S.B.H.A.C.

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Imágenes de la Guerra Civil española Enlaces

24.1- TRECE DÍAS DE JULIO (1)

MADRID Y ALREDEDORES

 

24.1.1 El presidente de la II República Sr. Azaña y el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Marina, Sr. Giral. Julio de 1936.

24.1.2 Oficiales leales y el pueblo de Madrid, esperan el momento de atacar a los sublevados del Cuartel de las Montaña. Son aliados coyunturales, pero el pueblo no tenía ninguna intención de dejarse conducir, como si fuera tropa, por los oficiales de las Fuerzas de Orden Público leales.

24.1.3 Apostados en esta esquina, dos relucientes auto-ametralladora modelo Bilbao 1932 de las que tenían dotación la Guardia de Asalto, esperan el momento de lanzarse al ataque contra los rebeldes del Cuartel de la Montaña.

24.1.4 En otra dirección, oficiales leales de artillería han colocado un par de cañones. Al menos un obús Schneider del quince y medio  y un cañón del siete con cinco. Así se decían en España los calibres de artillería. A este respecto, observamos hoy, que cuando citamos un cañón de la Guerra Civil decimos su calibre en mm., cuando en aquella época se decía 8 con 8 (8,8) y no un 88, por ejemplo. Igualmente se decía tanque y no, carro de combate. Toda esta nomenclatura más moderna (en apariencia) proviene de cuando los americanos pusieron bases en España a cambio de chatarra militar, algunas ayudas anecdóticas, y nuevos conceptos de guerra, al menos en teoría.

24.1.5 Algunos soldados de reemplazo han abandonado el cuartel al grito de ¡viva la República! y se han mezclado con la multitud. El asalto parece no haber empezado y la multitud recibe con encontradas emociones a los recién soldados rebeldes.

24.1.6 Los soldados se rinden. Salen por el patio, a la izquierda la pista de aplicación, y levantan tímidamente las manos mientras gritan su lealtad a la República

24.1.7 El asalto ya está terminando y algunos soldados salen con pañuelos. Observen las alpargatas de los soldados en esta y anteriores imágenes. Este calzado era reglamentario como prenda de verano en el ejército español. No, no era cosa de la pobre República, como se ha dicho de muchas imágenes de soldados republicanos en la GCe por comentaristas poco informados. La alpargata de esparto, que personalmente he usado, es un calzado estupendo para el estío. Si está bien hecha, que suele ser lo normal, es resistente, aguanta bastante bien la lluvia de las tormentas veraniegas, y desde luego es calzado sano, natural y aireado.

24.1.8 La lucha ha terminado en el cuartel de la Montaña, y ahora, el pueblo, empieza el reparto de armas, bagajes y municiones. Como esta imagen en el patio interior del cuartel, patio típico, por otra parte, de los cuarteles de la época.

24.1.9 El suboficial trata de explicarse, en alguna, seguramente, comprometida situación. Los tres tipos que inmediatamente le rodean no parecen muy amistosos. Si realmente, el sargento, participó en cuerpo y alma en la rebelión del cuartel de la Montaña, tendrá un mal porvenir.

24.1.10 En el patio de instrucción, este oficial, que compone el gesto más declarante que jamás vi, se enfrenta a un grupo de recientísimos milicianos que quieren saber cuál fue su papel en la revuelta. Decía el original pié de la imagen, que el oficial, que por cierto se ha quitado la guerrera para no parecerlo, el oficial, decimos, consiguió salvar la vida. Ya tuvo mérito, su declaración.

24.1.11 Estos no consiguieron salvar la vida y fueron ajusticiados sobre el terreno, pero en justicia, militar por supuesto y con el código de la época en la mano, cuando un militar se subleva contra el gobierno, si pierde, se le hace un juicio sumarísimo y con muy pocas dudas, se le condena a muerte. Ellos lo sabían cuando se rebelaron. Lo que no esperaban era perder. En cualquier caso nadie debe tomarse la justicia por su mano, pues, amén de inmoral, es malo para la causa. Pero en cualquier caso, también, estos son los riesgos de levantarse en armas contra el gobierno legítimo, por muchos ciscos que hubiera en España, que peores los había en otras partes del mundo, y que lo único que de verdad consiguió la rebelión fue desquiciar el país, mandar al hoyo a casi un millón de personas y dejar España con un retraso de 40 años en manos de unos retrasados mentales.

24.1.12 Parece que todo acabó en el cuartel de la Montaña. El hijo mayor de la señora ha trincado un fusil, las cartucheras y el correaje. Pero la entusiasta niña ha trincado, ¡que espanto!, una pistola de oficial. Esperemos que todo sea cosa del fotógrafo, pues la madre no parece muy contenta en la estampa. Detrás, una ambigua figura, quizá mujer, quizá imberbe, lleva una gorra de oficial en una pose poco marcial. Cuantos secretos esconde esta imagen...

24.1.13 La hora del reparto en el cuartel de la Montaña. Los milicianos parecen bien organizados a la hora de repartir. También hay soldados colaborando, pero no se ven fuerzas de orden público.

24.1.14 Los vencedores del cuartel de la montaña desfilan por las calles de Madrid. Qué curiosa facilidad tienen algunas personas para adaptarse a las nuevas situaciones, militares o paisanos. Vean a la miliciana al frente, con gorro y paquete de balas. A mi me parece que es la única civil que desfila con fundamento. Para empezar lleva el mismo paso que el soldado del extremo derecho que parece hacerlo con limpieza. Además, lleva el mauser como manda la ordenanza en el ejército español. Es decir, el brazo en ángulo recto y el arma, naturalmente descansando a 45º, no tan levantado como los alemanes o los rusos. Pero es que además, mientras el soldado desfila en cierto modo nervioso, nuestra protagonista lleva una marcha relajada y seria que es como se debe desfilar en el ejército regular.

24.1.15 Los verdaderos vencedores del cuartel de la Montaña (y no es para quitarle méritos a los milicianos, pero las cosas fueron cómo fueron) desfilan informalmente pero con cierta marcialidad por las calles aledañas al cuartel, entre los gritos de agradecimiento de los civiles.

24.1.16 De vuelta a casa. Qué fácil ha sido. Fusiles, cascos cantimploras, bayonetas y municiones para la milicia del pueblo. ¡Se van a enterar estos fascistas!

24.1.17 La rubia parece salida de un cuadro expresionista alemán de pocos años antes. Esa mirada indefinida, casi ausente. Ese cuerpo de modistilla, con bolso de salir a la calle y mauser al hombro como se puede, más la, ¡horror!, bayoneta reglamentaria. ¡Ese fotógrafo...!

24.1.18 Cambiamos de tercio. Aquí estamos en las afueras de Alcalá de Henares, dónde los milicianos han instalado un control para impedir la salida o llegada de refuerzos de los sublevados. Es el 19 de julio.

24.1.19 Alcala de Henares. Llegan las fuerzas del gobierno. Guardias Civiles en una camioneta de las del tipo de la Guardia de Asalto.

24.1.20 Fuerzas del gobierno compuestas de tropas regulares y milicianos, más ciudadanos espontáneos, en dirección a Alcala-Guadalajara. Los soldados saludan con entusiasmo, como los civiles, el sargento, no tanto.

24.1.21 Día 21 de julio. Todo ha acabado en Alcalá. La revuelta ha sido reducida. Oficiales leales y milicianos comentan las incidencias.

24.1.22 La guarnición de Guadalajara, también se sublevó esperando los refuerzos de la columna rebelde de García Escámez. Que no llegó nunca. Las fuerzas combinadas de tropa regular y milicianos anarquistas a los mandos del coronel Puigdengolas y de Cipriano Mera, líder anarquista, recién salido de la cárcel, donde penaba por su participación en la salvaje huelga de la construcción, donde los anarquistas habían desafiado tanto al gobierno republicano como a la UGT. Estas fuerzas, decimos, saludan y claman con efusión la puesta al servicio de la República de esta ciudad.

24.1.23 Parece que se trata de un capitán de la Guardia Civil sublevado, herido y capturado por los gubernamentales en Guadalajara. No estamos seguros, pero de ser así, difícilmente, el herido sobreviviría a esta imagen mucho tiempo.

24.1.24 Una cosa es la vocación anticlerical española, pues en este país todo gira alrededor de la amada (para unos) o la odiada (para otros) Iglesia Católica, y otra cosa es la patrona del lugar, en este caso la Virgen de la Paloma, en Madrid, que unidades milicianas se aprestan a proteger de la ira de los cafres que quedaron sueltos por todos los lados, cuando en un error garrafal, los anarquistas liberaron a los presos comunes de la cárcel Modelo. Creyendo en su utopía, que el hombre es bueno por naturaleza y que sólo necesita una oportunidad para regenerarse. La oportunidad se la dieron, pero fue la oportunidad de amparados en  las siglas de sindicatos y partidos, de robar, asesinar y campar el terror más inhumano echándoselo a la cuenta de las instituciones republicanas. Un asco en el que colaboraron con entusiasmo bastantes cuadros de partidos y sindicatos a medida que llegaban noticias de la represión fascista en su retaguardia. Y así nos fue. Los terribles y mayores crímenes de los franquistas quedaron en nada, diluidos en las estrictas pero selectivas conciencias de la cristiandad mundial, pero los menores, pero no por ello justificables crímenes de los republicanos, pasaron a ser el nombre y el apellido de la II República hasta casi nuestro días. Nos manchamos las manos de sangre, de la sangre ajena que nos salpicaba, y que quizá unos nos quisieron detener o miraron para otro lado, y otros quisieron pero no encontraron fuerzas hasta diciembre del 36, cuando se acabaron los reinos taifas sindicalistas de la zona centro. Aragón y Cataluña, tardarían un poco más. Seis meses de terror, donde algunos republicanos, con un poder que no merecían, decidieron la vida y la muerte de gentes, que sí, muchos eran partidarios del enemigo, y estábamos en guerra, pero éramos el gobierno y a nadie se condena sin un juicio justo. Los otros, los franquistas, cuarenta años matando con mayor o menor entusiasmo, verdadero baño de sangre nacional, que los descendientes de los vencedores, conscientes del inmenso crimen social (genocidio, en puridad) que cometió su clase social, tratan por todos los medios de desacreditar toda política, todo estudio, que se oriente al esclarecimiento cuantitativo y cualitativo de la represión franquista.

24.1.25 Dolores Ibárruri decidió que había que crear en el Quinto regimiento una unidad miliciana compuesta por mujeres. La cosa era buena para la propaganda y también para la igualdad entre los dos sexos, aunque sería un filón para la propaganda enemiga, para quienes toda miliciana era una puta, y por ello solían violarlas cuando las prendían. Pero el comandante del Quinto, a la sazón y primero de ellos el escurridizo Enrique Castro Delgado, se negó alegando, en el fondo, lo mismo que los rebeldes, que las enfermedades venéreas camparían a diestro y siniestro por el cuartel de los Salesianos. Se trata de un insulto a más de una gran mentira. Pues las madrileñas metidas a milicianas, eran jóvenes trabajadoras, la mayoría, que tenían relaciones con sus novios y sus maridos, y punto. Era, pues una excusa vana, pues a las profesionales se las podía expurgar en cualquier momento y sin ninguna equivocación, como hizo en gran Durruti en el frente de Aragón. Así que la Pasionaria diez, Castro cero, por zoquete.