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El proceso de Agapito García Atadell

(Compilación de Memoria republicana a partir de los textos del proceso celebrado en Sevilla en junio y julio de 1937. El lector debe leerlo con prevención pues se trata textos periodísticos y judiciales franquistas en la  época de la represión en Sevilla de Queipo de Llano)

Relato del periodista:

ANTE EL CONSEJO DE GUERRA, EN JUICIO SUMARÍSIMO, SE VIO AYER EL PROCESO SEGUIDO CONTRA EL SINIESTRO SOCIALISTA GARCÍA ATADELL Y SUS CÓMPLICES POR LOS DELITOS COMETIDOS AL FRENTE DE SUS BANDAS EN MADRID

Los hechos

Mil veces se ha descrito ya en la Prensa el horror de las jornadas que siguieron al 18 de julio en Madrid. El monstruoso terror que se abatió sobre la indefensa ciudad fue iniciado y mantenido, principalmente, por aquellas escuadrillas policíacas, creadas por el marxismo y por el anarconsindicalismo, y sacadas por ambos partidos políticos de sus fondos más bajos.

El 25 de julio, estos forajidos, con una embrionaria organización, eran dueños de todo. Los perseguidos que lograban escapar de sus garras iban a refugiarse en la Dirección General de Seguridad, donde pedían que se les detuviera; y los mismos policías, acordados, sintiéndose odiados por sus jefes y por el Gobierno, los felicitaban en voz baja. "Ha tenido usted suerte...; aquí, por lo pronto, no perderá el pellejo."

Al correr de aquellos días alucinantes hubo un cambio en la manera de actuar de aquellos criminales. Las partidas sueltas, las brigadillas, se concentraron y surgieron verdaderas escuadras, bien armadas, con edificios propios, auto-móviles, dinero y la benevolencia de las mismas autoridades. Operaban con las primeras sombras de la noche o en la alta madrugada, y sus razzias eran siempre fructíferas. El automóvil de turismo, con el piquete ejecutor, iba seguido siempre de la camioneta para cargar el producto del robo.

iA qué grado de vileza y de crueldad llegarían la Escuadrilla del Amanecer y la brigada de Los linces de la República para alcanzar fama y celebridad en aquel caos teñido de sangre! Todas fueron superadas, en el rumor público, por la brigada de García Atadell, establecida en la Castellana. No hay idea del espanto que ese nombre producía en Madrid. Cuando los coches de la brigada —llevaban todos el fatídico letrero, en esmalte blanco, sobre los capots— cruzaban las calles de la ciudad, las piernas de los viandantes temblaban y sus rostros palidecían intensamente. Uno de aquellos automóviles parado frente ante un portal, en las sombras de la noche, era un signo de muerte próxima.

La brigada dirigida por García Atadell actuó en Madrid desde los primeros días de agosto hasta los primeros días de noviembre. Consta en el sumario, por declaraciones de diversos testigos, que García Atadell figuraba en el Tribunal de la Tcheka de Bellas Artes; que su decisión era inapelable, cuando se trataba de fusilar o libertar a cualquiera de los detenidos por la brigada que él dirigía; que se pueden calcular en dos mil los fusilamientos que la brigada realizó; que al mismo tiempo se incautaban, los que figuraban en ella, de dinero, alhajas, títulos de la deuda, etcétera, encontrados en las casas objeto de la requisa o el saqueo; que la influencia de García Atadell era tal en Madrid que hasta los diplomáticos extranjeros le visitaban para pedirle la libertad de algunos detenidos...

García Atadell tuvo que huir de Madrid, perseguido por la F. A. I. y por el partido comunista. Tuvo parte en este suceso un asunto tenebroso que saltó a las columnas de la Prensa y en el que figuraba el rapto de una señorita que vivía en la calle de Goya. Este rapto lo ejecutaron los comunistas, y García Atadell descubrió el paradero de la muchacha. Por esto, y porque los comunistas querían participar en las rapiñas de la brigada de Atadell, y éste no lo consentía, sobrevino su huida.

Consta también en el sumario, por declaraciones de varios testigos, que los milicianos y policías que figuraban en la brigada se mostraban indignadísimos por la huida de su jefe Atadell, y decían que éste se había llevado de Madrid unos veinticinco millones de pesetas.

García Atadell, acompañado de Penabad, que figuraba en la brigada, y de un tal Ortuño, se dirigió a Santa Pola, arregló en Alicante, en el Consulado cubano, su pasaporte y el de sus compañeros, embarcaron en el 25 de Mayo has-ta Marsella, y de allí se dirigieron a Saint Nazaire, tomando pasaje en el buque de la Transatlántica francesa Mexique. García Atadell y Penabad iban acompañados de sus respectivas mujeres.

El tercer procesado, Ricord y Vivó, aparece en este momento.  (Censurado) ...con las autoridades de La Coruña para decirles que en el buque Mexique, donde viaja, hay varias personas sospechosas, entre ellas un procurador llamado Elisalde y un periodista apellidado Rafart, que llevan una misión reservada del Gobierno rojo a Cuba y México, respectivamente. Cuando el barco toca en Las Palmas, las autoridades de la ciudad tienen aviso cablegráfico de que en el buque viaja gente sospechosa y que deben proceder a la detención de aquellas que señale Ricord y Vivó, que va a bordo.

En el sumario se hace historia de todos los incidentes habidos hasta la detención de Agapito García Atadell y Pedro Penabad, así como de la vida que ambos hacían a bordo del Mexique; vida fastuosa, con frecuentes convites y fiestas.

Trascripción:

Se reúne el Consejo. Constitución del Tribunal. La concurrencia

A las diez en punto de la mañana, y en una de las salas de la Audiencia Territorial, se constituyó el Consejo de guerra.

Actuó como fiscal el de la División Jurídico-militar, y como defensor, el designado previamente. Fue relator el juez de la causa.

Cuando se dio la voz de audiencia pública, por el presidente, penetraron en la sala numerosos jefes y oficiales del Ejército, que tomaron asiento en los estrados; bastantes señoras y mucho público, en general, que llenó por completo el local, demostrándose de ese modo la gran expectación producida por este Consejo de guerra.

Los procesados

Constituido el Tribunal, su presidente preguntó al juez de la causa si los procesados deseaban asistir a la vista. Contestada la pregunta afirmativamente fueron introducidos en la sala los pro-cesados Agapito García Atadell, Pedro Penabad Rodríguez y Ernesto de Ricord y Vivó. En la concurrencia se produjo un movimiento de gran curiosidad. Entraron apareados en la misma (Censurado) ...García Atadell y Penabad, y conducido por un guardia civil el Ricord y Vivó.

García Atadell es hombre de treinta y cuatro años, alto, de buena complexión. Viste pulcramente. Lleva los ojos ocultos tras los gruesos cristales de unas gafas con montura negra, de concha, y en su rostro, algo pálido, hay un gesto agrio, cuando penetra en la sala.

Penabad es joven (Censurado) con el pelo rizado. Viste un traje gris.

Ricord y Vivó es un tipo vulgarísimo. Viste pobremente, y su rostro es poco simpático. Representa unos veinticinco años.

Los tres procesados escuchan la lectura del largo apuntamiento, inmóviles.

El apuntamiento. Numerosas declaraciones

La causa comienza en Santa Cruz de Tenerife, después de ser detenidos a bordo del vapor Mexique, en el puerto de Las Palmas, los tres procesados y otros pasajeros del buque, para los que fue sobreseído el procedimiento.

García Atadell declaró ante la Jefatura de Policía de Santa Cruz de Tenerife que tenía treinta y cuatro años de edad, era natural de Vivero, de oficio tipógrafo, y vivía en Madrid en la calle de Bravo Murillo. Cuando surgió el movimiento del 18 de julio era auxiliar en las oficinas del partido socialista, y como Galarza quisiera reorganizar la Policía, fue escogido para figurar en ella y agregado a una brigada compuesta por cuarenta y ocho hombres que tenían su domicilio en la antigua casa de los condes del Rincón en la Castellana, esquina a la calle de la Ese. Da los nombres de los principales miembros de la mencionada brigada, que en su mayoría eran tipógrafos, porteros, y chóferes, habiendo también un ebanista y un viajante de comercio.

En la misma brigada figuraba el señor Fernández Matos, que había sido director general de Seguridad.

Esta brigada formaba una especie de comisión de Control de la Policía, y había un Tribunal sentenciador, presidido por el inspector de Policía Sr. Lino.

García Atadell agrega que, según calcula, esta brigada practicaría unas ochocientas detenciones mientras él tuvo intervención en ella; que el presidente del Tribunal sentenciador tenía voto de calidad; que había un pelotón de ejecución, que formaban, entre otros Pedrero, Alviar y Barba; que disparaban sobre los detenidos, matándolos en la Ciudad Universitaria, dejándolos en el campo hasta que venían a recoger los cadáveres las camillas de las ambulancias; y que recuerda los nombres de algunos de los fusilados, como los señores Cumella, Duque, los (Censurado) ...hermanos Miralles, Pardo Valcárcer, Cifuentes y Monedero, así como madame Balhier, a quien mandó fusilar el propio Galarza.

Continúa diciendo que fue sorprendida una reunión de elementos fascistas en el domicilio del hijo de Barriobero, y todos los concurrentes fueron fusilados. Recuerda, asimismo, que fueron detenidos el padre Gafo, el diputado Fernández Heredia, (Censurado) el secretario particular de don Alejandro Lerroux, Sánchez Fúster; el redactor jefe del periódico La Nación, la duquesa de Lerma, etcétera.

Asegura que la condesa de Arcentales no fue conducida a la cárcel, sino a una Ernbajada; y la duquesa de Lerma, sacada de una prisión, donde la tenían los elementos de la FAI; y añade que salvó la vida a un familiar del ex ministro del señor Montes Jovellar.

Dice también que Galarza le ordenó un registro en los domicilios de dos jueces de Instrucción, uno de ellos hermano del director de un periódico de Zamora que había atacado a Galarza, recomendándoles que fuesen al registro sin placas ni carnets de policías.

Desde luego niega que él detuviese al señor Peñalva, y afirma que fueron los comunistas los que le mataron, así como a todos los individuos de su familia; confirma que hizo registros en el domicilio del ex ministro señor Callejo, (Censurado) ...en la casa del señor Soto Reguera y en la tienda de un joyero, pero, en su descargo, manifiesta que levantó acta de todo lo encontrado y lo llevó a la Dirección General de Seguridad.

Continúa su declaración y explica sus relaciones con los galleguistas Castelao, Suárez Picallo y Penabad, que tenían sus oficinas en la Gran Vía, encima del bar Chicote, y que obedecían las órdenes de Casares Quiroga, presidente honorario de las milicias gallegas.

Refiriéndose a su huida de Madrid, dice que un día del mes de noviembre comentó con Penabad la crítica situación de la ciudad y su posible caída en manos del Ejército nacional. Entonces concibió la idea de huir, y pidió a Negrín, que era ministro de Hacienda, la autorización para sacar 35.000 pesetas, lo que consiguió en seguida, llevándose también algunas alhajas.

Su viaje a Santa Pola y Alicante lo justificó para la requisa de unos chalets, con destino a la Colonia Infantil formada por los hijos de los policías.

En esta declaración dice asimismo que el Tribunal de la brigada a la que él pertenecía no tenía nada que ver con el Tribunal Popular. Este se creó a raíz del incendio, no sabe si fingido o real, de la Cárcel Modelo. Este Tribunal lo formaban un representante de cada uno de los partidos que figuraban en el Frente Popular, y como presidente un magistrado. El Gobierno creyó que de este modo se podían atajar los asesinatos que habían sido perpetrados en la misma cárcel con la muerte de Melquiades Alvarez, Martínez de Velasco, Albiñana y muchos más de los prisioneros.

Asegura en esta declaración, también, que nadie puede acusarle de haber intervenido en fusilamientos, aunque es posible que los individuos de su brigada los verificasen; ni tampoco que hubiese robado nada, aunque es posible que los individuos de la brigada hubieran perpetrado robos.

Justifica el dinero que se le encontró diciendo que poseía 40.000 pesetas en el Banco Hispano Americano, y que tenía 850 pesetas como sueldo dentro del partido socialista. Quien vendió unos brillantes en 80.000 pesetas fue su compañero Ortuño. (Censurado).

Hay una tercera declaración de García Atadell, donde reconoce que hizo muchísimos registros, pero que de detenciones sólo recordaba las de los señores Viñó, Bahía, Lerma, Brujó y Fernández Ramírez, y tiene empeño en hacer constar que celebró varias entrevistas con el magistrado señor Elola, a quien vio muy entusiasta del Frente Popular.

Seguidamente da cuenta de la organización de las brigadas y escuadrillas, así como de la Policía. Dice que en Madrid había una brigada que se llamaba La escuadrilla del amanecer, formada por comunistas; otra denominada Los Linces de la República, que tenía una tendencia anarconsindicalista, y otra de Investigación pública, a la que él pertenecía, y que era oficial, porque estaba formada por policías y dirigida por el inspector señor Lino. La dirección de las brigadas incontrolables la llevaban un Comité, establecido en la calle de Fomento, que estaba formado por anarcosindicalistas y presidido por un individuo llamado Manzano. Este Comité fusilaba sin piedad, y las autoridades no podían hacer nada.

Esta declaración la termina García Atadell dando cuenta de su detención a bordo del Mexique, por haber sido identificado por el periodista Rafael Rafat, que iba a bordo, y que fue detenido y conducido a tierra por denuncias del (Censurado) ...Ricord y Vivó.

Según testimonio que consta en el sumario la brigada García Atadell estaba formada por individuos de la FAI, y que fue la que hizo más requisas y saqueos y ejecutó más fusilamientos de cuantas brigadas había en Madrid.

Asimismo se dice en él que García Atadell presidía la checa de Bellas Artes, ante la cual fue llevado el marqués de Benalúa, para ser fusilado después, y asegura que la Prensa francesa elevó a dos mil el número de fusilamientos decretados por García Atadell.

Josefina Mariño Catalá dice que conoció a García Atadell y Penabad y a sus mujeres respectivas en Santa Pola, embarcando con ellos en la falúa que los condujo al crucero 25 de Mayo. García Atadell y Penabad llevaban carteras y paquetes.

El testigo Alverola manifiesta que García Atadell fue el autor de la huelga de ABC del año 34.

El señor Ripoll asegura que García Atadell tenía un yate en Santa Pola. También poseía una canoa-automóvil, en la que salía con frecuencia, pretextando un servicio, para buscar una radio clandestina.

El testigo Macías Martínez dice que los de la brigada de Atadell estaban indignadísimos con éste, porque huía de España llevándose veinticinco millones de pesetas en alhajas.

La declaración del testigo Campos y Campos es interesante. Manifiesta que García Atadell le interrogó en la cheka de Bellas Artes y luego en el cuartelillo de la calle de la Ese, para preguntarle por la familia del aviador García Morato. Añade que García Atadell, por su omnímoda voluntad, libertaba o fusilaba a los detenidos; y agrega que como se había ordenado que todas las familias se proveyeran de vales para comidas en el Círculo de Bellas Artes, iban muchísimas personas de derecha, practicándose entonces numerosas detenciones, y los detenidos eran entregados a García Atadell.

A continuación figuran en el apuntamiento los sueltos periodísticos, especialmente de Heraldo de Madrid, dando cuenta de los servicios practicados por la brigada de García Atadell. Por cierto que al final de una de las informaciones, en las que se enumeran la infinidad de edificios incautados por la brigada, se dice textualmente: "Han fallecido el ex general Marzo y el ex conde de los Moriles."

Pedro Penabad declara que tiene veintinueve años y es abogado. Asegura que el galleguista Suárez Picallo le pidió que redactara un reglamento para las milicias gallegas, y como García Atadell era presidente honorario de esta entidad se relacionó con él. Recibió como pago del trabajo 400 pesetas. Luego fue designado policía y sirvió durante un mes en la brigadilla de García Atadell. Hizo un viaje a Alicante con el ex director general de Seguridad Sr. Fernández Matos, para investigar ciertos hechos de la Policía de aquella ciudad, pero los sindicalistas y anarquistas se opusieron terminantemente, y entonces el señor Fernández Matos huyó en un barco porque, según le dijo, estaba perseguido por la FAI. El volvió a Madrid, y al fin logró salir de España en compañía de García Atadell y de Ortuño.

Añade que conoció a García Atadell en Vivero, y con respecto a su fuga de España manifiesta que la preparó y la consumó porque no podía resistir el espectáculo de los hombres muertos en las carreteras, del caos y la destrucción por todas partes y de los infinitos fusilamientos a que se dedicaban los anarcosindicalistas.

Ernesto Ricord declara que tuvo que esconderse hasta el primero de septiembre, y que después de una serie de peripecias logró embarcar en el Mexique; cuando el barco tocó en La Coruña y vio a un comandante del Ejército no pudo contenerse y lo abrazó. Como tenía sospechas de que en el barco viajaban dos hombres sospechosos, logró enterarse que uno de ellos era periodista y se apellidaba Rafart, y otro era procurador de Bilbao, llamado Elisalde. Se enteró también de que ambos llevaban misiones secretas del Gobierno rojo a los Gobiernos de Cuba y de Méjico. Sus sospechas se confirmaron cuando vio que ambos se ocultaban en los puertos españoles.

Cuando el barco llegó a Las Palmas vio en la escala a un falangista, quien le dijo que llevaba una orden de detención contra algunos pasajeros. Desembarcó (Censurado) ...volvió al barco, donde contribuyó a la detención del procurador y del periodista. Este, entonces, fue el que descubrió la personalidad de García Atadell y de Penabad. En cuanto a él, no pudo volver a embarcar, porque el capitán le dijo que no podría responder de su vida dentro del buque.

Añade en su declaración que en el barco se cantaba constantemente la Internacional, y que él vivió en un gran peligro mientras estuvo a bordo.

A continuación figuran en el sumario numerosos recortes periodísticos de Tenerife. Es curiosa la descripción que se hace en ellos de la vida que llevaban a bordo García Atadell, Penabad y sus respectivas mujeres, Vivían como príncipes. La mujer de García Atadell iba siempre elegantísima y muy perfumada. Daban fiestas en el comedor, y, a veces, iban al departamento de tercera para obsequiar a los que allí iban y oír las canciones cubanas de un tenor apellidado Alcocer. Cuando fue detenido García Atadell, dijo que con él se había cometido un gran atropello. Se trataba de una verdadera equivocación, porque él iba a Cuba en viaje de negocios, y le tendrían que indemnizar por los perjuicios que le ocasionaban. En el barco figuraban García Atadell y Penabad como dos actores cinematográficos.

En la Prensa de Tenerife de aquellos días se pueden leer también, con todo detalle, los incidentes de la detención de García Atadell y sus dos compañeros. Hay una declaración de un brigada de la Guardia civil, que es vivísima y demuestra la intervención en los hechos del Ricord. Este garantizó a García Atadell y a Penabad cuando fueron detenidos la primera vez. Ambos regresaron a bordo, pero seguidos por dos individuos de Acción Ciudadana, que vieron cómo García Atadell abrazaba a Ricord y le entregaba un sobre, que después se vio que estaba lleno de billetes del Banco. Además, el brigada asegura que sorprendió varias veces miradas de inteligencia entre García Atadell y Ricord, cuando todos iban desde el barco hasta el muelle, en la falúa, luego de la segunda detención.

Se hace constar en el sumario que fue sobreseída la causa contra el periodista Rafart, por no encontrar delito alguno en su actuación.

Peticiones del defensor

El presidente pregunta al fiscal si tiene que hacer alguna observación. Contesta negativamente.

En cuanto al defensor, solicita que se lea un escrito de García Atadell, que figura al folio 229 de la causa.

En este escrito, García Atadell habla de la enorme influencia anarcosindicalista en Madrid, y dice que los mejores edificios, los mejores coches y las mejores comidas eran de la C. N. T. y de la F. A. I. Pasaban bien la guerra. Los Cenetistas y faístás comenzaron a incautarse de los edificios en los primeros días de octubre, poniéndoles un gran cartel rojo, que decía: "para la contraguerra", y pasaban los recibos a los inquilinos. El ministro de Hacienda quiso oponerse a este latrocinio, y entonces una comisión lo visitó y lo insultó. Galarza dejaba hacer, complacido. En el escrito quiere echar toda la culpa del terror en Madrid a los grupos inorgánicos que carecían de carácter oficial y no obedecían órdenes de ninguna clase.

Agrega que la única brigada oficial era la social, a la que él pertenecía.

El director general de Seguridad era el capitán Muñoz, el jefe superior de Policía, Lopez Rey; el subjefe, Aguirre, y el jefe de la Primera Brigada, el inspector Lino. Esta brigada tenía dos edificios: el de la calle Víctor Hugo, núm. 9, y el del palacete de los condes del Rincón, en la Castellana. El actuaba en éste. A la inauguración del edificio asistieron los ministros y las autoridades. Asegura también que arregló la entrada del inspector Sr. Lino en la Embajada de Méjico, porque ya no podía sufrir la presión de la C. N. T. y la F. A. I., y termina diciendo: "¡Quién tenía fama de humanitaria en Madrid, sino nuestra brigada!"

El defensor pide la lectura de una carta de la duquesa de Lerma y de dos, que firma la señorita Urraca Pastor.

La duquesa de Lerma dice en la suya que fue salvada por Atadell, y que éste no le pidió dinero, ni ella se lo dio. (Censurado)

... Se suspende la vista

Terminada la lectura de estos documentos, el presidente declara suspendida la vista hasta las cinco de la tarde.

La sesión de la tarde. Aumenta la expectación pública

A las cinco en punto de la tarde se reanudó la vista con tanto o más público que en la sesión de la mañana. La entrada de los procesados se señaló con un movimiento de gran curiosidad. En el patio de la Audiencia quedaron muchas personas que no pudieron entrar en la sala.

El fiscal hace una petición que el Tribunal deniega

El fiscal, una vez reanudada la vista, manifiesta que había acudido a la sala una persona que reconoce a Penabad como miembro activo de la Checa de Bellas Artes, y pide que sea oída por el Consejo de guerra.

El presidente, luego de conferenciar brevemente con los vocales, le responde que no ha lugar a la petición.

Interrogatorio de los procesados

El fiscal sostiene con García Atadell un diálogo de gran intensidad dramática

Fiscal.-¿Fue usted directivo de Artes Gráficas?

Procesado.-Un elemento significado, sí; pero directivo, no.

F.-¿Pero usted conocería a gran número de tipógrafos?

P.-Fatalmente tenía que conocer a los que trabajaban conmigo.

F.-Y a otros, ¿no?

P.-Yo conocía a muchos tipógrafos y a muchos que no lo son.

F.-Pero, ¿de ABC, no?

P.-No, porque no eran obreros organizados.

F.-Pero es de suponer que dentro de un mismo gremio hay contactos y los que a él pertenecen se conocen.

P.-Yo no puedo recordar detalles tan ínfimos.

F.-Vamos a ver si tiene mejor memoria para esta otra pregunta: ¿Usted servía en la Casa del Pueblo y en la sección de Prieto?

P.-Esa es una verdad a medias. Yo servía en las oficinas de la calle de Carranza número 20, que no es precisamente la Casa del Pueblo.

F.-Pero era una oficina del partido socialista.

P.-Pertenecía al Comité Nacional del partido y estaba dirigida por Prieto.

F.-De acuerdo. Usted ganaba 850 pesetas allí.

P.-Exacto.

F.-¿Por qué servicios?

P.-Las organizaciones provinciales y locales mandaban muchas cartas sobre asuntos legales, sobre cotizaciones... Yo las contestaba; es decir, dictaba las contestaciones a las taquígrafas y las firmaba el secretario del Comité.

F.-¿Usted no es abogado?

P.-No.

F.-¿Ni delegado de Trabajo?

P.-Oficialmente, no; ni por oposición.

F.-Entonces, ¿qué consultas eran las que usted evacuaba? Acaba de decirnos que intervenía en asuntos de cotizaciones.

P.-No. Yo no era tesorero.

F.-Vamos a otra cosa. Dice Heraldo de Madrid que usted estuvo en el frente con las milicias.

P.-No es cierto. Yo no podía ir al frente porque apenas si veo.

F.-Heraldo de Madrid, en su número de 20 de agosto, dice textualmente que "rápidamente se organizaron batallones para ofrendar la vida en defensa de la libertad y que entre estos bravos milicianos está García Atadell para oponerse al avance fascista."

P.-Desde luego yo no he mandado nada, ni estuve allí.

F.-¿Y por qué no rectificó esa noticia?

P.-Porque yo no leía la Prensa.

F.-A lo que parece el Gobierno desconfiaba mucho de la Policía oficial y quiso controlarla. ¿Es esto cierto?

P.-Yo no estaba en esas interioridades.

F.-Pero usted fue designado para vigilar y controlar al inspector Sr. Lino.

P.-Lo cierto es que el Gobierno pidió a los partidos del Frente Popular que dieran nombres para reorganizar la Policía y entre esos nombres fue el mío; y fui destinado a las órdenes del Sr. Lino.

F.-Sin embargo, la brigada se llamó siempre García Atadell.

P.-Pues no era mía.

F.-¿Y cómo no rectificó todas las noticias de Prensa en las que hablaban de García Atadell como único jefe de la brigada?

P.-Porque yo no tenía control sobre la Prensa.

F.-Por lo visto el inspector Lino tenía su oficina en la calle de Víctor Hugo número 9, y usted en el palacete, incautado, de los condes del Rincón.

P.—Yo estaba allí en una de las dos secciones en que estaba dividida la brigada del señor Lino. La otra sección estaba en la calle de Pí y Margall.

F.—Según consta en los autos usted se entrevistó con el juez Sr. Elola para tratar del supuesto asalto a la Radio de Madrid.

P.—Eso es también verdad a medias. El señor Elola vino a verme y me dijo que había un intento de asalto a la radio por elementos de derechas.

F.—De modo que el juez se dirigía a usted para hablarle de cosas de tanto interés.

P.—Es que antes había hablado con el señor Lino.

F.—¿Y éste consintió que usted le diera instrucciones al juez?

P.—El Sr. Lino tenía una plena fe en cuanto yo hacía.

F.—Cuando Penabad estaba en Alicante se supo que allí había un policía dedicado al contraespionaje y usted fue llamado para que interviniera en el asunto, ¿quién le llamó?

P.—El subsecretario de la Presidencia.

F.—Lo que quiere decir que en cuanto hay un asunto de un gran interés es usted el que interviene.

P.—No. Me llamaron por indicaciones del señor Lino.

F.—Hubo un supuesto complot para asesinar a Prieto y éste, según se afirma, lo llamó a usted.

P.—No. Llamó a Lino. Y éste me envió a ver a Prieto.

F.—Y entonces ese hombre que detentaba una cartera, le dijo a usted: "Los asesinatos que se están cometiendo en Madrid nos llenan de cieno."

P.—Eso es verdad, pero el Sr. Prieto se refería a los asesinatos que cometían los anarcosindicalistas.

F.—¿Usted gestionó el ingreso del señor Lino en la Embajada de Méjico?

P.—Del Sr. Lino, no; de sus familiares.

F.—De modo que el Sr. Lino, su jefe, tuvo que recurrir a usted para que le hiciese ese favor.

P.—Es que yo tenía buenas amistades.

F.—¿Usted iba a ser designado para la Dirección General de Seguridad?

P.—El rumor público lo decía, pero yo no tenía noticias de ello.

F.—Y ese rumor se fundaba en la gran influencia que usted tenía en Madrid.

P.—No. Se fundaba en que todo el mundo creía que iba a gobernar la fracción de Prieto, a la que yo pertenecía.

F.—A pesar de todo lo que figura en el sumario, sigue usted afirmando que no fue más que un subordinado.

P.—Exactamente.

F.—Usted dijo en su declaración primera que había un Comité sentenciador y un Comité ejecutor dentro de la brigada.

P.—Luego he rectificado esas afirmaciones.

F.—Pero la declaración está firmada por usted.

P.—Sí.

F.—¿Por qué la firmó?

P.—A la discreción de la Sala dejo la respuesta. (Grandes rumores.)

F.—Está bien. Entonces, ¿todos esos nombres de fusilados que usted dio en sus declaraciones, los inventó la Policía de Santa Cruz de Tenerife?

P.—Lo inventó todo. (Rumores.) Y a ese Matila que figura en la relación y que era secretario de Primo de Rivera lo salvé yo.

F.—Es monstruoso que la Policía de Santa Cruz de Tenerife pudiera adivinar los nombres de unos fusilados en Madrid, que efectivamente lo habían sido.

P.—Los nombres los di yo; pero a la discreción de la Sala el por qúé lo hice.

F.—Vamos a ver si nos entendemos. Usted ha dicho que Pedrero, Alvial y otros de su brigada llevaban en unos coches a los detenidos, a las afueras de Madrid, y los fusilaban, dejando abandonados los cuerpos hasta que por las mañanas se los llevaban las ambulancias.

P.—Todo eso lo rectifiqué ante el juez militar.

F.—Es verdaderamente extraño que la Policía, que según usted dice lo inventó todo para perderle, consigne también los descargos en los que usted aparece como un inocente.

P.—Yo dije lo que dije, pero fue obligado.

F.—¿Usted llevaba a los detenidos a una mazmorra?

P.—No. En el palacio donde yo estaba no había mazmorras. Los llevaba a los jardines y allí permanecían.

F.—Usted ha dicho que el Sr. Peñalba fue detenido por los comunistas de Alcázar de San Juan y que usted lo detuvo luego llevándoselo a su cuartelillo, porque comprobó que los comunistas le habían sacado dinero a dicho señor y luego querían fusilarlo.

P.—Yo consulté el caso con el señor Lino y tuve durante tres meses al Sr. Peñalba en el cuartel, pero como protegido.

F.—Usted sabrá que en las afueras de Madrid aparecían desde el 23 de julio numerosos cadáveres.

P.—Yo entré en la Policía en los primeros días de agosto.

F.—Todo el mundo sabía en Madrid que en las cercanías del Depósito Judicial el hedor era insoportable.

P.—Sí, es posible. Había paqueos... (Grandes rumores.)

F.—Sabría usted que en agosto no funcionaban los Tribunales Populares.

P.—Así lo creo.

F.—Ni los ordinarios.

P.—No estaba enterado de eso.

F.—Lo que usted no puede negar, porque lo ha dicho en varias declaraciones, es que aparecían cadáveres en las afueras de Madrid. Los setecientos detenidos que según usted confiesa hizo la brigada, ¿eran enviados a las cárceles?

P.—Sí, o se les ponía en libertad.

F.—¿Tenía usted facultad para hacer eso?

P.—Si yo veía que el detenido tenía notas desfavorables lo enviaba al señor Lino.

F.—¿Usted no mandó fusilar a nadie?

P.—Ni mandé a nadie a la cárcel.

F.—Usted dice que tenía una cuenta corriente en el Banco Hispano Americano.

P.—Sí.

F.—¿Ustedes en la brigada podían recibir donativos voluntarios?

P.—Ninguno.

F.—El Heraldo de Madrid de 7 de septiembre dice que García Atadell se incautó del edificio de los Jesuitas de la calle de Juan de Mena.

P.—No es cierto. Había un Comité de incautaciones que funcionaba en el ministerio de Industria.

F.—¿Y cómo no rectificó usted al periódico?

P.—Porque yo no tenía control sobre él.

F.—El periódico agrega que usted entregó el edificio al Grupo escolar Máximo Gorki.

P.—Creo recordar que eso lo hizo Pedrero.

F.—¿Usted fue llamado alguna vez al local de las Milicias gallegas?

P.—Sí, por teléfono. Me llamó Penabad y me ofreció la secretaría general del Partido Galleguista, contestándole que yo tenía mucho trabajo y no podía aceptarla.

F.—Usted tiene declarado que su compañero Ortuño vendió chispitas de brillantes en 80.000 francos, en Marsella.

P.—Lo único que sé es que a mí me prestó algún dinero, pero yo no se de dónde lo había sacado.

F.—¿No es más cierto que usted declaró que en el domicilio del joyero de la calle de Espoz y Mina encontraron ustedes 300 quilates de chispitas de brillantes?

P.—Repito que la primera declaración mía la he rectificado.

F.—¿Usted conocía al procesado Ricord?

P.—Lo vi en el Consulado cubano de Marsella, y luego en el tren que nos condujo a Saint Nazaire. En el barco iba él en tercera, y yo en tercera de preferencia. Nos saludábamos, ¡hola!, ¡hola!, pero nada más.

F.—¿Usted fue detenido en Las Palmas dos veces?

P.—No lo se. Mi detención se efectuó a las cuatro de la tarde. Estaba yo en el camarote del comisario, cerca de la escala. La Policía aclaró el asunto y me dijo que estaba en libertad.

F.—¿De modo que no intervino Ricord ni lo garantizó Ricord?

P.—Yo no lo se.

F.—¿Ni tampoco abrazó usted a Ricord?

P.—Me echó el brazo por encima.

F.—Está bien. Renuncio a preguntar más.

Pregunta la defensa

Defensor.—¿Qué relaciones había entre las partidas incontrolables que asesinaban en Madrid y las brigadas oficiales?

Procesado.—Ninguna.

D.—Habría incidentes entre ellas.

P.—Sí. Uno de ellos surgió cuando yo salvé a la duquesa de Lerma.

D.—¿La Policía no podía actuar contra esas partidas incontrolables?

P.—Era absolutamente impotente.

D.—¿No había en esas bandas de bandidos elementos oficiales?

P.—No.

D.—Usted ha dicho que la escuadrilla del Amanecer la dirigía un capitán de Asalto.

P.—Sí.

D.—¿Con guardias de Asalto?

P.—Con guardias comunistas, sí.

D.—¿Qué servicios prestó usted en la brigada?

P.—Varios. Recuerdo que Galarza mandó fusilar directamente a la señorita Bailhier.

D.—¿Por individuos de su brigada?

P.—No lo sé. Pedrero me comunicó que la orden había sido del propio Galarza.

D.—¿Usted no acordó nada por sí nunca?

P.—Nunca. Actué siempre por orden de Lino.

D.—¿Usted detuvo al periodista Rafart?

P.—Lo detuvo la brigada hasta que yo llegué y vi que la nota de la Dirección General de Seguridad era inconsistente y por eso ordené su libertad.

D.—¿Qué suerte corrían los detenidos por la brigada en que usted actuaba?

P.—Iban a la cárcel o eran puestos en libertad.

A continuación el procesado niega que se le encargaran investigaciones sobre los aviadores Camacho y Pastor, así como que detuviera a oficiales del Ejército.

D.—¿Usted encontraba cantidades en los registros que hacía?

P.—Si las personas estaban en casa teníamos órdenes de no llevarnos nada; pero si no estaban, la Dirección General de Seguridad nos tenía ordenado que hiciéramos la requisa y lo depositáramos todo en la Dirección a nombre del interesado, para ingresarlo en el Banco de España.

Terminado el interrogatorio de la defensa, el vocal (Censurado) ...preguntó a García Atadell si a partir del 18 de julio hubo nuevas órdenes de la Dirección General de Seguridad para no detener a los militares, ya que desde el 16 de febrero se hicieron infinidad de detenciones de ellos.

El procesado responde que no lo sabe, pero que desde luego él no detuvo a ningún militar.

El interrogatorio de Penabad

Fiscal.—¿Usted es abogado? ¿Dónde ha estudiado?

Procesado.—En La Habana.

A continuación dice que no ha ejercido nunca, que no prestó servicios en agrupaciones militares ni políticas y que fue llamado por el galleguista Castelao para hacer un reglamento de la Agrupación Milicias Gallegas. Como el procesado se extiende en consideraciones acerca de cuál fue su misión en aquellos momentos, el presidente le dice que se atenga a las preguntas que se le hagan, contestando si o no categóricamente.

A otras preguntas del fiscal dice que el reglamento que él redactó era para el servicio interior de las oficinas y no tenía carácter militar, y que no sabe si los individuos que figuraban en las Milicias Gallegas llevaban o no un brazalete azul y blanco. Dice también que Casares Quiroga lo echó cuando llevaba un mes en la oficina, porque dijo que el reglamento aquel era una cosa muy literaria, pero muy poco práctica y que no le convenía tener allí a un escritor que se dedicaba a hacer artículos sobre Santos y Vírgenes.

Fiscal.—¿De modo que usted estaba especializado en literatura religiosa?

Procesado.—Yo hice un folleto sobre San Pedro.

F.—Consta que usted llamó por teléfono a García Atadell.

P.—Me lo ordenó Suárez Picallo.

F.—De modo que un simple auxiliar de una oficina ofrecía por teléfono la secretaría general de un partido político. ¿Usted entró en la Policía roja?

P.—Sí. Yo había ocultado en mi casa a los señores Ferrer y Morales y...

El presidente vuelve a recomendar al procesado que se limite a contestar las preguntas que se le hacen.

Fiscal.—¿Qué garantías tuvo usted para entrar en la Policía?

Procesado.—El asunto lo llevó directamente García Atadell.

F.—¿A usted le conocía el señor Lino?

P.—No.

El fiscal le pide al procesado que se acerque, le muestra una firma en los folios y le pregunta si la reconoce como suya.

P.—Sí.

F.—Y estos tres puntos, ¿qué son?

P.—Yo no los he puesto.

F.—¿Pertenecía usted a alguna logia?

P.—Jamás.

F.—¿Reconoce usted la primera declaración que prestó?

P.—En parte, sí.

F.—¿Y lo que dijo respecto a terceras personas?

P.—Sí.

F.—¿De modo que es verdad que Atadell trató en un café de Marsella de la venta de oro y brillantes?

P.—Sí.

F.—¿Le dio a usted dinero Atadell?

P.—Cuatro mil pesetas contra recibo que yo había de devolverle en La Habana.

F.—¿Usted figuró en la brigada de García Atadell?

P.—Tres días.

F.—¿Y no asistió al registro en la casa del Sr. Soto Reguera?

P.—Sí; pero me quedé en la portería.

F.—¿Y cómo es que Atadell, de los 48 hombres que tenía en la brigada, sólo se llevó a Ortuño y a usted al escaparse de España?

P.—No es que yo me fuera con él. Fue él quien se vino conmigo, porque yo me iba a ir de todas maneras.

Interroga la Defensa

Defensa.—¿Por qué entró en la Policía?

Procesado.—Porque era la única manera de salvarme.

D.—¿Y de qué tenía que salvarse?

P.—De la F. A. I. y de la C. N. T.

D.—¿Hizo usted una requisa de calzados en Alicante?

P.—Jamás.

D.—¿Usted se quiso ir al extranjero?

P.—Cierto.

D.—¿Con qué medios económicos?

P.—Con doscientos cincuenta dólares de mi mujer.

D.—¿Conocía a Ricord?

P.—Una vez lo vi. Creo que estaba bebiendo una copa de vino con García Atadell en el barco.

El interrogatorio de Ricord

Fiscal.—¿Tomó parte en el movimiento nacional?

Procesado.—Sí (Censurado) Logré escaparme de Barcelona en un buque francés y desembarqué en Marsella. Allí estuve once días y me trasladé a Saint Nazaire para embarcar con rumbo a Cuba.

F.—¿Usted, al ver a un comandante del Ejército en La Coruña, lo abrazó con muestras de alegría?

P.—Sí.

F.—¿Y cómo hallándose en la edad militar escapaba de su Patria dolorida, sin importarle la catástrofe que había sobre ella?

P.—Yo no pude quedarme porque llevaba un pasaporte falso y el comandante militar me dijo que me aguardara.

F.—¿Dónde conoció a García Atadell?

P.—En el tren. Luego fue él al departamento de emigrantes para oír cantar a un tenor cubano que era amigo mío.

F.—¿De modo que usted desconocía en absoluto a García Atadell y a Penabad?

P.—En absoluto.

F.—Sin embargo, cuando fueron detenidos la primera vez en Las Palmas usted respondió por ellos y luego se abrazó con García Atadell.

P. No es cierto.

F.—¿Usted creía que era cubano el García Atadell?

P.—Yo lo ignoraba. Se hacía pasar por artista cinematográfico.

F.—¿No le entregó García Atadell un sobre hallándose los dos solos en un departamento del barco?

P.—Es falso.

Defensa.—¿Qué vida hacían en el barco García Atadell y Penabad?

Procesado.—No lo sé. Yo estaba en el departamento de emigrantes.

D.—Sin embargo, la Prensa de Tenerife le atribuye a usted unas declaraciones en las que dice que ambos hacían en el buque una vida fastuosa.

P.—Yo no dije esas cosas a los periodistas.

El informe del fiscal

Solicita dos penas de muerte y una de reclusión

A continuación informa el fiscal a los efectos del artículo 542 del Código de Justicia Militar.

Su discurso, elocuentísimo, y de un gran método y ciencia jurídica, se basa en los siguientes extremos:

El fiscal jurídico militar, a los efectos del artículo 542 del Código de Justicia Militar, dice:

Primero. El amañado triunfo del Frente Popular en 16 de febrero, trajo consigo la conculcación sistemática de todos los principios de legalidad sobre los que discurría la vida española. Un día, el presidente del Consejo se declaraba beligerante contra una determinada clase de ciudadanos, convirtiendo los atributos del Poder en instrumento de lucha partidista. Otro día, agentes de autoridad, armados y dirigidos desde las alturas, asesinaban canallescamente al hombre representativo de la más fuerte espiritualidad española. Ni se respetaban las leyes ni se dejaba tampoco a los Tribunales el restablecimiento de la Justicia, desconocida a cada momento.

Contra todo este estado anárquico se alzó el Ejército —guardián de España— asumiendo el Poder y estableciendo una legalidad nueva, limpia y nacional. A partir de aquel momento, se situaron frente a frente un Gobierno legítimo, defensor del orden, creador de la legalidad, y una partida de rebeldes, en la que predominaban los delincuentes de toda ralea, salidos muchos de ellos de los presidios de derecho común para alcanzar los sillones ministeriales.

Triunfante, circunstancialmente, la canalla en Madrid, empezó una época monstruosa de crímenes, degradaciones y violencias de todo género, consentidos y aun estimulados por quienes detentaban la apariencia, ya que no la realidad del Poder. Un rencor de siglos, un sentimiento resentido de inferioridad, complejos de crímenes y de crueldad contenidos por el temor de la Justicia, salieron a la superficie, sin freno, en un Madrid enrojecido de sangre. Fueron brutal-mente asesinadas las personas por el delito de ser ricas, sabias o virtuosas. Todo lo que representaba elevación humana o esfuerzo noble de superación fue eliminado implacablemente, sin molestarse siquiera en revestir el crimen con formalidades procesales.

Los delincuentes se constituyeron en cuadrillas actuantes con independencia, emuládose entre ellas en el asesinato, en la violación y en el robo. Y descollaba entre todas, por su crueldad, por sus incansables y odiosas actividades, la brigada denominada de García Atadell. Los periódicos rojos la jaleaban continuamente, contribuyendo a aumentar la sombría reputación del personaje ante quien se inclinaba servilmente la Policía oficial. Las personas que caían en las mazmorras de la Brigada Atadell pocas veces podrían dar noticias de su odisea. Casi todas eran asesinadas brutalmente en los propios cala-bozos o en las afueras de Madrid. Y era inútil recurrir a la Autoridad, porque no la había; ni a la ley, desaparecida por falta de soporte coactivo. El criminal obraba con plena impunidad, convencido que no tenía que rendir cuentas de sus actos y agotando todos los matices de la perversidad humana.

Partiendo de tales antecedentes, concretamos la actuación de cada uno de los procesados en los siguientes términos:

Procesado Agapito García (Atadell. Obrero tipógrafo empleado en unos talleres de A B C, promueve una huelga que adquiere caracteres de conflicto público. Su actuación subversiva y su capacidad de agitador le permiten abandonar su antiguo oficio, pasando a ser técnico de la revolución al servicio del partido socialista con un sueldo de 850 pesetas mensuales.

Cuando llega el 18 de julio, García Atadell, personaje gris de segunda línea, pasa entonces a los primeros puestos. Dotado de una enorme capacidad delictiva, carente de escrúpulos, estaba destinado a destacarse por derecho propio entre las hordas de criminales.

Según refiere el Heraldo de Madrid de 20 de agosto, García Atadell estuvo en el frente con los batallones marxistas, oponiéndose con las armas en la mano al Ejército Nacional. Pronto abandona, sin embargo, las actividades bélicas, para dedicarse a otras menos peligrosas y más productivas. El llamado Gobierno rojo no tiene confianza en la Policía madrileña, demasiado apegada a la legalidad y a la Justicia, y entonces García Atadell, hombre de la máxima confianza, es nombrado para controlar directamente a la Policía, cuyos jefes quedan sometidos a su voz. Deseoso de dedicarse a la rapiña y al asesinato, por su cuenta, organiza una cuadrilla de 48 forajidos que llevan el nombre de Brigada García Atadell, compuesta por milicianos y policías y "que tantos éxitos había de alcanzar", según afirmaba el Heraldo de Madrid.

Para domicilio de la cuadrilla, se apoderaron del palacio de los condes de Rincón, calle Martínez de la Rosa número 1, en donde, según la Prensa roja, encontraron unos cuantos millones de pesetas en objetos de oro y plata y cuadros de eminente valor artístico.

Pronto se hace notar la actividad de la siniestra brigada, dedicada "a servir enteramente al marxismo", según declara García Atadell a los periodistas. Caen asesinados en seguida por la brigada —lo reconoce el procesado al folio 12—los obreros de ABC llamados José Pérez de la Rosa, José Gutiérrez Valcárcel y Lorenzo Pardo. Aunque el procesado intenta escudarse en una orden del Comité de ABC, la calidad de las víctimas demuestra claramente la intervención personal y directa del antiguo y rencoroso tipógrafo.

Confiesa además el procesado el asesinato por la brigada de las siguientes víctimas:

Los señores Cumellas, Duque, don Andrés Cifuentes, don Mariano Monedero, don Adolfo Martínez, dos hermanos apellidados Miralles, los falangistas Antonio y Manuel Ruiz, José S angros y José Matilla, el capitán Cabestany, la señorita Carmen B ahlier... hay también prueba testifical en el sumario (folio 70 y siguientes) del asesinato del marqués de Benalua y de un señor apellidado Molero (folio 201). Esta trágica lista resulta insignificante comparada con el número de asesinatos efectivamente realizados por la brigada, y del cual podemos formar idea sabiendo que, según confiesa Atadell, se practicaron por la cuadrilla unas 800 detenciones (folio 11v.), siendo muy pocos los detenidos que lograron escapar con vida. Es de notar que tales asesinatos se realizan con toda clase de torturas físicas y morales para las víctimas, al margen de la Justicia oficial, encargada a los Tribunales populares, que sirven en aquel momento la ficción de legalidad. Hasta el mismo Prieto siente la vergüenza de aquella matanza monstruosa y le dice al procesado, según relata éste al folio 229: "Los fusilamientos que se vienen haciendo nos llenan de cieno ante el mundo y ante los diplomáticos..."

En la lista de las detenciones practicadas por la brigada figuran hombres de actividad política y social, como el P. Gafo, los padres Ayala y Peyró; aristócratas, como la condesa de Arcentales, duquesa de Lerma y marqués de las Nieves; así como militares de todas categorías. La Prensa de Madrid refiere un día y otro los servicios del "camarada Atadell", incansable en la persecución.

La brigada Atadell despliega además otras actividades más reproductivas. De ella dice el Heraldo del día 20 de agosto que "Ha adquirido gran fama por sus magníficos hallazgos de teso-ros escondidos por el Clero y la gente de derechas". En efecto, según el aludido periódico del día 26, un solo saqueo realizado en la casa número 5 de la calle Conde de Xiquena, les proporciona cuatro millones de pesetas en metálico, joyas y objetos de arte. Son también innumerables los robos verificados por la brigada en domicilios particulares, generalmente acompañados con el asesinato de los propietarios de los mismos. Cuando García Atadell huye de Santa Pola, los milicianos de su brigada calculan en veinticinco millones de pesetas el valor de las alhajas que se lleva consigo al extranjero, según refiere el testigo presencial Sr. Macías al folio 176 v.

Por si todo esto fuera poco, García Atadell realiza otras expoliaciones, no sujetas siquiera a la pobre ficción de la "legalidad republicana". Por su exclusivo capricho, se incauta del edificio de los Jesuitas sito en Juan de Mena, 23, y lo regala —con publicidad periodística— al grupo escolar Máximo Gorki.

De cuál era la importancia del siniestro personaje en el Madrid rojo, da idea el hecho referido por el mismo (folio 15 v.) de que "el embajador de Rumania, el de los Países Bajos, el de Inglaterra y el encargado de la Embajada de Francia" se reúnen a merendar con García Atadell, para solicitar del mismo la libertad de un detenido.

Los hechos cometidos por el procesado son constitutivos de un delito de rebelión militar, previsto en el artículo 237 y sancionado en el 238 supuesto primero del Codigo de Justicia Militar, por su participación, con armas en la mano, primero, en la rebelión, y como directivo después, ordenando las actividades más repugnantes de los rebeldes y poniendo por entero sus posibilidades al servicio de la rebelión.

Procesado Pedro Penabad Rodríguez.—Este procesado, licenciado en Derecho, persona de cierta preparación intelectual, mantenía contacto con los políticos de izquierda galleguista. Iniciada la rebelión en Madrid, se establece en la avenida de Peñalver una oficina de reclutamiento de milicias gallegas. Allí está, desde los primeros momentos, Pedro Penabad, que redacta los estatutos de la entidad y colabora con los dirigentes en el enganche de milicianos. Cuando éstos, en rebaño, son enviados al frente, Pedro Penabad, que no siente ninguna vocación heroica en defensa del marxismo, escoge la labor más repugnante de la retaguardia roja y solicita y obtiene su ingreso en la Policía, consiguiendo, por fin, ser destinado a la Brigada García Atadell, con quien le une amistad y de quien pasa a ser el hombre de confianza, como lo demuestra en el momento de la fuga.

Penabad, por tanto, participa en la actuación criminal de la Brigada Atadell, dedicada de lleno al crimen y al saqueo, y actúa con ella en favor de la rebelión marxista.

Los hechos realizados por este procesado constituyen un delito de rebelión militar, previsto en el artículo 237 y sancionado en el 238 supuesto 2.° del Código Penal Ordinario.

Procesado Ernesto de Ricord Vivó.

(Censurado) ...participante en Barcelona en favor del Movimiento, consigue huir de la zona roja; pero en vez de dirigirse a la España nacional, donde le reclamaban sagrados deberes patrióticos, intenta huir camino de América. En el Consulado de Marsella conoce a García Atadell, que como Vivó posee y usa un falso pasaporte cubano —declaración de García Atadell al folio 162—realizando el viaje juntos hasta Saint-Nazaire, para embarcar en el buque francés Mexique, que se dirige a La Habana. Al tocar el buque en Vigo, el procesado se presenta como falangista a un comandante español, que sube a bordo, y éste le pone en contacto con el teniente Sr. González, quien le encarga que en unión del falangista Sr. Zapata vigilasen a un procurador rojo y a un periodista de quien se sospecha fuese a Méjico con misión del Gobierno marxista, telegrafiándose al delegado de Orden Público de Santa Cruz de la Palma —próxima escala del buque—para que se practicara la detención de aquellas personas que por el Sr. Ricord fueran indicadas.

Llegado el buque al referido puerto, Ricord, a quien durante el viaje se ha visto en compañía de García Atadell, indica a la Policía y a los falangistas varios individuos como sospechosos, recomendando entre ellos la detención del periodista Rafart, que es bajado a tierra. Como el García Atadell y el Penabad hubiesen infundido sospechas, fueron detenidos, y en este momento intervino Ricord, diciendo que debían ponerse en libertad a tales individuos, que eran, como él, fugitivos de Barcelona, y que el Penabad era hermano del gobernador de Lugo. Ante tales afirmaciones, se dejó sin efecto la detención del García Atadell y del Penabad, quienes, con el Ricord, entraron en el despacho del comisario del buque, y habiéndoles seguido el agente de Policía Sr. Algaba para proteger al Ricord, se encontró con la sorpresa —según declara al folio 143— de que el Ricord estaba abrazando al García Atadell y al Penabad. Retirada la fuerza del buque, uno de los pasajeros, D. Victoriano Acosta, jefe de la Falange del Paso, observó que de manera subrepticia el García Atadell entregó al Ricord una cosa parecida a un sobre con billetes de Banco.

Al declarar ante las autoridades de Santa Cruz de la Palma, Rafart acusó concretamente a García Atadell, descubriendo su personalidad, por cuyo motivo la Policía y los falangistas volvieron a bordo, para proceder a su detención, y habiendo solicitado del Ricord que los ayudase en tal servicio, éste desapareció, alegando que iba a cambiar francos por moneda española.

Los hechos cometidos por este procesado constituyen un delito de auxilio a la rebelión, previsto y sancionado en el artículo 240 del Código de Justicia Militar, por acción, al facilitar la huida de uno de los más caracterizados responsables marxistas, y por omisión, al negar el concurso que a su edad y calidad de español le imponían en favor de la Causa Nacional.

Los hechos referidos se comprueban por las actuaciones obrantes a los folios ya citados y en general por todas las que constan en auto.

Los responsables

Tercero. Respecto a los procesados Agapito García Atadell y Pedro Penabad Rodríguez, concurren las circunstancias agravantes de la mucha trascendencia del delito cometido, la mucha perversidad demostrada y el gravísimo daño sufrido por las personas y cosas víctimas de sus desmanes.

No se hace en este escrito acusación específica por los asesinatos cometidos, ya que se carece en el sumario de la suficiente base de prueba para identificar con la precisión que la acusación requiere cada uno de dichos crímenes. Se desprenden, sin embargo, de las pruebas practicadas, elementos suficientes para formar convicción acerca del gran número de asesinatos y robos imputables a dichos procesados. Y es esta convicción la que el Ministerio Público entrega al Consejo, para matizar, con toda su inmensa trascendencia, el delito de rebelión por el que se acusa.

Respecto al procesado Ernesto Ricord Vivó, concurre la agravante de la mucha trascendencia y del grave daño que hubiera podido producir su delito con relación a los intereses del Estado español y a los servicios de la Justicia, apreciadas ambas conforme al artículo 173 del Código de Justicia Militar.

La petición de penas

El fiscal, puesto en pie, lo mismo que el Consejo, dice que procede imponer a los procesados las siguientes penas:

Al Agapito García Atadell, la pena de muerte, en garrote, por la monstruosidad de sus delitos. Al Pedro Penabad, la pena de muerte.

Al Ernesto de Ricard Vivó, la pena de reclusión por veinte años.

Caso de condena a pena de privación de libertad, procede el abono de la prisión preventiva sufrida.

Es procedente exigir responsabilidades civiles en la cuantía que se determinará en su lugar.

Todo ello conforme a los artículos invocados y demás preceptos y disposiciones del Código de Justicia Militar.

El informe del fiscal produce un gran abatimiento en los procesados. García Atadell, que durante el interrogatorio dio muestras de un gran cinismo y de una imperturbable serenidad a pesar de las preguntas intencionadísimas que se le hicieron, cambia de actitud y de gesto y hunde la cabeza entre las manos...(Censurado)

El informe de la defensa

El defensor (Censurado) ...hace uso de la palabra seguidamente. Alude a la ficción democrática en que vivió España durante muchos años. Esa ficción conculcó todas las leyes y organizó desde el Poder el robo y el saqueo.

Hace historia de los primeros meses del Movimiento y tiene un recuerdo sentidísimo para los mártires del ideal nacional que cayeron a manos de las cuadrillas de bandoleros que actuaban en la retaguardia. El marxismo acumuló en el suelo de la España irredenta todas las violencias, inundándolo de sangre.

Añade que contra García Atadell hay los artículos periodísticos, ocho declaraciones de cargo y las suyas propias. Los artículos de Prensa sólo tienen un valor indiciario, porque en esa Prensa roja todo fue mentira. Los testigos de cargo sólo afirman aquello que oyeron a terceras personas. Las manifestaciones del procesado son las únicas que pueden considerarse de cargo, pero ya se sabe el valor que tienen, segun sentencias repetidas del Tribunal Supremo.

Por lo que se refiere a Penabad, apenas se le nombra en el sumario. Intervino en un solo hecho; ni siquiera figura en la fotografía de los que formaban la plantilla de la brigada.

El tercer procesado, Ricord, tampoco tiene una clara culpabilidad. El único cargo que se le hace es el de que aceptó unos billetes de García Atadell; pero el oficial que denunció el hecho debió cerciorarse de una manera completa.

Sigue diciendo que, a su juicio, el García Atadell fue socialista militante, policía a las órdenes del inspector Lino e integrado en una de las secciones de la Brigada Social. Está probado que practicó esa sección un número aproximado de setecientas detenciones. Perseguido por la FAI., escapó en un barco francés.

Con respecto a Penabad y a Ricord, el defensor se limita a glosar las declaraciones que de ellos figuran en el sumario.

Refiriéndose al testigo de cargo Rafart, dice que su testimonio hay que aceptarlo con recelo, porque no dijo nada de Atadell ni de Penabad cuando iba con ellos en el barco y es evidente que los conocía demasiado bien. Pide benevolencia a la Sala para el procesado Ricord, por considerarlo un deficiente mental.

Considera que García Atadell es culpable de un delito de rebelión militar y debe ser condenado a cadena perpetua; que Penabad es culpable de un delito de auxilio a la rebelión y le debe ser aplicada la pena de doce años de reclusión, y que Ricord es culpable de un delito de negligencia, por lo cual debe ser condenado a seis meses y un día; todos con las accesorias correspondientes.

Ya fuera del informe, el defensor dijo que hacía una indicación, relativa a las personas que habían sido salvadas por García Atadell y apela a la generosidad del Tribunal.

Sevilla-1-737