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El Ejército Popular de la República

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LA BATALLA DEL EBRO[i]

Por Antonio Gascón Ricao

 

Aunque me tiren el puente

Y  también la pasarela,

me verás pasar el Ebro

en un barquito de vela.

 

Diez mil veces que lo tiren,

diez mil veces que lo haremos.

Tenemos cabeza dura

los del cuerpo de ingenieros.

 

 En el Ebro se han hundido

las banderas italianas,

y en los puentes sólo quedan

las que son republicanas.

 

 Si me quieres escribir,

ya sabes mi paradero

en el frente de Gandesa

primera línea de fuego

(Canción Popular de la guerra civil española, (1936-1939)

   “A las 0,15 horas del día 25 de julio se ponía en acción todo el frente a que afectaba la maniobra, abordando el paso del río seis divisiones por doce puntos distintos. Centenares de barcas de todas clases se sacan cautelosamente de los escondrijos de la orilla del río, donde habían sido depositadas; los equipos que han de utilizarlas están prestos en los lugares designados. Se procede con riguroso silencio y con todo orden: primero pasarán los más audaces y los mejores jefes de las pequeñas unidades, porque ellos son la garantía de que no surja el pánico y se lleve la empresa iniciada con la mayor decisión; simultáneamente comienzan a tenderse pasarelas y puentes de vanguardia, mientras, próximas al río, dispersas y ocultas, esperan el grueso de las tropas, los tanques y la artillería, a que el primer escalón haya logrado sus objetivos, para proseguir la maniobra de paso sin solución de continuidad y con sujeción a un orden estricto” [ii]

Los motivos

Era el año 1938, tercer año de la guerra civil española, cuando se inició por parte del gobierno republicano, la que después se conocería como la batalla del Ebro. Combate que se libraría desde el 25 de julio hasta el 16 de noviembre siguiente, y donde la República española se jugó a una única carta su última baza.

Pero de tratar de ser fieles a la Historia, habría que retroceder unos pocos meses antes,  tratando con ello de comprender los motivos que llevaron al Estado Mayor Central republicano a tomar aquella decisión, diseñada por el genial Vicente Rojo, y que al final abocó al ejército leal a su último y postrero canto del cisne.

Para entender aquella operación vamos a seguir a Modesto, y tal como lo apuntó unos años más tarde en su obra “Soy del Quinto Regimiento”:

“En el orden militar, la ofensiva estaba destinada a poner fin a los reveses que veníamos sufriendo en los frentes de batalla, recuperar la iniciativa, y destruir los planes enemigos de invasión y conquista de Valencia y su región, de cuya importancia he hablado ya. Este era el objetivo estratégico de la operación”. [iii]

Modesto, resumió certero y en aquellas pocas líneas los grandes objetivos que motivaron por parte de la República el paso del Ebro, ya que tras el éxito republicano de finales de 1937 en Teruel, al iniciarse aquel año de 1938, aquel mismo éxito se vio frustrado por los nacionales en el febrero siguiente, y en los meses sucesivos la República vio retroceder casi impotente todas sus líneas en Aragón, en el Maestrazgo o en Extremadura.

Si se añade a ello, el corte de Cataluña, separada geográficamente respecto a la Zona Centro tras la llegada de los nacionales al Mediterráneo por Vinaroz, y la amenaza que representaba y cernía sobre Valencia, ahora se podrá entender la necesidad militar que sufría la República, que en un intento gigantesco pretendió con la operación en el Ebro inclinar la balanza de la guerra a su favor, no sólo en el orden bélico sino también en su aspecto internacional.

En la defensa de Valencia y Sagunto, la República había abocado las últimas tropas que se habían podido sustraer de los frentes de Madrid, de Andalucía o de Extremadura. Si estas tropas fracasaban en su misión de resistencia, Valencia y Sagunto podían darse por perdidas para su causa, puesto que la República no tenía a mano más reservas humanas.

 Por lo mismo, si se perdía la región valenciana, que era para la región Centro la base de su producción agrícola más importante, o la zona industrial más activa y a su vez el primer puerto de la región, la República no tenía motivos para tener que dar por perdida la guerra civil, pero ésta, probablemente, podría entrar en una fase decisiva y fatal para la República.

 Tras la caída de Castellón en poder de las tropas de Franco, el 14 de junio, se cernía así pues sobre Valencia y su región el peligro de ser ocupadas. Y fue entonces cuando el Estado Mayor Central decidió dar forma definitiva a la operación del Ebro. Operación con lo que se trató de dar una ayuda eficaz a los defensores de la región valenciana, al descongestionar con ella aquel frente, y a la par, de paso y de ser posible, convirtiendo dicha acción en otra de mucho mayor calado, pues de triunfar la República en aquella operación se podría envolver a todos los atacantes de Levante, obligándoles a tener que replegarse en masa.

 La acción se empezó a concebir, cuando no solo había los medios materiales o cuando la situación internacional parecía apuntar a que se podía contar en un momento determinado  recibir aun más, de producirse la más que oportuna apertura de la frontera francesa. Pero en junio, la política gala volvió a cambiar de nuevo y los Pirineos tornaron a estar cerrados al tráfico de armas, tras haberse abierto la frontera, de manera temporal, desde el 17 de marzo hasta el 12 de junio.

 La operación del Ebro

Ante aquel nuevo revés político, el en principio ambicioso proyecto del Ebro, se vio de esta forma reducido al simple pase del río, operación considerada poco menos que imposible por los especialistas de la época, y en concreto entre Fayón y Benifallet, con el que establecer una cabeza de puente en Gandesa, y dos cabezas de puente más de diversión: al norte, entre Fayón y  Maquinenza; al sur, en el sector de Amposta. 

En base a aqueja idea general, la República empezó a preparar minuciosamente la operación, que sería confiada al final al llamado Ejército del Ebro, mandado por Juan Modesto (teniente coronel de Milicias), e integrado por el V Cuerpo de Ejército, el de Líster, el XII, mandado por el teniente coronel de Milicias Etelviro Vega, y el XV, por el teniente coronel también de Milicias, Manuel Tagüeña, todos ellos miembros del Partido Comunista.

 A primeros del mes de mayo, ya se había iniciado la reestructuración de la llamada Agrupación Autónoma del Ebro, nombre que sería modificado más tarde por el conocido popularmente como Ejército del Ebro. Aquella Agrupación en principio estaba constituida  por los Cuerpos de Ejército V y XV, que de hecho guarnecían el Ebro desde la altura de Mequinenza hasta Tortosa. 

El río Ebro, contaba en aquel sector con unos 100 a 150 metros de anchura, una profundidad de hasta 5 metros, -pasaba de dos metros en los vados- y una velocidad de 1 a 2 metros por segundo, constituyendo de por si una barrera natural tras la cual se podía fortificar razonablemente las unidades republicanas.

Los reclutas que se utilizaron para completar aquellas nuevas unidades, muchas de ellas solo existían de forma ficticia sobre el papel, fueron completadas con las quintas movilizadas después de los combates de Aragón, o sea las de 1926 a 1929, hombres de unos 30 a 40 años.

Y el resto serían las provenientes de la quinta de 1941 (muchachos de 18-19 años), más conocidas por la quinta del biberón. Jóvenes reclutas sin ningún tipo de preparación tanto política como psicológica y no digamos ya militar, al haber vivido a la sombra de la retaguardia y que nada tenían que ver con los jóvenes voluntarios de la primera época de la guerra civil, concienciados y curtidos, a pesar de su juventud mucho más temprana, en la lucha política o en la defensa a ultranza de la República.

Los oficiales de aquellas unidades eran de distintas procedencias, unos de las Escuelas Populares de Guerra y el resto recuperados de los cuadros eventuales que se encargaban de recoger a los oficiales procedentes de los hospitales, de las unidades disueltas o de los llegados de Asturias.

Con independencia de ello, la República empezó a recibir armamento, las municiones o lo más imprescindible para equipar las nuevas tropas. La apertura de la frontera francesa había permitido la oportuna llegada de numerosas armas procedente de la Checoslovaquia de Benes, o procedente de Méjico.

De este modo, los nuevos fusiles ametralladores causaban admiración por su ligereza o por su acabado. El ejército ingles compró, un tiempo más tarde, la patente de los mismos, que se hicieron famosos en la Segunda Guerra Mundial, con el nombre de “Bren”. Se dotaron a las unidades de ametralladoras soviéticas “Maxim” y de algunos morteros ligeros, dotados estos de muy escasa munición.

Aunque el problema surgía con el calibre de la munición, ya que, para las armas soviéticas tenía que ser del 7,65 mm. y para las armas checas, el 7.92 mm , el calibre alemán. Seguían escaseando las armas automáticas o las de acompañamiento, y la realidad fue que se contaban con muy pocos autos o camiones para el transporte.

La preparación

La preparación sistemática, meticulosa y muy técnica, basada en una excelente información, debería ser la base para el éxito inicial. Pero si de algo podía estar orgulloso el ejército republicano era del funcionamiento de su servicio de información en todos y cada uno de sus escalones.

De esta forma, noche tras noche, silenciosos nadadores especializados, fruto de un duro entrenamiento, pasaron durante muchas noches a la orilla nacional, a la busca de los tan necesarios datos. De esta forma se consiguió el orden de combate enemigo, sus sistemas de fuego, la posición de sus reservas y emplazamiento de la artillería enemiga, el estado de los caminos y pistas, las características del terreno, las posibles líneas defensivas, las líneas de flanqueo a utilizar, las posibilidades de avances de las tropas republicanas y los posibles emplazamientos para la artillería republicana tras el paso a la orilla derecha del río.

Por parte de los ingenieros, se realizó un completo reconocimiento de la cuenca del río, comprendiendo los vados, los perfiles de fondo, los posibles puntos de paso con barcas, los lugares donde se podrían tender los necesarios puentes, los caminos de accesos a las orillas, las zonas a utilizar como sitios de concentración y de espera de las tropas, las zonas de dislocación de las unidades para estar a cubierto de los observatorios enemigos y el tan necesario escalonamiento de los servicios de suministros y evacuación.

Los artilleros por su parte, reconocieron los futuros emplazamientos de la artillería de refuerzo, poniéndose en marcha los intensos trabajos necesarios de reparación de caminos y pistas o de construcción de otras nuevas que mejorasen las comunicaciones con la orilla. A la par se procedió a la requisa de las necesarias embarcaciones por todos los pueblos de la costa catalana, o se empezó a construir con toneles, fáciles de conseguir en una región vinícola, pasaderas para la infantería.

De igual manera se pudo conocer perfectamente y con todo lujo de detalle el despliegue del enemigo, sus fortificaciones o sus guarniciones, muy alargadas todas ellas a todo lo largo de la extrema línea que defendían justo en la otra orilla del río.

Dichas fuerzas estaban conformadas en un primer lugar  por el Cuerpo de Ejército Marroquí (Yagüe), compuesto por la bisoña División 50 (al mando coronel Campos Guereta), unidad recién formada con tropas provenientes del frente de Madrid, que ocupaba desde Mequinenza a Cherta. A dicha unidad le seguía la División 105, un poco más veterana y curtida que la anterior y mandada por coronel Natalio López Bravo. Tropa nacional que se alargaba desde Cherta hasta la desembocadura del Ebro. Y por último estaba la 33 División (al mando de Barrón) la más curtida de las tres, aunque de hecho se encontraba en situación de reserva, con algunos de sus batallones destacados en la lejana Lérida.

El despliegue

El 18 de julio de 1938, el Estado Mayor republicano dio la orden a los jefes de las divisiones afectas a la operación de que empezaran a realizar reconocimientos de la zona del río que se les había asignado y por la cual les correspondería atravesar el Ebro.

El 19, Modesto les  dio orden a los mismos, de que la ofensiva comenzaría definitivamente a las 24 horas del día 23 de julio. Para ello, era preciso desplazar a las unidades y con todos los  medios a su alcance en dirección a las bases de partida.

El movimiento se realizó con todas las precauciones posibles, de noche y con los camiones y vehículos sin luces, con controles de circulación a todo lo largo de todas las vías de comunicación y en dos etapas. La primera tuvo lugar en la noche del 21 al 22 y la segunda durante la noche del 22 al 23.

La infantería republicana inició su trasladó a pie hacía las zonas que tenía de antemano señaladas. De mientras, por las carreteras, caminos o pistas de montaña, la mayor parte de ellas muy angostas y llenas de curvas o de pendientes, y en medio de la oscuridad más absoluta, eran incesante el hormigueo de camiones y coches, que a vuelta de rueda, llevaban el material a los lugares convenidos previos al desembarco.

Durante aquella operación, el enemigo de mientras dormía apaciblemente, y no se dio cuenta de nada de aquella gigantesca concentración, y ni siquiera llamó su atención el ruido de los motores de los innumerables vehículos, ruido que no se podía enmascarar y que en medio de la noche era amplificado por el eco de gargantas y desfiladeros.

La noche del 22 al 23 de julio terminó felizmente la concentración del ejército republicano en las zonas señaladas. Pero, el comienzo de la ofensiva se aplazó 24 horas más, porque faltaban todavía por incorporarse a ella parte de la artillería y además los imprescindibles medios de paso.

Cuando estos últimos llegaron, remitidos por la inspección General de Ingenieros, aquellos están compuestos de barcas, pasaderas de infantería, puentes ligeros de vanguardia, puentes pesados de madera, puentes de hierro y compuertas. Cada bote, permitía el paso de 10 hombres cada 10 minutos.

Por su parte, las pasaderas, con un piso ligero de tablas de 1,20 m de ancho, se podían tender en dos horas permitiendo el paso, en fila india, de unos 3.000 hombres por hora. Los puentes de vanguardia, para cargas de hasta 4.5 toneladas, se tardaba en tenderlos 12 horas, y permitía el paso una vez instalados de 60 autos y camiones por hora. Mientras que los puentes pesados de madera y los de hierro, requerían de 48 a 72 horas de montaje. Los primeros, admitían el paso de tanques y de camiones pesados, y en los segundos cargas superiores a 25 toneladas.

Todo este material de pasaderas y puentes estaba fabricado en los talleres de la Inspección General de Ingenieros, ya que aquel tipo de material no se había podido comprar en el extranjero. A la vista de ellos, lo que si estaba asegurado era el paso de la infantería, pero quedaba la duda en lo que se refería al material pesado, ya que el último puente de pontones  había sido destruido por el enemigo en Amposta el 18 de abril último. Las compuertas, tenían una capacidad para solo 8 toneladas, que estaban construidas montando un tablero sobre dos botes corrientes,  permitiendo con ello el cruce del río a razón de media hora por viaje, eso si, con la ayuda de un cable de acero tendido entre ambas orillas.

Los movimientos de avance de las tropas a las playas de embarque, deberían iniciarse al anochecer del día 23, para terminar a las 23 horas del mismo día, guardándose durante toda la operación las mayores precauciones para no ser percibidos por el enemigo.

Durante todo el día 23 siguieron los preparativos susceptibles de realizarse a la luz del sol, en medio de un estado de gran tensión, ya que prácticamente todas las unidades del XV y del V Cuerpo (unos 100.000 hombres) se encontraban ya desplegadas bajo el campo visual de los observatorios enemigos, y para más angustia uno de sus aviones de reconocimiento sobrevoló el sector. Sin embargo, como se demostró por el posterior desarrollo de los acontecimientos, no logró descubrir nada, en fino, su piloto debería estar ciego.

El aplazamiento

Durante la noche del día 23 al 24, se recibió en todas las Divisiones una nueva orden particular del Ejército del Ebro, que volvía a aplazar el asalto, fijándolo para las 0 horas 15 minutos del día 25 de julio, en que se daría inicio a la ofensiva, aplazamiento que se transmitió de inmediato a todas las unidades.

Como en la zona republicana la hora oficial estaba adelantada dos horas a la astronómica, el paso del río iba pues a comenzar de hecho, en las primeras horas de la noche. El día 24 había que aprovecharlo de nuevo para acabar de ultimar los detalles.

Otro día más de ansiosa espera, más cerca si cabe todavía del enemigo, ya que muchas unidades estaban pegadas a la orilla, con vistas a él. De aquella manera, si el avión de reconocimiento las hubiera localizado, con una simple incursión de los bombarderos italianos y alemanes, más la Brigada Hispana, se les podía haber causado enormes pérdidas, ya que aunque estaban bien enmascaradas, no tenía protección aérea alguna.

Operación nacional que hubiera significado, al no contar los republicanos con el factor sorpresa, que se hubiera dado al traste con toda la operación antes de iniciarse esta. Pero, el día 24, los nacionales ni siquiera consideraron necesario el envío del avión de reconocimiento que casi a diario sobrevolaba inquisitivo todo aquel sector.

A la hora señalada para el desembarco, todas las unidades comenzaron su avance hacia la orilla del río iniciándose a la vez el paso de las vanguardias. Las primeras horas del día 25 de julio transcurrieron sin recibirse noticias concretas en el mando republicano sobre la marcha de la batalla recién iniciada. Los observatorios propios tampoco daban ninguna información.

Pero al amanecer empezaron a llegar las primeras noticias fiables que auguraban un gran éxito inicial. Durante la mañana se fue confirmando que todo el frente enemigo había sido prácticamente pulverizado. El toro acababa de salir del callejón, y Franco, el gran estratega, ignorante de lo que se le venía encima, tardaría, nada más y nada menos, que 115 días en reconducirlo de nuevo, y para conseguirlo, enmendando así su ignorancia, tuvo que pagar como tributo de sangre, entre sus fuerzas de elite, la monstruosa cuenta de casi 59.000 bajas.

“Fue la batalla del Ebro una pelea cruentísima; un combate que se libró durante tres meses y medio con breves intermitencias en tierra y sin ellas en el aire; una batalla de material, en la que jugaron, en frentes estrechos y con una potencia arrolladora, todas las armas e ingenios de guerra, excepto gases; una pugna en la que se batían las tropas de choque propias y enemigas de mejor organización  y de más sólida moral; una lucha desigual y terrible del hombre contra la máquina, de la fortificación contra los elementos  destructores, de los medios del aire contra los de tierra, de la abundancia contra la pobreza, de la terquedad contra la tenacidad, de la audacia contra el valor, y del heroísmo contra el heroísmo, porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles” [iv]

Nada mejor, como resumen y epílogo, que el propio romancero popular que con versos sencillos y en unas breves estrofas, compendia lo que representó la epopeya del Ebro, y que constituye en si el recuerdo vivo de aquellos duros y cruentos días.

Las aguas del río Ebro

cantan bajo la metralla:

los hombres que así me cruzan

llevan el pueblo en el alma.

Anexo I

Unidades republicanas participantes en el Ebro:

Realizaron la maniobra y batalla del Ebro las fuerzas del grupo de Ejércitos mandado por el general H. Sarabia, actuando bajo el mando del jefe del Ejército del Ebro (Modesto) las de dicho Ejército y los refuerzos enviados del Ejército del Este, con la siguiente organización:

Cuerpo V (Enrique Líster):

División 11, Brigadas Mixtas , y 100ª

División 46, Brigadas Mixtas 10ª, 37ª y 101ª

División 45, Brigadas Mixtas 12ª, 14ª y 139ª

Cuerpo XV (Manuel Tagüeña):

División 3, Brigadas Mixtas 31ª, 14ª y 139ª

División 34, Brigadas Mixtas 11ª, 13ª y 15ª

División 42, Brigadas Mixtas 59ª, 226ª y 227ª

Cuerpo XII (Etelvino Vega): en posición en la línea del Segre (frente a Lérida)

División 16, Brigadas Mixtas 23ª, 24ª y 149ª

División 44, Brigadas Mixtas 140ª, 144ª y 145ª

Brigada 2ª de Caballería.

Fuerzas procedentes del Ejército del Este:

División 27, Brigadas Mixtas 122ª, 123ª y 124ª

División 60, Brigadas Mixtas 84ª, 95ª y 224ª

División 43, Brigadas Mixtas 72ª, 102ª y 130ª

Regimiento 7 de Caballería.

Anexo II

Divisiones nacionales:

Divisiones: 1, 4, 13, 50, 53, 61, 63, 74, 82, 84, 102, 105, 150, 152.

Agrupación motorizada italiana.

Batallones y Banderas del Tercio seleccionados de otros frentes.

[i]  Artículo titulado La Batalla del Ebro, publicado originalmente en Trébede, núm. 19, octubre de 1998, aunque algo alterado dado el lógico paso del tiempo.

[ii]  Vicente Rojo, España heroica. Diez bocetos de la guerra española, Ariel, Barcelona, 1975.

[iii] Juan Modesto, Soy del Quinto regimiento, Editions de la Librairie du Globo (colección Ebro), París, 1969, pág. 244.

[iv]  Obra citada, págs. 161-162