Por haber conservado durante unos años en nuestro poder las memorias carcelarias mecanografiadas de Mariano Redondo Martín (1915-1989), recientemente publicadas (Mariano Redondo Martín, En otros patios de Granada, Madrid, FCE, Cátedra del Exilio, 2010) y ahora también disponibles en la siguiente dirección de Internet: http://www.madrid1936.es/familia/en_otros_patios_de_granada.pdf, nos había quedado grabado, entre otros muchos, el esperpéntico personaje que en la Prisión de Baza —que Mariano Redondo compartió con nuestro abuelo materno Luis Hernández Alfonso— intentaba «convertir» a los presos republicanos:

Otra plaga nos trajo el fatídico verano del 40. Mientras las divisiones nazis empujaban inexorablemente al Canal de la Mancha al «mejor ejército del mundo» y Mussolini –que cree que la guerra ya la ganaron los alemanes– declara la guerra a Inglaterra y a la derrotada Francia, al patio de la prisión civil de Baza entran, un día de junio, cuatro beatas y un cura, acompañados por Raya-partida y seis soldados.

Tocan a formar y nos piden a los de los pisos, que nos asomemos a las galerías. Hecho silencio –que no fue fácil– Raya-partida nos endilga el siguiente discursejo: «Las ilustres señoras que me acompañan son muy distinguidas damas catequistas de la diócesis de Granada.

El señor sacerdote, el padre Vinicio Fernández de las Heras, que también me acompaña, será, desde hoy, el capellán de este establecimiento. Las damas catequistas son tan caritativas y sacrificadas que han dejado sus cristianos hogares de Granada y vienen a este pueblo a quedarse aquí para salvar vuestras pecadoras almas. Os darán conferencias para que os arrepintáis de los pecados horribles que, durante tantos años, lleváis en la con- ciencia. El padre Vinicio, un santo varón (no lo parece, acota Tendero a mi oído), podrá confesaros y, con su infinita indulgencia, os absolverá de «casi» todos los pecados y os reconciliéis [sic] con la santa madre iglesia».

(Ni vivas, ni aplausos. Silencio y expectación)

Cuatro soldados, con inauditos esfuerzos y bajo la dirección técnica del cura, pasaron el mesón del zaguán y, después de insatisfactorias pruebas en diferentes puntos del patio, lo colocaron en el centro, sobre el sumidero, por donde aparecen –¿por qué no lo harán ahora?– las descomunales ratas.

Trajeron también el banco de la puerta de entrada, que dispusieron como escalón para alcanzar la mesa. Con gestos de cómicos de la legua interpretando Fiesta en Versalles el cura y el esbirro ayudaron a subir al mesón a la más seca y más avinagrada de las cuatro brujas. (Ahora sí, vivas y aplausos). Y una vez arriba, se recolocó el sombrerito en forma de orinal con alas, se santiguó y, con cantinela de ciego coplero, nos «administró» el «edificante» sermoncito que trascribo: –Yo soy la señorita cero. Yo no soy de este mundo de satanás. Soy un alma. El rancio abolengo de mi cuna y la alcurnia de mi casa –¡tan modesta, la harpía!– los he dejado de lado para venir aquí, a salvar vuestras almas. Yo sé que todos vosotros sois delincuentes, que habéis cometido horribles crímenes, pero a mí, que sólo soy un alma, eso no me concierne. Para castigar vuestros crímenes, el generalísimo, salvador de España, inspirado por la divina providencia, ha instituido unos honorables tribunales, que señalaran con justicia la pena terrena que tendréis que pagar por vuestros delitos. Pido con toda el alma al sagrado corazón de Jesús y a la santísima Virgen de las Angustias, que los jueces que os juzguen, sean indulgentes y que la caridad les inspire para que la pena sea justa, pero no excesiva.

–Pero para que la bondad divina caiga sobre vuestras pecadoras cabezas, es necesario que os arrepintáis, que confeséis vuestros pecados y vuestros crímenes y que, aceptando con humildad las decisiones de vuestros señores naturales, hagáis propósito de enmienda y os acerquéis al señor puros de corazón.

–Por eso vais a tener con vosotros, a partir de hoy, al señor capellán, que viene para reconfortaros con sus consejos y a enseñar, al que no sepa, la doctrina cristiana, porque yo sé que muchos de vosotros, cegados por el maligno –y se hacía la señal de la cruz– habéis olvidado las oraciones que vuestra santa madre os enseñó en la cuna y habéis blasfemado y habéis negado, como Judas, a nuestro señor y su existencia divina.

–Pero a mí no me importan vuestros crímenes, yo vengo a salvar vuestras almas y, por eso, he traído conmigo al señor cura, para que le digáis, en el secreto del sacramento, qué crímenes habéis cometido y así, liberéis vuestras almas y, puros de corazón, podáis comulgar, porque sólo cuando se recibe la sagrada forma, se siente uno libre, como pajarito que va volando a buscar a Dios en las alturas. (pp. 146-148).

En varias otras páginas de estas jugosas memorias se añaden más detalles sobre la mencionada «señorita cero», entre otros su propensión a mirar instintivamente a la bragueta de los «delincuentes» republicanos.

Pues bien, ayer, por pura casualidad, tuvimos ocasión de leer en Internet un pasaje de las memorias de otro personaje republicano que padeció las cárceles franquistas, el último gobernador de Sevilla, José María Varela, tituladas Rebelión en Sevilla. Y no sin gran asombro nuestro, encontramos citado el siguiente pasaje:

En «Rebelión en Sevilla», el que fuera el último gobernador de la Sevilla republicana, José María Varela, nos relata la historia de la señorita cero, una bibliotecaria y archivera de la ciudad, activista católica militante, que tenía como afición anotar los nombres de todos aquellos que iban a condenar a muerte e irlos a visitar a sus lugares de confinamiento para ser ella, en persona, la que les anunciara la noticia de su inminente fusilamiento. Así se cuenta la historia de la señorita cero:

«Con indudable vocación misionera halló, tras el 18 de julio, tierra de misión a las puertas mismas de su Sevilla natal: los patios de la cárcel se le ofrecían como su China, su Japón, su India o su Congo soñados. Allí estaban sus infieles. Cientos de hombres sin fe. Cientos y cientos de infieles en vísperas de morir. Cientos y cientos de almas que ella podía arrebatar al demonio. Su corazón brincó de júbilo cuando a sus manos llegó de Burgos firmada aquella orden por la que se le abrían de par en par las puertas de las prisiones de Sevilla para en éstas poder llevar a cabo su labor de misionera sin obstáculo alguno. Cárceles, carceleros, presos y reglamentos a su disposición. Ningún impedimento para el ángel que iba a anunciar la buena nueva de la doctrina del señor.

Libre vuelo para sus alas. Y ella era el ángel. Ella iba a ser el ángel para aquellos desgraciados que, día a día, tarde tras tarde, la esperaban formados en fila, y la veían llegar, sumisos, obedientes y que en tan gran silencio le mostraban cuánto era su respeto hacia ella, tan insignificante, tan mínima, tan envuelta su persona en santa modestia. –Los nuevos, ¿verdad? ¡Cuántos! ¡Qué poquitos hoy! – dependía el comentario del número de neófitos–. –Mirad. Dios me ha encargado una gran misión, a mí, tan insignificante, tan poquita cosa. Ya veis quién soy… Nada, nadie. Un simple cero. Nada más que un cero. Sin nombre y sin valor alguno. La señorita cero. Pues bien, Él con su infinita bondad ha encomendado a la “señorita cero” nada menos que la salvación de vuestras almas. Él, que os ve en peligro, que sabe que estáis en gravísimo peligro, quiere salvaros. Y se  sirve de mí para lograrlo. Quiere que os haga ver el abismo en que os halláis y que os ayude a salir de él. ¿Cómo? Preparándoos para confesar. Conduciéndoos arrepentidos a los pies del confesor. No os habéis confesado nunca, ¿verdad? Ahora estáis en las manos de la justicia humana y ésta no puede ser misericordiosa, como es la de Él. Por eso debéis daros prisa. Hoy estáis en este mundo; pero mañana, acaso esta misma noche… ¿Quién sabe? Estáis en manos de Dios; pero Él ahora permite que estéis en manos de la humana justicia y ésta no es tan indulgente, ni debe serlo. ¿Qué sería de nosotros si los jueces siempre perdonasen, si no fueran justos, pero severos? Debéis, pues, estar dispuestos. Yo voy a prepararos…». Se sabía ante hombres feroces, hombres que no respetaban a Dios, ni a las autoridades, ni ley divina ni humana, incendiarios de iglesias, violadores de monjas, torturadores de sacerdotes… escoria humana. Eran fieras, peor que fieras. Ni a mirarlos se atrevía. Pero Dios le daba fuerzas para estar ante ellos y hablarles. Y su estómago tan delicado, sin una queja, sin una náusea, soportando aquel pestilente olor a rancho frío, a basura humana. ¡Cómo Dios la ayudaba! Todos aquellos unas horas después confesarían y mañana, si Dios permitía que llegaran a mañana…, todo por la misericordia divina, de la que ella era simple y mínimo instrumento… Abogado del diablo, éste sería mi informe si llegara un día a abrirse proceso de canonización al cero.

Aunque ignoramos por el momento la época de este último testimonio, y aunque parece que una era granadina y la otra sevillana, las semejanzas entre ambos personajes son tales, que más parece tratarse de la misma fanática que, tras llevar a cabo su «cristianísima» misión en Sevilla —«felizmente» en poder franquista durante toda la Guerra—, se desplazara quizá a otras «cárceles de misión» en tierras andaluzas más alejadas y en poder del «rojerío» durante toda la contienda, para proseguir allí su abnegada labor. La coincidencia, desde luego, en dos testimonios dispares y distantes en lugar y quizá en el tiempo, no deja de ser curiosa y sorprendente.

Y surge espontánea la pregunta de si hubo una o varias «señoritas cero», producidas como en cadena de montaje por el aparato nacionalcatólico. Seguiremos investigando.

 Pablo Herrero Hernández

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