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Fuerzas Armadas de la República

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Armamento e industrias de guerra.  Mitos de posguerra.

Mike Blacksmith

Cuando se estudia sin pasión el capítulo de las armas de la Guerra Civil Española. Al estudioso le llama la atención rápidamente, algunos aspectos un tanto extraños del rendimiento, uso, recuperación y fabricación de armas. Aspectos que se prolongan igualmente tras la guerra. Para la mayoría de historiadores, hay dos cosas en apariencia claras: Los franquistas supieron aprovechar muy eficientemente el material de que dispusieron. La República fue, por contra, un desastre en cuanto al aprovechamiento del material que recibió. O dicho de otra manera, y en palabras del experto Artemio Mortera, A Franco le fue suficiente con el material que importó y recuperó para ganar, a la República, no. Veamos a continuación algunos aspectos de esta cuestión.

La cuestión cuali y cuantitativa.

Bueno, en principio estas aseveraciones parecían correctas, y no siendo el tema armamentístico de especial relevancia para muchos de los nuevos historiadores de la democracia, la afirmación pasaba por cierta. No obstante, ya tiempo atrás, Ángel Viñas había cuestionado, colateralmente, algunos aspectos de esta aparente verdad histórica inamovible, algo no cuadraba en las cuentas. Ha poco tiempo, un grande de este tipo de estudios, abrió una ventana al aire fresco que puso la casa patas arriba y desmontó el primero y fundamental de los mitos franquistas sobre armas, fundamentado y edificado en los historiadores franquistas, desde Aznar y Arrarás hasta los Larrazabal y Martínez Bande. Pues bien, en realidad, la República recibió menos material que los rebeldes, más caro y de peor calidad.  (Afirmación principal de Howson que hizo trizas el mito de los miles de carros, aviones y cañones recibidos por la República, con que los propagandistas militares se despacharon durante décadas.). Bueno, ya que creemos que esto es así, podemos empezar a analizar otro aspecto militar de la contienda. El segundo mito militar franquista, la República fue incapaz de sacarle partido a su abundante material por su ineficacia organizativa tanto civil como militar y sobre todo por la poca calidad moral (sic, Larrazabal) de los protagonistas republicanos.

 La eficiencia republicana.

Bien, segundo mito franquista, la República fue incapaz de sacarle partido al material que recibió. Hechos iniciales: los milicianos estaban faltos de instrucción militar y en sus desbandadas abandonaban armas y bagaje, que, naturalmente, pasaban a manos franquistas. Esto es probablemente cierto hasta finales de septiembre y ocurrió bastantes veces en el Ejército del Centro. Corresponde exactamente a las partidas de armamento anteriores a la ayuda rusa. Partidas que fueron entregadas a las milicias sin previa instrucción. Es decir, los republicanos tuvieron que ponerse a funcionar con armas que venían en malas condiciones, de difícil mantenimiento y que venían siempre sin instructores, y en el caso de acompañar de instrucciones, en lenguas extranjeras, a menudo muy distantes. Por contra, los rebeldes recibieron su primer material italiano y alemán en depósitos militares regidos por personal militar y bien acompañados de numerosos instructores y, no se nos olvide, traductores. La República todo lo contrario. Los rebeldes avanzaban en columnas con soldados profesionales de elite, mercenarios extranjeros y en el Norte, con voluntarios fanáticos con importante instrucción paramilitar, mandados en ambos casos por oficiales de infantería, casi siempre con amplia experiencia personal. Los milicianos eran civiles en armas asesorados por militares de armas técnicas y de las fuerzas de orden público. La ineficiencia republicana de primera hora en cuanto al aprovechamiento del material militar se explica así. (Véase nuestro artículo sobre las Columnas Milicianas).

¿Pero mejoró la eficiencia republicana con el trascurso de la guerra? Efectivamente, mejoró, pero mucho menos de lo que se precisaba. De hecho, la cuestión básica a valorar en toda la discusión armamentística es la utilización poco provechosa del armamento recibido. Creemos que esta cuestión tiene tanto peso como las diferencias cuantitativas y cualitativas. Para solventar esta cuestión y dejarla en sus justa medida tenemos que recurrir al reciente estudio de Daniel Kowalsky, "La Unión Sovietica y la Guerra Civil Española". En este estudio destacan algunas afirmaciones probadas por el autor que ayudan a comprender la cuestión:

La primera, es el escaso número, en realidad, de asesores soviéticos, amén de la falta de instructores, que muchas veces tenían que combatir directamente en vez de enseñar el manejo del armamento. 

En segundo lugar, cuando estos asesores e instructores ya estaban familiarizados con su trabajo, eran sustituidos por otros, en una política de rotación enormemente perjudicial para el Ejercito Popular. 

En tercer lugar, las escasísima cantidad de traductores que permitieran a los instructores hacerse entender, quizá la peor de todas estas faltas. 

En cuarto lugar, el escaso impacto de los asesores soviéticos en las escuelas de formación de mandos del Ejército Popular y la mala calidad de las Escuelas Populares de Guerra, imbuidas de conceptos netamente de la Gran Guerra, mandadas generalmente por oficiales poco flexibles y bastante incapaces de entender lo que militarmente suponía el Ejercito Popular y mucho menos dispuestos a dejarse influir por asesores rusos. 

En quinto lugar, España, como nación, no tenía experiencia militar y el pueblo no había combatido en grandes guerras, más allá de los desastres coloniales, Marruecos incluido. Y si había alguna experiencia, los que la tenían eran precisamente los rebeldes y sus tropas de choque. Para terminarlo de estropear, muchos oficiales, rebeldes o no, fueron retirados, encarcelados o pasados por las armas en zona republicana, sobre todo en la armada, rebajando la moral de los militares profesionales leales geográficamente a niveles imposibles e inhibiendo hasta el límite las ganas de defender la República de estos estamentos. 

Estas son las causas del poco crecimiento de la eficacia republicana en el aprovechamiento militar del material bélico. Por tanto y para terminar esta cuestión, no fue posible instruir adecuadamente a la masa de combatientes republicanos, y la República hubo de conformarse con potenciar a sus tropas escogidas. Y así, de las tres deficiencias básicas que la Republica tenía que solventar para crear un ejercito:

1ª) Contar con mandos experimentados.

2ª) Organizar un gran ejército con capacidad no solo defensiva sino ofensiva.

3ª) Formar suficientes técnicos capaces de hacer funcionar correctamente las cada vez más complicadas armas y máquinas de la guerra moderna.

Sólo las dos primeras cuestiones pudieron ser superadas con alguna eficacia, la tercera nunca se superó y fue determinante para la derrota militar de la República junto con la señalada anteriormente de la menor cantidad y peor calidad de las armas recibidas. En estas condiciones, fue un autentico logro soportar tres años de guerra, rehacerse tres veces (noviembre de 1936, marzo de 1938 y julio de 1938) y reconstruir política y militarmente el estado Republicano. Por tanto, queda desmontado el mito franquista de la superioridad moral como instrumento de superación en el combate. Las cuestiones a debatir son mucho más reales y más difícilmente superables que la moral del soldado y del ciudadano, tal como hemos enumerado. No son pues dificultades morales, lo que es de cajón, sino dificultades técnicas de muy difícil encaramiento para los distintos gobiernos republicanos embarcados en vicisitudes, a veces, insuperables.

Un ejemplo paradigmático. La batalla del Ebro.

Queda, finalmente, una destacada excepción a esta carencia republicana en el aprovechamiento de las armas, que como el lector habrá adivinado se refiere al Ejército del Ebro. El Ejército del Ebro estaba formado por una mezcla de fogueados combatientes de la zona Centro-Levante y reclutas catalanes altamente motivados, y todos ellos muy bien instruidos en los recursos armamentísticos de que disponía este ejercito. El Ejército del Ebro tuvo tiempo para instruirse, pequeñas operaciones para perfeccionarse y una ocasión de oro para atacar. Franco se desangraba frente a Miaja en dirección a Valencia, la orilla izquierda del Ebro estaba cubierta por soldaditos de leva del ejército franquista y nadie esperaba una operación tan decidida en un obstáculo natural tan imponente como el río Ebro. El Ejército del Ebro era el ejército que la República hubiera querido construir en 1937, no quince divisiones, sino sesenta. Los restos de las tropas de choque republicanas, supervivientes de Brunete, Belchite, Teruel y las desastrosas retiradas de marzo, más reclutas catalanes muy bien aleccionados y muy bien integrados en las unidades. Un eficaz trabajo del Comisariado de Guerra del Ejército del Ebro. La fuerza de choque de la República había quedado muy diezmada tras las batallas que hemos señalado, pero supo rehacerse, los veteranos fueron ascendidos a suboficiales y a oficiales y los nuevos soldados se encontraron integrados en unidades que tenían espíritu de cuerpo, experiencia de combate y alta motivación. Quizá era la primera vez que la República contaba con este tipo de tropas. Un elite militar reconstruida con gran éxito. Mientras que las tropas de choque franquistas habían ido perdiendo sus mejores hombres y la legión y los regulares no eran ya las impresionantes fuerzas de la marcha sobre Madrid y de otras duras batallas. Las tropas de choque franquistas eran fuertes y numerosas pero ya no eran superiores en calidad al Ejército del Ebro. Quedaba pues como determinante de esta batalla la exclusiva superioridad material, ni siquiera técnica, es decir, las armas y los suministros, el principal motivo por el que los republicanos fueron derrotados militarmente en el Ebro. Las masas de artillería y aviación, no la infantería de choque. Cierto es que para cuando la República consiguió crear una verdadera fuerza de asalto en el Ebro, era ya muy tarde para salvar la República, y sólo quedaba buscar las tablas, pero la República también había pasado factura a las fuerzas de choque franquistas. Sin su poderosa artillería y su terrible aviación táctica de tres nacionalidades, Franco nunca hubiera ganado esta batalla. Al grano: los republicanos, con más moral no podían atacar. Una gran moral y unos medios materiales bastante pobres. La eficacia con que el Ejército del Ebro manejó sus materiales parece muy aceptable, excelente diríamos, en el caso de algunas unidades, como las mandadas por Tagüeña a tenor de lo que le costó a Franco desalojarles de sus posiciones. A los nuevos aficionados, que no historiadores, de la batalla del Ebro, hay que ponerles frente a las narices, con perdón, las realidades de esta batalla. De acuerdo que la sorpresa benefició la operación (sorpresa relativa, por cierto), de acuerdo que el terreno beneficiaba la defensa, pero sin la masa de artillería y la aviación franquista ("La Numerosa", decían los sufridos soldados republicanos), jamás los republicanos hubieran sido desalojados de sus posiciones. Y si las tropas rebeldes hubieran sufrido un castigo artillero y de bombardeo aéreo parejo al que sufrió el Ejército de Ebro, la batalla hubiera quedado en tablas, seguro. Pero las batallas las ganan los ejércitos mejores, es decir los mejor dotados, los más instruidos y los más disciplinados. Y en la batalla del Ebro, a igual instrucción y disciplina, queda claro que fue la dotación (hombres y material)  la que inclinó la balanza

La retaguardia fabril republicana. La batalla por el control industrial.

Las autoridades republicanas eran muy conscientes de la situación armamentística en todo el territorio leal. Como en la formación del Ejército Popular, la tarea de crear una industria de guerra tuvo sus altibajos. Primaron las controversias y las guerras internas en vez de la necesaria colaboración y centralización, pero como en el ejército, la tarea se fue consolidando en la retaguardia y desmoronando en las zonas próximas al frente. Las fuerzas centrales y las centrifugas, de siempre en la política española, lucharon soterradamente para consolidar su poder y lo que ellos entendían como mejor para sus ideales. Los protagonistas principales fueron, el gobierno central, la Generalitat y los sindicatos, especialmente la CNT. La lucha se traslado a todos los niveles de la economía y de la industria. Desde la producción y comercialización de la vital naranja (para la entrada de divisas) hasta la misma concepción de la industria, pasando por la importantísima industria de guerra, aspecto que nos interesa aquí. Esta batalla por el control de las industrias de guerra, que corre pareja con el resto de las batallas políticas que los sucesivos gobiernos republicanos hubieron de mantener para reconstruir el estado republicano, no se ganó, al contrario que la batalla del orden público, o la batalla por la creación de un ejército regular. Esta batalla se perdió realmente. La perdió primeramente la Generalitat y su aliado en este caso, el poderoso sindicato de la CNT, pero también la perdió el gobierno, que porfió por hacerse cargo de la zona industrial más importante de la República, Cataluña, en condiciones tan difíciles, en parte por su propia incompetencia y actitud, que fue imposible recuperar la producción perdida de la misma manera que fue imposible defender Barcelona, como años antes lo había sido Madrid. En la zona Centro-Levante, el gobierno supo encontrar un equilibrio que produjo una optima producción fabril (en términos relativos, claro), pero en Cataluña, lo que la Generalitat y la CNT habían construido se vino abajo, no de golpe, pues ya venía cayendo, pero sí definitivamente. Dado que una de nuestras tesis principales para el entendimiento de la debacle republicana de la primavera de 1938 en el frente del Este, y de la pérdida de Cataluña se basa en la falta de suministros bélicos a las ciertamente desmoralizadas fuerzas del Ejército Popular del frente del Este, afirmamos que la penuria industrial catalana del año 1938, acompañada de la escasa llegada de materiales rusos en ese mismo año, son vitales para entender que la crisis catalana que se venía arrastrando desde los sucesos de mayo de 1937, determinó de manera ineludible el comportamiento de la retaguardia fabril catalana. Y que todo el combinado de fabricas montado inicialmente por la Generalitat no supo estar a la altura de las necesidades, no precisamente por cuestiones materiales, que las había y eran durísimas, sino por el conflicto político de retaguardia. La retaguardia se desfondo a la par que el frente, si no antes. Cataluña perdió la batalla industrial, como perdió la militar. Y sin embargo, el esfuerzo de los iniciales protagonistas, Generalitat y sindicatos, fue enorme, entusiasta y quizá suficiente. ¿Qué pasó entonces?

La Comisión de Industrias de Guerra de Cataluña.

Es en Cataluña dónde más rápidamente se toma conciencia de la necesidad de producir armas. Durante los primeros días después de la fracasada rebelión militar, el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña pone al frente de su Departamento de Guerra a Juan García Oliver que pide ayuda al Sindicato Metalúrgico de la CNT, que envía al hombre clave de este corto periodo de control industrial confederal. Se trata de Eugenio Vallejo trabajador de la Hispano-Suiza que ya estaba metido en harina pues era Delegado para incautaciones de instalaciones industriales del Comité de Milicias Antifascistas. Vallejo, lo primero que hace es confeccionar un balance de situación y proponer un plan de producción de armamento. De manera paralela y clandestinamente, todas las organizaciones políticas, incluida la propia CNT, sobrevivientes al 19 de julio están fabricando o reparando, armas cortas y granadas artesanales al por menor. Este entusiasmo fabril de la CNT (que en puridad durará hasta los sucesos de mayo del 37) tenía voluntad, poder y medios y adolecía de cualificación, técnicos industriales y de una visión realista de la industria metalúrgica y química, y sobre todo, adolecía de experiencia en la fabricación de armas. García Oliver era consciente de todos esos problemas que probablemente ya se habían esbozado en la entrevista que tuvo el 23 de julio con el teniente coronel Jimenez de la Beraza, el Rodrigo Gil catalán, que a la sazón, y junto con otros compañeros militares, trataba de recuperar documentación y máquinas herramientas del destruido Parque de Artillería nº 4 de San Andrés del Palomar. Durante todo este periodo del 19 de julio al 31, los talleres colectivizados y las fábricas incautadas produjeron armas portátiles, bombas artesanales y los engendros, cariñosamente conocidos como "tiznaos", es decir camiones protegidos, subproductos de imposible homologación militar y que consumieron inapreciables chasis de camiones y más inapreciables aún chapas y materiales férreos.

Con la llegada del primer govern el 31 de julio y del segundo el 6 de agosto, ambos formados por nacionalistas y algunos otros representantes, se crea la Consejería de Defensa al mando del Coronel Felipe Díaz Sandino y dependiendo de ella se nombra al citado Ricardo Jiménez de la Beraza, Inspector General de Artillería y Asesor de Industrias. Un día después se crea la Comisión de Industrias de Guerra (CIG), sorprendentemente con la ausencia del PSUC. La CIG será presidida por el eficiente Josep Tarradellas. La CIG se nutre de de los iniciales nombramientos de Tarradellas, los militares Miguel Ramírez, Luis Arizon y Alfredo San Juan, además de Jiménez de la Beraza. Por parte de los sindicatos el también citado Eugenio Vallejo Isla y por parte de las industrias, Francisco Sales ingeniero de la Cros de Lérida y Juan Deulofeu que era ingeniero de la Maquinista. La Consejería de Gobernación y la de Finanzas, aportan también representantes, como José Querós que había sido rector de la Universidad de Barcelona. Semanas después se hace evidente la presencia de representantes de la Consejería de Economía que nombrará a dos sindicalistas de la CNT.

Las primeras actividades de la CIG son naturalmente la incautación de la industria metalúrgica y química, base de toda producción armamentística, el control de la fabricación clandestina de armas, y seguidamente la creación de las famosas 15 fábricas de la CIG. Ambicioso proyecto de Tarradellas que pretendía no sólo complementar la cadena de industrias bélicas sino ser una inversión industrial de futuro para Cataluña. De modo que la Generalitat, en el pequeño espacio de poder que le dejan los sindicatos, prepara un ejercito catalán y una retaguardia fabril catalana. Para este esfuerzo de guerra se cuenta con el pacto CNT-ERC, donde la primera pone los trabajadores, es decir, la mano de obra, y la segunda, la dirección y el conocimiento. Ambas aportan sus organizaciones, unos de masas, y otros de experimentados políticos.

El 26 de septiembre Tarradellas es nombrado Primer Consejero y la CIG pasa al departamento de Presidencia. Taradellas acumula tres importantísimos cargos, el citado, la Consejería de Finanzas y la presidencia de la CIG. Es su momento. La CIG se organiza con sencillez, dada la situación, cada empresa colectivizada incorporada a la industria de guerra, tendrá un Delegado Interventor, la estructura interna de la Comisión contará con personal funcionario de la Generalitat, los cuadros intermedios, y en cada industria seguirán funcionando los Comités Obreros de Control. El sistema parece bueno y adecuado a la realidad política del momento. Quedan por resolver dos problemas vitales que provocarían no pocos enojos y recelos con el gobierno central, las materias primas y la financiación.

La zona Centro-Levante.

(Murcia-Alicante-Valencia-Madrid)

Mientras tanto, el Gobierno de Largo Caballero, también pone manos a la obra en este sentido y en octubre se crea la Comisaría de Armamento y Municiones (CAM) que posteriormente se transformará en la famosa Subsecretaría de Armamento y Municiones del Ministerio de Defensa que en junio de 1937 ya dispone de delegaciones en casi todas las provincias de la zona Centro-Levante. Las relaciones entre ambos organismos (CAM y CIG) fueron muy delicadas y el caballo de batalla fue naturalmente las materias primas. Muchos autores afirman que el gobierno central tardó mucho más que la zona catalana en controlar y organizar las industrias de guerra, esto es, controlar los factores político-sociales que permitieran una eficaz producción bélica. Esto es verdad, pero dicho así, a secas, es engañoso. Para empezar, el frente catalán se encontraba estático y muy lejos de la retaguardia, mientras que el gobierno de Largo Caballero tenía que enfrentarse a problemas de mucha más envergadura y urgencia y con el enemigo a las puertas. De modo que la industria de guerra controlada por el gobierno se organizó más tarde, pero, creemos nosotros, con mayor capacidad, como veremos más adelante, y naturalmente, al ser el gobierno de la nación, con más medios. No obstante, y pese a que los índices de producción industrial de Cataluña nunca recuperaron los niveles de 1936, hay que decir que el índice de producción industrial de la industria metalurgia sí supero durante finales del 36 y principios del 37 los índices del año anterior, lo que dice mucho a favor de la CIG:

Cuadro confeccionado por J.M. Bridall. El lector no debe dejarse engañar por la aparente abundancia. Para el frente aragonés esta producción pudiera ser suficiente dada su inactividad hasta el verano del 37. Pero esta producción de munición, proyectiles de artillería y mortero y bombas de aviación la consumía el frente de Madrid sólo en la defensa del Jarama.

En el Levante y Murcia, la situación fue inicialmente muy parecida a los primeros días del dominio del Comité de Milicias Antifascistas en Cataluña, pero allí el gobierno era el amo, y la producción se pudo encarrilar muy pronto, (no sin dolorosos incidentes con las facciones más radicales del anarquismo), saliendo manufacturas de armas largas y cortas, bombas de mano, cartuchería, vehículos de combate, etc...  Lo curioso del asunto es que las reconvertidas industrias levantinas (calzado, juguetes y maquinaria ligera), obtuvieron del gobierno los contratos de sus vida, como lo demuestra el estudio de José Miguel Santacreu Soler en "Las industrias de guerra de Levante", H16 1976. Por contra de todas aquellas que no se reconvirtieron y que sufrieron dificultades financieras. Principalmente las Industrias Socializadas de la Metalurgia de la CNT. Estaba claro que la pérdida de mercados de las industrias levantinas sólo podía mitigarse con los pedidos del gobierno, es decir, la demanda armamentística del Ejército Popular. Como en el Ejército, todos los agentes industriales, viejos o nuevos, tenían muy claro que se necesitaba intensificar la producción de guerra, pero en absoluto estaban de acuerdo en cómo hacerlo.

Una vez más, la situación se repetía machaconamente. El gobierno y sus apoyos querían nacionalizar la industria, es decir, sacarlas del control de los sindicatos. En la idea contraria, la CNT y sectores de la UGT preconizaban una industria coordinada por el gobierno pero dirigida por los sindicatos. Al contrario que con la militarización de las milicias, en el caso que nos ocupa, nadie salió vencedor y las grandes industrias se organizaron según las normas gubernamentales, pero miles de pequeños talleres siguieron funcionando en régimen de colectivización suministrando pedidos a las propias empresas nacionalizadas o directamente a la Subsecretaría de Armamento. La nacionalización de la industria no catalana se hizo el 3 de febrero de 1937 (¡ocho meses de iniciada la guerra!), y la nacionalización global de todo el territorio leal no se hizo hasta el 28 de junio de 1937, creándose tres delegaciones de armamento del Ministerio de Defensa, Centro, Norte y Cataluña, los tres evidentes núcleos del poder republicano, que no del gobierno. La intervención de las fábricas dependientes de Industries de guerra de la Generalitat no se llevó definitivamente a cabo ¡hasta el 11 de agosto de 1938!, ¡en plena batalla del Ebro!, pero todo el proceso no se concluyó realmente hasta octubre de 1938 cuando se creó el Consejo Nacional de Industrias de Guerra. La situación era mitad y mitad, una parte la controlaba el gobierno a través de sus fábricas de la Subsecretaría de Armamento, y otras muchas las controlaban los sindicatos. Un dato curioso de la gestión de las fábricas de la S.A. fue el traslado de fábricas próximas a los frentes a las zonas más protegidas de Levante y Murcia, y que tal actividad contribuyó al futuro industrial de estas zonas, dato que quizá la mayoría de los actuales habitantes de esas zonas, ignoren. Siendo uno de los ejemplos más especiales el señalado de la Fábrica Nacional de Cartuchería de Toledo, que aunque no se pudo recuperar la maquinaria se instaló en varias instalaciones de Cartagena y Alicante. La de Cartagena con maquinaria nueva y las otras (Denia, Elche, Ibi y Novelda) con maquinaría juguetera readaptada. Puede decirse que la República industrializó Alicante y Murcia (muchas de estas pequeñas industrias desaparecieron en la posguerra).

En la zona Norte, la actividad del gobierno fue mínima, las autoridades nacionalistas crearon un departamento al uso bajo la adscripción del Departamento de Defensa del Gobierno Vasco. Se sabe que no hubo un plan de industrias de guerra hasta muy avanzada la guerra y probablemente cuando todo estaba perdido. Es un estudio que tenemos pendiente.

Por los que respecta a Cataluña, José Miguel Santacreu Soler nos dice que los estudios de Jose María Bridall aportan datos precisos de producción pero que no dan una idea clara del volumen industrial pues faltan datos sobre números de trabajadores implicados en las industrias de guerra. Parece que Cataluña produjo más que la zona Centro en general, pero no en la proporción que le correspondía como zona previamente industrializada, concretamente, señala, Santacreu de nuevo, en cuanto a cartuchería, la zona levantina superó infinitamente a la producción catalana, a partir de industrias nuevas, naturalmente completamente controladas por el gobierno. Levante era capaz de producir ¡2.000.000 de cartuchos y balas al día! Y no digamos en el aspecto textil, dónde nuevamente señala Santacreu, que sólo la localidad de Elche fue capaz de producir en 1937, ¡agárrense!, 315.710 pares de botas y 1.778.100 pares de alpargatas entre otras mercaderías del ramo. Sí, como ya sabíamos, los soldados republicanos no iban descalzos.

Cataluña versus zona Centro-Levante (**).

La CIG era sin duda una jugosa presa que el gobierno central quería controlar, no sólo por cuestiones industriales sino principalmente por cuestiones políticas, dadas las divagaciones que a este aspecto se trajeron los encargados gubernamentales de nacionalizar estas industrias de guerra catalanas. La realidad es que la nacionalización tardía de estas industrias y el traspaso de la CIG catalana a la CIG central no le supuso ningún beneficio a la industria republicana, pero ello no es del todo achacable al traspaso, traumático a todas luces, sino a la situación bélica y al enfrentamiento político entre el gobierno Negrín y la Generalitat. Desde mayo de 1937, la eficiencia fabril catalana de las industrias bélicas ya había descendido, una por evidentes motivos políticos, otra por motivos de cicatería del gobierno central, y la más importante por la pérdida de entusiasmo fabril de la mano de obra catalana, directamente relacionada con los sucesos de mayo. Ya desde mucho antes, los partidos centralistas, PSUC, propiamente, venían criticando la baja productividad de las industrias de guerra catalanas, ello era medianamente cierto, más, con las dificultades añadidas del poco entendimiento entre la CAM-Subsecretaria de Armamento de un lado y la CIG de otro, pero tales críticas sólo escondían el deseo gubernamental y de los partidos que le apoyaban de controlar todos los aspectos industriales de Cataluña. Para rematar esto, la situación bélica era desastrosa y la desmoralización abarcaba todas las facetas de la vida catalana. Si a ello unimos la pérdida de las centrales eléctricas del Pirineo, entendemos que mientras Cataluña se hundía militarmente, también se hundía industrialmente, y paradójicamente, cuando menos produce Cataluña, es cuando más produce la zona Centro-Levante. Eso es a nuestro entender lo que pasó.

Resumiendo, en 1938, en la zona Centro-Levante, aunque tardíamente, el gobierno ha conseguido un cierto equilibrio entre industrias nacionalizadas y colectivizadas que da sus frutos en una importante producción de guerra. Mientras que en Cataluña, aunque produciendo desde primera hora, la discrepancia política, más la mayoritaria condición de industrias colectivizadas, más la lucha política por el control de los medios de producción, más la marcha de la guerra, la hunden industrialmente. Y si bien Cataluña era más fuerte industrialmente que la zona centro-levantina, la cercanía del poder gubernamental y la ausencia de un autogobierno posibilitaron una producción proporcionalmente mayor que la catalana.

De hecho, durante la batalla del Ebro, Cataluña tenía dificultades para suministrar la munición de sus ejércitos, y se vivía al día según cuentan Lister y Tagüeña. No le ocurrió esto a Miaja cuando Franco pretendió tomar Valencia en la primavera-verano de 1938. Las industrias levantinas garantizaron al Ejercito del Centro los suministros necesarios para contener la durísima ofensiva franquista, pues Ciutat que fue jefe del E.M. en el sector levantino, no ser queja de este concreto aspecto en sus memorias y sí de muchos otros.

La posguerra del ejército franquista.

Mientras el ejército franquista fue victorioso, y fue victorioso durante casi tres largos años, no se le notaban los defectos. Estos defectos eran realmente los mismos que padeció el Ejército Popular pero aderezados por las condiciones de la posguerra: Armamento dispar y envejecido. Una gran masa de soldados hartos de mili pero poco fogueada en realidad. Pérdida, tras las sangrientas batallas de Valencia y el Ebro de la masa de choque de veteranos instruidos. Mala calidad de la oficialidad pese a su lealtad acérrima, su bagaje de guerra, y lo peor, a su disparatado número en activo. Falta de medios pesados y fatiga de los medios aéreos. Falta de perspectivas de modernización y una terrible carencia de medios materiales para las cotidianas actividades de la fuerza armada. Con los recursos materiales de que disponía el ejercito franquista victorioso, se podía haber dotado a unas fuerzas armadas que tuvieron los efectivos de como mucho un tercio de los que tenían. Pero no fue así, por dos motivos, el rimero es que ejército franquista era en realidad en la "paz", una gigantesca policía militar, y en segundo lugar se pensaba que había que estar preparados para entrar en la guerra mundial.

Por ello, el ejercito franquista se vio obligado a reutilizar todo el material capturado al Ejercito Popular, las armas cortas y las largas de infantería, las ametralladoras ligeras y las pesadas, la artillería, los vehículos blindados y los carros de combate, los aviones capturados intactos y los de las fábricas en fase de montaje. Se veía obligado, asimismo, a renovar con urgencia el armamento de la infantería. Para ello se optó por la vía más rápida. Copiar los mejores modelos existentes solicitando patentes si se podía. Así se mejoró el mosquetón checo VZ-24 (importado por la República en número de 50.000 piezas), este modelo se denominó "Fusil Coruña" por la fábrica, donde se fabricó. Otro modelo fabricado fue el subfusil ERMA (también importado en grandes cantidades por la República), y que pasó a denominarse "Subfusil Coruña", por el mismo motivo. Otro caso más fue el famoso fusil ametrallador FAO o Fusil Ametrallador Oviedo, por la fábrica dónde se construyo, y que era una copia de la excelente ametralladora ligera ZB-26 checa (y que también la República había importado en importante número). Pero no quedó aquí la cosa, y el eficaz contracarro ruso de 45/46, que era una copia del alemán de 37 mm. fue producido en Placencia de la Armas en apreciables cantidades hasta bien entrada la posguerra (este modelo también lo había importado la República). En cuanto a máquinas pesadas, es conocida la ametralladora ALFA, en varios modelos, que era una buena copia de la maquina checa ZB-37 y que se fabricó con patente de la casa de Brno. La fabricación de estas armas no fue anecdótica, sino que vertebraron los pelotones de infantería del ejercito franquista hasta casi los años sesenta.

Mortero pesado de 240/14 mm. pensado por Franco para sitiar Gibraltar. Se fabricaron 3-4 en Placencia de las Armas. Con esta idea, Franco retrocedió a l I Guerra Mundial, que es la que él entendía.

Las pocas innovaciones que surgían en el ejercito franquista fueron dejadas en el olvido, como el conocido caso del carro Verdeja, que si bien técnicamente no era comparable a los carros medios alemanes, si podría haber abierto una línea de trabajo para la fabricación de carros netamente españoles. A Franco no le interesó, y eso que puso en marcha personales proyectos como el mortero pesado para infantería al que el tirador debía acceder con una escalera. El ejercito franquista estaba bajo cero en cuanto a proyectos de modernización, recursos tecnológicos y líneas de investigación. Sólo señalar que el afamado Cetme, el fusil de asalto estándar del ejercito franquista durante décadas, era en realidad un desarrollo de patente alemana, concretamente del fusil de asalto MP-44 (1). Con la derrota de Alemania, los proyectos armamentísticos del ejército franquista quedaron sin padrinos. Tierra y Aire habían dependido de las compras y patentes alemanas (y checas). Se abrió una crisis que hubiera sido de proporciones gigantescas para un ejército patrio. Pero no era el caso. El desinterés franquista por el diseño y fabricación de armas propias era fácilmente explicable. Si los aliados iban a invadir España en el 45, nada había que oponer, todo estaba perdido, y si no era el caso, como así fue, para el ejército franquista, como gigantesca policía de reserva, y no se olvide, con una inmisericorde justicia militar, las armas modernas no eran una prioridad. Además, ya vinieron más tarde los americanos a prestarnos sus armas usadas (pero que no podían usarse contra sus amiguetes, es decir Marruecos). El problema fue cuando, precisamente, Marruecos comenzó a intrigar en Sidi Ifni y poco después lo invadió con partidas guerrilleras. El ejército franquista no dijo esta boca es mía, se tragó la humillación americana y hubo de echar mano de las armas de la Guerra Civil, fusiles, granadas, munición, a cual en peor estado, hasta que llegaron unidades un poco mejor equipadas, los valientes "paracas". Pues no fueron las armas, viejas o nuevas, sino el coraje de los soldaditos españoles lo que solventó la crisis. Habían pasado casi 20 años desde la guerra civil y en el ejército franquista el 90% de las máquinas o modelos de armas y las patentes provenían de 20 o más años atrás, y prácticamente todas ellas, pese a la gran tradición armera del país, de procedencia extranjera. Algunas piezas de artillería, cohetería, buenos subfusiles, y poco más se había desarrollado. Un gigante con pies de barro.

M.B.

Bibliografía de apoyo:

Política económica de la Generalitat (1936-1939) Josep María Bricall. Barcelona 1970

La Comisión de Industrias de Guerra. Francisco Javier Madariaga. Tesis doctoral. Tarragona. 2003

Las industrias de guerra de Levante. José Miguel Santacreu Soler. Artículo. La Guerra Civil española. Folio. nº 16

La Economía española (1936-1939) Josep María Bricall. Artículo. La Guerra Civil española. Folio. nº 16

(1) Alfonso Guerrero nos escribe para rectificarnos una afirmación en cuanto a que el CETME proviene de una patente alemana, concretamente del Schmeisser MP44. Y nos dice: 

Realmente, el CETME se basaba en la investigación de Ludwig Vorgrimler, de la Compañía Mauser en Alemania, del Stg. 45, un proyecto que en su país natal nunca pasó del papel, y del que por tanto nunca llegó a haber una patente alemana (hasta que H&K compró la licencia del CETME para fabricar su G3, años después). Realmente, el Stg 45 (y el CETME) se basan en un principio técnico totalmente diferente a la Mp44 (o Stg. 44), sino que emplea el de la Mg42, lo que le da su originalidad a este proyecto.

Además nos aporta esta dirección: http://world.guns.ru/assault/as60-e.htm

Nosotros le contestamos lo siguiente:

Estimado amigo, muchas gracias por tu rectificación, aunque este dato entre el MP-44 y el CETME lo teníamos como cierto, no solo por relativo parecido, la caja de mecanismos, los dos pasadores para quitar la culata, etc... nos lo confirmaban. Por otro lado, John Weeks, especialista en armas portátiles cita en su libro "Armas de Infantería", Editorial San Martin, Madrid 1974, en la página 113, textualmente: "Un sucesor del fusil de asalto MP44 se construyó en España después de 1945 y es el denominado CETME. Dicho diseño, algo modificado ha vuelto ahora al Ejercito federal alemán...." En cualquier caso, variando las palabras, la idea viene a ser la misma, pues asumiendo el modelo de desarrollo alemán, STG-45, ¿cómo consiguió el Ejercito Español los planos e instrucciones para su desarrollo en serie? ¿Se trata del mismo caso del fusil Coruña, donde tenemos bastantes dudas de que se comprara la patente del fusil checo (alemán en esas fechas) VZ24?

A lo que certeramente respondió:

Bueno, la verdad es que yo también estaba mosqueado por esa cuestión (las cosas de no tener bibliografía a mano), pero ya está. En principio, la diferencia entre MP 44 y 45, más allá de parecidos estéticos, es fundamental: mientras el Stg44 empleaba toma de gases para el mecanismo (sistema que heredó el AK-47, entre otras cosas por la participación directa de H. Schmeisser en su desarrollo), el diseño de Vorgimler era de retroceso de masas, empleando, como decía antes, un mecanismo muy similar al de la ametralladora mg42. Por cierto, que a este respecto, el "tubo" sobre el cañón del CETME, que puede parecer el muelle recuperador, es donde se guardan los útiles de limpieza (y se agarra la bayoneta). Y en cuando a cómo los planos llegaron a España, la respuesta es bastante similar al caso soviético (lo he tenido que buscar, no fuera a colarme, pero ya está): el propio ingeniero fue el que vino a España a colaborar con el equipo de CETME, pese a lo cual, se hicieron dos prototipos de arma: la que se fabricó (modelo 2) y, efectivamente, un prototipo de toma de gases, mecánicamente similar al STG44 (modelo 1), que fue desechado por ser algo más difícil de estampar y más exigente con la calidad del acero. De aquí, que, teniendo en cuenta que la MP45 no era ningún arma real, muchos historiadores achaquen el origen del CETME al arma de Schmeisser (al que también los americanos solían endosarle la MP40), y más aún teniendo en cuenta que SÍ existió un desarrollo de CETME basado en ese arma (que fue el que más se resintió con la caída del Reich), aunque al final se quedara en el prototipo. Y creo que esto más o menos aclara algunos detalles (o eso espero).

Bueno, no siendo nosotros especialistas y viendo los argumentos de Alfonso mas correctos que los nuestros, rectificaremos en breve esta opinión (*), sirviendo mientras tanto este cruce de correos, como buen ejemplo de intercambio de información para la mejora del conocimiento armamentístico de la GCe y de la posguerra.

(*) No vamos a cambiar el texto para que el artículo quede más vivo.

(**) Por cierto, señor Eduardo Palomar Baró de la fundación Francisco Franco, no debería copiar párrafos enteros al respecto de Tarradellas y la CIG