27 republicana (Del Barrio), reforzada por una brigada mixta y una compañía de carros, fueron los protagonistas de lo que fue la última iniciativa de la República en el sector de Teruel. Pero la desafortunada deserción de entre las filas gubernamentales de un médico había puesto sobre aviso a los nacionales, que situaron 3 batallones de la división Barrón al pie de Singra. Este hecho, junto con la descoordinación que existió, según un informe posterior del comisariado, entre la infantería republicana y los carros, unido a la eficaz actuación de la aviación nacional, que batió con precisión los dos kilómetros de llano existente entre la Sierra Palomera y Singra, fue la causa final del fracaso republicano.

El día 29, último de la ofensiva republicana, los grupos de aviones rebeldes, marca Fiat, 2-G-3 y 3-G-3 consiguieron inutilizar a 6 tanques republicanos. El único objetivo conseguido por parte republicana tras aquella ofensiva fue poder cortar temporalmente con tiro de fusilería un largo tramo de la carretera del valle del Jiloca, el comprendido entre Villarquemado y Calamocha.

A pesar del fracaso republicano, el mismo día 29 la 27 División recibió la felicitación de Hernández Saravia  jefe del XIII C. de E., unidad a la había estado agregada, quien la calificaba “de honra de este cuerpo de ejército aunque haya sido accidental su pertenencia a él”.

A causa de ello, y ante el peligro que nacía en la Sierra Palomera, el mando nacional decidió adelantar sus posiciones de norte a sur, es decir, entre Vivel del Río y Teruel, buscando el apoyarse en el curso del río Alfambra. La operación una vez planeada, fue suspendida momentáneamente al ser precisa la presencia del general Franco en Burgos, donde iba a tener lugar la formación del primer gobierno nacional que tuvo efecto el 30 de enero. A su regreso, Franco decidió poner en marcha la operación que dio lugar a la batalla del Alfambra.

Para ello, los nacionales situaron al norte del frente al Cuerpo de Ejército Marroquí, al mando del general Yagüe, compuesto por las divisiones 1ª y 4ª de Navarra y la 82, situada la 1ª en el centro del dispositivo que tendría que desarrollar la misión principal, con el objetivo de conquistar Rillo, Perales de Alfambra y Alfambra. Divisiones mandadas respectivamente por los coroneles García Valiño, según otros autores Mizian, Camilo Alonso Vega y Delgado Serrano, quedando de reserva y como guarda flancos dos divisiones más, la 108 y la 105.

Al sur, al mando del también general Aranda, se concretaron las divisiones 83, 84 y 13, flanqueadas al norte por la 85 y al sur por la 150; mandadas respectivamente por el general Martín Alonso, coronel Galera, coronel Barrón, desconocido, coronel Muñoz Grande. Unidades denominadas para aquella misión como Cuerpo de Ejército de Galicia, y que tenían como objetivo el avanzar desde Villarquemado-Celadas y con la misión final de alcanzar, en el centro de aquel teatro operativo, el pueblo de Alfambra.

Por el Centro, y como destacamento de enlace (Agrupación de Enlace), se creó la llamada Agrupación Monasterio, formada en su caso por la 5ª División de Navarra de Infantería y la 1ª División de Caballería, al mando respectivo del coronel Sánchez González y del general Monasterio.

Su misión será la limpieza de las posibles bolsas que previsiblemente se podrían crear y, a su vez, la protección de los flancos libres de las otras dos agrupaciones principales, caso de que aquella circunstancia se diera. Con posterioridad su objetivo sería el fijar el centro del avance.

Mientras que por su parte, las unidades republicanas situadas en aquel mismo sector, de norte a sur, estaban reducidas a la División 42 (Julio Michelena). Unidad que en la práctica cubría de hecho casi todo aquel frente al estar desplegada desde casi  Portalrubio, situado al norte, hasta Celadas muy al sur.

A su vez, la 42 División estaba formada por sus primitivas brigadas la 59 (López Neira) y la 61 (Bernabé), pues tras el fracaso de las operaciones en Albarracín, donde tomó parte en junio-julio de 1937, su tercera Brigada original, la 60, había pasado a la reserva general del Ejército, y por ello se le añadió la 151 (García Gamboa), en realidad una unidad de Infantería de Marina, o se le agregará a última hora la 82 (García López), procedente esta de la 40 División.  

Cubriendo el flanco inferior de la 42 División, frente a Celadas, estaba la 66 División republicana. En retaguardia del dispositivo y teóricamente de reserva estaba detrás del pueblo de Alfambra, y por lo tanto lejana, la 39 División y una simple brigada de la 19 División, y más atrás aún todavía la 52 División, supuestamente en disposición de intervenir.

En lo que hace a las brigadas de la 42 División, la 61 BM, reforzada con un Batallón de Ametralladoras que no le era propio, pues no poseía, se encontraba desplegada al norte del dispositivo, en primera línea, donde enlazaba por su parte derecha con el batallón 525 de la 132 BM, perteneciente a su vez a la 30 División, de hecho la única unidad de dicha división que participará en la batalla, unidades que cubrían desde Portalrubio hasta Vivel del Río.

Al sur, pero alargándose desde el norte, la 61 BM enlazaba por su izquierda con la 151 Brigada perteneciente a la misma división, mientras que esta ocupaba hasta Sierra Palomera en el centro del frente. Al sur de ella, la 151 BM enlazaba a su vez con la 59 BM y esta a su vez con la 66 División (Bravo), formada por las brigadas 212, 213 y 214, unidades que apenas entraran en combate.

De esta forma, a retaguardia del sector donde van a tener lugar los combates, quedaba solo en reserva la brigada 82 perteneciente a la 42 División, puesto que sus otras tres brigadas estaban situadas en primera línea de fuego.

En medio de la nada, pero que colaboran con la 59 BM, ocupando en su momento posiciones en el Cerro Rondal, había dos batallones de reclutas recién incorporados a la 74 BM de la 19 División procedentes del VIII C. de E. de Extremadura, aunque la verdad fue que chaquetearon de la manera más patética al caerles encima las primeras granizadas de la artillería franquista.

El porqué se dio la derrota gubernamental en esta batalla nos lo explicará posteriormente Enrique Líster Forján, afirmando que una de las causas fue el no haber destinado a la ofensiva unas fuerzas de mayor calidad combativa, o que la distribución de las fuerzas republicanas empleadas no fue la correcta, “pues la masa principal fue dedicada a reducir la resistencia enemiga en Teruel”, factores muy fáciles de analizar después de producirse la derrota

Unido a ello, además, estuvo el fatal desconcierto, por no decir el despiste, sufrido por la información republicana, que detectó importantes movimientos de fuerzas enemigas pero sin valorarlos en su importancia real. Un hecho que indujo al mando leal a llegar, incluso, a conceder permiso a la tropa, por otra parte más que merecido después de los agotadores combates de Teruel, y cuando era más que previsible un futuro y próximo contraataque franquista.

Y como culminación de aquellos desaciertos, un día antes de la ofensiva nacional, y cuando miembros de la 4ª de Navarra rebelde, concretamente del Regimiento San Quintín, se pasaron a las filas republicanas por el sector de la 61 BM informando puntualmente de la inminente ofensiva, pero cuando se intentó alertar de ello, era ya medianoche, al  XIII C. de E. republicano, vino a resultar que el teletipo del puesto de mando estaba desconectado.

La ofensiva y la aviación

A las primeras horas, 9.30, y con dos horas de retraso dada que la visibilidad era escasa, del día 5 de febrero de 1938, los rebeldes iniciaron un fuerte bombardeo de artillería y aviación sobre los cuatro puntos de partida. De norte a sur eran: Vivel del Río-Portalrubio, sector del C. de E. Marroquí con 42 baterías; Rubielos de la Cerida, sector de la Agrupación de Enlace con 11 baterías, y Celadas, sector del C. de E. de Galicia con 56 baterías, a las que se unirán 8 baterías más de gran calibre que batieron todo el frente.    

 Desde el aire los JU-52 (Junkers) de los grupos 1-G-22 y 2-G-22 (Gallarza) con más de 40 aparatos de la Brigada Aérea Hispania que unidos a los Me-109 (Messerchmidt) del Grupo J/88 y los tres primeros Ju-87 (Stuka) de la Legión Cóndor demostraron su precisión e intensidad de fuego. A media mañana, desaparecidas las primeras fortificaciones republicanas, que fueron reducidas a escombros, se inició el asalto por parte de las fuerzas de choque.

El factor más importante y decisivo de la batalla lo jugó sin duda alguna la aviación nacional. Así, los grupos 1-G-2 de He-51 (Heinkel) colaboraron en la toma de Argente el día 6, y lucharon contra los tanques republicanos al día siguiente. El Grupo 6-G-15 de He-45 visionaron el asalto de Argente el día 6 y junto a ellos los Fiat de la 2-G-3 que lucharon contra los carros republicanos que se dirigían a proteger Visiedo, sin olvidar el Grupo de Fiat 3-G-3 en misión de patrulla y ametrallamiento, amén de los Jurkers, aparatos de bombardeo, de González Gallarza.

Estos últimos, aquel día 6, en el que ostentaron el récord de la batalla al lanzar 150 toneladas de carga en un solo día, fueron también protagonistas de un error a causa de la poca visibilidad. Este incidente pudo revestir aún más gravedad, ya que, al soltar su carga los Ju-52, y dada la fuerte concentración de nubes bajas, no se apercibieron que bajo ellos estaba operando simultáneamente una escuadrilla propia de He-45 de la 6-G-15, a la siluetearon las bombas en su caída sin más incidentes que el susto ante lo sorpresivo del ataque propio.

 Primer día de ofensiva 

 El día 5 de febrero, como ya estaba previsto, en el centro sólo actuó la 5ª División tras cesar el bombardeo, mientras que por su parte la caballería permaneció inactiva  durante toda la jornada. El asalto de la infantería nacional abrió un profundo corredor de más de 15 kilómetros en las posiciones de la 151 B. M. republicana. Por él galoparán al día siguiente los jinetes del general Monasterio.

 Esta maniobra debió obligar a los republicanos a tener que  taponar la brecha. Así es muy posible que en un intento por oponerse al avance al día siguiente de los escuadrones del general Monasterio en la zona Lidón-Argente-Visiedo, participaran algunas fuerzas de la 22 BM de la 39 División que se encontraban en aquel sector rehaciéndose después de haber intervenido en los frentes turolenses a todo lo largo del mes de enero. Si fue así, no quedó constancia alguna.

 De creer ahora en las fuentes nacionales, el éxito de aquella maniobra en general fue fulminante. De esta forma, por el norte el Cuerpo de Ejército Marroquí de Yagüe atacó  cortando por medio la línea de enlace de las Brigadas 132 y 61, y esta última, al temer quedar envuelta por la maniobra, huyó a la desbandada abriendo así el camino a los nacionales que  aquella jornada ocuparon al norte Pancrudo y más tarde Rillo. 

 La 27ª División republicana de Del Barrio, situada más al norte del lugar del ataque principal, estaba en la retaguardia reponiéndose después del grave quebranto sufrido hacía escasamente una semana en Singra y prácticamente no intervino en la lucha, con dos de sus BM la 122 y 123, situadas a retaguardia y cubierto su frente por la 30 División.

 A pesar de ello, también es muy probable que forma impensada intervinieran al día siguiente dos batallones de la 124 BM perteneciente a la 27 División, que al igual de lo sucedido con las fuerzas de la 29 División, se encontraban reponiéndose en la zona formada por el triangulo de Argente-Lidón-Visiedo. Zona en la que también se encontraba descansando la escasa artillería con que contaba la 27 División, cuyas piezas se intentaron retirar precipitadamente a las pocas horas de iniciarse el ataque nacional.  

 Aquel mismo día 5, pero al sur, las fuerzas de Aranda, partiendo de Celadas barrió las primeras líneas defensivas republicanas, apuntado su ataque en dirección a Alfambra

Un hecho cierto es que un Batallón de la 212 BM perteneciente de la 66 División, unidad que cubría el sur del dispositivo republicano, enlazando con las fuerzas de la 42 División que fue la que se llevó la peor parte, y que se encontraba a la izquierda de la 59 BM, lugar por donde habían entrado las tropas de Aranda, fue enviado en ayuda de la 59, pero estas fuerzas o bien fueron enviadas a un lugar equivocado, o bien se extraviaron, optando al final por retirarse hasta Peralejos, lugar situado al otro lado del río Alfambra. 

Continúa la ofensiva

A las 8 de la mañana del día 6 comienzan a llegar los jinetes de la 1ª División de Caballería nacional al mando de Monasterio a la zona de Hondo del Más, lugar desde donde deben iniciar su  ataque por el centro. A las 8.30 estaba en línea la 2ª Brigada. A las 9 horas llegaron los miembros de la 1ª Brigada, situándose al noroeste del Hondo del Más, y por último a las 9.30 la 3ª Brigada quedó formada al oeste.

 La mañana apareció cubierta por una espesa niebla, que retrasó en principio las operaciones. El primer Regimiento de la 1ª Brigada fue destinado íntegro a la 5ª División, y con ella operará hasta el final de la guerra, pero en aquel día concreto colaboraron en la ocupación de Aguatón, reconociendo los pasos de la Sierra, haciendo 10 prisioneros y ocupando diverso material.

 Aquel mismo día, pero en el norte, las tropas de Yagüe lograron alcanzan al final de la jornada Perales de Alfambra, lo que pilló a contra píe a los republicanos, que retirados de sus posiciones avanzadas a la carrera, estaban situados más o menos en el saliente Argente-Visedo, orientado de oeste a este, donde se acumulaban los propios combatientes y parte de las fuerzas que allí estaban hasta hacía dos días de descanso. Posición esta ya en peligro al quedar casi a retaguardia de las tropas marroquíes de Yagüe. 

 El día 7 se dio a la Caballería la orden de reconocer el llano existente entre la Sierra Palomera y la carretera de Zaragoza. En cumplimiento de la misión, su tercer escuadrón de Numancia se aproximó al pueblo de Singra, en la retaguardia nacional. El resto del Regimiento atravesó la sierra por el túnel de Aguatón y tras reconocer una zona de 10 kilómetros de profundidad, cooperó con 4 batallones de la 5ª División cogiendo de  revés un campo atrincherado enemigo. El balance, según fuentes franquistas, 1.600 prisioneros y numeroso armamento.

 Con ello no solamente quedaba abierto un amplio corredor para la actuación del resto de la División de Caballería, sino que quedaba suprimido cualquier posible peligro sobre su ala derecha.

 Para el ataque la división se articuló en dos escalones. El primero compuesto por las brigadas 1ª y 2ª, menos el 1.er Regimiento que operaba con la 5ª División. En el segundo escalón, acolada y en reserva se situó la 3ª Brigada. Al levantarse la niebla, eran ya las 11 de la mañana, se inició el movimiento. La dirección del avance, prevista en un primer momento, debía haber sido Hondo del Mas-Lidón-Visiedo-Perales de Alfambra, donde debería enlazar con las fuerzas de Yagüe.

 Pero al aparecer de manera inopinada unidades republicanas sobre la línea de Argente, en su camino de Lidón situado al norte, Monasterio, en un intento por evitar el choque frontal que le hubiera resultado desastroso, prudentemente decidió tomarlas de flanco o retaguardia, por ello ordenó envolverlas dirigiendo primero la masa principal de jinetes a su derecha hacia Argente y después hacía Visiedo, o sea, cogiendo la línea defensiva republicana a contrafuego.

 Tras la ruptura del frente el día anterior por la 5ª División nacional, los restos del 242 Batallón republicano que habían resistido el asalto de los batallones nacionales se había replegado hacia el sur en busca de la carretera de Argente. Allí se reagrupó con las fuerzas de la 82 BM que estaban atrincheradas en las alturas de la carretera Bueñas-Argente. Con la ocupación de Aguatón el día 6, todas estas fuerzas quedaron embolsadas, cayendo prisioneras, las que no consiguieron huir, al día siguiente.

 La caballería nacional, al dirigirse a Argente, se desvió así de la principal concentración de tropas enemigas del sector, aunque en realidad estas estaban totalmente desarticuladas y faltas de dirección, puesto que sobre la línea de Lidón-Argente, estaban a la defensiva restos de la 61 Brigada, 2 batallones de la 124 BM, teóricamente hasta hacía muy poco de descanso, y el batallón de reserva en Lidón probablemente, el 243 de la 61 Brigada.

 Con aquella variación en su avance, Monasterio, a la par que no arriesgaba nada en su avance desbordó la resistencia principal enemiga, sin que ésta pudiera hacer otra cosa que ver desfilar por su flanco izquierdo a la caballería en dirección hacía su retaguardia, cerrándose de este modo para los republicanos el itinerario más razonable para una posible retirada al producirse la ocupación de Argente y Visiedo por parte de la caballería.[2]

 Tras el bombardeo de Argente por los Ju-52 nacionales, en el que causaron bajas propias entre la 5ª División, prueba de lo avanzadas que estaban sus líneas, se dio la orden de asalto a la caballería. Eran las 11.30 y no hubo resistencia. A la salida del pueblo se reagruparon los jinetes, casi en orden de parada, para marchar sobre Visiedo. Desde el aire el Grupo Fiat 2-G3 al mando de Ángel Salas con 15 aparatos se había limitado a observar la operación sin tener que intervenir para nada.

 Sobre el Alfambra

Según la versión nacional, unos minutos más tarde el mismo grupo de Sálas divisó 13 tanques republicanos que, provenientes de Perales de Alfambra, se dirigían a marchas forzadas a Visiedo. Los Fiats les dieron tres pasadas, ametrallándolos, tras lo cual un carro quedo volcado fuera de la carretera y otros fueron averiados; el resto emprendió la retirada. De no haberse producido aquel combate la caballería de Monasterio hubiera sufrido numerosas pérdidas en su marcha a Visiedo.

Al reemprenderse la acción cambió el despliegue divisionario de la Caballería nacional, pasando a la cabeza el 2º Regimiento con el 4º Escuadrón de Calatrava en punta. El único punto de resistencia fue el cerro de la Ermita de Santa Bárbara, a menos de un kilómetro al suroeste de Visiedo, y éste fue batido enérgicamente por la artillería antiaérea en fuego terrestre, la popular “oto con oto”, que acabó casi radicalmente con la resistencia republicana.

Esto, unido a la eficaz actuación del “servicio de cadena”, protagonizado por los He-51 de la 1-G-2, con 7 aparatos al mando del capitán Cuadra, permitió a los jinetes ponerse a menos de 50 metros de las primeras trincheras. El ataque fue corto y rápido. Los milicianos, sin llegar a hacer fuego, se rindieron en masa.

Mientras tanto, el 4º Escuadrón de Calatrava continuó su galopada hacia Visiedo, que ya había sido abandonado por los republicanos a la vista de la caballería. Como botín se ocupó una batería del 105 Vicker íntegra, probablemente la artillería de la 27 División.

Entonces la división se abrió en abanico y mientras unas fuerzas se dirigían al norte ocupando Lidón, otras de dirigieron hacia el Sur ocupando Camañas, barriendo así el que hasta entonces había sido el principal foco de resistencia republicana. Por el centro, la 2ª Brigada se dirigió en flecha en dirección a Perales de Alfambra, persiguiendo a las desorganizadas fuerzas republicanas en retirada. Era media tarde cuando la División Monasterio alcanzó la margen derecha del Alfambra.

El final

Al día siguiente convergieron también en Perales de Alfambra las tropas de Aranda desde el sur, en lo que había sido un simple paseo militar, lugar donde ya les esperaban las de Yagüe provenientes el norte. El enlace de ambas fuerzas, con las de la 5ª División y las de la 1ª de Caballería, Agrupación Monasterio, significó de hecho la conclusión de la batalla del Alfambra.

La República perdía así 14 pueblos con más de 1000 kilómetros y, según fuentes nacionales, más de 16.000 combatientes, cifra evidentemente hinchada, pues hubiera significado el apresamiento integro de 42 División, más el resto de las unidades sueltas que andan por aquellos parajes, y todo ello en el supuesto de que sus plantillas fueran las optimas, cuestión que se dio nunca en toda la guerra sino más bien lo contrario.

En los días siguientes la División Monasterio fue la encargada de limpiar el territorio recién ocupado. Poco después la caballería volvería a su tarea habitual como fuerza de enlace entre las grandes masas de maniobra al norte y sur del Ebro. Ello no desmereció, a ojos de los nacionales, el mérito de que aquella que había sido su postrera y victoriosa carga, la última de la Caballería española como unidad.    

Conclusiones finales [3]

La Batalla del Alfambra, fue unas de las más cortas y espectaculares de toda la guerra civil española, y quizás la que más negativamente influyó en el ánimo del combatiente republicano, alcanzado así uno de los objetivos previstos por los nacionales.

Por otra parte, las tropas gubernamentales que intervinieron en ella, quedaron derrotadas moralmente sin apenas haber tenido ocasión de luchar, y aquella misma desmoralización, junto con su terror, lo contagiaron a través de sus relatos a las otras unidades con las que convivieron, y de paso a los bisoños reclutas procedentes de los últimos reemplazos llamados a filas, que si bien se procuraba recuperarlas cubriendo sus bajas con ellos, su mal era otro y este ya no tenía remedio como más adelante pudo comprobarse en el Ebro con la llamada quinta del “biberón”.

En el Alfambra los veteranos combatientes gubernamentales, además de darse cuenta de la terrible inferioridad o del desamparo en que se encontraban, en particular en todo lo que hacía a material de guerra, se dieron cuenta de algo mucho peor, y fue de lo mal mandados que se encontraban, invadiéndoles la angustia de sentirse inseguros y desamparados al verse víctimas de unas maniobras tácticas puestas en práctica por el enemigo, que a menudo les salía por su retaguardia, obligándoles a rendirse cuando ni tan siquiera habían empezado a combatir.

Aquellos intensos bombardeos artilleros y aéreos a que fue sometido el Ejército republicano, en particular los caídos sobre la propia 42  División, a los que siguió la implacable persecución por parte de los tanques, la caballería y la aviación nacional en aquella batalla, más que un sentimiento de derrota creó un tremendo pánico al ver como caían los compañeros sin poder hacer nada en absoluto, llevándolos a buscar su propia seguridad en la huída o bien en su entrega al enemigo como prisioneros.

A partir de aquella batalla, los gritos de “viene la caballería” o “estamos copados”, fueron sinónimo de alocadas desbandadas republicanas, muchas veces totalmente huérfanas de mandos, y con el único propósito de conservar simplemente la vida.

Por otra parte, detalles a banda, algún día habría que buscar cuales fueron los motivos reales que influyeron de forma tan negativa, a partir de aquel entonces, en la marcha de la guerra, aunque algunos de ellos eran, vista la experiencia del Alfambra, la propia impericia de muchos de los mandos republicanos, salvando siempre las honrosas excepciones, o la inconsciencia con que actuaron sus Estados Mayores.

Buena muestra de que no se aprendió nada, o que no se sacaron las pertinentes conclusiones tras el desastre, será la gran derrota que el Ejército Popular sufrirá unas pocas semanas más tarde, a todo lo largo y ancho del frente de Aragón, al repetirse lo del Alfambra pero a lo grande y de nuevo para desgracia de la República.


[1] Artículo publicado en Historia y Vida, número 239, febrero 1988, pp. 95-101, con el título de Alfambra 1938: La última carga, aunque lógicamente muy puesto al día.

[2] En este momento de la batalla, el general republicano recién ascendido Hernández Saravia, jefe del Ejército de Levante, solicitó a Valentín González, el Campesino, que enviara en ayuda de la agobiada  42 División a su 10 Brigada, demanda a la que González se negó, dejando así a la 42 a su suerte. Poco tiempo después, cosas de la historia, Valentín González, el Campesino, chaquetearía en Teruel, al dejar abandonada a su suerte a su propia división. 

[3] Dichas conclusiones han sido tomadas casi al pie de la letra de una carta titulada “La Batalla del Alfambra”, publicada en la revista Historia y Vida, número 247, octubre de 1988, y cuyo autor Domingo Gil Juanico, dio la replica, con toda la razón, al autor que hoy suscribe. Desde aquí, aunque tarde, gracias.