S.B.H.A.C.

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3.4.1.- Testimonios de voluntarios cubanos en el Ejército Popular (1) Enlaces
Tomado de la obra: CUBA y la defensa de LA REPUBLICA ESPAÑOLA (1936-1939)

Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba

Editora Política. La Habana 1981

Ramón Nicolau González.

Nace en La Habana el 28 de octubre de 1905. Comienza a participar en el movimiento sindical a principios de la década de los años 20, y desarrolla su mayor actividad de 1924 a 1930. Ingresa en el Partido Comunista de Cuba en 1926. Se dirige a la Unión Soviética y asiste, por designación del Comité Central del Partido, al Instituto Marxista Leninista (Escuela Política de la Internacional Comunista, con sede en Moscú), graduándose en el curso de 1931-1933. Desde 1929 hasta 1961 es miembro del Comité Central del Partido. Durante su estancia en la Unión Soviética coopera con Rubén Martínez Villena, representante de Cuba ante el Secretariado Latinoamericano de la Internacional Comunista. Regresa a Cuba en 1933. Se le responsabiliza con la Secretaría de Organización en el Comité, Central, y actúa en la preparación de la huelga general revolucionaria de agosto de 1933. Desde 1934 hasta 1936 desempeña la asesoría política y militar en las luchas agrarias del Realengo 18, cerca del líder campesino Lino Álvarez, al mismo tiempo que atiende el trabajo insurreccional contra el gobierno burgués-latifundista apuntalado por Batista, en acción de frente único con Joven Cuba y elementos radicales del autenticismo. Al consumarse la traición franquista en España, se le responsabiliza con la Comisión de Reclutamiento en la movilización d e los Voluntarios Internacionales de la Libertad que partirán de Cuba a defender la República Española, con los que marcha hacia la península. Regresa a Cuba a fines de 1938, en que se le designa Secretario de Finanzas del Comité Central y Miembro del Buró Político habiendo ocupado el primer cargo hasta el año 1950. En 1946 es electo Concejal del Ayuntamiento de La Habana, cargo en el que cesa en 1950, desde cuya fecha se le responsabiliza con la dirección del trabajo clandestino del Partido, incluyendo la Comisión Militar. Estas actividades son compartidas desde 1956 con el compañero Osvaldo Sánchez Cabrera y comprenden, entre otras, el reclutamiento de combatientes para la Sierra Maestra y otros frentes creados en el territorio nacional. Tomado el poder por la Revolución, desempeña la jefatura de distintas unidades militares, con el grado de Capitán del Ejército Rebelde desde 1963 hasta 1973.


La organización y traslado de los combatientes cubanos a la República Española.

Por Ramón Nicolau González

(Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba. Editora Política La habana 1981)

En justa interpretación de la cálida advertencia lanzada por la Internacional Comunista, a través del llamado del camarada Jorge Dimitrov a los pueblos del mundo, ante el nuevo zarpazo del fascismo que atacaba al gobierno español del Frente Popular, el Partido Comunista de Cuba emprendió de inmediato una intensa actividad en apoyo a la República hispana agredida. Por decisión del Comité Central, se me honró designándome responsable de la organización y dirección de lo concerniente al reclutamiento de los Voluntarios Internacionales de la Libertad, que saldrían de nuestra patria para unir sus esfuerzos a los del pueblo que, con las armas en la mano, se enfrentaba a la arrogancia del fascismo, como lo estaban haciendo combatientes llegados de los más distantes lugares de la tierra.

Como inicio de esas tareas, se procedió a la creación de una comisión que abarcaría todo lo relativo a esta fase de la ayuda al gobierno legítimo de España, en cuya composición fue tomada en cuenta la plural ubicación partidista de los elementos que convergían en la actitud positiva con respecto a la lucha del pueblo español, con predominio del más amplio criterio unificador, acogiendo en su seno a elementos representativos de las distintas tendencias políticas actuantes en el escenario nacional, aglutinados por su común repulsa a los designios fascistas.

Formaban parte de dicha comisión los compañeros Víctor Pina Cardoso y el doctor Luis Álvarez Tabío, capitán médico del disuelto Ejército Nacional, por el Partido Comunista; el teniente Emilio Laurent Dubet, jefe de la expedición de Gibara en 1931 y primer jefe de la Policía Nacional a la caída de la tiranía machadista, y el teniente José A. Martínez Méndez, por el ala radical del autenticismo; el comandante Juan R. O'Farrill de Miguel, graduado en la Academia Militar Francesa de Saint-Cyr y el capitán Jacinto Llaca Argudín, de inclinación política tradicional, así como el alférez de navío Gastón Fernández Supervielle, de la disuelta Marina Nacional, quien después ingresó en el Partido Comunista donde militó hasta su muerte.

Quedó establecido en La Habana el principal centro de actividades de la comisión, que extendió rápidamente sus ramificaciones a todo lo largo y ancho del territorio nacional, desarrollando una ardua labor que repercutió hondamente en las zonas mayoritarias y progresistas de la población, y canalizó la entusiasta y decidida disposición popular de ofrecer ayuda concreta a los luchadores antifascistas. No se hizo esperar la correspondencia masiva de nuestro pueblo y de los voluntarios cubanos prestos a cumplir el deber internacionalista, hasta integrar un cuerpo combatiente que rebasó el millar de miembros. Asimismo, proliferaron otras manifestaciones de apoyo e identificación con la República Española en los más diversos aspectos.

Debido a las circunstancias adversas para el movimiento revolucionario cubano que caracterizaron aquel período de nuestro acontecer político, la comisión se vio precisada a desarrollar su acción en un ambiente pleno de obstáculos y peligros, acechada por la permanente hostilidad de los círculos profascistas que, protegidos sin ambages por las bayonetas de Batista, gozaban de vía expedita para realizar sus provocaciones.

Nuestro Partido compartía en aquellos días las responsabilidades en la gestación de un movimiento insurreccional, con Joven Cuba, efectivos radicales del Partido Auténtico y varios elementos independientes decididos a acabar con aquella funesta situación, los que unían sus esfuerzos en una común acción que comenzó a gestarse desde la base por los miembros de esas organizaciones tan pronto fue desplazado del poder el gobierno provisional, en enero de 1934.

La artera emboscada de El Morrillo, donde cayera asesinado Antonio Guiteras, junto al coronel sandinista Carlos Aponte, ejerció una influencia decisiva en el curso del proceso insurreccional. Pasó la dirección del grupo conspirativo inspirado por Guiteras al doctor Ramón Grau San Martín, exiliado en la ciudad de Miami y que mantenía una actitud rayana con el derrotismo al contemplar las posibilidades de un movimiento insurrecto, así como una evidente prevención contra la táctica política de frente único, originada en su obstinado rechazo a la participación de los comunistas en cualquier tipo de acuerdo con proyecciones hacia el futuro. Contábase para el movimiento planeado, con el apreciable concurso de elementos afanosos de iniciar la lucha armada contra el dominio de Batista, habiendo alcanzado notables progresos el trabajo insurreccional. Una porción considerable de los comprometidos se encontraban en posesión del indispensable entrenamiento militar para enfrentarse a quienes detentaban el poder, entre ellos un buen número de ex oficiales del ejército.

Los revolucionarios adictos a la línea insurreccional, efectuaron una reunión en Cayo Largo, estado de la Florida, con asistencia del doctor Grau San Martín, con el objeto de determinar la conducta a seguir en el futuro inmediato. El máximo orientador del autenticismo reafirmó en aquella asamblea su irresoluta postura y desechó definitivamente la vía insurreccional. Tomado el acuerdo de suspender la labor organizativa con vista a la insurrección, se declararon libres de compromiso en ese sentido las organizaciones participantes en la misma, donde la mayoría de sus componentes expresaron su anhelo de acudir en ayuda del pueblo español en su guerra de liberación nacional, aceptando el cese de las actividades conspirativas para una insurrección en Cuba, solo como un aplazamiento de la acción armada que sería imprescindible para conquistar nuestra independencia verdadera y a cuyo fin pondrían a contribución todo el caudal de experiencia que iban a adquirir en la lucha codo a codo con el Ejército Popular en las trincheras de la libertad.

Los trabajos propios en la organización del reclutamiento, avituallamiento y traslado de los voluntarios al teatro de la guerra, hubo de realizarlos la comisión en medio de grandes dificultades derivadas de las condiciones de estricta ilegalidad en que tenía que desenvolverse. Debían efectuarse los desplazamientos de personal dentro de nuestro territorio en forma de absoluto clandestinaje, hasta lograr la salida del, país del primer grupo de combatientes el 15 de abril de 1937. Los integrantes de este grupo iban a unirse a las fuerzas republicanas españolas en calidad de especialistas, como militares de academia que, con limpio historial, habían figurado en los cuadros de oficiales de las fuerzas armadas disueltas en 1933, encontrándose entre ellos el capitán Andrés González Lanuza, los tenientes Julio Valdés Cofiño, Rafael Fernández Martén, Pedro Naranjo Dalmau y el alférez de fragata Jorge Agostini Villasana.

Prestaron una eficaz ayuda a la comisión reclutadora numerosos compañeros, que no se dieron tregua en el servicio a la causa del pueblo español, desde sus mismos centros de trabajo, en estrecha colaboración con los organizadores. Bajo discreta cobertura, fueron improvisados puntos de contacto y concentración de voluntarios que 'llegaban del interior del país, en los hoteles capitalinos "Monserrate" y "Lincoln", donde esos compañeros eran atendidos por los administradores y empleados de dichos establecimientos que se encontraban vinculados al Partido por militancia o por simpatía, o, sencillamente, por ser partidarios del gobierno republicano español.

Para satisfacer la urgente necesidad de indumentaria para los voluntarios, nuestra comisión apeló a determinadas ven-tajas ofrecidas, adquiriendo las piezas de vestuario en dos casas de empeño sitas en la calle Suárez, cuyos propietarios eran españoles republicanos. En estos establecimientos se hacían especiales concesiones en los precios, lo que significaba un notable ahorro de gastos en ese importante renglón.

En los trámites legales imprescindibles para posibilitar la salida hacia el extranjero de los internacionalistas, debían presentar la documentación oficial correspondiente, exigencias que eran viabilizadas a través de una labor muy delicada que llevaban a cabo compañeros miembros o militantes del Partido, funcionarios y empleados de la Secretaría de Estado. Este trabajo, que dotaba a cada internacionalista de su pasaporte y de cualquier otro documento solicitado, fue tanto más meritorio cuanto que aquellos camaradas realizaban esta misión sin la anuencia oficial, lo que implicaba un serio riesgo para los mismos.

Con vista a aminorar el desembolso en los gastos ocasionados por el traslado de los voluntarios al exterior, fue creada una agencia de pasajes, con oficinas instaladas en la Manzana de Gómez, por la calle Neptuno. Esta agencia nos economizaba un quince por ciento en el precio de los pasajes y, una vez cumplida esta misión, quedó en actividad operada por el Partido durante varios años.

Los compañeros aspirantes a formar parte del contingente voluntario que sería enviado a España, eran sometidos antes de su aceptación a un minucioso examen médico por el equipo facultativo que radicaba en el Instituto Clínico de La Habana, integrado por los doctores Luis Díaz Soto, de medicina general; Luis Álvarez Tabío y Pedro Rabiña Méndez, cardiólogos. De presentarse algún caso sospechoso de afección pulmonar, era llevado a la consulta del doctor Gustavo Aldereguía. Ninguno de los hombres examinados y aprobados como aptos para combatir por nuestro equipo médico recibió la menor objeción por parte de la Comisión Médica de las Brigadas Internacionales que funcionaba en París.

En diciembre de 1937, me dirigí a España, habiendo hecho escala en Estados Unidos y en Francia. El compañero Víctor Pina Cardoso había quedado como responsable de los trabajos de la Comisión en Cuba. Durante mi breve estancia en la ciudad de New York, pronuncié una conferencia en el Club Cubano "Julio Antonio Mella", a solicitud del Partido Comunista Norteamericano. En mis palabras me referí al enorme esfuerzo que realizaba nuestro pueblo en auxilio de la República Española y ofrecí un detallado informe de cuanto se había hecho hasta entonces en favor de ese propósito.

Acompañado del camarada Gabriel Gelt, O'Hara, representante de nuestro Partido ante el Partido Comunista de. Estados Unidos, sostuve una entrevista en Washington con el profesor Don Fernando de los Ríos, embajador de la República Española en aquella nación, a quien invité, en nombre del movimiento cubano de apoyo a la democracia española, para que visitara nuestro país, a lo que accedió, figurando poco tiempo después como orador central en un multitudinario acto de adhesión a la causa del pueblo español, celebrado en la capital cubana.

De Estados Unidos, partí para Francia a bordo del trasatlántico "Normandía" y desembarqué en el puerto de Le Havre, desde donde me trasladé a París inmediatamente por vía férrea. En esta ciudad, me reuní con los camaradas del Partido Comunista Francés, organización que estaba responsabilizada con la recepción y atención del personal llegado a Francia con destino a las trincheras republicanas de España, donde rendí un amplio informe sobre nuestro trabajo. También en la capital francesa asistí a una reunión con la representación de las Brigadas Internacionales, donde ofrecí igualmente un informe y donde se hizo un análisis general de la situación.

En horas tempranas de la mañana, salimos de la ciudad de Toulousse con destino a Barcelona varios comisionados, periodistas y dirigentes comunistas de distintos países, en dos aviones de pasaje de la empresa Air France. Cuando volábamos sobre territorio español, pudimos darnos cuenta de que el avión que precedía al nuestro caía incendiado, víctima de un ataque, presumiblemente de aviones italo-germanos al servicio del franquismo. El aparato en que viajábamos, conducido por un experimentado piloto veterano de la Primera Guerra Mundial, pudo esquivar la acción del enemigo, remontándose a gran altura hasta aterrizar en el aeropuerto de Barcelona.

A mi llegada a Barcelona, establecí contacto con el Partido Socialista Unificado de Cataluña, la más caracterizada organización política de la región, integrante del Frente Popular, y comencé a desplegar las actividades relativas a la misión que me había llevado a tierra española. Para presentar nuestros respetos y ponernos a disposición del gobierno republicano, efectué un viaje a Valencia donde este radicaba, en compañía del comandante O'Farrill y el teniente Laurent. Nos entre-vistamos con el Primer Ministro, doctor Juan Negrín, y el Ministro de Defensa Nacional, señor Indalecio Prieto.

En el breve cambio de impresiones tenido con el Ministro de Defensa, al emitir este su opinión sobre la efectividad de nuestra ayuda, concedió mayor importancia al envío de abastecimientos que a cualquier otra forma de auxilio, al considerar urgente la necesidad de recibir café, azúcar y tabaco. Ya los gobernantes republicanos habían aceptado la propuesta de retirar de los frentes de combates a los voluntarios extranjeros, formulada por el Comité de No Intervención. El señor Prieto no ocultaba su pesimismo con respecto a los destinos de la República, pues estimaba perdida aquella guerra defensiva, tesis que, desde luego, no era compartida por los comunistas ni por otros sectores que mantenían una inquebrantable voluntad de triunfo.

Con el objeto de mitigar el rudo golpe que entrañaba la aceptación de esta exigencia del Comité de No Intervención para la continuidad del enfrentamiento armado contra el fascismo, los dirigentes del Partido Comunista de España concibieron la idea de encuadrar en el ejército regular español a todos los combatientes latinoamericanos que así lo desearan. Esta determinación fue recibida con desbordante júbilo por nuestros combatientes y para llevarla a cabo habíanse tomado en cuenta positivos factores, como la identidad de idioma y otras características comunes a los españoles y nativos de sus antiguas colonias.

En el desempeño de mis actividades durante la guerra de liberación española conté con la valiosa atención y asesoría del camarada Pedro Checa, secretario organizador del Partido Comunista de España, quien desarrolló una ingente labor en aquel gran esfuerzo por la victoria del pueblo. En lo concerniente a mi trabajo en las Brigadas Internacionales, me relacioné con los compañeros André Marty, del Partido Comunista Francés, y Luigi Longo, del Partido Comunista Italiano.

Entre las distintas actividades realizadas por mí,. estaban las periódicas visitas a los frentes, sobre todo los que defendían a Madrid, como el de la Ciudad Universitaria, en contacto permanente con los combatientes cubanos, a quienes llevaba el mensaje alentador de la patria lejana y estimulaba en la persecución de la honrosa misión internacionalista que con tanta gallardía cumplían. Durante una de aquellas actividades, visité el puesto de mando del general José Miaja, máximo responsable de la defensa de Madrid, instalado en un sótano del antiguo Palacio Real.

En el variado itinerario recorrido, se sucedieron emotivos encuentros con viejos camaradas luchadores a quienes había conocido algunos arios antes, durante mi estancia en la Unión Soviética, reanudando fraternas relaciones con Tina Modotti, Vicente Uribe, Enrique Líster, Vittorio Vidali, Antonio Mije, Juan José Manso, y supe del sacrificio de la heroica compañera Lina Odena, a quien también había conocido en Moscú. Para mí resultó verdaderamente conmovedor el encuentro con todos estos camaradas, presentes en la hora suprema del cumplimiento del deber.

Después de haber sostenido una entrevista en Valencia con los compañeros José Díaz y Pedro Checa, Secretario General y Secretario Organizador, respectivamente, del Partido Comunista de España, a quienes puse al tanto de las tareas llevadas a cabo en nuestro país para ayudar al pueblo español, fue convocada una reunión de miembros del Ejecutivo del Partido, con asistencia de José Díaz, Dolores Ibárruri, Pedro Checa, Antonio Uribe y Jesús Hernández. En la referida reunión, procedí también a presentar un informe general sobre nuestro trabajo y tocante a la situación política en Cuba.

En el curso de mis gestiones, estreché relaciones con el Jefe de la Aviación de la República, general Ignacio Hidalgo de Cisneros, revolucionario de excepcional calidad, que demostró un gran afecto a los cubanos. Dicté algunas conferencias en el Club "Mella", de Barcelona, sobre temas referentes a la gran lucha en marcha, difundiendo la labor que se desarrollaba, en escala internacional, por la solidaridad con la República Española. En mi visita al frente de Teruel, desatado ya el furioso contraataque del ejército franquista, tuve contacto con los compañeros Andrés González Lanuza y Pelayo Cordero Nicot. El primero de estos compatriotas era capitán de mando agregado al Estado Mayor de la 46 División y fue ascendido a Comandante en pleno combate.

En conversación sostenida con el comandante González Lanuza sobre el mismo campo de batalla, hubo de expresarme su opinión en torno a la desesperada acción defensiva que allí se libraba, en la que atribuía responsabilidad al propio jefe de la 46 División, que de modo inexplicable no había tomado medidas normales ante la previsible posibilidad del copo por las poderosísimas fuerzas de que disponía el enemigo. No faltaron oportunas advertencias al jefe de la División, expresadas por el propio comandante González Lanuza, pero sus recomendaciones fueron acogidas con indiferencia por la jefatura.

Pocos días después de la evacuación de Teruel por nuestras tropas, encontré en Barcelona al camarada González Lanuza, gravemente herido en el mentón y en un brazo, mientras se batía en la Muela de Teruel. Este valiente compatriota logró romper el cerco con sus hombres, abriéndose paso con granadas de mano y a punta de bayoneta. Al encontrarlo de nuevo, recordé sus manifestaciones en el frente, las que me han hecho reflexionar después sobre muchos de los sucesos adversos ocurridos en aquella epopeya del pueblo español.

Por reclamarlo así las labores que me eran inherentes, hube de realizar algunos viajes á Francia donde se encontraba la representación de las Brigadas Internacionales, lo que hacía unas veces por vía aérea y otras por ferrocarril. En abril de 1938, al desencadenarse la ofensiva del ejército franquista hacia el Mediterráneo, que logró partir en dos el territorio republicano, me hallaba entre Benicarló y Benicasín, dedicado a evacuar a los camaradas heridos y enfermos recluidos en varios hospitales. En uno de estos, situado en las cercanías de Benicasín, encontré entre otros compañeros a nuestro compatriota Amador Blanco Peña, ingresado por padecer de úlcera gástrica. Instante después de haberme alejado de aquel lugar, muchos de los camaradas allí recluidos abandonaron sus camas y, empuñando las armas, se lanzaron de nuevo al combate tratando de contener el avance enemigo. Entre esos valientes se encontraba el referido compañero Blanco Peña, quien encontró la muerte en aquella acción.

La misión de las Brigadas Internacionales en España se consideró finalizada al adoptar el gobierno republicano el proyecto de disolución de estas y la retirada de la contienda de todos los voluntarios extranjeros, propuesto por el Comité de No Intervención, lo que determinó el éxodo de aquellos combatientes.

Salí de territorio español a fines de 1938, rumbo a Francia, por ferrocarril, desde la estación fronteriza de Port-Bou, y volví a ser pasajero del "Normandía", que tomé en el puerto de Le Havre en compañía del doctor Eduardo Odio Pérez, capitán médico de las Brigadas Internacionales y regresé a Cuba vía New York. Fui designado Secretario Financiero del Comité Central del Partido Comunista, sin que tuviera que abandonar la atención a los compañeros cubanos que lucharon en España. Se inició una enérgica campaña para viabilizar la repatriación de los que habían quedado en cautiverio en los campos de concentración en que los habían internado las autoridades francesas, y la de los que habían quedado en poder de los franquistas.

Santiago Agüero Triana.

Santiago Agüero Triana. Nace en Yaguajay, antigua provincia de Las Villas, el 8 de agosto de 1912, de familia trabajadora. Asiste a la escuela pública, que abandona en el segundo grado, al morir su padre y tener que dedicarse al trabajo en ayuda de su hogar. A los catorce años de edad, ingresa como grumete en la Marina de Guerra Nacional, y es separado de la misma bajo acusación de comunista. En 1937 parte hacia España para luchar contra el fascismo. Regresa a Criba en 1939. Combate contra la tiranía batistiana y participa en el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.


En el frente de Madrid pasé a ser jefe de una sección de ametralladoras

Con vista a cooperar con el pueblo español en la justa causa de defensa de la República, atacada por el fascismo, brindando nuestra ayuda solidaria y combatiente, contactamos con el compañero Ramón Nicolau, responsable del Comité de Reclutamiento de Voluntarios, los compañeros Noberto Hernández Nodal —quien fuera más tarde mi compañero de lucha en la histórica gesta revolucionaria del asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957—, Edmundo Justiz, Carlos Valdés Bravo, Ladislao Suazo y el autor de este testimonio.

Aceptada nuestra solicitud de tomar parte en esa jornada de solidaridad internacionalista, embarcamos en unión de un numeroso grupo de compañeros, en el puerto de La Habana, con destino a España, vía Francia. En el territorio francés, fuimos recibidos por dirigentes del Partido Comunista de aquella nación, encargados de gestionar lo relativo al paso para España.

Atravesada la frontera, nos dirigimos al Castillo de Figueras, provincia de Gerona, en la región de Cataluña. De allí partimos hacia Albacete, quedando a las órdenes del general Julio Mangada, militar español nativo de Cuba. Me incorporé a la 144 Brigada Internacional, en cuya unidad permanecí por espacio de dos años. Más tarde se me trasladó a la 105 Brigada, donde fui promovido al grado de Sargento.

Después fui destinado a la 203 Brigada, donde me fue asignada la misión de impartir instrucción militar a los jóvenes reclutas, labor que me fue posible desempeñar por mis anteriores conocimientos de esa índole, adquiridos en Cuba durante mi vida militar.

Como combatiente, hube de participar en las acciones de Brunete, Quijorna, frente de Madrid, María de la Alameda, Belchite. En el frente de Madrid pasé a ser jefe de una sección de ametralladoras.

Siempre recordaré a nuestro jefe de brigada, el comandante Dumont, camarada francés, muy capacitado y muy valiente. Finalizada la contienda, pasé a Francia y fui internado, como centenares de compañeros, en los campos de concentración de Saint Ciprien y Argelés-sur-Mer, hasta lograr la repatriación gestionada por el Partido Comunista de Cuba y las organizaciones progresistas. En mayo de 1939, me encontraba de regreso en la patria.

Pedro Alfaro Suárez

Pedro Alfaro Suárez. Nace en Quiebrahacha, actual provincia de La Habana, el 26 de enero de 1904, en un hogar campesino. Trabaja como obrero del transporte y desempeña intensa labor como dirigente sindical del ramo. Toma parte activa en la lucha contra la tiranía machadista. Se identifica con el movimiento político de izquierda hasta alcanzar la militancia en el Partido Comunista de Cuba. Participa en la guerra popular del pueblo español, regresa a Cuba en 1939, y se integra de inmediato a la lucha política, dentro de las organizaciones antimperialistas. Más tarde toma parte en la lucha contra Batista.


Avanzamos victoriosos hacia Teruel

Por las anécdotas que mi padre contaba, se fue enraizando en mí la rebeldía desde la niñez. Decía mi padre: "Cuando me fui para la manigua a luchar contra los españoles por una Cuba libre, nadie me preguntó si era blanco o negro, si liberal o conservador. Ya usted es un hombrecito, tenga cuidado."

Así fue mi niñez, y, con el ejemplo de lo expuesto, heredé la rebeldía de un viejo veterano de la independencia de Cuba.

Al producirse la sublevación de los militares fascistas en España, apadrinada por Alemania e Italia, consciente de lo que significaba un golpe de esa índole y sus consecuencias, no vacilé en ofrecerme como voluntario para luchar al lado del pueblo español, hasta sus últimas consecuencias.

El día que se me informó que había sido aceptado para marchar a combatir el fascismo en España, fue el más feliz de mi vida. Hoy, a los cuarenta años de aquellos hechos y con avanzada edad, me considero con suficiente espíritu para marchar a donde sea y como sea, si el Partido me lo asignara.

Mi salida de Cuba hacia Francia fue en calidad de turista. Iba a visitar la Exposición de París. En esta ciudad recibí la atención de los camaradas franceses, que facilitaron mi traslado a Valencia, vía Barcelona. Cuando viajábamos en un tren militar, salido de Barcelona hacia Valencia, recibimos el primer saludo de los fascistas, cuya aviación nos bombardeó dos veces. Tuvimos algunos muertos y heridos entre los que salieron del tren en busca de refugio, a campo abierto. El convoy no fue tocado por las bombas.

Llegado a Valencia, me presenté al Partido Comunista de España. Conocí a José Díaz, a Pasionaria y a otros camaradas. Fui ubicado en una base de Fuerzas Blindadas (tanques y carros blindados), cerca de Valencia, destinándoseme a la 24 Brigada en formación, al mando del comandante Zamora. Tras varios días en la base, marché al frente de Aragón hasta un pueblo llamado Alcañiz y de este pasé a la ofensiva sobre Zaragoza. Como era chofer, se me utilizó en el Batallón hasta la ofensiva de Belchite, donde recibí mi bautismo de fuego. Tomamos el pueblo, a pesar de la resistencia enemiga, avanzamos hasta cerca de Zaragoza, y después regresamos a un pueblecito cuyo nombre no recuerdo, en el mismo frente de Aragón.

Por aquellos días me situaron junto al Comisario del Batallón. No ignoraba la situación existente, pero desconocía la gravedad de la situación que confrontaba el gobierno con el mal llamado Consejo de Aragón, radicado en Casper y dirigido por el anarquista Joaquín Ascaso, que tanto daño causó a la República y que fue destituido el 12 de agosto de 1937.

Más de una vez visitamos en Bujaraloz el puesto de mando del ejército. Mi unidad estaba asignada a la 11 División, que comandaba Enrique Líster. La ofensiva sobre Belchite se desarrolló a fines del mes de agosto y la rendición del enemigo al que se le hicieron más de seiscientos prisioneros, tuvo lugar en los primeros días de septiembre. Estos combates sirvieron para que me diese cuenta de lo que significaban las fuerzas blindadas como arma de guerra. '

Empecé como conductor de tanques, después fui Sargento Jefe de Tanques. Pasamos a Extremadura por la parte de Alcaracejo y Las Barrosas, donde las operaciones fueron de poca envergadura, y después regresamos a Valencia, donde fui designado para el frente de Teruel, cuya operación se llevó a cabo por los meses de noviembre y diciembre de 1937. La baja temperatura me afectaba mucho. Al establecer contacto con el enemigo en Villaestar y otros pueblecitos intermedios, a pesar de la resistencia que encontramos por parte del mismo, avanzamos victoriosos hacia Teruel, donde nos presentó mayor resistencia.

Al entrar en los arrabales de Teruel, por la carretera de Cuenca, recibí la orden de avanzar hasta la Casa del Pararrayo, a unos quinientos o seiscientos metros dentro del territorio enemigo y bajo la Muela de Teruel, para que explorara la situación y la fuerza del enemigo. En cumplimiento de la orden, avancé con una sección de tres carros, el mío a la vanguardia, hasta el objetivo señalado. Al llegar a aquel lugar no se sentía, como se dice comúnmente, "ni el aletear de una mosca". A unos ochenta metros hasta donde avancé, la carretera estaba obstruida hasta la mitad. Detuve el tanque y me tiré a la cuneta, caminé unos cincuenta metros hacia adelante y observé que la carretera estaba dinamitada, en los precisos instantes en que comienza un combate. Los tiros sonaban por todas partes y los dos carros que me seguían abrieron fuego a discreción. En el momento en que regreso y ocupo mi carro, este es incendiado con líquido inflamable. Retrocedemos y nos protegemos con los otros dos vehículos, descendemos del nuestro y controlamos las llamas con unas mantas. La baja temperatura, el coraje de la tripulación y el factor suerte, decidieron la situación. Entonces nos retiramos hasta territorio nuestro, donde informé sobre lo que hube de observar en la misión que se me encomendó.

Al día siguiente, reanudada la ofensiva, me tocó marchar a la vanguardia sobre los mismos objetivos señalados anteriormente. La forma sorpresiva con que efectuamos el avance, nos permitió sobrepasar los objetivos propuestos, silenciar las piezas de artillería enemigas y avanzar hasta la cabeza de puente de la entrada de Teruel. Es innegable que el enemigo se defendía con gran coraje en Teruel.

Al amanecer entramos en la plaza, apoyados por la artillería, habiendo pasado el puente nuestros carros blindados, que no fueron volados porque no funcionaron los dispositivos de contacto instalados por el enemigo. Por informes suministrados por los zapadores, supimos que el puente estaba minado con dinamita. El 24 de diciembre de 1937, nos retiramos de Teruel. Tuvimos momentos críticos en esta operación. Recuerdo que el enemigo contraatacó y rompió nuestras líneas, avanzando entre Villaestar y Teruel, al extremo de poner en peligro nuestra retirada. Esa noche era para nosotros bastante conflictiva: la única salida era la carretera por donde aparecía el enemigo, corriendo el riesgo de ser atrapado el Estado Mayor de la 46 Brigada, al mando de Toral.

Un día se presentaron en la Compañía tres oficiales del Estado Mayor. Uno de ellos, que era capitán, me preguntó que cuál era mi grado. Le manifesté que yo mandaba una sección y que era cubano. Me ordenó marchara a la guarnición de carros y los pusiera en extrema vigilancia. Impartidas aquellas órdenes, me indicó que acompañara a uno de los oficiales al Estado Mayor, donde el citado oficial me explicó, sobre un mapa, la situación del contraataque enemigo y me ordenó que tomara el mando de la Compañía, a la vez que me exigió la custodia del Estado Mayor, la vaguada de la carretera y la Muela de Teruel. Señaló que la orden era de que nadie se moviera de sus posiciones hasta el amanecer y que quien lo hiciera sería considerado enemigo y se le haría fuego. ¡Qué noche más larga y más fría!

Con los primeros claros del día, llegaron fuerzas de apoyo y se comenzó a hacer frente a la infiltración enemiga, habiéndose liquidado la amenaza.

Regresamos a nuestra base en Valencia y de esta a Huesca, por la carretera de Balbastro, Siviñanigo, donde hicimos algunos prisioneros y requisamos unas cuantas cajas de cigarros Regalías El Cuño, enviados a los fascistas por los elementos falangistas de Cuba. Después regresamos a Cueva de Vinromá. Ya se sabía que el enemigo intentaría dividir el territorio republicano, lo que logró con la ofensiva sobre Levante, desde cuyo inicio fuimos castigados severamente por la aviación. Más de una vez me encontré sin salida, o sea, cortado por el enemigo e intervine en distintos repliegues y contraataques.

En Batea tuvimos que hacer frente al enemigo con coraje, pero nos vimos precisados a retirarnos hasta Tortosa. Produce honda pena ver un pueblo en retirada y contemplar cómo la aviación bombardea indiscriminadamente a mujeres,

niños y ancianos, que no constituían objetivo' militar alguno. Así llegamos hasta Vinaroz, donde se produjo el corte entre Barcelona y Valencia, y me quedé en esta última parte.

Cuando llegamos a la costa nos reorganizamos, pero el enemigo continuó su avance sobre Valencia y tuvimos que establecer líneas y entablar combate con las fuerzas blindadas enemigas que marchaban sobre la ciudad. Recuerdo que en este combate quedé satisfecho: le dejamos al enemigo cinco tanques incendiados en la carretera y este se replegó. Así fuimos presentándole combate, sobre todo en Nule, donde fui felicitado por el Mando.

El 17 de julio de 1938, nos mandaron a tomar Villa Real, que tenía a la entrada una doble vía, con un parque en el medio. Nos empezaron a tirar desde una máquina, por flanco izquierdo. Desmonté del tanque de mando, protegiéndome con la pared, y llegué al primer tanque. Sonó una ráfaga de ametralladora. Las balas rebotaron en el carro y me cayeron encima. Allí perdí un ojo. Sonó otra ráfaga y otra más. Me llenó de metralla. Me recogieron y avanzamos hasta el centro de la calle, cañoneando. Una acera era nuestra y la otra del enemigo.

Lo anterior ocurrió como a las diez de la mañana, y, hasta las dos de la tarde, estuvimos envueltos en el combate, sin poder evacuar de allí. En aquel momento yo mandaba una compañía con el grado de capitán. Me trasladaron a Madrid, donde estuve tres meses en recuperación. De vuelta a mi base en Valencia, me comunicaron la decisión de retirar las fuerzas brigadistas de los voluntarios internacionales. Después de más de seis meses en los campos de concentración franceses, regresé a Cuba para continuar las jornadas de lucha.

Evelio Aneiro Subirats

Evelio Aneiro Subirats. Nace en La Habana, el 14 de noviembre de 1917. Obrero de artes gráficas, se une muy joven a la lucha contra la tiranía machadista y en 1938 parte hacia España para incorporarse a la defensa de la República atacada por el fascismo. En diciembre de 1939 retorna a Cuba, y se le otorga la militancia en el Partido Comunista, en el que se destaca por su actividad. Durante la tiranía batistiana labora intensamente junto a la Generación del Centenario.


Albacete era el lugar de concentración de las Brigadas Internacionales

El 5 de febrero de 1938 zarpamos del puerto de La Habana, en el vapor "Oropesa", con destino a España. Era un grupo de setenta y dos hombres que viajaban con pasaportes de estudiantes, vía Francia. El día 17 del mismo mes llegamos a La Pallice y permanecimos en Francia por espacio de cinco o seis días, en espera de poder cruzar la frontera para penetrar en territorio español.

Recibida la orden de partida, cruzamos por Perpignan, llegando a la villa de Port-Bou y nos dirigimos al Castillo de Figueras, donde nos albergamos. Permanecimos allí unos días, que fueron aprovechados para practicar algún ejercicio militar. Del Castillo de Figueras nos trasladamos a Valencia, vía Barcelona, donde pudimos apreciar los efectos de los bombardeos de la aviación fascista sobre las vías ferroviarias.

En Valencia tuvimos uno o dos días de descanso y marchamos hacia Albacete, donde se nos informó y encuadró en la 159 Brigada Internacional. Esa misma noche, y después de una despedida en que la banda de música dirigida por Julio Cueva ejecutó La Internacional, nos condujeron al pueblo de Tarazona de la Mancha, base de la mencionada brigada.

Albacete era el lugar de concentración de las Brigadas Internacionales. Aquí recibimos instrucción militar y aprendimos a formar, a apuntar. Cavamos trincheras y disparamos tres tiros. Con todo ese "saber", montamos en camiones y salimos para el frente a los pocos días. Nuestra XV Brigada Internacional tenía el nombre de Abraham Lincoln.

Por primera vez vi la guerra de verdad, en el Triángulo de Gandesa, formado por dos carreteras —una que venía por Caspe hasta Belchite y otra por Alcañiz— que convergían en Gandesa, formando un triángulo perfecto las carreteras, un lomerío y un barranco.

Nos situamos cortando todo el sector de la carretera de Alcañiz. El objetivo era cortar el paso a las tropas fascistas, impedir la toma de Gandesa y facilitar la retirada de Belchite del Quinto Regimiento de Líster, tras dos meses de encarnizados combates. La destrucción de esta principal fuerza de choque de la República, era decisiva para un cambio estratégico militar. ¡Había que aguantar a costa de lo que fuera! La República corría el riesgo de ser cortada en dos, separando a Valencia de Barcelona.

En la madrugada se estableció la línea de combate y, desde ambos lados, comenzó el fuego de tanteo. Fue mi primer combate, sentí que todas las balas venían hacia mí. Morteros, tanques, aviación, todo encima de nosotros en un enorme despliegue: dos divisiones italianas (Flechas Negras) con más de veinte mil hombres; varios tabores marroquíes, banderas de la Legión Extranjera. En total algo más de treinta mil hombres. La XV Brigada sufrió considerables bajas. Mi batallón quedó reducido a la mitad. Se calculaban unos dos mil hombres en la defensa.

Al atardecer, sonaron tiros esporádicos. Respondieron los morteros. El pelotón quedó aislado y enviamos a José Real en busca de contactos. No regresó. Salió después Manuel Corcho Díaz y tampoco volvió. Entonces fue Juan Martínez Márquez, pero no nos dábamos cuenta de que éramos un bolsón que resistía en medio del enemigo. Yo fui el cuarto en salir a buscar contacto y... tampoco regresé. Cuando salía por un trillo, me dispararon. Rodé. Caí entre el follaje. Allí estaban los demás.

Vino un grupo de exploración con una bandera de señales, roja, y nos confundió. "¡Vengan por aquí, camaradas!", nos dijeron. Al salir nos encañonaron.

Después de la batalla, lo que quedó fue terrible. Ambos lados de la carretera, en doscientos metros, era una hilera de hombres muertos. Fusilados. Los muertos en combate estaban aún en el campo. La Brigada Lincoln quedó diezmada. La mayoría fue pasada a sable por la caballería mora.

Alguien nos avisó: "Digan que son españoles. La orden es fusilar a los internacionalistas."

Ya prisioneros, marchamos al norte. En Santoña nos internaron en una nave de mampostería de una fábrica desactivada. Los centinelas tenían instrucciones severas en cuanto al intento de fuga de algún prisionero. Dispararían sobre cualquiera que tratara de hacerlo. Tenían, además, un magnífico estímulo: 25 pesetas de gratificación y dos días de asueto por cada "fugitivo" muerto. Por supuesto, esto último provocó que varias veces dispararan hacia adentro de la nave sin más ni más. Pasamos varios días arrastrándonos por el suelo.

Después del primer interrogatorio, y aclarada la nacionalidad, nos enviaron al campo de concentración de San Pedro de Cardeñas, en Burgos. ¡Era el antiguo palacio del Cid Campeador...! En aquel campo había muchos internacionalistas. Franco nos necesitaba para su propaganda contra la intervención extranjera (no la de los nazis, por supuesto).

Entre más de veinte cubanos que se encontraban allí internados, encontré a Orlando Real. Su relato sobre cómo cayó prisionero era casi increíble:

"Caí en un peine. Al soldado que me cogió le dieron la orden de fusilarme, pero la desobedeció. Me quiso llevar al Estado Mayor para ver si le daban un ascenso. Allí me pidieron que reconociera algunos planos, y, luego de un extenso interrogatorio, me dieron salvoconducto como español. En el camino hacia la nave de los presos, una pareja de la Cruz Roja me fotografió y tomó mis señas. A las seis de la tarde me iban a fusilar, junto a un combatiente italiano; a él se lo llevaron y pasearon el cadáver. A mí no me llevaron. Por segunda vez se dejó de cumplir la orden."

Entre las cuarenta y dos nacionalidades allí representadas y los novecientos presos, se decidió formar una especie de ejecutivo internacional de comunistas, para contrarrestar la terrible desventaja en que estábamos frente a los jefes militares del campo y constituimos el Comité de la Casa. Este Comité nos representaba también ante los organismos internacionales que podían ayudarnos. Orlando era el representante cubano, pues ya tenía una larga experiencia como dirigente comunista.

Se organizó una enfermería. Los médicos eran presos que trabajaban como voluntarios. Humberto Sinovas fue une de ellos. Era cubano, estudiaba en España y combatió como médico militar.

La comida era pésima, llena de gusanos. Organizamos una protesta de hambre. El primer día no cogimos la comida. El segundo, nos obligaron a cogerla, metralleta en mano. Los cubanos éramos los primeros en la cola el día señalado. Había un turno rotativo diario, por nacionalidad, para coger el "reenganche" organizadamente. Era un gesto suicida, les tiramos la comida al suelo. No abrieron fuego, porque intervino el Comité de la Casa y se entró en conversaciones.

Pasaron uno a uno los días, sumando más de año y medio. Durante ese tiempo tuvimos dos juicios. En el primero nos condenaron a ser pasados por las armas; en el segundo, a treinta años de trabajos forzados, para reconstruir a Belchite. ¡Casi una ironía de la historia!

Empezamos a dar pico y pala, bajo grandes porciones de nieve, con un chusco de pan y dos sardinas por persona como alimento. En aquellas circunstancias recibimos la noticia de que seríamos deportados: Franco necesitaba legalizarse ante el mundo.

En el mes de diciembre de 1939, llegamos a Cuba. Había una inmensa multitud esperándonos en el muelle de La Habana, pero al pasar la aduana, ya la policía había disuelto a quienes nos recibían. El compañero del Partido Comunista que nos recibió, dijo: "Cojan la guagua y váyanse pronto, mañana los conectaremos." A los dos o tres días recibí el carné del Partido Comunista de Cuba. ¡Volvíamos a la lucha!

Carlos Manuel Arias de la Rosa .

Carlos Manuel Arias de la Rosa. De procedencia campesina. Nace en Palma Soriano, el 20 de mayo de 1906. Cursa la enseñanza primaria en la escuela pública y comienza a trabajar muy joven en la agricultura y el comercio. Toma parte en la lucha contra la tiranía de Machado y a su caída se opone al gobierno provisional instaurado por la mediación yanqui. Nombrado por el doctor Antonio Guiteras Holmes, desempeña la Alcaldía Municipal de Palma Soriano, hasta que asume el poder el trinomio Caffery-Batista-Mendieta, en que combate la nueva situación desde las filas de Joven Cuba, como dirigente distrital. Es perseguido y torturado por militares traidores al movimiento revolucionario. Conectado con las organizaciones antimperialistas y antifascistas, marcha a la defensa de los derechos del pueblo español. Regresa a Cuba en 1939 y continúa luchando contra el fascismo.


El movimiento de nuestra compañía era constante

Decidí marchar a España para tomar las armas en defensa de la República, gobernada por el Frente Popular, impulsado por mis convicciones antifascistas. Había luchado contra la tiranía machadista y era a la sazón Delegado Distrital de Joven Cuba, estando firmemente persuadido de que debía lucharse por la justicia social en cualquier lugar del mundo.

Embarqué rumbo a España, a bordo del vapor "Orduña", vía Francia, trasladándome desde París al teatro de la guerra, a través de Perpignan, hasta Barcelona. Tan pronto pisé tierra española, me incorporé a la 154 Brigada Internacional, en el Batallón "Abraham Lincoln". Se me ubicó en el frente de Alvarez, provincia de Madrid, en los lindes de Guadalajara. Fui designado para una compañía especial de ametralladoras del Estado Mayor, cuyo jefe era el capitán Jak Cooper, norteamericano, con lo que "debutamos" en Teruel.

Por decisión de los españoles que pertenecían a la mencionada compañía, se me nombró Delegado de Sección. Nos dirigimos al frente de Segura de Baños y desde allí a La Cuba, habiéndome ordenado el capitán Cooper que saliera para Belchite, sector que estaba siendo batido por el enemigo," en busca ,de raciones en frío.

El jefe de la Brigada, teniente coronel Meriman, me entregó un mosquetón español, como a las siete de la mañana, y me asignó la misión de reagrupar el personal disperso, para reintegrarlo a sus respectivas unidades, situadas en las trincheras entre Belchite y Codos.

Cerca de las seis de la tarde, los fascistas se habían apoderado de la mayor parte de Belchite, en los inicios de la ofensiva de Aragón. Después de anochecer, perdí el contacto con mi unidad y me protegía detrás de unas elevaciones de terreno, donde me localizó un capitán del Estado Mayor, quien, al verme las insignias de Comisario, me encomendó la organización del personal, integrado por unos doscientos hombres. Recibí orden de retirada hasta Hijar, donde encontré algunos de mis compañeros.

Por disposición de Cooper, marché hacia las afueras de Hijar en compañía de un combatiente andaluz, en busca de provisiones de boca. El lugar había sido evacuado, aunque pudimos encontrar vino, huevos y algunas otras vituallas de poca importancia, lo que trasladamos en una parihuela. Pero, al regresar con nuestra modesta carga, habían desaparecido de allí el capitán Cooper y los demás hombres.

Desde una loma cercana fuimos llamados por un oficial, quien me comunicó la orden dada de retirarse hacia Alcañiz. El compañero andaluz tomó un camión en la carretera. Yo, con cuatro soldados españoles que se me unieron, decidí realizar la marcha a campo traviesa. Uno de estos soldados me proporcionó un fusil automático checo, calibre 30, con magazín y balas.

Llegamos a Alcañiz por la madrugada y nos presentamos en una unidad de artillería gruesa, donde nos fue servido un "congrí" y nos quedamos a dormir en un chalet evacuado. A las seis de la mañana me despertó el tronar de los cañones y me encontré solo allí. No caí prisionero gracias al fusil automático que me facilitaron poco antes, pues los fascistas abrieron fuego desde una huerta de las afueras. Les hice frente disparando intermitentes y pequeñas ráfagas, mientras me retiraba, hasta que logré pasar el río y continuar cuesta arriba hasta hacer contacto con una unidad de artillería de Líster, que había comenzado a detener al enemigo en las Ventas de Valdelgulf a. Le pedí buscar mi unidad, que se encontraba en Calaceite, cruzando para ello el Ebro por el puente de ferrocarril, frente a García. Me acompañaban tres soldados del Batallón Inglés y el delineante Campo, del Estado Mayor de nuestra Brigada. Pocos minutos después fue volado aquel puente.

Al hacer mi presentación ante el Estado Mayor de nuestra Brigada, recibí el nombramiento de Sargento Instructor de Ametralladoras y se me destinó a Vilaseca, donde el sargento Gibbons me interrogó sobre si pertenecía al Partido Comunista, informándole yo que había presentado en Alvarez mi solicitud de ingreso. Al preguntarme el referido compañero si estaba dispuesto a asistir a la Escuela de Comisarios, hube de informarle que había actuado como Delegado de Sección. A los tres días fui llamado y recibí un curso de veinte días en dicha escuela, ál final del cual fui designado Comisario de la Cuarta Compañía de Infantería del Batallón Mackenzie-Papineau.

Desempeñaba provisionalmente la jefatura de la Compañía, el compañero alemán capitán Gans, con el que cruzamos el Ebro, al ordenársenos una operación de limpieza y continuar la marcha hasta Flix. La aviación enemiga nos hostilizaba constantemente. Seguimos marchando en profundidad, en fila india, divididos en dos columnas, con Gans a la izquierda y yo a la derecha.

Por las señales de pito, conocimos que habíamos sufrido bajas, por lo que retrocedí hasta hacer contacto con la tercera sección, que se había refugiado bajo unos olivos. De los treinta y seis camaradas que formaban la sección, solo uno había quedado con vida y muy gravemente herido, que ordené fuera evacuado. Al llegar al Ebro, ese compañero era cadáver. Se trataba del camarada Still, periodista, que hacía poco había llegado de Estados Unidos por segunda vez en prestación de valiosos servicios a la República Española.

La referida sección había sido atacada con bombas de gran potencia, lo que se deducía por los fragmentos de cuerpo humano que aparecían en las ramas de olivo. Aquellos combatientes fueron totalmente destrozados. El efecto producido por los gases de las bombas y la contemplación del triste espectáculo de mis camaradas deshechos por la metralla, no me permitió ingerir alimento durante dos días. Aún en este momento en que escribo, a más de cuarenta años de aquel acontecimiento, me conmueve profundamente recordar el holocausto de los valientes internacionalistas exterminados por el fascismo.

Era imposible detenerse en aquellas circunstancias, por lo que continuamos nuestra marcha, durante la cual hicimos cuarenta prisioneros a los fascistas, entre ellos un comandante cuatro capitanes, tres tenientes y cuatro sargentos. El único que ostentaba las insignias de su grado era el comandante, a quien intimé que me las entregara. Como se negó, me vi precisado a arrancárselas violentamente. Para ser interrogado, escogí a un soldado raso, asturiano, estimando la posibilidad de que fuese más veraz. El soldado me declaró: "De los ocho oficiales, ninguno es malo; pero aquel sargento que está bajo el olivo, es más malo que el veneno."

Cuando procedí a interrogar al sargento señalado, este me dijo, llorando: "Ay, cubano, no me maten." Le miré con desprecio, diciéndole: "Nosotros no somos como ustedes; a los prisioneros de guerra los respetamos y si han cometido algún delito se les juzga por los tribunales." Los cuarenta prisioneros fueron remitidos al Estado Mayor.

Se hizo cargo de nuestra Compañía el jefe en propiedad, capitán George Carbonell, puertorriqueño, que al ocurrir la traición de los militares reaccionarios se encontraba estudiando medicina y próximo a terminar su carrera. Marchó a Estados Unidos, en realización de una campaña a favor de la República Española y regresó al campo de la lucha con varios combatientes más. Desde que tuvimos el primer contacto, Carbonell y yo nos compenetramos estrechamente, y, solos, construimos nuestro Puesto de Mando.

En Sierra Pandolls, la Compañía ocupó la cota 950, que había cambiado de manos varias veces, siendo recuperada por Líster y la 46 Brigada (*) . En esta posición estuvimos durante quince días, consumiendo por todo alimento un desayuno diario en horas de la noche. A nuestra izquierda había un valle casi cubierto de cadáveres putrefactos, siendo insoportable la fetidez cuando nos batía la brisa proveniente del mismo. En tan terribles condiciones, había soldados que se deslizaban en la noche hasta aquel lugar para registrar los cuerpos inertes, en busca de cigarros. Nuestras bajas fueron muy pocas allí, aunque apenas teníamos descanso por ser tropa de choque. Desde este lugar nos enviaron a Sierra Caballs, punto clave de Gandesa, donde era permanente el combate.

Nuestra Compañía estaba de reserva en un barranco desde horas tempranas de una mañana de fines de agosto, al entablarse un violento combate y comenzar un interminable desfile de camillas con los heridos. A las cuatro de la tarde, subimos hacia la cota para hacer el relevo, yendo en fila india y marchando en zig-zag, bajo el incesante fuego de la artillería enemiga, resultando heridos solamente dos camaradas de la unidad. Al llegar a la posición, comprobamos que solo habían quedado doce hombres del Batallón "Abraham Lincoln", encontrándose las trincheras colmadas de muertos. Fuimos relevados al amanecer por la 1011 Brigada, perdiéndose la cota cuatro días después.

El movimiento de nuestra Compañía era constante, y el capitán Carbonell se encontraba pasando un curso de pocos días. Gans y yo fuimos llamados al Estado Mayor, que nos ordenó atacar la cota 401, fortificada, a las seis de la mañana. Al hablar con el comandante John Smith y el Comisario del Batallón Mackenzie-Papineau, inquirí si contábamos con artillería. Se me informó que solo podían darnos protección con fuego de ametralladoras.

Habíamos recibido un refuerzo de la Juventud de Levante, que mantenía una vigorosa moral. Ordenamos a un sargento nos llamara a las cinco de la mañana, hora en que se repartió el café con leche. Inmediatamente nos dividimos en tres secciones, con el capitán Gans a la izquierda, yo al centro y el teniente Oliva (belga) a la derecha. Los del centro avanzamos arrastrándonos bajo unos viñedos, pero al llegar a un olivar, ya en marcha normal y a paso ligero, se desató sobre nosotros un fuego mortífero, comenzando a caer compañeros.

Recuerdo que a mi lado marchaba un sargento norteamericano, negro, robusto, al que una bala —probablemente proyectil antitanque— le cercenó la cabeza, y el cuerpo continuó andando hacia el frente varios pasos más. El cuerpo de otro compañero norteamericano, negro, delgado y muy joven, herido mortalmente, saltó como un metro de altura. Un sargento como de cuarenta años de edad, blanco, de pelo negro, también norteamericano, cayó hacia atrás acribillado por balas de ametralladora.

Dos compañeros de la Juventud Levantina, cayeron muertos junto a mí. Me parapeté tras un olivo y, cuando zapateaba mi fusil por efecto del calor, tomaba los de los muertos. En aquel instante yo quería morir también. Al ver caer valientemente a tantos camaradas, el más cobarde adquiere un ánimo inconcebible.

Como a las nueve horas, un enlace, halándome por un pie, me informó que me ordenaban la retirada, lo que se hacía bastante difícil. Sobre nosotros caían los racimos de uvas y los gajos, pero logramos llegar a la trinchera arrastrándonos por los surcos. Alrededor de las cinco de la tarde, se presentó un miembro de la Juventud de Levante nombrado Conesa, herido por cinco balazos y echando espuma por la boca, quien, no supe que muriera a consecuencia de esas heridas. Yo experimenté un fenómeno poco común: mis hombros estuvieron durante varios días con una completa insensibilidad, lo que notaba al ignorar el zapateo del fusil con que disparaba. Este episodio tuvo una mención en el periódico Daily Worker, de Londres.

Al hacerse cargo nuevamente de la Compañía el capitán Carbonell, se nos ordenó atacar la cota 601, a la derecha de Gandesa. Marchamos sobre el objetivo, Carbonell en el centro, Al Stone a la derecha y yo a la izquierda. Cuando estábamos coronando la cota, como a las ocho de la noche y bajo una llovizna, Carbonell recibió un balazo, cayendo muerto boca abajo, en los momentos en que sonaba el teléfono ordenando retirada. No teníamos camilleros y se nos hacía dificultoso

sacar de allí el cadáver de nuestro jefe, que pesaba unas doscientas libras. Decidí quitarle las insignias del uniforme y darte sepultura en aquel mismo lugar. Esto ocurría el 6 de septiembre. El enemigo, suponiendo tal vez que nos estábamos fortificando, no continuó el ataque a dicha posición.

Dos días después, el 8 de septiembre de 1938, mi compañía se encontraba en reserva y la XI Brigada Alemana estaba atacando. Noté que mermaba algo la moral combativa de uno de los compañeros, le quité un Tocarov (D.P.) y comencé a disparar ráfagas breves. Me tiraron el primer morterazo y cambié de lugar sin dejar de disparar, pues resulta emocionante hacerlo, sobre todo cuando sabemos que estamos alcanzando el blanco. Me tocaron y caí boca abajo. Pensé: "Igualito que Carbonell." Cuando volví en mí, estaba en una camilla y arreciaba el combate de modo estruendoso. Me evacuaron para Vilaseca, donde se había improvisado un hospital de sangre.

Como a las tres de la madrugada, me pusieron la careta de anestesia y me dijeron: "Respire." Pero le dí un halón desesperado por el dolor. Me dije: "Si esto es morirse, no quiero vivir más", hasta que perdí el conocimiento. Me trasladaron a Gerona, a donde llegó el tren a los tres días, pues tuvo que darle paso a los trenes militares. La herida era en el ojo izquierdo y los facultativos del hospital de Gerona me dijeron que si no era operado podía perderlo, pero no había anestesia. Les dije: "¡Manos a la obra!" Aunque aquello constituyó un durísimo trance, no había otro remedio. Luego pasé al hospital de Mataró, donde permanecí más de un mes y después a Santa Coloma de Farnut. Solicité me enviaran al campo de La Pinell, donde estaban los cubanos desmovilizados. Ya los fascistas estaban cerca de Barcelona. André Marty pidió voluntarios para contener el avance fascista, y se efectuó un acto en el cine de la localidad, donde Roberto Buzón Neyra, Comisario de Compañía, arengó a los cubanos. Me presenté como voluntario, pero no me aceptaron. Ya había perdido prácticamente el ojo izquierdo dañado por la herida.

Rendida Barcelona, se había iniciado el éxodo de los norteamericanos, mexicanos y cubanos combatientes. Nos acercamos a Port-Bou, próximo a la frontera franco-española, pueblo que bombardeaban todos los días los aviones fascistas. Como herido, pasé por el túnel a Francia, pero, al ver la hostilidad con que trataban a nuestros enfermos, retorné a España. Formamos un grupo integrado por el cubano Herrera, el argentino Migarrilla, un uruguayo, un valioso compañero dominicano manco, y al ser abierta la frontera pasamos a Francia, quedando internados en Argelés-sur-Mer, donde había millares de personas. Nos dividimos por nacionalidades, encontrándose a nuestro lado los italianos y detrás los alemanes, que mantenían una alta moral y crearon una banda de música.

Los cubanos del Partido nos reunimos, y el compañero Pedro Alfaro Suárez, capitán tanquista, me propuso como jefe de una brigada sanitaria integrada por nueve camaradas. Nuestra labor consistía en recoger los excrementos y arrojarlos al mar, utilizando un latón con asas, un palo y palas. En aquel campo de concentración permanecimos como tres meses, siendo trasladado después a Gurs.

Sufrí una grave infección en la herida del ojo y apenas podía caminar, cayéndome cuando el comandante Gorián, médico yugoslavo, me conducía a la enfermería del ejército francés. Me administraron fomentos y me trasladaron a Bayona, donde solicité retornar al campo de concentración, por cuanto no era debidamente atendido como enfermo. Aunque estaba comprendido en el próximo embarque de regreso a Cuba, fui el último en salir del campo, debido a que el director del hospital no había informado mi alta, pero parece que entendió el francés "patois" que aprendí en mi tierra oriental con los haitianos y encontró la comunicación en la oficina.

Al pasar por Dix, los amigos de los voluntarios y el Partido Comunista Francés nos obsequiaron con un queso triangular, un huevo duro y un pequeño pan. Cuando llegamos a La Pallice, donde precisamente habíamos desembarcado para dirigirnos a los campos de batalla, nos esperaba el mismo barco "Orduña", en el que regresamos a nuestra patria.

Nos enteramos de que los familiares, novias y amigos de los combatientes habían desfilado frente al Capitolio, instando al gobierno que procediera a nuestra repatriación. En el puerto nos esperaban muchos. amigos y camaradas. Yo me dirigí directamente a Carlos III número 609, donde saludé a Blas Roca y Fabio Grobart, quienes me proporcionaron el viaje hacia mi pueblo, Palma Soriano, donde fui objeto de un recibimiento superior a mis méritos, expresando allí, a mi pobre manera, que el pueblo español no había sido vencido sino que un día no lejano volvería a la lucha para triunfar definitivamente. Ahora pienso que mi profecía se está cumpliendo.

(*) Suponemos quiere decir la 46 División

Agustín Blanco Abad

Agustín Blanco Abad. Nace en la ciudad de La Habana, el 3 de abril de 1907. De extracción obrera. Desde muy joven labora en el sector del transporte, actúa en el movimiento obrero y milita más tarde en el Partido Comunista de Cuba. En 1938 se incorpora al contingente voluntario que lucha al lado del pueblo español. En aquella lucha alcanza también la militancia en el Partido Comunista de España. Concluida la contienda, regresa a Cuba en mayo de 1939 y continúa sus actividades antifascistas y antimperialistas.


Junto a mí combatieron compañeros mexicanos, argentinos y cubanos

Mi condición de comunista, me llevó a incorporarme al Ejército Republicano Español cuando hacía frente al ataque de los fascistas. Estaba consciente de que en cualquier lugar que se desarrollara una lucha de aquella naturaleza, era ineludible deber acudir en apoyo solidario.

Salí de La Habana el 23 de mayo de 1938, en un grupo de veinticinco compañeros, que también marchaban como voluntarios en defensa del pueblo español. El buque nos dejó en un puerto francés, desde donde nos dirigimos a París, para ultimar los trámites del paso a territorio español, que realizamos pocos días después.

Ya en suelo de la República, fui ubicado en el 24" Batallón, 154 Brigada, 354 División de las Brigadas Internacionales, habiendo participado en los combates del cruce del Ebro, en los frentes de Corbera, Sierra Pandolls, Sierra Caballs y en Gandesa. El 22 de septiembre de 1938 recibí una herida en la cabeza.

Me viene a la memoria un episodio vivido en aquellos días de pelea, en ocasión en que nos disponíamos a realizar un ataque con bombas de mano y fuimos rechazados enérgicamente por el enemigo. Ante aquella difícil situación, el capitán de nuestra unidad, con firmeza y decisión, nos ordenó tomar la posición de todas maneras, costase lo que costase.

José Real Álvarez, un compañero que era muy querido por todos, cuando escuchó las órdenes del capitán, nos dijo eufóricamente: "Ya han oído al capitán, ¡vamos, avanzar!" Y avanzamos, pero de nuevo fuimos rechazados y se nos dio orden de retirada.

Al regresar a la comandancia, se procedió al recuento del personal, para cerciorarse de las bajas por muerte o heridas, y José Real Alvarez, el valiente camarada que incitaba a avanzar sobre el enemigo, había pasado a engrosar el listado de los combatientes caídos heroicamente luchando contra el fascismo en tierra hispana.

Junto a mí combatieron compañeros mexicanos, argentinos y cubanos. Entre mis compatriotas, recuerdo a Luis Peraza, los hermanos Sánchez, Armando Brito, Manuel del Peso, Mario Morales, Gilberto Acosta, Crescencio René de Dios, José Real. Lamento -no recordar los nombres de otros muchos.

Al darse por terminada nuestra misión internacionalista y procederse a la retirada de los frentes de los voluntarios extranjeros, pasé a Francia, donde nos esperaban los campos de concentración de Argelés-sur-Mer y Gurs, en que permanecimos algún tiempo, hasta retornar a Cuba en mayo de 1939.

Norberto Borges Aldama

Norberto Borges Aldama. Nace en La Habana, el 18 de enero de 1907. Su padre, barbero de nacionalidad española, nativo de Islas Ca-narias, estuvo identificado con /a lucha por la independencia de Cuba; la madre, cubana, se dedicaba a los quehaceres domésticos. Va a la escuela pública hasta cuarto grado, en que comienza a trabajar apremiado por las necesidades de su familia. Labora desde los trece hasta los veinte años de edad en una fábrica de tabacos, donde se especializa como escogedor, pero es vetado para desempeñar esa especialidad, aduciéndose su condición de mestizo, irritante exclusivismo hoy inconcebible, pero entonces considerado cosa normal. Asiste como alumno, en 1927, a la Universidad Popular "José Martí", fundada por Julio Antonio Mella, clausurada por decisión del gobierno machadista. Después marcha a Estados Unidos, como millares de jóvenes cubanos y de otros países, en busca de trabajo. Allí residía al ocurrir la sublevación fascista en España y se alista en las Brigadas Internacionales. En 1938 regresa a Estados Unidos. Al consumarse el golpe batistiano del 10 de marzo de 1952, comienza a combatir l/a tiranía, colaborando en New York con la organización "26 de Julio". En 1961 retorna a Cuba y presta servicio en la naciente marina mercante. En 1974 es jubilado.


En aquellas circunstancias se hacía muy difícil la llegada de refuerzos

Mi llegada a Estados Unidos de Norteamérica, como emigrante en busca de trabajo, en el año 1928, coincidió con la agudización de la crisis económica que sufrió el mundo capitalista poco después de finalizada la Primera Guerra Mundial y sobre la que alertaba a las masas populares el Partido Comunista Norteamericano, con una certera visión del desastre general que se aproximaba.

Ya en la ciudad de New York, establecí mi primer contacto en el campo laboral con el Club Obrero Español, organización que desplegaba una constante y enérgica actividad en defensa de la clase proletaria, manteniendo un firme espíritu de lucha. Encontré ocupación en el sector gastronómico y me hice activista del Club Cubano "Julio Antonio Mella", que desarrollaba una intensa labor social. Después ingresé en la Juventud Comunista de Estados Unidos, caracterizada por su incansable combatividad.

El Club Cubano "Julio Antonio Mella", que acogía en su seno a los emigrados políticos cubanos y elementos progresistas, llegó a adquirir un enorme prestigio y una indiscutible autoridad en las zonas populares por su levantada actitud ante las injusticias del sistema capitalista.

Cuando se conoció la consumación del traidor movimiento fascista contra el Gobierno del Frente Popular en España, nuestras organizaciones no vacilaron en identificarse totalmente con el pueblo español agredido. De inmediato comenzó una campaña en pro de la ayuda de toda clase a los defensores de la República Española. Consciente de mi responsabilidad política, como militante de la Juventud Comunista, puse a contribución mi esfuerzo personal en ayuda del pueblo hispano.

A fines del año 1936, el Partido Comunista de Estados Unidos comenzó a organizar un contingente militar, representativo del aporte directo y voluntario de los elementos progresistas en la defensa de la democracia española. Las masas trabajadoras del país no permanecieron indiferentes ante aquel acontecimiento y surgió la Brigada "Abraham Lincoln", integrada por voluntarios de la libertad con distintas ideologías políticas, pero aglutinados por el común repudio al fascismo. Este contingente armado escribiría brillantes páginas en los campos de batalla españoles, como parte integrante de las gloriosas Brigadas Internacionales.

En unión de algunos cubanos, norteamericanos, irlandeses y compañeros de distintas nacionalidades residentes en Estados Unidos, salí del puerto de New York el 5 de enero de 1937, a bordo del buque francés "Champlain", con destino a la República Española, desembarcamos en el puerto de Le Havre, Francia, desde donde nos dirigimos a París.

En la capital francesa, fuimos recibidos y atendidos por representativos del Partido Comunista Francés, que proveyeron lo concerniente a nuestro traslado a territorio español a través de la frontera, lo que realizamos en forma normal, por cuanto todavía no había sido cerrada la misma. En el trayecto recorrido desde París hasta Perpignan, apreciamos el decidido apoyo del pueblo francés a la causa republicana española. Nuestro paso era saludado con vítores y demostraciones de solidaridad, uniéndose a nuestro tren muchos hombres que marchaban también a los frentes de combate, dando a nuestro transporte la apariencia de un verdadero convoy militar.

Al frente de nuestro grupo figuraba el compañero Rodolfo de Armas Soto, que se había destacado en las actividades revolucionarias en Joven Cuba, por lo que estaba exiliado en New York, habiendo sido el forjador de la Centuria Guiteras. Penetramos en tierra española por Figueras, en la provincia de Gerona, desde donde continuamos para Barcelona y de allí a Albacete. En un lugar llamado Villanueva de la Jara, recibimos una ligera preparación militar y en la plaza de toros de Albacete fuimos proveídos de armas. De inmediato marchamos hacia el frente del Jarama en varios camiones, siendo perseguidos en todo el trayecto por los aviones fascistas. Ya cerca de la línea de fuego, hicimos un alto para comer, pues hacía veinticuatro horas que no consumíamos alimento alguno. Poco después, comenzaron a bombardearnos los aviones fascistas que nos habían perseguido. Eran treinta y nueve máquinas enemigas, de las que fueron echados a tierra cuatro bombarderos al aparecer los "chatos" republicanos, huyendo precipitadamente los restantes, Estos "chatos" eran aviones de procedencia soviética, a los que dábamos tal nombre por su pequeñez y que eran muy temidos por los aviadores franquistas.

Como miembro de la Centuria Guiteras, adscrita a la Brigada Lincoln, tomé parte en los combates desarrollados en el frente del Jarama, donde recibí mi bautismo de fuego. En la primera acción en que participó la Centuria, el 23 de febrero de 1937, entregó su vida el magnífico camarada Rodolfo de Armas, en los instantes en que, llevado por su espíritu impetuoso y arrojado, trataba de prestar auxilio a un compañero herido. Al caer este valioso jefe, tomó el mando de la unidad el compañero Eladio Paula Bolaños.

Los combates se desarrollaron en los días del 23 al 27 de febrero y el 5 de abril de 1937, en defensa de la carretera Valencia-Madrid, medio de comunicación de vital importancia para mantener nuestro abastecimiento. Hubo una ocasión en que debimos pelear bajo lluvia torrencial y fuerte granizada, en que los granos helados golpeaban nuestros cuerpos como proyectiles. Aprovechábamos la densidad nocturna para retirar de la tierra de nadie los cadáveres de nuestros camaradas caídos. Encontrándome en esta labor con el Comisario Político, compañero Juan Landeta, este hubo de sufrir un accidente por el que debió ser recluido en el hospital y se me designó para sustituirlo como Comisario, cargo que desempeñé hasta que, por padecer úlcera gástrica, se ordenó mi hospitalización, en el mes de mayo.

Recluido en el hospital Casa Roja, en Murcia, recibí atención facultativa al mismo tiempo que continuaba desempeñando el cargo de Comisario Político, esta vez de los combatientes de habla inglesa y española, atendidos en aquel centro benéfico. Igualmente participaba en las labores de la Comisión Cultural allí existente, que distribuía entre los compañeros heridos un boletín informativo editado en distintos idiomas, a través del cual se les mantenía bien informados sobre el curso de la guerra antifascista y acontecimientos de carácter universal.

Ya restablecido de mis dolencias, fui trasladado para la base de entrenamiento de la Brigada Lincoln, en Tarazona de la Mancha, donde quedé incorporado a la Primera Compañía, como ayudante del capitán Valdés, oficial español que había sido agregado a nuestra unidad internacionalista debido a su gran experiencia militar. En aquellas circunstancias ya se hacía muy difícil la llegada de refuerzos por haberse impedido todo acceso a territorio español. Muy pocos compañeros lograban llegar a nuestras filas, a través de los Pirineos, tras salvar indecibles obstáculos.

En Tarazona de la Mancha, con mis responsabilidades como ayudante de la Primera Compañía, alterné funciones de orden social, como iniciar una colecta para obsequiar en Navidad a los niños de aquel lugar con juguetes, lo que fue acogido con entusiasmo por los compañeros combatientes. Fueron adquiridos los juguetes en Denia, provincia de Alicante y distribuidos a los niños en la plaza, frente a nuestro cuartel, con indescriptible júbilo de la infancia de Tarazona.

También procedí, con la anuencia de los camaradas combatientes, a organizar jornadas de trabajo voluntario para recoger las cosechas de uva y azafrán, productos básicos en la economía de aquella zona que estaban a punto de perderse por ausencia de brazos. Esta labor se efectuó por todo el Batallón un domingo, produciendo intensa satisfacción en los vecinos de Tarazona que manifestaban su gratitud por todos los medios posibles.

Como complemento de mis responsabilidades militares, también hube de realizar trabajos de carácter confidencial en la base. En determinada ocasión, llegaron a nuestro campo de entrenamiento cerca de cuatrocientos hombres, reclutados entre elementos que poseían certificados facultativos como no aptos para el servicio militar; pero, examinados por una comisión médica oficial, fueron calificados de falsos objetantes. La gran mayoría de estos reclutas eran militantes anarquistas, cien de los cuales fueron asignados a mi Compañía, entre los que pude detectar que seis eran fascistas. Informé sobre el caso, pero la comandancia estimó que se trataba de trabajadores poco desarrollados políticamente. Muy poco tiempo después, aquellos seis individuos abandonaron nuestras filas, pasándose al enemigo.

La jefatura de nuestra Brigada tomó la decisión de retirar del frente y proceder a la repatriación de algunos combatientes internacionalistas cuya salud se encontraba en precario. Se me incluyó en ese grupo y tuve que alejarme del escenario de la guerra en mayo de 1938, después de dieciséis meses de lucha en defensa de la República Española. Poco después fue aceptado el proyecto de retirada de todos los voluntarios extranjeros, propuesto por el comité llamado de "no intervención".

Pasé a Francia, donde encontré grandes dificultades para regresar a Estados Unidos, por carecer de pasaporte, logrando resolver mi situación por la intervención del compañero Félix Pita Rodríguez, en París. Al fin pude llegar a New York, donde se acrecentaron las contrariedades, pues me negaban la entrada y fui internado durante varios días en el Departamento de Inmigración, hasta ser resuelta mi situación por los abogados del Partido Comunista Norteamericano.

Roberto Buzón Neira

Roberto Buzón Neira. Nace el 6 de diciembre de 1912, en el poblado de Saetía, Mayarí, antigua provincia de Oriente. Asiste a la escuela pública, donde recibe enseñanza primaria hasta el sexto grado, debiendo abandonarla a los once años de edad para dedicarse a trabajar impelido por las estrecheces económicas de su familia. Realiza modestos menesteres, como repartidor de cantinas, lustrador de calzado y despalillador de tabaco. Aprende el oficio de tabaquero y se entrega a las actividades en la lucha obrera, principalmente en el sector azucarero, como militante de la Liga Juvenil Comunista. Acude al llamado de auxilio a la República Española al ser atacada por el fascismo y regresa a Cuba en 1939, donde continúa su actividad política en las filas del Partido Comunista.


Había entusiasmo para la lucha y fe en la victoria

Cuando me incorporo a las Brigadas Internacionales, el 5 de febrero de 1938, ya estas habían escrito páginas gloriosas en la lucha contra el fascismo, como la heroica defensa de Madrid. ¡Cómo se levantaba la ya entonces legendaria figura de Pablo de la Torriente Brau y las de los combatientes cubanos caídos en las trincheras españolas! ¡Cómo fue España el épico batallar, el mensaje político, el destino incierto, ala y corazón del movimiento revolucionario de las amplias masas populares en el mundo entero!

Llegué a Francia junto con otros setenta y tres compañeros, ubicado en el grupo que tenía como responsable al compañero Manuel del Peso. Desembarcamos en el puerto de La Pallice, donde los emisarios del Partido Comunista Francés se encargaron de resolver los trámites de aduana y los problemas de cualquier índole que se nos presentaran. Desde aquel puerto salimos en ferrocarril hacia París. Me vi precisado a permanecer varios días en la capital francesa, a con-secuencia de haberme enfermado de un pie, lo que me impedía atravesar los Pirineos en la forma que lo hicieron los demás compañeros de viaje.

En la estación del metro parisino me encontré, ocasionalmente, con el compañero Nicolás Guillén. Aquel encuentro representó para mí todo un acontecimiento. Después de los saludos efusivos y los abrazos, conversamos. Guillén me atendió con una solicitud que agradeceré eternamente. Algunos días después, me presentó a otro escritor y periodista: Félix Pita Rodríguez. Ellos hicieron posible que mi estancia en París fuera, además de alegre y feliz, de gran utilidad, pues me orientaron e hicieron recomendaciones sobre mis futuras lecturas.

Recuerdo que el día en que, por fin, partí para España, ya bien entrado el mes de marzo, no lo hice a pie, ni a campo traviesa, sino en tren, nada menos que como periodista. No olvido que el compañero Félix Pita Rodríguez y otro compatriota residente en París, adquirieron un cargamento de cigarrillos, jabón, pasta dental, cepillos para dientes y otras chucherías, para que fuesen distribuidas entre mis compañeros de grupo, quienes por las razones explicadas habían salido para España primero que yo. Así, como corresponsal de la revista Mediodía, salí de Francia y penetré en territorio español.

Ya de noche, llegué a Port-Bou, donde me recibió un cama-- rada español que me presentó a las autoridades aduanales y me ayudó en las gestiones legales necesarias. Por ese tiempo los trenes prestaban servicio con bastante irregularidad y retraso en España. Como debía esperar algunas horas para marchar hacia Figueras, el compañero español me llevó a comer a una casa que tenía el Partido en Port-Bou.

En Figueras estuve dos o tres días. De allí pasé a Tarazona, pequeño pueblo donde estaban los cubanos. Los compañeros me recibieron con alegría, con cariño y con ese "choteo" para las cosas que nunca falta entre cubanos. Cuando abrí los paquetes de que era portador y empecé a repartir cigarrillos, cuchillas de afeitar, jabón... se formó tremendo "revuelo". Los camaradas me abrazaban, me pellizcaban... ¿Para qué seguir? En este lugar llevaban cerca de un mes. Hacía rato que estaban encuadrados militarmente, formando pelotones, secciones, compañías. Habían realizado ejercicios, marchas, y se sentían verdaderos soldados. A mi lado eran unos "aguerridos veteranos".

A mi llegada a aquel campo de entrenamiento, un sargento me invitó a pasar a una especie de oficina o carpeta, tomó mis datos personales y quedé inscripto como soldado del Ejército Regular Popular Español. Me fueron entregados ropa, zapatos, mantas y otros artículos más. A los cuatro días de encontrarme allí, se ordenó formar a la Compañía. Comenzó el trajín de las marchas, movilizaciones y traslados, efectuándose una gran concentración de tropas. Sobre una especie de entarimado, estaban muchos camaradas con insignias de jefe, comisario y oficiales. Uno de ellos tomó la palabra y nos expresó el saludo de la III Internacional Comunista, hablándonos sobre la naturaleza de la guerra española, la situación en los frentes, el acontecer internacional, que nos aseguraban la victoria. A todas esas afirmaciones, nosotros, los soldados, correspondíamos con vivas y aplausos.

En plena campaña militar en las montañas de Cataluña y Aragón, a pesar de algunas derrotas sufridas y de contrariedades que se avecinaban, había entusiasmo para la lucha y fe en la victoria. Desde los primeros días de caminatas y de vida a la intemperie, se afectó mi salud, y ello me produjo un debilitamiento general en el organismo.

El compañero Danilo Díaz Machado, me vio un día en esa situación y me llevó enseguida, a cuestas, donde el médico del Batallón para que este me viera. Me hizo un reconocimiento y dispuso que se me enviara a la retaguardia. Al amanecer, me subieron en un carro y me llevaron a un hospital en Benicasín, zona cercana, entre Valencia y Barcelona. Las noticias que se recibían en el hospital a través de los heridos que llegaban del frente, así como las publicadas por la prensa, me ponían al tanto de la real situación en que nos encontrábamos.

Al practicárseme el segundo reconocimiento médico, noté cierta indecisión en los facultativos en cuanto a si debían o no someterme a operación. Entonces, aproveché la oportunidad para decirles que ya me era posible caminar y que había mejorado bastante, que me reincorporaran a mi Brigada. En vista, por un lado, de la situación militar que afrontábamos, y por otro, que mi enfermedad podía ir pasando con ciertos paliativos, los médicos decidieron darme el alta, no sin antes recomendarme ciertos cuidados.

Partí inmediatamente para unirme a mi XV Brigada. Pensé que llevaría cinco o seis horas para dar con el Estado Mayor de la misma; sin embargo, necesité seis días para llegar a unidades pertenecientes a la XV Brigada, que había sufrido los efectos de la retirada de Aragón. Al ponerme en contacto con el Estado Mayor, se me orientó hacia mi Batallón, y allí, a lo que era mi Compañía.

El primer combatiente a quien vi, fue a mi antiguo jefe de grupo durante el viaje de Cuba a Francia: el compañero Manolo del Peso. ¡Con qué calor de hermano y de camarada nos abrazamos! Nuestras cabezas, ojos, nariz, oídos... todo estaba cubierto del polvo de los caminos. ¿En qué lugar nos encontramos el "gallego" del Peso y yo? Es un dato que no puedo precisar. Creo que fue en las inmediaciones de Cataluña y Aragón. Así, fueron apareciendo, poco a poco, más cubanos.

La retirada de Aragón fue un episodio terrible para la República. Correspondió a la 358 División, y con ella a su XV Brigada, una alta cuota de sacrificios que exigió la vida de muchos de sus miembros. Entre estos, el centenar de cubanos que integraban la 4 Compañía del 24 Batallón, no fue parco ni remiso a la hora de entregar su contribución, Muchos de nuestros compatriotas dejaron allí sus vidas y otros cayeron prisioneros. Para muchos de ellos, este era el primer combate en que participaban.

En ocasión de recorrer el camino desde el hospital de Benicasín al Estado Mayor de la Brigada, contemplaba a los combatientes cuyos pies sangraban. Heridos muchos de ellos, esperaban la llegada de un camión o de cualquier vehículo, que los trasladara a la retaguardia. Algunos vi en tan mal estado, que jamás podrán borrarse sus rostros de mi memoria. Legiones de soldados, en grupos diezmados y tambaleantes, que avanzaban en dirección contraria a la mía, reflejaban en sus rostros el horror de la contienda. Ellos iban hacia la retaguardia, yo hacia el Estado Mayor de la XV Brigada.

Con los soldados marchaban muchos civiles: mujeres, niños y ancianos, que constituían la interminable caravana de los evacuados. Estos sumaban cientos de miles en Cataluña, que reflejaban su estado de indefensión, de debilidad y de derrota, haciéndonos pensar profundamente en el destino de la causa del pueblo español. Pero, a pesar de la dureza de los días y la amargura de las derrotas sufridas, con la decepción que estas causan en el ánimo de los combatientes, se levantaba la palabra y el ejemplo del glorioso Partido Comunista de España, llamando nuevamente con insistencia a los combatientes a cerrar filas en el ejército, a observar la mayor disciplina, a cumplir las órdenes emanadas del Estado Mayor del Ejército, a fortalecer el prestigio y la autoridad del Gobierno del Frente Popular y de su Primer Ministro Juan Negrín. ¡Qué labor en aquellos momentos la de José Díaz y todo el Comité Central! ¡Con qué firmeza llamaba a todos los miembros del Partido, a todos los combatientes, a todos los españoles verdaderos a cerrar filas contra los alarmistas, contra los derrotistas, contra los espías y saboteadores! ¡Con qué cuidado, con qué tacto, trataba los problemas surgidos en las altas esferas del gobierno, con los demás partidos que constituían el Frente Popular! ¡Con qué claridad sabía el Partido Comunista de España, guiado por el inolvidable Pepe Díaz, sortear los escollos y encontrar el camino que llevara a las fuerzas republicanas a garantizar la unidad popular! ¡Con qué permanente entusiasmo levantaba el Partido la consigna: RESISTIR, RESISTIR, RESISTIR!

Protegido por el Segre y el Ebro, el Ejército se reagrupó. La mayor parte de los cubanos que quedamos con vida, estábamos en la 41 Compañía del 24" Batallón de la 154 Brigada. Éramos unos setenta y ocupábamos un sector de Mora del Ebro. Cuidábamos la orilla del río. Días después pasamos a la segunda o tercera línea. Me designaron para tomar un curso, organizado por el comisario político de la división, para formar un pequeño contingente y prepararlo para las funciones de comisario de compañía. Esta escuela de la División, si mal no recuerdo, estaba en Mont Blanc y las asignaturas que se impartían eran: Situación Política Interna, Estudio y Análisis de Formación del Gobierno del Frente Popular, algo de Historia del Movimiento Obrero Mundial, especialmente europeo. Todo esto por supuesto, a grandes rasgos y a la mayor "velocidad" posible.

Mientras participábamos en el cursillo formador de comisarios, cumplíamos distintas misiones que la dirección del mismo nos ordenaba, como las de impartir charlas en escuelas y en hospitales, explicando a los escolares, a los heridos y enfermos, sobre la marcha de la guerra y las tareas de recuperación que el Ejército iba realizando. Recuerdo un gran acto que se efectuó en el teatro del pueblo, desbordado de trabajadores.

Terminado el cursillo, el comisario de la XV Brigada me nombró Comisario de la 4 Compañía del 24 Batallón. En esas funciones estuve unos dos meses. Un día me llamó al Estado Mayor el Comisario de la Brigada, John Gates, comunista norteamericano, quien me confió el encargo de dirigirme a Barcelona y contactar allí con el compañero Salvador García Agüero, que integraba una comisión de intelectuales cubanos en actividades en favor de la República. Yo debía hacer llegar a Salvador una petición consistente en que, cuando él regresara a Cuba, planteara al Comité Nacional de Ayuda al Pueblo Español y a cuantas organizaciones estimara la dirección del Partido en Cuba y él personalmente, la conveniencia de que se enviara directamente a la 151 Brigada un lote de tabaco y cigarros cubanos.

Debo aclarar que nosotros conocíamos las colectas que se hacían en Cuba para ayudar al pueblo español, pero el ejército representaba un millón de hombres y los obreros en la retaguardia constituían otro gran contingente. De ahí que los envíos que llegaran sanos y salvos se diluían en aquella gran masa humana. Cuando llegué a Barcelona, ya García Agüero se había marchado.

La mañana en que nuestra compañía efectuó el cruce del río Ebro, el comisario Gates estaba en la orilla, acompañado por unos cuantos oficiales. Recuerdo que unos minutos antes de que mi pelotón subiera a la chalupa me acerqué a él, lo saludé como correspondía y le di, además, un fuerte abrazo, diciéndole unas palabras en que reafirmaba mi condición de soldado y combatiente internacionalista como un honor. Nos despedimos muy fraternalmente y subí con mi pelotón a la barcaza que nos esperaba.

En esta lucha merece mención especial el camarada Arnold Reed, combatiente norteamericano casado con una cubana. A este compañero le tocó sustituirme en el cargo de comisario de la 4 Compañía. Hablaba el español con bastante corrección y claridad. Era un buen compañero.

No recuerdo con exactitud el día que nuestra Brigada cruzó el Ebro. Han transcurrido más de cuarenta años de estos hechos y no puedo precisarlo bien. Pero lo cruzamos. No bien habíamos llegado a la orilla opuesta, se entabló un combate entre nuestro batallón y un avión de reconocimiento que nos ametrallaba. Echados en el suelo, ripostamos el ataque. Esto duró un buen rato, hasta que el avión desapareció. En nuestro sector no se produjo ninguna baja. Enseguida formamos y marchamos hacia adelante. Fue una marcha dura y larga, a pesar de lo cual pasamos alegres y felices por Mora la Nueva, Gandesa y otros pueblos tomados a los fascistas.

Miles de soldados, moros en su mayoría, oficiales fascistas españoles... todos desfilaban en dirección contraria a la nuestra. Ellos hacia Cataluña, como prisioneros. Nosotros hacia Aragón, como libertadores de nuestros hermanos cautivos. La moral de nuestra tropa y la disposición de luchar y vencer eran evidentes. Durante tres o cuatro días avanzamos. La resistencia fascista se acentuaba. Nuestro objetivo inmediato se había logrado: unos cuantos miles de prisioneros republicanos fueron rescatados de los fascistas. Tomamos un buen botín en armas y pertrechos. Algunos pueblos fueron liberados por nuestras tropas y, estratégicamente, se obligó al grueso del ejército enemigo que amenazaba dividir el territorio republicano, a que dedicase gran parte de sus fuerzas a atajar al Ejército del Ebro que amagaba seguir avanzando. Con ello se debilitó la ofensiva que los fascistas habían desencadenado entre Cataluña y Valencia.

Días después, en pleno campo de batalla, cayó mortalmente herido el querido compañero comisario Reed: en el territorio entre Aragón y Cataluña. Unos pocos metros me separaban de él cuando resultó herido. Informé al Estado Mayor del Batallón, situado bastante cerca del lugar. Cuando lo recogimos para colocarlo en la camilla, ya estaba muerto, Este combatiente cubano lo recuerda, a los cuarenta años de su caída, y, en estas líneas, inscribe el perpetuo homenaje a su memoria, por sus excelsas condiciones como jefe, camarada y amigo.

Algunos días después de la muerte de Arnold Reed, resultaron heridos muchos camaradas. A mediados de agosto, me tocó a mí en un brazo y fui trasladado a un hospital del pueblo de Garriga. Mientras me curaba las heridas —no resultaron graves—, ayudaba en el hospital a la distribución de la prensa entre los heridos y en la organización de la lectura política.

Posteriormente, el Mando y el Comisariado Político de la Brigada organizaron un acto, con el propósito de otorgar condecoraciones, ascensos y menciones a aquellos combatientes que se habían hecho acreedores a tales distinciones en la cruenta batalla del Ebro. Yo tuve el honor de ser promovido a Comisario Político de Compañía. En esos días fue acordada en la Liga de las Naciones la desmovilización de las Brigadas Internacionales y repatriación de todos los combatientes de las mismas. Había que contestar con hechos concretos a la campaña de los fascistas y desenmascarar a los gobiernos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Unos y otros hablaban del "peligro ruso", de la "intromisión" de la Unión Soviética en la guerra de España, del carácter "no español" del conflicto, tratando de justificar de ese modo su conducta solapada: Italia y Alemania pregonaban que la razón de su presencia allí estaba originada por la "intervención" de la URSS, en tanto Francia e Inglaterra lo hacían a través del Comité de No Intervención y Estados Unidos, con la Ley de Neutralidad. Con tales argumentos pretendían disfrazar el aislamiento y bloqueo a que sometían a la República Española, atribuyendo un carácter comunista al gobierno legítimo del Frente Popular.

Pese a todos los reveses y derrotas sufridos por la República y al hecho de tener su territorio dividido en dos partes, esta contaba aún en noviembre de 1938 con un ejército de más de un millón de hombres, con aceptable disciplina y con una experiencia de treinta meses de guerra, respaldado por el apoyo y la simpatía de la inmensa mayoría del pueblo español.

Nuestra desmovilización se realizó conjuntamente con un trabajo político interno. Actos de despedida en aldeas, en centros de trabajo, un multitudinario desfile por las calles de Barcelona y demostraciones por doquier de verdadera solidaridad internacional. Como una realidad cercana, planteábase en la mente de los compañeros la inmediata repatriación, en lo que había una mezcla de sentimientos contradictorios. Por un lado, la alegría del retorno a la patria; por otro, la tristeza de abandonar el suelo español.

En el campo de Ripoll se procedía al reagrupamiento de los combatientes cubanos, con vista a su repatriación. No obstante encontrarnos en ese proceso, el mando llamó a todos los comisarios políticos y oficiales, para exponerles condiciones de gravedad surgidas en los frentes de Cataluña ante el avance del ejército fascista. Nuevamente se nos convocaba para empuñar las armas y había que explicar a los combatientes, con la mayor claridad posible, la urgencia del retorno al combate.

Días después, lo que apreciamos en los caminos y carreteras, no eran las señales de una retirada táctica de fuerzas que tomarían nuevas posiciones para mantener la resistencia. ¡No! Ni siquiera era la retirada de un ejército con todo lo que. ello tiene de catastrófico. Lo que contemplamos fue un cuadro dantesco, apocalíptico. Era el éxodo de todo un pueblo que huía de la muerte, de la esclavitud, del fascismo. La avalancha de una humanidad en busca de la frontera del exilio, de lo que fuera, antes de caer en manos de los fascistas. Todo ello producía espanto y dolor. ¡Qué triste espectáculo ofrece un pueblo derrotado!

Pasados dos o tres días y sobrecargados de pequeñas e inmediatas tareas, llegamos a la frontera. Port-Bou de nuevo, pero ¡qué distinto a como lo habíamos visto un año atrás! Estuvimos un tiempo dentro del túnel internacional, entre Francia y España, que estaba repleto de gentes y envuelto en una densa oscuridad. La gendarmería francesa impedía la salida de este túnel.

¡Qué triste, qué débil papel, representó el gobierno francés con relación a la guerra de España! Pero, ¿por qué extrañarnos de esto, si, solo dos años después, este mismo gobierno claudicaría cobardemente ante el ejército nazi y entregaría a su propio pueblo a merced de las hordas de Hitler?

Pasamos a Francia. ¿Qué éramos nosotros cuando, por fin, traspasamos el túnel de Port-Bou? Por fuera, suciedad, mugre, cansancio; por dentro, hambre, sed, enfermedades, extenuación. Nos recibió la legión de senegaleses, tratándonos a punta de bayoneta. ,Solo dos palabras cobraron significado universal entre nosotros: "¡Alé, alé, reculé!" Con una composición musical, Julio Cueva retrató plenamente aquel episodio.

El gobierno francés nos trató como a prisioneros de guerra y nos internó en un campo de concentración, en la playa de Argelés-sur-Mer. Allí pasamos varias semanas, durante las cuales teníamos que formar largas "colas" para poder obtener un pedazo de pan. El viento arrastraba la arena de la playa, que se nos incrustaba en el rostro. El que tenía buena salud, se enfermaba, y el enfermo se agravaba. Este último fue mi caso. Con cartones, latones viejos y con las mantas, hicimos unas rudimentarias chabolas. Guiados por el instinto, o por afinidad personal, formamos grupos irregulares que constituían algo así como familias en una aldea.

En aquellas duras circunstancias, alcanzó una gran popularidad entre nosotros un compañero conocido por Malayo. Era un camarada de regocijantes ocurrencias. Hacía. como nadie el papel de gitano: lo mismo cambiaba una mula por dos libras de arroz, que un huevo por un pantalón. Se nos había unido en Ripoll, habiendo pasado la guerra en la zona de Madrid.

De Argelés-sur-Mer fuimos trasladados a otro campo de, concentración, en Gurs, donde los franceses nos habían preparado unas larguisimas barracas, construidas en forma de caballete, que tendrían unos 4,25 metros de ancho por 25 de largo, con capacidad para alojar a unos cien hombres. En esta situación permanecimos hasta que llegó el momento de retornar a la patria. Esto sucedió, creo, a fines de enero o principios de febrero.

Mientras, la República resistía en Madrid el ataque fascista, vigilaba y actuaba frente a la amenaza constante de la "quinta columna", que asomaba la cabeza, estimulada por la difícil situación militar que afrontaban los efectivos leales. Pocos días después de encontrarnos en el campo de Gurs, se corrió una especie de referéndum o plebiscito, por el cual se consultaba a la masa de refugiados si estaban dispuestos a volver nuevamente a territorio republicano español. La mayoría de los concentrados votó a favor del regreso a la España Republicana para seguir luchando con las armas por la causa que nos había llevado allí.

Esperábamos, confiados, una reacción favorable de las fuerzas antifascistas del mundo, especialmente de Europa. Mas, no sucedió así. Nuestro regreso a España no pudo ser llevado a cabo. En tanto, el pueblo cubano, en laboriosa e inteligente lucha, había logrado sentidas demandas políticas, entre ellas la repatriación de los cubanos que estábamos en el campo de concentración de Gurs, que abandonamos en mayo de 1939.

A bordo del vapor "Orduña" hicimos el viaje de regreso a Cuba. En plena navegación, el Partido Comunista de Cuba organizó una velada solemne el 19 de mayo de 1939, en conmemoración del XLIV Aniversario de la caída de nuestro José Martí en Dos Ríos. Me cupo el honor de ser responsabilizado para hacer el panegírico del héroe, en el que hube de establecer el paralelismo entre Franco y Weyler, entre Torriente Brau y Miró Argenter, entre el Ejército Popular Español y las fuerzas mambisas, entre la lucha del pueblo cubano por su independencia en el 95 y la lucha del pueblo español contra el fascismo del 36 al 39, así como enfocar la actitud de Estados Unidos en ambas circunstancias históricas, en las que, aunque distantes y distintas, desempeñó el mismo papel: recogedor de frutos propiciados por el sacrificio ajeno.

Llegamos a La Habana a finales de mayo de 1939. Fuimos recibidos por una crecida multitud.

Eladio Vinicio Cabrera Ruesga

Eladio Vinicio Cabrera Ruesga. Nace en la ciudad de Guantánamo, antigua provincia de Oriente, el 25 de enero de 1915, en el seno de una familia proletaria. Recibe instrucción primaria en la escuela pública y muy joven aprende el oficio de mecánico-chofer el que desempeñaba en Palma Soriano al estallar la guerra antifascista en España, para donde se marcha en defensa de la República en septiembre de 1937. Terminada la contienda, regresa a Cuba en mayo de 1939.


Tomé parte en la ofensiva del Ebro

Cuando fue atacada la República Española por los generales traidores, me encontraba residiendo en Palma Soriano. Como antifascista, pensé enseguida en unirme a los defensores del gobierno leal. El campesino español Manuel Huerta, que poseía una finca cafetalera en Yateras, decidió venderla y marchar a combatir junto al Frente Popular, sufragando los gastos de pasaje a ocho voluntarios antifascistas más. Este compañero cayó prisionero en plena lucha y fue fusilado por los fascistas. Mi hermana realizó gestiones cerca del Consulado español en Santiago de Cuba y logró obtener un pasaporte a mi nombre, en que figuraba como ciudadano español.

Salí de Palma Soriano con el compañero Carlos Arias de la Rosa. Pocos días después zarpamos del puerto de La Habana rumbo a Francia con otros compañeros, entre los que recuerdo a Federico Chao y dos españoles. Desembarqué en el puerto francés de La Pallice, desde donde me trasladé a París y de allí a España, en tren, a través de los Pirineos.

Al llegar a Cervera, territorio español, tuve la primera impresión de la guerra, pues la aviación fascista bombardeó la estación de ferrocarril. Luego continué hacia Barcelona y Valencia, hasta llegar a Albacete, donde me incorporé a las Brigadas Internacionales.

Recibí entrenamiento durante un mes en Tarazona de la Mancha, ubicado en la Cuarta Compañía, Segundo Batallón de Instrucción, XV Brigada, y terminada la instrucción se me destinó a Mondéjar, provincia de Madrid, donde mi inexperiencia me hizo caer en un error que pudo tener graves consecuencias: la insubordinación a un sargento norteamericano.

Nos encontrábamos en formación durante la ceremonia de izar la bandera; pero el intenso frío reinante me hizo introducir, de manera instintiva, las manos en los bolsillos, por lo que fui reprendido por el sargento en forma que consideré descompuesta. Nos fuimos a las manos e intervinieron varios compañeros cubanos para cortar el incidente.

Indudablemente, había incurrido en una grave falta por mi carencia de madurez. Hubo el propósito, muy natural en aquellas circunstancias, de someterme a procedimiento militar con la formación de la causa correspondiente; pero la intervención del valioso camarada, capitán Luis Díaz Soto, médico cubano, logró que la sanción se limitara a trasladarme a otra unidad.

Pasé entonces a prestar servicio en el 24 Batallón, cuyo jefe era el valiente compañero Daniel Martín Labrandero, que algunos años después cayera en las faldas del Castillo del Príncipe, abatido a balazos por los esbirros de Batista.

Más tarde formé parte de una compañía especial de ametralladoras, del Estado Mayor, en Tarancón, y de allí pasé al frente de Aragón. Ante la escasez de chóferes, me destinaron al taller móvil. Estuve en un pequeño pueblo, cerca de Alcañiz, partiendo desde allí a la toma de Teruel.

Al evacuar el frente de Aragón, me trasladé a Alcover, en Cataluña. Tomé parte en la ofensiva del Ebro, y al cruzar el río por Mora del Ebro bajo un intenso bombardeo de la aviación fascista sobre nuestros pontones, un camión que marchaba delante del que yo manejaba, cayó al río, sin que el mío tuviera novedad alguna.

Cuando se decidió la retirada de los voluntarios de las Brigadas Internacionales, por el "enjuague" de las falsas democracias y el fascismo, fuimos llevados para un pueblo cerca de la frontera franco-española, donde comenzamos a sufrir las inconsecuencias de las autoridades dependientes del gobierno francés de aquella época.

Entre los varios incidentes escenificados, fui protagonista de uno, provocado por un diputado francés que se expresó en forma despectiva hacia la República Española, llegando yo a apelar a la pistola para castigar su osadía. La intervención de distintas personas evitó un penoso desenlace.

Después, internado en el campo de concentración en territorio de Francia, sufrí las tristes alternativas que los demás compañeros internacionalistas cubanos y de otras nacionalidades retirados de los frentes de combate. En 1939 regresé a Cuba.

Pelayo Cordero Nicot, Sergio Nicols

Pelayo Cordero Nicot, Sergio Nicols. Nace en Baracoa, antigua provincia de Oriente, en 1908; en el seno de una familia trabajadora. Al ocurrir el levantamiento fascista se encontraba residiendo en Madrid y militaba en el Partido Comunista de España. Al regresar a Cuba en 1945, comienza a trabajar en la radioemisora "Mil Diez" con el seudónimo de Sergio Nicols, por el que se le conoce en los medios artísticos y periodísticos. Al ser asaltada y clausurada la citada emisora pasa a colaborar en el Comité Central del PSP, y de allí al periódico Noticias de Hoy, y después de la claura de este, trabaja en la revista última Hora. Más tarde pasa a colaborar en la fundación y desarrollo de la sociedad "Nuestro Tiempo". Por combatir la dictadura batistiana es detenido dos veces y fichado como comunista. Después del triunfo de la Revolución desempeñó varios cargos administrativos y artísticos en el ICRT.


Caí preso y fui condenado a la pena de muerte

A los diecinueve años de edad, residía en Baracoa, mi pueblo natal. Mi padre y un tío residente en España, acordaron que fuese a Madrid, donde podría cultivar mi afición por el teatro lírico. Realizado el viaje, matriculo canto, música, declamación y literatura dramática en el conservatorio de la capital hispana, y hago también mi ingreso en la Federación de Estudiantes Hispanoamericanos, en el seno de la cual estrecho relaciones con estudiantes exiliados, perseguidos por gobiernos reaccionarios de la América Latina, entre ellos el de Machado en Cuba. Estos contactos impresionan mi conciencia política y social, y definen mi posición en el marco de la ideología marxista-leninista.

Comienzo a participar en actividades políticas junto a los jóvenes comunistas en cuyo Partido se me da ingreso poco tiempo antes de la sublevación de los militares reaccionarios el 18 de julio de 1936. Empeñada la guerra de liberación nacional, quedo ubicado en el Radio Oeste del Partido Comunista de España, situado en un viejo convento de la calle San Bernardo. Con un grupo de jóvenes, participo en la fortificación y defensa de Madrid en la parte conocida por Cuesta de la Vega, que era duramente castigada por, la artillería y la aviación franquistas.

Estabilizado este frente, se me envió a un Seminario sobre táctica y estrategia de lucha en frentes urbanos. Finalizado este Seminario, el Comité del Radio Oeste me sitúa como adjunto al Jefe de la 464 División, a la que me incorporé con el grado de Comisario de Compañía, más tarde de Batallón. Con esta División participo en las operaciones de los Altos de Celada, donde perdiera la vida el compañero Policarpo Candón, cubano, Jefe de una Brigada Mixta de dicha División, cuyos restos debo trasladar a Madrid, donde se le sepulta con los honores debidos a su rango de Comandante y su condición de luchador internacionalista.

Posteriormente, participo con la propia 464 División en las operaciones finales de Lérida y Teruel, así como en las del Ebro, zonas en las que las fuerzas republicanas realizaron grandes sacrificios con infortunados resultados, originados como es sabido, entre otros motivos, por el cerco imperialista que proporcionaba ventajas al franquismo en tanto perjudicaba a la República popular. A fines de 1938, el gobierno republicano acepta el acuerdo de retirada de los voluntarios extranjeros que acudieron a la lucha junto al pueblo español contra las fuerzas del falangismo y el nazi-fascismo. Soy desmovilizado, pero permanezco en España desarrollando actividades cerca del Jefe de la División 46, quien ha sido separado del frente de Cataluña y destinado al Ejército del Centro. Se me encarga, por el Partido Comunista de España, del traslado a esa región de un grupo de oficiales, clases y soldados procedentes de la 468 División. Esta operación, Barcelona-Valencia, fue realizada con grandes dificultades en un pequeño vapor carbonero abanderado griego. Entre los participantes de esta travesía, figuraba el compañero Pablo Porras Gener, escultor, que fue Jefe de una Brigada de la División 46.

Ya en Valencia, y en trámites para cumplimentar la orden asignada, se produce el derrumbe del frente de Cataluña. Permanezco constantemente con el ex Jefe de la 46 División. La desmoralización se palpa en todas las jefaturas de servicio de Valencia de las que tenemos que recibir ayuda y medios. Me contraría la actitud que adopta el ex Jefe de la 46 División, que se relaciona con jefes militares procedentes de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y otros elementos anarquistas. Discutimos y no acepto los planes que me sugiere. Ante la realidad de no poder llevar a cabo las instrucciones que tenía del Comité Central del Partido Comunista de España, recibidas en Barcelona, me separo del ex Jefe y regreso a Madrid donde me sorprende la traición de Casado y el momento en que esa ciudad, sin más lucha, es entregada al enemigo que durante tantos meses fue contenido por el arrojo y heroísmo de su pueblo (marzo-abril de 1939). El ex Jefe de la 46 División a que me he referido, es el teniente coronel Valentín González, El Campesino.

La representación diplomática cubana en Madrid, se niega a concederme asilo político —así estaba de minada por la reacción— y, pocos días después fui detenido por la policía franquista. Después de los pavorosos días que permanecí en una carbonera de los sótanos del Ministerio de Gobernación, fui procesado y trasladado a una de las cárceles de Madrid, que comenzaron a surgir como hongos en cualquier convento o escuela. En este caso fue la conocida por Torrijos. Durante dos años desfilé por otras cárceles, como la de la calle del Barco, 34; el Paseo del Cisne, 6; y la más famosa de todas, la de la calle General Porlier, de donde salí para ser juzgado con solicitud de pena capital, sentencia que algunas semanas más tarde fue conmutada por la de treinta años de prisión mayor.

Fue aquella una larga etapa de privaciones, malos tratos y vejaciones que tanto distinguieron a las malas castas nazis, fascistas y falangistas, no exentas de crueldad y sadismo las vísperas de fusilamientos —también se ejecutaba en garrote—, ensañándose con lo mejor de ese pueblo magnífico, primera víctima de los planes que llevaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial.

En el año 1943 fui trasladado a uno de los campos de trabajo de Madrid (Chamartín de la Rosa) y meses más tarde a la obra del Valle de los Caídos, en Cuelgamuros, Sierra del Guadarrama.

En Cuba, mi familia no había dejado de hacer gestiones para conseguir mi libertad, aparte de las campañas que hacían las organizaciones de izquierda y progresistas. En 1945 obtuve libertad condicional, sujeto a distintas trabas que voy venciendo con ayuda del entonces representante diplomático de Cuba en. Madrid, y por otra parte, con la de algunos camaradas del Partido Comunista de España (clandestino), con el que me mantuve ligado durante todos aquellos años en las prisiones y campos de trabajo. En 1945 estaba de regreso en Cuba.

Julio Cueva Díaz

Julio Cueva Díaz. Nace en Trinidad, antigua provincia de Las Villas, en 1896, en una familia humilde. Estudia música y, desde 1923 hasta 1928, desempeña la dirección de la banda municipal de su ciudad natal. Luego se dedica a la composición musical y es autor de piezas que alcanzan gran popularidad, como "Golpe de Bibijagua", "Marañón", "Tingo Talango" y otras. Al estallar la sublevación fascista se encuentra en España en su labor artística. En 1939 regresa a Cuba y continúa laborando políticamente en el Partido Comunista de Cuba. En 1973, recibe de manos del compañero Lázaro Peña la distinción nacional Primero de Mayo. Fallece en 1975.


De sesenta hombres que éramos en Teruel, solo quedamos quince

Llegué a España en 1936 y allí me desenvolví de manera satisfactoria en el ambiente madrileño. En aquel mismo año de mi arribo a tierra española, ocurrieron acontecimientos importantes en el terreno político en los cuales tuve participación directa, habiendo alcanzado el honor de que se me expidiera el carnet de militante del glorioso Partido Comunista de España.

Por esos días la reacción fascista española estaba alerta, y tan pronto se lanzaron encontraron al pueblo y al Partido enfrentándose a cuanto ataque desataron. Para siempre quedó grabada en mi memoria la epopeya que constituyó el heroico episodio de la toma del Cuartel de la Montaña, en el centro mismo de la Capital. Los fascistas simularon la intención de rendirse, pero cuando los defensores de la República avanzaron hacia el interior confiados en las señales de los ocupantes de la posición, estos lanzaron una granizada de plomo que segó la vida a un considerable número de valiosos compañeros.

Al principio yo pertenecía al Sector Oeste, que tenía su centro en la calle San Bernardo, donde actuaba como coordinador un compañero cubano nombrado Escamilla. Allí conocí al cubano Policarpo Candón, valiente camarada que era un ejemplar militante y que caería algún tiempo después luchando heroicamente contra el enemigo fascista tras haber escrito brillantes páginas como soldado del pueblo. También conocí al compatriota Pelayo Cordero Nicot, más conocido por Sergio Nicols, a quien me unieron estrechos vínculos de amistad y compañerismo. Después intimaría con otros paisanos que, como Andrés González Lanuza y Basilio Cueria, pondrían muy alto el nombre de nuestra patria, peleando bravamente en las trincheras españolas contra la bestia fascista.

En los días a que me refiero, yo actuaba bajo las orientaciones directas del Partido, que me destinó en unión de otros compañeros del sector para proceder a la recaudación de dinero con destino a cubrir las necesidades de la movilización. Mis acompañantes portaban unas huchas que eran colocadas en una de las más concurridas esquinas de la Gran Vía. Allí permanecía de pie desde las seis de la mañana hasta el anochecer, haciendo escuchar, tocada en el cornetín, La Diana Mambisa Cubana, a la vez que hacía llamadas con dicho instrumento musical.

Arengaba a los transeúntes, dirigiéndoles frases como esta: "Oiga, compañero, ese abrigo que lleva usted puesto donde hace falta es en la Sierra del Guadarrama, para que se abriguen los compañeros que se encuentran peleando por nuestra República." Algunos se despojaban de sus abrigos para donarlos. Otros entregaban algunas monedas.

Consciente de mi deber internacionalista, hube de incorporarme a la Décima Brigada de Choque al organizarse esta bajo el mando del camarada Policarpo Candón. Fue entonces que conocí al gran luchador antimperialista y brillante escritor Pablo de la Torriente Brau. No pasaría mucho tiempo sin que experimentara la inmensa pena de acompañar sus restos hasta el cementerio, cuando cayó, heroicamente, frente al enemigo en el campo de batalla de Majadahonda.

Por el Estado Mayor del Ejército Republicano fui nombrado director de la banda de música de la 46 División con el grado de Capitán. Se me mantuvo frente a esta responsabilidad durante los tres años que duró la guerra contra el fascismo. Fue esta banda de la 46 División la que rindió póstumos honores a los bravos cubanos caídos en la pelea: el Comisario Pablo de la Torriente Brau y el comandante Policarpo Candón Guillén.

Una de las actuaciones de aquella banda de música que recuerdo con mayor satisfacción, es la que se efectuó en el recibimiento de los delegados cubanos que asistieron al Segundo Congreso Mundial de Escritores, quienes visitaron nuestro cuartel en Alcalá de Henares, que ostentaba el nombre glorioso de Pablo de la Torriente Brau. En tal oportunidad confraternizamos con viejos luchadores por todos muy queridos, como Juan Marinello y Nicolás Guillén.

Otra de las inolvidables actuaciones de esta banda, aunque de doloroso recuerdo, la constituye su traslado para la zona de Cataluña al prepararse la operación del paso del Ebro. Estuvimos en varios lugares de la región y, para que se tenga una idea de la magnitud de aquel sacrificio, baste decir que de sesenta hombres que éramos en Teruel solo quedamos quince.

El Estado Mayor ordenó la reorganización de la banda, a cuya tarea me consagré en Hospitalet. Luego nos trasladamos del pueblo costeño de Ametlla del Mar, cerca de Tortosa, para Mora del Ebro, cruzando dicho río en barcazas, para tocar a los combatientes en la retaguardia del frente. A cada momento nos veíamos precisados a replegarnos, ya que la aviación franquista nos visitaba a menudo para lanzarnos sus mensajes de muerte.

Al frente de la banda de la 46 División estuve hasta finalizar el ario 1939 en que, por orden del Gobierno de la República fueron desmovilizados todos los extranjeros que se batían contra el fascismo en tierra española. Al trasladarnos de Madrid a Teruel, que representó una amarga odisea dentro del cerco en que estábamos, nos mantuvimos tres días alimentándonos con ajo frito, pan y vino. En las casas abandonadas por sus moradores, había ristras de ajos colgadas en las ventanas. Encontramos un aljibe rebosante de vino con el cual proveíamos nuestras cantimploras.

Una noche, con nuestro Batallón Divisionario al frente, nos lanzamos al río Turla por orden del Estado Mayor, para salir a la margen derecha. Mientras realizábamos esta operación, escuchábamos el tableteo de las ametralladoras y la voz del enemigo que nos gritaba en nuestro precipitado paso a través del río: "¡No corran rojillos que están copados! ¡A los oficiales los eliminamos a todos! ¡A los Soldados los perdonamos! ¿Oyeron bien eso?" "¡Fachas, más que fachas! ¡Hijos de...!", les gritábamos.

Como tantos y tantos internacionalistas más, que luchamos en España, pasé a Francia, donde estuve internado setenta y ocho días en el campo de concentración de Argelés-sur-Mer. Mi compañera también estaba internada en otro campo, pues al cruzar la frontera por Port-Bou-Cerbére, ella fue destinada a una granja en el departamento de Nieve. Así estuvimos algún tiempo sin saber el uno del otro, hasta que recibí carta de una funcionaria de la Embajada de Cuba en París, Flora Díaz Parrado, informándome que yo estaba en lista para regresar a Cuba en unión de mi compañera. Así pude saber que vivía, porque no recibía carta de ella. Luego supe que me escribía, pero estos hijos de... Daladier y Chamberlain, no me entregaban las cartas de mi compañera.

Un día, la funcionaria del servicio exterior cubano visitó el campo de concentración en su condición de diplomática, y, en conversación con los compañeros, se interesó por mí. Los compañeros comenzaron a llamarme, gritando a todo pecho: "¡Julio, te llaman!", pues yo me encontraba bastante distante del lugar en que estaba la funcionaria visitante. Me dirigí a ella y me dijo: "Usted va a recibir carta de su señora. Ella le escribía a esta dirección, pero los funcionarios de aquí no le entregaban las cartas..." Así tuve en mi poder ocho cartas juntas de mi pobre compañera días después de marcharse la funcionaria del campo de concentración.

En una "fiesta" que organizó el Partido en el campo de concentración, se me sugirió la composición de algo relativo a la ocasión. Preparé un número musical que fue coreado por todos los presentes. Aún vive uno de los compañeros que me secundó eficazmente en dicha presentación y que era conocido por Malayo, quien trabaja actualmente en el estadio Latinoa-mericano, en Ciudad de La Habana. Este compañero, a pesar de lo terrible de la permanencia en aquella cautividad, mantenía un espíritu jovial y siempre tenía a flor de labio algún ingenioso chiste cubano, haciéndonos evadir por algunos momentos de la dolorosa realidad en que vivíamos.

Al número musical compuesto, puse el título de "Alé, alé, reculé", y la letra del mismo envolvía una crítica al trata-miento inhumano de las autoridades francesas, que padecimos desde que traspasamos la frontera franco-española hasta la permanencia en el horrible campo de concentración. Las frases del título corresponden a las exclamaciones de los soldados senegaleses al servicio de Francia, quienes nos custodiaban observando una conducta brutal.

En aquel campo dormíamos en chabolas, construidas a base de dos mantas para cubrirse, unidas por una cuerda y atadas a pequeñas estacas provenientes de los viñedos cercanos, que eran clavadas en el suelo. Estas "viviendas" tenían diferentes nombres que les daban sus inquilinos, todos cubanos y que estábamos en el campo número 10, al que eran destinados todos los extranjeros que procedían de las fuerzas defensoras de la República Española: alemanes, franceses, italianos, soviéticos y de otras nacionalidades. Los nombres de las chabolas eran: "El Cañonazo", "La Perrera", "Tiscornia", "Los Gitanos", "Los más revoltosos", "Los Católicos", "Los Camuflados", "Los del Palacio" y "La Escuela". Por todas hacían un total de nueve chabolas de cubanos.

Una tarde se escuchó en el campo: "¡Julio Cueva, con sus maletas! ¡Preséntese en la dirección!" Eso significaba que me encontraba en lista para embarcar hacia Cuba. Dentro de la alegría producida por tan halagüeña perspectiva, tuve la preocupación de si también mi esposa sería llamada. Además, pensaba con gran pesar en todos aquellos compañeros en espera de su liberación, mientras Hitler aceleraba la posibilidad de una guerra mundial. ¡Qué triste odisea! Primero, el recuerdo de los buenos camaradas que vi caer para siempre delante de mí, como en Teruel; después, emprender el camino de regreso a la patria dejando en tan desesperadas condiciones a mis queridos hermanos de lucha.

Al fin, desde el puerto francés de La Pallice, salimos diez compañeros a bordo del vapor inglés "órbita" rumbo a La Habana, a donde llegamos el 6 de mayo de 1939.

Con la alegría de verme nuevamente en la patria amada, presa de fuerte emoción, divisé desde la cubierta del buque a los seres queridos que esperaban en el muelle: mi anciana madre y mi querida hermana, anhelantes de abrazarme, así como otros familiares. También veía a los leales camaradas del Partido Comunista y algunos amigos músicos. No pude contener mi emoción y regresé al camarote, tomé la trompeta y, mientras el buque se acercaba al muelle, lancé al aire las notas viriles de nuestro Himno Nacional y después las de nuestra gloriosa Internacional. Desde el buque contemplé entonces cómo la multitud se erguía con firmeza y algunos militares tomaban la posición de atención al escuchar el toque de mi instrumento.

Ya desembarcados, tomamos por el Paseo del Prado hasta Reina, para continuar hasta el local del Partido Comunista en la Avenida de Carlos III. Al día siguiente de nuestra llegada, me llamó nuestro mil veces maestro, camarada Blas Roca, y me dijo: "¿Ya leíste el Diario de la Marina de hoy?" Cuando contesté negativamente, me extendió un ejemplar, agregando: "Mira lo que dice sobre la llegada de ustedes ayer..." Me movió a risas lo que aparecía en el órgano de la reacción. Este se quejaba, apenado de la ignorancia de los militares cubanos, que no sabían distinguir el Himno Nacional del "otro himno de los comunistas", ya que se mostraron respetuosos ante la ejecución de ambos.

Federico Chao Rodríguez

Federico Chao Rodríguez. De procedencia obrera, nace en La Habana, el 15 de marzo de 1910. Cursa la primera enseñanza en la es-cuela pública, hasta alcanzar octavo grado. A los trece años de edad, comienza a trabajar como aprendiz en una herrería. Después aprende también el oficio de barbero, que ejerce en forma ambulante. Atraído por el movimiento revolucionario contra la tiranía macha-dista, comienza sus actividades políticas e ingresa en 1932 en el Par-tido Comunista de Cuba. En 1937 marcha hacia España para incorporarse a las Brigadas Internacionales. Regresa a Cuba en 1939, para reintegrarse a las actividades partidistas.


Di un paso al frente

En los primeros días del mes de septiembre de 1937, partimos rumbo a España, a bordo del vapor "Orduña", de bandera inglesa, y desembarcamos en el puerto de La Pallice, en el sur de Francia. Al día siguiente de pisar tierra francesa, cruzamos en un tren la frontera franco-española.

Permanecimos algunas horas en Barcelona y luego nos trasladamos a la ciudad de Valencia, donde saludamos al compañero Juan Marinello, a quien ofrecimos un informe sobre la situación en nuestra patria.

De Valencia partimos hacia Albacete, lugar en que radicaba el Estado Mayor de las Brigadas Internacionales. Allí que-damos integrados, de modo formal, en las fuerzas combatientes y nos fue suministrado el normal avituallamiento como militares de la República. Fuimos situados en la 11 Brigada, en el Batallón Thaelmann, que se encontraba instalado en Madrigueras.

Pocos días después de habernos iniciado en la vida de campamento, el mando del mismo solicitó voluntarios para combatir en el frente de Teruel. Di un paso al frente y me incorporé a la Sección de Ametralladoras para marchar al nuevo destino. Las armas de dicha sección eran las ametralladoras Oerlikon, antiaéreas, implemento bélico muy costoso, que exigía gran cuidado en su conservación. Ocupé el puesto asignado en las baterías 12 y 17, francesa y checoslovaca, respectivamente.

Durante más de cincuenta días con sus noches, combatimos en las inmediaciones de Teruel, bajo una temperatura que fluctuaba entre los diez y los veinte grados bajo cero. En horas de la mañana del 17 de febrero de 1938, entramos en la aldea de Villalba la Baja, sector del frente de Teruel.

Recuerdo que a las doce horas diez minutos del mencionado día, comenzó a dar saltos la camioneta en que viajaba junto a un grupo de compañeros. Los aviones fascistas estaban bombardeando. Me lancé a la cuneta, advirtiendo a los pocos segundos que había sufrido una herida en la pierna izquierda. Con grandes dificultades, logré hacerme un torniquete, en tanto arreciaba el vendaval de proyectiles arrojados por la aviación enemiga. Surcaba y enrarecía el aire que se respiraba, junto a la metralla, el barro, los cascotes, el humo... en fin toda la secuela propia en el estallido de bombas demoledoras.

Cuando cesó el bombardeo, fui auxiliado por mis compañeros, que me condujeron al campamento. Junto con otros heridos, me evacuaron en un tren hospital llegado al amanecer, hacia Castellón de la Plana, en un viaje de un día de duración y en el curso del cual nuestro convoy fue hostigado por bombardeos cuya consecuencia fue que casi la mitad del tren fuese quedando en el camino, convertida en un amasijo de hierro y carne humana a la orilla de la vía. Los que quedamos con vida llegamos al hospital de Castellón hambrientos y maltrechos.

Se me ocurrió un día preguntar al enfermero que me atendía, si alguna vez había sido bombardeado el hospital. Permaneció silencioso ante mi interrogación. Iba yo a continuar indagando sobre el asunto cuando, repentinamente, cayó una bomba en el ala izquierda del hospital, formándose un terrible revuelo en aquella sala. Parecía una escena de demencia la que presentaban los heridos imposibilitados para caminar. Una puerta que daba a la escalera y que conducía al sótano, en donde se encontraban los refugios, fue obstruida por un verdadero embotellamiento provocado por la avalancha humana que se precipitaba hacia ella. En pocos segundos la sala quedó casi vacía, permaneciendo solamente en ella los que estábamos impedidos de levantarnos de nuestros lechos por el carácter de nuestras heridas.

Recuerdo que en aquellos instantes de pánico y desesperación, ocurrió un caso con ribetes de comicidad, del que fue protagonista principal un herido con el brazo fracturado, que tenía puesto el aparato terapéutico de metal conocido por "aeroplano". Este paciente acostumbraba a correr cuando visitaba las distintas salas. Al desatarse el bombardeo ese día, corrió presuroso hacia la puerta de salida y, en el umbral de la misma, apresó inopinadamente por el cuello, con una parte del aparato que tenía en el brazo lesionado, a otro compañero que trataba de ganar la salida, quien al verse retenido y en el paroxismo de la desesperación, gritaba: "¡Jodé... suéltame!" Hasta que, finalmente, ambos fueron a engrosar aquella multitud que huía despavorida.

Ese fue el primer día en que la aviación fascista bombardeó el hospital. A partir de entonces, cada vez que sonaba la alarma, era de verse cómo se ponía aquello. Deprimía la sensación de soledad e impotencia que experimentábamos al vernos inermes, a merced de la barbarie genocida. Era desesperante contemplar cómo morían compañeros operados del cráneo y del vientre, que no podían moverse y se tiraban de la cama para expirar a los pocos pasos. Terrible espectáculo ofrecían la angustia y los gritos de quienes perdían la ecuanimidad, tomando actitudes rayanas con la locura. Los cristales volaban y los tabiques caían unos tras otros. Era aterrador verse inmóvil sobre una cama que "caminaba" impulsada por la trepidación de las explosiones... Todo aquello proporcionaba un cuadro horrible, indescriptible.

Cuando ya hacía dos meses que me hallaba en el hospital de Castellón de la Plana, cayeron un día numerosas bombas de gran poder destructivo, al punto que la fuerza expansiva de sus explosiones arrancó de cuajo todas las divisiones del edificio y provocó el hundimiento de la mayoría de los techos. En tal ocasión pereció más de la mitad de los hospitalizados; fueron dos horas de "pasadas" de aviación las que sufrimos, cubiertos por los escombros y en medio de la soledad, con nuestras heridas y nuestros dolores.

En medio de aquellas desoladoras escenas, se producían gestos edificantes de relevante calidad humana. Viene a mi memoria la conducta, sencilla y heroica, de un herido español que se encontraba en condiciones que le permitían acogerse al refugio y, sin embargo, permaneció impasible junto a nosotros, alentando nuestro espíritu y levantando nuestra moral. "Camaradas —nos decía— no os desesperéis; ya se marcharán esos hijos de p..." Era este camarada inolvidable, el joven antifascista aragonés Ángel Marín, de Zaragoza.

Terminado el bombardeo, se procedió a la urgente evacuación del hospital. Los sobrevivientes, en considerable número, éramos conducidos en camillas hasta la estación de ferrocarril, bajo el cuidado de camilleros, enfermeras y médicos que, estoicamente, sufrieron junto a nosotros la desolación de aquel terrible día. Profunda conmoción producía la conducta de esos compañeros que se esforzaban en fortalecer el ánimo de los heridos, cuando ellos mismos apenas podían retener las lágrimas.

Al llegar el tren a la estación, llegaron también los aviones fascistas. El maquinista apremiaba a gritos a los camilleros: "¡Apuraos, que de Barcelona ya no hay quien pase para este lado! ¡Acaban de cortar las comunicaciones los fascistas! ¡Nosotros hemos pasado bajo el fuego!" Fue cuando pude observar que el tren semejaba una criba. Estaba casi todo perforado por los proyectiles.

Nos subieron a los vagones bajo el incesante bombardeo y nos trasladaron para el hospital del pueblo de Gandía, en Valencia, donde también seríamos objeto de la trágica "visita" de las máquinas 'fascistas. De Valencia pasamos al Hospital Base de Alcoy, Alicante. Era este establecimiento benéfico una verdadera joya desde el punto de vista arquitectónico y técnico, dirigido por el profesor de osteología Don Manuel Bastos, auxiliado por su compañera e hijo, que también eran médicos. Tampoco respetarían las bombas fascistas este hospital, que quedó destruido por los ataques de la aviación.

Para salir del bolsón del centro con dirección a Barcelona, hubimos de desafiar la furia de la armada nazi-fascista en el Mare Nostrum, coincidiendo con la evacuación de dicha ciudad. Hasta nuestra llegada a Gerona, sufrimos durante tres interminables días los rigores de la intemperie, sin abrigo, sin alimentos, sin asistencia médica, en la zona de los Pirineos, en el mes de febrero.

En esas condiciones llegamos a la frontera franco-española, llenos de piojos, con mucha hambre y más frío. Así, empezó nuestra "vida de gitanos" cuyas vicisitudes registrara en uno de sus cantos el querido e inolvidable camarada Julio Cueva.

Ya en territorio francés, fui internado en el campo de concentración de Perigueux, donde permanecí hasta mi regreso a Cuba en 1939.

Isidro Díaz Gener, Isidro Delgado

Isidro Díaz Gener, Isidro Delgado. Nace en La Habana, el 8 de enero de 1914, en una familia proletaria. Cursa la primera enseñanza hasta el tercer grado, que abandona ante la necesidad de tener que trabajar para ayudar a su familia. Su vocación pugilística lo lleva a hacerse boxeador profesional y, con el nombre de "Isidro Delgado" es conocido en el mundo deportivo. Viaja por Argentina, Portugal, Francia y España, donde se encuentra al sublevarse los fascistas en 1936. Terminada la contienda, regresa a Cuba en 1939, habiendo trabajado en el Departamento de Giro Postal de la Intendencia General de la República, cargo que abandonó al ocurrir el golpe militar del 10 de marzo de 1952. Al triunfar la Revolución, se integra a las Milicias Nacionales Revolucionarias y toma parte en las operaciones de Playa Girón. Posteriormente presta servicios en la Policía Nacional Revolucionaria.


Cambié los combates del ring de boxeo por los del campo de batalla

Situé mi residencia en Barcelona, España, en el ario 1935, en que contraje matrimonio con una española. Allí me encontraba cuando se sublevaron contra la República los mi-litares reaccionarios, en julio de 1936.

Con vista a recaudar fondos para las necesidades del frente de lucha contra los fascistas, efectué exhibiciones boxísticas en un recorrido por varias provincias españolas. En idéntica misión, actuaba como "torero" y bailarín de fandango en Barcelona, Valencia, Zaragoza y Madrid. Ello me valió que me dieran el cariñoso sobrenombre de Fandanguillo.

Desde el estallido de la guerra me uní a las fuerzas republicanas, primero, formando en las filas de las Milicias Antifascistas, en Barcelona, y más tarde como miembro del Ejército Popular Republicano, adscrito a la columna "Luis Companys". Combatí en Alcañiz, Montalbán, Martín del Río, Belchite, Teruel y el Ebro. O sea, cambié los combates del ring de boxeo por los del campo de batalla. Indudablemente, estos eran más espectaculares.

Actué como teniente de una sección de ametralladoras y desempeñé el cargo de Jefe de Intendencia en Martín del Río. Tomé parte en la ofensiva del Ebro y recibí una herida en una pierna durante el cruce del mismo. Como resultado de esa lesión quedó interrumpida mi carrera boxística, ya que me impidió continuar como "solista" en el ring de boxeo, pasando entonces a practicar otros aspectos de ese deporte, como entrenador y masajista.

Cuando se inició la retirada de los voluntarios internacionalistas, por decisión oficial, crucé la frontera con destino a Francia, donde, como a millares ,de emigrados republicanos, se me internó en el campo de concentración de Argelés-sur-Mer y más tarde en el de Gurs, ambos en territorio francés. En el mes de mayo de 1939, regresé a Cuba.

Santos Ladislao Domínguez Morales

Santos Ladislao Domínguez Morales. Nace en La Habana, en 1918, de familia obrera. Es trabajador del sector de la construcción y se ini-cia en los trabajos revolucionarios desde las filas de Joven Cuba. En 1937 sale para España para tomar parte en la guerra contra el fascismo, Regresa a Cuba, como inválido, en 1938. Ya en Cuba, trabaja en la organización del Partido en los municipios de Santiago de las Vegas y Managua, así como realiza actividades políticas de carácter clandestino.


Hubo días en que bombardearon hasta dieciocho veces.

Movido por una causa justa y proletaria, por la que siempre luché, hice contacto en Cuba con varios militantes del Partido Comunista, quienes me participaron que estaban reclutando compañeros voluntarios para enviarlos a España, en defensa del gobierno de la República, atacado por el fascismo.

Algunos días después fui avisado e informado sobre la salida, al igual que otros compañeros. El 7 de julio de 1937, salimos del puerto de La Habana, con destino a España. Después de varios días de navegación, llegamos al puerto francés de Saint Nazaire, desde donde se nos condujo a París, ciudad en la que permanecimos un corto tiempo y donde disfrutamos de un asueto concedido, visité la Exposición Internacional y recorrí los bulevares.

Desde la capital francesa, salimos para Lyon. Luego atravesamos a pie los Pirineos, en una marcha de cerca de treinta y siete horas, con sus respectivos descansos, hasta llegar a un pueblo español llamado Siete Casas. De allí fuimos conducidos al cuartel de Figueras, partiendo más tarde para un lugar nombrado Rebas, en la provincia de Valencia, donde existía una base de fuerzas blindadas.

Antes de marchar hacia España, yo había sido militar y prestado servicio en el cuerpo de aviación y, con ese antecedente, presenté un escrito en solicitud de ser destinado a la misma arma en las fuerzas republicanas. Por circunstancia que desconozco, no fue concedida mi petición. Quedé incorporado a las tropas blindadas, en virtud de que fui considerado técnico en distintos tipos de armamentos, incluso había recibido un curso de tanques. Así, marché al frente de Brunete.

En aquel frente me encontré con el compañero Pedro Alfaro Suárez, oficial tanquista, librando juntos nuestra primera batalla contra los fascistas. Terminada la ofensiva de Brunete y Belchite, fui llamado al Primer Batallón, con siete unidades al mando, para marchar sobre el frente de Somosierra, en Guadarrama. En ese frente efectuamos distintas operaciones militares, en una de las cuales fui herido levemente en una pierna, lo que me impidió continuar la lucha.

Relevado de mi cargo algunos meses después, fui enviado a Albacete, donde estaba enclavada la base central de los efectivos blindados y donde comparecí ante el compañero Landín, jefe Comisario del Ejército, quien me comunicó que se me había designado para integrar una compañía para la defensa de Madrid.

Un día en que estaba en disfrute de permiso, me dirigí a Valencia y allí encontré al compañero José López Sánchez, estudiante universitario cubano, como miembro de una comisión de jóvenes comunistas que había sido enviada de La Habana y que integraban también las compañeras Leonor Pérez y Nelita Martín. Asimismo tuve la oportunidad de saludar al camarada Nicolás Guillén.

Cuando regresé a mi unidad, procedente del anterior permiso, me reintegré a la compañía de tanques, cuyo mando se me ordenó asumir, para cubrir el sitio del Alcázar, operación en la que actuaba como jefe del comandante Nieto. Este asedio se prolongó durante varios meses. La aviación enemiga estuvo muy activa. Hubo días en que bombardearon hasta dieciocho veces, contando con tres tipos de aviones: los bombarderos pesados, llamados "pavas" por los españoles; los que escoltaban a los primeros, conocidos por "chatos", y los "moscas", caracterizados por su rapidez, que eran utilizados para tirar fotos y marcar líneas de humo encima de nuestras tropas.

Durante uno de esos intensos bombardeos, sufrí un accidente a consecuencia del cual quedé inconsciente, trasladándoseme en ese estado a un hospital de Madrid, donde permanecí cinco días. En mi permanencia en dicho hospital, recibí la visita de distintos compañeros, los que me participaron que todos los camaradas que me habían acompañado en la operación del asedio al Alcázar habían perdido la vida. La comisión médica manifestó que mi curación requeriría largo tiempo y recomendó mi regreso a Cuba.

Pocos días después me vi precisado a abandonar el suelo español, exactamente el 29 de abril de 1938, después de haber participado en algunas importantes batallas.

Francisco Escribá Vives

Francisco Escribá Vives. Nace en la ciudad de La Habana, el 4 de octubre de 1904, en el seno de una familia trabajadora. A los diecisiete años de edad, marchó para España. Fija su residencia en Barcelona, donde se dedicó a trabajar como músico. Regresa a Cuba el 29 de marzo de 1945 y ese mismo año ingresa en el Partido Comunista. Es miembro fundador de las Milicias Nacionales Revolucionarias.


La cuneta se hundió y caímos a un precipicio

La madrugada del 18 de julio de 1936, nuestra orquesta tocaba en una fiesta bailable en el pueblo de Mataró, cercano a Barcelona, cuando de repente se escuchó por radio el lla-mamiento lanzado desde la Generalitat, sede del gobierno autónomo de Cataluña: "¡A LAS ARMAS!"

Enseguida procedimos a dar por terminada la actividad y a emprender el regreso a Barcelona, en el Citroen de un compañero de la orquesta. Recorridos unos quince kilómetros, comenzamos a ver muchos civiles con armas, apostados en la carretera: Nos detuvieron y, una vez informados de nuestra identidad, indagaron si el Regimiento de Mataró había partido hacia Barcelona.

Alrededor de las seis de la mañana, llegamos a Barcelona. Me separé de los compañeros y emprendí el camino hacia mi domicilio, situado en la calle Borrell. Durante el trayecto recorrido, por la Universidad y la Ronda de San Antonio, pude notar la presencia de varios civiles armados apostados tras los árboles. Al entrar en el edificio en que residía y abrir la puerta, en el segundo piso, escuché el primer disparo: la guerra había comenzado.

Dominada por el gobierno la situación en Barcelona me incorporé a los batallones de voluntarios. En unión de cuatro o cinco compañeros músicos, tocaba el tambor en un improvisado campo de entrenamiento militar, en la plaza de toros "Las Arenas". En agosto de 1937, ingresé como camillero-músico en la banda de música de la Cruz Roja y, como miembro de esta, además de ofrecer conciertos públicos para recaudar fondos con destino a los hospitales de sangre, prestaba auxilio a las víctimas en pleno bombardeo.

Por las noches trabajaba en el cabaret "Bolero", en la Rambla de Cataluña. Tan pronto sonaban las sirenas de alarma, corría a incorporarme al retén más cercano. Hacía un recorrido por tres calles a oscuras y cuyo tránsito se veía permanentemente hostilizado por los "pacos" o francotiradores al servicio de los sublevados. Una vez en el retén, salíamos junto a doce compañeros en una ambulancia sin techo que denominábamos "La Bañera", provistos de picos, palas, sogas, escaleras y faroles, hacia el sitio bombardeado.

Con la movilización, debía multiplicar mi actividad, por cuanto debía ocupar el puesto de los compañeros ausentes en tres orquestas diferentes. Los ensayos se efectuaban por el día y las actuaciones tenían lugar de ocho de la noche a cuatro de la mañana. Y, al ocurrir la pérdida de Teruel, donde fueron copados la mayoría de los compañeros integrantes de la banda de música de la 464 División, fui localizado por Julio Cueva, director de la misma y me uní a él, con un grupo de músicos.

Ensayamos en Ametlla del Mar durante un tiempo y prestamos servicio funerario en Tarragona. Asimismo, recorrimos las poblaciones que habían sido objeto de bombardeos, donde ejecutábamos la Marcha de la 46 División, con el propósito de levantar los ánimos de la ciudadanía. Dos veces estuvimos en la ciudad de Reus, importante centro industrial y comercial de la provincia de Tarragona.

En el frente, salíamos a la puesta del sol con un guía, hasta el lugar de descanso de los compañeros retirados de las primeras líneas de fuego y, a oscuras, tocábamos himnos revolucionarios, cerrando aquellos conciertos con los acordes de La Internacional. Nunca lográbamos finalizar normalmente nuestras audiciones, ya que tan pronto era escuchada la música en la zona enemiga sonaba un morterazo y... emprendíamos el retorno al campamento.

En vista de que yo residía en Barcelona desde 1921, quedé en el frente al producirse la retirada de los Voluntarios Internacionales, pero cuando se inició la ofensiva de los fascistas hacia el Mediterráneo, fui obligado a retirarme y localizar al teniente coronel Líster, jefe del Quinto Cuerpo, que era la autoridad llamada a firmar mi pase de salida.

Recuerdo que días después de ser firmado mi pase, atravesé un puente montado en un transporte-tanque, bajo los obuses lanzados por la artillería enemiga. Iban también en el transporte unos veinte correos. Cuando llegamos a Mora la Nueva llovía torrencialmente y nos arrimamos a la cuneta, bastante destrozada, para darle paso a un aljibe que marchaba en dirección contraria a la nuestra. La cuneta se hundió y caímos en un precipicio. Yo quedé aprisionado en la cadena y, luego de dar vueltas y más vueltas, llegué al final para que-dar bajo la carrocería con un pie fuera de la misma, sin poder desprenderme de la dichosa cadena. Sentí entonces que tiraban de mi pierna y di un fuerte tirón al capote, logrando romper el broche del cuello que me ahogaba. Oí gritar: "¡Está vivo!"

Todo magullado, me sacaron para llevarme a un hospital de sangre donde me examinaron y se comprobó que no tenía fractura alguna y sí magullamiento general. Llevado hasta el ferrocarril, me trasladé en un vagón de carga a Barcelona, donde permanecí una semana restableciéndome. Allí conocí, a través de la prensa, la pérdida del Ebro.

Posteriormente me presenté ante la Comisión de Retirada de las Brigadas Internacionales de la jefatura de mi localidad, desde donde se me remitió a Cardedeu, lugar en que se encontraban mi compañera e hijo. Allí trabajé como ayudante y archivero del Jefe de Control de Extranjeros del Partido Comunista.

Una mañana fuimos movilizados los extranjeros, para proteger la retirada de los que evacuaban Barcelona. En Cardedeu nos ordenaron marchar a Casals de la Selva, para controlar la carretera. Los que teníamos familia en Cardedeu requisamos un camión de la recogida de basura, que venía de Barcelona cargado de muebles, el que descargamos y ocupamos seis hombres, y nos dirigimos a Cardedeu con la misión de recoger a las familias de los internacionales. Dos kilómetros antes de llegar a nuestro destino, tuvimos que protegernos bajo los árboles porque la población estaba sometida a un severo bombardeo. Al retirarse la aviación enemiga, llegamos al pueblo, logrando hallar a nuestras familias que se encontraban dispersas por los campos y regresamos a Casals de la Selva donde pasamos la noche.

Por la madrugada caminamos cuarenta kilómetros a pie, en retirada hacia Flaxá, donde mujeres y niños subieron a un tren con la pretensión de pasar la frontera franco-española por Port-Bou, lo que les fue impedido, debiendo regresar al lugar de procedencia. Más tarde, en el mismo Flaxá, ocupamos un tren que nos llevaría a todos —hombres, mujeres y niños—hasta Port-Bou. Era de noche y nos acostamos en el suelo del vagón. Me encontraba medio dormido cuando se dirigió a mí un visitante y me preguntó: "¿Hay niños por aquí?" Al responderle afirmativamente, pues había dos cerca de mí, me entregó una lata de leche condensada. "Toma esta leche —continuó diciendo—, es para los dos. Si vas a la locomotora te darán agua caliente." "¿Y quién dona este alimento?", le pregunté. A lo que respondió: "El Socorro Rojo."

Por un túnel que comunicaba a España con Francia cruzaron los niños, mujeres y ancianos. A los dos días, pasábamos también los combatientes del Ejército del Este. Las autoridades francesas nos despojaron de nuestras prendas (relojes, sortijas, cuchillas, etc.) y, tras larga caminata fuimos conducidos desde Cerbére hasta la playa —convertida en campo de concentración— de Argelés-sur-Mer, cercana a los Pirineos Orientales. Allí permanecimos algún tiempo, sobre la arena, sin la menor protección. Era un lugar de indecibles sufrimientos.

Transcurridos algunos meses, efectuose la primera expedición de repatriados. Sin embargo, la mayoría de los con-centrados en Argelés-sur-Mer, fuimos trasladados a Gurs, en los Bajos Pirineos, donde la lluvia caía los 365 ó 366 días del año.

En Gurs estuve recluido en un hospital, atacado de forunculosis. Hasta aquel lugar llegó otra relación de combatientes para su futura repatriación en la que aparecía mi nombre, pero no los de mi compañera y mi hijo, por lo que rehusé partir sin ellos. Más tarde llegó otra relación que incluía a los tres. Debíamos embarcar en el puerto de La Rochelle, a bordo del buque "Reina del Pacífico", pero el embarque quedó interrumpido por haber estallado la Segunda Guerra Mundial.

Ya en plena guerra y en territorio francés, fui movilizado e incorporado a un batallón francés de Ingenieros, para levantar fortificaciones antitanques en el milenario Bosque de Les Jounquilles, cercano a la frontera belga. Todos los días, a las seis de la mañana, los compañeros del batallón salíamos del interior del bosque hasta un río de poca profundidad, donde construimos una barrera antitanque, a una temperatura de quince grados bajo cero.

Recuerdo que, poco más o menos al mes de encontrarnos en aquel lugar, fuimos bombardeados un día en horas de la madrugada. Rápidamente nos refugiamos en los huecos de los árboles. Diez o doce aparatos de la aviación nazi arrojaban todo tipo de proyectiles: balas de ametralladoras, bombas de retardo, bombas incendiarias y hasta herramientas. El fuego, por sobre los árboles, semejaba un infierno.

Retiradas las mortíferas máquinas, salimos de nuestros escondites. Un sargento de gendarmes se hizo cargo de nuestro personal y dirigió la marcha a campo traviesa; pero ocurrió que, en el curso del camino, algunos nos fuimos dispersando hasta extraviarnos.

Quedé solo y llegué a un pueblo llamado San Quintín, a noventa y dos kilómetros del bosque donde habíamos trabajado. Allí encontré a un compañero nombrado Carreras, que también se había extraviado, y continuamos juntos hasta la salida del pueblo. San Quintín había sido evacuado, sin que se hiciera esperar mucho tiempo el ataque de las escuadrillas nazis, que una noche arrojaron bombas incendiarias con el objeto de facilitar el avance de su artillería.

Luego de aquel bombardeo, nos refugiamos en una finca, donde nos despojamos de los uniformes militares, sustituyéndolos por ropas civiles. Al segundo día de nuestra estancia allí, entraron las fuerzas alemanas de ocupación, que irrumpieron en la finca e indagaron por nuestras credenciales. Habiendo comprobado que éramos cubanos, nos condujeron a la Komandatur, donde fuimos sometidos a interrogatorio por un coronel a quien expusimos nuestra condición de refugiados y nuestro interés de marchar hacia París para reunirnos con nuestras familias.

El oficial nazi nos informó sobre la imposibilidad de llegar a la capital francesa antes de unos veinte días y nos entregó un pase para entrar en Amberes, Bélgica, para esperar allí la toma de París, Días después, arribamos a Amberes en un convoy alemán, y al visitar el Consulado de Cuba en aquella ciudad, un vicecónsul cuyo nombre no recuerdo, casado con una belga, nos informó que el día anterior habían llegado cuatro cubanos procedentes del mismo lugar que nosotros. Los seis cubanos fuimos trasladados al día siguiente a la gendarmería belga, donde se nos proporcionó alojamiento y comida.

París fue tomado y la Komandatur nos negó el permiso para cruzar la frontera, en espera del "peine" a la Capital. Expedidos en España, nuestros pasaportes denunciaban la procedencia, lo que nos favorecía en aquella situación. En vista de ello, el vicecónsul nos suministró nuevos documentos como residentes en Amberes.

Con los nuevos pasaportes en nuestro poder, gracias a la valiosa cooperación de un chofer de camión que transportaba cerdos desde Amberes hasta la ciudad francesa de Lille, emprendimos el viaje una noche, acostados en el vehículo y cubiertos con paja. Así cruzó la frontera el chofer, sin detenerse, solamente respondiendo al saludo de la guardia alemana.

Arribamos en horas de la mañana a un caserío en Lille. Al caer la noche, iniciamos la marcha hacia París. Varios días estuvimos en el camino, alternando el andar a pie y el viajar en camiones ocasionales. Una vez en París, nos entrevistamos en la Embajada de Cuba con el Encargado de Negocios, que nos proporcionó ropa y alimentos. Por gestiones de este funcionario diplomático, el Cónsul de Cuba sufragó los gastos de hospedaje en una pensión del barrio de Levallois-Perret.

De París me trasladé a Orleans, donde comencé a trabajar como "terrasier" (labor de pico y pala) en una empresa francesa de trabajos públicos denominada Bosonsa. El contratante (dueño) de la misma resultó ser un músico catalán, antiguo amigo mío, quien al cabo de diez días me nombró listero. Un mes y medio después fue trasladado a otra ciudad por la empresa, habiéndole sustituido yo en el empleo. El empresario de la Bosonsa era de origen catalán y como yo hablo (o hablaba) en la lengua de Cataluña, ello me favoreció para asumir la plaza de contable.

Tras efectuar algunos trámites, localicé a mi familia y logré traerla junto a mí a Orleans, pero al declarar Cuba la guerra al Eje fascista en 1941, fui apresado por los alemanes. Por haberme negado a firmar la colaboración, me llevaron al campo de concentración Front Stalag 122, en Compiegne, Oise, donde, transcurridos dos meses, fui llamado junto á dos compañeros cubanos más para comparecer ante el mando alemán de dicho campo. Dos miembros de la Gestapo, en ropa civil, nos propusieron enviarnos a Cuba con nuestras familias y que recibiríamos el dinero suficiente para hacer una vida cómoda, que se nos informaría sobre el desempeño de una "misión especial". Los tres respondimos: "¡No!"

Poco tiempo después fue enjuiciado y fusilado en Cuba un espía alemán, causante del hundimiento de varios buques mercantes. A solo unas horas de lo acontecido al espía, fuimos sacados de las celdas treinta y siete cubanos y situados en el paredón. Colocaron tres ametralladoras frente a nosotros, y un oficial nos dijo: "En Cuba ha sido asesinado un digno compatriota nuestro y por ello ustedes van a ser fusilados. Tan solo esperamos recibir la orden de Berlín."

Esa orden no fue expedida. Al cabo de tres horas, intervino la Comisión Suiza y demostró que el espía había sido enjuiciado, comprobada su culpabilidad. Nos retiraron del paredón.

Al cabo de más de dos arios de reclusión, a través de un canje, fue libertado un grupo de cincuenta cubanos, incluidos mi compañera y mi hijo. Embarcamos en 1945, en el puerto de Bilbao, con destino a la patria.

Rolando Fernández Díaz

Rolando Fernández Díaz. Nace en La Habana, el 14 de noviembre de 1912, en una familia de trabajadores. Recibió enseñanza primaria en la escuela pública y muy joven comenzó a trabajar para ayudar a su familia en difícil situación económica. Se encontraba como exiliado político en Madrid, al estallar la sublevación fascista y se une a las fuerzas populares. En 1938 regresa a Cuba y se entrega a las actividades en el movimiento obrero.


Este perrito fue el precursor del radar

En el momento de mi partida para España, militaba en las filas de la Organización Celular Radical Revolucionaria (OCRR). Anteriormente, tuve activa participación en la huelga de marzo de 1935, en la que resulté detenido y enviado a los fosos del Castillo del Príncipe, junto con otros cientos de obreros. Puesto en libertad, con muchas dificultades eco-nómicas y políticas, decidí marchar a España. Embarqué como polizón en el vapor "Sierra Ventana", de bandera alemana, en el mes de junio de 1936, y desembarqué en Santander el 4 ó 5 de julio del propio año.

En Santander, me presenté en las oficinas de la Juventud del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) como exiliado político cubano, recabando ayuda para trasladarme a Madrid. En vista de que no poseía documentación, me recomendaron realizara el viaje escondido en las garitas que, para los guardafrenos, tienen los vagones de carga del Ferrocarril del Norte. Se decidió que me acompañara un miembro de la Juventud, llamado Manuel González Brey, que iba a cumplí-mentar una misión a la capital española.

A nuestra llegada a Madrid, nos presentamos en las oficinas de las Juventudes Socialistas Unidas (JSU). Allí se nos hizo conocer la inminencia de un levantamiento militar, posibilidad que anunciaba diariamente la prensa española de izquierda y, muy especialmente, el periódico Mundo Obrero, órgano oficial del Partido Comunista de España. Al inquirirse sobre cuál sería nuestra actitud, expresamos nuestra disposición de pelear en defensa de la República y de la democracia.

Cuando estalló el levantamiento, formé parte de las Milicias Populares y se me destinó, al frente de un pelotón, para ocupar un edificio situado a un costado del Cuartel de la Montaña, posición que mantuvimos hasta que fue tomado el cuartel. Al terminarse las acciones en Madrid por haber sido tomados todos los reductos que estaban en manos de los sublevados, fui trasladado a Somosierra en unión de millares de compañeros, donde tomé parte en los combates desarrollados hasta ser recuperado el mencionado pueblo y el puerto aledaño.

Constituido el Quinto Regimiento, formé parte del tercer pelotón de la Segunda Compañía del Batallón "Octubre", que estaba integrado por españoles y por extranjeros residentes en Madrid, bajo el mando del antifascista italiano Fernando de Rosa, que fue su organizador. Como miembro de esta unidad, pasé a la Sierra de Guadarrama, teniendo como base de operaciones el pueblo de Navalperal. Nuestro batallón participó en las batallas por la recuperación de Pequerinos.

Disuelto el Quinto Regimiento, ingresé en la Tercera Brigada, a las órdenes del capitán José María Galán, del Cuerpo de Carabineros, destacándoseme en el Alcázar de San Juan. Para poder ingresar en esta Brigada, debido a la falta de documentación personal que me acreditara, se me proveyó de la correspondiente a un joven madrileño muerto en acción, que tenía la misma edad mía, nombrado José Hernández Suárez.

Se me designó como ayudante de chofer de la Primera Compañía de Transporte, pasando más tarde a chofer con el grado de Cabo. Era nuestra labor el traslado de los obreros, cuando se inició la fortificación de Madrid, desde los lugares de concentración al lugar donde debían trabajar, así como a recoger las cosechas. Nuestra línea de transporte participó también en traslado de hombres y material de guerra durante los combates del Jarama, en la defensa de Madrid.

Cuando comenzó a llegar la ayuda soviética a la República Española, nos dirigimos a Cartagena, para cargar y trasladar a la Capital el equipo y material de guerra, así como cemento y materiales dé construcción que eran utilizados en las obras de fortificación de Madrid. Igualmente realizamos viajes a Valencia, para transportar objetos de arte para su protección, y al regreso, conducía armas y alimentos para la población matritense.

En estas actividades permanecí hasta finales de 1937, en que causé baja por haber contraído el tifus. De aquellos días de acción, recuerdo una anécdota, que refiero a continuación:

Con el objeto de realizar labores de escombreo y trasladar familias damnificadas, llegamos un día a un barrio de Madrid que había sufrido los efectos del bombardeo de la aviación enemiga. Mientras llevábamos a cabo nuestra tarea, sentí ladrar un perrito entre los escombros, al que recogí y tomé como mascota. Era un bonito animal.

Siempre que salía de viaje, iba junto a nosotros. En una ocasión marchábamos hacia Valencia y yo le tenía sobre mis piernas, notando que temblaba, cosa que me llamó mucho la atención.

Hice saber a mi compañero el fenómeno que observaba en el pequeño animal, pero no dio importancia a mis palabras. Según iba pasando el tiempo se aumentaban los temblores en el perrito. Poco después sentimos ronquidos de motores de aviación. Eran los aviones enemigos. Apagamos los faroles y nos lanzamos a la cuneta. Casi pudiera decirse que este perrito fue "el precursor del radar", porque en innumerables ocasiones pudimos comprobar que él captaba antes que el ser humano la proximidad de los aviones. Demás está decir lo útil que nos resultó.

Mi estado físico era bastante delicado, cuando fui dado de baja por enfermedad, por lo que decidí trasladarme a Barcelona. Concebí el proyecto de ir para esa ciudad, considerando que yo no era útil para la guerra y Barcelona era la única posibilidad de que saliera para el exterior, debido a su puerto y a su proximidad con la frontera franco-española.

Logré cruzar la frontera, después de casi dos meses de inútiles intentos para hacerlo, a través de los Pirineos, con un grupo de refugiados. Previamente, había enviado a mi padre, por correo, algunas fotos y el diploma que me otorgara el Gobierno Republicano como reconocimiento de mi participación en la guerra contra el fascismo.

Tan pronto crucé la frontera y pisé territorio francés, procedí a quemar los documentos que me acreditaban como español. Si me detenían no resultaba conveniente tenerlos para realizar el plan que tenía elaborado. Fui detenido por la gendarmería francesa y durante el interrogatorio que me fue hecho, expresé que yo había llegado a Francia en calidad de polizón, a bordo de un barco inglés, con la idea de ir a España para pelear. Pese a todos los interrogatorios y presiones, mantuve la versión de mi "historia". Me condujeron a Marsella, donde quedé encarcelado. Pocos días después, me visitó en la prisión la Cónsul de Cuba en Francia, a la que repetí mi "historia". Me hizo preguntas sobre el lugar de Cuba en que había nacido yo, nombres de mis padres, su dirección, escuelas en que había estudiado y algo sobre la historia de mi patria. Todo ello encaminado a comprobar la verdad sobre mi origen. Al fin, después de esas duras experiencias, regresé a Cuba en 1938, como deportado por entrada ilegal en Francia.

Julián Fernández García

Julián Fernández García. Nace en Amarillas, provincia de Matanzas, el 2 de septiembre de 1910. Hijo de un colono, aprende las primeras letras en su propio hogar, enseñadas por su padre, que le envía a continuar estudios en España, en 1924. Reside en Madrid al ocurrir el alzamiento fascista y se une de inmediato a los defensores de la República. En 1939 regresa a Cuba. En la actualidad, trabaja en el hospital siquiátrico "Gustavo López" y en el cementerio "Cristóbal Colón". Se le ha conferido lo, distinción "Comandante Manuel Fajardo", por más de veinticinco años de servicios médicos prestados.


Participé en la batalla de Teruel en condiciones climatológicas infernales

Desde el año 1924, me llevaron para Asturias en unión de dos de mis hermanos —éramos nueve— con el propósito de realizar estudios. Allí cursamos el bachillerato en un colegio interno, regido por profesores agustinos, y, una vez concluida la segunda enseñanza, yo me trasladé a Madrid para estudiar la carrera de Medicina.

Y fue en la capital española donde me sorprendió el 18 de julio de 1936. Tan pronto conocimos del alzamiento fascista, varios estudiantes nos presentamos en la Casa del Pueblo, donde obtuvimos mayor información sobre el curso de los acontecimientos. Por aquel entonces yo pertenecía a la Juventud Socialista en Madrid y al Socorro Rojo Internacional. Armado de una pistola y un fusil marché a hacer mi primera guardia en una Casa de Socorros.

La necesidad de organizar un hospital en Consuegra, me situó en el frente de Toledo. Debíamos atender a los combatientes y al pueblo en general, toda vez que solo había quedado en el lugar un médico, de ocho que allí prestaban servicio. Durante siete meses hube de laborar en dicho hospital en calidad de estudiante.

Respondí presente al llamado hecho por el Ministerio de Salubridad a los estudiantes de quinto, sexto y séptimo año de Medicina, para ofrecerles la realización de un cursillo habilitador de médicos emergentes. Para efectuar el cursillo, me presenté en Valencia en el mes de abril de 1937 y en el mes de julio, al aprobar el mismo, fui nombrado Teniente Médico.

El 14 de julio de 1937, me personé en Villel, en la Jefatura de Sanidad de la 57 Brigada, en el frente de Teruel, y el 19 de agosto recibí el ascenso al grado de Capitán Médico, con destino al 228 Batallón.

Tomé parte en los combates de Marimezquita, Verdinales, Carboneras, en la toma de Teruel y otras acciones de aquel frente. Participé en la batalla de Teruel en condiciones climatológicas infernales de nieve y frío, a una temperatura que fluctuaba entre los diez y los veinte grados centígrados bajo cero.

Más tarde fui trasladado para la Jefatura de Sanidad de la 57 Brigada, formando parte del Ejército de Maniobras. Durante el nuevo destino asistí a las batallas de Más de las Matas, Aguaviva, Alimenara y Eslida, en el frente de Sagunto. En este último lugar, recibí la orden de retirada, por acuerdo del Comité de No Intervención de la Liga de las Naciones.

El 9 de febrero de 1938 crucé la frontera, hacia Francia. La "hospitalidad" del gobierno francés, brindada a los internacionalistas, no se hizo esperar. Puso a nuestra disposición dos campos de concentración: el de Argelés-sur-Mer, primero, a unos cuarenta y cinco kilómetros de Perpignan, y el de Gurs, cercano a Hendaya.

A bordo del vapor "Orduña", retorné a Cuba el 27 de mayo de 1939.

Rodolfo Gil Arias

Rodolfo Gil Arias. Nace en La Habana, el 2 de mayo de 1919, en el seno de una familia española pequeñoburguesa. En 1935 se traslada a España con sus padres. Reside en Madrid, donde le sorprende el golpe traidor del franquismo, contra el que lucha en el Ejército de la República. Al finalizar la guerra, regresa a Cuba, en mayo de 1939.


Durante nuestro avance hacia Teruel fuimos castigados por la artillería enemiga

Tenía cerca de dieciocho años de edad, cuando ingresé en el Cuerpo de Carabineros, en el frente de Madrid. Cuando se produjeron los violentos combates entre las fuerzas moras y las milicias republicanas en el mencionado frente, fui evacuado y trasladado, en unión de mi familia, para Valencia. Allí me alisté como miliciano el 21 de julio de 1937.

Después de haber recibido un breve curso de instrucción militar durante treinta días, en el pueblo de Castellón de la Plana, fui destinado al frente de Teruel y más tarde pasé a Puebla de Valverde. Varias semanas después, el capitán de mi compañía, un compañero de nacionalidad belga me nombró escribiente y, posteriormente, cabo furriel.

Al completarse la Compañía, perteneciente a la 87 Brigada de la 40 División, recibimos la orden de marchar a Teruel. Se me designó cabo de una escuadra de ametralladoras, del mando de carabineros.

Durante nuestro avance hacia Teruel, fuimos castigados por la artillería enemiga. Emplazamos la ametralladora de trípode, si mal no recuerdo, de procedencia soviética y quedamos, por tanto, en la segunda línea de fuego, mientras avanzaba la infantería. Sufrimos el fuego de obuses, morteros y de la aviación alemana (trimotores de bombardeo marca "Junker", a los que vulgarmente llamábamos "pavas". Pero a pesar de la superioridad del armamento enemigo, nuestra aviación republicana, a la que dábamos el nombre de La Gloriosa, con sus aparatos "moscas" y "chatos", de procedencia soviética, les ocasionaba muchos derribos.

Al llegar al pueblo de Rubielo de Mora, se instaló el parque móvil del campo. Durante algunos días permanecimos alojados en un cuartel. Yo fui destinado, como cabo, con dos carabineros, a una garita en la carretera, para revisar los documentos, registros y demás papeles, para comprobar si estaban en regla, de los distintos vehículos que por allí transitaban. En ese pueblo fuimos muy bien acogidos.

De nuevo vino la orden de avance y tomamos la posición más estratégica: unas lomas que guardaban semejanza con las de la Sierra Maestra, en Santiago de Cuba, y que rodeaban las cercanías de Teruel, con algunas trincheras de cemento armado. Allí permanecimos varios días. La posición se llamaba Mansueto.

Las fuerzas republicanas comenzaban a entrar en la ciudad, pero el propio avance dificultaba el suministro de alimentos y el intenso frío nos tenía locos. Corrían los días de Pascuas de 1938 y la consigna era resistir. Cuando nuestras tropas entraban en Teruel, los francotiradores fascistas nos hacían fuego desde las azoteas, y nos ocasionaban innumerables bajas. Recuerdo que ocupamos una casa desalojada por la infantería. Instalamos en un lugar apropiado nuestra ametralladora y disparamos a los lugares sospechosos.

Luego se nos dio la orden de ocupar las casas cercanas al Seminario, ya que desde los balcones de las mismas, los curas nos tiraban. Cercana a la casa en que nos albergábamos había una bodega, como llaman en España a los establecimientos que guardan toneles de vino en crecidas cantidades. También había buena existencia de embutidos. De todo ello nos abastecimos con abundancia.

La aviación alemana se ensañó, bombardeándonos y ametrallándonos. La nieve nos cubría casi hasta las rodillas, sin embargo nos favoreció algo al retirarnos, ya que nos protegió como si fuese un camuflaje. Posteriormente, ocupamos Cerro Gordo, que luego tuvimos que abandonar y, más tarde, El Mulatón.

Después de mantenernos en la segunda línea, marchamos a Tarjada, donde estuvimos varios días sin ser atacados. Luego nos dieron la orden de ocupar la Muela de Teruel, en la segunda línea. Fue una posición muy castigada por los obuses y morteros, pero logramos ocupar la Muela de Villastar. En esta última posición, no obstante encontrarse el enemigo bastante cerca de nuestras trincheras, estuvimos varios días sin tirarnos por ambas partes. Poco tiempo después se produjo un contraataque y... perdimos Teruel.

Acampamos entonces muy cerca del pueblo de Billel, para reorganizarnos y descansar algunos días, hasta tanto fueran cubiertas las bajas y se completaran las unidades: compañías y batallones, así como la brigada.

Una mañana, inesperadamente, fui llamado por un sargento, que me informó sobre el acuerdo de la Liga de las Naciones y el Comité de No Intervención, que resolvía disponer la retirada de todos los voluntarios internacionales. En esta circunstancia, me presenté en el puesto de mando, ante el comandante del Batallón, quien me hizo entrega de un salvo-conducto.

En la 40, División, solicité mi certificado de conducta, así como otros documentos. Embarcamos en un buque mercante en el puerto de Valencia, con destino a Barcelona, en presencia de algunos militares de alto rango y miembros de un Comité Internacional. En Barcelona, fuimos alojados en un gran edificio convertido en cuartel llamado Cuartel Marcial. Allí se encontraba el doctor Juan Negrín, Presidente del Consejo de Ministros y el compañero André Marty, diputado francés.

El doctor Negrín hizo uso de la palabra en una actividad de despedida, en homenaje a los internacionalistas. Pronunció un gran discurso en el que se refirió, en forma sentida y emotiva, a nuestra actuación en el curso de la guerra anti-fascista, manifestando que España sería nuestra segunda patria cuando se estableciera nuevamente la República.

En fecha posterior, junto a otros internacionalistas, pasé a Port-Bou. Allí nos refugiamos en una estación de ferro-carril, y permanecimos bajo los vagones de un tren cargado de carne en conserva, latas de leche y diversos comestibles que se encontraban sin destino de salida, ya que se aproximaba la caída de Barcelona.

Nos abastecimos y alimentamos hasta emprender el cruce a Cervera, primer pueblo de Francia, donde nos esperaban algunos miembros regulares del ejército colonial francés del Senegal, quienes nos custodiaron en una caminata de más de veinticinco kilómetros, hasta el campo de concentración de Argelés-sur-Mer. Más tarde nos trasladaron para otro campo de concentración situado en Gurs. En estos campos permanecimos cerca de cuatro meses, hasta que recibimos la noticia de nuestra repatriación. Regresamos a Cuba el 13 de mayo de 1939.

Oscar González Ancheta

Oscar González Ancheta. De extracción obrera, nace en Cara-bailo, provincia de La Habana, el 23 de noviembre de 1918. Cursa instrucción primaria hasta quinto grado en la escuela pública. Muy joven ingresa en la Marina de Guerra y es separado de la misma bajo acusación de conspiración. Labora en el sector gastronómico y se liga a las actividades revolucionarias como militante de Joven Cuba. En 1937 se incorpora a/ contingente de voluntarios internacionalistas que sale de Cuba para defender a la República Española. Regresa a /a patria en mayo de 1939.


Así combatimos día tras día

Ya había comenzado la guerra civil en España. Nos reuníamos en el Parque Central de La Habana casi todas las noches y seguíamos atentos los acontecimientos de esa lucha. Estábamos conscientes de que eran los primeros intentos del fascismo por abrirse paso en el mundo y que el Partido Comunista de Cuba, como los de otros países, comprendía la necesidad de que la República Española se consolidara por caminos progresistas y asistida por una política justa, basada en el internacionalismo proletario. Por todo esto, decidí incorporarme a las Brigadas Internacionales que luchaban junto al pueblo español. Yo solo contaba dieciocho años de edad, por lo que se hizo necesario utilizar una inscripción falsa, en que aparecía con veintitrés arios, para que se me expidiera pasaporte.

El 14 de junio de 1937 salí del puerto de La Habana, formando parte de un grupo de veintiocho compañeros, a bordo del vapor "Orduña", con destino a España, a través de Francia. El día 30 de junio desembarcamos en el puerto francés de La Rochelle. Cruzamos la frontera con España el 18 de julio de 1937, al cumplirse exactamente un año de haber comenzado el conflicto bélico.

Ya en territorio español, recibimos alguna instrucción militar en Madrigueras, Albacete y en el campo Lucas, a orillas del río Júcar, unidos a un batallón de francotiradores al mando de un compañero soviético. Luego marchamos para el frente, donde se encontraba la XIV Brigada Internacional (La Marsellesa), Batallón Comuna de París, Compañía de Ametralladoras.

Nos dirigimos al frente de Guadarrama —un frente sin acciones— y más tarde se nos trasladó para Aranjuez, a orillas del río Tajo, para contener el ataque de los fascistas que intentaban cortar la carretera a Valencia por esa zona. Esto no pudimos lograrlo. Mi primera impresión de la guerra fue contemplar una montaña de cadáveres que eran quemados, en evitación de epidemias, ya que no había tiempo para sepultarlos.

De tres a cinco días duraron los ataques y contraataques de nuestro batallón en Aranjuez, que fueron suficientes para que quedáramos menos de cien hombres activos, ya que sufrimos considerables bajas entre muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos. De aquí pasamos a Alcalá de Henares, cuna de Cervantes, para reorganizar nuestra Brigada. Fui nombrado Comisario Político de Compañía y enviado al frente de El Escorial, donde había una escuela para Comisarios, en la que permanecí durante un mes y regresé después a mi batallón. Debe hacer constar que nuestra Brigada estaba compuesta por franceses, belgas y un grupo grande de españoles de Andalucía que pasaron al frente de Madrid después de la pérdida de Málaga.

Reorganizada la Brigada, nos trasladamos para los frentes de Cataluña y Aragón, donde los fascistas lanzaron una gran ofensiva por la zona de Sagunto, en Valencia, con el propósito de dividir en dos el territorio republicano. Esto hablan de lograrlo algunos meses después.

Bajo el mando del general Líster, jefe del 5° Cuerpo del Ejército del Este, a cuya 45 División pertenecía nuestra Brigada, llegamos a las Alturas de Caspe y Alcañiz, para tomar posiciones en el frente, casi sin armas, pues había que tomarlas de las unidades que relevábamos, o esperar a que alguno cayera muerto o herido para tomar su arma y combatir. Eramos bombardeados incesantemente, contando a veces más de cien bombardeos, realizados por los trimotores tipo Junker. Los cazas nos ametrallaban a todas horas en el pueblo de Maella. Encontrándome en unos olivares, los efectos de una bomba me produjeron temblores durante algunas horas. Sin embargo, no tuve necesidad de ser hospitalizado. Fue esta la primera lesión que recibí en la guerra.

Así combatimos día tras día, resistiendo y contraatacando; con sed, hambre y sin apenas dormir; viendo el dolor de los refugiados, niños y ancianos, al abandonar sus casas, sus fincas, lo poco que tenían, para quizás no regresar jamás. Así combatimos en Sierra Pandolls y en Sierra Caballs, donde los fascistas estrenaron sus granadas rompedoras, que estallaban en el aire antes de llegar a tierra y que causaron muchas bajas, por heridos graves, en nuestras filas. Así, fuimos empujados hasta las orillas del río Ebro, donde se estabilizó el frente y se reorganizó la Brigada, que tantas bajas había experimentado. Entonces fui enviado a una escuela para Comisarios, que tenía la División en Playa de Cambrils.

El ejército organizó la ofensiva del Ebro y tocó a nuestro batallón ser el primero en atacar por Campredó, cerca de Tortosa. Llegado el día, solo nuestro batallón pudo cruzar el río. Desde las nueve de la mañana hasta las ocho de la noche, atacó, contraatacó, resistió y venció a tres banderas del Tercio y un batallón de francotiradores de Ifni. Casi sin municiones, para ahorrar balas, se ordenaba no disparar hasta que se estuviera a veinticinco o cincuenta metros del enemigo. Nos tuvimos que lanzar al río protegidos por el fuego de los nuestros en la retaguardia.

No podíamos evacuar a los heridos sino en botes, que a veces la artillería enemiga y los morteros no dejaban llegar. Al final, solo sobrevivimos treinta y siete combatientes de un batallón que tenía más de seiscientos hombres, incluyendo una compañía de zapadores y una batería antitanque.

En vista de que los efectos de los morteros me produjeron daño, y me sangraban los oídos, con bastante humor, el Comisario de Brigada me ordenó ir al hospital, No obedecí esa orden y, al día siguiente, el propio Comisario me condujo personalmente al hospital. Días después, nos sorprendió el acuerdo oficial de retirada de las Brigadas Internacionales del frente de combate.

Es bueno destacar que la moral y el espíritu combativo en el Ejército Popular era tan alto, que en múltiples ocasiones se daban casos de compañeros heridos que se negaban a ser hospitalizados y continuaban combatiendo. También quiero hacer la observación de que André Marty, organizador de la Brigada y Diputado a la Cámara de Francia por el Partido Comunista, estuvo a nuestro lado en todos los momentos de combate y de sacrificio. Igualmente es digno de destacarse que el pueblo español, a pesar de las divisiones políticas que tanto daño causaron en el curso de la guerra, mantuvo una conciencia clara y bien definida ante la lucha contra el fascismo.

En el pueblo de Ripoll, esperábamos la tramitación de nuestro regreso a Cuba. Se nos trasladó para Casals de la Selva, en la provincia de Gerona, y allí, cercana la caída de Barcelona, se solicitó de los internacionalistas, por conducto de André Marty, que se repitiese la hazaña de Madrid, defendiendo en esta ocasión a Barcelona. Nuevamente salimos hacia el frente, un crecido número de compañeros.

Me encontraba en La Garriga, pasando un entrenamiento, cuando me enteré de que en la XIV Brigada, integrada en aquellos momentos por españoles, quedaban aún algunos de los camaradas que combatieron a mi lado. Marché a Barcelona sin encontrar mi Brigada y presencié la entrada de los fascistas en la ciudad el mismo día en que yo la abandonaba (27 ó 28 de enero de 1939). Regresé al lado de mis compañeros y nos trasladamos al pueblo de Llagostera.

La misma noche que llegamos al último lugar mencionado, penetraron los tanques fascistas, contra los cuales nos fue imposible combatir por carencia del armamento adecuado. Nuestra retirada continuó hacia la frontera con Francia, a donde nos acompañó el camarada Marty. Pasamos la frontera y fuimos internados en el campo de concentración de Saint Ciprien, que era una playa abierta, y de aquí a otro campo cercano a las costas del Cantábrico, donde todos los días llovía y casi siempre granizaba.

Teníamos noticias de que en Cuba, desde algún tiempo antes, el Partido Comunista luchaba por obtener que el gobierno nos reclamara. Algunos meses después, fue lograda nuestra repatriación y regresamos en distintos grupos. Yo llegué al puerto de La Habana, en el "Orduña," el mismo barco en que salí, el 27 de mayo de 1939.

Gaspar González Rodríguez, Macatí

Gaspar González Rodríguez, Macatí. Nace en La Habana, en 1916. Recibe enseñanza primaria en la escuela "Zapata" de la Sociedacb Económica de Amigos del País. Más tarde ingresa en la Escuela Su-perior de Artes y Oficios de La Habana, de cuyo Directorio Estu-dianti/ forma parte y lucha contra la tiranía de Machado, ligándose a la corriente antimperialista. Realiza actividades en la Liga Juvenil Comunista y alcanza la militancia en el Partido Comunista de Cuba. En febrero de 1938, sale para España a unirse a los defensores de la República y regresa a Cuba en 1939.


Presencié una batalla, de aspillera a aspillera, en tiro cruzado

En el ario 1934, ingresé en una célula del Partido Comunista de Cuba, con el seudónimo de Macatí. En la huelga de marzo de 1935, caí preso y fui remitido al Castillo del Príncipe, donde permanecí, por decisión de los sicarios del régimen, durante treinta días. En esos arios de intensas luchas, manifestábase en toda la nación un decidido apoyo a los movimientos antifascistas, que tuvo máxima expresión en la identificación total con la República Española, atacada por el fascismo en 1936.

Consciente del momento político que se vivía, en que el fascismo hitleriano tomaba auge inusitado, tres compañeros de la Escuela Superior de Artes y Oficios, decidimos luchar a favor del pueblo español y nos presentamos ante la Comisión de Reclutamiento, creada por el Partido Comunista de Cuba. Contaba yo veintidós años de edad, cuando llegué hasta dicha Comisión con los compañeros Danilo Díaz Machado, ya fallecido, y Manuel del Peso, hoy teniente coronel de las FAR.

La partida hacia España ocurrió en el mes de febrero de 1938, embarcados a bordo del vapor "Oropesa", vía Francia. 'La travesía duró unos diecinueve días, hasta arribar al puerto francés de La Rochelle, desde donde fuimos conducidos seguidamente a París, en viaje por ferrocarril. Era responsable de nuestro grupo el compañero Manuel del Peso. Llegados a París, el Partido Comunista Francés, para despistar a la policía, nos alojó en el Hotel de Ville, como estudiantes extranjeros. Era una treta para burlar el acuerdo de No Intervención en los asuntos de España, firmado por el gobierno francés a espaldas del pueblo.

"Los camaradas comunistas franceses desarrollaron una incansable actividad en la atención de los voluntarios internacionalistas que se trasladaban a España. A tales efectos, el Partido Comunista Francés había creado una organización llamada "Amigalle" (Ayuda a España Republicana). También funcionaba en Francia una Comisión Médica, que comprobaba el buen estado de salud de cada combatiente reclutado. Desde París salían todos los días grupos de internacionalistas pro-cedentes de distintos países, entre ellos cubanos, para cruzar la frontera franco-española.

Fuimos incorporados en uno de esos grupos que salían. Se ordenó que saliéramos cien hombres, hacia el pueblo de Carcasona, donde nos hospedamos en viviendas de compañeros militantes del Partido Comunista Francés. Dicho puebla constituía uno de los tantos accesos que tenía el Partido para el traslado de los internacionalistas, ya que en el mismo vivían muchos simpatizantes de la causa del pueblo español y numerosos militantes comunistas. Allí tuvimos contacto con checoslovacos, italianos y alemanes antifascistas.

Recibimos la orden de permanecer en Carcasona, sin permitírsenos salir, hasta tanto no llegara el contacto que nos conduciría a la frontera, o sea, al pueblo de Perpignan, para después cruzar los Pirineos. Días después, alrededor de treinta hombres fuimos llevados en camiones hasta la frontera, donde quedamos a disposición de un oficial del Ejército Re-publicano Español.

Comenzamos a escalar los Pirineos a las ocho de la noche, y a las nueve de la mañana del siguiente día divisamos el Castillo de Figueras, donde fuimos recibidos y alojados poco después. Descansamos ese día y a la mañana siguiente se nos examinó por una comisión médica internacional, que dejó de otorgarnos el visto bueno al compañero Eulogio Benítez, por presentar una hernia, y a mí por presentar problemas cardíacos. Experimentamos la más desagradable impresión al informarnos la comisión que no podíamos continuar hacia los frentes y que debíamos regresar a Cuba.

Desde luego, no tardamos en presentar nuestra protesta, expresada con razones de profundo sentido revolucionario, exponiendo el sacrificio y el esfuerzo realizado por nuestra clase obrera para que sus representantes estuvieran presentes en la lucha antifascista y pusiera en alto el nombre de Cuba, así como nuestro deseo de participar junto al pueblo español en su lucha defensiva contra el infernal azote del nazi-fascismo. Además, no queríamos defraudar a nuestros compañeros voluntarios, que ya se encontraban en frente de batalla.

Trasladados más tarde a Barcelona, establecimos contacto con el Partido Comunista de España, que nos informó sobre la existencia de un planteamiento hecho por la Juventud Comunista de Cataluña para movilizar doscientos mil voluntarios con destino a los frentes de batalla. No vacilamos en manifestar nuestra disposición de acudir a aquel llamado. Nos presentamos en el hotel "Colón", para ser reclutados en las unidades de carabineros, formaciones especiales destinadas a controlar el tráfico por la frontera.

Después de habérsenos proporcionado una magnífica instrucción militar, fuimos destinados a la 179 Brigada de Carabineros, Batallón 51, 4 Compañía.

En el mes de marzo de 1938, el enemigo inicia una gran maniobra de ruptura hacia el mar, con la que se entra en la fase más aguda de la guerra. Desde luego, esta operación del enemigo constituyó un enorme revés para las armas republicanas. El enemigo operó, de modo alternativo, al sur y al norte del Ebro, alcanzando en la primera fase el Guadalupe, en Alcañiz, y el Caspe; en la segunda, el Segre y el Noruega. En Lérida alcanzó Balaguer y Tremp, y en la tercera fase, el mar, Vinaroz y Amposta.

En abril, quedaron cortadas las comunicaciones terrestres de Cataluña con la región central, lo que se originó por la caída del frente del XII Cuerpo, que tenía su zona de acción al sur del Ebro. Esto trajo como consecuencia que fuéramos destinados urgentemente desde Vich hasta el pueblo de Liñola, donde se nos bombardeó, sufriendo nuestro Batallón considerables bajas entre muertos y heridos. Meses más tarde el mando ordenó nuestra retirada, pasando a otro frente.

En julio se produce la gran maniobra del cruce del Ebro. La ofensiva del cruce del río Segre estaba preparada desde el mismo comienzo de la maniobra del Ebro, para con ella realizar una profunda ruptura hacia Fraga, amenazando la plaza de Lérida. Por la rapidez y profundidad de esta ofensiva original, se quería llevar hacia el enemigo tropas próximas, que no podían ser otras que la reserva del Ebro.

Participé en el cruce del río Segre a nado, y, en la retirada, en balsa tirada por sogas. Después de una tenaz resistencia, nuestro mando ordenó la retirada, por tener numerosas baias entre muertos y heridos. Me brindé voluntariamente para evacuar a los heridos hasta las trincheras; lo que tuvimos que hacer en la orilla opuesta con la utilización de balsas tiradas por dos sogas desde ambas orillas. Aquí recibí una herida en un pie, por la metralla de la aviación. Defendía, durante este cruce, una cota que servía de aspillera o nido de ametralladoras, donde presencié una batalla de aspillera a aspillera en tiro cruzado. El tiro, como se dice en nuestro lenguaje popular, estaba "sato".

Al terminar esta ofensiva, nos retiramos a la segunda línea. Después nos destinaron al pueblo de Torregosa, para reorganizar nuestro Batallón, En este lugar fuimos ametrallados y bombardeados, y presencié una batalla de la aviación republicana contra aviones enemigos. Más tarde, en este mismo pueblo, me sorprende la orden de retirada de los voluntarios internacionalistas.

Retirado del Cuerpo de Carabineros, me traslado a Vich y de allí a Ripoll, base de los internacionalistas. Posteriormente, el mando nos retira hacia Casals de la Selva, donde quedamos informados de los últimos acontecimientos en los frentes de guerra. Se nos pide, por el mando supremo, que nos dispongamos una vez más a defender la causa republicana. Una gran cantidad de compañeros respondimos presente a esta solicitud, Ingresé en la XII Brigada "Garibaldi", compuesta por italianos antifascistas.

Más tarde nos enviaron al pueblo de Armella, con la misión de recuperar al personal militar disperso y asegurar el control y la disciplina en la frontera. El 26 de enero, caen Barcelona y la Armella en poder del enemigo. Se nos da la orden de repliegue hasta Figueras.

Escalando montañas, dos compañías internacionalistas nos dirigimos hacia Figueras. Se decide que una compañía marche en dirección a Langostera y otra al pueblo antes mencionado. Seguimos escalando la cota y, a lo lejos, divisamos al enemigo que marchaba a la toma de Gerona y Figueras, dejando a nuestras tropas encerradas en las zonas montañosas de Gerona, Olot y Vich, En vista del avance enemigo y sin posibilidades para nuestras fuerzas, replegándonos a marcha forzada, nos dirigimos a Figueras, donde los bombardeos se sucedían uno tras otro. Después, el mando internacional ordenó la retirada por Perthus, frontera franco española. Esto ocurría en el mes de febrero de 1939.

Pasamos a territorio francés. Allí fui desarmado y conducido por soldados senegaleses hasta Saint Ciprien, pasando por distintos pueblos y recibiendo el cordial saludo de los franceses, que a veces rompían el cordón formado por la escolta senegalesa, para demostrar su solidaridad con el glorioso pueblo español. Cuando llegamos a Saint Ciprien, que-damos retenidos y luego nos trasladaron al campo de concentración de Gurs, donde estuvimos hasta nuestra repatriación a Cuba, en mayo de 1939.

Benjamín Lafarga Fernández

Benjamín Lafarga Fernández. Nace en el Cobre, provincia de Santiago de Cuba, el 30 de octubre de 1913. Estudia las primeras letras en la escuela pública, hasta el segundo grado y después en distintos plante/es, alcanzando el sexto grado. Muy joven empieza a trabajar en el central Preston —hoy Guatemala— y a los diecinueve años de edad participa en la lucha contra el machadato. Se ve precisado a exiliarse en España, donde se encontraba al perpetrarse la traición franquista. Finalizada la guerra, quedó en Madrid, donde realiza grandes esfuerzos para no ser detenido. En 1939 regresa a Cuba y continúa la lucha como militante del Partido Comunista.


Madrid se encontraba bloqueado del resto del territorio republicano

Con tres mudas de ropa y sin un centavo, arribé a Barcelona, el 26 de mayo 1932. Cobré un cheque por cuarenta pesos, girado por mi padre, único capital con que contaba para enfrentarme a la vida.

Después de haber transcurrido seis meses de mi llegada —sin trabajo, sin hogar y sorteando infinitas dificultades—, no me quedó otra alternativa que aprovechar el ofrecimiento de un militar español, para ingresar como voluntario en el Grupo Escuela de Información y Topografía de Artillería, lo que hice el 3 de noviembre de 1932. En la escuela, trabé amistad con elementos progresistas nucleados en células. Pasé a formar parte de la sección automotriz.

El grupo fue movilizado para romper la huelga de octubre de 1934 (movimiento popular contra el gobierno reaccionario Lerroux-Gil Robles); De fuerte conciencia revolucionaria y proyección ideológica definida, identificado con la causa del proletariado, entregué mi pistola de reglamento marca Astra, calibre 9 mm. con su parque, a un dirigente de la huelga en Madrid que trabajaba en el matadero. Ante mis superiores, alegué que el arma había sido hurtada durante la noche, mientras dormía. Se me acusó de complicidad con los revolucionarios y fui reducido a prisión. Juzgado posteriormente, fui absuelto por falta de pruebas, pero separado del Ejército.

Mi participación en la guerra civil española, se inició con la toma de los cuarteles de Carabanchel. De allí regresé a Madrid, y tomé parte en la eliminación de focos sediciosos, que fueron liquidados. Después, participé en la toma de la Iglesia de la Paloma, en el barrio de La Latina, que transformamos en cuartel de la República. Más tarde se me designó responsable de la unidad móvil de transporte, y luego pasé a ser chofer y escolta de seguridad del compañero Luis Anisí, dirigente del Comité Provincial del Partido Comunista en Madrid

El 7 de noviembre de 1936, el enemigo se acercó a la Capital, y nos incorporamos a la defensa de la misma en la zona de Cambroneras, cercana al puente de Toledo.

Aquel día, en horas de la tarde, cuando toda el área de nuestra retaguardia era batida por los cañones fascistas, apareció ante la Puerta de Toledo, junto a un grupo de hombres armados, una mujer vestida de negro, con el pelo suelto. Recibí la orden de llegar hasta aquel lugar y retirar del mismo aquel grupo: pero, al acercarme y reconocer a la mujer, di media vuelta, tras haberla saludado y, sin cumplir la orden, me retiré: se trataba de Dolores Ibárruri, La Pasionaria.

Posteriormente resulté herido en la muñeca izquierda y fui retirado del frente. Ya curado, se me planteó la necesidad de transportar abastecimientos a la Capital (junto con la defensa), por lo que fui incorporado a una unidad de transporte que, bajo las órdenes de Luis Alegrías, conducía a Madrid gran cantidad de víveres, desde distintos lugares del interior y de la estación ferroviaria de Aranjuez.

Para evitar ser localizado por el enemigo, debía conducir el vehículo con las luces apagadas, pues solo había una ruta y era batida con frecuencia por la aviación fascista. Madrid se encontraba bloqueado del resto del territorio republicano, con excepción de un tramo de la carretera con Aragón, por lo que debía transitar por una carreterita, después de Alcalá de Henares, por Loeches y Carabaña, para salir a Valencia.

Tiempo después, me incorporé a las órdenes del delegado de abastecimientos provinciales, sector centro (Madrid), teniente coronel Francisco Rebosa Moreno, a fin de transportar los abastecimientos que entraban por el puerto de Valencia.

En ocasión que me encontraba junto a un grupo de compañeros, ocupado en la descarga de bacalao, de la bodega del buque inglés "Lucky," surto en el muelle, irrumpieron las "pavas" (trimotores italianas, al servicio de Franco) y comenzaron a bombardear los almacenes del buque, destruyéndolos. La tripulación, que permanecía en cubierta, levantaba el puño e insultaba airadamente, en su idioma, a los agresores. Uno de los tripulantes bajó del buque, se acercó a nosotros y nos expresó sus deseos de incorporarse al Ejército Republicano, para combatir junto al pueblo español. Mis escasos conocimientos del idioma inglés, me permitieron conversar con él y orientarlo sobre la forma de lograr sus propósitos. Se marchó y no supe más de él.

Permanecí realizando labores de abastecimiento a la Capital, hasta el día 28 de marzo, fin de la guerra, en que me encontraba en Valencia.

Al día siguiente, traté de marchar a Alicante y no encontré transporte para hacerlo. Fui entonces al Consulado de Cuba en Valencia y un funcionario del mismo me manifestó que Franco no respetaba embajadas, ni consulados; que hacía poco tiempo había sido asaltada una embajada y asesinados todos los exiliados republicanos que se encontraban en ella; que tampoco se respetaban las valijas diplomáticas. La embajada asaltada a que se refería, si mal no recuerdo, era la de Venezuela.

El funcionario consular cubano, me expresó también que se encontraba en espera de regresar a Cuba; que la situación era difícil, a causa de que Cuba y México no habían reconocido aún a Franco y que no sabía cuál sería el futuro de él y de su familia. Le enseñé mi pistola al Cónsul y le expliqué sobre la gravedad de mi situación, mi participación en la guerra, las actividades desarrolladas en la Seguridad y otras, sancionadas por los fascistas con la pena capital; que la única alternativa que me quedaba era la de asistir a la plaza de Emilio Castelar ese mismo día, 3 de mayo, en que se iba a celebrar el llamado "desfile de la victoria", situarme frente a la tribuna del Ayuntamiento y disparar a la cabeza de Franco.

El diplomático me advirtió sobre las represalias que se tomarían contra los miles de detenidos en cárceles y campos de concentración de España. Me aconsejó que desechara mi idea y que arrojara la pistola a un tanque de basura. Convencido por sus argumentos, me despedí de él y de su familia. Ya en la calle, arrojé el arma en el lugar que me indicó. Partí para Madrid y durante varios meses evadí mi detención. Tanto mi situación como la de mi familia (esposa e hija) fue sumamente angustiosa, hasta encontrarme con Sixto Cordero Nicot.

Cubano, residente en España desde muy pequeño y ex sargento de la Guardia de Asalto republicana, Sixto Cordero Nicot me brindó su ayuda para lograr mi regreso a Cuba, encareciéndome que al llegar contactara rápidamente con su familia, que residía en Baracoa, provincia de Oriente, para que reclamara a su hermano, Pelayo Cordero Nicot, detenido por el gobierno franquista y condenado a la pena capital. Ya comprometido, Sixto buscó a dos cubanos residentes en Madrid para que acreditaran con su firma mi nacionalidad, pues yo carecía de pasaporte, para que me fuese expedida documentación por la embajada cubana.

Poseedor de la documentación expedida por la Embajada de Cuba y otros documentos de seguridad, embarqué para Irún el día 6 de julio de 1939; un día después, pasé a Francia. El cónsul de Cuba en Burdeos, me brindó -Codo tipo de ayuda. Embarqué el 15 de julio de 1939, en el puerto de La Pallice y llegué a La Habana catorce días después.

María Luisa Lafita Juan

María Luisa Lafita Juan. Nace en Madrid, España, el 31 de agosto de 1910. Llega a Cuba antes de cumplir los dos años de edad, con sus padres, el ingeniero Gustavo Lafita Angelina Juan, de ideas socialistas que, perseguidos por la monarquía, se refugian primero en Paris y después en Cuba. En una escuela privada de la ciudad de Cienfuegos, realiza estudios de nivel medio. Durante la lucha contra la tiranía machadista, se albergan en su casa connotados líderes estudiantiles y jefes de acción. Adquiere la ciudadanía cubana y se liga activamente a la lucha revolucionaria. En mayo de 1935, parte hacia España, donde participa en la lucha por la República. Regresa a Cuba y prosigue sus luchas revolucionarias. Después del triunfo de la Revolución, integra las milicias universitarias "José Antonio Echeverría" y el Comité de Defensa de Revolución "Rubén Batista Rubio".


Regresamos a Madrid con muchos heridos

Mis actividades revolucionarias datan de los arios 30. Siempre ligada al movimiento estudiantil y, desde luego, al Partido Comunista de Cuba. Mi compañero, Pedro Vizcaíno, aunque militante de Joven Cuba y muy ligado a su máximo dirigente Antonio Guiteras, desarrollaba actividades coincidentes. Así nos encuentra la huelga general revolucionaria de marzo de 1935: él, como jefe nacional de acción de Joven Cuba y yo en el Comité de Huelga, integrando una amplia delegación de profesorado de la Segunda Enseñanza.

Al frustrarse el movimiento huelguístico, la represión desatada contra los elementos progresistas, y, muy particular-mente, contra guiteristas y comunistas, llegó al extremo de decretar la eliminación física de Vizcaíno y la detención de mi madre y la mía, por lo que el propio Guiteras nos recomendó que del3íamos abandonar el país.

Nos fuimos a España en los primeros días del mes de mayo de 1935. Viajamos sin pasaporte. Ya dentro del barco "órbita", agentes represivos del Ejército y la Marina llegaron al muelle para tratar de hacer un registro en dicha embarcación y detenernos. Pero el capitán se negó a ello, toda vez se acababa de levar el ancla y se había retirado la escalerilla, manifestándoles que reclamaran a la empresa, pero que no les permitía subir.

Llegados a tierra española, estuvimos varios días en Santander, y desde allí nos dirigimos a Madrid, donde nos hospedamos en la pensión "La Cubana", en la calle de La Montera número 30, modesto establecimiento del que era propietario Claudio González, un revolucionario a quien conocíamos des-de Cuba y que había sido maestro cocinero en el Hotel Nacional de La Habana, donde había escondido a algunos compañeros tales como Menelao Mora y Manolo Arán. Con nuestra llegada, Claudio se llenó de alegría, y se sumó a todas nuestras actividades. Más tarde, fue a la guerra y murió fusilado por los fascistas. En Madrid, nos pusimos en contacto inrnediatamente con el Partido Comunista de España y demás organizaciones de izquierda.

Me dedicaba a dar clases en casas muy modestas, por lo que eran muchas las lirnitaciones que sufríamos. Vizcaíno y yo, unidos a los compañeros Juan y Luis González, Santiago Miguel, Moisés Raigorodsky, Claudio Gutiérrez y su sobrino José, fundamos el Comité Antimperialista de Revolucionarios Cubanos.

"La Cubana" dejó de ser simplemente una modesta pensión para convertirse en trinchera del Socorro Rojo Interna-cional. Esteban Vega iba dos o tres veces por semana y almorzaba muchas veces con nosotros. Impartimos charlas en sindicatos y en algunas escuelas universitarias. Logramos interesar a todos, y, cuando iniciamos la labor pro amnistía, representantes de las organizaciones de masas y partidos de izquierda enviaron más de ciento ochenta cables al Senado y a la Cámara de Representantes de Cuba solicitando la Ley de Amnistía.

Apoyamos la campaña que llevaba adelante el Partido Comunista y el Socorro Rojo Pro Libertad de Presos Políticos y, en particular, por la libertad de Ernest Thaelmann, cuya vida estaba en peligro. Salimos en manifestaciones de apoyo y solidaridad y colocamos pasquines y pancartas.

En 1936, hablé en un acto organizado por el Socorro Rojo Internacional con motivo de conmemorarse el *tercer aniversario de la muerte de Clara Zetkin, inmortal y abnegada luchadora, primer presidente de Socorro Rojo Internacional.

El día 19 de julio, se tendió el cerco a los cuarteles de Madrid y el 20 se inició el ataque al Cuartel de la Montaña,

Todos los cubanos residentes en Madrid tomaron las armas. Nuestros compañeros del Comité respondieran. presente. El responsable del grupo donde yo iba, era el líder minero as-turiano camarada Maximiliano Álvarez, autor del libro UHP (Unión de Hermanos Proletarios). También formaban parte del grupo Claudio Gutiérrez y sus sobrinos. Ellos llevaban fusil y yo una pistola. Tuvimos suerte, nadie resultó herido.

Tomado el Cuartel de la Montaña, cada cual se integró a su organización. Al llegar al Socorro Rojo, me enviaron rápidamente a trabajar como enfermera al Hospital de Maude, conjuntamente con Tina Modotti, Matilde Landa y María Valero. El hospital llamado "obrero", estaba administrado por organizaciones religiosas. Las enfermeras eran monjas, que se negaban a recibir heridos y a prestar auxilio, por lo que el doctor Juan Planelles consultó al Partido Comunista y al Socorro Rojo, los que dieron la orientación de tomar el hospital. Una hora después, estaba en nuestro poder.

Comenzamos a traer heridos de los distintos lugares en que se combatía, pero nos encontramos con que las monjas habían dejado todas las salas cerradas con llave. Entonces surgió la orden: "Salten las cerraduras a tiros." Y así se hizo.

Aquel hospital era enorme. El quirófano tenía un tamaño tal que podían practicarse tres operaciones al mismo tiempo. Había de todo y de magnífica calidad para la época. Las salas tenían gran amplitud, pero en todo el hospital no llegaban a cien los enfermos, viejos e inválidos. Dispuesto más o menos en el centro del edificio, se hallaba un bloque circular compuesto por 32 habitaciones en los bajos y 22 en los altos, de unos 3 por 3 metros, que habían sido ocupadas anteriormente: las de los bajos por unos capellanes y empleados, y las de los altos por las monjas.

Después de la ocupación del hospital, Carlos Contreras, Victorio Vidali, dirigente del Partido Comunista Italiano nos envió un grupo de voluntarias sanitarias y enfermeras. El compañero Claudio Gutiérrez se hizo cargo de la cocina. Planelles era un roble: humano, responsable, generoso, seguro de sí mismo y de las órdenes que impartía; no descansaba, su fe era como el sol, que a todos nos alcanzaba.

Días después, cuando salíamos para Buitrago en camionetas, automóviles y una ambulancia para transportar heridos, los fascistas nos abrieron fuego, emboscados en algunas partes de la carretera. El doctor Nafría nos decía: "Compañeros, rescataremos a todos los que podamos. No retrocederemos en el empeño." Y agregaba: "Algo importante: recojan todas las armas y los documentos que puedan."

Vizcaíno estaba en las avanzadas, pero no pude verlo... Se batía en retirada contra el grueso del enemigo. Regresamos a Madrid con muchos heridos. Las camionetas y los automóviles iban llenos. La Quinta Columna había hecho muchos estragos con sus sabotajes.

La enfermera Lafita y Doctor Planelles

En el mes de agosto ocurrió un grave accidente en una de las salas de enfermos: varias sanitarias voluntarias y empleados murieron envenenados. La investigación arrojó que el envenenamiento había sido con cianuro. Hubo una reunión de Planelles con los médicos. Después nos llamaron a Tina Modotti, a Matilde Landa y a mí, y nos dieron distintas orientaciones. En nuestro grupo, sería Tina la responsable de velar contra todo tipo de sabotaje.

Tiempo después, el terrible veneno entró nuevamente en el hospital, pero esta vez se le ocupó a una bellísima enfermera, mujer de unos 35 años. Detenida,  confesó y fue condenada a la pena capital.

Un día, no recuerdo bien si del mes de agosto, fui llamada por el doctor Planelles a una de las 22 habitaciones. Cuando entré, quedé totalmente sorprendida: allí se encontraba Dolores Ibárruri, Pasionaria, mujer por quien todos sentíamos gran admiración. Vestía, modestamente, de negro, el pelo partido al Medio y recogido en un moño. Creo que la emoción me hizo casi enmudecer. El doctor Planelles me dijo: "Dolores padece un fuerte ataque hepático. Nadie puede entrar aquí; sólo Tina y tú. No puede dársele nada que yo no haya ordenado. Fíjate, cubana, en estos momentos puede peligrar su vida; el enemigo ha dado órdenes de eliminarla. Te turnarás con Tina. Yo seré el médico que la atienda." Le pregunté: ¿Traigo mi pistola a la habitación? Me contestó: "Desde luego." El gesto de confianza que depositó en mí el doctor Planelles, siempre ha llenado mi corazón de felicidad.

Los republicanos españoles, a la memoria de todos los voluntarios cubanos caídos en España luchando contra el fascismo.