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Introducción a la historia de la Guerra Civil Española

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Antecedentes de la Guerra Civil española.

Mike Blacksmith

La Guerra Civil española no es más que un golpe militar con apoyos civiles que fracasó en más de la mitad del territorio nacional, lo que provocó una sangrienta guerra donde se enfrentaron los partidarios del régimen legal y constitucional, la República, a otro dictatorial, emergente, amparado ideológicamente y materialmente en otros países con gobiernos dictatoriales igualmente emergentes y con todos los visos de ganar la contienda desde un primer momento.

Una oposición política al gobierno legal, por muy virulenta que fuera, nunca hubiera podido generar una guerra civil, si no fuera por la participación en ella de un estamento básico del estado, las fuerzas armadas. La aceptación de este estamento institucional de su legitimo derecho, casi divino, a intervenir en la vida política española, cualquiera que fuesen las excusas (irrelevantes para examinar la cuestión) es lo que determina principalmente las causas de la guerra civil.

Es por tanto el estudio de los antecedentes históricos de esta aceptación de la milicia como protagonista principal de los destinos de Patria y de su derecho al intervencionismo lo que nos aportará la luz suficiente para entender como se gestó la última y definitiva guerra civil en España tras un siglo XIX convulso y políticamente disparatado y un primer tercio del XX terriblemente violento a la hora de encarar las discrepancias sociales y políticas. Estamos hablando del militarismo español.

El inicio del convulso siglo XIX.

EL nacimiento de los factores impulsores del militarismo se remontan a la Guerra de la Independencia. La inestabilidad política generada por esta contienda es el meollo de las causas por los que la milicia se considera legitimada para intervenir y corregir el rumbo del devenir español. El ejército borbónico de la España de Carlos IV desaparece como tal, ocupando su lugar una milicia grandemente influenciada por los acontecimientos (1).

Cádiz, Isla del León (San Fernando) Proclamación de la Constitución de 1812.

Nos encontramos con una España invadida por las fuerzas Napoleónicas, donde el Emperador trastoca el orden monárquico a su antojo y donde al producirse la rebelión de los españoles, empieza la guerra. El ejercito español no está preparado para librar esta batalla y la pierde rápidamente si exceptuamos el engañoso destello de Bailén (2). Cuando los ingleses comprenden que España será uno de los campos decisivos para la derrota del Emperador, el ejercito español ya no es el ejército borbónico, sino, una fuerza militar auxiliar de una fuerza extranjera aliada, y en su propia tierra. Para complicar el asunto, las fuerzas guerrilleras asumen la realidad militar de esta campaña con mucha más fortuna que el pequeño ejercito regular financiado por las Juntas de Defensa. En el orden social se ha producido, si no una revolución si un gran cambio político, una gran parte del pueblo quiere recobrar la soberanía, acabar con el absolutismo y para ello necesita crear nuevas instituciones, donde para empezar, las Juntas de Defensa se ponen bajo el mando de una Junta Central que no solo organiza la resistencia armada, la regular y la irregular, sino que también convoca las tradicionales Cortes Españolas que con una nueva factura legal en marcha, la futura Constitución de 1812, pretende dar legitimidad al orden insurgente y antinapoleónico. Por motivos bélicos, la composición de los legisladores que van a parir la constitución en la ciudad de Cádiz no forma más que una asamblea de diputados, los del pueblo llano, estando la nobleza y el clero, como estamentos, ausentes. Estas Cortes asumen la soberanía de hecho, pero en 1814, Fernando VII, al que Napoleón había dejado libre, la deroga en Valencia volviendo al Antiguo Régimen. Los intentos de volver a la senda constitucional serán protagonizados por militares como Riego (1820), el más famoso (3), pero hubo otros, como también hubo otros militares absolutistas que daban la vuelta a la situación, cuando no eran fuerzas extranjeras, los Cien mil hijos de San Luis (1823), los que imponían la monarquía absolutista deseada por el monarca. Y a cada vuelta de la tortilla, feroz represión, exilios significativos, y pérdida de empleos y prebendas bajo la cruel mano de la Santa Inquisición.

En cuanto al ejército regular, al termino de la guerra, la oficialidad resultante de su reorganización está imbuida de ideologías antagónicas, sin líderes profesionales y poco preparada para las tareas que le aguardan, la conservación del imperio colonial español. Una tras otra, las colonias se independizan por la vía militar comandados por militares criollos que incluso habían luchado con las fuerzas españolas en la guerra contra los franceses. Las primeras trazas del intervencionismo militar español, están servidas. La institución, desprestigiada en lo profesional, derrotada en ultramar, sin enemigo (pronto lo tendrá), inicia el largo periplo de la intromisión en todos los aspectos de la vida española cuajándose como árbitro definitivo de todos los litigios que en las Españas serán, y eso que aún no ha llegado el desastre del 98, verdadera catársis de este fenómeno del militarismo español. Militarismo que para ocultar lo evidente, no cesa de decirse que es la única institución sana en un país enfermo y que desgraciadamente desembocará en que la oficialidad más radical asuma sin complejos que su enemigo natural es el pensamiento liberal y republicano español, sus lideres y sus reivindicativas organizaciones, tras un siglo de incompetencia y derrotas. Es el anticivilismo.

El ejercito español del siglo XIX, es único en la Europa de los nacionalismos. La palabra "pronunciamiento" pasó a los idiomas extranjeros tal cual (como también "guerrilla") como un término técnico para explicar el fenómeno militar español sin parangón en el resto de Europa. Los Espadones se suceden una detrás de otro, Espartero, Narváez, O´Donell (reinado de Isabel II), Serrano, Topete, Prim (Regencia). En resumen, todos, prácticamente todos los cambios políticos importantes de la España del siglo XIX son resultado de la intervención militar (pronunciamiento). Es más, las dos únicas repúblicas que en España han habido fueron derribadas por militares (Pavia y Franco and cía.) Es un circulo vicioso, la inestabilidad política propicia y favorece los pronunciamientos, y el estado calamitoso del ejercito y de la oficialidad acumula el descontento, que va de un pronunciamiento en otro, sin solucionar nada, ni la estabilidad política, ni el estado de la fuerza armada, como tal. Se suceden tres guerras carlistas (1833-40, 1846-49 y 1872-76) y una intermedia y temprana guerra de Cuba que se cerrará en falso. Una desoladora preparación para la prueba de fuego que le viene al ejército, el desastre del 98. En el ínterin y entre 1833 y 1868 tienen lugar 12 pronunciamientos de los que seis son exitosos.

¿Pero por qué? ¿Que le ocurría al país y a su fuerza armada?

El desastre del 98.

El ejército encara el dramático fin de siglo español en unas condiciones profesionales deplorables. La persistente y más odiosa característica de las fuerzas armadas españolas hasta el mismísimo fin de la dictadura franquista: las sempiternas deficiencias estructurales del ejercito español.

Los reclutas son pobres, el que puede pagar se libra (se redime, se decía con razón). Hay macrocefalia, generales, coroneles y oficiales en exceso para unos pocos soldados mal alimentados, mal instruidos y mal equipados. La mortandad en tiempos de paz en los cuarteles era escandalosa, 10,5 fallecidos y 45 inútiles por cada mil hombres. 1000 muertos al año por enfermedad y otros 5000 que quedaban completamente inútiles para el servicio cada año. Los datos de los civiles a este respecto no son tampoco muy boyantes pero están a años luz de los de los soldados. Esto indica dónde estaba el mal. En los hospitales militares la mortalidad era del 15% (¡en tiempos de paz!) Teníamos los peores indicadores (como se dice ahora) de toda Europa, nuestros vecinos incluidos.

La sociedad civil (4), no iba mucho mejor, unos partidos políticos de muy pequeña implantación alrededor de notables que se alternaban en el gobierno, la débil monarquía, siempre sin afianzarse como institución desde la guerra napoleónica, la Iglesia con una aparente no intervención en los asuntos del estado, pero con una influencia notabilísima, y el ejercito. De todas ellas, y en el inestable panorama, la fuerza armada y precisamente por ello, es la que parte con ventaja a la hora del arbitrio. Para más inri, los políticos de todo pelaje tratan de seducir a los militares para sus propios fines, siendo esta incitación civil a intervenir, precisamente una de las causas de los sucesivos pronunciamientos, pero no la principal, que es como sabemos la detentación por parte del ejercito del monopolio de las armas, la fuerza bruta pura y dura y sin cortapisas políticas y sociales. La debilidad de los partidos políticos y de la monarquía deja el campo libre al ejercito español que pasa a convertirse en el partido político más importante, una policía política en puridad y con, incluso, diversas ideologías, que terminan por enfrentarlo entre sí. Los garantes de la Patria no tienen todavía claro sin son monárquicos, absolutistas, carlistas, moderados, liberales o radicales, pero pronto lo tendrán.

¿Cómo podía ponerse fin a esta situación?

La única solución era la estabilidad política con un sistema constitucional y el urgente emprendimiento de reformas sociales y políticas. El meritorio político Antonio Canovas del Castillo lo comprendió perfectamente cuando tras otro pronunciamiento (5) trató de modificar la correlación de fuerzas buscando la paz y la estabilidad. Era la Restauración (1875) y el propio ejercito lo entendió mayoritariamente renunciando a los pronunciamientos pero no a la influencia política y mucho menos a desmilitarizar la sociedad española cuyos pilares de poder se sustentaban en las Capitanías Generales, verdaderos virreinatos de la justicia militar y del orden público. El precio a pagar por la asunción del ejercito del orden constitucional fue la macrocefalia y la nefasta política de ascensos, condecoraciones (6) y recompensas. El ejercito español jamás se libró de este defecto estructural, tan dañino para su presupuesto (7), incluso se padece en nuestros días. Pero aún había otros defectos importantísimos. La falta de adecuadas reformas militares crearon castas y privilegios diferenciándose unas armas de otras. Por una lado las armas técnicas, artillería e ingenieros, por otra, la caballería y la infantería. Los artilleros defendían a capa y espada sus privilegios y protagonizaron más de una asonada, obligando a la disolución del arma en varias ocasiones. La infantería, verdadero núcleo del ejercito, lo constituían unos 80.000 infantes mal instruidos, equipados y alimentados, con una oficialidad tan mal pagada que los agravios estaban a la orden del día.

La reforma se intentó con exquisita mesura (debilidad en el fondo) por parte de Sagasta (8) y no llevó a ninguna parte, había tales intereses creados en las camarillas cívico-militares que el más leve cambio producía reacciones exageradas. Los políticos que se atrevían a proponer moderadas reformas eran denostados y sus carreras corrían serios peligros. La fuerza armada quedó como estaba, el ejercito era una fuerza políticamente tan poderosa con un pasado de pronunciamientos recientes que atemorizaba a la clase política reformista, mientras otras fuerzas civiles lo adulaban en beneficio propio sacándolos en aspectos nada políticos y mucho más crematísticos. La miseria de la tropa y de la oficialidad incrementó las corruptelas en los suministros. La llegada de Castelar, fue otro intento reformista, esta vez con el pomposo proyecto de "Presupuesto de la Paz" (1891). La iniciativa a duras penas emprendida y con algunas medidas en ultramar catastróficas (9) alimentó posteriormente el irredentismo militar y sirvió de bandera permanente para la auto-justificación de las desastrosas actuaciones del ejercito y de la flota en la guerra hispano-americana.

El fracaso de estas reformas tiene dos culpables, la debilidad de los gobiernos frente al ejercito, y la decidida voluntad de la mayor parte de la oficialidad a rechazarlas, utilizando además las pretendidas reformas como coartada de su incompetencia. El pacto político-militar que trajo la Restauración se estaba rompiendo a la par que el militarismo más irracional y chulesco se abría camino en los cuartos de banderas de las instituciones castrenses. La brecha con la sociedad civil y el descontento eran en realidad el suministro de la fuerza armada, tan necesitada en puridad de otros suministros y de urgentísimas reformas. Pero no hubo ningún líder militar que lo entendiera si exceptuamos al general Cassola, artífice del plan de reforma. Los militares perdieron con Sagasta y ministros sucesores la primera oportunidad real de reformar su institución que decían tan querida y tan sana. Por contra, se dejaron llevar por la oficialidad más radical que incapaz de asumir las más mínimas críticas emprendió una particular guerra contra la prensa liberal asaltando las redacciones e imprentas. Naturalmente, no les pasaba nada, y si algún periodista se ponía especialmente pesado se le retaba a duelo y se le dejaba como cobarde, si, como era lógico, no acudía a que lo matara un especialista en esgrima. Nada de esto pasaba en vano, los civiles más clarividentes crearon corrientes de opinión para la reforma de la fuerza armada, pero este movimiento fue entendido como antimilitarismo intelectual, lo que era una verdad a medias. Los oficiales radicales y sus apoyos ultraconservadores destilaban por contra lo que se denominó anticivilismo militar, y también era una verdad a medias. Mejor que nadie sabían los militares profesionales en España, los males del ejercito, pero querían resolverlos ellos mismos. Lo que era del todo imposible, pues el poco regeneracionismo militar que surgía dentro de la oficialidad, pasaba mayoritariamente por la idea de la insurrección, una dictadura militar para resolver los males de la patria. Era de locos. El pacto cívico-militar que había acabado con los pronunciamientos, como decimos, se encontraba en peligro.

El rival de Cánovas, el liberal Sagasta.

Con este panorama, el ejercito colonial español se enfrento a dos guerras en ultramar y otra, también colonial e incipiente en el norte de África. No estuvo a la altura pese a los grandes sacrificios humanos y derroches de valor individual que protagonizó. En el 98, el ejercito, desastroso en organización, mandos y tropa luchó con valor como era su obligación, la desmoralización no había alcanzado todavía las cotas que propiciaron el siguiente desastre, el de Annual en 1921.

La guerra hispano-americana, la vuelta de los espectros y la oleada de antimilitarismo.

La sociedad española encara profundamente dividida la crisis de final de siglo. El Canovismo reformista se agota. Cualquier reforma que se pretenda cae ante las protestas de minorías muy activas, pero minorías. El gobierno es débil, pero encara las crisis coloniales como si se tratara de una potencia de primer orden. Y claro, los desastres vienen uno detrás de otro. Este error de escenificación de los políticos no es corregido por el mando militar, que sabía perfectamente lo que se escondía en sus fuerzas coloniales, enfermedades masivas, desmoralización, miseria, corruptelas y barbarie contra la población, mayoritariamente independentista. La nación, más allá del estado monárquico, el gobierno, las instituciones y el pueblo, más allá de esto, decimos, la nación insistía en cometer de manera suicida los mismo errores una y otra vez, como si alguna maldición ignota y atávica nos obligara a ello. La pérdida del imperio colonial es el primero, la liquidación de los restos coloniales es el segundo, los desastres de la guerra de África en 1909, y otros anteriores, le siguen, el pavoroso desastre de Annual lo culmina. El país se encuentra en absoluta decadencia, sus clases dirigentes han tocado suelo como tales. Orgullosas, ignorantes, fatuas, cobardes, incapaces, pérfidas, decadentes en suma, los grupos de poder civil y militar de la España de fin de siglo se merecen un eterno panteón a las más estúpida de las soberbias y de las ignorancias.

Embarque del soldados para Cuba. (Plumilla de la revista "La Ilustración")

Un ejemplo de todo esto que contamos y que ha pasado históricamente desapercibido, pero que nos va a indicar como se van encarar las sucesivas crisis, es el incidente de las Carolinas 1885, unas islas nominalmente españolas en el lejano Pacífico y de las cuales Alemania avisa va a tomar posesión al considerarlas abandonadas. Aspecto último que era totalmente cierto. En vez de aprovechar para solicitar una fuerte indemnización económica con grandes visos de conseguirse, la prensa y el gobierno montan en cólera y la corriente belicista del pensamiento tradicional español hace hervir de fervor al gobierno que pretende enviar a las Carolinas todos los buques de que dispone en la zona. Afortunadamente las cosas vuelven a su cauce con la mediación del Vaticano, y la flota española en el Pacífico será destruida por la flota yanqui en 1898 y no por la imperial alemana en 1885.

A comienzos de 1895, los revolucionarios cubanos, que han tomado muy buena nota de la incompetencia militar española en África, reactivan la guerra de Cuba con gran éxito. El gobierno, alarmado, envía a su mejor general, Martínez Campos que había conseguido la paz en 1878 (Paz de Zanjón), pero el viejo general no se siente ya con fuerzas para imponer las soluciones que le vienen a la cabeza, el internamiento de la población rural en campos controlados por el ejercito como única manera de evitar el apoyo que le prestaban a los rebeldes, y así que pide el relevo. En su lugar se envía al general Weyler, un duro entre los duros. Su lema, el del gobierno y la prensa conservadora: "Cuba española hasta el último hombre y hasta la última peseta". En realidad se referían a los hijos de los pobres y a las pesetas del estado, no las suyas.

Weyler se puso a la faena, lanzó un bando obligando a los campesinos a concentrarse en poblados determinados. Quien fuera encontrado fuera de ellos sería fusilado en el acto. La reconcentración fue un verdadero crimen, pues no contando el ejercito con medios para su sostenimiento fueron dejados a su suerte (como hicieron los ingleses con las familias de los boers rebeldes en Sudáfrica y las yanquis en la de Vietnam). La medida no sirvió precisamente para aplacar la rebelión, sólo fue sangre, enfermedades, rabia y más rebelión. Weyler iba ganando la guerra militarmente, pero la opinión pública mundial iba tomando partido, y otros canallas, más allá de Florida, se frotaban las manos, esperando la oportunidad de quedarse con la perla de las Antillas. Nuestra Cuba.

El gobierno necesitaba pacificar urgentemente la isla pues las tensiones internacionales no auspiciaban nada bueno, pero para empeorar más la situación, en agosto del 96, estalló otra rebelión colonial, la de Filipinas, cuyo Capitán General, demasiado blando para el gobierno de Cánovas, partidario de la línea dura, fue sustituido por un militar más enérgico, Polavieja, quien como Weyler iba ganando la guerra, pero perdiendo la causa. Amén de ordenar el fusilamiento del poeta nacional filipino José Rizal, un crimen imperdonable azuzado por las cuatro órdenes monacales que se repartían más de 170.000 hectáreas de las Filipinas. Finalmente, Polavieja dimitió tras denegársele refuerzos (a Cuba  se mandaron 200.000 soldados, a Filipinas, con miles de islas, sólo 30.000) El nuevo Capitán General Fernando Primo de Rivera, firme en lo militar pero flexible en el diálogo, alcanzó un acuerdo con los rebeldes en diciembre de 1897. Era la primera vez en toda la historia colonial que medidas de dialogo y de flexibilidad política aplicadas por un Capitán General (un virrey, en puridad) tenían éxito. El gobierno quiso hacer lo mismo en Cuba. Pero Cánovas cae asesinado en San Sebastián por un anarquista italiano con posible connotaciones con la resistencia cubana y Sagasta entra en el gobierno y lo primero que hace es destituir a Weyler con el que nunca se podría hacer lo que Primo de Rivera en Filipinas, pero es demasiado tarde, las posibilidades de paz se encuentran ya en el extranjero, concretamente en Estados Unidos, por mucha autonomía que Sagasta les diera a los cubanos.

Con la entrada de 1898, y con la excusa de los altercados que se sucedían en la Habana, el gobierno norteamericano envía el famoso Maine con la cínica intención de encontrar un "casus belli". El Maine vuela por los aires y el gobierno yanqui hace el paripé con su comisión investigadora con el resultado de todos sabidos, culpable, España. Sagasta emprende una loca carrera contra la guerra, amnistías, fin de las concentraciones, actividad diplomática. Pero España recoge lo que durante decenios había sembrado, estúpido y soberbio aislamiento.

Antonio Cánovas.  En la otra imagen el general Arsenio Martínez Campos.

Pese a una oferta de compra de la isla por 300 millones de dólares, el gobierno y la opinión pública se lanzan directamente al vacío, unos por no poseer lo inteligencia suficiente para negociaciones que impidieran la guerra y la derrota previsible, otros, exaltados, demandando la acción contra los "tocineros" yanquis. Es el colmo. Una vez declarada la guerra, los yanquis actúan con inteligencia, superiores navalmente, bloquean la isla con mayor o menor fortuna a la espera, como sucedió, de que la escuadra del "fiero león hispano" se les arroje como fruta madura para merendársela. Para los españoles se trataba de una guerra naval con largas distancias, había que ser muy inteligente para encontrar una estrategia realista para enfrentarse a la flexible y moderna flota yanqui. Desde luego, lo último era refugiarse en un puerto que era una encerrona cuando se cuenta con medios peores y menores. Pero así fue.

Cavite y la Bahía de Manila

Mientras, en Filipinas, en la bahía de Manila, en Cavite y por sorpresa, la flota española ni tan vieja ni tan pequeña como se nos ha hecho creer, es atacada por la flota yanqui del pacífico a primeros de mayo. En el primer envite de esta batalla la flota americana no consigue hundir ninguno de nuestros barcos, tenían muy mala puntería. El comodoro Dewey al mando yanqui se retira luego de dos horas de cañoneo. Todos los buques españoles están tocados, algunos más que otros, pero todos pueden continuar el combate. Hay 161 muertos y 210 heridos, el 20% de la dotación. Los yanquis tienen 25 muertos y 50 heridos (pero lo ocultaron) han disparado más de cinco mil proyectiles pero sólo acertaron 139. Los españoles han tenido mejor puntería pero han disparado muchos menos y en general de menor calibre. Pese a todo, el estado de la flota española es calamitoso, y el almirante Montojo da la batalla por perdida y ordena hundir los barcos para salvar las tripulaciones. Al ver las explosiones, Dewey vuelve y remata "heroicamente" la faena, aunque nadie le responde ya al fuego. Así ganó Dewey, por sorpresa, con superioridad armamentística y tecnológica, y con la ayuda de la ineficaz administración militar española, que tenía minas pero no espoletas, que tenía cañones de costa pero no funcionaban. Es el primer acto del desastre.

Cuadro que representa el combate de Cavite (Museo Naval)

En el otro frente, el vicealmirante Cervera llega a Santiago de Cuba y fondea a la espera del choque. Parece mentira que Cervera no hubiera tratado de salvar la flota evitando Santiago y con un plan de operaciones de hostigamiento en mar abierto que evitara el enfrentamiento general. Pero Cervera ya viene con plomo en las alas, pues partidario de haber dejado la flota en la metrópoli (sabía que esto iba a acabar así) asume un fatalismo muy español que consiste en morir matando. Resumiendo, la disposición es la peor que se le podía ocurrir al mando español. La diferencia tecnológica no justifica tamaño desastre y diferencia de bajas. Es la decisión del gobierno y del mando de ser sacrificados lo que lleva al segundo desastre naval. Era la mañana del tres de julio, la flota sale del puerto donde le están esperando y es completamente destruida. Aquí no es como en Cavite, la superioridad enemiga es abrumadora. Los españoles, valor a mansalva, cabeza y medios, pocos.

En el aspecto terrestre, los yanquis son más sutiles, desembarcan en la otra punta de la isla (Santiago), dónde la fuerzas españolas son minoritarias y pese a la peor calidad del armamento ligero yanqui (las fuerzas españolas iban armadas casi al completo del excelente mauser español) avanzan gracias a su superioridad en hombres y artillería pese a buenos sustos como en la Loma de San Juan, donde un batallón español hizo morder el polvo a más de tres mil yanquis. Pero todo es inútil, cae Santiago, la desmoralización es general. El 12 de julio se inician las negociaciones para la rendición. En Filipinas sucede lo mismo a pesar de actos de puro heroísmo como los sitiados del Baler. A mediados de julio se inician las negociaciones que culminan con el tratado de Paris, donde una solitaria España, y ante la indiferencia internacional vuelve a ser humillada (los españoles no hemos nacido para los tratados, al parecer). El gobierno encontró una salida a la crisis, la derrota cuanto antes y cuanto más dura mejor, a firmar la capitulación inmediatamente para evitar posibles aventuras aún más peligrosas. Y el ejercito, en estado de choque, apenas tiene fuerzas para soliviantarse, la bofetada ha sido tan tremenda y tan rápida, que nadie va a sacar conclusiones correctas. Es lo de siempre, que valientes somos, si hubiéramos tenido medios... Nada más falso si se examina la situación de la fuerza armada española. El ejército en sí mismo y sus mandos coloniales no son los principales responsables del desastre, como tales, es la administración militar, sanidad incluida (10), con el desorden, desidia y fallos repetidos que reinan en la estructura misma del ejercito lo que le hacen incapaz de mantener una campaña, que no de luchar y morir. Pero a la hora de las responsabilidades, el gobierno y el ejército se señalan mutuamente. Ninguno aprende nada.

Pero lo peor estaba por venir, es cuando regresan los soldados supervivientes, cuando la población expresa su ira. El espectáculo es dantesco, las condiciones de los llegados son tan lamentables que la opinión pública ruge de antimilitarismo. Aquí es dónde está el problema militar español. Mandar a los hijos de los pobres a morir para nada. De los muertos de los soldados españoles en Cuba, 60.000, sólo 2500 fueron en combate, el resto por enfermedad, desnutrición y otros males de la tropa. Y los que vuelven, muy pocos, son auténticos espectros andantes, de los que millares morirían en los meses siguientes. El rencor de la población al ejército es terrible. ¡No más aventuras militares!

Las guerras de África en la España alfonsina.

 El reinado de Alfonso XIII no solucionó en absoluto los problemas políticos y sociales del país. La sociedad estaba en profunda crisis tras la pérdida de las últimas colonias, y el ejército cayó en un injustificado victimismo agravándose la tendencia a comportarse como fuerza policial garante del orden público. La monarquía alfonsina fue desastrosa para la nación, pero en su seno las fuerzas obreras y republicanas encontraron el lugar que les correspondía: las enunciación de las reformas que la nación necesitaba desde el siglo anterior.

La ciudad de Sepulveda fotografiada en 1915 por Kurt Hielscher

La población se encontraba amiseriada, ignorante y desprotegida socialmente. La distancia entre las clases dirigentes y las populares era lúminica, y la pequeña clase media española era muy conservadora y temerosa de los estallidos sociales que periódicamente sacudían a la sociedad española y que siempre llevaban la misma pauta: Huelgas revolucionarias, intervención del ejército, violencia y muertes, ejecuciones, presidios y represión de las organizaciones obreras. Los trabajadores se encontraban desesperados, pero habían ya voces esperanzadoras, se creaban sindicatos, nacían partidos obreros y publicaciones, se gestaban las organizaciones de la clase trabajadora y el pensamiento republicano germinaba con fuerza entre la pequeña burguesía ilustrada y la también la naciente clase media progresista urbana. Era la constatación de que la gran burguesía liberal había sido incapaz de llevar a cabo las profundas reformas que el país necesitaba. Como clase había perdido su oportunidad, y otras clases, medias y proletarias tomaban el relevo con fuerza mayor.

Una nueva aventura colonialista iba a agudizar más todavía la desesperación de la población. El reparto europeo del Norte de África se recibió como una bendición en el técnicamente atrasado ejército español (los ascensos), y como una maldición en la población más desprotegida, que era quien tenía que formar las levas para la tropa que allí luchaba. A las penurias de la vida cotidiana, los trabajadores tenían nuevamente que aportar sus hijos para defender unas plazas y ampliar el territorio en una guerra que venía sucediéndose con altibajos desde 1860 y que había sido motivo de la Semana Trágica de 1909, donde a la explosión de rabia popular por injustas levas para la odiada guerra de Marruecos se opuso la más dura represión hasta entonces conocida por parte del ejercito, con la dolorosa inclusión de señaladas víctimas progresistas, como Ferrer Guardia, fusilado a iniciativa eclesiástica bajo falsas acusaciones, simplemente porque su Escuela Moderna y su pedagogía libre amenazaba el monopolio de la enseñanza católica. La semana trágica creó unas tensiones terribles que nunca se olvidaron y su importancia crítica es pareja a la de la revolución de octubre con patrones de actuación y consecuencias similares, alzamiento popular localizado, intervención durísima de ejército, represión posterior despiadada, retraimiento de la izquierda y encanallamiento social.

En la España alfonsina estaban cuajando modos sociales de convivir demoledores, el primero, la aceptación social de la violencia como forma de actuación política, el segundo, la acerada decisión de las oligarquías a no ceder en cuestiones sociales ni un ápice, tomada como columna vertebral de su ideario político. Otra más la actuación del ejército como fuerza policial en conflictos sociales con sus armas de guerra fusiles, ametralladoras y cañones, como algo normal en cuestiones de orden público. Y para finalizar, la conclusión de las fuerzas trabajadoras radicales de que para cambiar algo, por poco que fuera, había que dinamitar primero el Estado. Aquel Estado tan despiadado que nunca cedía a las legitimas reivindicaciones de un proletariado que llevaba decenios en el límite de la supervivencia, contemplando impotentes la odiosa actuación de terratenientes, banqueros, industriales, eclesiásticos y militares, completamente insensibles a los sufrimientos de las clases desposeídas.

Puede decirse que las dos primeras pautas señaladas eran tradicionales en la convivencia española, y son las otras dos las que nacen al pairo de la creciente organización progresista y obrera ocupando el lugar de las antiguas revueltas liberales, sustentadas que fueron por espadones y algunas otras fuerzas más populares. Este fenómeno de radicalización de la lucha política basado en la entrada en juego de las masas obreras era el aviso y el inicio de acciones políticas más radicales dónde las crisis no se resolvían jamás aplazando una y otra vez las demandas populares mientras se incrementaban las fuerzas y la violencia con que se demandaban. La Huelga General de 1917 es un un claro ejemplo de esto, donde las masas obreras fueron violentamente reprimidas por el ejército, y dónde, además, el ejército quedó convencido para siempre de su indiscutible papel como árbitro de la política nacional. Y no se trataba ya del inspirado espadón de turno, ahora era cosa de la Institución, con todas sus armas y bagajes.

Al inicio de la década de los veinte, la monarquía decide acelerar el control militar de la zona del norte de África que por los tratados internacionales nos correspondía. Se trataba de una zona de escaso valor económico (algunas minas), poblado por ochocientos mil yebalies y rifeños agrupados en cábilas (tribus) prácticamente semi-independientes del sultán de Marruecos y que los españoles habían organizado militarmente en dos comandancias generales, Ceuta y Melilla. Eran por entonces Alto Comisario el general Berenguer (en Ceuta) y comandante de Melilla el general Silvestre, un valiente soldado de caballería y en verdad nuestro particular Custer. Las comandancias controlaban poco más que los alrededores de las ciudades y el verdadero control se hacía mediante altos oficiales de la Policía indígena (11) que compraban las fidelidades cabileñas a base de montones de duros de plata. En Ceuta, Berenguer que no soportaba a su emulo en Melilla, Silvestre, mucho más brillante, se encontraba enzarzado en escaramuzas contra el líder local El Raisuni y competía con Silvestre pese a ser su superior. Silvestre, en Melilla, parece que recibió indicaciones reales para alcanzar el corazón del Rif y ocupar todo el territorio de la Comandancia General de Melilla. Las fuerzas de Silvestre eran pocas y malas. El avance se hizo poniendo en vanguardia a las tropas indígenas mientras las "mías" (12) de la Policía indígena ejercían labores de aseguramiento del territorio. El avance era incruento y ficticio, los duros de plata y la tropa nativa lo permitían y nada hacía esperar al mando dificultades de ningún tipo, más, en un optimista de buena estrella como era Silvestre. Pero aquel año y los anteriores habían pasado cosas importantes en el Rif. La sequía era extrema, la población rifeña estaba pasando hambre y la ayuda española era ínfima. Para más inri ocurrieron episodios trágicos cuando oficiales de la policía indígena se implicaron en robos sanguinarios que soliviantaron a la población. Además, especuladores peninsulares habían arrebatado, en años anteriores, sus tierras en la zona de Monte Arruit a cábilas enteras a precios irrisorios y para colmo, la mano de obra de la zona era europea, con lo que la miseria de estas cábilas era puramente dramática. Y para terminar, miembros notables de la influyente familia de los Abd-el-Krim en la cábila de los Beni-Urriagel (13), la más importante de la zona con 9.000 hombres armados, habían sido humillados por las autoridades españolas sin ninguna necesidad. Las tribus del Rif vieron la irrupción de Silvestre en el corazón de su territorio como un desafió, y además, el mando español consideró que había terminado la fase de conquista monetaria y empezaba la conquista militar. Si las cábilas perdían sus fuentes de ingresos, el estatus, naturalmente se rompía. Y así fue.

En mayo de 1920 Silvestre avanzó en una línea de posiciones que iban de norte a sur, desde la posición costera de Sidi-Dris hasta el Zoco El Telaya cerca ya de la línea de demarcación con la zona francesa. Solo tuvo resistencia en algunas posiciones, como la de Taffersit dónde Silvestre, para tomarla, cargó con grave riesgo de sus fuerzas. Pero le salió bien. En enero de 1921 recaló en Annual con el grueso de sus tropas.  Dispuso su campamento en la hondonada de Annual que no era precisamente el mejor sitio, con un importante monte a su espalda, el Izummar que le dificultaba las comunicaciones. En marzo estableció una nueva posición a su derecha, cerca de la costa, Sidi-Dris. La disposición estratégica era mala, tenía a sus fuerzas muy diseminadas, las unidades muy fragmentadas, unas comunicaciones pésimas, y una losa sobre casi todas las posiciones, que se repetirá una y otra vez, las dificultades del aprovisionamiento de agua. La retaguardia de Silvestre estaba cubierta por decenas de pequeños destacamentos y varios fuertes y bases de aprovisionamiento, como Dar Drius, El Batel y Monte Arruit que jalonaban la única vía no costera (esta era aún más difícil) que conducía a Melilla a través de un rodeo que obviaba las montañas y comunicaba los pozos de agua. Desde las cercanías de El Batel existía una vía férrea hasta Melilla pasando por Zeluan y Nador.

Las unidades en retaguardia se comunicaban mediante enlaces con los denominados coches rápidos (14) y Heliógrafos (espejos solares). La mayoría de los puestos defensivos no tenían agua cerca y la aguada era una tarea dura y tras la rebelión, sangrienta y determinante de la capacidad de resistencia. Las municiones también fueron determinantes, pues cartuchos de fusilería y cargas de artillería escasearon siempre en el África alfonsina, aunque adquirirse se adquirían, si bien, una importante parte del destino de los fusiles y sus municiones terminaban siempre en manos de los rifeños, bien por donación oficial a las tribus aliadas o simplemente porque oficiales, suboficiales y soldados se las vendían a los rifeños clandestina pero descaradamente para paliar la miseria cotidiana. Era un suicidio, más con el historial de desastres que tenía el ejercito Español en África desde 1860, era vox populi, pero a nadie parecía importarle un pimiento en aquella campaña de mentirijillas del invierno y primavera  de 1921. Como decimos, las posiciones en la retaguardia de Silvestre parecían asegurar el territorio pese a las malas comunicaciones, las dificultades de aprovisionamiento, la desmoralización de la tropa, y lo peor, la escasa fiabilidad de las cábilas que habían quedado en retaguardia.

Los rifeños, los mejores soldados de África junto con los eritreos, podían poner en pié de guerra más de 20.000 fusiles, no necesitaban escalón de retaguardia ni tren de suministros, sus mujeres e hijos servían a este propósito. De momento, las cábilas se encontraban sin mando e incluso enemistadas, las tres principales eran los citados Beni-Urriagel en la zona de Alhucemas, los Bocoya más al sur y los Temsaman. Este pueblo-ejercito tenía una fuerza militar muy superior a lo que aparentaba, más en la tierra de los 101 barrancos, donde 500 lugareños podían tener en jaque al cuádruplo de soldados regulares.

Silvestre contaba con un poco más de 24.000 hombres en toda la comandancia de Melilla de los que una parte eran indígenas (unos 3.000) y otra, importante, eran soldados en destinos burocráticos (6.000), 10.000 cubrían los distintos destacamentos que protegían la retaguardia. Del resto unos 7.000, parte los tenía concentrados en Annual y el resto diseminados en las posiciones de los alrededores.

Silvestre necesitaba un anillo defensivo alrededor de Annual y para ello ocupó el 1 de junio una posición a su frente, el monte Abarrán, donde el incompetente comandante Villar que mandaba la columna dejó un destacamento mal fortificado, en el sitio menos defendible de la altura, y con dificultades para el aprovisionamiento diario de agua (la aguada en términos militares). Nada más que la columna de protección de Villar abandonó la posición, una harka de más de 3000 moros que se encontraba a la expectativa se lanzó al asalto. El comandante Villar hizo caso omiso de los disparos y aceleró el paso dejando a la pequeña guarnición a su suerte. La posición se perdió a las pocas horas y la noticia corrió como la pólvora en Annual no contribuyendo precisamente a levantar la moral. Lo más sorprendente de esta desventurada acción es que la columna del comandante Villar llevaba 10.000 cartuchos Remington para la harka supuestamente amiga que aniquiló la posición. Como decimos, Silvestre y su segundo, el general Navarro, no le hacían mucho caso, al jefe de la Policía indígena, el coronel Morales, que fue de los pocos jefes que supo morir con honor en el paso del Izumar.

El campamento de Annual y sus posiciones defensivas. Pulse sobre el mapa para ver en rojo el repliegue español y en verde los ataques rifeños

Abarrán no hizo comprender a Silvestre en el avispero en que se había metido. Aunque sí le afecto en su ánimo, pero él necesitaba consolidar las posiciones a las que tan fácilmente había llegado antes de iniciar otros movimientos. No pudo instalarse en la estratégica Loma de los Árboles pero sí ocupó otra posición en su flanco izquierdo, denominada Igueriben. Después marchó para entrevistarse con su superior, el Alto Comisario general Berenguer en solicitud de refuerzos, municiones, víveres para la población y dinero para comprar voluntades, antes de iniciar la ofensiva final, que él, y todos (menos los verdaderos expertos en la zona como Morales, jefe de la policía indígena), consideraban sería tan incruenta como la llegada a las posiciones que en la actualidad ocupaban. Lo dicho, Abarrán no les enseñó nada, así que Igueriben fue el principio del fin.

Inmediatamente, la harka que ocupaba posiciones próximas a la posición comenzó a hostilizar en toda la línea del frente. La posición estratégica de Igueriben era muy mala al estar dominada por la Loma de Árboles que los españoles no habíamos podido tomar. Para colmo la aguada estaba a cuatro kilómetros y a los pocos días los convoyes de abastecimiento se hacen imposibles pese a actos de heroísmo, como el convoy del capitán Cebollino. Lo único que destacaba en Igueriben era su comandante, Julio Benítez, un militar de cuajo que, por contra de otros muchos, sabe muy bien cual es el comportamiento de un militar profesional en momentos de apuro. Y así lo demostrará. Entre los días 17 y 19 de julio se intentan nuevos aprovisionamientos, pero todos fallan. El 21 los moros inician el ataque definitivo. Sin municiones ni agua, Silvestre autoriza a Benítez a parlamentar con el enemigo, pero Benítez, que sabe lo que hay, le manda a paseo. Silvestre le ordena entonces la evacuación de la posición. Benítez y sus oficiales, como los centuriones de aquella legión de Cesar en las Galias, se quedan para dar una oportunidad a los soldados. Todos los oficiales mueren excepto uno, que quedará prisionero. A Annual llegarán un sargento y diez soldados, cuatro de ellos morirán en las horas siguientes al atracarse de agua. Nadie se lo impidió.

Era el momento de evacuar ordenadamente el frente de Annual y replegarse a los fuertes de la segunda línea hasta formar una fuerte resistencia alrededor de Ben Tieb y Dar-Drius, posición, esta última, que reunía las características para albergar gran cantidad de tropa y con la aguada muy fácil. Pero Silvestre entra en crisis y con él sus oficiales. Su segundo, el general Navarro, está en Melilla. La autoridad se pierde y con ella el mando. La tropa lo detecta y comienza un gran nerviosismo que los oficiales no solo no cortan de raíz, sino que lo transmiten aún más, pues muchos de ellos escapan en sus coches rápidos, a caballo y con viles excusas. Otros, más enteros, se muestran serenos controlando sus tropas. Las harkas, pues ya son varias, cargan contra Annual y todas las posiciones circundantes. Silvestre autoriza la retirada, pero ya es tarde, no se trata de una retirada, es simplemente una estampida de miedo. Solo los mejores oficiales y soldados aguantaron con temple con la pretensión heroica de permitir la retirada (los hombres del coronel Manera), pero todo fue inútil, huida a la carrera, sin respetar a los heridos, sálvese el que pueda, festival de la cobardía. Comprensible en los soldados que estaban allí a la fuerza, pero los cobardes oficiales que pusieron pies en polvorosa, fueron responsables de la muerte de todos sus hombres.

Las noticias vuelan y los puestos a retaguardia salvo excepciones se repliegan con vanas excusas tipo "si no recibo órdenes en los próximos 5 minutos, nos replegaremos", ¿de quién las iban a recibir? Una de las mayores cobardías fue la del mando de la posición de Izummar, donde era vital la permanencia para asegurar la retirada, pero sus oficiales toman la decisión de abandonarla sin disparar un sólo tiro, pues "no vieron enemigo contra quien disparar". Naturalmente, los moros tomaron las alturas que dominaban el barranco por donde discurría la pista y masacraron a todo bicho viviente que por allí pasó. Allí cayeron bravos oficiales y soldados, los coroneles, Morales y Manella que venían los últimos y que se replegaban combatiendo y ordenadamente para permitir la retirada de la columna. Pero la estampida no se detuvo en Ben Tieb. La desorganizada masa, oficiales incluidos, no atendió a razones y siguió hasta Dar-Drius. El comandante de Ben Tieb, después de requerir a los jefes en retirada para que le dejaran las unidades más enteras con el fin de resistir y taponar la brecha, y viendo el caso omiso que le hizo el teniente coronel del regimiento Ceriñola, y teniendo en cuenta los heridos de los que era responsable, organizó la evacuación. La perdida de Ben Tieb, con todos sus suministros, fue clave para la avalancha mora, al hacer indefendible todo el centro del dispositivo de Silvestre. El comandante de Ben Tieb, sin ser posible acusarle de cobardía, cometió un error imperdonable, abrió las puertas de la llanura del Kert, el camino natural hacia Melilla. Su obligación era resistir hasta el último hombre y la última bala para salvar al ejercito (lo que quedaba de él).

Navarro, llegado desde Melilla, se hace cargo de las tropas que mal que bien han llegado a Dar Drius. Tiene 3.000 hombres, agua, municiones y 15 cañones, el fuerte es relativamente sólido y se presta para la defensa. Pero no lo hará. El 23, a mediodía, reúne a sus hombres, organiza el dispositivo de retirada y se larga. ¿Por qué? Parece que la tropa y sus mandos estaban completamente desmoralizados, muchos en estado de choque. No había voluntad de resistencia. Los mejores ya estaban muertos. El objetivo, Batel, a poca distancia de la terminal de ferrocarril de Tistutin. Pero la marcha precipitada de algunos oficiales, como en Annual, provocó otra estampida de la tropa. Al llegar la tropa al Igan (un río medio seco), se encuentran conque la otra orilla está ocupada por los moros y no se puede pasar. Es entonces cuando lo que queda del Regimiento de caballería nº 14, Alcántara, se cubrirá de gloria al mando de su segundo jefe, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera (15). Los escuadrones cargan para desalojar a los moros de la orilla opuesta dispersándoles con gran arrojo. La columna pasa entonces mientras el Alcantará cubre la retirada cargando una y otra vez hasta casi su extinción en el crepúsculo del 23, pero el objetivo se cumple y Navarro llega a Batel, dónde es imposible defenderse, además, el ferrocarril no funciona (16), y durante los dos kilómetros que separan Batel de Tistutin los españoles son despiadadamente tiroteados. En Tistutin, Navarro aguanta varios días, pero en peor situación militar, que en Dar Drius, quizá esperando un tren salvador. Pero eso era imposible, su retaguardia, Nador y Zeluan se encontraban en los mismos o peores apuros que los desmoralizados restos del ejército de Silvestre.

El 28 se recibe un mensaje del Alto Comisario que ordena a Navarro se repliegue a Monte Arruit posición a la que Berenguer considera más fácil socorrer, pero que tenía mucho peor disposición defensiva que Dar-Drius. Mientras tanto, todas las guarniciones han ido cayendo en manos de los moros, con el mismo resultado, matanzas y más matanzas. Mucha cobardía y algunos actos heroicos de mandos, soldados y guardias civiles con temple. Es de notar el caso de los defensores del poblado de Nador en la costa del Mar Chica de insuficiente calado para buques, todo lo más barcas de vela. Desde el 24 de julio hasta el 2 de agosto la resistencia es numantina pero el agua y las municiones se les agotan a los encerrados en la fabrica de harinas dónde se habían hecho fuertes. Autorizados a parlamentar, se rinden a los moros que prometen respetar sus vidas. Será la única vez que estos respetan su palabra, dejando a los supervivientes regresar a Melilla que distaba pocos kilómetros. No ocurre lo mismo con los colonos del poblado, a los que masacran.

El teniente coronel Fernando Primo de Rivera al frente de sus hombres del regimiento de caballería Alcántara en el paso del Igan. La única unidad de caballería europea en la comandancia de Melilla, salvó lo que quedaba del ejército, hasta Monte Arruit. El precio: a la citada posición llegaron su comandante accidental y 60 hombres y 20 caballos.

Nos encontramos ahora con el último acto de la tragedia. Monte Arruit. Allí han llegado el 29, todas las tropas que se han podido salvar de Annual y de todas las posiciones intermedias con supervivientes. Navarro cuenta con 3017 hombres justos. La posición no sirve para tanta gente. Pero queda la esperanza del socorro temprano. Pero lo que ocurre es que la artillería mora, que ha poco era española, les castiga con puntería certera, los rifeños aprenden pronto. El socorro no llega, los aviones tampoco, menos de media docena para aprovisionar el fuerte. ¡Ridículo! Y la maquinaria administrativa del ejército incapaz de movilizar fuerzas, flota, pertrechos, nada. Y eso que han llegado refuerzos a Melilla, pero el mando prohíbe toda aventura. Monte Arruit se convertirá en un inmenso cementerio al aire libre y donde se repite la tragedia: el Alto Comisario autoriza parlamentar. ¡Ya hay que ser estúpido, con lo que había caído!, los moros matarían a todo quisque excepto aquellos de quienes se esperase sacar rescate. O sea jefes y altos mandos. A la tropa que la zurzan. El 9 de agosto Navarro se rinde con la promesa de respetar la vida de la tropa. No se lo cree ni él. Qué cara se les quedaría cuando los moros separaron a los jefes de sus soldados y comenzaron a degollar a los desarmados soldados, muchos de ellos heridos y enfermos, y la mayoría formados ya sin armas. Vaya jefes que no supieron morir matando hasta la ultima bala como el comandante Benítez en Igueriben. ¡Que desprecio! Carne de gallina a la que hubo que rescatar. Ya no quedaba tropa española más allá de Melilla si exceptuamos sus espectros. 10.000 cadáveres bárbaramente mutilados secándose al sol ignominioso de aquel Rif.

Este desastre que enlaza con el desastre del 98, con el intermedio de la Semana Trágica, ha colmado la paciencia de los españoles. Todo va a cambiar a partir de aquí. Se están poniendo los cimientos de lo que será la próxima guerra civil. Tapar las responsabilidades de Annual (17) abrió las puertas a la dictadura de Primo de Rivera, pero la dictadura, que resolvió la guerra de África, mal y tarde, pero la resolvió, había creado una casta militar incontrolable, la casta africanista de militares curtidos en la salvaje reconquista de los territorios perdidos en 1921, y sustentada en la creación de unidades de mercenarios y agrupada en el espíritu de cuerpo del ejercito de África, un ejército cuajado de oficiales insolentes, que anhelaban ser ascendidos, que suspiraban por salir en la prensa patriótica y que decían resolver todos sus problemas con huevos, como muy bien sabía Primo de Rivera, que exigían ascensos y méritos sin ningún decoro porque habían derrotado, tras 10 años de dura lucha a un país pobre, seco, mal armado y alimentado, que tuvo un sueño anticolonial que fue muy bonito mientras duró pero que le sentaría a España como un tiro y nunca mejor dicho. Esta era la casta Africanista que no estaba dispuesta a rebajar sus pretensiones ni un ápice, que tenía ambiciones personales desmesuradas, y que amenazaba con romper el pacto político-militar que había mantenido España sin pronunciamientos. Eran pretorianos, soldados profesionales que se consideraban por encima del estado, con derecho a eliminar todo lo que consideraran un peligro para su concepción de España. Además, decenios de supuestas humillaciones de los políticos y de la prensa contra el ejercito, decenios de justificadísimo antimilitarismo, les azuzaban: "Los desastres de las armas españolas eran siempre culpa de los elementos civiles y políticos como lo demostraban los numerosos actos de heroísmo de la milicia", decían. La vergüenza de los desastres militares que desde el siglo anterior venían sacudiendo a la sociedad española, no les hacía humildes y deseosos de encontrar soluciones al endémico problema militar español, al revés, les hacía insolentes, agresivos y desleales. Todo lo contrario de lo que el ejército necesitaba. La caída de Alfonso XIII y la agitada vida política de la II Republica les dio sus mejores excusas y su mejor oportunidad. Y la aprovecharon.

Penúltimo acto, la dictadura de Primo de Rivera.

 Desde la restauración en 1875 y salvo el pronunciamiento republicano de Villacampa, no se habían producido asonadas militares. Esto no debe analizarse a la ligera, el ejército seguía siendo el arbitro definitivo de la política española y su influencia se hacía sentir de otros modos. Los políticos podían gobernar siempre y cuando no tocaran al sacrosanto ejército. Pero la idea del pronunciamiento era renuente, estaba continuamente saliendo a la superficie. Era un chantaje permanente que pesaba como una losa sobre todo gobierno y presupuesto. De modo que los generales tenían automáticamente un escaño en el Senado, los ministros de la Guerra eran siempre militares y el presupuesto militar era intocable. A todo esto había que añadir su mejor valedor, el monarca, un rey que gustaba de jugar a los soldaditos. De hecho, Alfonso XIII se consideraba a sí mismo como comandante en jefe, Constitución aparte.

La estructura militar apenas había evolucionado con la sociedad que le pagaba. Oficiales aristócratas en la caballería y en las armas técnicas (Artillería, ingenieros y Estado Mayor) y una masa mal pagada de oficiales de infantería provenientes de las clases medias, muchos de ellos de las más modestas. Esto explica la importancia que tenía para oficiales modestos, los ascensos condecoraciones y méritos, y por ende, la guerra de África, que era la peligrosa tómbola donde estos premios tocaban.

Así que la reforma militar pasaba siempre por la reducción de la henchida burocracia española. Y claro, los menos pudientes (infantería) la rechazaban abogando por el ascenso por méritos de guerra, mientras los otros cuerpos, artillería e ingenieros, se preciaban de rechazar todos los ascensos que no fueran por mera antigüedad. En 1917 nacen las Juntas de Defensa, especial sindicato militar corporativista de una masa de oficiales mal pagados, y que influiría decisivamente en la política militar y en otros importantes aspectos políticos de la España alfonsina. Alfonso XIII que inicialmente quiso aprovecharse de este movimiento de oficiales, acabó por repudiarles. Las juntas terminaron siendo manipuladas por los políticos y sus fines fueron subvertidos por los ministros de turno. Además, la guerra de África, hacía emerger otro tipo de oficiales, oficiales en campaña, por contra de los oficiales de guarnición. La crisis de Annual, cuyos mecanismos de generación eran en el fondo los mismos que los anteriores desastres militares españoles, ministros de la guerra sin presupuesto ni ganas y burocracia y administración militar incapaz de soportar ninguna campaña en ninguna parte, y el expediente Picasso (general que hizo de fiscal militar en la investigación de los sucesos militares del verano de 1921) que estaba amenazando al alto mando, al ministro y a la propia corona, propiciaron la pérdida del orden constitucional y parlamentario.

En septiembre de 1923, el general Primo de Rivera, un campechano espadón a la sombra del monarca protagoniza el primer pronunciamiento en muchos años. El ejercito no se pronunció como tal en masa, pero tampoco se opuso. Un general benevolente con las juntas (los generales no querían ni oír hablar de las Juntas de Defensa) había asumido, por fin, el rol más tradicional de los generales españoles, el golpe militar. Primo de Rivera fue muy afortunado en los primeros años de su consulado. Tras un inicio represivo y duro, comenzó a coquetear con la UGT y algunos líderes socialistas y se lanzó, sin programa y sin partidarios, a lo que el entendía tenía que ser España, su España. Primero la paz interna, leyes sociales paternalistas que aflojaran un poco el dogal con que se sujetaba al proletariado, con la colaboración de la UGT y de algunos líderes obreros, como Largo Caballero (18), mano dura con los irreductibles de la CNT, y de paso se divide al movimiento obrero. Después, la paz externa, acabando con la guerra en Marruecos, de la única manera que se podía hacer: retirada general de los centenares de pequeños fuertes indefendibles, pactar con Francia para asfixiar a la Republica del Rif, y desembarco en el centro del dispositivo rifeño, Alhucemas, coordinado con la intervención francesa. El Marrueco español se pacificó completamente entre 1926 y 1929. Un éxito indudable de Primo. Y para terminar, el partido único gubernamental, la Unión Patriótica. Alianza ad hoc de conservadores antiparlamentarios con poco porvenir en realidad (Nación, Iglesia y rey, por este orden, decían).

Su principal error fue su visceral y primitivo antinacionalismo, básicamente anticatalanismo. Pero la represión siempre pierde frente a los nacionalismos y Primo fue otro más de los derrotados por las fuerzas centrifugas ibéricas. Sólo que no se enteraba. El siguiente error fue su falta de programa político y de bases sociales de apoyo. Los católicos, la burguesía industrial, los nacionalistas y el movimiento obrero no socialista, no sólo no le apoyaban sino que le detestaban. Y a medida que la salud del dictador empeoraba, Primo empezó a pensar en dejar el mando devolviendo la monarquía a la normalidad anterior al golpe. Pero eso era imposible. La política de obras públicas y el cierre de la crisis de África no eran suficientes para calmar las ansias de libertad de la sociedad española. La dictadura sólo era una pausa en la marcha del país hacía la modernidad y decididamente hacia la República. Las reformas no se podían aplazar más. Pero Primo no era el indicado para estas tareas. Terminada la guerra de África se atrevió a cambiar su directorio militar por otro civil, dónde destacó Calvo Sotelo como ministro de Hacienda con su intento de reforma fiscal. Otro aspecto que quedó sin desarrollar, y tendría gran importancia, se trataba del Estatuto de los Municipios que les proporcionaba más democracia y más autonomía, pero Primo tuvo entonces en contra a la clase política tradicional y a las oligarquías de siempre. Las elecciones municipales quedaron suspendidas sine die. No obstante el gobierno creo el Banco Exterior de España para potenciar y regular el comercio internacional, también el Banco Hipotecario para promover la construcción de viviendas populares, y finalmente el Banco de Crédito Industrial para fomentar el desarrollo industrial. En una maniobra sorprendente, el gobierno nacionalizó la distribución de petróleos y derivados creando la CAMPSA que se adjudicó a un consorcio de bancos españoles. Otra medida positiva fue la creación de las Confederaciones Hidrográficas, intento de racionalizar el uso del agua en un país seco. Todas estas medidas le atrajeron la repulsa de los medios políticos y financieros más tradicionales y debilitaron su gobierno. Finalmente, los intelectuales y los estudiantes de la poderosa FUE se unieron a la oposición y el rey recibió presiones para su destitución. Pero todo esto no hubiera traído la caída de Primo mientras contara con el apoyo del ejército. Pero Primo de Rivera se complicó la vida con los militares. Primero mangoneó la Junta de Clasificación de ascensos para así premiar o castigar a los oficiales, después se metió con los artilleros atacando su rígido sistema de ascensos. Los artilleros se pusieron en huelga y Primo disolvió el cuerpo. Nadie apoyó a los artilleros que tuvieron que envainársela pero la oficialidad de todas las armas vio el hecho como un agravio y una cacicada. Para encontrar una salida a sus apuros, Primo propuso la constitución de una Asamblea Nacional no electiva que formulara una nueva Constitución. Pero el proyecto era antidemocrático y la Asamblea Nacional era una imitación del Gran Consejo Fascista de Mussolini. Primo estaba perdido, ya no contaba con nadie. Y se empezó a buscar a otro general que le diera el portazo a Primo. Y a todo esto sobrevino el crack del 29 y la peseta cayó en picado por muchos esfuerzos que hizo Calvo Sotelo para mantenerla. Con varias conspiraciones en marcha, el rey alarmado de la situación buscó una oportunidad para acabar con su gobierno. Pero no hizo falta, abandonado por los Capitanes Generales a los que Primo había consultado, decidió dimitir y partir a Francia, donde murió a los pocos meses.

Los sectores del ejército que conspiraron contra Primo, no llegaron a derribarle, pero, no obstante, encontraban perfectamente legítimo intervenir contra Primo y reconducir el proceso político a sus orígenes, la monarquía alfonsina pura y dura.

Último acto, la II República

La II República llego a España de la forma más pacífica y en cierto modo más natural: la monarquía se había agotado, su última experiencia, la dictadura de Primo, había fracasado y con ella el propio rey, su principal valedor, era claro que el siguiente paso se daría sin la monarquía, y el país lo sabía. El ejército lo sabía y las clases dirigentes también. Todo el mundo se encontraba al pairo, sólo era cuestión de esperar. Sólo era cuestión de ver si los militares iban a permitirlo. Las elecciones municipales del 31, no fueron una victoria abrumadora de los republicanos, aunque sí barrieron en las ciudades, donde el voto era libre, por contra de los medios rurales donde muchos de los votos eran cautivos desde los tiempos de Isabel II. Todas las instituciones del estado asumieron la llegada de la República como inevitable e incluso conveniente. Estaba pasando lo mismo que en 1873, con la diferencia de que no eran ahora las clases políticas las que traían la Republica por agotamiento de la monarquía, sino las clases populares, el pueblo llano era el que quería el cambio. Terminar con la dolorosa monarquía de espadones, gigantes, cabezudos y monarcas libertinos.

Mucho se ha dicho sobre cómo recibió el ejercito la llegada de la II República e incluso la misma Iglesia. El ejército, salvo una muy pequeña minoría a ambos lados del espectro político militar, la recibió con indiferencia. La Iglesia no, la Iglesia Católica la recibió con creciente desasosiego, sabía que su principal ocupación, la enseñanza, corría peligro, al contrario del ejército que de primeras no veía peligros para su estatus en el horizonte republicano, la Iglesia si lo veía y con razón, la situación de la enseñanza española, y muchas otras, era prácticamente medieval, y era culpa de los intereses creados de la Iglesia Católica y de otros grupos similares (más o menos los mismos que ahora) que tenían secuestrada la enseñanza pública y la moral pública con argumentos ultraconservadores (más o menos los mismos que ahora). Por tanto, la II República no nació inocente, nacía con enemigos muy correosos, cuales son ciertos obispos y cardenales combativamente antirrepublicanos, congregaciones reaccionarias, y demás ralea de la España de sacristía. Oligarcas que temían las reformas republicanas, militares que también temían la reforma del ejército, patronos decimonónicos que igualmente temían las reformas laborales... Pero además, la II República tenía más enemigos, el movimiento anarcosindicalista veía la llegada de la II República con la misma hostilidad que sus enemigos naturales. Para el anarquismo español de 1931, los burgueses liberales de Azaña y compañía eran los mismos que los burgueses conservadores de la monarquía. Craso error que hubieron de rectificar en febrero 1936. Pero también el diminuto Partido Comunista gritaba aquello de ¡Abajo la republica burguesa!, ¡Vivan los soviets! Otro error que se vieron obligados a rectificar también tras octubre del 34.

Bueno, todo esto estaba muy bien, pero de qué valía la Republica si no se iniciaban urgentemente las reformas que el país necesitaba, Ejército y fuerzas de orden público, enseñanza, reforma agraria, Autonomía política para Cataluña y Euzkadi, etc..., etc...

El Ministro de la Guerra Manuel Azaña junto a Franco y otros militares conocidos en La Coruña en 1932

Al primer decreto reformista se iniciaron los movimientos, todo el mundo levó anclas y se puso a navegar, se había acabado la indiferencia, incluso el idilio de supuestos grandes sabios, como Ortega, Marañón, Madariaga, etc..., que en el fondo sólo eran pequeños burgueses, aquellos de "Al servicio de la República" pero que lo que realmente querían es la República a su "intelectual"  servicio... El Cardenal Segura inició el fuego eclesiástico de la rebelión, que como tal naturaleza siempre fue fatuo. La compañía de Jesús idem de idem, y los terratenientes bramaban por los montes pues sus tierras que Díos les legó (o similar) les iban a ser expropiadas por una banda de intelectuales ateos pero algo entendidos en esto de las hectáreas sin cultivar. Los militares miraban sorprendidos mientras los oficiales decididamente antirrepublicanos envenenaban los cuartos de banderas (santa santorum de los acuartelamientos). Empezaba la fiesta.

La reforma militar de Azaña, sería la gota que colmara el vaso de la inquietud militar. La reforma, con acierto y con fallos, eso era lo de menos, sirvió a la derecha para manipular a los militares y convencerles de lo que más temían desde los tiempos de Sagasta había llegado, la demolición del ejército tal y como ellos lo representaban. Los militares dejaron de ser indiferentes para adoptar su papel más tradicional, los garantes de la España de siempre, amenazada, según ellos, por el republicanismo, el intelectualismo y el separatismo.

Así, en 1932, la aristocracia monárquica, que no había dejado de conspirar desde el mismo 14 de abril de 1931, induce a un espadón renombrado, Sanjurjo para el primer putsch militar antirrepublicano, la Sanjurjada del 10 de agosto. Centralizada en Sevilla, la asonada no pasa de eso, asonada, y es fácilmente superada por el gobierno. Esto haría creer a muchos políticos republicanos que los pronunciamientos son cosa del pasado. Error que nos costaría muy caro.

Tras esto, la conspiración se extiende a otras ramas monárquicas aun más cerriles, los carlistas, que unidos a los alfonsinos buscan el apoyo monetario y militar de Mussolini. La llegada al poder de la derecha en 1934, detiene esta conspiración y provoca la revolución de octubre, donde las masas obreras quieren impedir a toda costa que la República caiga en manos de quienes quieren destruirla. En este proceso, se produce la fascistización de la derecha y la radicalización de la izquierda, y en ella medra un nuevo tipo de partido fascista español, la Falange, que pese a su pequeñez, arma un ruido, ensordecedor. En medio, una brutal represión contra la izquierda y el republicanismo que no contribuye precisamente a calmar los ánimos.

La llegada al gobierno del recién formado Frente Popular tras las elecciones del febrero de 1936 desata la última y definitiva conspiración, donde los militares de la fracción mayoritaria del ejército, africanistas y UME (19), encabezan un plan rápido de asalto al estado con el apoyo del resto de los conspiradores, oligarquía terrateniente, burguesía conservadora, carlistas, fascistas y las propias derechas representadas por la CEDA y Gil Robles quién, pese a sus desmentidos posteriores, participó en alma y cuerpo en ella, con dinero y apoyos políticos. Destaca entre todos ellos el que fuera ministro de Hacienda en la dictadura, el señor Calvo Sotelo, verdadera figura fustigante en el parlamento de la España más reaccionaria e intolerante. El golpe en sí mismo, como sabemos, falló en la mayor parte de España y provocó la guerra civil.

Conclusiones.

En resumen, los antecedentes de la Guerra Civil española, aquello que llevó a la proclamación de la II República, la conspiración y el golpe, y la guerra civil, hay que ajustarlas exactamente a los parámetros fundamentales de la vida social y política del país durante el siglo XIX y el primer tercio del XX: La urgente necesidad de reformar estructurales, sociales, económicas, políticas y militares, y la irreductible decisión de las clases oligárquicas a negarlas a cualquier precio, por un lado, y la existencia de un ejército, con élites veteranas de una cruel guerra colonial, los africanistas, que tras una larga tradición de pronunciamientos militares, y con el apoyo de la derecha tradicional afecta al régimen anterior, estaban dispuestos a cortar por lo sano, la irresistible ascensión de la izquierda y las clases trabajadoras y su acerada decisión de emprender reformas sociales de hondo calado en una sociedad que suspiraba por ellas desde hacía dos siglos, al precio que fuera, revolución social incluida.

M. B. Junio de 2006


Bibliografía:

España 1808-1975. Raymond Carr.

Diccionario biográfico de personajes históricos del siglo XIX español.

La guerra del 98. Agustín R. Rodriguez Gonzalez.

El ejército español en el desastre de 1898. Rafael Núñez Florencio.

Las imágenes del desastre. Annual 1921. Antonio Carrasco García.

Historia secreta de Annual. Juan Pando

Annual 1921 y Yo te diré. Manuel Leguineche.

Rel. 1.01 May 2000. Rev.  4.01 dic. 2013 - SBHAC Nº 1