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Periodistas y corresponsales en la Guerra Civil española.

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EXTRANJEROS (10)

(Trabajando)

Barbro Alving - Bang

Corresponsal sueca llamada "Bang" que siguió durante algún tiempo la guerra civil española:

Las milicias internacionales se ejercitan ante su viaje al frente.

BANG en España.

Las Brigadas Internacionales dan la vuelta a la situación.

Un joven derriba dos aviones hostiles.

Bang ha enviado una segunda carta desde Albacete. Ha mantenido, entre otras cosas, una entrevista con una brigadista francesa que ha luchado en tres frentes y cuenta que la milicia podría ser mucho más fuerte si hubiese armas para poner en las manos de los voluntarios. No sólo faltan armas, faltan también ambulancias, quirófanos y medicamentos. Pero la orden de cada soldado es: «¡Ils ne passeront pas!» [¡No pasarán!]. Las ganas de vencer son indomables y el comandante de las Brigadas Internacionales ha dado la vuelta a la situación en favor del Gobierno y asegura que van a vencer.

  Recuperación fuerte

Albacete, en diciembre

Hay una lluvia torrencial en Albacete hoy, y la lluvia y la niebla barren también todo Madrid. En otras palabras, hace un tiempo ideal para España. Mis pilotos de avión están sentados en el café del Gran Hotel; dicen que los enemigos están ahora haciendo lo mismo. Hay un chico joven, en la vida civil es piloto comercial, tiene pinta de actor-héroe de película americana romántica de aviones, pero por el momento ya ha derribado dos aviones enemigos. El otro chico de la mesa es un pequeño y divertido muchacho que ha dado algunos problemas a la dirección por su mentalidad francesa, quería llevarse a una chica mexicana en su equipaje la primera vez que fue a Madrid.

Franceses y españoles, todos hablan sobre la Brigada Internacional. Si la Brigada no hubiese llegado se habría perdido la guerra ya, lo dice el chico de la mexicana, con franqueza. Yo quiero ver a la gente que quiere evitar la derrota, y no necesito buscar mucho tiempo para encontrar a los voluntarios. La mayoría están en el frente, pero también hay gente en Albacete, y cada día vienen nuevos. Me muevo a otra mesa y me encuentro entre más voluntarios. Ahora, es un francés-americano, un ex policía que lleva esperando veintidós días para poder ir a Madrid; no tiene armas, ni tampoco está designado a una unidad militar, está enfadado con la falta de organización. Otro es un hombre rubio con bigotes grandes y con aceite de motor hasta en la visera de su gorra, ha viajado desde su floreciente taller de motos en Manchester para luchar con el Gobierno español.

Una francesa corpulenta que ha luchado ya en tres frentes

El flamante motorista está casado, pero su esposa piensa que se encuentra en Londres, en una concentración de motos. El tercero ha dejado un trabajo como albañil con un sueldo de 1.500 francos al mes en el sur de Francia, tiene el brazo vendado y lo mira con impaciencia. Le pregunto por qué ha venido aquí y su respuesta es muy sencilla: «Para disparar a algunos fachas». Los otros hacen señales con sus cabezas de asentimiento, no hace falta preguntar más sobre el tema.

Algunas horas después les veo desfilar, cientos y cientos de personas marchando para enterrar a su primer compañero muerto, que portan en su cama del hospital. Es un cortejo funerario interminable, de color caqui, los cigarrillos balanceándose en las comisuras de los labios; un lento sepelio, la marcha tiene el balanceo del caminante no del regio militar, se nota desde lejos que no son españoles forzados a hacer una guerra, son personas que quieren luchar. No tienen el aspecto de almas bellas, tienen los rostros de la lucha, dentro de cada hombre hay un destino y una enérgica voluntad, así lo siento yo, por lo menos, desde donde estoy mirando, desde la ventana del edificio de la comisaría de policía, los vemos marchar.

La francesa que ha luchado en tres frentes

Estoy en la comisaría de policía esperando —«la espera española»— para obtener los papeles necesarios para poder continuar mi viaje a Madrid. El intérprete que va a solicitar mis permisos a la Guardia Civil ha quedado en venir a las 4, y son las 5 y media. Tomo la decisión de volver a las 6, puede ser que el intérprete no tenga nada que hacer a esa hora y se le ocurra venir entonces. Me voy al cuartel de las Brigadas Internacionales, que se encuentra situado en el antiguo barrio de los ricos; hay que iluminar con una linterna el suelo de barro porque la oscuridad de la guerra ha caído de nuevo sobre la ciudad. El vigilante de la puerta es de Alemania del sur y me deja entrar. La sala está llena de jóvenes con y sin armas; en un sofá está sentada una joven corpulenta que lleva pantalones y blusa caqui. Es Christiane Coudet, la francesa que ha luchado en tres frentes, que ha estado en Toledo y que ha recibido dos balas en el hombro en Chapinería. Ahora está esperando para volver al frente.

—Usted me pregunta por qué todas estas personas que están por aquí haraganeando en las esquinas de las calles y apoyados en las paredes no están en los frentes. La respuesta es simple: no tienen armas. Todo falta, armas, ambulancias, quirófanos, medicamentos, tampoco tenemos suficiente algodón. Lo único que no falta son las ganas de ganar. La última palabra que dicen cuando van a luchar es: «Ils ne passeront pas», «No pasarán». La milicia, el brigadista, las mujeres, todos dicen lo mismo. En cada pueblo desde aquí hasta Madrid dicen lo mismo, está escrito en el orden del día de cada soldado: «No pasarán».

La chica desaparece en el despacho del comandante y yo me quedo como una prisionera de guerra. Aparece un enorme hombre gordo, que parece ser la persona con cargo de director, y está muy enfadado. Grita: «¡Qué hace esa persona aquí, llama al guardia, va a ser castigado!, ¡Piensa que esto es un hotel donde se entra cuando se quiere; estos idiotas no entienden que esto es una guerra!». Yo no digo nada, pienso que en el fondo tiene razón. Dos personas calladas están vigilándome mientras él revisa mis papeles; por lo visto están en regla, me llevan al comandante Vidal. El comandante es un hombre moreno que lleva un uniforme azul marino con una gran estrella de plata como única decoración, es un ex periodista francés, inteligente y simpático.

Todos con el mismo corte: anti-fachas

El comandante Vidal me explica que la Primera Brigada empezó su servicio el 20 de octubre, la Segunda fue creada la primera semana en noviembre, la Tercera está formándose ahora. Las Brigadas tienen todo tipo de armas, pero hasta el momento vienen más voluntarios que material. Pero no nos falta nada, el Gobierno español nos apoya como a todas las brigadas españolas y hemos recibido aportaciones de todas partes. Nos han dicho que la llegada de las Brigadas ha dado la vuelta de la situación en el frente. Sobre eso no puedo decir nada pero si puedo añadir una cosa: ¡Venceremos!

¿Escandinavos? Algunos daneses, eso es todo, que yo sepa. Pero ni suecos ni noruegos. Pero de todas partes vienen voluntarios, socialistas, comunistas, liberales, apolíticos, idealistas, aventureros, todo tipo de hombres, pero, eso sí, todos con el mismo perfil anti-fascista. Hay italianos y alemanes, que han dejado sus países para luchar aquí, y que nunca podrán volver. Hay algunos chinos y también soldados que han viajado desde América. La incorporación de voluntarios es mayor que las bajas, hemos perdido muchos pero no tantos como para que sea catastrófico. Lo más importante de todo es que: VENCEREMOS

Jay Allen

Jay Allen es uno de los más famosos corresponsales americanos en Europa durante los años bélicos. Había nacido en 1900. Era hijo de abogado y estudio en Harvard. Empezó temprano (1924) a trabajar de corresponsal en Europa del Chicago Tribune, desde la capital de Francia, cubriendo entonces toda las crisis de la Europa de posguerra: El nacimiento de los fascismos, las inacabables crisis balcánicas, el nazismo, etc...

Con la II República española, y entendiendo Allen, que era un momento decisivo para España, se trasladó en 1934, viajando por Extremadura, muy interesado en la reforma agraria, y en concreto en la contrarreforma del bienio negro. Sorprendido por la revolución de Octubre, un artículo para el Chicago Daily News narrando la represión gubernamental en Asturias le costó un disgusto con la policía española. Afortunadamente contó con la ayuda de su amigo y colega John T. Whitaker corresponsal del Chicago Daily News. La sublevación militar le pilló en España, concretamente en Málaga, y ni corto ni perezoso corrió a Tetuan para entrevistar a Franco (27 de julio). Algunos párrafos son estremecedores:

Allen: «¿Durante cuánto tiempo se prolongará la situación ahora que el golpe ha fracasado?»

Franco: «No puede haber ningún acuerdo, ninguna tregua. Salvaré a España del marxismo a cualquier precio».

Allen: «¿Significa eso que tendrá que fusilar a media España?»

Franco: «He dicho a cualquier precio»

Hay que señalar, que Allen ya sabía lo que estaba pasando en la España rebelde, de ahí la pregunta que le hace a Franco sobre fusilar a media España, lo que probablemente ignoraba era la espantosa medida que alcanzaba esa represión. En Badajoz lo averiguó.

Allen, entrando desde Portugal, describió las matanzas de Badajoz con cruda pasión. Sus primeras crónicas fueron censuradas pues escritas en Elvas el 25 de agosto, no llegaron al periódico. Advertido Allen de esta situación y consciente de la importancia de la crónica, se las apañó para hacer llegar la crónica de estos sangrientos hechos. La crónica de Allen alarmó tanto a su amigo John T. Whitaker que, éste se presentó ante Yagüe y le preguntó si era verdad que habían sido asesinados varios miles de personas. Y el teniente coronel Yagüe respondió sonriendo:

 «Naturalmente que los hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar 4.000 prisioneros rojos con mi columna, teniendo que avanzar contra reloj? ¿0 iba a dejarlos en mi retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?»

La crónica de Allen sobre las matanzas de Badajoz, está actualmente considerada como paradigma de la información veraz y completa sobre el terreno, e inicia el largo camino del periodismo de guerra.

Allen también consiguió otra entrevista sensacional, la del líder fascista José Antonio Primo de Rivera pocas fechas antes de su fusilamiento. El hijo de Primo de Rivera, enfrentado con su triste destino, olvidó, como todo quisque, la dialéctica de los puños y las pistolas, y se acercó a la reconciliación nacional, que personalmente tanto necesitaba, y que a marchas forzadas, Prieto trató de conseguir, principalmente por simpatías personales, segundo, porque odiaba los fusilamientos, legales o no, y tercero, porque consideraba que era más útil a la República, vivo que muerto. Lo cierto es, que Allen, periodista de pro, trató de no perjudicar a Primo de Rivera con su crónica, evitando las preguntas más comprometedoras.

Tras algunos trabajos para otros periódicos, Allen regresó a los Estados Unidos, donde buscó ayuda gubernamental para la II República. Al estallar la Segunda Guerra Mundial regreso como corresponsal americano a la Francia ocupada, aunque su verdadera tarea, consistía en ayudar a intelectuales, artistas y personalidades a escapar de la Francia Nazi. Fue detenido por la Gestapo y encarcelado, pero tuvo la fortuna de ser canjeado por la Cruz Roja en un intercambio de prisioneros. En 1942 desembarcó con el ejercito americano en el Norte de África afecto al departamento de Guerra Psicológica.

Tras la guerra, Allen, y viendo la deriva ultra conservadora que le acometía a su país, se retiró de la vida pública. El gran Allen, deprimido, sufrió varios ictus, muriendo en 1972. Que la diosa razón tenga en su seno a este héroe de la democracia y del periodismo de guerra.

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Matanza de 4.000 personas en Badajoz, "ciudad de los horrores", contada por el corresponsal del Tribune. 

Felix Correia

(1901-1969) Avezado corresponsal del Diario de Lisboa que ya había entrevistado a Hitler en 1935 y que entrevistó a Franco  el 8 de agosto de 1936. Fue la primera declaración de motivos e intenciones del general rebelde a su llegada a la Península. La entrevista, que Correia recogió en su libro Quem vem lá? tuvo gran repercusión internacional):

(…)

FC – ¿Cuál es la situación general en este momento?

 F - La mejor posible. Y a cada hora que pasa mejoran las posiciones del Ejército y disminuyen las posibilidades de resistencia del gobierno de Madrid y sus cómplices. En todas partes nuestras tropas y los miles de civiles que están con nosotros toman siempre la iniciativa y salen ganando en todos los combates. Madrid está prácticamente cercado, quedándole apenas las vías de comunicación con Valencia, e incluso éstas están interceptadas en parte. (…) En Madrid han asesinado a sacerdotes y “monjas”, igual que en las otras zonas donde dominan los marxistas o donde han estado dominando hasta nuestra llegada. Se ha matado a personas por el sólo hecho de ser propietarios o porque se les atribuían ideas contra-revolucionarias. No se libran de la saña de estos bárbaros ni mujeres ni niños. Son enormes las listas de estos vandalismos, que son una auténtica vergüenza. (…) ¿Y de quién es culpa todo esto? De los gobiernos que, desde 1931, se han venido sucediendo, y de los dirigentes marxistas que impunemente han venido pregonando la guerra civil, el odio, el asesinato. Se ha perdido el respeto por la vida ajena, por las creencias, por la propiedad privada.

(…)

FC – ¿Cuáles han sido las causas determinantes de la eclosión del movimiento?

F - Desde 1931 se venía procediendo a una auténtica operación de desnacionalización y de desmembramiento de España. Se vivía permanentemente en guerra civil. El ejército venía siendo progresivamente “triturado”.

 (…)

FC – ¿Cuáles son los objetivos principales de la revolución?

F - Salvar la patria del caos y de la vergüenza en la que se encuentra y evitar la hecatombe que se estaba preparando para estos días. Restaurar la economía nacional, estableciendo la mayor colaboración entre los diversos elementos de la producción. Restablecer el orden, la autoridad, el respeto por la vida, por la propiedad privada, por la religión que España ha seguido siempre. Volver a engrandecer y a prestigiar la Nación.

(…)

FC – ¿Y qué es lo que saldrá de esta revolución?

F - Una dictadura militar que inicie la realización del programa que ha unido a todos los patriotas de este movimiento.

 FC - ¿Larga o corta?

 F - Su duración depende de las resistencias que encontremos por parte de los organismos con funciones esenciales en la nueva estructura de la Nación española.

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El general Franco expone al Diario de Lisboa los antecedentes, los motivos, la oportunidad y los fines de la revolución. Diario de Lisboa, 10 de agosto de 1936

Geoffrey Cox

Sir Geoffrey Cox nació en Nueva Zelanda en 1910. Estudió en la Universidad de Oxford con una prestigiosa beca «Rhodes Scholarship» entre 1932 y 1935. Tras ello se hizo periodista profesional. Como corresponsal extranjero, informó sobre los grandes acontecimientos de la década de 1930. Se incorporó al servicio militar en la Segunda Guerra Mundial, donde además de realizar otras funciones, fue el encargado de la Misión Diplomática de Nueva Zelanda en Washington. En los años 1950 y 1960 fue pionero del periodismo informativo en la televisión. En 1966 la Reina de Inglaterra le nombró sir por su destacada contribución al periodismo. Actualmente vive en Inglaterra, en el condado de Gloucestershire:

Geoffrey Cox. Corresponsal de guerra del News Chronicle:

Madrid, viernes

La cuarta semana de ataques a Madrid por parte de Franco se cierra hoy con la ciudad en una posición aparentemente más fuerte que nunca. Calles que hasta hace sólo un mes contaban con unas cuantas losas en la calzada o sacos de arena amontonados como defensa, ahora tienen barricadas cuidadosamente diseñadas, trincheras profundas y armas bien ubicadas y dirigidas.

Y, más importante aún, los hombres y mujeres que las usan están ahora convencidos de que la victoria es suya.

Los rebeldes lanzaron esta tarde el ataque más duro hasta el momento, en el barrio situado detrás de la línea del Gobierno, cerca de la prisión y de la Ciudad Universitaria.

Veintitrés bombarderos trimotores escoltados sobrevolaron el centro de la ciudad justo después de las 2. Unos minutos más tarde, el cielo se encontraba cubierto de humo proveniente de edificios demolidos y en llamas debido a las bombas incendiarias.

Ataque rechazado

Es evidente que los rebeldes tratan de abrirse camino a través de las defensas situadas en el noroeste y oeste de la ciudad mediante un bombardeo intenso. Pero en el frente de Pozuelo, la victoria sigue en manos del Gobierno.

A pesar de que en los últimos cuatro días los rebeldes han emprendido el mayor ataque lanzado hasta el momento (más de 5000 hombres con tanques y artillería), no han conseguido romper las líneas del Gobierno, de la Columna Internacional y de la milicia y alcanzar la calle Escorial.

Por el momento, parece que no hay peligro en esta calle. 

Tras esta acción, el general Kléber recomendó que el batallón italiano Garibaldi de la Columna Internacional recibiera una mención especial y que su comandante, Paccardi (quien encabezaba una de las milicias de los trabajadores opuestos a los fascistas de Mussolini en 1931), recibiera un ascenso.

 Bomba alemana

Una de las bombas incendiarias lanzadas hoy llevaba inscritas las letras RhS, la marca de Rheinische Stahlwerke de Alemania. 

La policía rodeó y asaltó anoche un edificio bajo la jurisdicción de la legación finlandesa, situado enfrente de la embajada británica. Cuatrocientos refugiados, la mayoría de nacionalidad española, fueron conducidos a la sede de la policía para ser interrogados.

Se sospecha desde hace tiempo que varias legaciones y embajadas han estado albergando a fascistas (la «Quinta Columna» de Franco) y la acción de ayer fue llevada a cabo porque el martes se lanzó una bomba-lata desde ese edificio a un miliciano, aunque no resultó herido. El miércoles, otra bomba proveniente del edificio hirió gravemente a un niño.

Anoche, sobre las 3:30, la policía rodeó el edificio y el encargado de negocios británico fue informado de que tendría lugar el asalto. Tras llamar a la puerta durante una hora exigiendo que se abriera «en nombre de la República» sin obtener respuesta alguna, los milicianos decidieron entrar tirando la puerta abajo, para lo que emplearon un hacha.

En el momento en el que llegaban al final de [la calle] Fernando el Santo camino de vuelta a la embajada junto con otros dos periodistas, pudimos oír cómo el eco del derribo de la puerta resonaba en el silencio de la noche.

Tres tiros

Un robusto policía de guardia nos dio el alto y nos pidió que avanzáramos en fila dejando diez yardas de distancia entre uno y otro para no llamar la atención. Al acercarnos al edificio finlandés oímos tres tiros que provenían del interior. Entonces llegaron los llantos de las mujeres y los niños (la alarmada familia del guardia, como descubrimos más tarde).

Al pasar por las verjas de hierro de la embajada británica, que estaban fuertemente vigiladas, la primera tanda de refugiados fue introducida en un camión que les aguardaba. Se trataba de un desfile de hombres y mujeres terriblemente asustados.

Tres hombres salieron llevando a otro hombre a quien describían a gritos como un «camarada herido».

 

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Bombas incendiarias sobre Madrid La capital confía en su victoria. News Chronicle, 5 de diciembre de 1936

Ilyá Grigórievich  Ehrenburg

(1891-1967). Escritor y periodista soviético, de ascendencia judía, autor de diversos libros que alcanzaron gran popularidad más allá de las fronteras de su país: "Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito", "Rapaz", "Moscú no cree en las lágrimas", "El segundo día"  , etc. En 1932 visitó por primera vez España, y escribió poco tiempo después un libro titulado "España, república de trabajadores" (Ed. Cénit, Madrid, 1932), en el que, en cierto modo, ironizó sobre el entonces nuevo régimen político español. Durante la guerra civil española pasó algún tiempo en la zona republicana como corresponsal de guerra, pronunciando gran número de conferencias de carácter propagandístico e interviniendo en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, del que fue uno de sus principales alentadores. Fruto de esta segunda estancia en España fue su libro "Guadalajara: una derrota del fascismo", publicado en lengua alemana (Estrasburgo, Ed. Promethée, 1937). En 1946 fue nombrado miembro del Soviet Supremo, lo que, al estar libre de toda sospecha de heterodoxia política, le permitió contactar con los medios culturales de otros países, concediéndosele el Premio Stalin de literatura algunos años después (1942 Y 1947). Autor, también, de "Gentes, años, vida. Memorias" (Ed. Planeta, Barcelona, 1985), libro que constituye un valioso testimonio sobre los ambientes políticos e intelectuales de Europa en el período comprendido entre las dos guerras mundiales:

Han venido de diferentes países: de Italia, de Noruega, de Holanda, de Bulgaria. No podían conversar entre ellos. No tenían un idioma común. Pero juntos cantaban La Internacional. Entre ellos había viejos y jóvenes, albañiles y músicos. Combatieron como héroes. Nunca retrocedieron. Vi en una aldea a viejos campesinos abrazar a los extranjeros. Posiblemente hubiesen querido decirles: «¡Sois nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros protectores!». Pero ni húngaros ni franceses entendían español. Las mujeres se asomaban a las puertas, rodeadas de niños, y alzaban el puño, con lágrimas en los ojos.

Algún día, alguno de los héroes supervivientes escribirá un libro deslumbrante sobre el valor y la fraternidad. Será la historia de las Brigadas Internacionales.

Escribo esta historia sentado en un camión. He olvidado qué es una mesa, un tintero. Alrededor, allá arriba, un cielo cuajado de estrellas. Los franceses siguen el compás de La Carmagnole, golpeando en las soperas.

Me encuentro a un bielorruso de Stolbtsy, ex seminarista. Sus padres le decían que era un monstruo. Un día leyó en un diario polaco: «Criminales emigrados polacos luchan en España al lado de los rojos». Consiguió un pasaporte y dinero para el pasaje. Ahora es teniente de artillería.

Un judío de Lvov. Tuberculoso. De profesión, sastre. Tiene veintidós años y ha pasado tres en la cárcel. Llegó a París escondido entre los ejes de un vagón de carga. Completamente tiznado, se arrastró hasta el andén. Lo tuvieron detenido ocho días. Después volvió a esconderse bajo un vagón y llegó a la frontera española. En los combates en los alrededores de Madrid ha hecho prisioneros a dos marroquíes.

Un italiano. 54 años de edad. Empleado. Cuando un orador pronuncia un discurso, asiente con la cabeza. Muy delgado, con una barba rala de chivo.

—Ésta es mi segunda revolución —dice el italiano; la primera fue en el distrito de Tambov. Soy de Trieste. He sido prisionero de guerra y después trabajé en Francia. Espero ver una tercera revolución, en mi tierra.

Un francés, propietario de una tienda en Toulouse. Durante seis semanas leyó en los diarios noticias sobre las «bestialidades» de los marxistas españoles, sobre la «generosidad» del general Franco, sobre las ventajas de la no-intervención. Un día leyó un artículo sobre los niños de Madrid que los mercenarios alemanes habían asesinado. Cerró su tienda y puso un cartel en la puerta: «Cerrado hasta la victoria definitiva del pueblo español». Y se fue a Barcelona. Le habían herido en el hombro.

—Pronto estaré curado y podré volver al frente.

Un pastor de ovejas, eslovaco, dijo: «Contra los aristócratas, por la verdad».

Un alemán, catedrático, especialista en investigaciones sobre la flora subacuática. Comandante del Batallón «Karl Liebknecht», ha arrebatado al enemigo dos ametralladoras.

Un belga, cuarenta y cuatro años. Minero. Dejó mujer e hijos en su tierra.

—Da asco ver cuántos jóvenes se pasean por Valencia. Habría que mandarlos a Asturias, al frente. Allí hay gente de los nuestros que sabe morir.

En la pedregosa tierra de Castilla he encontrado gente de los suburbios de París: Ivry, Villejuif, Saint Denis, Asnières, Suresnes. En las noches heladas los hombres duermen al raso, descubiertos.

Los heridos, en los campamentos médicos de campaña, apretaban los dientes para no gritar. Al morir, todavía alzaban el puño.

Muchas veces no se conseguía entender lo que decían. En la oscuridad, no se distinguían sus caras. Únicamente se sentía el calor de sus manos. Aprendí en lo más profundo de mi ser qué es la fraternidad.

Sus secciones tenían nombres de héroes y mártires: el Batallón «Dombrovski», el Batallón «Garibaldi», el Batallón «Thälmann», la Batería «Edgar André», el Batallón «Fontaine».

En una iglesia semiderruida, a la escasa luz de las linternas, cinco hombres componían el diario de los artilleros. Impreso en cinco lenguas. Un artículo en francés, otro en italiano, el tercero en alemán, el cuarto en español y el quinto en polaco.

El cajista, un parisiense, componía palabras que le resultaban incomprensibles. De tanto en tanto, sonreía al encontrar una expresión familiar: «Fascistas», «Madrid», «Internacional».

El comisario interrogaba a los infractores en una choza helada, vacía:

—Te has emborrachado y has abandonado tu puesto. No necesitamos gente como tú. El batallón ha decidido hacerte volver a Francia.

El voluntario calló. Era un joven obrero metalúrgico de Saint-Étienne. Tenía un rostro agradable, de rasgos algo toscos.

Finalmente dijo:

—No me hagas volver. ¿Me oyes? No me hagas volver. No me iré. He venido a luchar contra los fascistas. Sé bien lo que he hecho. Si es necesario, hazme fusilar para dar ejemplo a los demás, pero no me eches. Me mataré si me obligas a regresar. Mándame a un puesto avanzado, de patrulla; al encuentro del enemigo; a la muerte. A donde quieras, pero simplemente no me hagas volver.

Grandes lágrimas inundaron su cara ancha, simpática. El comisario se dio la vuelta y dijo:

—Está bien, revocaremos la orden.

Entonces el miliciano se secó los ojos, se puso en pie y alzó un puño húmedo.

Los italianos organizaron una fiesta para los campesinos en una pequeña aldea. Cantaron canciones napolitanas y venecianas, hicieron juegos de manos, bailaron. Después, se proyectó una película sonora en la que aparecía Tchapaiev entonando la canción popular rusa del batallón Cuervo negro.

El comandante leyó un manifiesto del general Kléber: «Estoy orgulloso de los triunfos del batallón italiano».

Pronunció su discurso un italiano canoso:

—A la bandera roja, salud. Bajo esta bandera ha vencido Tchapaiev. Bajo esta bandera hemos defendido Madrid. Bajo esta bandera celebraremos en Roma nuestra victoria.

A modo de respuesta, resonó en cientos de gargantas la canción preferida de los obreros italianos: «Vencerá la bandera roja».

Una española de rostro serio, en el que se mostraban la miseria y el hambre, alzó a su niño y gritó: «¡Pues sí, vencerán!»

Mijail Koltsov

(1898-1942). Político y periodista soviético que en su juventud se enroló en el ejército de su país. Colaborador del diario Pravda y fundador del semanario Ogokek, en cuyas páginas publicó una serie de artículos sobre sus viajes a Asia, Alemania, Hungría y Yugoslavia. Al estallar la guerra civil española se trasladó a España, como enviado especial del citado diario. Tenía grande influencia en los medios soviéticos y españoles, Se le ha querido implicar en las matanzas de Paracuellos sin ningún fundamento. En 1938 se ordenó su regreso a la URSS, donde desapareció en una de las purgas de Stalin. 

Koltsov representa lo mejor de la revolución rusa, revolucionarios en estado químicamente puro, formados política e incluso, militarmente, y capaces de análisis rápidos, cortos y certeros, que nos dejan impresionados. Como la mayoría de los rusos llegados a España serían fusilados al regreso a Rusia por lo que representaban. Traían un fresco y renovador viento de las tierras iberas, que chocaba brutalmente con el horror estaliniano. Y por ello, aquel cruel dictador, indigno de ser comunista, fusiló a Koltsov, como fusiló a todo bicho viviente que destacara en lo más mínimo. Que la diosa Razón maldiga a todos los dictadores asesinos durante toda la eternidad:

(Por telégrafo, del enviado especial de Pravda)

MADRID, 31 de octubre

Los últimos días, el estado de ánimo ha cambiado mucho en el frente central; en ambos bandos, sin duda alguna.

Al enemigo se le asestó un contragolpe, además con gran efecto. Por primera vez en las últimas seis semanas, las tropas republicanas avanzaban en el frente central. Durante un día entero combatieron con las mejores fuerzas fascistas, las unidades de la Legión Extranjera, la caballería marroquí y la infantería: pelearon aniquilando al enemigo.

Por cierto que el papel decisivo en este contraataque lo jugó el armamento de ofensiva motorizado: tanques y aviación. Pero también la infantería, pese a su aún escasa experiencia, demostró que puede tomar la ofensiva. En el flanco derecho, un grupo de choque de la infantería, por sí solo, sin apoyo de tanques, ocupó Torrejón de la Calzada y se mantuvo en él. En el flanco izquierdo, las unidades de Aranjuez, al mando del capitán Burrillo, tomaron y mantuvieron en su poder la estación de Seseña.

Por otro lado, el propio enemigo se desconcertó al encontrarse no sólo con una feroz resistencia, sino también con un contraataque inesperadamente fuerte y bastante sensible…

Son las cinco de la madrugada. Los estados mayores y los jefes trabajan.

Son las seis. Todas las unidades están en la posición de partida, listas para emprender la marcha.

Las seis y treinta minutos. En la zona aparece la columna de tanques. Queda sólo por felicitar a la industria militarizada española, a sus obreros e ingenieros por el éxito que proporcionaron dos meses de esfuerzos por reestructurarse para cubrir las necesidades de la defensa de la República.

Los propios tanquistas son cien veces mejores que sus máquinas. ¡Unos muchachos maravillosos, abnegados y seguros de sí mismos! La infantería los recibe con clamoroso entusiasmo.

Son las seis horas y cuarenta y cinco minutos. El combate ya se ha entablado. La aviación está atacando Seseña, Torrejón e Illescas. La artillería dispara con fuego centralizado contra estos pueblos. Los tanques han entrado ya en Seseña. La fuerza viva, infantería, sigue a la motorizada, aunque con dificultad.

Vamos a seguir también nosotros a la columna de tanques.

Corren por el campo, luego se acercan al pueblo y sin encontrar resistencia, bajo un fuego algo desordenado del enemigo, penetran en la calle mayor. Aquí no se comprende aún qué pasa, tanto más por cuanto los tanques todavía no disparan. En la pequeña plaza, un oficial fascista, interesado, para el tanque del jefe y pregunta, amable:

—¿Italiano?

En vez de contestar, el jefe cierra descortésmente la tapa de la torreta y dispara. En ese momento, el pueblo se convierte en un hervidero.

Pese a ello, no debemos imaginarnos que la invasión de la columna de tanques del pequeño pueblo español sea una aniquilación de algo débil e indefenso. Todo lo contrario, sólo el arrojo y coraje de los tanquistas han podido llevarlos allí.

Esto no es la Europa oriental, donde el tanque puede dar la vuelta fácilmente aplastando, en el mejor de los casos, la valla de un huerto y los pepinos del bancal. Si la máquina atropella una casa de madera, la derribará o pasará a través de ella.

Un poblado español, como por ejemplo éste de Seseña, constituye un tupido laberinto de callejuelas y callejones sin salida, estrechos y retorcidos, donde cada casa es una vieja fortaleza de piedra, con muros de un metro o de un metro y medio de espesor.

Es muy difícil y peligroso combatir en esta ratonera de piedra. Los tanques avanzan despacio, contestando imperturbablemente al fuego de fusiles y ametralladoras. Dan con varios cañones traídos aquí, por lo visto, la víspera, y los aplastan. En una calle estrecha ha quedado embotellado y no puede desenvolverse un escuadrón de caballería mora. Se produce una escena horrible: habiendo hecho fuego de cañón y de ametralladora durante unos minutos, los tanques simplemente atropellan al montón de caballos y hombres, exterminado, tiroteado y aplastado más de un centenar de jinetes con caballos.

A riesgo de atollarse en los callejones, los tanques cruzan el pueblo. Pero es evidente que las fuerzas no han sido aniquiladas y conservan su capacidad combativa. Los tanquistas deciden repetirlo todo desde el comienzo y, dando la vuelta, entran en la ciudad por el mismo camino.

Ahora les espera una feroz resistencia. A los fascistas se les ha ocurrido subir los cañones restantes a los tejados de las casas y desde allí disparan contra las torretas de los tanques. Eso por poco acaba con las primeras máquinas. Los tanques siguientes disparan al ras, por debajo de las cornisas de las casas. Los tejados se hunden, y junto con ellos se hunden los cañones.

Los moros han ingeniado una clase de bombas incendiarias caseras, pero muy peligrosas. Envuelven con trapos las botellas de gasolina, las encienden y las arrojan contra los tanques. Esto puede provocar una inmediata inflamación de las juntas de goma de la tapa, con el peligro de que arda todo el tanque.

En este segundo choque que se desarrolla en el laberinto de piedra, los tanquistas hacen verdaderos milagros de heroísmo. Su coraje llega al extremo de que bajo el fuego de las ametralladoras salen de sus tanques, suben a los postes y cortan los cables telefónicos…

Tres veces entra la columna en el pueblo y tres veces repite el combate. Tras aniquilar a unos 200 soldados enemigos más y aplastar todas las baterías, la columna sigue avanzando hacia otro pueblo. Allí realiza la misma operación: extermina un segundo escuadrón de moros, destroza cañones y camiones; engancha una pieza y la lleva a remolque. Combatiendo, da una larga vuelta y en orden de batalla retorna al punto de partida.

A la vez, la aviación republicana, reparada durante su forzoso silencio, ataca, desconcertando a las unidades fascistas acostumbradas a su impunidad. Dispara; derriba un Fiat italiano.

La infantería avanza siguiendo a los tanques, toma dos poblados fortificados. Podría avanzar con más rapidez esta infantería. Eso, sin duda alguna. Pero los combatientes sólo acaban de tomar conciencia de la ofensiva. Todavía no están muy seguros de sus fuerzas…

José Díaz, Antonio Mije y Dolores Ibárruri aparecen en las segundas líneas de combate, exhortan a los combatientes, los llevan adelante y más adelante, a la primera fila, a la línea de fuego.

Cae la noche. Las trincheras y los estados mayores rebosan en júbilo y entusiasmo. A pesar de todo, ¡hoy hemos batido a los fascistas! Claro que no es aún una verdadera ofensiva, pero con todo es un buen golpe, rápido y fuerte. Los fascistas se detendrán a meditar...

Acceda a un recorte del periódico original...

El contragolpe. Pravda, 1 de noviembre de 1936. Belchite está tomada. Pravda, 5 de septiembre de 1937

Artur London

Artur London nació el 1 de febrero de 1915 en Ostrava (Checoslovaquia) y murió en París el 8 de noviembre de 1986. Desde muy joven se comprometió en las luchas obreras y en combates antifascistas, compromiso que le valió la cárcel ya en 1931. Participó como voluntario en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española. En agosto de 1940 entró en la Resistencia francesa, siendo detenido y deportado al campo de Mauthausen en agosto de 1942. De 1949 a 1951 fue viceministro de Asuntos Exteriores en Checoslovaquia. Víctima de la represión estalinista, fue detenido en el tristemente famoso proceso de Praga de 1952. De los catorce acusados de «conspiración contra el estado», once fueron ahorcados y tres, entre ellos Artur London, condenados a cadena perpetua. Consiguió la libertad y su rehabilitación en 1956. Vivió en París hasta su muerte. Es autor de La confesión (1968), narración auto-biográfica de su detención y condena que fue llevada al cine en 1970 por Costa Gavras, con guión de Jorge Semprún... una severa y demoledora crítica del régimen pro soviético que levantó ampollas en su momento

Herbert L. Matthews

Este periodista se hizo famoso cuando entrevistó en Sierra Maestra a Fidel Castro. Pero su actuación ya venía de largo, desde la agresión italiana a Abisinia y nuestra Guerra Civil. Matthews había nacido en Nueva York en 1900 y falleció ewn Australia en 1977. Trabajo para el New York Times y compuso excelentes crónicas en la GCe:

Por Herbert L. Matthews (Pasado por censura)

Madrid

 En tierra española se libran hoy guerras dentro de la guerra. Hay una guerra civil española; en menor escala hay guerras civiles alemanas e italianas; hay una especie de guerra europea de Alemania e Italia contra Rusia; hay una guerra de clases del tipo más complicado que ha llevado al proletariado contra las clases altas y a los izquierdistas y moderados de todas clases contra el fascismo, por lo que mucha gente ha llegado a llamar a ésta, una guerra de ideologías. Los ejércitos que se enfrentan en los frentes de Madrid son endebles si se comparan con las vastas fuerzas que se han desencadenado por todo el mundo tras el levantamiento del general Franco. Esta guerra es como una vorágine en la que los países más próximos a España han sido los más profundamente afectados, pero incluso en sus fronteras más lejanas, ha conseguido atrapar a hombres, partidos y clases, en su enloquecido torbellino.

 Era inevitable que jóvenes idealistas, hombres mayores de convicciones sinceras, mercenarios y, en menor medida, aventureros, se hayan visto sumergidos en esa tormenta para encontrarse en España, dirigiendo tropas o disparando rifles y ametralladoras en cualquiera de los lados en que hayan sentido que debían estar. Por razones fundadas en las corrientes profundas de la política y el pensamiento mundial, la mayoría de esos hombres ha venido a España para pelear del lado del Gobierno español contra los insurgentes. Ningún extranjero objetivo que esté aquí puede dejar de estar estupefacto ante la fuerza de esta inmadura, desorganizada, pero verdaderamente poderosa expresión de la opinión mundial. Algo ha empezado aquí que va a dejar una impronta profunda en el mundo y en las generaciones venideras. No podría cometerse mayor error que el de considerar esta lucha como un mero conflicto localizado.

 No obstante, es demasiado pronto para perderse en especulaciones cuyo panorama puede parecer demasiado vasto y nebuloso como para tener mucha validez. Es preferible tratar de comprender lo que está sucediendo aquí, y una buena manera de hacerlo es acercarse a algunos de esos hombres que han venido de los cinco continentes del mundo para luchar por sus ideales. No viene al caso intentar clasificarlos, ya que no muestran clasificación alguna. Unos son comunistas, otros socialistas, algunos republicanos, demócratas, liberales, otros sólo son revolucionarios, pero todos son antifascistas. Hay que tomarlos como son.

* * *

Por ejemplo, está Emil Kléber, que es la figura más importante de todas. Él manda a toda la Columna Internacional, en la que también se incluye ahora a una buena parte de las tropas españolas. El general Kléber es comunista. Junto con Tim Buck, con quien trabajó en Canadá, sabe lo que es sufrir prisión por las ideas.

 La historia de su vida parece una novela romántica. Nació en Austria. (Puede que su verdadero apellido no sea Kléber; en los círculos revolucionarios no se clasifican las identidades con demasiado cuidado.) Durante la Guerra Mundial fue reclutado por el ejército austriaco, y se encontró luchando como oficial contra los rusos. Fue «capturado» y «escapó». El entrecomillado refleja la sonrisa astuta y cómplice con la que me lo contó. Incluso entonces estaba del lado de los comunistas.

 En lugar de reunirse con las fuerzas austriacas, se marchó a Canadá, donde mantuvo una existencia precaria, hasta que ingresó en las fuerzas canadienses que formaron parte del ejército expedicionario enviado a Siberia. Fue una manera de llegar a Rusia. Luchar en la que parecía estar convirtiéndose en una guerra japonesa de conquista le vino tan bien como a otros radicales sinceros y, mediante un proceso cuyos detalles son bastante confusos, al poco tiempo se vio combatiendo junto a las fuerzas rusas que estaban creando lo que entonces se denominó la República del Lejano Oriente. Eso estaba más en su línea y su ayuda fue un factor nada despreciable en el éxito ruso. Cuando la República del Lejano Oriente se fusionó con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, su trabajo concluyó y dejó Siberia como un soldado con experiencia y gran destreza en un tipo muy peculiar de guerra.

 Siguieron años de luchas opacas en Europa y América. Se le conocía bien en los círculos comunistas de Nueva York. Durante esos años se nacionalizó canadiense. En la siguiente ocasión en que la guerra supo de él, era ya «general» al mando de un Ejército Rojo en China (56 000 hombres armados con rifles con sólo doce cartuchos de munición cada uno). Fue en Kiangsi, donde el mariscal Chiang Kai-shek, con 1 200 000 soldados bien armados, lo tuvo prácticamente rodeado.

 Si alguien pudiera conseguir que Kléber contara lo que ocurrió después, se podría escribir uno de los libros más emocionantes que se hayan publicado jamás. Fue una auténtica epopeya. Condujo a sus hombres en retirada hasta Sichuan en ocho meses, durante los cuales caminaron unas 3500 millas (5630 km), derrotando a todas las fuerzas, una tras otra, que Chiang envió contra ellos, manteniendo siempre el orden y la disciplina hasta que estuvieron a salvo, en aceptables condiciones y fuera del alcance del mariscal. Por cierto, la mayor parte de ese ejército está combatiendo actualmente contra la expedición armada japonesa en el norte de China.

 Concluida su labor, Kléber regresó a Canadá, donde trabajó conjuntamente con Tim Buck. (A propósito, Buck estuvo en España durante los primeros días de la guerra.) Hace un año que salió de Canadá para venir a Europa y, cuando empezó la guerra civil, ofreció sus servicios al Gobierno. Junto con su columna, se lanzó contra las fuerzas de Franco el día que empezó el sitio de Madrid. Fue el momento más apropiado, ya que coincidió con un sorprendente resurgimiento espiritual y moral de la milicia española.

 Kléber es muy modesto al respecto y se niega a admitir mérito alguno. Es un personaje extremadamente atractivo, un hombre bien parecido con una personalidad encantadora. A pesar de su larga carrera sólo tiene 41 años, es un tipo grande, corpulento, con una cara triangular, en la que destacan sus pómulos altos, nariz ancha, labios gruesos y cejas pobladas. Es un rostro que podría parecer brutal si no fuera por su sonrisa infantil e ingenua que aflora constantemente. Además, muestra una camaradería y una modestia que son incuestionablemente genuinas. Es idolatrado por sus tropas, con las que ha luchado en las trincheras del frente disparando su rifle con extraordinaria puntería y demostrando un valor que resulta contagioso. En estos momentos convulsos e inquietos a los que se enfrenta el mundo, a nadie le sorprendería que Emil Kléber resultara ser un factor importante de futuro.

* * *

Resultaría complicado colocar a Kléber dentro de una categoría en particular. Es cierto que es comunista, pero no está luchando aquí por el comunismo; está luchando porque está del lado del Gobierno y del pueblo español, y porque odia el fascismo.

 Nadie debería intentar etiquetar a las fuerzas que combaten en esta facción. Tomemos, por ejemplo, a Randolfo Pacciardi. Tiene el rango nominal de teniente coronel. (Los rangos son términos convencionales para establecer la disciplina adecuada en el frente; detrás de las líneas todos son «camaradas».) Pacciardi es un intelectual, pero al mismo tiempo un hombre de acción. Este escritor mencionó hace un momento que hay más de una guerra civil librándose en España. Hay una italiana, por ejemplo. En este lado, los italianos están en el Batallón Pacciardi y sus filas están aumentando a tal ritmo que esperan tener muy pronto una «Brigada Pacciardi».

 El jefe de este batallón es un abogado guapo, culto, joven (de unos 45 años o menos), con un historial en la Guerra Mundial tan bueno que ha sido propuesto para la más alta condecoración del ejército italiano: la Medalla de Oro. Después de la guerra se dedicó a la política y no como comunista, ni siquiera como radical, sino como republicano. El término «republicano» no significa que quisiera convertir a Italia en una república, sino que se usaba como una expresión de liberalismo y democracia. Formó una organización de veteranos de guerra con hombres que simpatizaban con sus ideas. En una famosa causa legal que llevó Italo Balbo (ahora Gobernador General de «Libia») contra un periódico socialista en Ferrara, Pacciardi defendió con éxito al periódico.

 Sobra decir que un hombre así fue declarado persona non grata cuando los fascistas llegaron al poder y una mañana huyó a Suiza apenas una hora antes de que la policía fuera a buscarlo. Tal como ocurrió con muchos de sus colegas, Suiza tampoco lo admitió y terminó en ese paraíso de refugiados políticos que es París. Allí ejerció con éxito durante años la profesión de periodista. Está felizmente casado; se ganaba bien la vida y lo dejó todo para luchar por España, porque sintió que eso era lo justo y lo correcto. Su batallón se ha distinguido de modo brillante, en particular en el enfrentamiento que ocurrió en torno a Pozuelo hace unas pocas semanas.

* * *

Pacciardi es uno de esos curiosos extranjeros que, como Kléber, luchan en España. Hay otros italianos como él aquí, pero el espacio sólo permite una breve mención a dos de ellos. Pietro Nenni, uno de los dos asesores políticos de la Columna Internacional, es otro intelectual. Es socialista y hace mucho tiempo fue, además de amigo cercano, colega de Benito Mussolini en una causa común. Ahora, por así decirlo, están luchando uno contra el otro. Nenni no es un hombre joven, ni es fuerte. Tampoco es soldado. Es un individuo amable y culto, cuyas convicciones son tan profundas que ha sacrificado todo para hacer su contribución en la lucha contra el fascismo.

 El ayudante de Pacciardi, Humberto Galliani, también merece ser mencionado. Fue uno de los directores del New York Stampa Libera, un periódico antifascista. También él pasó cuatro años en la Guerra Mundial, y tenía convicciones profundas que lo trajeron desde su situación segura y acomodada en Nueva York al frente de guerra de Madrid, donde ha luchado con singular valentía.

 Era inevitable que tanto los antinazis como los antifascistas, vinieran aquí para luchar también en «su» guerra civil. Los alemanes se mezclan con hombres de Francia, Polonia, Checoslovaquia y otros países continentales en la XI Brigada Internacional que, sin embargo, está comandada por un alemán. Su nombre, Hans —sólo Hans y nada más—. Nadie sabe su apellido y, por otra parte, a nadie le importa. Tiene parientes en Alemania y no sería conveniente para ellos si los nazis llegaran a saber quién es Hans exactamente.

 Tiene 38 años, está casado, es alto y moreno, no es lo que ahora en Alemania es reconocería como de apariencia nórdica. Antes de la Guerra Mundial era cadete en un colegio militar, puesto que proviene de una buena familia. Durante la guerra fue oficial del ejército alemán y buen combatiente. Pero lo que vio entonces le hizo odiar el nacionalismo, por lo que se dedicó al periodismo en publicaciones radicales. En la lucha contra Hitler, estuvo en el bando perdedor y tuvo que salir de Alemania.

 Hasta aquí, su caso podría ser similar al de miles de refugiados; sin embargo no le convencía aceptar su suerte de forma pasiva. Durante la revuelta asturiana de 1934, Hans vino a España para ayudar a los mineros, que fueron reprimidos con tal ferocidad y crueldad que proporcionaron una de las causas de la presente división en España. De forma que cuando empezó la Guerra Civil, Hans no tuvo dudas. Dejó a su mujer y su trabajo en Francia y vino aquí, como dice él, «a defender la libertad».

 Si se quieren nombres, aquí hay uno muy conocido: Gustav Regler, el escritor alemán. Regler proviene de una familia católica y de niño fue educado en un colegio católico. Inteligente y sensible, libró una larga lucha interna en su juventud, de la que salió convertido en librepensador. También tiene 38 años, su rostro es arrugado y pálido y tiene un tic nervioso en la boca que le da un aspecto particular de intensidad e incluso de adustez. Pero no es un personaje hostil en absoluto, sino uno de los hombres más populares de la Columna Internacional.

Los nazis no mostraron ningún afecto por él. Uno de sus libros más conocidos es sobre el Sarre, Under Crossfire [Bajo fuego cruzado], donde pintaba un retrato que hubiera hecho del Sarre un sitio incómodo para él incluso si no hubiera desempeñado una parte importante en la lucha política que precedió el referéndum. Perdió la ciudadanía alemana y se fue a Francia. Cuando empezó la Guerra Civil contribuyó a reunir fondos mediante los cuales los trabajadores franceses donaron varios camiones a la causa del Gobierno de España, y que él mismo trajo aquí. Como hablaba un buen francés y no era demasiado fuerte, fue nombrado comisario político de la XII Brigada.

 Otro comisario político alemán era Hans Beimler, quien resultó muerto en combate hace varias semanas. Fue una de las figuras más importantes de la columna y su pérdida fue muy sentida. Beimler era bávaro y los nazis lo encerraron en el campo de concentración de Dachau. Consiguió escapar, pero su viuda sigue detenida como rehén en Alemania. Él fue el verdadero líder de los comunistas alemanes de aquí y, a pesar de que era el comisario político del Batallón Thälmann, no resistió la oportunidad de tomar parte activa en los combates. Su cadáver está ahora camino de Moscú para ser sepultado.

* * *

Tal vez se esté concediendo demasiada importancia a los jefes. También vale la pena tener en cuenta a la base. Allí está Paul, por ejemplo. Una vez más, no se mencionarán los apellidos. Paul es un oficial no comisionado (o el equivalente a uno) de un destacamento de ametralladoras. Viene de Alemania occidental. Tiene 27 años, es bajo, rubio, callado. Cuando se le pregunta sobre política parece no tener opinión; en lo que a él respecta, eso no existe.

 Era trabajador en una fábrica metalúrgica hasta 1934 y debido a sus actividades sindicales fue expulsado de Alemania. Entonces se fue a Francia. Dueño de un carácter más bien turbulento, se las arregló para ser expulsado en dos ocasiones de ese tranquilo país. La segunda vez se fue a Suiza y justo cuando lo iban a echar de allí, estalló la guerra y se vino a España, donde, para usar sus propias palabras, «se decidirá el destino de la gente como yo».

 Y ahora les presento a Ernest, un francés de la misma brigada. Parece tener unos 30 años y hasta hace poco era capataz en una fábrica de Francia. El levantamiento de España lo conmovió intensamente y se hizo voluntario para luchar junto a los republicanos. El día que lo llamaron, murió su padre, pero él se fue al día siguiente, dejando atrás una familia y un buen empleo. Cuando le pregunté por qué, no conseguía explicarse: «Sólo sentí que debía ir», me dijo.

* * *

El otro día, cuando comíamos la horrible comida del Hotel Gran Vía, estaba con nosotros un joven inglés: mejillas sonrosadas, saludable, desaliñado, con un impresionante cabello castaño que parecía no haber tocado nunca un peine. Era David MacKenzie, hijo del contraalmirante del mismo nombre de la Armada inglesa, un estudiante del Marlborough School y una especie de oveja negra, de tan sólo 20 años de edad. Huyó de casa porque sintió una llamada. ¿Aventura? ¿Idealismo? ¿Convicciones? Todo ello, sin duda. Ahora es todo un experto operador de ametralladora, pues ha conseguido un buen historial en los enfrentamientos recientes.

 Viene con un amigo, Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill. Romilly tiene 19 años y fue expulsado de Wellington porque fundó una revista comunista que, por cierto, MacKenzie distribuía en Marlborough. También está en un destacamento de ametralladoras.

 Merece la pena mencionar a otro alemán: Alois Weissgärber, quien, al igual que Regler, proviene del Sarre. Weissgärber es una especie de «lobo solitario». Cuando le pregunté si era comunista, socialista o qué, me contestó simplemente: «Soy católico». Era un trabajador del metal que organizó una especie de partido católico contra los nazis en el Sarre. Tras el referéndum tuvo que marcharse, por supuesto. Siempre vivía solo; es un joven impasible, callado, taciturno. Él también sintió que sus convicciones le obligaban a venir a combatir a España.

Llegó a Valencia y buscó la forma de ir a Madrid. Se encontró un camión estropeado y abandonado a un lado de la carretera. Como experto mecánico, se puso a juguetear con él y lo reparó hasta que el motor funcionó lo suficientemente bien como para conducirlo hasta Madrid. Consiguió un bote de pintura roja y pintó unas cruces de ese color en los lados y en el techo. Ahora es una ambulancia y Weissgärber es el conductor estrella de la Columna Internacional. Sus camaradas no pueden hablar más que maravillas de su coraje y espíritu de sacrificio al recoger a los heridos. Curiosamente (o quizá no sea tan curioso, después de todo), en las últimas semanas se ha vuelto mucho menos taciturno y mucho más humano. La lista podría extenderse indefinidamente. Ni siquiera se han mencionado todavía algunos nombres muy importantes. Está André Malraux, el famoso novelista francés, cuyos trabajos traducidos al inglés son muy conocidos en Estados Unidos. Representa esa combinación casi única del hombre de letras creativo y el vibrante hombre de acción. Uno de los escuadrones aéreos republicanos lleva su nombre.

* * *

También está el general Lukacs, comandante de la XII Brigada. Él es sobre todo un pacifista, pero por alguna causa le ha parecido necesario luchar una y otra vez por sus ideas. Durante la Guerra Mundial fue oficial de los Húsares húngaros (es húngaro de nacimiento). Después de la guerra, su distrito pasó a formar parte de Checoslovaquia. Entonces pensó que el comunismo ofrecía la posibilidad de alcanzar la paz mundial y se unió a los soviéticos. Llegó a ser comandante de división en el Ejército Rojo y luchó contra Kolchak. Cuando ganaron los rusos, él se retiró, como Cándido, a cultivar su jardín. Ahora está combatiendo nuevamente, y cuando le pregunté el porqué, me dio tres razones: porque odia a Hitler, y esta es la guerra de Hitler; porque Franco está matando a mujeres y niños; y porque a pesar de su comunismo, tiene ideales democráticos.

 Esa es sin duda una mezcla curiosa, pero hay muchos en la misma situación en la Columna Internacional. Un caso más comprensible es el de André Marty, el comunista francés que dio nombre a un batallón. Él y Pietro Nenni son consejeros políticos de toda la columna. Marty es especialmente famoso por haber organizado el motín naval en el mar Negro, durante la guerra civil rusa en 1919.

 Se podría escribir todo un artículo sobre los médicos que han dejado sus consultas para cuidar aquí de los heridos.

Una convicción anima a todos los extranjeros. Sean lo que sean, todos ellos odian el fascismo

Mario Neves

Uno de los más importantes periodistas portugueses. Nació 1912 en Lisboa y allí murió en 1999. Fueron sus crónicas sobre las matanzas de Badajoz durante la Guerra Civil española las que le dieron a conocer:

Frontera de Caya, 16 ­ (Por teléfono)

He regresado hoy a Badajoz, no porque el espectáculo de ayer me dejara alguna nostalgia, sino porque debía de haber aún muchas cosas que observar en la ciudad fronteriza ocupada por los rebeldes.

En la frontera española de Caya es imposible encontrar un automóvil para que nos lleve. Todos los que han escapado a la destrucción han sido movilizados por las autoridades y están siendo utilizados en servicios demasiado importantes y urgentes como para que se les distraiga por un mero interés periodístico.

A pesar del calor aplastante que hace en las primeras horas de la mañana, los dos periodistas franceses que se encuentran aquí y yo decidimos ir a pie hasta la ciudad fronteriza. Serán unos cinco kilómetros de marcha, a menos que encontremos por el camino algún coche de regreso que nos quiera llevar.

Humo en el horizonte

Por la zona de Badajoz se alza una columna de humo blanco de más de cincuenta metros de altura; gente conocedora de la topografía de la región la sitúa en el cementerio, que queda aproximadamente a un kilómetro y medio de la ciudad. ¿Qué será? Imposible saberlo; nadie consigue explicarme el fenómeno. Desde ayer, sin embargo, han perdido la vida en la capital extremeña centenas de personas. Y no hay tiempo para sepultarlas. En estos momentos el ejército ocupante tiene otras preocupaciones más urgentes que la de pensar en sepultar a los muertos.

Los que regresan

Desde donde nos encontramos podemos ver el puente de Palma. Una camioneta que poco antes había pasado hacia la frontera regresa llena de pasajeros. Los refugiados, en su mayoría, empiezan a regresar a sus casas —o al lugar donde éstas habían estado— Conseguimos lugar en el vehículo. Viene lleno de mujeres y niños, en su mayor parte gente humilde, en cuyos ojos se lee aún el espanto de la tragedia. Nos acogen con simpatía, pero con desconfianza, porque en este país se nota ahora una atmósfera de desconfianza que hace que se miren los unos a los otros con interrogaciones mudas y cargadas de sospecha.

A medida que nos acercamos a la ciudad, se les saltan las lágrimas a estas pobres gentes barridas por un viento de desgracia, aunque con el deseo, evidente, de disimularlas.

La legión va a partir

La entrada a la ciudad ya no es tan difícil como ayer, aunque no nos libran de presentar el salvoconducto que el teniente coronel Yagüe mandó que nos extendieran.

Los soldados del Tercio y los Regulares marroquíes están con preparativos de partida. Decenas de camiones aguardan en las calles la orden de salida. Se nota por toda la ciudad un movimiento intenso de legionarios y marroquíes que se suben, apresadamente, a las camionetas. La columna va a partir, no quedan dudas. Los camiones están cargados con todo tipo de material bélico y de ingeniería. Grandes letras blancas pintadas en los vehículos dicen: «Columna de Castejón — 5.ª bandera — 2.ª legión».

—Van a salir hacia Mérida, nos informan.

Ayer se afirmaba en Elvas que en la plaza de toros, ahora transformada en prisión, se habían llevado a cabo numerosos fusilamientos. Nos dirigimos, por eso, hacia allí, con el fin de comprobar la exactitud de este rumor. Después de algunas dificultades conseguimos entrar en el ruedo. Algunas decenas de presos esperan que les den destino. Pero la plaza no tiene un aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor es infundado. Los mismos coches destruidos y los mismos cadáveres que tanto nos impresionaron ayer y que aún no han sido retirados.

De allí nos fuimos al cuartel de La Bomba, uno de los puntos donde más se ha luchado en estos días trágicos. Los barracones están completamente destruidos a causa de los bombardeos. En el patio, cerca de las caballerizas, se ven aún muchos cadáveres —efectos de la inflexible justicia militar. Entre ellos, aún envuelto en la sábana blanca en la que vino desde la cama del hospital, me enseñan el del alférez Benito Mendes.

Pasamos después por el foso de la ciudad, que sigue lleno de cadáveres. Son los fusilados de esta mañana, en su mayoría oficiales de los que se han mantenido fieles al Gobierno de Madrid y que han estado peleando hasta el último momento. Uno de ellos es el teniente coronel Juan Cantero, con su pelo gris, al que la muerte sorprendió en mangas de camisa y que yace entre otros de apariencia humilde.

Cerca, junto a los destrozos causados por el bombardeo y la metralla que ha cesado, aún se ve una bomba aérea que no ha llegado a explotar.

  En el cuartel de Menacho

Nos dirigimos seguidamente al cuartel de Menacho, que está precisamente enfrente. En la entrada quedan vestigios de una lucha reñida. Montones de colchones forman una trinchera espesa frente a la puerta principal. Las rejas de las ventanas, formadas por gruesos barrotes de hierro, están retorcidas o partidas en varios puntos.

Los oficiales con los que hablamos no nos han dejado llegar hasta el patio del cuartel, asegurándonos categóricamente que allí no se habían efectuado fusilamientos.

Nuestra visita prosigue por el edificio de Correos, junto al cual, en la parte que da hacia fuera de la ciudad, hay una gran barricada que debe de haber protegido una ametralladora desde la que se realizaron numerosos disparos, a juzgar por los casquillos esparcidos por el suelo.

En las calles principales hoy ya no se ven, como ayer a primera hora de la mañana, cadáveres insepultos. Algunas personas que nos acompañan nos aseguran que los legionarios del Tercio y los Regulares marroquíes encargados de ejecutar las decisiones militares, pretenden únicamente conservar los cadáveres en exposición durante algunas horas, en algún que otro punto, para que el ejemplo produzca sus efectos.

Nos explican también que la forma de seleccionar a los presos para la pena última consiste en el examen del cuerpo: los que presentan aún la señal de las culatas de los fusiles grabada en el pecho, por haber estado disparando durante mucho tiempo, pueden darse por perdidos.

Hoy hemos ido de nuevo a la «Comandancia» militar. Se nota un poco más de orden que ayer. Ya no vemos en la oficina del capitán ayudante del teniente coronel Yagüe tanta diversidad de uniformes, ni oímos tantas órdenes dadas al mismo tiempo, como ayer. Nos reciben amablemente cuando declaramos nuestra identidad. Pero hoy no hay noticias.

Aparece por sorpresa el teniente coronel Yagüe, que viene con un telegrama en la mano. Nos pregunta si la columna Castejón va a partir y hacia dónde se dirige.

—¿Hacia Mérida? —insistimos.

Transcurrida una pequeña pausa:

—Sí, posiblemente. Pero, de momento, no hay nada seguro.

Y desaparece por una puerta con la misma rapidez con la que había entrado.

El aspecto de la ciudad

La ciudad presenta hoy un aspecto más tranquilo. Regresa a la normalidad poco a poco, aunque la ocupación militar haya cambiado completamente los hábitos de la población.

Las personas que circulan por las calles tienen que usar un brazalete blanco para afirmar sus sentimientos pacíficos.

Es ya muy tarde cuando conseguimos comer en el antiguo y suntuoso Majestic, en el que ahora se ven, casi exclusivamente, oficiales del Tercio y de los Regulares marroquíes y en cuyos lujosos pasillos pasan ahora constantemente siluetas imponentes de moros y de negros del norte de África.

En medio de la comida todos se levantan de repente. Es el teniente coronel Yagüe, que viene a almorzar con una sonrisa de satisfacción en los labios.

En un momento dado oímos la noticia de que Madrid se ha rendido a las tropas del ejército sublevadas. Un grupo de oficiales que almorzaba cerca de nosotros recibe el rumor con indiferencia y algunos comentan:

—Una igual a tantas otras.

Y la comida prosigue sin alterarse el ritmo del servicio.

En la frontera de Caya supimos después que el rumor tuvo sus efectos, ya que pasaron por allí camiones de falangistas que atronaron el aire con aclamaciones ruidosas.

Mientras tanto, las tropas se preparan para partir. ¿Hacia Madrid? De momento, parece que sólo hacia Mérida, donde se habrían intensificado los ataques de la aviación gubernamental.

Y nosotros regresamos a Elvas. Las casas de Badajoz se esfuman en el horizonte y queda solamente el recuerdo de esta lucha sangrienta, a vida o muerte, que divide España.

 

Acceda a un recorte del periódico original...

Las columnas rebeldes en Badajoz se preparan para partir. Diario de Lisboa, 16 de agosto de 1936.

G. L. Steer

Periodista de raza, G.L. Steer nació en 1909 en Sudáfrica y se educó en Oxford. Se descubrió como un gran corresponsal en Etiopia en 1935, cubriendo la invasión italiana, campaña de la que surgirían dos de sus principales libros: "Firmado, sellado y entregado: El libro de la campaña Abisinia" y "Cesar en Abisinia". Pero su obra maestra sería "El árbol de Guernica" que recoge sus crónicas en la guerra del Norte, hasta la pérdida de Bilbao. En la segunda Guerra Mundial, Steer pertenecía a la inteligencia militar en Extremo Oriente. Murió en la navidad de 1944 en un accidente:

Pueblo destruido en ataque aéreo. Testimonio de un testigo presencial

 De nuestro corresponsal especial. Bilbao, 27 de abril

 Guernica, la población más antigua de los vascos y el centro de su tradición cultural, ha sido completamente arrasada ayer por la tarde por los ataques aéreos de los insurgentes. El bombardeo sobre esta ciudad abierta, localizada muy lejos de las líneas, duró exactamente tres horas y cuarto, durante las cuales una poderosa flota de aeroplanos formada por tres modelos alemanes, los bombarderos Junkers y Heinkel y los cazas Heinkel, no cesó de lanzar bombas de hasta 1000 libras [453, 6 Kg.] sobre el pueblo, además de alrededor de 3000 proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras [0,907 Kg.]. Mientras tanto, los aviones de caza sobrevolaban la ciudad desde el centro hacia las afueras para ametrallar a los civiles que se refugiaban en los campos.

Muy pronto toda Guernica estaba en llamas, excepto la histórica Casa de Juntas con sus ricos archivos de la raza vasca, donde el antiguo Parlamento vasco solía reunirse. El famoso roble de Guernica, tanto la vieja y seca cepa de 600 años como los nuevos brotes de este siglo, también se hallaba intacto. Aquí, los reyes de España solían prestar juramento de respetar los derechos democráticos (fueros) de Vizcaya y recibían a cambio una promesa de lealtad como protectores con el título democrático de «Señor», no «Rey de Vizcaya». La noble iglesia parroquial de Santa María tampoco sufrió daños, excepto su hermosa sala capitular, que fue alcanzada por una bomba incendiaria.

A las 2 de la mañana de hoy, cuando visité la ciudad, ofrecía una visión horrorosa y ardía de lado a lado. El reflejo de las llamas podía verse en las nubes de humo que se alzaban sobre las montañas a diez millas [16 Km.] de distancia.

Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, hasta que las calles se convirtieron en inmensos montones de rojas e impenetrables ruinas. Muchos de los civiles supervivientes emprendieron el largo camino de Guernica a Bilbao en antiguos carros de bueyes vascos de ruedas macizas. Los carros cargados hasta los topes con los enseres domésticos que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron los caminos durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del Gobierno, aunque muchos se vieron obligados a permanecer en los alrededores de la ciudad en llamas, tirados sobre colchones o buscando a sus hijos y parientes, mientras unidades de bomberos y policía motorizada vasca, bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y de su esposa, prosiguieron con la labor de rescate hasta el anochecer.

Alarma de la campana de la iglesia

Por la forma de ejecución y la escala de la destrucción producida, y asimismo por la elección del objetivo, el bombardeo sobre Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. Una fábrica que producía material bélico en las afueras de la ciudad quedó intacta. También dos cuarteles localizados a cierta distancia de la ciudad. La ciudad está lejos de los frentes. El objetivo del bombardeo fue, al parecer, la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Cada hecho corrobora esta apreciación, empezando por el día en que se cometió el acto.

Los lunes son el día de mercado tradicional para Guernica y las poblaciones de los alrededores. A las 4.30 de la tarde, cuando el mercado estaba lleno y los campesinos seguían llegando, sonaron las campanas de la iglesia avisando de los aviones que se aproximaban, y la población buscó protección en las bodegas y los refugios subterráneos, acondicionados tras el bombardeo de la población civil en Durango, el 31 de marzo, con que el general Emilio Mola abrió su ofensiva rebelde en el norte. Se dice que la gente mostró buen ánimo. Un sacerdote católico se puso al frente y se mantuvo un perfecto orden.

Cinco minutos después apareció un bombardero alemán en solitario, voló en círculo por toda la ciudad a baja altura y después arrojó seis bombas pesadas, en apariencia dirigidas a la estación del ferrocarril. Las bombas, junto con una lluvia de granadas, cayeron sobre un antiguo instituto y sobre las casas y las calles cercanas a él. Entonces el aeroplano se marchó. A los cinco minutos llegó un segundo bombardero, que arrojó el mismo número de bombas en el centro de la ciudad. Alrededor de un cuarto de hora más tarde llegaron tres Junkers 52 para continuar la labor de destrucción, y a partir de ese momento aumentó la intensidad del bombardeo, que fue continuo, cesando tan sólo con la llegada del crepúsculo, a las 7.45 de la tarde. La ciudad entera, de 7000 habitantes, además de 3000 refugiados, fue reducida a escombros, lenta y sistemáticamente. Sobre un radio de cinco millas [8 Km.] a la redonda, los atacantes bombardearon caseríos o granjas dispersas. Por la noche, ardían como pequeñas velas sobre las montañas. Todos los pueblos de alrededor fueron bombardeados con la misma intensidad que la propia ciudad, y en Múgica, un pequeño grupo de casas a la entrada de Guernica, la población fue ametrallada durante 15 minutos.

Ritmo mortal

No es posible establecer el número total de víctimas. En la prensa de Bilbao de esta mañana se dice que ha sido «afortunadamente reducido», pero parece que se trata de una minusvaloración para no alarmar al gran número de población refugiada de Bilbao. En el hospital de las Josefinas, uno de los primeros lugares bombardeados, los 42 milicianos heridos que albergaba resultaron muertos. En una calle que lleva a la parte baja de la colina donde está la Casa de Juntas, vi un lugar donde se decía que 50 personas, la mayoría mujeres y niños, estaban atrapados bajo una masa de restos ardiendo. Muchos resultaron alcanzados en los campos, y el total de muertos puede ascender a varios cientos. Un anciano sacerdote llamado Aronategui murió por efecto de una bomba mientras rescataba a un niño de una casa en llamas.

Las tácticas de los bombarderos, que pueden ser de interés para los que estudien la nueva ciencia militar, fueron las siguientes: Primero, pequeños grupos de aviones tiraron bombas pesadas y granadas de mano sobre todo el pueblo, eligiendo una zona tras otra de forma ordenada. Después llegaron las fuerzas militares que dispararon con ametralladoras a los que habían corrido víctimas del pánico fuera de los refugios subterráneos, algunos de los cuales ya habían sido perforados por las bombas de 1000 libras, las cuales producen un agujero de 25 pies [7,62 m] de profundidad. Mucha de esa gente fue abatida mientras corría. Un gran rebaño de ovejas que había sido trasladado al mercado, también fue aniquilado. Aparentemente, el propósito de esta acción era obligar a la población a que volviera a los refugios subterráneos, ya que después aparecieron al menos unos doce bombarderos que dejaron caer bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas. El ritmo de esta forma de bombardeo sobre una ciudad abierta era, por lo tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer correr en desbandada a la población; después, ametrallarla para hacerla ir bajo tierra; por último, una carga pesada de bombas incendiarias para destruir las casas y hacerlas arder sobre las víctimas.

Las únicas medidas de defensa que los vascos podían emplear, ya que no poseían suficientes aviones para hacer frente a la escuadrilla insurgente, eran las que proporcionó el heroísmo del clero vasco. Bendecían y rezaban a una multitud que estaba de rodillas —socialistas, anarquistas y comunistas—, además de los que se reconocían fieles dentro de los refugios que caían derrumbados.

Cuando entré en Guernica después de medianoche, por todos lados las casas se desplomaban, y era prácticamente imposible incluso para los bomberos entrar en el centro de la ciudad. Los hospitales de las Josefinas y del Convento de Santa Clara eran montones de ascuas brillantes; todas las iglesias excepto la de Santa María fueron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban inutilizables. Cuando regresé a Guernica esta tarde, gran parte de la ciudad permanecía todavía en llamas y habían surgido nuevos fuegos. Alrededor de 30 muertos yacían en el ruinoso hospital.

Un llamamiento a los vascos

El efecto aquí del bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos, ha sido profundo y el presidente Aguirre ha hecho la siguiente declaración esta mañana a la prensa vasca: «Los aviadores alemanes al servicio de la España rebelde han bombardeado Guernica, quemando la histórica ciudad por la que guardan veneración todos los vascos. Han querido herirnos en el más hondo de nuestros sentimientos patrióticos, dejando de nuevo enteramente claro lo que Euskadi debe esperar de aquellos que no dudan en destruir el santuario en el que se han conservado durante siglos nuestras libertades y nuestra democracia. El enemigo ha avanzado en muchos lugares del que habría sido expulsado. No tengo duda en afirmar que lo mismo que ha ocurrido aquí, se repetirá. Ojalá la atrocidad de hoy sirva de aguijón para lo que puede llegar enseguida»

Acceda a un recorte del periódico original...

Ciudad histórica vasca arrasada; pilotos rebeldes ametrallan civiles. The New York Times, 28 de abril de 1937

ENLACES EXTERNOS

Centro Virtual Cervantes

El Centro Virtual Cervantes y la Fundación Pablo Iglesias montaron en 2006 la exposición "Corresponsales de la Guerra de España"

De los cuatro artículos de fondo del libro de la exposición, destaca a nuestro entender el de Carlos García Santa Cecilia: "Corresponsales en España".  Un excelente trabajo (era el comisario de la exposición). Ameno, argumentado y con fundamento. Léalo:

http://cvc.cervantes.es/actcult/corresponsales/sta_cecilia.htm

Carlos García también entrevisto al gran Geoffrey Cox, un periodista de raza que tuvo un gran éxito con sus veraces crónicas sobre Madrid, concretamente el libro "La defensa de Madrid", que fue un éxito en todo el mundo y que fue recientemente reeditado por Oberón con un interesante prólogo de Martin Minchom:

http://cvc.cervantes.es/actcult/corresponsales/cox.htm

A continuación incluimos algunos enlaces a artículos de los corresponsales en la web del Centro Virtual Cervantes.