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Xavier Lacosta

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La importancia de Mallorca para la II República y los sublevados

Aún hoy día no son pocos los historiadores y analistas de la Guerra Civil que estiman que el intento del comandante Alberto Bayo para reintegrar Mallorca a la República -agosto/septiembre de 1936- fue una equivocación estratégica y no debió ser nunca autorizada por el Gobierno de la Generalitat.

Muchos historiadores aducen para llegar a esta conclusión el caos organizativo en las fuerzas de Bayo y su muy escaso éxito militar en términos relativos, además de sus repercusiones en la vida cotidiana republicana. Ahora bien, si se tienen en cuenta otras consecuencias de la operación, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que la expedición de Bayo no sólo sí debió ser autorizada, sino que además fue un error gravísimo, de carácter estratégico y político, el que el Gobierno de Madrid no la apoyara ni alentara abiertamente y en última instancia se ordenara su reembarco. Tanto Azaña como Indalecio Prieto no vieron en la acción de Bayo y la Generalitat sino “aventura”, o incluso “imperialismo catalán”. Las fechas posteriores a agosto de 1936 revelaron quién tenía más visión estratégica, si Alberto Bayo o Azaña y Prieto… o los militares sublevados.

Porque, ¿cuál fue el destino militar de Mallorca después de la retirada de Bayo? Se dividió en dos grandes aspectos. En primer lugar, gracias a la fuerza aérea italiana integrada en los Dragones de la muerte, Mallorca se convirtió en un fantástico y efectivo portaaviones de piedra anclado en medio del mar, desde donde fueron frecuentes las expediciones de bombarderos contra la población civil sobre Barcelona, Tarragona, Lérida, Levante... Hay fotos de escolares muertos por esos bombardeos, que despegaron y aterrizaron en Mallorca, que lo prueban.

Ramón Franco, hermano ‘maldito’ del Generalísimo que fue apartado en Mallorca para evitarle la ira de sujetos como Kindelán, sólo era informado a posteriori de tales razzias. A la postre, el propio Ramón Franco falleció en el mar de Mallorca durante un vuelo en un aparato italiano. Por si fuera poco, “los acuerdos para la ayuda de Mussolini (... ) incluían el control de las islas Baleares por los italianos mientras durase la guerra”. La materialización del tal control se hizo en la destitución por Bonacorsi del gobernador militar que había sustituido al ejecutado Goded. (G. Jackson) además del control aéreo militar.

El restablecimiento del dominio republicano sobre Mallorca habría evitado, lógicamente, que esos bombardeos se hubieran producido, lo que prueba la intuitiva previsión de Bayo. En ese futuro hipotético, además, no se habrían aumentado en correspondencia las bajas nacionales por bombardeos aéreos, ya que habría sido improbable que bombarderos republicanos con base en Mallorca alcanzasen objetivos nacionales peninsulares o africanos, debido a la lejanía.

 El segundo aspecto del gran valor que suponía Mallorca para las fuerzas nacionales lo prueba que la isla se constituyó en una fuerte zona de retaguardia, cuya misión como tal fue la de proveer de suministros y dinero a las tropas nacionales, aunque no siempre de efectivos. Los jóvenes voluntarios que alegremente acudían a alistarse en Mallorca se encontraban en su mayoría con la sorpresa de que, si bien se les encuadraba militarmente, no se les destinaba a ningún frente sino que se les conminaba a mantener su residencia en la isla de manera forzosa: eran más útiles aquí que en el frente. Esto fue así salvo casos muy excepcionales: caso del Batallón Ciclista o de la contraofensiva en el Ebro, cuando el mando nacional hubo de echar mano apresuradamente de jóvenes mallorquines de 17 años que carecían de instrucción, para embarcarles hacia Sevilla, subirlos a un tren y meterlos en una trinchera junto a un fusil.

Franco conocía bien todos estos aspectos isleños y el buen partido que se podía sacar de ellos desde su destino en la isla con el grado de teniente coronel. Tuvo entonces la oportunidad de familiarizarse con la geografía, la economía, la disposición de las fuerzas militares y el carácter de la sociedad.

Mallorca era la tierra natal de Juan March, en donde el multimillonario, también conocido como el último pirata del Mediterráneo que apoyaba con su fortuna a Franco, tenía en activo muchos contactos financieros y políticos. Mallorca era esencial para las comunicaciones en el Mediterráneo. La posterior acción de hundimiento del crucero Baleares lo demuestra una vez más. Toda clase de pertrechos, excepto los de tipo militar, se produjeron en Mallorca con destino a la retaguardia nacional. También se recaudó dinero: familias enteras se desprendieron alegremente de valiosas joyas personales de factura mallorquina procedentes de tiempos de bonanza, de regalos de indianos, etc. Las piedras se desprendían, el oro y la plata se fundía en barritas, y todo ello sirvió para financiar el Glorioso Movimiento Nacional. Mallorca, también, fue moneda de cambio política entre Franco y Mussolini.

En cuanto a la represión desatada con posterioridad a la invasión de Mallorca, Martín Jiménez cita de pasada la habida en el bando nacional y se centra más en la registrada -de modo cruel y kafkiano, nadie lo niega a estas alturas- en la zona (Menorca) bajo autoridad republicana. Cabe remarcar que, tras la retirada de Bayo, la represión nacional en Mallorca se desató en forma de la furia ya conocida en la Península: las enfermeras libertarias atrapadas en tierra fueron violadas y asesinadas; los heridos, rematados en el hospital ante la mirada liberada de las religiosas a las que, días antes, los mismos milicianos habían jurado proteger, los cadáveres de jóvenes internacionalistas -atletas que habían participado en la contra-olimpiada de Barcelona frente a la del Berlín nazi, periodistas europeos, etc.- fueron acusados, después de muertos, de mercenarios extranjeros al servicio de la horda comunista...

Pero la represión nacional en Mallorca, so pretexto de un desembarco fracasado en septiembre de 1936, no acabó ahí, sino que se prolongó durante un período que algunos estiman de entre un año y medio y dos años. Aparecieron los paseos formados por adictos al régimen que se ofrecían como verdugos voluntarios, dirigidos contra sospechosos, sindicalistas, maestros, significados, etc. Algo incomprensible -al menos, cuyo sentido no comprendieron muchos- en una zona de retaguardia alejada de la guerra y centrada en víctimas potenciales que no tenían medios ni capacidad de ofensiva militar ni política..

Aún hoy, cada 14 de abril se rinde un silencioso homenaje popular, no reconocido ni apoyado por ninguna institución democrática, ante la fosa común del cementerio de Manacor, en donde se supone que reposan los restos de entre 200 y 300 personas, combatientes y civiles, asesinadas después del reembarco de Bayo. De todo ello habló entonces Georges Bernanos entre otros, en su libro Los grandes cementerios bajo la Luna.

Si Mallorca hubiera sido republicana, no habría habido bombardeos en Levante y Cataluña, ni auxilio económico y material al Movimiento, ni represión sobre republicanos o sospechosos de serlo. Con estos considerandos, ¿quién erró más al sopesar la invasión de Mallorca: Bayo que la propuso, entreviendo lo que podría ocurrir en el futuro, o Azaña y Prieto, que en su ceguera y falta de previsión no supieron verlo y le ordenaron reembarcar? ¿Es que les daba igual que el repudiado fascio de Mussolini campara a sus anchas ‘0r Mallorca?

Quisiera apuntar algo sobre la capacidad organizativa atribuida a Bayo. Ignacio Martín Jiménez se alinea con la tesis mayoritaria entre historiadores de la guerra que niega a este militar una cierta capacidad más allá de un cierto límite, del que nunca se expresa claramente cuál debía ser. Sin embargo, y según el artículo del propio Martín Jiménez, el desembarco contó con 24 barcos de todo tipo desde naves de guerra a cruceros auxiliares y de transporte, sin contar con el apoyo aéreo, y trasladó a más de 3.000 milicianos y militares de la más diversa extracción.

Tal envergadura de medios debía hacer suponer a los historiadores que Bayo y sus colaboradores, pese a todo, sabían organizar las cosas de una manera más que aceptable. Para dar una idea de lo que significa una operación de ese tipo, baste decir que en las mismas fechas de agosto de 1936, concretamente el día 5, las alzadas tropas africanas cruzaban el Estrecho mediante un convoy -el convoy de la victoria- que contaba con sólo un mercante, dos motonaves y un remolcador, con la escolta de un cañonero, un guardacostas y un torpedero, a los que habría que sumar dos acorazados alemanes y cinco trimotores italianos -Bayo, es obvio recordarlo, no tuvo ayuda internacional.

En cuanto al lugar elegido para el desembarco, Bayo pareció seguir la estrategia militar de la época: no buscó un primer enfrentamiento directo con el grueso de las tropas enemigas, sino un lugar fácil que le permitiera establecer una cabeza de playa sólida para, desde allí, planificar la marcha hacia la capital. Casi lo mismo llevaron a cabo los nacionales tras la travesía del Estrecho o, salvando las distancias, los aliados en el desembarco de Normandía. La zona comprendida entre Son Servera, Punta de n'Amer, Cala Morlanda y Porto Cristo / Puerto Rojo ofrecía además una fácil comunicación con Menorca para avituallarse. Sin olvidar que el área, en el municipio de Manacor, gozaba de raigambre republicana y de una amplia capa de población campesina y obrera que, Bayo debía esperarlo, se les uniría.

Queda la cuestión de la eficacia de las operaciones militares. Tras admitir de sobras el comportamiento de las tropas bajo sus órdenes, las disensiones que provocaban los dobles y triples mandos superpuestos, la desventaja en disciplina e instrucción de las milicias frente a facciosos y militares de carrera, cabe preguntarse: ¿hubiera podido ser de otra manera?. No, seguramente. El propio Bayo, quizá demasiado influido por su servicio en África, habla de las fuerzas como “columna de Mallorca”, al igual que los nacionales hablaban también de columnas, es decir, de gente armada que marcha sin plantearse otras opciones estratégicas más modernas: ni guerra relámpago, ni empleo de aviación, ni maniobras de tanques, ni combinaciones de castigo artillero con avance de infantería, ni etc.

Es revelador su plan de “apoderarse de las lomas y fortificarlas”, lo que implica una guerra de desgaste y no de conquista, quizá por ser ya consciente de la imposibilidad de un tal éxito militar con las fuerzas a su cargo y con la condena expresa del Gobierno de Madrid. ¿Para qué seguir luchando y arriesgando, si la República no se lo agradecía, ni a él ni a quienes estaban a su mando?

Y he aquí una cuestión nunca desvelada: ¿por qué Azaña y Prieto se empeñaron en desautorizar una y otra vez a la Generalitat y a Bayo, por qué fueron tan ciegos e incapaces en un momento de crisis con la que era hasta el momento la mayor acción bélica de la República? ¿Cómo ellos, políticos republicanos, podían calificar de aventura el proyecto de restablecer la autoridad republicana? ¿Cómo no enfrentar el hecho de que Franco había cedido Baleares al fascio? ¿Por qué no optaron por asumir el hecho consumado de la expedición ni la reforzaron y, en cambio, ordenaron una y otra vez que Bayo reembarcara, con todo lo que supuso de pérdidas materiales y de vidas y de merma de la moral popular? El paso de la columna por Ibiza, no hay que olvidarlo, rescató a Rafael Alberti, el poeta por excelencia del estado republicano.

Tras esta actitud se adivina el temor de los políticos profesionales hacia las fuerzas populares, y una cierta mezcla de envidia y celos ante un proyecto de gran magnitud del que no eran autores y sobre el que no podían establecer un control directo: la recuperación para la República de una provincia entera, apenas un mes después de comenzada la guerra.

A la torpeza pequeño burguesa se alía la injusticia, el insulto y la difamación: Prieto habla en sus memorias de ‘imperialismo catalán’ en Mallorca, “acto absurdo de imperialismo catalanista” -citado por R. de la Cierva-, olvidando que los integrantes de las milicias no eran precisamente los nacionalistas de Estat Català, y que la propuesta del desembarco surgió de asambleas en las que predominaron militantes del PSUC.

Azaña expone: “Barcelona quiso conquistar las Baleares (...) para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre un territorio extranjero, la Gran Cataluña”. Esa no fue, desde luego, la idea de los combatientes republicanos, revolucionarios e idealistas. Tampoco de la Generalitat, cuyos representantes se vieron sobrepasados por los comisarios y milicianos. Jamás se planteó -de hecho, Martín Jiménez no lo refleja tampoco en ninguno de los documentos ni actas que aporta- independizar Baleares de España ni sumarla como territorio conquistado a la Generalitat de Catalunya. Diciendo y escribiendo estas cosas, da la impresión de que Prieto y Azaña están más de acuerdo con la propaganda nacional que con la suya propia republicana.

En última instancia, ¿preferían Azaña y Prieto que Baleares fuera italiana y facciosa antes que catalana y republicana?

Pero, visto lo que pasó después, tampoco hay que extrañarse. En la primavera de 1937, en una nueva crisis interna de la República -los fets de maig o combates entre CNT y POUM contra comunistas que desembocaron en la purga de troskistas y muerte de Andreu Nin- Azaña se abstraía de su entorno para escribir una obra, La velada en Benicarló -dice en el prólogo que “los cuatro días de asedio me entretuve en dictar el texto definitivo”-, y no era esa la primera vez que el Presidente de la República se colocaba más allá de todo lo demás.

Indalecio Prieto, recién acabada la guerra, se apoderó del tesoro del Vita y manipuló de manera vergonzosa el exilio español en Méjico para vengar viejas rencillas con Negrín y Largo Caballero. Alberto Bayo, en cambio, años después asesoró a Fidel Castro sobre cómo debía llevar a cabo el desembarco del Granma en la Cuba de Batista.

La verdad histórica vista en perspectiva fue ésta: mientras desde la Generalitat y milicias se pudo organizar un desembarco de 3.000 personas, paralelo además a las primeras acciones en el frente de Aragón, el Gobierno central se vio incapaz de organizar la defensa frente al Alzamiento y soportó sin poder reaccionar cómo, a su vez, los nacionales le organizaron un desembarco y paso del Estrecho. Los incapaces militarmente y faltos de visión política y estratégica resultan ser, así, los políticos tradicionales de la República, y no las nuevas fuerzas populares que habían surgido de las tensiones contra los facciosos, militares rebeldes, burguesía liberal y derecha en general.

Xavier Lacosta.