| S.B.H.A.C. Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores |
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2.3- Galería de
militares republicanos en la GCE |
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De Vicente Guarner Vivancos A Pedro Martínez Cartón (46) |
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Vicente Guarner Vivanco.
Reseña de Cristóbal Zaragoza: Este prestigioso jefe menorquín nació en 1893 en Mahón y residió desde su niñez en Barcelona. En 1908 ingresó en la Academia de Infantería de Toledo, donde se graduó como segundo teniente en 1911. Después de ingresar por oposición en la Escuela Superior de Guerra de Madrid obtuvo el diploma de Estado Mayor en 1919. Hizo las prácticas de Estado Mayor con el grado de capitán en Menorca, Ceuta y Melilla, en el Estado Mayor del IV Cuerpo de ejército y en la base aérea de Cuatro Vientos. Entre 1920 y 1926 fue profesor de la Academia de Infantería de Toledo. Al ascender a comandante fue nombrado jefe de Estado Mayor de la 7.a brigada de Infantería, en Barcelona. De talan-te liberal y republicano convencido, fue procesado a consecuencia de los sucesos de 1934. En 1935 fue designado por concurso profesor de Táctica en la Escuela Superior de Guerra de Madrid, puesto al que se incorpora en mayo del 36. Pero la historia marcaba sus rumbos por otros derroteros. En efecto, según confiesa el mismo Guarner, recibió una inesperada llamada telefónica del presidente Companys, «rogándome que fuera a verle, y acudí a su despacho a la hora indicada. El presidente, con su habitual simpatía, que contrastaba con la adustez de don Manuel Azaña, me dijo que había pensado en mí para ejercer el cargo de jefe de los servicios de Cataluña. Me negué en redondo, diciéndole que ya estaba destinado en un cargo militar que me gustaba mucho; que tenía piso en Madrid, con mi vida organizada, y, además, le indiqué que en ese cometido tenía que estar un civil. El presidente manifestó que era de mi opinión, si bien para tiempos normales, pero que había indicios de un movimiento militar y que contaba conmigo» 34 Companys le pregunta entonces si, siendo comandante como es, se aviene a servir a las órdenes del capitán Escofet, a lo que Guarner contesta afirmativamente, añadiendo que no tenía ningún inconveniente en servir a las órdenes «de tan gran persona como era Escofet».En efecto, el 4 de julio de 1936, quince días antes del levantamiento, toma posesión de su cargo en Barcelona. Dedica los primeros días a visitar las dependencias de la Jefatura y de las distintas Comisarías y, poco después, le informan unos confidentes de que el capitán Pedro Valdés Martel, de la 8.' compañía de Seguridad, tiene documentos que demuestran la preparación del levantamiento en Barcelona. Guarner ordena que se practique un registro en el domicilio del sospechoso y encuentra un gran sobre lacrado escondido en la caja de un gramófono en el que se halla el bando de proclamación del estado de guerra, firmado por el general González Carrasco, un manifiesto dirigido al país firmado por la «Junta Suprema Militar de Defensa de España» y las órdenes de instrucción para los distintos «comandantes de las unidades». Guarner presenta estos documentos al general Llano de la Encomienda, jefe de la IV d-visión orgánica, al tiempo que le pide que arreste a cincuenta oficiales sospechosos. Nadie parece hacerle caso. Pese a ello, toma las medidas oportunas para la defensa de la ciudad. Tras la batalla en las calles de la ciudad, y tras reducir a los sublevados, Guarner sostiene duros enfrentamientos verba-les con los representantes de las Milicias Populares. En vista de que no existe ningún entendimiento, dimite del cargo. Es nombrado en fecha 10 de agosto asesor militar del Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, creado por decreto de 21 de julio. Con un mapa Michelin organiza lo mejor que puede el despliegue de las columnas que salen constantemente de Barcelona sobre el frente de Aragón. El 12 de agosto es nombrado por decreto subsecretario de la Consejería de Defensa de Barcelona. De vuelta de uno de los viajes de inspección por las costas catalanas, Guarner tiene conocimiento de la aventura de Bayo en el archipiélago balear. Poco después volaba hacia las Balea-res en un hidro a fin de inspeccionar los frentes. A pesar del estado caótico en que los halla, redacta un informe no del todo desfavorable para Bayo. Después del fracaso de éste, y en vista de que su cabeza corría peligro, ya que Juan García Oliver quería ejecutarlo, Guarner decide asumir su defensa. Más tarde conseguiría que Prieto lo reclamara a su lado, en Valencia, salvándole así de una muerte segura. El 28 de febrero de 1937 fue nombrado jefe del frente de Aragón, en el que dirige personalmente las operaciones de marzo a junio del mismo año. Cesa en el cargo el 23 de abril, principalmente por motivos de salud, reincorporándose de nuevo a la Consejería de Defensa. Pasa los sucesos de mayo en su domicilio particular, enfermo. Guarner asistió a la batalla de Brunete en calidad de jefe de operaciones. "Las operaciones de Brunete —escribe— adolecieron de exceso de precipitación y de escasa capacidad de penetración de unas tropas mal instruidas y con deficientes mandos subalternos". No deja de culpar, aunque veladamente, a Modesto, a quien califica como «un carpintero de Jerez, transformado en personaje por el comunismo». Mientras se consolidaba este frente, el 25 de julio es llamado por el general Rojo, quien a instancias de Prieto le nombra secretamente inspector de las Brigadas Internacionales. En el informe que redacta para el ministerio de Defensa, Guarner denuncia todos los males que a su juicio se ven en la Base y la enorme burocracia en que se apoyaba la organización y propaganda de las Brigadas Internacionales. El 29 de julio de 1937, terminados sus trabajos en el Estado Mayor del Ejército del Centro, Guarner recibe la orden de Rojo de desplazarse al frente de Córdoba, que cubría el VIII Cuerpo de ejército al mando del coronel de Artillería Joaquín Pérez Salas. El 1 de agosto presencia la retirada de las tropas republicanas en el Pico de la Perdiz. Guarner fortifica las posiciones y consigue salvar a Pérez Salas de las iras de Rojo, que quería destituirle. Cuando en el mes de octubre del 37 el gobierno de Negrín se traslada a Barcelona, Guarner se instala con el Estado Mayor en Vallcarca. Visita a Companys, a quien encuentra «intranquilo y preocupado» ante la llegada del Gobierno de Madrid. Las posibles diferencias ceden ante la llamada ineludible de la guerra: el general Rojo les habla de montar un gran ataque sobre Teruel, que como es sabido cayó el día 22. Guarner se lamenta del fracaso final al escribir las siguientes palabras: «Nuestra organización era más artificiosa que real, una base para aquello que los militares profesionales aspirábamos que fuese un verdadero ejército moderno, ideal que en todo el transcurso de la guerra no pudimos nunca alcanzar.» Después del nuevo fracaso en el frente de Aragón, Guarner deja la sección de Operaciones (27 de mayo de 1938) y pasa a hacerse cargo de la Escuela de Estado Mayor, en sustitución del coronel Casado, que iba a mandar el Ejército de Andalucía. La orden es de Negrín, nuevo ministro de Defensa caído Prieto, y Guarner la obedece con gusto. Ha ejercido muchos años la enseñanza, y siente una especial predilección por la Escuela que va a dirigir y en la que imprime una nueva dinámica. Allí permanece hasta el 11 de septiembre de 1938, en que Negrín le nombra agregado militar en la legación de Tánger, con el encargo de organizar el servicio secreto en Marruecos. Allí le sorprende el final de la guerra, iniciándose su exilio en Casablanca y, más tarde, en México, donde muere en 1981. |
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Ernesto Güemes Ramos. Capitán de Infantería, había servido en Marruecos. Mandó una División en el Jarama y posteriormente el III y XXI Cuerpo. |
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Casiano Guerricaecheverría Usabel. Capitán de Artillería en 1936 y mandó los Miñones de Vizcaya, una policía vasca. Jefe de la artillería vasca, desertó poco antes de la caída de Bilbao. |
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Diego Guevara Martínez
Fuente: Santiago López Guevara
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Joaquín D´Harcourt Got. Teniente Coronel médico Jefe de los Servicios Quirúrgicos del Servicio de Sanidad del Ejército. Un auténtico fuera de serie en la organización de los Servicios Quirúrgicos de campaña. Junto con el Dr. Bastos (Madrid) y el Dr. Trueta (Barcelona), compone el trío de ases de la sanidad militar republicana. Se exilió a Méjico.
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Julián Henríquez Caubin. Había ingresado en el PCE en 1931 tomando parte en actividades subversivas. Comenzó la guerra en el comité político del batallón Canarias Libre. Luego mandó la 37 Brigada y fue jefe de EM de la 35 División. Después de la guerra, en México, escribió un relato sobre el papel de su División en la batalla del Ebro.
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Ángel Hernández del Castillo. Capitán de Infantería en Gijón. Posteriormente ocupó cargos de Estado Mayor y mandó una División del ejército republicano del Norte. |
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Francisco Hernández Chacón.
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Juan Hernández Sarabia.
Reseña De Cristóbal Zaragoza: Artillero de mucho prestigio y republicano por convicción, el teniente coronel Hernández Saravia —«hombre de gran formación militar y temperamento ecuánime» (Zugazagoitia)— había sido jefe del Gabinete Militar de Azaña y ayudante suyo. Siendo aún comandante había sido perseguido por Primo de Rivera con verdadera saña. Cordón, que lo trató íntima-mente, dice de él las siguiente palabras: «Juan Hernández Saravia, comandante entonces en situación de excedente en Madrid, era uno de los artilleros más activos en la preparación de la acción militar antidictatorial. Ya en la anterior sublevación de los artilleros se había distinguido mucho. Tanto que, según decían, Primo de Rivera había asegurado que si capturaba a Saravia lo haría fusilar. A pesar de que había orden de detenerlo, se había quedado en Madrid, pero se había dejado crecer la barba y el bigote para desfigurarse. Su idea no le dio muy buen resultado en cuanto a cambiar de fisonomía y hacerse irreconocible: el primer artillero que lo vio por la calle vestido de paisano y barbudo lo saludó. En vista de ello, a ruegos de su familia, decidió marchar a Portugal, y allí esperar a que pasase el chubasco dictatorial.» A su regreso de la nación vecina tuvo ocasión de intimar con Azaña, que más tarde le nombraría ayudante suyo. En julio de 1936 tenía cincuenta y seis años, y desempeñaba el cargo de subsecretario del Ministerio de la Guerra. Poco después ascendía a coronel. Por aquellos días, el titular de Guerra, general Castelló, perdió la razón como dejamos dicho, y Hernández Saravia ocupó el cargo vacante el 6 de agosto, en el que estaría poco menos de un mes. Luego relevó a la columna Bernal en Córdoba. El 1 de enero de 1937 cesa en el mando de esta unidad. Después de la batalla de Brunete, en agosto se hace cargo del Ejército de Levante, prácticamente inactivo. El 15 de diciembre ataca Teruel con tres columnas en una hábil operación montada por Rojo. Consecuencia de ella sería la caída de la ciudad en manos de las unidades republicanas el 7 de enero de 1938. Su acción ha sido tan brillante, que el 25 de diciembre es ascendido a general. Después de la reestructuración del Ejército vuelve, a principios de 1938, a hacerse cargo del de Levante. El 2 de junio es nombrado jefe de un grupo de ejércitos de los recién creados, el GERO (Grupo de Ejércitos de la Región Oriental), formado por el Ejército del Este y la Agrupación Autónoma del Ebro, al mando de Modesto. Su actuación en la batalla del Ebro es muy destacada. Al producirse la caída de Barcelona, Hernández Saravia opina que se impone la defensa de la ciudad. Pero ante su indignación, fue relevado de su puesto. Zugazagoitia y Cordón coinciden en que Saravia recibió el relevo como una ofensa a su honor militar. «No pronunció una palabra —escribe el primero—, una queja. Se ciñó, los ojos llenos de lágrimas, al deber de la obediencia. No acertaba a comprender quién, ni por qué, le asestaba el golpe.» Cordón, por su parte, afirma que el destituido general le confió que consideraba absurda e injusta la medida que se había tomado con él y que podría ser interpretada por muchos por una deserción. Permaneció en Barcelona hasta el 25 de mayo, según testimonio de Modesto, que estuvo en la retirada con él. Pasó la frontera francesa y se exilió en México, donde moriría en 1974. |
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Emilio Herrera Aguilera. Piloto de Chato. Hijo del general Emilio Herrera Linares. Durante la Batalla de Belchite fue derribado. Al parecer los rebeldes ocultaron su cuerpo. Tenía el mote de "Pikiki" y era hermano de Jose Herrera "Petere" (véase intelectuales) |
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Emilio Herrera Linares.
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Ignacio Hidalgo de Cisneros y López de Montenegro.
Reseña de Cristóbal Zaragoza: De familia entroncada con la aristocracia alavesa, nace este militar en Vitoria en 1894. Cursa allí el bachiller con los maristas e ingresa en la Academia de Intendencia Militar de Ávila, de la que sale graduado en 1914 con destino inmediato a la Intendencia de Sevilla. Quizá siguiendo el ejemplo de tres de sus hermanos que servían en Regulares; pide ser destinado a África. En Melilla, precisamente cuando las tropas del general Silvestre se hallaban más comprometidas, Hidalgo recibe la orden de incorporarse al aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid, para asistir al curso de aviación que previamente había solicitado. Sucede esto a principios de 1920. Dos años después, ya con el grado de teniente de aviación, vuelve a Melilla. Tras unos breves destinos en Sevilla y Madrid, en los que actuó como profesor de vuelo de algunos jefes y oficiales procedentes de distintas armas, hace el curso de piloto de hidros en Barcelona. Es destinado a la base de hidros de Mar Chica, en Melilla. De las dos escuadrillas de que consta la nueva unidad, vuela en la primera a las órdenes del capitán Pedro Ortiz; al mando de la segunda va Ramón Franco. Es herido en las operaciones aéreas sobre la zona de Tafersi, en el camino de Alhucemas. Asciende a capitán. Por su actuación, poco después, en el desembarco de Alhucemas, es ascendido a comandante. Se efectuaba por entonces la nueva organización de la Aviación Militar y se exigían los títulos de piloto y de observador para poder optar a lo que más tarde sería la escala del Ejército del Aire. Hidalgo de Cisneros hizo los cursos en Los Alcázares, cursos que dirigía el infante don Alfonso de Orleáns. Poco después se le destina al Sahara, con la misión de proteger los aviones correo de la Latecobre, una compañía francesa que en la ruta Toulouse-América del Sur tocaba el desierto. Hidalgo ostenta el rimbombante título de «jefe de las fuerzas aéreas del Sahara español». En el Sahara conoció e intimó con Saint-Exupéry, que escribía por entonces Correo del Sur. Con el teniente coronel Camacho, con el capitán Sandino y los tenientes Mellado y Valle, toma parte de la sublevación de Cuatro Vientos sin que exista en él una verdadera conciencia de republicano auténtico. Coordinaba la acción de los aviado-res Ramón Franco, que a última hora decidió no bombardear el palacio real para evitar víctimas entre la población civil. El intento fracasa, y los aviadores sublevados aterrizan en Portugal, desde donde se trasladan a París. Allí conoce a casi todo el Comité Republicano, emigrado también, pero con quien hace una amistad íntima es con Prieto. «Es curioso —escribe— y un tanto extraño que Prieto y yo, tan distintos en todo, hiciéramos tan buenas migas. Yo sentía por él verdadera admiración y respeto. Le había tomado cariño y todo lo que hacía me parecía bien. El creo que también me apreciaba y sentía afecto por mí. Cuando en alguna ocasión no podía acompañarle a la estación, según me decía Marcelino Domingo, se llevaba un disgusto.» "La amistad con Prieto le duraría hasta que el líder republicano se enterara, años después, de que Hidalgo militaba en el Partido Comunista, pero en cambio le sirvió para ocupar puestos clave en el arma de Aviación de la República. Cuando vuelve a España, ya proclamada la II República, se ve convertido poco menos que en héroe nacional. El Gobierno había nombrado a Ramón Franco jefe de Aviación, y éste le da el cargo de segundo jefe de la Escuela de Vuelos de Alcalá de Henares, a las órdenes del comandante José Legorburu. En Madrid sigue visitando con regularidad a Prieto, que le presenta a Negrín y a Azaña. Se relaciona asimismo con los intelectuales de izquierda: Lorca, Alberti y María Teresa León, Neruda. Por aquellos días conoce a Constancia de la Mora, con la que más tarde se casaría. Constancia de la Mora era hija de un financiero, director de la compañía Electra de Madrid, y de una hija de don Antonio Maura. [Casada a los veinte años con un hermano de Bolín, el aviador que llevó a Franco a Marruecos en el Dragón, y dotada de un carácter enérgico, se separó de su marido. Fue una de las primeras mujeres que se acogió a la ley del divorcio del Gobierno de la República, conservando la custodia de la hija habida en su matrimonio. Tenía veinticinco años cuando conoció a Hidalgo de Cisneros, con quien se casó por lo civil en 1932. Es autora de Doble esplendor, en la que cuenta su vida, cómo se afilió al Partido Comunista]. Entre fines de 1933 y principios de 1934, es agregado militar en las embajadas de Italia y Alemania. Desde aquel país, viaja a España para ver la forma de sacar a Prieto del país, lo que consigue tras un alucinante viaje en automóvil; el voluminoso líder de los socialistas tuvo, en efecto, que pasar la frontera francesa escondido en el portamaletas de un viejo Renault, huyendo de las iras del gobierno Lerroux, con el que se iniciaba el tristemente célebre bienio negro. Hidalgo cae también en desgracia, y reclamado por el Gobierno se incorpora al nuevo cargo a que le destina Gallarza, en la sección de Cartografía de Aviación. Poco después era enviado a Tablada, en Sevilla, como segundo jefe del campo. Los acontecimientos se precipitan con el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36. El nuevo Gobierno, presidido por Azaña, nombra director de Aeronáutica al general Núñez de Prado, que había aprendido a volar con Hidalgo de Cisneros. Era la intención del nuevo jefe desmontar el cuadro de mandos de Aviación de Gallarza y hacer de ésta un Arma al servicio de la República. Trabaja intensamente con Hidalgo durante unos días para eliminar a los jefes y oficiales peligrosos, separándolos del servicio o enviándolos a otros destinos, pero la propuesta debió de parecer exagerada al Ministerio de la Guerra. Núñez de Prado se indigna ante la inconsciencia de los gobernantes, incapaces de ver la inminencia del levantamiento. El nuevo presidente del Gobierno, Casares Quiroga, nombra inesperadamente a Hidalgo de Cisneros su ayudante. «Mi nuevo destino como ayudante de don Santiago Casares, jefe del Gobierno y ministro de la Guerra, me colocó de golpe y porrazo muy cerca de los que dirigían la política gubernamental.» El puesto, en efecto, iba a permitir a Hidalgo descubrir buena parte de los entresijos de una política vacilante, que nunca ha estado clara, y que tan funestas consecuencias iba a tener para el futuro del país. No se puede echar en saco roto que, concretamente en el arma de Aviación, Goded había sido director de Aeronáutica y Gallarza jefe de las Fuerzas Aéreas en el Gobierno anterior. Con todo y con ello, este Arma, al contrario de lo que sucedió con la Marina, tenía un marcado espíritu republicano. Al producirse el levantamiento, Núñez de Prado se puso en contacto con los aeródromos a fin de ver cómo respiraban sus jefes. En vista de lo que estaba sucediendo en Tetuán, le propuso al ministro trasladarse allí. Incluso telefoneó personalmente a Cuatro Vientos para que le prepararan un avión. Pero, mientras, Hidalgo había logrado comunicar con Alvarez Buylla, alto comisario de España en Marruecos, quien le dio a entender que aquello estaba perdido. Desistió, pues, Núñez de Prado de su proyectado viaje, y decidió ir a Zaragoza para entrevistarse con Cabanellas; éste, sabido es, hizo prisionero al general, ayudantes y tripulación, que fueron todos fusilados. Quedaba vacante la jefatura de Aeronáutica. Tras el gobierno relámpago de Martínez Barrio se formó el presidido por el líder socialista Largo Caballero, que nombró a Prieto ministro de Marina y Aire. Al día siguiente aparecía la designación de Hidalgo de Cisneros como jefe de las Fuerzas Aéreas de la República. Durante los primeros días, alterna el trabajo de organización con los vuelos de castigo, generalmente bombardeos en la Sierra, algún vuelo especial o los largos, como cuando se trataba de hostigar al Cervera, que cañoneaba San Sebastián. También acomoda los aparatos comerciales de la LAPE (Líneas Aéreas Postales Españolas) a las nuevas exigencias de la guerra. «La instalación que hicimos fue muy simple: quitamos la puerta del fuselaje y pusimos en la parte baja del hueco una rampa de madera, como las que emplean las lavanderas, bien encerada. Sobre ella colocábamos una bomba de cien kilos. El observador, con su visor, iba en la cabina del piloto. Cuando calculaba que el avión estaba pasando sobre la vertical del objetivo, levantaba un brazo. A esta señal se empujaba la bomba con el pie, haciéndola deslizar por la rampa.» Otra de las misiones que se cumplían casi a diario eran los bombardeos, por este procedimiento tan rudimentario, sobre los aeródromos facciosos y sobre las columnas enemigas que avanzaban sobre Madrid. Estando en Albacete para organizar el Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas, a finales de 1936, Hidalgo de Cisneros ingresa en el Partido Comunista. Con su habitual sinceridad, él mismo confiesa su falta de convicción en el credo marxista. «Me daba cuenta de que había adquirido ciertas obligaciones y estaba decidido a cumplirlas, pero no tenía ni idea de cuáles eran mis nuevos compromisos. Ni por un instante se me ocurrió pensar en el socialismo, ni me preocupó lo más mínimo del objetivo final a que aspira el partido, es decir, al comunismo. Para mí, en aquellos momentos, el socialismo y el comunismo eran cosas tan vagas que me parecía natural no preocuparme de ellas.» En aquella época, al parecer, su comunismo era tan epidérmico como años antes lo fuera su sentimiento republicano. Desde la jefatura de las Fuerzas Aéreas consigue de Francia doce Dewointine de caza y seis Potez de bombardeo, con los que llegan a España unos cuantos aviadores franceses dirigidos por André Malraux. Duro es el juicio que sobre el autor de L'espoir emite Hidalgo de Cisneros en su libro de memorias. «Malraux [...] se anuló a sí mismo al pretender hacerse jefe de una escuadrilla, sin haber visto en su vida un avión, sin tener la menor idea de lo que es la aviación, y sin darse cuenta de que no se puede jugar a los aviadores sin serlo, y mucho menos en una guerra.» Con estos aparatos y algunos cazas más sería defendido el cielo de Madrid en los momentos más críticos. Poco después desembarcarían en Cartagena los primeros aviones y pilotos soviéticos enviados por la URSS, cuyo montaje se hizo con mucho sigilo en Los Alcázares. Voló la primera escuadrilla de éstos sobre Madrid en la mañana del 5 de noviembre. Eran los I-15, que el pueblo bautizó con el nombre de chatos. Aunque Prieto había instalado el Ministerio del Aire en Valencia, el Estado Mayor seguía funcionando en Albacete. Hidalgo de Cisneros, mientras, trabajaba en Alcalá de Henares, centro de coordinación de las operaciones aéreas desde el que volaba regularmente a despachar con Prieto. En marzo del 37 interviene personalmente en la batalla de Guadalajara y, aunque la proporción de aparatos era de tres a uno en favor de los nacionalistas, fueron factores decisivos en favor de la aviación republicana la calidad de los aviones y la proximidad de los aeródromos. Dos meses después unas escuadrillas bombardean Ibiza, en cuyo puerto se habían concentrado las unidades enemigas. Al parecer, fue tocado un crucero de bolsillo que enarbolaba bandera nazi, y no tardaron en producirse las represalias más brutales sobre Almería. «La Alemania nazi —escribe Hidalgo— desató una agresión brutal, cobarde y contra todo derecho, martilleando con los cañones de su escuadra la indefensa ciudad de Almería, donde habían encontrado refugio miles y miles de personas, que se vieron obligadas a huir de Málaga cuando esta localidad fue ocupada por los italianos. En una hora, la pacífica Almería quedó convertida en un montón de ruinas. Los supervivientes, en su mayoría mujeres y niños, tuvieron que albergarse en cuevas de los alrededores.» Agotado por la tensión y aquejado de serias crisis cardíacas, Hidalgo es alejado del teatro de la guerra. Cuando se recupera, avanzado el invierno del 37, marcha a Moscú como agregado militar y aéreo de la embajada española. Allí se entrevista con Vorochilov, ministro de Defensa. Cuando vuelve a España los nacionalistas inician la ofensiva sobre Aragón, a la que seguiría la batalla del Ebro. Prieto, temiendo la gran ofensiva que desencadenaría sobre Cataluña el enemigo, envía de nuevo a Moscú a Hidalgo de Cisneros con cartas para Stalin, Vorochilov y Kalinin, en las que pedía desesperadamente material de guerra. El Kremlin accede, y el enviado español se ve obligado a firmar una especie de pagaré por valor de ciento tres millones de dólares, pues el crédito que tenía la República en Moscú se había agotado. Tras la retirada de Cataluña, Hidalgo vuelve a España sin haber logrado el permiso de las autoridades francesas para transportar a la zona Centro-Sur las tropas de aviación que habían cruzado la frontera. Recorre los aeródromos dispuesto a continuar la lucha hasta el último momento, organiza los restos de la aviación que en otro tiempo fuera aclamada como «La Gloriosa» y de la que apenas quedan unos aparatos que ni siquiera pueden aterrizar porque los campos de aviación están destrozados. Casado, que preparaba la rendición, lo invita a comer en su puesto de mando y le habla de una paz honrosa, prometiéndole que no habría vencedores ni vencidos y que podría salir de España todo el que quisiera. Asombrado, Hidalgo refiere esta conversación a Negrín, quien parece no tomarla muy en serio. Tampoco ve clara la actitud de Miaja. El torbellino de los últimos acontecimientos lo envuelve. En Elda, tras la marcha del Gobierno, se reúnen los mandos del Partido Comunista, que deciden quiénes tenían que quedarse y los que habían de partir hacia el exilio. Hidalgo de Cisneros es de los últimos. Sale, pues, al amanecer en uno de los aviones hacia Toulouse. Empezaba para él un largo destierro, primero en México, y luego en diversos países europeos. Muere en Bucarest en 1966. |
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Juan Ibarrola Orueta. Capitán de la Guardia Civil que al estallar la guerra civil se puso incondicionalmente al lado del Gobierno de la República, participando en la campaña de Asturias, al mando de la 50 División, y en la de Teruel, como jefe del XI Cuerpo de Ejército. Al finalizar la contienda ostentaba el empleo de teniente coronel. Era vasco y católico practicante. |
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Avelino de la Iglesia Martín. Teniente coronel, al frente de una Caja de Reclutas. Durante algún tiempo fue el segundo jefe del Frente Sur en 1936. |
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Federico de la Iglesia Navarro. Comandante de EM, trabajó en el Estado Mayor de Madrid en 1936, siendo más tarde jefe de EM de la 4.' División, del V Cuerpo y del Ejército de Levante. |
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Daniel Irezábal Goti. Comandante de Infantería, estaba al frente de la Caja de Reclutas de Bilbao. Mandó una División y fue fusilado por los rebeldes.
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Leoncio Jaso Paz. Teniente coronel de Carabineros, jefe de la Comandancia de Cádiz. Se mantuvo fiel al Gobierno. Al iniciarse el Alzamiento en Cádiz se rindió junto al Gobernador a las fuerzas del Ejército que le atacaban. Fue juzgado por Consejo de guerra, condenado a muerte y fusilado. Figura en algunas partes como de nombre Lorenzo.
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Carlos Jiménez Canito. Comandante de Infantería, mandó la 21 División, tras haber dirigido Milicias. A finales de la guerra era gobernador militar de Murcia. Reseña recibida de Floren Dimas: Carlos Jiménez Canito (creo que ya era Coronel y Marcial Ramos te lo puede confirmar) era gobernador CIVIL de Murcia a comienzos de la guerra civil y lo seguía siendo el 14 de septiembre de 1936, fecha infausta en la historia de la capital murciana en la que una inmensa multitud asaltó la Prisión Provincial de Murcia, bueno, solo parcialmente, porque para evitar una matanza de los 465 derechistas allí detenidos, el propio director se vio en la necesidad de ejecutar a diez de ellos, para contentar a aquellos desalmados. Entra a colación Carlos Canito, por qué no atendió a los numerosos avisos de auxilio que le envió el director de la prisión para que enviase refuerzos con el fin de impedir la toma de la instalación penitenciaria. Carlos Canito se quitó de en medio y dejó a su suerte a la guardia de la prisión. Únicamente por orden del presidente del Fiscal del Tribunal de Murcia, pudieron entrar 30 guardias de asalto que fueron insuficientes para evitar aquel bárbaro asesinato. Aunque el PCE estaba detrás de aquel tumulto, Carlos Canito era republicano topográficamente hablando y se vio prisionero de las circunstancias. Pero es el caso a que hago mención, su comportamiento fue de una cobardía sin paliativos. Mis fuentes son tan poco sospechosas como la Causa General-Murcia (AHN Madrid) y la Causa nº 626-MU al director de la Prisión Provincial Miguel Molins (Archivo de Causas de la GCE del Juzgado Militar de Cartagena). Las razones esgrimidas por el fiscal para solicitar la pena de muerte se basaban en los sucesos de Murcia relatados, no es su posterior participación como mando de unidades operativas. Saludos cordiales. Floren Dimas |
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Gregorio Jover Cortés Dirigente anarcosindicalista, amigo personal de Buenaventura Durruti, que durante la dictadura del general Primo de Rivera tuvo una destacadísima actuación al enfrentarse, en muchas ocasiones, con los pistoleros de los llamados Sindicatos Libres, y que durante la guerra civil asumió el mando de diversas unidades de milicias confederales que se alinearon junto a las fuerzas leales a la República, con las cuales combatió en diversos teatros de guerra. Mandó la 28 división y se exilio a Méjico.
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Luis Jubert Salieti Capitán de Infantería en la columna Ortiz en Aragón en 1936. Mandó la 25 División durante breve tiempo, resultando muerto en acción.
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Enrique Jurado Barrio.
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Pedro La Cerda y López Mollinedo. Fue uno de los primeros ascendidos a general de División bajo la República. Ocupó puestos de importancia durante el gobierno de Azaña, pero fue cesado en el período derechista, en 1935. Mandó la División de Burgos en 1936 por breve tiempo. En febrero de 1937 se encargó del mando de Valencia. Poco después se retiró. |
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Ernesto de La Fuente Torres. Capitán de E M - en Bilbao, fue nombrado jefe de Servicios del E M del Ejército vasco y posteriormente jefe de Operaciones. Fue fusilado por los rebeldes.
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Víctor Lacalle Seminario. (1889-?). Teniente coronel del Arma de Ingenieros, que al estallar la guerra civil se puso de parte del Gobierno republicano, encargándose, el 19 de julio de 1936, de la formación y de la preparación de uno de los cinco batallones de milicianos que se constituyeron en Madrid en los primeros días del alzamiento militar. Posteriormente mandó varias columnas, que combatieron en las proximidades de la capital, la 50 Brigada, la 12 División y la Agrupación ele Cuenca. |
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Ángel Lamas Arroyo. Capitán de Infantería, fue jefe de E M del Cuerpo vasco en mayo de 1937 y posteriormente jefe del E M del Ejército del Norte. Capturado, redactó un extenso memorando sobre la guerra en el norte. |
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Jesús Larrañaga. Metalúrgico comunista del País vasco, había estado en la URSS antes de la guerra. Fue diputado en Cortes por Guipúzcoa. Mandó Milicias y ocupó importantes puestos administrativos en el norte. Después de la guerra fue ejecutado.
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Domiciano Leal. Miembro de las JSU. Mandó la 10 Brigada y luego sustituyó al Campesino al frente de la 46 División, resultando muerto en combate en el Ebro.
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Virgilio Leret Ruiz. Militar profesional al mando de la Base de Hidroaviones de Melilla y que defendió hasta agotar las municiones del ataque de los regulares rebeldes. Fue fusilado días después. La República lo ascendió a Comandante a título póstumo.
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Ángel Liberal Travieso. Comandante de Infantería y ayudante del general Molero, jefe de la VII División Orgánica. Fue muerto por quienes acompañaban al general Saliquet cuando se opuso a que éste se hiciera cargo del mando de la División, destituyendo a quien desempeñaba dicho puesto hasta entonces.
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Enrique Lister Forján.
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Francisco Llano de la Encomienda.
(El de atrás parece el Mayor Barzana)
Reseña de Cristóbal Zaragoza: El 18 de julio era general en activo al mando de la IV di-visión orgánica de Barcelona. Su conducta al principio fue bastante extraña, a causa de sus vacilaciones, ya que se negó a arrestar a los oficiales comprometidos en Barcelona con los sublevados. Según Luis Guarner, esta actitud era causada por la confianza que dicho general tenía en sus hombres. «El general Llano siempre estuvo convencido de la lealtad de quienes eran sus subordinados, hasta que la evidencia de los hechos le de-mostró la realidad de la conspiración.» En la confusa situación de los primeros momentos, Llano de la Encomienda fue prisionero de Goded en Capitanía, quien le exigió que declarara el estado de guerra y le trató de «traidor a España y al Ejército» a lo que el capitán general se negó. Por el recelo que inspiraba a los militares republicanos y a los jefes de Milicias, fue destituido del mando de Barcelona —le sustituyó el coronel Aranguren —y nombrado el 14 de noviembre jefe del Ejército del Norte. Su labor allí, sin embargo, se vio dificultada por los roces con el presidente de Euskadi, Aguirre, y por la indisciplina de las tropas. Optó, pues, por trasladarse de Bilbao a Santander, con lo que de hecho renunciaba a cualquier autoridad en el ejército vasco. El 3 de junio de 1937 era sustituido en el mando. Bilbao caía el 19 del mismo mes. Tampoco en Santander mejoró la suerte de Llano, que fue relevado del mando el 23 de julio y nombrado inspector general del Arma de Infantería con residencia en Valencia. Para sustituirlo, Prieto nombró jefe del Ejército de Santander-Asturias al general Gámir Ulibarri. La capital montañesa caería en poder del enemigo el 26 de agosto. Julián Zugazagoitia es quizá el cronista más objetivo a la hora de enjuiciar a Llano. «Lo que sucede es que fue recibido con desgana, acaso con antipatía, y se ha preferido darle de lado a robustecer su autoridad. Sabe que no puede luchar contra esa enemiga y está presidiendo pasivamente el desastre, que, sin ningún motivo, se le atribuía a él. Es un valor, con mayor o menor precio, que nos hemos complacido en desgastar sin cuidarnos de someterlo a prueba. Lo único cuerdo que cumple hacer es sustituirlo rápidamente, pero eso a condición de que quien le sustituya venga investido de la máxima autoridad y sepa, previamente, que le será reconocida. De otro modo, el caso del general Llano de la Encomienda se repetirá en otra persona y no se habrá adelantado nada. Nuestra ceguera es única: hemos agotado todas las posibilidades de encomiar al Ejército y nuestro retroceso no conoce término.» Si bien es cierto que él se consideraba «gastado», utilizando aquí la misma palabra que emplea Zugazagoitia, hay que reconocer que estaba dispuesto a ejercer su cometido con toda honestidad y aceptando las responsabilidades inherentes al cargo. Pero entendía que era misión del Gobierno unificar el mando y prestigiarlo, así como hacerse presente en la campaña del Norte. Llano, a quien alguien motejó llamándole «general patata», ocuparía en lo sucesivo puestos de escasa responsabilidad. Se exilió en 1939 y murió en México. |
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Antonio López Fernández. El Capitán Don Antonio López Fernández era el secretario particular y militar del General don José Miaja y, en su momento, fue Secretario de la Presidencia del Consejo Nacional de la Defensa. Incansable defensor de la Republica y hombre siempre fiel al General Miaja, una vez en el exilio, fue un constante luchador y defensor por la amnistía para todos los españoles en el exilio hasta su muerte en 1980 en la ciudad de México, donde siguió lealmente al General Miaja en el destierro, y donde nacimos sus nietos y bisnietos. Escribió el libro: "El general Miaja, defensor de Madrid"
Fuente: Sigfrido Miracle-Lopez |
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Justo López Mejías. Teniente de Infantería implicado en la rebelión de Jaca de 1930. Fue agregado al Cuarto militar de Azaña. Dedicado a la organización de Milicias al principio de la guerra, mandó después la 20 Brigada y las 31 y 68 División. |
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José López Otero. Comandante de Ingenieros, destinado en el E M del ejército del Centro. Durante la lucha con las fuerzas que apoyaban el golpe de Casado fue muerto por comunistas.
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Rafael López-Tienda. Capitán de Ingenieros, acompañó a la expedición de Bayo a Mallorca. Posteriormente mandó la columna Libertad, formada por miembros del PSUC y de la UGT y resultó muerto en Madrid en octubre de 1936.
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Vicente López Tovar.
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Julián López Viota. General. Mandaba la 2ª Brigada de Artillería en Sevilla, fue detenido por Queipo y dado de baja del Ejército, y así continuó durante toda la guerra, sin proceso ni causa. Juzgado finalmente en febrero de 1939 y condenado a seis meses y un día de prisión. Puesto en libertad, murió en 1945.
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Baltasar Lucas Martín.
Nota: Las divisas que lleva Baltasar en el gorro son las de Comisario de Batallón. Pulse aquí para ver una interesante imagen de Baltasar armado de un fusil Mosin-nagant y de tres granadas defensivas de fabricación republicana. |
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Julio Mangada Rosenörn.
Más información en: http://personal.telefonica.terra.es/web/tdb/Mangada.htm Reseña de Cristóbal Zaragoza: Este pintoresco militar alcanzó una extraordinaria popularidad en los primeros días del levantamiento, operando al frente de una columna que llevaba su nombre en los frentes madrileños. De limpia ejecutoria republicana, Mangada estaba retirado cuando se produjo la sublevación en la capital de España. Bastante antes había publicado un folleto en el que atacaba vigorosamente a la UME (Unión Militar Española) acusándola de lo que era en realidad, de ser una organización fascista dentro del Ejército. Era famoso entre sus compañeros por sus rarezas, y todos recordaban el incidente que tuvo con Goded en el campamento de Carabanchel. Confraternizaban al término de unos ejercicios de las Academias Militares algunos jefes y oficiales, cuando Goded, después de un parlamento, terminó con un «¡Viva España y nada más!» al que no contestó Mangada. Goded le reprocha su actitud, y discuten ambos acaloradamente hasta el punto de tener que intervenir el general Villegas, que ordena el arresto de Mangada. Entonces éste, en presencia de todos, se quita la guerrera, la arroja al suelo y la pisotea mientras insulta a Goded y a los militares fascistas. Mangada, ya lo hemos dicho, fue arrestado, pero Azaña dispuso el cese inmediato de Goded en el Estado Mayor Central y sustituye al general Villegas designando jefe de la I división al general Virgilio Cabanellas, Salió bien de este incidente, pues fue juzgado y absuelto. Pero en seguida que supo la sentencia empezó a despotricar contra todos los reunidos, incluido su abogado defensor. Tuvieron que mandarle callar —escribe Azaña—. Mangada está loco. Es vegetariano, esperantista y espiritista. Pertenece al tipo militar no conformista por desequilibrio mental, como había algunos durante la Monarquía. Me ha enviado un folleto escrito en verso, digámoslo así, explicando las reglas del tresillo con alusiones políticas. Debería ser motivo suficiente para expulsarlo del Ejército. Sin embargo, como es natural, Mangada tiene popularidad entre los mentecatos del Ateneo, y algunos periódicos lo jalean.» En la noche del 18 al 19 de julio lo encontramos en la Casa de Campo, donde ha establecido su cuartel general. A sus sesenta años, este militar de carrera que ostenta el grado de teniente coronel se pone al frente de una columna que opera con poco orden y menos concierto avanzando por San Martín de Valdeiglesias, Cebreros, La Adrava y Arenas de San Pedro sin encontrar resistencia. Los historiadores de la guerra civil y quienes le conocieron dan casi todos la misma imagen de él. Para Ramón Salas, «el teniente coronel Mangada, teósofo, vegetariano, enjuto y medio loco, era un tipo anacrónico y pintoresco que parecía sacado de algún viejo grabado decimonónico de tiempos de la carlistada». Cordón se limita a decirnos que «sus milicianos lo ascendieron a general», pero en cambio recuerda mucho a su mujer, la de Mangada, que estaría tan loca como él a juzgar por las visitas casi diarias que le hacía en el Ministerio y en las que solicitaba para su marido artículos tan inverosímiles como impermeables o pitos. Quizá el más cruel a la hora de darnos una semblanza de Mangada sea Guillermo Cabanellas. «Era —escribe—, además de un desquiciado mental, un histérico dispuesto a todas las extravagancias, unido ello a una actitud narcisista poco conveniente para el desempeño castrense. Se hace cargo de una columna en la que sus integrantes más parecen escapados de un manicomio que bizarros componentes de un ejército dispuesto a cosechar laureles. Esa columna, que pasaba de la ferocidad en la retaguardia a la cobardía en la lucha a campo abierto, gustaba de la popularidad exhibicionista, de los desfiles por las calles de la capital, a cuyo frente, falto de luces y de entendimiento, alto y desgarbado, el teniente coronel Mangada iría a contribuir más al éxito de los sublevados que todo un Cuerpo de ejército.» Zugazagoitia lo ve con cierta benevolencia no exenta de socarronería: «Este militar tenía pública historia de soldado republicano. Era un hombre original, amigo de una musa paticoja que le dictaba versos hasta en esperanto, idioma auxiliar del que era adicto adalid. Su producción poética en castellano se resentía de la misma graciosa originalidad. En la masonería abierta de los esperantistas se referían anécdotas simpáticas de este militar, con el que no he tenido ocasión de hacer amistad. Sus andanzas por un sector de la Sierra de Guadarrama tenían en los diarios madrileños una estupenda repercusión ditirámbica. Con domicilio próximo al mío, cuando el general del pueblo, que éste fue el título que le discernieron sus soldados, y del que se sentía ufano, ganaba su casa por algunas horas, en descanso merecido, los vecinos de la calle, a los que se asociaban los transeúntes, le hacían unas ovaciones extraordinarias, bien salvas de vivas antifascistas y personales. Sus hombres sentían por él idéntica idolatría simplona e inocente.» El 24 de julio, maniobrando rápidamente, Mangada llega a Villacastín, donde encuentra las fuerzas del tristemente célebre comandante Doval, de la Guardia Civil, que se le oponen. Pronto acaba con ellas en Navalperal, apoyado por la aviación, consiguiendo un botín considerable. Su columna desfila por la Puerta del Sol entre las aclamaciones de los madrileños. Sus hombres le ofrecen un almuerzo en la misma estación de Navalperal; en presencia del ministro de la Guerra, uno de los oficiales de Mangada lee un documento dirigido a dicho ministro por el que le piden «obsequiar y ceñir con el fajín de general de brigada a nuestro heroico e ilustre militar, coronel julio Mangada, atendiendo a sus méritos y hazañas, que colman de heroísmo páginas enteras de nuestra historia.» Le piden asimismo «se sirva decretar lo conducente a fin de que el grado que democrática y solemnemente hemos conferido a nuestro noble y querido militar sea legalizado sin tardanza, de acuerdo con las leyes vigentes.» Más que un ruego, era una exigencia de las enardecidas milicias, a las que en aquellos momentos hubiera sido muy peligroso negarse. En Talavera sufre un descalabro del que no consigue sacarlo ni la enorme popularidad alcanzada ni el prestigio que supuso para él la entrega de la Medalla de Oro de Madrid. Ocupa cargos burocráticos hasta agosto del 37, en que aparece su nombramiento de gobernador de Albacete. Al término de la guerra ostenta el cargo de jefe militar de la plaza de Ciudad Real. Los casadistas lo detienen, pero lo ponen en seguida en libertad, tal vez considerando que se debía a «su musa cojitranca, a sus recetas para fabricar jabón sin sosa y sus intentos para descubrir pozos de petróleo» (Zugazagoitia). Logró exiliarse en el norte de África, donde se pierde su rastro. |
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Servando Marenco Reja Oficial del Cuerpo de Intervención Militar. Fue nombrado inspector general de Milicias y luego de los CRIM. Al acabar la guerra mandaba un batallón de ametralladoras que cubrió la retirada de Cataluña. Después de la guerra mandó el batallón vasco autónomo de las Fuerzas francesas libres con base en Londres y posteriormente en Brazzaville.
Nota: Fue director de la Comandancia Militar de Milicias. Un excelente trabajo el de este republicano que puso las bases de la militarización y en suma de la conversión de las milicias en el EPR. |
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Ernesto Marina Arias. Teniente coronel de Infantería, se le encargó la formación de uno de los batallones de voluntarios organizados el 19 de julio de 1936. Luego mandó una caja de reclutas. |
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Pedro Marqués Barber
Fuente: Guillermo Cabanellas Nota: Hemos tenido malas experiencias con estas reseñas tan duras de Guillermo Cabanellas, partimos de la base de que Cabanellas habla por segundas voces, pues seguro que nunca tuvo pruebas de lo que afirmó. Curiosamente, el ABC republicano del 5 de agosto de 1936 publicaba esta foto con la siguiente reseña.
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Manuel Márquez Sánchez Capitán de Infantería, ayudó a la formación del Quinto Regimiento y mandó la primera compañía de Acero en la sierra. Después estuvo al frente de la 19 Brigada y de la 18 División, así como del VII Cuerpo, llegando a ser teniente coronel. Después de la guerra marchó a la URSS y estudió en la academia Vorochilov, pasando después a Yugoslavia y Praga.
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José Martín Blázquez. Capitán de Intendencia destinado a Madrid, trabajó en el E M embrionario del ejército republicano en agosto de 1936. Marchó a Francia a principios de 1937, y ya no regresó a España. Escribió un libro sobre los comienzos del ejército republicano. |
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Toribio Martínez Cabrera
Reseña de Cristóbal Zaragoza: El general de brigada Martínez Cabrera desempeñaba el 18 de julio el cargo de comandante militar de la base naval de Cartagena. Había accedido a él sustituyendo en el puesto al general López Pinto, que había pasado a ser jefe militar de Cádiz. La guarnición de la ciudad estaba constituida por el regimiento de Infantería número 33 y el de Artillería de Costa número 3, y dependía de la III división orgánica, radicada en Valencia. Los primeros intentos de sublevación fueron sofocados en seguida por la presencia del pueblo y de las clases y la marinería. Luego enviaría al regimiento de Artillería para que se integrase en la columna que se dirigía a Albacete a fin de reducir a los rebeldes. Conjuntamente con Miaja operó en la campaña inicial sobre Andalucía. La operación fracasó quizá por la lentitud del propio Miaja. En diciembre lo encontramos en Valencia, sede del Gobierno, como jefe del Estado Mayor Central. A raíz de la pérdida de Málaga es procesado, junto a Martínez Monje y Asensio Torrado. Su causa es sobreseída y, quizá para salvarlo de las iras de los comunistas, es nombrado gobernador militar de Madrid. La orden del ministro, del 13 de marzo, le da el extraño título de «delegado inspector de mi autoridad». Allí permanece hasta el final de la guerra, que es cuando empieza a conspirar con Casado; éste le nombraría subsecretario de Defensa de la junta, cargo de hecho honorífico a fin de comprometerlo y mantenerlo en la órbita de los conspiradores. Al final de la guerra se negó a abandonar Madrid, donde fue juzgado por los vencedores y fusilado en 1939. |
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Pedro Martínez Cartón
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